

mundo que diera cobijo al hecho fortuito del nacimiento, cosa por demás incontrolable y que redundaría en una tasa de natalidad totalmente nula en algunos lugares y exagerada en otros.
1) Respirar, ergo vivir, o mejor aún, estar vivo y poder llegar a casa después de una jornada laboral.
2) Abrir los ojos al día siguiente como consecuencia del punto anterior.
3) Ir al súper mercado y conseguir todo lo que se busca, lo cual evitaría el tour por otros establecimientos para llegar a los productos que no conseguimos en el primer intento.
4) Pagar, es decir, pagar la compra del punto tres. Nota: con relación a esto, sería un triunfo particular no decir al recibir el total: “¡Coño qué rompí!”.
5) Ver a los motorizados en avenidas, autopistas, calles, callejuelas y otros etcéteras haciendo de las suyas, y no cagarse, es decir, no asustarse o aculillarse. Inclusive, todo un éxito no desear que se estrellen.
6) Viajar en metro sin la paranoia del asalto
7) Viajar en vehículo particular sin la paranoia de caer en un hueco, y del asalto también, claro.
8) Viajar en un colectivo, buseta, camionetica, autobús, guagua o bus y que no te atormenten con un reguetón –y que no te atraquen.
9) Reír. Reírnos de todo y todos, de uno mismo. De las metidas de pata, tanto públicas como privadas. Hacerle honor a Chaplin con su “un día sin risa es un día perdido”.
10) Caminar con libertad, sin miedo, exento de temores, por donde te dé la gana, sobre tierra, sobre asfalto, con los colores que quieras.
En un ameno ambiente y rodeado de caras conocidas y otras muy desconocidas –la mía, por ejemplo- se llevó a cabo el bautizo de los libros Entre tías y putas de Salvador Garmendia y del libro El doble arte de morir del maestro José Balza. El joven narrador venezolano Rodrigo Blanco Calderón, que también ejerce la docencia en
En las luminosas costas de Kattegatt, Gotemburgo hacia el oeste como Estocolmo sobre el Báltico, es una de las fascinantes pupilas de Suecia.
Al norte se adormece, plácidamente, bajo su mirada Oslo. Al sur, le devuelve sus hechizos sensuales Copenhague. La irradiación mágica de aquellas ciudades se confunde sobre el mar. Con los ojos cerrados a la medianoche, sentiríamos cómo sus luces se mezclan y diluyen sobre una vasta regata de sueños familiares y linderos imprecisos. En Gotemburgo, Suecia sacrifica un poco su intimidad para encarnar el común denominador físico y espiritual de la congregación sentimental de Escandinavia. El idioma que hablan los pueblos de Noruega, Dinamarca y Suecia, parece perder aquí sus más insalvables diferencias, con sacrificios recíprocos, para que circule el diálogo bondadoso como los hombres y las aguas por los mismos canales azules, que vienen recibiendo desde los lejanos días vikingos una flora común de románticos ensueños y de legendarias alucinaciones. Gotemburgo es la ventana lícita por donde Suecia mira a Escandinavia y al resto del mundo. Es el puerto, especie de pulmón donde se vierten su aire fresco y virginal y el caliente soplo del universo. Sus habitantes se sienten más cosmopolitas que los de Estocolmo y graciosamente gustan enredar en el viejo debate cantonal al extranjero. “¿Verdad que es mejor Gotemburgo que Estocolmo?”, suelen interrogar en la seguridad de que nadie les mezquinará su satisfecha convicción. Lo cierto es que la hermosa ciudad se traduce para el mundo la velada y discreta belleza de Suecia. Y por sus canales y sus puertas ha penetrado, también, la forma universal de interpretarla. Gotemburgo ha sido una escuela de pintores. ¿Cómo han logrado éstos transvasar dentro de la intimidad artística de Suecia la percepción universalista y devolver a los extraños la perspectiva híbrida, sin que el motivo pierda su fuerza y emoción originales?
Debo a Thorsten Peterson, capitán retirado del Ejército Sueco, jurista, humanista y poeta a ratos, la respuesta en una hora estupenda en que su gentileza y su acendrada cultura artística me hicieron compañía gratísima en el Museo de Gotemburgo, situado en el más pintoresco recodo de
Thorsten es el tipo clásico del sueco culto. Hombre de negocios, figura con Adolfous Goldbeck, como Director de
Poco versado como soy en el arte maravilloso de Leonardo de Vinci, he seguido las huellas y explicaciones de mi bien informado guía, con el único anhelo de suministrar a los artistas de mi país una información escueta de lo que vi en las riquísimas galerías del Museo de la segunda ciudad de Suecia. La tradición pictórica escandinava es tan antigua como rica. Comienza, como en toda Europa, en las iglesias y conventos hasta que llega a las multitudes. La pintura en Suecia marca un continuo desplazamiento hacia el mundo exterior, hacia las corrientes universales, que le han permitido expresar la sicología y el paisaje de aquel pueblo a través de una percepción sutil e inquieta del arte de los otros países. Francia parece haber influido notablemente en el desarrollo artístico sueco por el órgano de los plásticos que compartieron con pintores galos idénticas disciplinas en las escuelas de París. Este paralelismo se observa en la propia presentación de las obras de unos y otros en las galerías del Museo. Un caso parecido se repite con Alemania entre los pintores del llamado período de Dusseldorf. Esta confluencia de corrientes artísticas no le resta personalidad y sello original a la pintura sueca porque, en sus colores, comparecen esplendorosamente sus lagos y campiñas, su invierno blanco, sus bosques, su evolución social y el alma recóndita de sus aldeas, villorrios y ciudades.
El museo de Gotemburgo no se limita a la exposición del arte nacional. Comprende en su mayoría, donaciones y adquisiciones de obras universales, entre las que prevalecen, naturalmente, las de los pueblos escandinavos.
La más valiosa donación de obras que guarda el museo es la colección de Pontus Fürstenberg, millonarios sueco, quien la testó antes de morir a
Lo que se ofrece en primer plano a la admiración del visitante son dos hermosas esculturas de Gerhard Henning, justamente admirado en los pueblos nórdicos. La una es Leda, en mármol inmaculado de las canteras suecas, en la que resalta la gracia ágil y la perfección de la forma. La otra es Kvinnofigur (figura de mujer), monumental obra de dos metros de altura hecha de materiales plásticos nacionales que revive el tipo clásico, fuerte y saludable de la mujer escandinava. Hay otros trabajos hermosos de Aaltonen, el más famoso escultor finlandés y finos altorrelieves en madera de Glannes Autere, artista de la misma nacionalidad. Henning vive actualmente en Copenhague y trabaja como Director Artístico de una gran manufactura de porcelanas comerciales.
Pero donde se observa la plenitud del are escultórico sueco y su grado de perfeccionamiento, es en las obras de Carlos Milles y Johan Tobías Vergel, los más altos representantes de esta expresión plástica. De Milles se conservan en las Galerías las maquetas de sus inmortales obras “Folketiebyter” (Cabeza de caballo) y “Europa och tjuren” (Europa y el toro), creación esta última que representa la desbocada fuerza inconsciente de los pueblos del viejo Continente, a tra´ves de la historia, hasta llegar a los estados superiores de la cultura: a la doma del toro. Es de un gran aliento retrospectivo. Las obras definitivas, vigorosas, representadas en estas maquetas, deleitan al visitante en dos primorosos parques de Linkoping y Halmstad, encantadoras villas suecas. El gusto de Milles por lo decorativo se refleja en una hermosa concepción de la madre en mármol blanco, adherida a las paredes del museo: de los menudos pechos, brotan dos claras fuentecillas permanentes.
Como cuestión pintoresca debo referirme a la gran estatua en que Miles representa a la ciudad de Gotemburgo. Se alza frente al museo, en medio de una fuente monumental. La idealización plástica suscita entre los habitantes de la ciudad las más contradictorias opiniones, por un mínimo detalle: las partes viriles no guardan ni la más remota proporción con las vigorosas líneas y dimensiones de la escultura. Unos críticos adjudican el hecho a un lamentable error del artista y otros lo justifican como una voluntaria evasión del creador hacia el logro de formas estéticas menos crudas y más representativas del alma artística de la ciudad. Es una arte subjetivo que destruye las formas ordinarias para reemplazarlas con una concepción más lejana y elevada de los seres. Pero, sea cualquiera de ellas la explicación justa, lo cierto es que los amables y suspicaces gotemburgueses no desperdician oportunidad para plantearle este problema estético al curioso huésped.
Lo que se exhibe de Vergel es una pequeña escultura, quizás de las menos valiosas en su obra: Otryedes.
Carlos Milles vive y su obra sigue siendo objeto de admiración y de búsqueda para los nuevos rumbos del arte plástico en Suecia. Es un consagrado. Del pintor Bruno Liljefors se exhibe diez de sus obras más importantes, todas inspiradas en la fauna de las distintas regiones suecas. Es sin duda alguna –lo aseveran los más renombrados críticos europeos- el más soberbio intérprete de esta forma de la naturaleza en nuestro tiempo.
Su colorido, a tal punto real e impresionante, anima sobre la tela las figuras en grado tan alto que parecen vivas y orgánicas. El telón de fondo de la naturaleza sueca en sus más insospechados matices, el alma de las estaciones y toda la fuerza idílica del paisaje en que actúan sus delicadas figuras, componen un conjunto admirable, casi increíble. Con la muerte del autor en 1940 se cierra para la historia del arte escandinavo uno de sus capítulos más personales y alucinantes.
Ernesto Abraham Josephson, Andrés Zorn y Carlos Larsson son figuras estelares en la historia de la obra plástica sueca. Josephson ha sido uno de los más grandes coloristas esuropeos. En sus periódicos estados de locura, es fama que realizó, como nuestro Colina, sus más perfectas concepciones plásticas. Al lado de sus figuras fuertes, iluminadas por la verdad, como el lienzo “Herreros Españoles”, que pintó en uno de sus viajes a la península ibérica elabora un arte finamente subjetivo en el que se juntan ficción y realidad en un todo armonioso y deslumbrante, como en “El genio del agua”. Al igual que en Zorn y otros artistas suecos, la influencia española informa respetables signos de la personalidad pictórica de Josephson.
Zorn es un retratista original, que logra liberarse de las influencias contraídas en sus largas incursiones por el arte de países extranjeros hasta arribar a un estilo autóctono, nutrido con la placidez de su paisaje nativo.
Un fenómeno parecido se repite con Larsson, el pintor de la familia sueca, considerado ya como parte integrante del alma artística de sus conciudadanos. Los inocentes rostros de los niños, las frescas siluetas de los campesinos, la rueda amorosa del hogar junto a la mesa común; todos estos aspectos enmarcados por el embrujo de las estaciones y el soplo edénico de los días nórdicos, hacen la gracias inimitable y amorosa de un arte excepcional y amado por los suecos.
De todos estos pintores se exhiben obras en el Museo de Gotemburgo. El lienzo titulado “El baño”, de Zorn, es una escena típica de las playas suecas, de gran fuerza y color. Tiene parecido con las obras de Alberto Edelfelt, finlandés, pintor de la vida marinera, en los plácidos lagos y golfos de Escandinavia. “En medio del mar” es el más primoroso de los lienzos de este pintor en las Galerías del Museo.
August Jerberg e Iván Arosenius, este último prematuramente liquidado por la muerte a los veintinueve años de edad, son dos individualidades de verdadero relieve en la pintura de Suecia. Con August Jernberg, del llamado período de Dusseldorf, despunta la pintura social con el advenimiento de fuertes transformaciones de la vida sueca en el mismo orden. Su obra “El Dipsómano” es una dramática constancia de esta aseveración. Arosenius se inspira en una concepción melodramática de la vida de su pueblo. Encanta en sus obras por el humorismo finamente diluido que quizás no ha tenido muy afortunados seguidores desde su muerte. Los grandes maestros de la pintura universal están presentes en las colecciones que tuve la fortuna de ver. Destacan los siguientes lienzos: “Sátiro del pueblo”, de Jordaes; “Adoración de los Reyes”, de Rubens; “Los tres Reyes”, de Rembrandt y “Santa Marina”, de Francisco Zurbarán. El majestuoso colorido y la vida integral de ésta última obra son sencillamente admirables. Existen también exhibidas notables creaciones de Picasso, en el salón de los impresionistas, expresionistas y abstractos, así clasificados por el Museo.
Resultaría muy larga la enumeración de los artistas suecos, cuyas obras se exhiben allí. Duele la casi absoluta ausencia del arte latinoamericano. Apenas es conocido el mexicano Diego Rivera, cuya influencia se advierte en artistas jóvenes de tanto aliento como Thorsten Billmam. Ante esta evidencia, he pensado en lo saludable que resultarías la confección de una antología de
El renacimiento artístico de Suecia, en su plenitud vital y creadora, es un hecho innegable, digno de admiración. Desde David Klocher, el padre de la pintura sueca, la evolución ha sido incontenible. El arte nativo se ha desplazado hacia el universo en la búsqueda de nuevos elementos de fortalecimiento y de creación. La naturaleza y el armonioso sino de este pueblo son materia prima inmejorable para llevar a la plástica las más altas idealizaciones. Es Suecia un pueblo de gran elevación mental, espiritualista y romántico. Propaga y difunde con igual calor que las propias, las altas expresiones del genio de sus hermanos pueblos nórdicos, unidos a su destino pacífico por la historia, la sangre, la religión y un idéntico sentimiento de la vida.
Como en los tiempos de
Estas reflexiones acuden a mi mente cuando, después de salvar las escalinatas del Museo con mi estupendo acompañante, el capitán, jurista y humanista Thorsten Petersson, reemplaza nuestra obsesión plástica de las horas transcurridas en sus galerías, el dulce paisaje vespertino de Gotemburgo. El color del verano, adueñado de las frondas rumorosas de
Gotemburgo, verano de 1946
Existo sólo por estar en su boca
boca de mimbre
ella
al decir mi nombre
viajo en su voz
en ese barco de tibio aliento
que transporta decenas de palabras
voy oculto
como polizonte de su sueño
en la proa de sus labios
aferrado a sonrisas de madera
ando en la quilla de su piel
y construyo allí
huellas fugaces en sus párpados de arena
Recuerdo haber oído una vez a un amigo que decía que su hermana no iba al Palacio del Blumer a comprar sus sostenes, sino que se iba a la base militar más cercana. Una vez que venía la pregunta de rigor, éste respondía: «ella no usa sostenes, usa paracaídas». Su hermana, que estaba más furiosa con sus treinta y ocho y pico más que con su hermano, terminó por hacer todo lo contrario a la gran mayoría de las chicas: quitarse que no ponerse. Y es que en esta euforia sintética (debería ser “con-tética”) las féminas están en su pleno derecho a expandir su derecho de frente como dueñas absolutas de su propiedad, aunque el disfrute esté a cargo de otros. Yo las apoyo, no vaya a ser que les suceda como aquel reconocido futbolista japonés que tenía un nombre bastante curioso: Tuteta Sekae. En todo caso, un par de pequeñas historias:
Cota mil, arde el sol y muchos –incluyéndome- aprovechan el sol ardiente para tostar las pieles. Disfruto de esta caminata con mi esposa y con mi hijo, el cual me regala el placer de verlo montar su primera bicicleta, se cae, se queja, se quita los restos de asfalto incrustados en las piernas pero se levanta y continúa. Pasa trotando una chica con sus buenas razones rebotando (son artificiales) al ritmo de la música que lleva en su “aipod”, no me extraña que lleve un reguetón, qué balurda; una pareja joven va de la mano, él, era un catálogo de la mejor ropa deportiva del momento, ella, igual, y en el pequeño valle que se le forma en el pecho se insertan un par de gotas sudorosas (son artificiales, no las gotas precisamente). Luego pasa una cincuentona, cuerpo perfecto, trabajado en algún fitness, los labios ridículamente gruesos más allá de la proporción lógica que le permitían los delgados pliegues de su piel, tenía unos tuyuyos inmensos que incordiarían cualquier pretensión de beso, senos perfectos, duros, grandes, tal vez talla 36 (son artificiales). Esta mujer a la cual llamaré Cotacher, camina rápido, con cierto estilacho y parece una miss porque va saluda que saluda a todo el mundo, lleva su botellita de “gueitorei” y sorbe de a poco el líquido naranja. La protuberante boca engulle todo el pico de la botella. Otra mujer le pasa por al lado pero después de unos segundos se percata que la conoce y se voltea a saludarla. A Cotacher no se le ocurrió otra frase para llamar a la conocida de la siguiente manera: «¡Ah teta e goma!»… «Qué falta de “glamur”, querida» -le contestó la otra, mientras todas las féminas cercanas se giraron al unísono para ver quién había dicho semejante insolencia.
Litoral Central: “¡Ehhhh,
Entro. Mejor aún, me arrastran y entro. Quedo justo en la mitad del vagón del tren. Suena más bonito y poético que decir “Metro”. Estoy apretujado, casi empacado al vacío. La altura me favorece a respirar las últimas moléculas de aire artificial pero fresco. Difícilmente logro sacar una mano para apoyarme del techo, de manera pues de lograrme cierto equilibrio, aunque sinceramente esto no importa, sería imposible caerme. Soy como un gran lápiz aprisionado junto a otros colegas multicolores de diversos tamaños en una cartuchera cilíndrica. Me late que todos los que estamos allí tenemos siempre presente algo de educación. A pesar del aglutinamiento, de lo compacto que veníamos, no oí una sola mentada de madre ni nada por el estilo. Pasa una estación, otra, otra, y otra. Vamos quedando holgados y se da un puesto libre que le ofrezco a la única mujer cercana a mí. Amablemente dice “no gracias, ya me voy a bajar”. Se bajan como cien personas. Me siento. Estoy cerca de mi destino. A mi lado se sienta un señor que caminaba en forma extraña, como marcando punto y coma en su andar. En el proceso de tomar asiento me golpea fuertemente en la rodilla: “disculpe señor” –dice. Y le respondo “no se preocupe”. Evidentemente fue sin intención. El hombre se soba la pierna y su cara es de dolor. Me pregunto si fui yo quien lo golpeó a él y no me di cuenta. De pronto el hombre comienza a desarmarse. Creí por un momento que era Pinocho en su etapa de adultez, no por mentiroso sino por la madera: él, con la mayor naturalidad del caso, se quitó su antepierna izquierda y se la colocó sobre sus muslos. Tenía una comezón espantosa justo donde calza su prótesis. Se rascaba sabroso, con ganas. Esto me sacó del pensamiento la historia de Ingrid y sobre todo a las luciérnagas que le daban vida y esperanza en la oscuridad de la selva. Recordé a Oscar Pistorius, el atleta sudafricano que con sus dos piernas amputadas, se frustró por quedar dos segundos por arriba del mínimo necesario olímpico para la categoría de
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