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21 may 2013
Cuquita no pasa hambre...
17 abr 2012
TRIPACK
Las tres fueron rechazadas al primer carajazo contra el asfalto, se volvieron leña. Juntas se fueron al casting de “Termineitor
Con el tiempo buscaron trabajo en una tienda erótica. Estaban de lo más emocionadas. Serían el juguete oculto de cuanto hombre solitario, que por harto de usar sus manos, quisiera entregarse al peor es nada polímero termoestable; o quizás de alguna mujer que jugando para el mismo bando, el cavernoso no sería de primera necesidad para colmarse toda. Pero hubo un defecto de fábrica y aunque las tres lo sabían, las muy descaradas se hicieron las locas. Sólo recuerdan a los clientes, algunos con sombreros y lentes oscuros, armando el merecido zafarrancho al dependiente de la SEX SHOP: «Vino sin vagina»...«¿Cómo?»... A lo que los ofendidos clientes reiteraban: «Sin vagina, sin la rayita».
En su desesperación y dado el elevado costo de la vida algo tenían que hacer; producir el dinero necesario para el sustento y justificar sus existencias en este reino “full empty” como decía una de ellas. Por algo Dios –bueno a decir verdad las máquinas–, las trajo al mundo. Tras un anuncio de prensa y el vertiginoso tiempo de los cuentos, fueron seleccionadas como Cheerleaders de un equipo de baloncesto venezolano (no de la NBA, no se crean). Todo iba de maravilla hasta el medio tiempo. La música cabilla comenzó a sonar para que se tongonearan como la anatomía manda, pero sus rígidos movimientos no pasaron desapercibidos por el público, que entre chiflas, abucheos e infinitos vasos de cervezas, las corrieron del lugar. «Chama, lo que más me arrechó no fue tanto eso, sino que me pusieran la cancioncita esa, la del panameño, la que dice “Ella era una chica plástica...” Su madre».
Fueron mesoneras, pero las despidieron por el inevitable baño de café caliente que caía sobre los clientes cuando intentaban servirlos; salvavidas tipo “beiguach”, pero todos los bañistas imprudentes se les ahogaban puesto que no podían sumergirse a las profundidades para rescatarlos; lo intentaron en un escuadrón de bomberos, pero a la primera alarma de incendio salieron corriendo; también de trabajadoras sociales pero nadie les creía por plásticas...
Fueron días muy difíciles. Estaban conversando sobre el duro proceso de conseguir empleo en la ciudad. Rememorar sus anécdotas ahora sí les resultaba gracioso desde la comodidad de su vitrina, salvo por la prima Dilcia, que como la canción del Puma, perdió la cabeza, los brazos y las extremidades inferiores, no por amor, sino por una fuerte insolación que agarró en la playa. Literalmente se derritió. La pobre está allí al lado izquierdo de la foto y casi nadie la toma en cuenta.
«Chama, menos mal que conseguimos este trabajito, aunque ya me duele el brazo por tenerlo alzado... ¿Y yo, que tengo los dos arriba?, deja la quejadera chica... Yo lo que necesito es darme un buen baño, ya me apestan las axilas, uff...Por cierto, no te vendría mal hacerte una lipo...Ay sí, plasticamo diciéndole a morrocoy polimerúo, mírate en el reflejo, deberías hacerte las lolas que se te están cayendo... Pero bueno, dejen la discutidera que las tres somos iguales y aquí nos pagan por posar. A trabajar, que hay gente viéndonos, a trabajar...»
23 jun 2011
Rueda Martínez
De pronto le faltó el aire, Rueda Martínez, fue sacado violentamente del sueño gracias a una fuerte patada en el estómago. Cómo se atrevía a quedarse dormido justo allí, justo la primera noche de su breve estadía en el infierno por treinta y cinco días. Cuando traspasó el umbral que divide la realidad en dos, el policía le dio un ligero empujón y dijo: «¡Carne fresca!». Los cuarenta presos allí hacinados entraron en una estremecedora algarabía, como si el apelativo de “carne fresca” aludiera a un buen solomo de cuerito, o a una punta trasera servida en el mejor término de cocción. Saltaron silbidos y todo tipo de improperios, pero la frase más trillada fue: «Pásamelo pa’ ca!».
Tal como lo sacaron del barrio, de su casa, después de radiarlo y corroborar que estaba solicitado, llegó a la celda que lo vejó como ser humano, pero no tanto como a otros. Rueda Martínez era el nuevo inquilino y venía muy bien vestido considerando su nueva residencia: bluyín, franela y zapatos de goma (y a escondidas medias e interiores), todo un lujo. No había pasado treinta minutos cuando tuvo que defenderse para conservar su ropa y seguramente su vida. Fueron tres los que lo intentaron dejar como Dios lo trajo al mundo, pero nunca imaginaron la fuerza brutal que aquel hombre de mediana estatura poseía y que después de darle una paliza a cada uno de ellos –incluyendo una fractura en el brazo para el menos afortunado- se convertiría en el religioso del pabellón de transición. La patada nocturna le fue dada en venganza por uno de los tres que recibió su buena golpiza (aclaro que el término golpiza es para hacer de esta crónica ajena, algo más digerible a la lectura, puesto que Rueda Martínez, mientras me contaba, utilizó el término “coñaza”). También fue el último golpe que le diera después de recibir su segundo escarmiento.
Rueda Martínez ya había fotografiado el lugar y a sus habitantes. Una esquina al fondo era el mejor lugar para procurarse cierta seguridad, al menos para hacerse la idea, pero ambas estaban ocupadas. Pasaron días hasta que pudo ganarse ese lugar por mérito propio, por demostrar su dureza, gracias a no dejarse joder por nadie, y sobre todo, por no meterse con nadie. Las esquinas delanteras que hacían juego con los barrotes, terminaban siendo el peor lugar puesto que se estaba a merced de los golpes, tanto de los presos, como de los policías.
Dentro del terrible cuadrilátero estaban algunos hombres descalzos, vestidos, pero descalzos; otros solamente con un pantalón raído más que por el tiempo, por un altercado reciente, con el torso desnudo; otros solamente en interiores en posición prenatal y pegados a la pared, protegiendo su dignidad, temblorosos y amoratados; y estaba “la cachifa” con un exótico lingerie rojo: presto -¿o presta?- a satisfacer las necesidades carnales de los más perversos.
Avanzaban los días en la misma proporción en que Rueda Martínez disminuía su peso corporal. Quién podía comer aquellos restos de comida, camuflados en la parte superior de una olla inmensa, con la única sección comestible de un putrefacto paté de arroz y trozos de salchichas a punto de descomponerse. Los más afortunados, como él, recibían visitas a diario, lo que le permitía ingerir comida sana. Una buena arepa rellena dentro de la celda era todo un lujo, a escondidas claro, como también era un lujo tener acceso a un celular conseguido dos semanas después gracias a una buena comisión ofrecida a un policía. A través del teléfono estaba al tanto de su caso y conversaba escasos cinco minutos al día con una de las secretarias de la empresa en la cual trabaja. Por ella fue que entendió por qué había sido detenido, si él –como alegaba- no había hecho nada, pero igual aparecía en la lista de los solicitados. Esta fue la causa:
Hace quince años Rueda Martínez se fue de parranda con sus tres mejores amigos, uno de ellos incluso “era” su compadre. Estaban en una reconocida discoteca de Las Mercedes disfrutando de la música, las chicas y el alcohol. Súbitamente sus tres amigos se fueron al baño dejándolo solo, mientras él suponía que iban a darse unos toques técnicos en las fosas nasales. Mayor sorpresa cuando irrumpen en la pista de baile tres encapuchados fuertemente armados. Él los reconoció por los zapatos, eran sus amigos. Por gracia o desgracia, estaban de civil en el mismo lugar varios policías armados. (Pues si Rueda Martínez no lo sabe yo menos: cómo era posible que en un lugar así hubieran pasado las armas, se justifica la de los policías, pero la de los tres bándalos…?) Lo cierto y en resumen, este episodio terminó así: sujeto uno, se batió a tiros y murió; sujeto dos: se entregó, depuso el arma; sujeto tres, el compadre, se suicidó en el acto, por ello el “era” de líneas atrás. El error, la ingenuidad de Rueda Martínez, fue acercarse a preguntarle al sujeto dos que “por qué habían hecho eso”. «Caramba señor Martínez, qué ingenuo». Fue detenido por averiguación hasta que se demostró que no tenía nada qué ver con el hecho. ¿Dónde estuvo su error, motivo por el cual estuvo treinta y cinco días en una de las sucursales del infierno? En aquel entonces, no se presentó en los tribunales y no siguió el curso legal para el cierre definitivo del expediente, ergo, quedó abierto y por tanto solicitado. En fin, en más de una ocasión la secretaria se había quedado hablando sola, porque Rueda Martínez había apretado la tecla “end” ante la presencia de un policía ajeno a la componenda.
También le llamó la atención un muchacho de diecinueve años, el “intocable” le decían. Enclenque, más bien con cara de pendejo, famélico y hasta pequeño –según me contó. El muchacho era un vendedor de perico en un barrio X de Caracas. Un policía lo tenía extorsionado, le cobraba comisiones altísimas para no llevárselo preso. Un buen día el “intocable” se apareció con una moto nuevecita (la cual compró legalmente con su dinero) y pasó a manos del policía porque ese día no tenía efectivo para pagarle: «No me la calé más», le contó a Rueda Martínez. Dos días después cuando el policía venía a cobrar su vacuna, su comisión, el “intocable” le descargó un -¿o una?- nueve milímetros en el pecho. Era un héroe en la celda y nadie se metía con él. Tanto así que un sábado en la madrugada los policías, después de argumentar un falso traslado del muchacho a esas horas, se consiguieron con un rotundo “no”, con un grupo de hombres que en ese momento se unieron para impedirle en definitiva otra paliza brutal al “mata policía”, como le llamaban los castrenses. Hubo incluso hasta un colchón en llamas para hacerlo salir tras una asfixia segura, pero ni así lo lograron.
Conoció también a un hombre que no paraba de caminar de un lado a otro… de un lado a otro… de un lado a otro… Rueda Martínez me lo contó así, moviendo su brazo hacia donde se dirigía el preso. Le preguntó cómo se llamaba, pero no le respondió. Luego a la pregunta que por qué estaba allí, le respondió que por suicidio. Rueda Martínez, extrañado, le corrigió, será por asesinato... no, por suicidio… Llámalo como quieras, puedes llamarlo también suicinato: estaba en el hipódromo jugando unos caballitos, lo aposté todo y me arruiné. Cómo uno puede seguir viviendo pelando bolas. Así que me pegué un tiro y ya ves, preso por suicidio. Nadie me ve, sólo tú que estás dormido.
Las arañas en el techo también eran testigos de lo que allí sucedía. Estos nobles insectos eran protegidos por el “fumarola”, quien después de recolectar sus telas, sus filigranas arácnidas ennegrecidas, las juntaba con las uñas que se cortaban los presos, sí, las uñas, las envolvía en un trozo de papel y se las fumaba: «Aquí todo se fuma, caballo…», solía decir.
Rueda Martínez también contó que una noche, a cinco minutos antes de que apagaran la luz para que sufrieran los embates del sueño –a penas durmió dos horas al día durante su permanencia en aquel lugar- llegó el policía de turno con un nuevo preso: «Aquí está este pajarito que le gusta cogerse a carajitas de ocho años». Se hizo la oscuridad con algunos matices grisáceos formados por los pírricos rayos de luz que quedaban a la distancia, se oyeron gritos y lo demás es inenarrable. Al otro día el jefe de la celda llamó a la “cachifa” y le dijo que le devolviera “las juanas”, así le llamaban a la pantaleta y al sostén –eso de brasier no pega aquí– rojo que vestía. Le entregó un pantalón corto y una franela para que no estuviera desnudo y desde ese día cambió de “cachifa”.
¿Ir al baño, delante de todo el mundo, fuera por la necesidad fisiológica que fuera? ¿Bañarse?, Tarea titánica. Rueda Martínez consiguió después de dos semanas cómo hacerlo sin que lo molestaran: se bañaba en “Cone Ciervo”, el mismo que usan los santeros y huele malísimo, como a mofeta concentrada: «pa’ espantá los malos espíritus», según decía a todo gañote, reafirmando su rango de religioso a través de sus rezos y de sus escapularios que le colgaban del pecho, juntando fuerzas paganas y cristianas con Jesucristo, Yemayá, la Virgen María y todo el panteón Orisha posible. «Ta’ loco…ta’ loco», decían los demás presos, pero lo dejaban bañarse en paz.
«¿Quién carajo es Rueda Martínez?», preguntó uno de los policías, «Tiene visita» El policía trasladó al reo hacia el lugar dispuesto para ello. Había una cola de veinte personas aproximadamente, personas que venían a visitar a un ser querido que por justa o injusta razón había caído preso. El policía gritó a todo pulmón: «¿Quién viene a visitar al señor Martínez?», todas, absolutamente todas las personas de la cola, alzaron la mano: «Coño alcalde, tiene visita», le dijo el policía. Ambos se cruzaron una mueca de sonrisa cómplice.
Así llegó la tan deseada boleta de excarcelación. Rueda Martínez, el motorizado de la empresa, contó esto y mucho más en el agasajo que le hicimos para celebrar su libertad. «El infierno existe, y está aquí», dijo.
La brisa copulaba con el viento a través del cruce blandengue de las nubes con vulgar estridencia y desparpajo. Lo que debió ser el crujir de la madera añejada en forma de cama, fue sustituido por el crepitar de los cómplices truenos que fotografiaban el momento cumbre del encuentro…
Despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio el techo de su habitación, dos lágrimas rodaron por su rostro la primera noche fuera del infierno.
5 oct 2010
Te agita y te enreda...pecadora!
«Ave María purísima». «Sin pecado original concebido». Se hizo un silencio mortuorio el cual rebotaba dentro del confesionario, como buscando soliviantar los secretos guardados por la madera del cual estaba hecho. El padre Orángel insistió con el ritual de siempre: «Sin pecado original concebido». Hirdenia no hallaba por dónde comenzar su confesión más allá del “padre, he pecado”. Intuitivo como siempre, pero desmadejado por la rutina de escuchar los tautológicos pecados, le dijo: «No avergoncéis que lo he oído todo» Ella rió para sí misma como increpando la docilidad con la cual el confesor le pretendía sacar su historia. Impelido por aquella mujer y por lo que aparentemente iba a ser una confesión única, digna para salvar la semana por encima de otros pecados incluso peores, el padre levantó la mirada y trató de observar a través de la negra rejilla a la propietaria de la delgada voz que pasaba rozando el ligero metal, como buscando imaginar un rostro que jamás conocerá, sumándole además un voluptuoso cuerpo que se originaba de recuerdos confesionales pasados.
Por breves segundos Hirdenia se fue en el recuerdo al momento en el que llegaban al clímax, ella y su amante, la última vez que lo hicieron como siempre a escondidas. Volvió a su ahora con un lenguaje soez a pesar de haberse tomado el tiempo suficiente para expresarse decentemente, muy normal en ella: «Tiré con quien no debía» La ausencia de todo ruido, de sonido alguno en aquel pequeño rincón del pecado, hizo audible, como amplificado, el tragar de la saliva del padre Orángel, como si en cámara lenta la manzana de Adán le anunciara en el sube y baja naturalmente biológico, la intensidad de lo que estaba a punto de oír.
Recordó que todo comenzó un día de playa, en familia, y con la típica joda de siempre que reza “carne de primo se come”, dado que en su extensa y promiscua familia, primos y primas habían participado en sus propios bacanales, situación que además todos sabían pero de la cual nadie hablaba. A solas disfrutaba del oleaje del mar, en ese ir y venir que le levantaba descaradamente sus senos, los cuales erguidos por la templada temperatura del agua, recibían el mayor de los refuerzos para mantener sus pezones en guardia mientras se le antojaba irrefrenable el deseo por Julián. Su mirada a la distancia apuntaba a su amante y como por arte de magia, como si hubiese acudido a su llamado, éste decidió refrescarse en el agua y hacerle compañía.
La piel canela de la prominente Hirdenia atrapaba miradas en donde fuera, y en la playa, era motivo suficiente para que muchas parejas terminaran peleándose: “Coño, si quieres le das un hijo”; “Bueno mijo tú no respetas”; “Si quieres la invitas y nos acostamos los tres”. Ella lo sabía y lo disfrutaba. Se fue acercando poco a poco, justificando la reducción de espacio entre ellos por el hecho de entenderle mejor, un “no te escucho bien”, y entre la complicidad del vaivén del mar comenzó el roce de bajo del agua, donde nadie veía, aparentando una tertulia que nunca existió. Con el agua hasta el cuello y con el mar ocultándolos por breves instantes de la mirada de los demás, Hirdenia ya había metido una de sus manos en el traje de baño de él. En tan sólo segundos su miembro ya era de piedra y con sus uñas postizas de hands care, jugueteaba con su prepucio simulando los espasmos que algún día serían reales. Apretaba con fuerza su glande como si fuera de juguete, con tenacidad, como diciéndole “te haré de todo”.
«Dios perdonadme» Gritaba en su éxtasis carnal y espiritual al ritmo del golpeteo de su pelvis con las blanquecinas nalgas de Solángel, una de las más fervorosas monjas entregada a múltiples acciones de caridad. En aquella posición canina sus jadeos eran silenciados por sus hábitos los cuales cubrían completamente su cuerpo, dejando sólo al descubierto aquella tersa piel que nunca había visto el sol, pero que ahora sentía el voltaje de su cuerpo con el suyo, indagando sus adentros impúdicamente con el vigor de un animal. Pedía perdón denodadamente pero antes la había seducido transmitiéndole su deseo y diciéndole: «que te pongáis in púribus, sois mía».
El padre Orángel volvió de un pasado el cual le azotaba el alma y se halló que Hirdenia ya había avanzado mucho en su confesión. Sobre la marcha se acopló cuando ésta le decía: «…y es que no puedo evitar las ganas de él. Todo mi cuerpo, mis labios imploran su roce». Su piel más íntima se tornaba de un rojo intenso, como pimentones asados. Julián en su plenitud sexual aún le quedaban muchos años de eyaculaciones, no así a su mujer, que en medio de su propia insensatez siempre le llamaron la atención los hombres mucho más jóvenes que ella. En aquella remembranza sus dedos se escurrían a través de un túnel ardiente, prendido en llamas pero a la vez humedecido por la pasión y por el inefable gusto de proclamarse victoriosa ante el hecho de “cogerse” a un hombre ajeno, decía. «Chama, déjate de esa vaina, qué tal si te descubren». Así era la respuesta de sus amigas. En aquel estado de ebullición los humores ya le brotaban a borbotones de la piel. Hirdenia con su boca semi abierta de par en par por la excitación le pedía más y más. Él deambulaba con su lengua como buscando perforar sus oídos. Su pene a toda máquina estaba incrustado entre sus bronceadas y firmes nalgas, acentuadas por la marca del bikini y las cuales exudaban el olor de su crema Victoria’s Secret. Un gemido que iba más allá del placer denotó un fuerte dolor al que ella ya estaba acostumbrada y que al final del camino era lo que mayor placer le causaba «Así es como te gusta, verdad? Por detrás» Le dijo Julián sin pudor alguno, quien lascivo hasta no dar más, rememoró en ese sublime instante los días que entregado al onanismo, no paraba de invocar a Hirdenia cada vez que tomaba sus prolongadas duchas. Ya no eran necesarios los burdeles de mala muerte, ni los lupanares más sofisticados para saciar su natural apetito sexual. Se vino el estremecimiento final de ambos. Las piernas les temblaban de una manera incontrolable mientras sus jugos eran atrapados por la fuerza de la gravedad en las ya amarillentas y arrugadas sábanas.
El padre Orángel fue atacado por una ola de calor intensa, como si un vapor que le llegara del pasado hubiera ocupado el pequeño espacio en donde tuvo breves intentos de erección. Tragaba grueso ante el desenfrenado relato de la paciente religiosa del día. Al principio estuvo seguro de sus convicciones reafirmando que lo había escuchado todo, pero aquel sensual glosario de palabras que Hirdenia había encarnado, lo dejó enteramente depauperado en medio del sagrado recinto. Fue imposible no retroceder en el tiempo para verse de nuevo fornicando con aquella “santa mujer”, como justamente le llamaban los feligreses. Torturándose con el vil recuerdo de su genuflexión ante él, mientras se llevaba con autoridad y determinación el rígido falo a su boca sedienta de lujuria.
El padre Orángel escuchaba con detenimiento cada palabra con la cabeza reclinada hacia atrás. Cuando volvió en sí de un trance aparente, lanzó su mirada hacia la rejilla negra del confesionario y pudo ver los ojos de aquella ardiente mujer, que con carácter, también lo estaba mirando fijamente. Después de la sentencia final, de la penitencia que habría de pagar por fornicar con otro hombre, especialmente por ser el esposo de su madre, le dijo con severidad: «El sexo te agita y te enreda, pecadora».
22 jun 2010
El ser de la concha

De pronto vino otra ola que de un tajo lo sumió en la corriente. El instinto innato de su ser lo redujo al tamaño mismo de su concha, pareciendo no lo que era, sino una insignificante piedria devastada, brillosa. Los espirales casi marmóreos se multiplicaron en su revuelta formando un remolino sobre sí mismo. El agua salobre que ansiaba sus adentros, los adentros de aquella piedrita, horadó fallidamente lo que no pudo conocer en semejante oportunidad. Sólo este privilegio le compete al oceánico eco que se apodera del pasado mismo de la carne que un día reinó en sus entrañas. Si tienes corazón y cerebro, ¿por qué te entregaste tan fácilmente? Debiste usar tu invertebrado cuerpo para zafarte de los vidrios que ahora te sirven de soporte y el ligero vaivén que sientes en tu armadura -que te extraña tanto por su débil embestida- viene del agua mansa desconocida de tu vientre. Ahora obsérvate a ti mismo en la absurda tranquilidad de esta pecera. Todos te admiran por limpiarla en su interior con la paciencia de un desahuciado. Pasas todo el día en ir y venir de un borde a otro. Los peces ni te huelen ya... Eres un caracol igual a todos: inmensamente aburrido.
25 jun 2009
Soy la trampa...
Y además una posible salvación, no sé de qué, pero salvación al fin. Puedo ser esa tormenta que aprieta en los días nublados y hasta el más radiante sol que ilumina tus días. Quizás un pañuelo para abrazar tus lágrimas o las mismas lágrimas pletóricas de alegría.
Sigo siendo una trampa, no sé si tuya, no sé si para mí misma. Pero ¿una trampa de qué? ¿Será que ya caíste en ella o mejor dicho, en mí, puesto que soy yo la trampa? ¿O será que fui yo el que cayó en la trampa, o en mí misma? ¿Esa “trampa” tendrá otra manera de llamarse? Tal vez averiguarlo sería precisamente lo que ella quiere, que caigamos en la trampa o en ella o en mí.
No hay prudencia alguna en cada pensamiento puesto que en tal libertad, la del pensamiento, hacemos la mejor de las películas, con el final perfecto, con el encuadre perfecto, con la fotografía perfecta, y por sobre todas las cosas, con los protagonistas perfectos: tú y yo siendo víctimas de la trampa.
Soy trampa porque así me llamaste tú, porque más diáfano imposible. Soy trampa porque entramos en un juego que comenzó y se torna volcán. Trampa porque irónicamente tus pasos se alejan de mí y se acercan a otro, quizás se acercan a otra trampa de la cual ya eres dulce víctima.
Me visto de luces para hacerte reír y sigo siendo trampa. Me antojo de nublar tu buen talante y ¿adivina qué? Soy la misma trampa. No hay nada que salga de mí que al final no sea una cruel pero tierna trampa. También esto que te digo forma parte de ella, y por encima de todo, cada palabra que no te he dicho por temor de caer en la trampa. La música, las canciones, el ambiente, el aire, la silla que te aguanta, las manzanas de a diario, los 5 minutos a tu casa, todo, absolutamente todo, es una trampa.
La pregunta es, ¿habrá algo que no forme parte de esta terrible trampa? Prefiero no tener respuesta a ello. Al fin de cuentas todos caemos en ella alguna vez, en mí misma. No queda más que hacer libaciones a los Dioses para honrar este vicio, esta tortura, este grillete en el tobillo, esta trampa que no sólo pende del pie sino del pecho, del alma. La trampa es saber que pudimos escaparnos de ella y no lo hicimos. Y como trampa al fin, te pido que no creas en nada de lo que te he dicho, recuerda, soy una trampa y ambos estamos atrapados en todo y en nada.
La trampa al final es creer que conseguimos lo que siempre perdimos y nunca hallamos a tiempo. Es jurar que la perfección existe en un determinado segundo, en un cruce de miradas que fulminan a cualquiera. Es creer que más nunca, bajo ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto, volveremos a caer en ella. Pero ella es impredecible, aparece cuando menos te lo esperas y se torna tan poderosa, que cualquier trampa anterior, pasa a ser libertad, rutina y tedio. La trampa es así, te eleva y luego te deja caer, es implacable. Al final todos somos una trampa en la cual juramos no caer otra vez, pero allí estamos, luchando por salir y deseando caer en ella.
18 ago 2008
La primavera

Mi madre me contó que todo el trayecto desde el jardín hasta su habitación lo hizo con los ojos cerrados siguiendo el mapa mental que ya tenía de la Guardatinajas y por la ayuda siempre atenta de Micaela. El único momento en que abrió los ojos –me dijo- fue para cerciorarse de no chocar contra el marco de la puerta principal y justo allí, como si fueran el comité de bienvenida a la casa, estaban sus preciadas Hortensias a las cuales fotografió como curiosidad de su último parto. Por ello, por ese simple y bobalicón detalle, mi querida madre me hizo homónima de tan graciosa flor. ¿¡Carajo, no pudo plantar allí su rosedal, tal vez sus Violetas o sus Gardenias?! Siempre le decía que me puso nombre de vieja, cosa que no hizo con mis hermanas y mucho menos con mis hermanos.
Éramos trece en total. Al último siempre lo embroman con algo, si es niño queda a merced de todos los caprichos de sus hermanos mayores haciendo las veces de mandadero y casi esclavo; si es niña, como en mi caso, de oficiosa sirvienta prematura y como modista religiosa en la iglesia del pueblo, claro, y qué otra cosa podía ser si desde que salía y se ocultaba el sol tenía que atender a mi madre, tu abuela, Doña Félida. Cuando se corrió el rumor de mi embarazo la gente del pueblo comenzó a bromear diciendo que los santos se quedarían desnudos. ¡Jesús, María y José, que ofensa! De nuestro señor ya estábamos acostumbrados a verlo en cueros en la inmensa cruz, pero pensar en Pepe mostrando su castidad –porque si María lo era él también, no?- me resultaba repulsivo. Imaginé esto cuando me vino con el chisme tu tía Ana Rita, me regañó, pero nos reímos largo y tendido.
Tu madre tendría como tres añitos cuando una mañana aún sin sol, había puesto los carbones en la paila para que fueran entrando en calor. Ese día me tocaba entregarme al oficio de planchar y lo mejor era hacerlo desde tempranito para combatir el frío y terminar a mitad de mañana. Si nos alcanzaba el mediodía nos sancochábamos entre el calor de la plancha y el sol, hasta el mismo diablo pasaba las noches en otros lugares porque el frío en Pregonero le tullía los cuernos, pero de día era otra cosa.
Después de haberme espabilado el sueño de la cara con el agua helada, las manos se me quedaron tiesas y por más que me las frotaba, los dedos entumecidos por el frío y engarrotados como melcochas, no volvían a su temperatura normal si no fuera por la plancha ardiente. No había oficio que detestara más que ese. Prefería mil veces irme a recoger las hortalizas o las frutas que se daban casi por inercia en la parte trasera de la casa. Hugo, mi hermano mayor, se entregaba con esmero a la siembra y yo a mi prehistórico instinto de recolección. Tu abuelo le había enseñado bien «Si usted labra ahora recogerá siempre», era la frase con la que daba inicio a la faena. El sol asomaba su mejilla como jugando al escondite detrás de El Bolón, el cerro a donde nos íbamos de niñas a tomarle fotos con las miradas a nuestro pueblito. Apareció descalza frente a nosotras, estrujándose los ojos y empapada de pies a cabeza. La boba Marcelina que siempre me ayudaba con los quehaceres salió rápido a cargarla, no le importó que estuviera como recién salida del Uribante, la apretujó y la besó con el cariño de siempre. La adoraba, ¿sabes?... No es que era boba, era gaga, y es que ese mal hace parecerlo a cualquiera. Cuando se ponía nerviosa tardaba una eternidad en soltar las palabras y cuando venía La Primavera ni te cuento: «Ahí vi… ahí vi… ahí vi…» Mamá Félida le decía «Qué cosa ves muchacha, suéltelo» y todas nos moríamos de la risa.
Cuando venía La Primavera las muchachas enloquecían. Los hombres de El Morro desaparecían automáticamente a su llegada. Virgilio Márquez, que era el borracho del pueblo y era fiel representante del sentimiento masculino en toda su colectividad, se le pasaba la rasca por los celos que le daba: «Qué tiene La Primavera que no tengamos nosotros», nos gritaba altanero con la botella de miche en la mano cuando nos veía de punta en blanco. No puedo negar que tus tías eran hermosas -incluyéndome claro- Aurora, Délfida, Octavia, Ana Josefa, Maruja, Ana Rita, Berta, Cristina y especialmente Elba Consuelo, éramos la envidia de las muchachas de El Morro. Las Suárez Torres no podían vernos ni en pintura, porque ni que se encopetaran como encopetaran, nos igualaban en belleza. Y esto no lo decíamos nosotras, lo decía el mismísimo Don Filadelfo que era el Jefe Civil. Era muy respetuoso con todo el mundo pero con nosotras mucho más, me temo que por el excesivo pavor que le tenía a mi papá. Una vez, estando en la jefatura, oí cuando le decía a tu abuela: «Doña Félida, su esposo le hace honor a su nombre: Severo». Lo cierto es que nos sonrojábamos más por el galanteo de los hombres que por las bonitas palabras de los imberbes muchachos.
La única vez que entramos a la Jefatura del pueblo en nuestras vidas, fue a propósito de un triste accidente en donde estuvo involucrado papá. Lo poco que recuerdo es que venían de los cafetales y la recolecta había sido la mejor en años. Para celebrar, durante el camino de regreso, venían cantando y tomando con desparpajo. El alcohol nunca faltaba en todas las actividades del pueblo, más cuando cada familia tenía su propio alambique. Felices y contentos como venían, dos horas de camino fueron suficientes para que se emborracharan a más no poder. Ignoraron por completo el estado senil del puente colgante sobre uno de los hijos del Uribante. Había un número particular de hombres y de mulas que podían cruzar juntas, por turnos y pausadamente. Los mecates y la madera comenzaron a ceder ante el inmenso peso que jamás habían soportado. Se comenzaban a desprender las agarraderas de cada uno de los lados, pero en silencio, aceitada y lentamente, cuando de pronto sonó el violento crujir de la madera debilitada por los años. Todos los hombres hicieron un terrorífico silencio cuando reaccionaron de su imprudencia justo en la mitad del puente. Dice papá que en esos cinco segundos hasta las mulas recuperaron la sobriedad. Pero fue demasiado tarde. La tristeza fue inconmensurable, murieron todos los campesinos, todos los animales y se perdió toda la cosecha. El único que se salvó para contarlo fue Severo Méndez, que a partir de ese día, cargó en su espalda el peso de una culpa, tan propia como ajena. «Ese aguanta que se lo digo yo…», le dijo uno de los campesinos ante el destello de sensatez que tuvo papá previo a cruzar el puente, el mismo que antes de perderse para siempre en la feroz espuma del río, apuntando con uno de sus brazos hacia el cerro El Bolón, dijo: «Ahí viene La Primavera Severo, ahí viene…»
El Padre Ortiz estuvo un buen tiempo conversando con papá, día tras día, tratando de sacarle la tristeza y los malos pensamientos. Fueron tantas las visitas a la Guardatinajas que nuestro hogar parecía la casa parroquial de El Morro. Las tres callecitas que a penas tenía el pueblo –bueno, a decir verdad tenía más- se prestaban con facilidad para el rápido despiste cuando la gente necesitaba de los servicios del religioso, de manera que si no estaba allá, estaba por aquí. Además nuestra casa estaba en el centro del pueblo, en la calle principal que para variar se llama Uribante. Hasta era el punto de referencia para llegar a otras direcciones: “de la Guardatinajas, pa’ riba”, “de casa de las Méndez Pérez, pa’ bajo”. Al tiempo entendimos que no era tanto su devoción redentora lo que lo tenía casi de inquilino en nuestra casa. Que me perdone Dios mija, pero es que hombre no es gente aunque sea cura. Al muy sinvergüenza le gustaba nuestra vecina, Yolanda. Cuando la veía, los ojos se le ponían grandotes y redondos como una hostia, tal vez hasta la imaginaba como un cáliz enorme con piernas y brazos, qué sé yo. Nosotras nunca lo notamos, fue papá que como hombre al fin ya estaba curtido en esos temas, y claro, se lo contó a mamá, y Félida no era escaparate de nadie y de chismes mucho menos. Supongo que aquel entusiasmo hormonal del Padre Ortiz no pasó de eso, pero se han visto casos, sabes?... Yo lo quería mucho, y más allá de sus posibles debilidades, su bendición era como un bálsamo para todos en el pueblo. Se volvió una costumbre que cuando llegaba La Primavera atravesando el cerro, le diera la bendición haciendo una inmensa señal de la cruz celebrando su presencia, y hacía lo mismo cuando se iba. Todas nosotras nos quedábamos hipnotizadas tanto de entrada como de salida. Qué días aquellos.
Cuando tú no estabas ni en planes de nacer ya tenías nombre. Tuve como quince Camelias de trapo. Délfida me decía que por qué no les ponía otro nombre y yo le contestaba que así se llamaría mi hija y la insistencia con todas mis muñecas en bautizarlas así, era por si al destino le daba por enviarme varoncitos cuando fuera mujer, ya habría agotado entonces tu nombre aunque sea jugando. Y fíjate tú, Rosa no podía tener otro nombre sino Rosa. Tu tía sí que era regordeta, linda y rosadita, era inevitable llamarla así. Me costó mucho convencer a tu madre en bautizarte así, porque ya tenía en mente uno de esos nombres compuestos tan raros con el cual te iban a desgraciar tu futuro con semejante invento. Hugo, José y Ciro, tarajallos al fin, se metían conmigo, con mis muñecas, se burlaban del nombre. Una vez me hicieron llorar porque me dijeron que cómo haría si tenía un niño y no una niña, que si lo llamaría Camelio. Y se reían a carcajadas porque en el mejor de los casos sonaba a “camello”. Lloré mucho pero fue la última vez que se metieron conmigo. Papá los reprendió tanto que hasta tuve que intervenir para que no los azotaran más. «Sal de aquí Hortensia» decía papá con dureza, pero no me amilané hasta que entendió que ya había sido suficiente. De castigo los tuvo un mes trabajando la tierra de sol a sol, limpiando la casa y recogiendo todas las semillas de tártago posible para iluminarnos en las noches. Fue tanto las que recogieron que a cada metro, incrustadas en la pared, estaban las afiladas ramitas que atravesaban las ardientes semillas que iluminaban como minúsculos soles los corredores de la casa, afuera y adentro. En el “Colegio Padre Justo” se preocuparon por la ausencia de los tres, y ahí sí que tuvieron que esmerarse con empeño para recuperar las clases perdidas, porque Severo no les levantó el castigo hasta haberse cumplido el mes, y luego les tocó quemarse las pestañas como los buenos para ponerse al día. Yo me sentía de un mal, porque si bien es cierto que me hacían la vida imposible, aquel día le había metido un poquitín de teatro desplegando unos gruesos lagrimones de película. Imagínate que hasta los ayudaba con las tareas a pesar de mi corta edad. Creo que eran más exigentes en mi colegio que en el de ellos -“Sánchez Carrero” se llamaba. Después de viejas –y de viejos- es que entendimos que era una tontería estudiar en colegios sólo para niñas y sólo para niños. Eran pocos los que habían en Pregonero y éstos eran los mejorcitos. A fin de cuentas la vida no hace este tipo de distinción, nos engulle por igual con sus penurias sin mirar qué llevamos bajo la ropa. El temor de todos los padres con su camada de hembras, era que algún día partiéramos con La Primavera buscando nuevos caminos.
Bueno, tampoco éramos unas santas, oficiosas sí, pero traviesas dentro de lo que cabe, porque a la menor imprudencia o a cualquier impertinencia propia de la edad, la que se ponía severa con nosotras era Félida. Y mira que mamá era una santa, pero cuando había que poner carácter… Aurora, que era la mayor y que Dios la tenga en su gloria, decía que mamá se ponía severa y que Severo se ponía félido. Vaya ocurrencia, pero a decir verdad, parecía que se turnaran el carácter. Un día la san pablera que le armaron a la pobre Aurora fue de antología porque llegó tarde a la casa, ya el último rayito de luz que quedaba del día se había esfumado, yo estaba en la puerta y le vi el agite en la cara. Imagínate si hubiera heredado esto de tus abuelos, vivirías amoratada porque no se te ve la cara hasta bien entrada la noche, claro eran tiempos distintos. A todas las demás nos despacharon a nuestras habitaciones, pero apenas cerramos las puertas, pegamos los oídos por las rendijas para escuchar el sermón en ciernes. Entendíamos a duras penas lo que decían. Ni Micaela, que tampoco estaba en casa, hablaba con tanta seña para hacernos entender su ininteligible lenguaje, el cual se traducía a nuestro idioma con el apoyo imprescindible de sus gestos. «Una muchacha de su casa no anda de realenga por ahí a estas horas…Y dónde está Micaela, por qué no llegó con usted?» -dijo mamá. Debía darnos el ejemplo a nosotras que no habíamos descubierto aún la tortura del trapito mensual. Las más peladas nos miramos haciéndonos un gesto interrogativo preguntándonos qué sería eso. Imagínate… Después se fue pasando el cuento de mayor a menor hasta llegar a mí. Micaela había sonsacado a Aurora para ir a ver a La Primavera, a penas se llevaban dos años de diferencia y compartían casi todo hasta el día de la reprimenda. Años después cuando Pregonero quedó en el recuerdo y nos habíamos instalado en Caracas, llegó la televisión a blanco y negro. Me era inevitable recordarlas cuando veía El Zorro: Don Diego y su fiel servidor Bernardo, eran una versión masculina de Aurora y Micaela. A tu abuelo le encantaba este programa y yo lo acompañaba sólo por verlas allí disfrazadas de hombres.
Lo cierto es que después de aquel día Micaela estaba más muda que nunca. Tal fue su silencio que llegamos a creer que tenía voz. Como yo era niñita todavía, le buscaba fiesta a ver si balbuceaba algo, si me soltaba algunos de sus alaridos tras de los cuales me salía persiguiendo juguetonamente como si fuera una momia y yo me destartalaba de la risa. Pero nada. Sólo me daba una triste mirada y la mitad de una sonrisa. Aurora también había cambiado rotundamente desde ese día y cuando cada una concluía con sus actividades diarias, se encerraban por horas en una de las habitaciones, a veces en la de Micaela y a veces en la de Aurora. En mi ingenuidad no podía ni imaginar lo que estaba sucediendo. Me parecía exagerado que aún estuvieran tan golpeadas por el regaño que les diera tu abuela, porque Félida se empotró en su mecedora a esperarla y aquello fue un festival de manos al aire. De eso ya habían pasado como tres meses.
…En lo único que se diferenciaban los días de semana con los sábados y los domingos, era la muchachera que atravesaba el pueblo para ir al colegio. De resto, cuando ya la algarabía era silenciada por los salones de clases, en El Morro y en todo Pregonero, los días eran todos igualitos. La otra excepción la hacía el campanario llamando a misa todos los domingos. Severo solía levantarse con los gallos, sólo le faltaba ser él el que cantara los buenos días y era el día de misa cuando por costumbre se levantaba un poco más tarde, que no era lo mismo que despertarse. Papá abría los ojos a la misma hora pero Félida lo obligaba a quedarse un rato más en la cama, para que no comenzara a joder tan temprano –palabras de mamá, ojo. Ella volvió a dormirse y Severo aprovechó para salirse de la cama. Montó su café de siempre y se sentó a esperar el amanecer, aún los tártagos alumbraban los restos que quedaban de la noche. Sintió un ruido, unos pasos ligeros y a papá se le erizó la piel. Lo primero que se le vino a la mente fue un aparecido, un espanto, qué sé yo, tal vez alguna ánima en pena, la sayona, ay mi madre!. Y no estuvo tan lejos, porque Micaela parecía un espectro que penaba a través del intenso frío de la mañana. Maleta en mano alzó su mirada y no pudo decir ni una palabra, claro, realmente no podía, pero papá leyó su intención de decir algo. Mamá le armó un zaperoco al pobre Severo por no avisarle, por no despertarla –me contó. Él no hizo más que ver cómo Micaela abandonaba la Guardatinajas. Se sentó, movió su mano en señal de despedida y terminó de tomarse su café bien cargado que ya comenzaba a enfriarse. La segunda en despertarse ese día fue Aurora, que quedó petrificada al ver que papá ya estaba en el zaguán, tragó grueso y cuando iba darle los buenos días, le dijo: «ya se fue»… «Me imaginé», le respondió. Cuando Aurora me contó este episodio no pudo evitar que rodaran sobre sus mejillas un par de lágrimas que parecían competir entre ellas para ver quién llegaba primero a la boca.
¿No te decía que no éramos ningunas mojigatas? A muestra un botón mi niña, que todas nosotras con tanta alharaca, vanidad y trapos, nos quedamos boquiabierta cuando estalló el chisme de Micaela. Lo primero que escuché en la voz de Severo, con aquel tonito pausado que le chocaba tanto a mamá, como si le dijera “yo se lo dije, yo se lo dije”, fue: «Sorda muda pero no pendeja Félida, esa vaina fue La Primavera». Quién lo diría, preñadísima. La calentura de mamá no fue por eso, sino porque nos dejara de la noche a la mañana, con tanto cariño que le tenía –y le teníamos- y ni hablar del oficiero que había siempre en la casa. Era como una madre bastante joven o como una hermana mayor para nosotras. De hecho, mamá quedó tan adolorida del parto que Micaela fue la que me atendió en mi primera semana de vida.
Desde ese día todas mis hermanas y yo nos pulimos en el arte, como dicen ustedes ahora, de ser cachifa. En el aquel entonces era el arte de ser hacendosas, de la casa. También recuerdo ese día porque a parte del malestar general que produjo la inesperada partida de Micaela, a tu tía Ana Rita le dio por ponerse a jugar con la pistola de Papá, como si fuera una vaquera, imitando a los artistas que salían en las películas que proyectaban en la plaza todos los sábados. Eran sin sonido pero a mí me hacía tanta gracia ver lo rápido que se movían, que nada más por este hecho, me sentaba en la plaza con mis hermanas a disfrutar de la función. Y te digo, más de una vez me corrieron porque no paraba de reír de principio a fin. Hasta los músicos que amenizaban la proyección, se detenían para ver quién se reía tanto. Uy!, terminaba con dolor de barriga.
El cuento es que Ana Rita apuntaba el arma hacia el espejo del cuarto de papá, y se movía velozmente como hacían los vaqueros blanco y negro, yo estaba destartalada de la risa, pero cuando recobraba la cordura le decía: «Ana suelte eso, usted como que está medio loca?»…«No se preocupe Camelia, yo sé lo que hago, mire…» El “Camelia” se lo puse hoy para echarte el cuento, sería horroroso meterle el Hortensia. Y apuntaba y ponía cara de mala, hacía “paom” con la boca, soplaba la punta de la pistola como si estuviera apagando una vela, y volvía con lo mismo repitiendo la escena una y otra vez, como perfeccionándola. En eso entra de golpe al cuarto la boba de Marcelina y se nos saltó el corazón pensando que era papá. «Suelte eso Ana Rita, que si llega papá nos mata», -le dije. A lo que Marcelina comentó «El se, se, señor, se, se, se…»…«El señor esté con ustedes… y con tu espíritu» -concluyó Ana Rita mofándose de Marcelina, entonando “espíritu” medio cantaíto. «El se, se…» Se concentró y hastiada de su lengua que no terminaba de arrancar, soltó de un sopetón: «Severo viene para acá»…«Ah, ese seguro va echarse los palos, ese no viene» y siguió girando sobre su dedo índice la pistola como si fuera un yoyo. Luego cruzó una mirada intensa y retadora con la Ana Rita que estaba dentro del espejo, entornó los ojos para fijar su firme determinación de liquidarla, le apuntó directo a la cabeza y antes de que sonara un nuevo “paom” en su boca, el arma se le adelantó en una estruendosa y real onomatopeya del disparo.
Si para mí fue un día inolvidable, imagínate cómo fue para la pobre de Ana Rita, tu abuela le dio una pela tan grande, que efectivamente cuando llegó Severo paloteado como siempre, se le pasó la pea de golpe intentando controlar a mamá. De verdad que la estaba medio matando y recuerdo clarito que antes de comenzar a caerle a leñazos le dijo: «¡No me irá a decir que fue La Primavera!» Mamá era una santa, pero cuando se calentaba…Ya te lo había dicho, no? Es que a esta edad una lo repite todo.
La que se sintió más sola con la partida de Micaela fue Aurora, es que eran como uña y carne, ¿no es que dicen? O mugre, creo que es: inseparables. Y si se separan cómo duele. Bueno, así eran ellas dos. Cuando la confianza había llegado a nosotras gracias a la inevitable adultez, esa que no tiene reparo en contar las cosas sin pelos en la lengua y en ninguna parte, Aurora me contó que un día, escapadísimas de la casa -para las hermanas mayores escaparse era agarrar a la tarde por la cola antes de que se fuera- Micaela le había convencido entre señas y extraños sonidos, que se arreglara para que la acompañara hacia El Bolón. «Usted sí está como loca, cierto?»…Señas van y vienen, Aurita interpreta y responde: «Bueno sí, pero si nos agarra papá me friegan a mí»…«…»…«Uy! qué descaro Micaela, usted sí que no se anda con cuentos, no?»…«…»…«¿Qué? No le creo!» Me contaba Aurora que Micaela se explayó en su conversación hecha a manos y que le metía hasta las comas, los puntos y los signos de exclamación, haciendo unos sonidos comiquísimos que le salían como a presión de la garganta. «No le creo Micaela! Cuente, cuente…». «…».«¿Y a usted le gustó?». Papá tenía razón y después de vieja fue que entendí la frase aquella que aún recuerdo y que se consiguió con un «¡Severo, no sea grosero!», que le diera mamá con dura firmeza: «Yo se lo dije, yo se lo dije… ni que tuviera el capullito en los oídos y en la boca». Me da una risa, es que en aquella época hasta para ser obsceno y soez se era elegante.
Cuando Micaela le estaba contando sobre su primer beso, Aurora me dijo que se puso coloraíta coloraíta. Pasaba hasta por hermana de nosotras de lo blanca que era y aquello la puso como un pimentón, ramita incluida porque no dejaba de ponerse una florecita en una de sus orejas, no recuerdo cuál, me parece que era un clavel. Micaela no era fea, era bonitica, pero no tanto como nosotras. Eso sí, tenía un cuerpazo la condenada que hasta por encima de los faldones se le notaba el buen talle genético. Sacando lo plancheta que somos las gochas, pierna es lo que abunda.
En fin… ¿qué te decía hija? Ah bueno, Aurora acompañó a Micaela hasta la parte más alta de la carretera, justo por donde hacía su entrada La Primavera. Cuando ella me estaba echando el cuento estaba muerta de la risa. Cómo disfrutaba narrándome sus travesuras de eterna juventud, y te digo lo de eterna, porque cuando una se está joven –como tú- pensamos que el tiempo se detiene y se enlaza en ese uno que va desde los diez hasta los diecinueve años. Sé que te sonará raro pero aquellos chorrerones de adrenalina que nos insuflaba valor gracias a situaciones que hoy día son tan normales y triviales, eran las cosas más bellas e importantes que podíamos vivir en Pregonero. Y qué mayor emoción cuando llegaba La Primavera, ah? Por eso es que los hombres del pueblo le tenían esa tirria casi toponímica, imagínate, venía de San Cristóbal, de la ciudad.
Aurora me dijo que ella no se atrevió a acercarse más de la cuenta. En su mente no hacía más que recordar las implacables normas de la casa: que si es una muchacha de su casa y debe llegar temprano; que si es la mayor de todas y tiene que dar el ejemplo, y toda esa retahíla de cosas que hoy día pocas cumplen. Tú eres una excepción querida, quitándote esas llegadas tan tarde a la casa cuando la calle parece una boca de lobo… no me quejo. No nos haces padecer ni la mitad de lo que tu mamá me hizo pasar a mí -y a tu abuelo.
Total que Aurora se quedó sentada en un banquito de madera a cierta distancia de donde estaba Micaela. Ambas estaban nerviosas, aquella porque se había puesto su mejor vestido para recibir a La Primavera y coquetearle sin el mayor reparo, propio de yegua desbocada; y mi hermana porque no hacía más que ver el sol ocultándose tras las cortinas de los cedros, contando el tiempo, sumándose pecados que aún no había consumado. «No Micaela vaya usted, y deje la cosa»…«…» «Uy sí claro!, cómo me va a decir semejante cosa, si yo nunca he besado a nadie»…«…» «¿No me diga que se está asustando?...Deje el agite y la manoteadera que se le cae el clavel que está de lo más bello» (Ah sí, era un clavel) Me dice Aurora que con el agite que tenía Micaela, le dio la impresión haberle oído pronunciar alguna palabra casi en castellano. Ambas se vieron fijamente a los ojos y en silencio, como corroborándose en su más fiel intimidad de amigas que esa palabra había sido “amor”. Claro, media chueca pero eso fue lo que ambas creyeron oír. ¿Será que lo imaginaron? ¿Será qué cuando llega de verdad no hace falta ni decirlo? Lo cierto es –dice ella- que no le dio oportunidad de indagar en el sonido emitido por Micaela, porque así como iban desapareciendo las últimas lisonjitas de sol iluminando tristemente la maleza cada vez más oscura, del otro lado de El Bolón venían en aumento unos intensos rayos de luz que parecían conos gigantescos de plata que alumbraban el camino.
Era La Primavera, y tras de sí, venía escoltándola su habitual nube de tierra, siguiéndole los pasos en una procesión que anunciaba modernidad, futuro, ciudad. Aurora tragó grueso y se levantó de un brinco del asiento –me dijo. Micaela ni hablar, supongo yo. Me imagino que del tembleque que tenía hasta las manos le enmudecieron. Se escuchó un fuerte deslizar en la tierra, como si un millón de piedrecillas fueran molidas en breves segundos por el peso de su llegada. Ahí estaban nuevamente frente a frente. Micaela lucía minimizada ante la imponente presencia de La Primavera, que hacía gala de sus brillantes ojos, como si de su interior ardieran millones de resplandecientes tártagos, los mismos que arrasaban en su pecho como agua furiosa que se abre paso cual río crecido. Estaba encandilada, más bien enceguecida –imagínate: ciega, sorda y muda. Aurora me dijo «tragué gordo» y añadió que en ese momento le pareció haberse mimetizado con Micaela, como si sintiera lo mismo, como si pudiera ver a través de sus ojos la perspectiva exacta del maravilloso mundo que se le presentaba. El mayor de los Zambrano bajó raudo los tres escaloncillos y la tomó con determinación de un brazo. Aurora no pudo escuchar lo que le dijo, porque algo dijo. Antes de dejarse tragar por La Primavera, en el último instante antes de desaparecer, miró a Aurora que estaba más muda que ella y en esa mirada hubo la complicidad que siempre es entrañable entre nosotras las mujeres. Se hizo de noche y Aurora decidió irse a casa lo más rápido posible. Pasó mucho más tiempo de lo que se imaginó y no quiso acercarse a La Primavera, realmente no pudo, las piernas no le daban. «Todo estará bien» –pensó. Micaela ya le había contado que no era la primera vez y previendo lo que estaba por suceder, le había dicho que si pasaba más de media hora que se fuera a casa. Pensar que papá tenía razón...
Por suerte cuando Aurora llegó, toda sudorosa ella, Severo no había llegado. Yo estaba en la puerta con mis Camelias, haciéndoles crinejitas, jugando con ellas. Recuerdo que cuando cruzó el portal de la casa pasó como una centella y se le notaba la emoción en su rostro. Después de vieja –bueno no tanto- supe que esa emoción era prestada. A todas nos llegó el turno de conseguir nuestra propia Primavera. Hoy veo aquellos recuerdos con tanta lejanía que hasta dudo en que hayan existido. Aún los tonos de cada una de las voces de mi infancia me persiguen gratamente. Las oigo en cada recoveco de mi memoria llamándome a su encuentro. Y sabes? Eso me distrae, me hace feliz y por minutos hace olvidarme de estos espolones que me están matando.
Para todas nosotras La Primavera era el encuentro con la vida. Para toda la aldea –en aquella época así le llamaban: Aldea- y todo Pregonero, era el nexo con otro mundo, con los nuevos tiempos, con la modernidad. Le hacía gala a su nombre porque así como después de un crudo invierno que todo lo deja cubierto con su blanco silencio, se hacía presente con sus votos de renovación, con su prominente alegría inevitable de flores, más cuando de ella se bajaban los hermanos Zambrano, altaneros ellos, pretenciosos pero buen mozos. Comenzaban a despachar la mercancía importada de San Cristóbal y tal vez de muchos lugares más: textos escolares, medicinas, prendas de vestir y hasta bisutería. Parecíamos indios al encuentro con la civilización. Ellos hacían lo más rápido posible su trabajo para luego entregarse al galanteo con las muchachas del pueblo y tal como te dije, nosotras las Méndez Pérez éramos las que mejor partido sacábamos a sus miradas, es que éramos muy bellas. Y esto sí lo estoy repitiendo a propósito, no es que no recuerdo habértelo dicho. Para esas cosas no hay olvido.
Así era La Primavera… con sus cuatro cauchos gigantescos y un quinto holgazán que nunca tocaba tierra en su parte trasera, con sus largos ventanales desplegables a través del cual corrió la brisa fresca que acarició mi rostro la última vez que me monté en ella; sus cómodos asientos forrados de tela verde y las estampas de la Virgen María, San Antonio de Pregonero y el Cristo del Limoncito, pegadas en la parte interna del parabrisas; las dos tiras colgadas en cada uno de sus costados, pegadas casi del techo, para que los pasajeros de turno no tuvieran la necesidad de gritarle al conductor que habían llegado a su destino –qué modernidad mija, qué modernidad; el motor, el sonido de su ronco motor, destemplado y áspero, como un toro presto a la faena amatoria y su hermoso rotulado en gigantescas letras tornasoladas que se convertían en brillantes estrellas al menor contacto con el sol: La Primavera.
Camelia leyó una vez más el cuento que le dictara su abuela y que transcribió como el mejor de los regalos que alguna vez le hiciera. Sentada allí en el viejo cementerio, soltó algunas lágrimas conmemorando un año de su muerte. Luego rió duro y con estridencia pues le hizo jurar que la recordara por su nombre, eternizado gracias a todas las muñecas de su infancia, así como su nieta: «ni de vaina Hortensia» Se persignó y dejó junto a su recuerdo laminado en mármol un ramillete de camelias que no tardaría de pasar a otras manos.
30 abr 2008
Vademécum
La algazara comenzó un poco más temprano de lo habitual. Siempre a golpe de tres de la mañana breves susurros se iban adueñando de la sala, una especie de chismorreo ininteligible pero atractivo a la vez. Aquella noche todo cambió y el barullo adelantó su jornada un poco antes de la media noche. Por momentos pensó que estaba oyendo un simple coletazo de lo que estaba soñando, en ese estado de somnolencia en donde no se está despierto pero tampoco dormido. El edificio estaba enardecido por la reunión de condominio que se celebraba a altas horas de la noche, como evitando que los demás vecinos de la zona se enteraran de lo que allí pasaba. No eran muchos los que pudieran darse cuenta del extraño encuentro: su perrita, que además de tener mejor dormir que ellos, no sería capaz de decirles lo que pasaba. Como siempre se adueñaba del sofá después de que todos se iban a la cama, patas arriba, roncando y mostrando sus diez ubres caninos, daban la prueba absoluta de un sueño profundo; su hijo, con un brazo por encima de la cabeza y el otro hacia abajo, con su ombligo pegado al colchón, boca semiabierta, almohada entre las piernas y el tetero vacío al borde del precipicio, evidenciaba un lúdico y reparador sueño; ella, que de la cama era propietaria del lado derecho, estaba con las piernas semi flexionadas como en un intento de buscar posición prenatal, con la cara hacia el espejo que vigila sus almas y que seguramente más de una vez las habrá visto escapar hacia un viaje astral, suspiraba eventualmente como dando una señal de satisfacción, de reconciliación consigo misma o quizás con la lotería de un sueño hermoso muy distinto a la realidad.
Uno de los tantos puntos que trataban y que se volvió el más importante en dicha reunión, era sobre el desorden reinante entre piso y piso. Discutían sobre la manera de organizar las cosas pero ellos eran totalmente inútiles en este sentido. Lo máximo que podían hacer era alzar la voz y quejarse, reclamar un orden justo para todos, quizás una categorización que les permitiera una mejor interacción entre los vecinos, lo que redundaría en no correr el riesgo de ser humillado o desdeñado por vecinos más preparados que otros o que fueran de países distintos y que por tanto, sus temas de conversación fueran ajenos a sus compañeros de piso. En la mayoría de los casos la arrogancia se torna en crueldad para aquellos que no forman parte de un grupo en particular. Nace con ello la envidia y luego la avaricia por tener algo que jamás estará al alcance.
Se sentó sigilosamente en el sofá en medio de la oscuridad, tratando de no hacer ruido para que no se dieran cuenta de su presencia. Hacía calor pero no se atrevió a encender el ventilador de techo porque el simple “click” del interruptor lo delataría. Las voces eran entrecortadas pero altisonantes al mismo tiempo. Algunos vecinos encabalgaban a otros en mitad de una frase buscando imponer sus motivos, sus ideas, con una pedantería que rayaba en la insensatez.
Se sintió incómodo porque el segundo punto que trataron esa noche, era que el vigilante permitía la entrada de cualquier extraño a las instalaciones del edificio sin hacerle las respectivas preguntas de rigor: «¿a dónde va?», «¿qué se le ofrece?». O indicarle tajantemente que está prohibida la entrada a vendedores ambulantes, a fervientes religiosos o a encuestadores. Pues resulta que ahora «me transformaron en vigilante, no tengo nada en contra del cargo, pero por favor, al menos me pudieron llamar lector ruin, infame o desordenado lector». Pensó. Algo que denotara una pequeña aproximación, por mínima que sea, a la esencia de ellos mismos. El desorden era obvio e inmediato a la vista. Podían verse por los pasillos muchos artículos que estaban fuera de lugar a pesar de que algunos tenían intenciones ornamentales: “Recuerdo de mi bautizo”, Tortuga con moneda en la boca (esto por asunto del feng shui), agenda electrónica, Ipod, juego de llaves, vaso con agua (con protector antiderrame), guía telefónica o páginas amarillas, porta incienso, etc. Era poco digno para un edificio tan culto, que de tener nombre, pudiera llamarse Bosque Dorado, Araguaney III, Mis encantos, Park Avenue o cualquier otro nombre de esos rimbombantes para hacer notar una nobleza inexistente. Pero, con o sin nombre, reflejar semejante desorden y un hacinamiento asfixiante era en gran parte su culpa. De hecho ha pensado seriamente en comprar otro edificio para darles una solución habitacional a todos. Es difícil, aunque parezca mentira, mantener a raya a tantos intrusos, por más que se esfuerce resulta imposible evitarlos, más aún cuando su ausencia es prolongada hasta recién entrada la noche. Quizás algún día tome cartas sobre el asunto.
PB
Clipper 5.2 conversaba afanosamente con un vecino muy excéntrico a considerar la manera tan colorida en que estaba vestido. Le decía en un español muy malo, propio de los nativos de lengua británica que con encomio se esfuerzan en dominar el español, que «no ser posible tolerante a estas cuadernos arriba», a lo que Los colores de los animales con voz infantil pero en perfecto español le corrigió: «No es posible tolerar a estos cuadernos arriba, o encima». «Thanks, ggrrracias». Contestó el gringo. Cada una de sus letras se destacaba llamativamente gracias a la tapa dura de amarillo pollito, desde la “L” en verde montaña hasta la “S” en azul rey. Su apellido era TodoLibro.
Seguían conversando sobre la situación del edificio, del hacinamiento y esas cosas, del mal estado de las áreas comunes y de la necesidad de construir un ascensor, pero llegó un momento en que no se escuchaban entre sí porque a escasos metros Sustos, Animales del bosque y En la jungla súper pop-up, tenían un relajo armado y correteaban como si fueran niños. Jungla se dio cuenta de que a Sustos le daban miedo los cocodrilos, y en lo que éste se descuidaba se abría de par en par justo en la mitad para mostrarle el lagarto despegable que levantaba la cola y abría sus fauces. A su vez Sustos le enseñaba un Drácula con cara amigable que se la caían los pantalones, lo cual les resultaba divertidísimo a todos, incluso a los señores que estaban más allá: Mister Cobol, Hardvard Graphics 3 y Don Administración. Ese último según dicen, es de linaje noble, de los McGraw Hills tan aristócratas y reconocidos por ser una especie de exclusivos sibaritas. No le gustaba que lo trataran con tanta formalidad, era astuto y muy certero en sus comentarios administrativos, sobre todo con los que tenían que ver con el pago del condominio mensual, lo cual era fundamental para cancelar deudas, mantener los servicios al día, pagarle a la conserje, entre otros compromisos. Prefería que lo llamaran Admon, lo cual lo relajaba y lo hacía sentir más humilde y cercano al grupo. Admon peleaba todos los meses con un vecino del piso 4 que se lo pasaba fingiendo demencia para no pagar –al final lo hacía- pero ponía de cabezas al pobre Admon, de mal humor. Elogio de la locura era su espina en el costado. Cuando se encontraban por los pasillos hablaban amenamente y Admon le prestaba mucha atención porque lo consideraba muy inteligente, un especie de filósofo perdido de siglos pasados y traído por los pelos a un presente cada vez más vacuo y pletórico de vanidad. Claro, estas amenas conversaciones eran siempre a mitad de mes, cuando ya se había solapado en el tiempo la persecución del mes anterior para que se pusiera al día con sus cuentas. Una vez Admon le increpaba con carácter: «Elogio, no me has pagado, déjate de vainas y no me engañes» A lo que este le refutó «“La ficción y el engaño son los que mantienen la atención de los espectadores”, claro que te pagué». Esto era todos los meses, todos los años, incluso para pagos especiales por algún evento extraordinario, que si el día del niño, el día de la madre (este día las madres trabajaban más de lo normal), día del padre y hasta misas que celebraban en honor a los muertos -irónicamente en el salón de fiestas. Una vez celebraron una misa con gran respeto, la cual la oficiaba la monja de siempre, la cual era abordada por todos los inquilinos para recibir la bendición: «Hermana Biblia, hermana Biblia, écheme la bendición». Le decían con fervor todos los recién transformados beatos. En la última misa, montada en un púlpito inexistente y después de una pequeña intervención de El evangelio de Jesucristo, la madre Biblia había recibido de la conserje el parte policial muy bien conservado por la junta de condominio, en donde tristemente aparecían algunos de los occisos que fueron víctimas de aquel terrible suceso en donde un enjambre de polillas acabó con muchas historias y miles de hojas. Recordando a los caídos todos se pusieron de pie: «Por las almas de Don Quijote (del cual sólo quedaron las tapas duras forradas de cuero), Humor y amor, Paradiso, El túnel,
Él continuaba sentado en el sofá, absorto gracias a las conversaciones que llegaban a sus oídos. En medio de la oscuridad vio que su hijo se dirigía al cuarto de sus padres en el típico andar para evitar que la pequeña vejiga se descargue antes de tiempo. Tuvo que prestarle la ayuda, más que física, moral, del apoyo psicológico para restarle pavor a la noche. Tiró lentamente de la palanca del inodoro pretendiendo reducir el correr del agua por la cañería, para disimular ese ruido que anuncia la descarga total de su contenido. Temía que cada ruido por mínimo que fuera alertara a los vecinos, con lo que llegaría a su final la misteriosa reunión de inquilinos y propietarios.
Piso 1
El variopinto edificio estaba habitado por los seres más extraños y disímiles que pudieran hallarse en residencia alguna. Las quejas que manifestaron en la reunión, las más cercanas entre paredes de cartón-piedra, tenían que ver con el escándalo que armaban algunos de ellos con su música a todo volumen. Era la norma ya aceptada que los viernes podían desatar sus rumbas hasta la una de la madrugada, pero después de esa hora el nivel de ruido debía bajar considerablemente. Y es que estos dos señores en más de una ocasión olvidaban la ley y les daba igual que fuera cualquier día de la semana. A Concierto Barroco le daba por colocar música de Albinoni para respirar tras sus notas, sus trecillos, síncopas y anacruzas, la majestuosidad de sonidos cada vez más olvidados en el tiempo. Por su parte, y como en un constante pique musical, que al fin de cuentas era lo que atormentaba al edificio y en especial a los del piso uno, Salsa, sabor y control quería amenizar el silencio con música -como dicen por ahí- “cabilla”. A Cien años de boleros no le importaba mucho porque sabía que él en parte era cómplice de que esa música existiera y a El vínculo es la salsa, mucho menos. Armaban el bonche sin más ni más y terminaban Bailando en la casa del trompo. Una jaqueca infernal se apoderaba de Buenas y malas palabras, (éste tenía su jujú con Sabor y saber de la lengua) no tanto por la música, sino porque a través de su ventana se colaban las temibles obscenidades que calcinaban por completo las ilegales actividades de una vecina del mismo piso. Todos hablaban mal de ella, sobre todo las mujeres. Los hombres también lo hacían hipócritamente en presencia de sus cónyuges, pero a sus espaldas, Kamasutra terminaba siendo la más deseada.
Lo cierto es que de levantar las repetitivas quejas por la música a todo volumen, terminan cuchicheando sobre los andares de la ocupada meretriz. «Y qué carajo importa. Ella puede hacer con su vida lo que quiera», terminaba increpando Harry Haller, mejor conocido en la urbanización como El lobo estepario. Claro, a pesar de que ya estaban separados, éste terminaba molesto pues fueron muchos años de amores, hasta que se atravesó en su camino Armanda, quien terminó siendo su gran amor. Y como son las cosas de la vida, quién iba a decir que entre estos dos seres tan extraños y entregados al bajo mundo, iba a nacer una niña extraordinaria, correcta, la mejor de su clase: Ana Isabel una niña decente. En las pocas veces que se reunían en casa, su madre y sus dos mejores amigos Manual ilustrado de terapia sexual y El tao del amor y el sexo, se entregaban a conversaciones muy distintas a las que pudieran demostrar sus dotes carnales, así la niña no tendría ni la más mínima posibilidad de enterarse de nada extraño. Para ello también su madre le hacía un estricto seguimiento a las páginas que visitaba por Internet.
Habían muchos más vecinos en este primer piso, pero pasaban muy bajo perfil por la naturaleza propia de sus orígenes. La culpa es de la vaca era apacible y siempre mediaba en medio de las trifulcas; Esperando a Godot no le paraba mucho a las reuniones pero cuando intervenía, terminaba divagando en frases inexplicables que los vecinos en son de broma le decían «no aclares que oscureces». También estaban un par de viejos españoles, unos verdaderos bonachones. De esos que por más de los cincuenta años en el país nunca se alejan de su ibérico acento: Mio Cid y Buen amor.
A éstos lo que más les preocupaba o les molestaba, era saber quién diablos era el pillo del edificio: «joder, nunca falta uno», decían. Su principal pasión era grafitear las blancas paredes recién pintadas, las mismas que con pintura fresca sellaban su último arte urbano. También se le culpaba de algunos robos perpetrados en el sótano del edificio sobre los vehículos allí apostados. Sin embargo, un día agarraron con las manos en la masa a Duino, que con sus elegías había terminado de incorporar a la pared del estacionamiento su último presagio: “Cristo viene en moto y viene arrecho”, así que lo de los robos seguía en el misterio, ya que no hubo más graffitis, pero lo otro persistía. En varias ocasiones la conserje,
Volvió a postrarse en el sofá -que ya se le antojaba incómodo- después de que dejó a su hijo nuevamente en la cama. La mala costumbre de
Piso 2
El segundo piso era uno de los más hacinados. Quizás por la cercanía a
En plena reunión levantó la mano la señora Cecilia Valdés para intervenir, protuberante, gorda, con su piel tiznada y agradable manera de hablar, «cantaíto», decía Juan Salvador Gaviota Dijo, y luego trató de incorporar a otro vecino: «No te parece Divina Comedia?» A lo que ésta contestó «Certo». Doña Cecilia alborotó el avispero más de lo que ya estaba. El barullo iba en aumento y los niños continuaban correteando en el salón. «Señores vamos a conservar la calma, hay vecinos que aún no han intervenido y es importante que todos, o casi todos, participen» Dijo Admon. quien estaba sentado a su lado: «Lo mejol que podemo hacé, es mudarnos, eh!, pohque a este paso, caballeros, esto se volverá un infielno»
Aprovechando la repentina crecida de decibeles un señor algo rechoncho y gordo soltó una tos atronadora para camuflarla entre la bulla, pero fue tal el flemático estruendo que todos hicieron silencio y giraron sus cabezas para ver quién era. «La amigdalitis de Tarzán lo está matando hombre, a ver si se toma algo», le dijo La enfermedad, a lo que aquel le replicó: «Tú tampoco te ves muy bien que digamos». Este breve cruce de palabras bastó para que el ambiente se encrespara un poco y aumentara la tensión. Todos se habían dispersado del tema que los motivó a reunirse allí a tales horas. Los hacinados ya comenzaban exigir un poco de respecto hacia ellos, porque en todo caso, los que tendrían que mudarse eran éstos, aunque les acompañaría la fortuna de estrenar edificio. Entre ellos estaban El alquimista, El mar profundo, Después Caracas, El cuento número trece, El peregrino de Compostela; Miedo, pudor y deleite, Andariego y Pedro Páramo, Once minutos y Latidos de Caracas, Mentiras históricas comúnmente creídas, Casas muertas y Oficina Nro. 1
Admon tomó nuevamente la palabra para tratar de canalizar las malas vibraciones. Descubre a tus ángeles le había recomendado que dejara fluir las energías para que cada cual mostrara su propio yo y de esta manera hallaría el mejor camino para interpelarlos. «Vamos a conversar con el vigilante del edificio a ver qué podemos hacer, tengan un poco de paciencia». Mientras iba diciendo estas palabras ya se le había colocado a sus espaldas un viejito taciturno que nunca se metía con nadie, de mirada triste pero con una manera de expresarse superior a la de muchos allí presentes: «Yo había concebido la resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadencias de la vejez, y esta vieja loca con su cuento de ángeles, no hace más que acelerar en mí ese deseo». Le dijo quedo al oído Ramos Sucre con su obra poética a cuestas.
Piso 3
Cómo llegó la noche intervino de una manera contundente. A su coterránea Cecilia Valdés le brillaban los ojos cuando éste hablaba. En el fondo sentía una lástima inmensa por todas las cosas que había vivido en su isla querida. Para él ese hacinamiento era un paraíso, mil veces preferible al que había vivido tantos años atrás. Era tal la devoción de Ceci hacia él que quería mudarse del piso 2 al piso 3, incluso llegó a asomarle a Repertorio Poético la idea de este cambalache, pero Luís Edgardo Ramírez –que era su seudónimo- le dijo: «Qué va mi doña, yo no me calo ese aglomeramiento que tienen ustedes allá abajo». Acto seguido en su memoria afloró la frase que más veces ha entonado en su vida: «Come miehda». Éste le lanzó una mirada inquisidora como dándole a entender que le leyó el pensamiento, como si por arte de magia y en fracciones de segundos hubiera estado en las neuronas precisas en donde brillaron por su ausencia de elegancia estas dos palabras. A Cecilia Valdés no se le ocurrió mayor sandez que decirle: «Repertorio, es que Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus».
De pronto la atención de todos fue captada por un grato olor, mezcla de romero y azafrán, o quizás de jengibre y miel amortiguados con hojas de mejorana. El olor llegaba hasta el salón de fiesta en donde estaban reunidos. «Este señor tiene una sazón maravillosa, se me hace agua la boca» decía siempre desde su balcón Inventario Uno, el cual compartía el alquiler con su hermano Inventario dos. A veces cuando ya el olorcito de asado negro o de pernil navideño relleno le estimulaba al máximo los sensores olfativos, éste le gritaba: «Mi cocina, guárdame algo». A los hermanos Inventarios los tenían por viejos verdes. Algunos decían que no podían ver un palo de escoba porque al ataque se iban con sus románticos poemas para enternecer hasta el talante más árido e hirsuto. Una vez tuvieron un altercado con un vecino que entre buscando un recibo de pago que constatara que ya había liquidado su cuota correspondiente del mes, puesto que le estaban cobrando otra vez, halló un poema que leyó detenidamente. Al final de su lectura dando paso textual al primer pensamiento que en ese momento se le ocurrió, dijo en voz alta: «!¿Qué vaina es esta?!». Claro, si Modelo Macroeconómico nunca en su vida le había dedicado poema alguno a su mujer, realmente a ninguna de las que pasaron por su vida, aquello de Táctica y estrategia iba más allá de un gesto amistoso. El mundo de Sofía entró en pánico cuando su marido le reclamaba sobre aquel poema. No podía mirarle a los ojos directamente, hacerlo pudiera reflejar su estrofa favorita de aquel poema que era una herramienta infalible para dar paso al amor; proyectar aquellos versos que remataban cual flecha envenenada de frenesí: “Mi estrategia es / que un día cualquiera / no sé cómo, ni sé / con qué pretexto / por fin me necesites”. Lo suyo eran las curvas IS, deflación e inflación, oferta y demanda, PIB y recesiones. Esas palabras combinadas magistralmente le herían su honor, le pegaban en su hombría. Acto seguido salió en aquella ocasión como una tromba, le tocó a la puerta y después de los insultos pertinentes como si se trataran de un “mucho gusto”, comenzaron a discutir mientras las manos féminas como de costumbre, separaban el rabioso encuentro, una mano en el pecho de su marido y otra mano en el pecho del arriesgado poeta.
En plena reunión se cruzaban miradas retadoras y El mundo de Sofía no decía ni “Ñe”, no porque se sintiera culpable, distaba muy lejos de albergar esa emoción, sino por evitar que armaran un espectáculo delante de todo el mundo. Aquella vez fue sólo en su piso, pero de repetirse el ataja perros, serían testigos todos los vecinos allí congregados. Detrás de ellos estaban sentados La casa de la presencia y Obras Completas. Pudiera decirse que estos señores eran los más respetables de toda la urbanización. Nunca se ponían de acuerdo para visitarse, pero cuando se tropezaban en el camino por casualidad, se instalaban a charlar sobre teoría literaria, poesía y narrativa. Podían pasar horas en aquel seminario improvisado: «Jorgito, qué ondas». A lo que aquel le respondía como para dar inicio al debate: «Pibe, yo soy el único espectador de esta calle; si dejara de verla moriría, y vos sos el único con el cual me entiendo».
Continuaba allí sentado. Parecía un inmenso bocado devorado por los cojines. Hundido entre la oscuridad y los versos que nunca saltaron a la luz. En el piso, al lado del sofá, había dejado la pequeña libreta que en muchas ocasiones fue testigo de palabras bien izadas en algún sentido poético. Hubo sed, tal vez algo de gula para acompañarse en aquel breve instante que se antojó cuento. Su mirada auscultaba el edificio en toda su dimensión, desde la planta baja hasta el piso 5 -o como le llamaban arrogantemente sus propios inquilinos: “Pent House”- como tratando de hallar alguna patología, algún síntoma que pudiera remitirlo a un milagroso récipe para solventar el caos, el desorden, ese mismo del cual él era el culpable.
Piso 4
El bullicio iba y venia en la reunión de inquilinos y propietarios. Unos callaban, otros seguían hablando furtivamente del tema principal; algunos preferían hablar de los resultados del fútbol y los más solitarios, asentían o negaban lo que Admon decía: «Bueno bueno bueno…vamos a calmarnos porque si no, no nos entenderemos». A pesar de que él era el presidente de la junta de condominio, habían varios vecinos que tenían dotes de líderes y procuraban hacerse notar interrumpiéndolo sin pedir derecho a palabra: «los hacinados deberían buscar a dónde irse mientras se soluciona el problema». No se le pudo ocurrir otra cosa –pensó Admon. Ese maldito yo hizo desatar nuevamente el humor de los vecinos afectados y la vergüenza ajena de los “no” afectados. «Claro, como no eres tú el del problema». Dijo altanera y malhumorada Anatomía de la crítica, quien era una de las vecinas más afectadas dada su corpulencia. Vivía en el piso 4, pero a veces cuando la conserje intentaba mediar con algún orden improvisado, pasaba las noches en el piso 3 y a veces en el Pent House en casa de algún vecino.
«Ese viejo amargado no hace más que joder, que se vaya para la miehda de una puñetera vez». «Tranquila Cecilia, tranquila». Le decía Admon.
El viejo anacoreta no le hablaba a nadie, a penas cruzaba algunas palabras con su hermana La tentación de existir. Esto decían los vecinos del Piso 4. La única vez que se le veía y se le escuchaban algunas palabras era en esas reuniones. Lo poco que decía bastaba para alborotar el avispero, tal como acababa de hacer en su última intervención. El viejo loco, como le llamaban algunos niños, epíteto que se extendía hasta los padres para referirse a él, también ha tenido sus encontronazos: «Niños, no le digan así a Ese maldito yo, respeten». No entendían por qué era preferible llamarlo por su nombre cuando el apodo les resultaba menos pesado. Lo cierto es que terminaba siendo el “viejo loco” en las conversaciones de los adultos.
Uno de los desafortunados encuentros los tuvo con Maldo, así le decían todos a Los cantos de Maldoror. En aquella ocasión se insultaban, se gritaban, nunca se intentaron golpear eso sí. Fue como una guerra para demostrar quien era el rey de la misantropía. Los alaridos despertaron a todo el mundo, en especial a los mismos vecinos del piso 4. Asomó su cabeza por la puerta Historia mundial del teatro, también hizo lo propio el joven Harry Potter y varias Sopa de pollo, que siempre hacía el papel de apaga fuego en el lugar que le tocó vivir. Sabía que estaba fuera de lugar, pero así es el problema habitacional, hay que arroparse hasta donde llegue la sábana o alcance la cobija.
A nadie le gustaba subir por el motivo que fuera a aquel lugar. Todo el mundo le decía al piso 4 el “triángulo de las Bermudas”. Que ni puestos de acuerdo, se hubieran juntado tantos inquilinos extraños, excéntricos, medio locos o amargados, en un solo lugar. Admon suele pensar que es “Gente que necesita terapia”. A parte de los ya mencionados, también vivían allí
Mientras éstos seguían analizando la prensa se oía a toda voz «para mí es El lobo, es El lobo». Algunos aprovecharon en dar como culpable al estepario considerando que no había durado mucho en la reunión, puesto que a la primera de cambio se había molestado por los comentarios que hicieran sobre Kamasutra y decidió largarse, pero antes no pudo dejar de sentenciar: «Soy una bestia descarriada en un mundo que me es extraño e incomprensible, así que me largo y sigan con su cháchara de siempre».
Ya comenzaba a hacer planes de compra. Se sentía reconfortado por el hecho de saberse capaz de adquirir un nuevo edificio, quizás de más pisos en donde todos pudieran vivir felices y para siempre. Quizás no tan “felices” pero sí eternamente o hasta que venga una mudanza o suceda una nueva arremetida de polillas que deje a su paso más occisos de papel. Se levantó, caminó un poco por la sala, se asomó a la ventana, respiró profundo y sonrió levemente como disfrutando de la soledad inerme y de un silencio que se presta para todo, en especial para oír reuniones clandestinas que pudieran terminar en lemurias.
Piso 5 (o Pent House)
Los vecinos de este piso eran todos de gran altura, a excepción de Esplendor y miserias de las cortesanas, Eugenia Grandet y La balada del bajista. De resto, todos los demás eran largos, estirados, más que por alusión a su tamaño, a su manera de ser y de concebir el mundo como un todo que cabe en varios tomos. Enciclopedia Espasa Calpe siempre le daba respuesta a todo, como si el llevarse bien entre unos y otros fuera cuestión de concepto, de significado y significante. Nunca pudo entender –a pesar de su evidente dominio de infinidad de temas- por qué no llegaban a un acuerdo que les permitiera no continuar con las reuniones de condominio, en especial esa última que se estaba celebrando mucho más temprano que las veces anteriores. Las trillizas IESA, encopetadas como de costumbre y con su eclecticismo habitual, le comentaron a Admon que «es cuestión de que nos pongamos de acuerdo». «¿Y qué sugieren?» preguntó Admon: «Hacer una redistribución de los vecinos de acuerdo a su tamaño y volumen para que todos quepan, claro eso sí, nosotras nos quedamos en el Pent House». Las trillizas captaron la atención de todos los vecinos, de los distraídos, de los que se estaban quedando dormidos y hasta de Cecilia Valdés que seguía molestísima. En pleno encuentro saltó otro vecino del piso 5 haciendo un comentario que hizo estallar en risas a todos los presentes: «Mijas, con ese tamaño que tienen en dónde más iban a caber», dijo El gran Atlas de Venezuela. Ninguna de las trillizas se inmutó ante el chiste procurando mantener su prestancia y altivez. Además, ya lo conocían de sobra dado que siempre les salía con un chistecito de gallegos, portugués o borracho para caerles en gracia. Buen amor y Mío Cid gozaban un mundo con los chistes de gallegos. «Muy simpático. Cachicamo diciéndole a morrocoy conchúo, tú precisamente que te ocupas todo el “peache” acostado de punta a punta». Y las risas continuaron entre todos, sin reconcomios, sin resabios. Si de algo sabían las trillizas, a parte de sus PHdes en mercadeo, era mantener el equilibrio ante situaciones vergonzosas en donde se pudieran ver afectadas. «Alors, qu'es ce qu'on va faire?». «Este señor tiene toda la vida en el país y nada con el español, qué báhbaro…qué dijo?», preguntó Cecilia a lo que casi todos al unísono dijeron: «que QUÉ HACEMOS AHORA». Papa Goriot era de lo más simpático y todos le tenían un gran aprecio. Antes vivía en el piso 5 con sus hijas, pero con el pasar de los años, se le hacía muy forzado subir caminando por las escaleras hasta su apartamento, se le hacían eternas en el ascenso y resbaladizas en el descenso. Por ello vendió allá arriba -en la época de bonanza que posiblemente no vuelva- y compró abajo, para precisar mejor, en Planta Baja. Se pasaba las tardes jugando ajedrez con Mister Cobol, su vecino de al lado.
La reminiscencia del chiste de El gran Atlas de Venezuela quedó impregnado en el ambiente, lo que sin duda distendió un poco las malas caras, los chismorreos mal sanos, tan corrientes cuando todos los vecinos se reúnen para buscar soluciones. Gracias al ruido de tantas voces juntas andando y la concentración que mantenía cada cual con su interlocutor, hizo pasar desapercibido el retorno al salón de fiesta de El lobo estepario. Éste los veía a todos con cara de asombro, no por lo que hablaban, sino porque él mismo antes de marcharse un par de horas antes, fue testigo de la tensión reinante y allí estaban, conversando amenamente. Se limpió la garganta para llamar la atención. Carraspeó otra vez, con mayor fuerza y todos voltearon hacía él. Hágase el silencio. Silencio mortuorio. Minutos eternizados. Bocas que empezaron a abrirse en calidad de asombro. El Lobo tomaba con fuerza por la muñeca a un perfecto desconocido y luego dijo: «Mientras ustedes charlaban nos estaban robando en nuestras propias narices». El califa ladrón fue sorprendido in fraganti mientras trataba de desvalijar uno de los tantos vehículos que prestos a enfriar motores, aguardarían a un nuevo encendido en horas de la mañana. El maleante tenía su prontuario: se había escapado de Las mil y una noche, pero nunca pensó que aquella sería la noche en que volvería a donde nunca debió escapar.
Los vítores no se hicieron esperar. El Lobo ahora era un héroe. Un problema menos por resolver pero un vigilante que desde ese momento quedaba desempleado: «Y qué carajo hace entonces el vigilante», dijo Admon perdiendo la clase. El eterno problema de deshojar la margarita a la hora de contratar a un vigilante: se contrata o no se contrata. Sólo quedaba por resolver el asunto del hacinamiento, que al paso que iban, debía ser resuelto lo antes posible, bien sea por la adquisición de un nuevo inmueble o por la vía del exilio. El estepario se sintió un paladín de la justicia por primera vez y gracias a ello, punto a parte de su voraz apetito sexual, buscó entre los vecinos a Kamasutra como para celebrar y recordar viejos tiempos en nombre de una victoria que no era solo suya, sino de todo aquel que viviera en tan particular vademécum. Algunos de ellos le daban palmaditas en la espalda y la turgencia de su pecho le resultaba incontenible. Las zalamerías vecinales hasta ahora desconocidas para él, lo motivaban a intentarlo, a decirle lo que su pensamiento soez le dictaba en aquel breve instante de gloria: «¿Echamos uno mi Kama?». Frase que en aquellos tiempos de unión era la antesala a una copulación de antología, como bien decía la propia meretriz. «Qué descaro el tuyo chico, pobre Armanda. Dame la cuota de Ana Isabel es lo que tienes que hacer…».
Y con esa sentencia se desvaneció lo que pudo haber sido un buen broche de oro para El lobo estepario que de vez en cuando sale de su cueva. El salón de fiesta se fue desalojando y cada vecino fue cerrando sus puertas, ahora transformadas algunas en tapa suave y otras en tapa dura. Volvieron a su hacinamiento, a una promiscuidad rica en palabras que retumban en la noche.
Él, que de su conciencia ya se había servido un buen sorbo en el silencio, se prometió a sí mismo ordenar aquel caos a penas despuntara el sol. Como vigilante había quedado muy mal frente a todos los vecinos y el alegato de su ausencia no era suficiente para justificarse. Estaba de pie frente al edificio contando los bombillos que de a bandadas se fueron apagando. Resopló y quedó meditabundo buscando un obvio “por qué” de aquel desastre. «Mucha gente, mucha gente…» Pensó. En eso sintió unos ligeros pasos que se acercaban hacia él; oyó el trinar de la placa de su mascota que se sacudió al levantarse, la que pende de su collar de paseo, la que garantiza la vacuna antirrábica, la misma que dice el número de teléfono en caso de extravío. Amanecía y a la distancia, muy a lo lejos, sonaba algún motor buscando su destino. Volteó y de inmediato bajó su mirada. Estaban allí su mascota meneando la cola pidiendo su paseo mañanero y su hijo con un libro en la mano. Éste extendió sus dos bracitos hacia arriba sujetando el caleidoscópico libro cargado de cálidos colores y le dijo: «Papi, ¿me lees un cuento?» A lo que respondió: «Claro que sí hijo, claro que sí».
