4 oct 2015

El incoloro éter de los años

El primer libro que leí de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust lo hice en el año 2009, una empresa que me propuse cumplir y que llegó a buen término un 3 de octubre de 2015 con la lectura de El tiempo recobrado su séptimo y último tomo, lo que en promedio resulta a un libro exacto por año. El empeño nació del encuentro con pequeños fragmentos; de la lectura de la parte biográfica del autor y, desde luego, de la conversación sostenida con las únicas dos personas que conozco que han leído también esta obra monumental. Incluso uno de ello la ha releído en su totalidad.
“Por lo demás”, utilizando la alocución de Proust,  dejarse llevar por estas líneas -para el que quiera aventurarse- es atestiguar la genialidad literaria del autor. No obstante, debo decirlo, no todos los días se puede leer. Es necesario un reposo, no meterse en estas páginas un día cualquiera si no se está dispuesto por completo, pues su lectura es exigente, requiere de la atención absoluta para ir viendo sin pérdida alguna el entramado, la ilación sostenida y delicada de las ideas que se van formando libro tras libro, hasta que en esta última entrega, con memoria prodigiosa, vuelve a cada uno de los recuerdos de sus personajes: Swann, Albertina, Gilberta, Saint-Loup, los Guermantes (que además fue en casa de estos donde se le ocurrió la idea de escribir su obra), la abuela, Argencourt –su enemigo personal-,  entre tantos otros (son más de doscientos personajes), para contrastar con delicada prosa y melancolía la juventud de todos y la inevitable vejez y la muerte ya en tiempo presente: “Entonces la vida nos parece el cuento de hadas en el que vemos de acto en acto al niño volverse adolescente y hombre maduro y curvarse hacia la tumba…Ocurre con la vejez lo mismo que con la muerte. Algunos las afrontan con indiferencia, no porque tengan más valor que otros, sino porque tienen menos imaginación”.
Pero El tiempo recobrado cobra mayor profundidad puesto que desarrolla, entre otros temas, el relativo a la guerra contra los alemanes “la única cosa que entonces me interesaba” dice, incluyendo la tortura al Sr. de Charlus; se combina en las primeras páginas con la lectura que hace Proust del “diario inédito de los Goncourt”, manuscrito que leyera la última noche que pasara en casa de Gilberta, y del cual reflexiona y concluye: “la lectura nos enseña, al contrario, a realzar el valor de la vida, que no hemos sabido apreciar y de cuya grandeza sólo nos damos cuenta por el libro”; retoma el hoy día famoso recuerdo de  la magdalena mojada en una infusión; no deja de lado las profundas reflexiones sobre la literatura, la música y todo el arte en general; la inevitable sorpresa por el pasar de los años, la ineludible muerte y el tiempo… siempre el tiempo.
Vargas Llosa dice que “no todo el mundo puede leer a Proust”, cuya comentario casi axiomático lo refiere no por ser elitista sino como una simple realidad. Dicho por él, esto suena a una verdad infranqueable. Empero, yo no soy un gran lector, terco en la lectura sí, muy terco. Trato de terminar de leer lo que comienzo y ese fue el caso de En busca del tiempo perdido, que a mi juicio, se torna magistral del cuarto tomo en adelante. La imagen que tengo de ello para explicarme mejor es la de una montaña rusa que va subiendo poco a poco desde Por el camino de Swann hasta El mundo de Guermantes y desde el cuarto tomo Sodoma y Gomorra hasta El tiempo recuperado comienza el raudo descenso hasta el final. Curiosidad aparte, desde el cuarto libro en adelante las publicaciones se hicieron post mortem. ¿Influyó en algo esto o simple sugestión de mi parte? En fin…
Proust interpela al lector en varias ocasiones, “Recuerde el lector…” dice, para enlazar las memorias que va colocando sobre la mesa como naipes que representan sus vivencias, sus amores, sus encuentros con la alta sociedad, su enfermedad (el asma que lo torturó desde muy niño) y la diversidad de pasiones que forman parte del hombre, pues el gran leit motiv de En busca del tiempo perdido es mostrar tal como son las pasiones humanas a través de este inmenso ejercicio literario, narrativo, cuyo principal miedo de Proust era “que los ojos del lector no fuesen aquellos a los que mi libro conviniera para leer bien en sí mismo”. Como sutiles campanazos siempre manifestaba tal preocupación en  medio de su quehacer creativo, la duda de si el receptor final de su obra estaría en conexión con lo que el autor quería transmitir, inquietud natural de todo aquel que exprese sus palabras por escrito: “¿acaso se puede abrigar la esperanza de transmitir al lector un placer que no se ha sentido?”
Aunque suene poco modesto por parte de Proust, insisto en que hay que reconocer la grandeza de su obra, pues como él mismo señala “Yo sabía muy bien que mi cerebro era una rica cuenca minera, en la que había una extensión inmensa y muy diversa de yacimientos preciosos”, teniendo siempre a la vista una inminente y prematura muerte que le vendría a causa de su enfermedad (murió de 51 años), tema que siempre estuvo presente a lo largo de toda su obra y que en este último y séptimo tomo se ve potenciado por razones obvias: “la idea de la muerte me hacía una compañía tan incesante como la del yo”. Solo en algo se equivocó Proust en su obra cuando afirmó que “seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarán muriendo algún día, pero hay que resignarse a morir”. Pues está claro que ese día aún no ha llegado, y mientras haya lectores tercos que quieran afrontar el reto de leerlo, esto nunca pasará.
Como he hecho a lo largo de las siete reseñas de En busca del tiempo perdido, aquí les dejos algunas frases memorables de Marcel Proust en El tiempo recobrado:

“Es que muy pocos son los éxitos fáciles y los fracasos definitivos”.

“Las clases de mentalidad no tienen nada que ver con la cuna”.

“Leemos los periódicos como amamos: con un velo en los ojos”.

“Un general es como un escritor que quiere componer determinada obra, determinado libro, y al que el libro mismo, con los recursos inesperados que revela aquí, el atolladero que presenta allá, hace desviar extremadamente del plan preconcebido”.

“Siempre he honrado a quienes defienden la gramática o la lógica”.

“Nunca se sabe, cada uno de nosotros corre todas las noches el riesgo de ser el suceso del día siguiente”.

“Siempre es el apego al objeto lo que propicia la muerte del posesor”.

“La verdadera propaganda falsa nos la hacemos a nosotros mismos mediante la esperanza”.

“La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la mayor razón, nunca es irrefutable para quien  no está apasionado”.

“El patriotismo obra ese milagro, se está a favor del país propio como a favor de uno mismo en una disputa amorosa”.

“La mentira y la astucia no bastan para hacer caer en el prejuicio a un buen corazón”.

“Las mentes estrechas resultan aplastadas no por la belleza, sino por la enormidad de la acción”.

“En las personas a las que amamos, hay –inmanente a ellas-  cierto sueño que no siempre sabemos discernir, pero que perseguimos”.

“Es que el instinto dicta el deber y la inteligencia brinda los pretextos para eludirlo”.

“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico”.

“Solo procede de nosotros mismos lo que sacamos de la obscuridad que está en nosotros y los demás no conocen”.

“El arte verdadero nada tiene que ver con tantas proclamaciones y se plasma en silencio”.

“El gusto del café con leche matinal nos brinda esa vaga esperanza de un día hermoso”.

“Un gran escritor no debe inventar, en el sentido corriente, ese libro esencial, el único libro  verdadero, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

“Escribir es para el escritor una función sana y necesaria cuyo desempeño hace feliz, como a los hombres físicos el ejercicio, el sudor, el baño”.

“Allí donde la vida amuralla, la inteligencia perfora una salida”.

“Es que sólo la felicidad es saludable para el cuerpo, pero la pena es la que desarrolla las fuerzas espirituales”.

“Nuestras pasiones son las que esbozan nuestros libros y el descanso en intervalo el que los escribe”.

“En realidad, cada uno de los lectores es,  cuando lee, el propio  lector de sí mismo”.

“Los relojes interiores asignados a los hombres no están todos regulados con la misma hora”.

“El tiempo, que cambia a las personas, no modifica la imagen que hemos conservado de ellas”.

“Nada es más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo, cuando comprendemos que lo que ha conservado tanto frescor en nuestra memoria ya no puede tenerlo en vida”.

“Esa poesía de lo incomprensible que es un efecto del tiempo”.

“Mi libro no sería  sino como esos cristales de aumento que entregaba a un comprador el óptico de Combray y, gracias al cual yo les proporcionaría el medio de leerse a sí mismos”.

“La inteligencia tiene sus paisajes, cuya contemplación se le permite solo durante un tiempo”.

“Una condición de mi obra, tal como la había concebido un poco antes en la biblioteca, era la profundización de las impresiones que primero se debían recrear mediante la memoria”.

28 ago 2015

El libro del desasosiego


La palabra “desasosiego” ya encierra en su propia sonoridad, lo que devela su dura, melancólica y triste acepción.  Un estado de inconformidad e intranquilidad absoluta del alma, los sentidos e incluso del cuerpo. Ahora imagínense  un libro en donde se condensan los pensamientos más intensos, profundos y discordantes de una de las voces poéticas más excelsas del siglo XX, la de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego, una lectura pendiente, como tantas otras, que no quise postergar más.


Asistimos en este libro a un conjunto de ideas, reflexiones, imágenes, razonamientos aforísticos, poesía, narrativa, prosa poética y cuantos calificativos  se puedan imaginar, de un hombre reconocido mundialmente por su heteronimia, es decir, al uso de heterónimos para separarse imaginariamente de su propio trabajo o producción literaria. En el caso de El libro del desasosiego quien escribe es Bernardo Soares y en la fragmentación de este maravilloso libro inconcluso, destacan también las divagaciones del poeta, así como una suerte de diario del propio Soares, un oficinista que lo menos que siente por su trabajo, su entorno y la vida es tedio.  
Es un libro que hay que leer con verdadera calma y paciencia, pues así como puede elevar al lector al encuentro con estupendas imágenes a través de una prosa prodigiosa, del mismo modo te puede lanzar al encuentro con el piso y más abajo, con ese estado de cansancio espiritual, de un “tedio” irremediable por la vida que se repite constantemente a lo largo del libro. Esto, además, se ve potenciado con esa doble personalidad imaginaria que recorre las páginas.
Lo fragmentario es aquí, entre otras cosas, lo que precisamente lo hace más atractivo, pues justo en esos párrafos inconclusos, en el inevitable pensamiento de “¿qué vendría allí?” que cualquier lector se pudiera plantear, saltan las suposiciones, el ejercicio mental por darle un final a esos puntos suspensivos que quedaron para la historia del mundo literario. Su complejidad no es menos que atractiva, y esa falta de “devoción” que siente el autor por el día a día que vive, por las cosas y el entorno que lo rodea, a mi juicio, no es más que una trampa en la que el lector cae irremediablemente para seguir anclado a cada una de las ideas que se van imbricando una tras otra.
Pessoa murió sin ver publicado El libro del desasosiego, y creo que precisamente por ello, el mismo está impregnado de un halo de misterio, de una sensación apócrifa de quien presintió en vida lo monumental que llegaría a ser su obra, tanto esta, como su poesía en general. Un trabajo duro para sus editores quienes tuvieron que ordenar el maremágnum de textos para darle el corpus a lo que hoy día disfrutamos.
Soares el oficinista, o su ortónimo, Fernando Pessoa, dice dentro de las primeras páginas de su libro, “Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo… La vida me disgusta como una medicina inútil”. Esto es tan solo una mínima muestra de ese extraño y ¿fingido? desapego que ronda las líneas de un texto sin duda complejo, pero fascinante.
Sería interminable traerles aquí algunas citas de El libro del desasosiego, pues cada una puede resultar mejor que otra. La intensión de estas breves palabras es que se acerquen a este maravilloso libro con la disposición de quien se encontrará con un objeto curioso, distinto, único. No obstante, y en honor al juego de heterónimos que manejó a la perfección Fernando Persona (Pessoa en portugués), cierro así: “Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí”.

17 jul 2015

La fugitiva

Sufría de un amor que ya no existía, como a los amputados, en ciertos cambios de tiempo, les duele la pierna que han perdido.
Marcel Proust.


«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Que lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma… Así abre el sexto tomo de En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust. Cómo no comenzar con esta cita si precisamente el ¿dolor? por su partida es evidente, latente, aunque te hace dudar sobre su tristeza cuando se entera de su fuga. Se expande como de costumbre con sus ideas y más adelante te hace ver que no le importa que se haya largado, pero luego reflexiona con su potente narrativa dejando en evidencia que sí, que la extraña y le duele: “La verdad es que yo ya no tenía más valor para renunciar a ella como lo tuve con Gilberta… Quería que volviera sin demostrar yo que me interesara que volviera”. Es entonces el orgullo de ¿Proust? —o del protagonista— un sentimiento presente a lo largo de esta obra, manejado con destreza para no quedar como un patán por sus comentarios, tal vez producto de sus “innumerables y humildes yos de los que estamos hechos”, según señala, de los cuales él precisamente deslumbra por su variopinta cantidad: el protagonista orgulloso, enamorado y entregado, celoso en ocasiones e indiferente otras tantas:

Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército completo, en el que había apasionados, indiferentes, celosos —ninguno de los cuales estaba enamorado de la misma mujer—.

Empero, ese orgullo se va al traste cuando en medio de su desesperación le envía un telegrama a Albertina suplicándole que vuelva,  bajo las condiciones que sea, “que sólo pediría besarla un minuto tres veces por semana antes de acostarse”. La obsesión por ella va creciendo página a página y la distancia ignota, ese lugar desconocido al que partió, lo desespera y enloquece. Pero es capaz de cavilar sobre su desenfreno y termina por reconocer que “sea por las condiciones sociales o por las previsiones de la prudencia, no tenemos ningún poder sobre la vida de otra persona”.

Todo gira en torno a La fugitiva, es decir, Albertina, quien se las trae, pues hasta se presume de un affaire con una lavandera —entre otras—, y que tras la imaginación de Proust, aquella le respondía ante sus caricias “¡Qué gusto me das!”, pero descubrir si Albertina sigue viva o no, es la prioridad durante toda la historia más allá de sus apetencias carnales. Empero, y mientras se entrega a un constante devaneo en cuanto a sus emociones, constantemente busca en otras mujeres el reflejo de Albertina, viéndola en otros cuerpos tan disímiles como distintos.

Todo el drama posible está en La fugitiva circundando a cada personaje con sus frustraciones y penurias, pero también con lo que alegra el espíritu de cada uno de éstos a la manera de aquellos tiempos, en una época en donde la sociedad y pertenecer a esa pequeña élite acomodada era lo más importante para muchos. Por otra parte, el texto también deja claro lo significativo de mantener intacto el honor ante la vista de todos, conservarlo con dignidad y decoro como una manera de vida.

Hacia el final de La fugitiva, Proust reflexiona —entre otras cosas— sobre la mentira, en lo que ha sido para la humanidad este proceder o manera de reaccionar ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La mentira para salvarse el pellejo; la que utilizan los amantes entre sí; la mentira inmersa en la sociedad, bien para subir peldaños o para evitar una estrepitosa caída. Todo esto circundando a la desaparecida Albertina y su tendencia lésbica, sin dejar de lado, la homosexualidad de su amigo Saint-Loup quien decidió salir del closet; sobre matrimonios por conveniencia entre pares sociales para mantener el statu quo; sobre un clasismo prepotente e irritante de los aristócratas de la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial y otras tantas cosas que Marcel Proust describe a la perfección.
Aquí les dejo una muy pequeña muestra de algunas frases memorables mientras tomo aire para entregarme al séptimo y último tomo de En busca del tiempo perdido: El tiempo recobrado.

Se desea más a la persona que va a entregarse; la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

A veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que la que está frente a nosotros, palabras que nos aturden como un vértigo.

El infinito amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos  y de nuestros temores.

La fuerza que en un segundo da más vueltas en torno a la tierra no es la electricidad, es el dolor.

Desgraciadamente los reflejos morales no siempre son idénticos a lo que el buen juicio imagina.

Los elogios dedicados a lo que no amamos no encadenan el corazón.

Cuando nos vemos al borde del abismo y nos parece que Dios nos ha abandonado, no vacilamos ya en esperar  de Él un milagro.

Cada día antiguo queda depositado en nosotros como una inmensa biblioteca donde hay, entre los libros más viejos, un ejemplar que seguramente nadie pedirá.

Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de reputación.

El plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

Pues muchas veces, para que descubramos que estamos enamorados, quizá incluso para estarlo, es preciso que llegue el día de la separación.

Nuestros hábitos nos siguen incluso allí, donde no nos sirven para nada.

El dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el goce.

El futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento.

No hay idea que no lleve en sí misma su posible refutación; no hay palabra que lleve en sí la palabra contraria.

Toda mujer siente que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único medio de marcharse es huir. Fugitiva por reina, así es.


27 abr 2015

El clan perverso

"El clan perverso", reseña de Jesús Santana D Tomado de su bloghttp://bitacoradelscriptorium.blogspot.com/




Siempre es un placer y un riesgo leer a un escritor por primera vez, ya que de eso dependerá que uno quede con ganas de buscar sus libros anteriores —si los tuviese—  o de leer lo próximo que escriba. Como todo es cuestión de gustos siempre es difícil recomendar un libro para todos, que posea la variedad de temas y personajes o que se convierta en un libro para un público específico, por eso creo que a veces puede resultar complicado hablar de un libro y de un autor al que uno va a un primer encuentro.

El venezolano Numa Frías Mileo ya tiene con la novela de la que hablaré en esta oportunidad tres editadas anteriormente El ojo del vientre -Editorial Biblioteca Nueva- (2003), Baruca -Editorial FB Libros- (2010) y su más reciente trabajo El clan perverso -Editorial Lector Cómplice- (2014), la cual me ha dejado buen sabor de boca, tenía tiempo que no me acercaba a un autor relativamente nuevo, venezolano, que me ofreciera una novela con un tema actual y que me enganchara al leerla para saber en qué terminará toda su historia. 

El clan perverso es una novela escrita en el presente. Es la Venezuela de hoy la que independientemente de la posición política que tenga cada ciudadano, todos vemos y padecemos lo que esta situación, en pocas palabras, nos lleva a sobrevivir. No muchos escritores venezolanos hablan directamente de la política de su país, algunos usan para sus novelas lo que sucede por culpa de, no de lo que puede ser en realidad la causa de los problemas. Numa Frías Mileo se atreve a escribir un thriller bastante interesante con giros y cambios de voces todas en primera persona con mucha velocidad, y en algunos momentos, se debe leer con cuidado para saber quién es el personaje que nos cuenta la historia, quién habla y quién es la víctima o los victimarios. El lugar en que se desarrolla la trama es Venezuela y su Revolución Bolivariana, los protagonistas: un secuestrado que pareciera hablar en realidad de un país hecho persona; un maestro con un conocimiento de temas en general que hará todo lo posible para que los jóvenes abran los ojos con respecto a lo que sucede a nuestro alrededor y como todo marcha camino hacia un desastre en nuestro futuro, unos malandros, policías corruptos, personas con poder dentro del gobierno y un posible rescate con una negociación digna de todo thriller o una buena novela negra. La violencia es de esperarse y Numa Frías no se para en censurarla, la usa si el momento dentro de la historia lo exige, lo que quizás pueda causar en algunos lectores sensibles cierta incomodidad.

Numa Frías hace un buen trabajo porque demuestra de manera inteligente armar un rompecabezas usando casi que como eslabones la historia, la política, la filosofía, la actualidad y la literatura para dar un orden a la trama y a sus personajes. Es así que la historia nos lleva por conversaciones imaginarias con Charles Darwin o una visión kantiana de las cosas, de la historia y de la humanidad, nos pasea por un análisis del pensamiento de Albert Camus y la siempre presente opción del suicidio para escapar. De una manera inteligente usa también la gran obra de Fiódor Dostoievski Los Demonios, como espejo referencial de lo que sucede en Venezuela y nos pasea en más de una oportunidad por el pensamiento de Karl Popper con su clásico La sociedad abierta y sus enemigos.

El clan perverso es un libro que tiene todo lo necesario para leerlo con ganas, una pesadilla política, un thriller, una novela negra venezolana y al mismo tiempo es un agradable viaje literario por las lecturas de este escritor venezolano que las sabe usar para desnudar de manera hábil e inteligente, el fracaso que ha significado el socialismo y el comunismo dentro de la historia universal, de cómo los regímenes que han tomado este camino sólo han significado hambre y miseria para sus pueblos. Mientras lo leía en algunos puntos me recordaba el trabajo de Ayn Rand, por la forma en que se construye la historia y algunos de sus personajes.

No es una novela fácil, los momentos de violencia y tortura pueden ahuyentar a algunos lectores, así como la velocidad en los cambios de voces dentro de cada capítulo hacen que uno frene un poco la lectura para no perderse. Pero esta novela vale la pena leerla por el riesgo que toma su autor en crear una historia utilizando hechos reales y cotidianos que se viven en Venezuela, jugando con la ficción de algunos personajes y la realidad del día a día venezolano.

El clan perverso es una buena muestra de que Numa Frías Mileo se encuentra abriéndose camino dentro de las letras venezolanas.

El clan perverso
Numa Frías Mileo
Editado por Lector Cómplice (2014)

220 páginas

18 dic 2014

Resumen de lecturas 2014

Leer para intentar comprendernos a nosotros mismos, escucharnos, sentirnos, reconocer cada palabra que como masa informe está en nuestro adentro; leer para cautivarnos, para dejarnos llevar por la historia de turno. Escribo esto y no deja de impresionarme la gente que no le gusta leer (conozco unos cuantos en este departamento), lo respeto mas no podré comprenderlo jamás. Hay quienes leen como sea, donde sea, en la posición que sea, rodeados de montones de libros alrededor como si éstos esperaran su turno para ser leídos; hay quienes lo hacen (leer) con música y sin ella; también están los que han migrado casi en su totalidad a la lectura digital y eventualmente van al papel, así como están los tradicionales que de vez en cuando van al encuentro digital. En fin, las oportunidades de lectura se dan donde sea pues es uno mismo quien las propicia: en medio del caos y el ruido de la calle, en el transporte público, en la oficina, en la comodidad de la casa y un largo etcétera.


En cuanto a mis lecturas, amén de los autores de otros países y mi acostumbrando desorden que me hace saltar de un libro a otro, considero que para el medio literario venezolano fue la poesía quien llevó la punta, no dejo de lado la narrativa, el ensayo, la crónica, etc., pero en cuanto a mis gustos, apetencias y lo que el propio mercado editorial local ofreció a los lectores a pesar de lo difícil que es publicar un libro en nuestro país, insisto, la poesía para mí tuvo un lugar privilegiado en mis afinidades como lector.
Dejé de reseñar mis lecturas no por falta de ganas sino de tiempo. Obligaciones académicas y profesionales han reclamado su debida atención, y esto, caros y poquísimos lectores, hay que respetarlo y atenderlo. Aquí les dejo mi acostumbrado resumen de lecturas del 2014, y como es lógico, no incluyo las lecturas aún en progreso. Por cierto, interesante número de libros leídos… “Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”.  Y ahora, a ordenar los libros en la oficina.


  1. La noche oscura del niño Avilés de Edgardo Rodríguez Juliá
  2. En sueño matarás de Fedosy Santaella
  3. El polvo de los muertos de Norberto José Olivar
  4. El último encuentro de Humberto Acosta
  5. Cómo editar un libro de Carmen Verde
  6. Fuera de tiesto de Armando Rojas Guardia
  7. Simone de Eduardo Lalo
  8. Días de bruma de Luis Alejandro Contreras
  9. La noche del oráculo de Paul Auster
  10. Los boys de Junot Díaz
  11. En busca del tiempo perdido: La prisionera de Marcel Proust
  12. En el bar la vida es más sabrosa de Luis Barrera Linares
  13. Beberes de un ciudadano de Luis Barrera Linares
  14. Entre héroes y tombos de Luis Barrera Linares
  15. Partida de yacimiento de Luis Barrera Linares
  16. Parto de caballero de Luis Barrera Linares
  17. Cuentos de humor y locura de Luis Barrera Linares
  18. Breves y bravos de Luis Barrera Linares
  19. La sombra inmóvil de Antonio López Ortega
  20. Las horas claras de Jacqueline Goldberg
  21. La decisión justa de José Miguel Roig
  22. Te mataré dos veces de Carlos Patiño
  23. Comunismo: fariseísmo glorificado de Fernando Mariño
  24. Y la familia se fue de Michael Kimball
  25. Así en la vida como en los libros de Sael Ibánez
  26. Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas
  27. Antes que anochezca de Reinaldo Arenas
  28. El color del verano de Reinaldo Arenas
  29. Jinete a pie de Israel Centeno
  30. Calletania de Israel Centeno
  31. El hombre duplicado de José Saramago
  32. Martinica round trip de Mauricio Vélez
  33. Juez en el invierno de Jorge Gómez Jiménez
  34. Los cuadernos de don Rigoberto de Mario Vargas Llosa
  35. Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa
  36. El viajero más lento de Enrique Vila-Matas
  37. La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares
  38. Sonetos y aquellos de Andrés Barrios
  39. 35 minutos de Nelson Cordido
  40. Las guerras íntimas de Roberto Martínez Bachrrich
  41. Álbum de mar de Arnaldo Jiménez
  42. La casa de dos palmas de Manuel Mejía Vallejo
  43. Santa Ángela del cerro de Eloi Yagüe Jarque
  44. Cosas que los nietos deberían saber de Mark Everett
  45. La misa de Manuel Acedo Sucre
  46. Happening de Gustavo Valle
  47. Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak Rovero
  48. Antología mayor de Alfonsina Storni
  49. En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust
  50. Casa de pisar duro de Gina Saraceni
  51. I’m Ozzy: confieso que he bebido de Ozzy Osbourne
  52. Diario de invierno de Paul Auster
  53. Sombras sobre la luna de Van Gogh de Cesia Hirshbein
  54. Ser al decir de Alfredo Chacón
  55. Por decir así de Alfredo Chacón
  56. El último día de mi reinado de Manuel Gerardo Sánchez
  57. Próximo tren de César Segovia
  58. En medio del blanco de Kira Kariakin
  59. Maneras de irse de Ricardo Ramírez Requena
  60. El clan perverso de Numa Frías
  61. Sin negativos y estaciones de Edda Armas
  62. El orden del discurso de Michel Foucault
  63. Limones en almíbar de Jaqueline Goldberg
  64. Te habías secado el pelo y comenzó a llover  de Alejandro Rodríguez Morales
  65. Contrapastoral de Harry Almela
  66. Lugar de tránsito de Flavia Pesci
  67. El libro de la tribu de Santos López
  68. Objetos no declarados de Héctor Torres
  69. Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar
Investigando algunas cosas sobre José Saramago, me di cuenta de que dejé por fuera Las intermitencias de la muerte, así que fueron 70 libros.


21 nov 2014

En medio del rito

En medio del rito
                                   tú
                                   viéndome
con las cejas erguidas al cielo
explorando el entorno
que no te pertenece

tres palabras antes
el aún sería perfecto
un condicional ingenuo
que hace girar el mundo



bruja
eso eres y  no me importa
no hay escoba ni sombrero
ni el caldero inmenso para herirme

sólo basta
el sortilegio exacto
la pócima
            con tres cucharaditas de tu voz
y seré tu verso


Jamming poético 20 11

Un hombre en muletas —creo que iba en muletas— pasó por un costado de la tarima y gritó “ustedes lo que están es loco e bolas”. Lo dijo dos veces mientras su paso punto y coma lo hacía desplazar hacia el sur de la plaza…



Y sí, hay que estar un tanto loco —no sé si loco e bola— para escribir poesía. Pero eso es algo que ya no está en uno, es decir, para aquellos que hacemos o escribimos poesía, es algo que nos antecede, que está allí de manera constante desde el primer encuentro con la palabra en nuestra infancia. Hay picos altos en donde tal vez se enaltece la parte más brillante de la poesía, con vistas al ser amado, la naturaleza, la ciudad, etc; pero también están los fosos, las terribles cavernas en donde el hundimiento del poeta es absoluto, y si bien es cierto que los pensamientos y los versos más duros pueden cobrar vida, no es menos real que incluso desde las sombras despunta un rayo de luz.

La experiencia poética es entonces impredecible, pues una vez que los versos están escritos, ya no le pertenecen a su creador, sino a ese lector que es capaz de ver maravillas en algún poema o en algunos versos que al propio poeta no lo convencen. Aquí hago honor —no creo que a todos ustedes, poetas— a mi eterna insatisfacción con lo que escribo: que si un adjetivo de más o de menos; para qué este adverbio; esta imagen no está bien lograda. Y así un largo etcétera que terminaría por aburrirlos. 

El comentario va en dirección de reconocer la pluralidad de voces con quienes tuve el privilegio de compartir el Jamming poético de ayer jueves 20 de noviembre; una prerrogativa que se agradece en estos tiempos en donde la palabra ha sido tan golpeada en nuestro país (no hablaré de política, ustedes entienden) y que va de la mano gracias a sus promotoras (promotoras suena a birras, digamos mejor, a sus creadoras) Kira, Georgina y Jacqueline. Si dejé a alguien por fuera, ofrezco disculpas. Y en mi caso particular hago énfasis en Kira por su empeño conmigo, pues fueron tal vez unos ¿dos? ¿tres? años que estuvo invitándome y yo me hacía el sueco para no asistir. Pero como a cada chancho le llega su sábado, en este año ya son dos Jamming en los que participo.

Los felicito a todos, a Flavia, a quien apenas conocí anoche y ya habrá tiempo para leernos con calma; a Fedosy, “coleao” un cuerno, maese; a Oriette, donde me extiendo un poco porque siendo la “debutante”, pues no te cuento cuando te consagres, medio palo poético. Ya vendrás al programa para que compartas tu poesía con nuestra audiencia; Jairo, idem, a leernos (fue a ti a quien llamaron loco e bola, jajaja); Daniela, qué querés que te diga, me la pones bombita para hacer el verdadero Jamming, y ojo, no hago trampa no no y no, como le repliqué a la poeta Claudia Sierich “yo te lo dije chirulí”, y a Hernán Zamora, que teniendo a una poeta como la Goldberg al lado, no podía esperar menos de tu poesía.

La noche de anoche, como dice la canción, para mí fue doblemente especial, tanto por la poesía, como por… eeeh, asuntos personales. Ratifico entonces que en este país hay más poetas que mototaxistas, así que sigamos trabajando la palabra para combatir el caos.

A todos ustedes, namasté. 

23 oct 2014

El mirabolsismo

De los mismos creadores del  “Síndrome de la escalera mecánica” http://palabrasyescombros.blogspot.com/2013/08/el-sindrome-de-la-escalera-mecanica.html  ahora nos llega la pandemia del “Mirabolsismo”, hecho que se presenta a cualquier hora, lugar y establecimiento comercial. Los más osados se atreven a decir que es uno de los tantos avances, beneficios y éxitos obtenidos gracias a la revolución bonita (en minúscula, no cabe la R). Antaño, llamarle a alguien “bolsa” (tal vez todavía), equivalía a decirle pendejo, tonto, entre otros epítetos un tanto más soeces. Pero lo cierto es que hoy día, si usted va por la calle con su arsenal de bolsas, o las lleva cómodamente en la maleta de su vehículo, está expuesto a dos cosas: la primera, a que las personas que están en derredor le claven los ojos (no a usted, claro) a sus bolsas, con miradas tipo rayos X para saber qué lleva, qué preciado producto tuvo la suerte de comprar. Algunos se te acercan y te preguntan, “¿dónde lo compró?; otros un tanto más insistentes te dicen; “¿pero hay más, será que llego, no es muy larga la cola?”. Y así…



Yo, que no soy un mar de simpatías, ante la invasión de acuciosa de los “mirabolsas”, me he detenido y los he conminado a que vengan a ver. Sí, en serio, algunos se han sentido incómodos y siguen de largo; otros, muy caretablas, se acercan, observan y se van. En otras ocasiones cuando a la distancia ya intuyo que viene un “mirabolsa”, le ahorro el esfuerzo biónico de su mirada y les empiezo a decir: “no hay Harina Pan, leche, pañales, lavaplatos, toallitas húmedas, azúcar, afeitadora, café, desodorante, detergente, insecticida…” Sí, soy un pesado, lo reconozco.

La segunda cosa a la cual se está expuesto es la siguiente (ya lo sabía por cuentos de terceros de terceros, pero esta vez me lo contó una amiga, ella fue la víctima): estaba en un reconocido “¿súper?” mercado (¿se puede seguir hablando de Súper Mercados en Venezuela?), hizo su compra y después de un par de horas para pagar, comenzó a llenar la maleta de su carro con las bolsas. Cuando ya estaba por arrancar, dos individuos en una moto le impiden retroceder. Se bajan, la apuntan con un arma y le dicen, textual, “bájate del carro, mamita, abre la maleta”. Ella les ofreció su celular, uno de ellos lo tomó y dijo “ta’ fino este bicho, pero no, queremos es el mercado”. Todo ante la mirada de quienes pasaban por allí. Comienza el desmontaje de las bolsas y ella les dice “chamo, déjenme las toallitas húmedas y las toallas sanitarias, aunque sea”. Se rieron y el comentario fue “Sí va, pero sólo las sanitarias, las otras son pal negocio”.

Es una belleza este mar de la felicidad en el cual nos han venido ahogando poco a poco. Incluso esta escasez de productos, por las razones que sean, ha afectado a más de un hombre en su desempeño sexual. Ayer conversaba con un amigo —es la tercera vez que lo escucho en menos de un mes— y me decía que su padrino (sesentón él) no conseguía ninguna de las pastillas que potencian la erección, ninguna marca, ningún color, ningún tamaño. Lo cierto es que —me dijo— “el pobre hombre está desesperado” y su pareja también. Entonces, como suele pasar en todo juego económico distorsionado, producto de la falta de capacitación, planificación y sensatez, nace la trampa. Le pregunté: “¿y qué hará? Está jodido”. Me respondió “Parece que se consiguió un dealer que le trae las pepas”… “¿En serio?”… “Sí, me dijo «todo sea porque se me pare»”.

Mientras esto sucede, familiares y amigos que han salido de Venezuela, bien de vacaciones, bien porque se fueron definitivamente, te envían imágenes de productos que poco a poco son más difíciles de conseguir (a menos que uno se resigne a comprarle a los buhoneros, quienes sí tienen de todo. ¿Por qué?, ¿mafia?, ¿guiso?), como la de esta entrada tomada en un Súper Mercado en París, cuyos dueños son africanos y le lanzaron a quemarropa esta pregunta a la fotógrafa: “Pero si estos productos los hacen allá, ¿cómo es que no lo consiguen? ¡Sacrebleu!”.


Entiéndase entonces que hay un “miraflorismo” que nos tiene a todos sufriendo de “mirabolsismo”, entre otras enfermedades. Está clarísimo: nos ven a todos con cara de bolsas.

24 sept 2014

Leer a Luis Barrera Linares es estar dispuesto a meterse de lleno a un mundo lúdico ejercido y (re)creado por las palabras. Desde su primera obra narrativa publicada, hasta esta que está en sus manos, ha sido la constante. Ese juego del doble sentido, de la ironía y del humor bien llevado, entre otros aspectos, forma parte de “Brevos y braves”, disculpen, Bravos y breves.



La primera parte del libro está dedicada a los breves, en donde desde la A hasta la Z, nos presenta un jocoso catálogo de tipos de escritores, que al momento de leerlo, produce una inevitable resonancia con éstos, es decir, con algunos que conocemos o que pudiéramos llegar a conocer. No obstante, Barrera Linares se identifica con alguna letra del abecedario -sin llegar a revelar cuál- y reconoce que todo escritor tiene su “egoteca” siempre activa y al acecho. Como le llama él mismo a sus breves, un “humilde breviario” en el que más de uno se verá reflejado.

En la segunda parte, los bravos, la coloratura de lo narrado va de la mano de un país sumido en la violencia, en donde se deja ver un entramado duro e inquietante. Aquí está presente un grupo de venezolanos que migra del país, mostrando las vicisitudes que ello implica; una mujer con múltiples apetencias sexuales; una asesina muy letrada y mucho más.

Luis Barrera Linares considera que un autor debe darse por satisfecho cuando la ficción que escribe se transforma en realidad y no a la inversa. Breves y bravos es una muestra contundente de su propia teoría cuando en medio del pacto intrínseco que propone la lectura, logramos identificar aunque sea a un solo escritor con cualquiera de las categorías expuestas. ¿Es usted un bestsellers siempre en potencia? Este libro es para usted, escoja su letra y no se ponga bravo.

8 sept 2014

Ni tan chéveres ni tan iguales

Pero todavía hoy, en nuestros países, el derecho a la intimidad no está dado para todos. La ausencia de intimidad es quizás el mejor indicador de la pobreza, más aún que los ingresos. Cuanto más pobre es alguien, menos intimidad tiene.
Michèle Petit.

La vida, a veces, ofrece extrañas conexiones entre la gente o en determinadas situaciones. Por ejemplo, usted está pensando en alguien y ve el nombre de dicha persona escrito en la prensa, en una novela o en una pared grafiteada, o incluso lo escucha en alguna canción. Peor aún si esa persona es motivo de su rabia o despecho, pues aparece hasta en la sopa. Algo más o menos así me sucedió mientras leía Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak (y Rovero, porque también tiene madre, como se dijo en la presentación del libro), en un atestado vagón del metro, entre olores rancios y los ahora infaltables vendedores de chiclets sin azúcar. Casi siempre logro llegar a la junta de los vagones —y esta vez no fue la excepción—, justo en donde dice “Precaución, desnivel”, pues allí busco la manera de acomodarme para leer durante el trayecto evitando el desmadre de la gente que sale y entra.


Oh casualidad que vengo leyendo este libro, riéndome de lo lindo con las verdades sin tapujos que la autora señala, pues me convertí en el protagonista de un diálogo muy breve, pero que sin duda alguna, me deja más que claro que no somos “ni tan chéveres” ni con dos pelucas. El hecho es que un par de  hombres, treintones tal vez o finalizando la veintena, con pinta de albañiles por las herramientas que llevaban, morenos oscuros (no negros) y ambos con gorras distintivas de equipos de las Grandes Ligas, me pidieron permiso para pasar hacia el otro lado del vagón. Uno le dijo al otro en voz contenida, como para que yo no escuchara (pero sí lo hice), “pídele permiso al sifrino este”. Acto seguido me aparto un poco cuando el de la encomienda me dice, “permiso ahí, catire”. Claro, con la lectura que precisamente venía haciendo, no podía perder la ocasión para preguntarle al menos simpático (que tal vez medía treinta centímetros menos que yo): “Disculpa, ¿por qué crees que soy sifrino?”. Por supuesto el corte fue total y absoluto, más aún cuando su socio le dijo, “ajá, ¡vas arrugá!”.

Hubo un pequeño silencio que se fue tapando con el traqueteo de los rieles mientras el metro iba ganando velocidad. Justo venía leyendo, y lo marqué, se los puedo mostrar y todo, en donde dice “La sifrinería es una suerte de vanidad, de conducta, de hábitos de consumo”, comentario, además, tomado de un rico diálogo entre un grupo de mujeres profesionales de diversas áreas —incluyendo a Gisela— que se estaba tomando unos tragos en un bar cercano a la UCV. Lo cierto es que vi en los ojos la incomodidad del hombre ante mi inesperada pregunta y, para dorarle la píldora, es decir, para apaciguar un posible estallido violento (cosa tan natural ahora en l@s caraqueñ@s), agregué: “No, vale, en serio, es que justo vengo leyendo sobre eso y me llamó la atención tu comentario”. ¿Y cuál fue su respuesta?: “Coño, de pana que eres un sifrino, catire y leyendo un libro”.

Mi cara tuvo que ser de pánfilo absoluto (más de la normal), ante semejante respuesta. Paso de largo el tema racial tan bien expuesto con maestría en Ni tan chéveres… pero, ¿por un libro? ¿Soy sifrino por leer un libro? Está bien que uno pase por intelectual, antipático o huraño por la suerte de ensimismamiento que implica la lectura, hasta uno puede pasar por interesante, pero, ¿sifrino? Claro, en un país como el nuestro, con la crisis económica más brutal que hayamos vivido en años, sin mencionar la retahíla de problemas que nos agobian, para muchos comprar un libro puede ser un lujo. Esto lo entiendo, pero de ahí a estigmatizar a alguien por el simple hecho de estar leyendo un libro…  Y esto sucede, el ejemplo es más que elocuente. Aunque esté montado en el Metro, pero si llevo este extraño artículo con hojas de papel, soy un sifrino. Pude estar leyendo incluso un libro a precio de Monte Ávila —sin menosprecio alguno, tan sólo refiriéndome a lo económico— y el efecto para aquella persona iba a ser el mismo.

Volviendo a Ni tan chéveres… de Gisela Kozak Rovero, es un libro que con un lenguaje desenfadado pone sobre la mesa todos esos elementos que identifican a nuestro gentilicio, desde ese parejerismo tan nuestro, muy propio del Caribe, del mi amor, mamita, mi rey, mi vida y pare usted de contar; el tema sexual, lo patriótico, hasta temas como el aborto, la extraña y eterna juventud de nuestro país, el feminismo, el chavismo, el racismo y otros ismos más. Un lectura, que por amena, no debe confundirse con ramplona y superficial, todo lo contrario “camaradas”. En pocas páginas y con letra grande (cosa que se agradece después de los cuarenta), están condensadas las razones básicas —o sus consecuencias— de nuestra actual debacle como sociedad (casi que el título debió ser “Ni tan chéveres para dummies”). Ni tan chéveres… es un libro que llama a la reflexión y que recomiendo leer, que además, me hace pensar en voz alta: no me vengan con el cuento de que somos los más felices en el planeta y que Caracas es la sucursal del cielo. Dejen la sifrinería.


PD. Lo más curioso de todo esto fue que el personaje que me llamó sifrino, después de hallar una cómoda postura en el vagón —dentro de lo que cabe— y creo que con un tanto de vergüenza (no miedo) pues buscaba taparse, sacó un iPhone (sí, un iPhone) y se puso a jugar “Candy crush”.  ¡Y yo soy el sifrino! Como solía decir el gran Óscar Yánez, “chúpate esa mandarina”.

5 sept 2014

Happening

Un accidente es un ladrón de realidad. En eso se asemeja al teatro: contiene en su exaltación una catarsis.
Gustavo Valle

Sembrar la intriga en literatura —tal vez en la vida misma— es un arte, y esto lo logra Gustavo Valle desde el primer capítulo de su novela Happening, texto ganador —debo decirlo— del Premio XIII Concurso Anual Transgenérico. Como no puedo evitar mis digresiones, esta vez no será la excepción: agradezco mucho que en todo el primer capítulo sólo hallara un adverbio —cosa que se agradece— y lo digo porque mi lectura anterior (no diré ni el libro ni el autor) fue todo lo contrario: casi un adverbio por línea.



Volviendo a Happening, se me antoja como una road movie al principio, aunque en la novela, no estemos precisamente frente a un viaje iniciático de su protagonista, Alex (Alejandro), también Bruno, pero también Catire: “escapaba por una carretera solo dividida por la línea imaginaria de los que no quieren estrellarse”. Pero, ¿escaparse de qué? ¿De quiénes?, ¿o escapar de sí mismo? Estas incógnitas atrapan al lector ansioso por descubrir la verdad, mientras la historia ofrece destacadas pinceladas narrativas gracias a un autor que se tomó el tiempo necesario para madurar esta, su más reciente publicación. No basta entonces contar sobre un accidente fatal y de la víctima, Eladio Mena, sino de contarlo bien y hacer notar el uso preciso de las palabras y la construcción de imágenes.

Alex/Bruno/Catire duda de sí mismo (deberán leer el libro para entender el porqué de este juego de nombres: “Cambiar de nombre fue como sacarse una camisa sucia y gastada y ponerse algo limpio”); saltan sus continuos monólogos en respuesta a ese juego constante en donde el narrador pregunta y aquel le responde (y se responde); sueña, tiene extrañas alucinaciones, muchas —en parte— producto de su separación; Lupita (su hija) es el cable a tierra mientras el protagonista a bordo de su camioneta Range Rover modelo 76 viaja y conoce al enigmático y muy folklórico Morocho, obvio que no es su nombre, pero ¿cómo se llama?, ¿por qué sus demenciales actitudes?; también conoce a la sufrida Rebeca y a Francis, una suicida en potencia. Todas estas emociones y paseos mentales se encienden en Alex/Bruno/Catire cuando la realidad aprieta.

A diferencia de otras obras narrativas contemporáneas en nuestro país, Happening destaca, entre otras cosas, porque el tema político, si bien es cierto que lanza algunos guiños, no abruma al lector como si estuviera leyendo la prensa nacional; por el contrario, está allí de manera solapada para crear determinados contextos sin volverse el leitmotiv de lo narrado, mientras Alex se ve  motivado a cumplir una de sus metas, la representación a pie juntillas del  happening escrito por su tío Tadeusz Kantor, hecho que se concreta en la oriental población de Chacopata.

Pero la máscara del nombre que la historia ofrece en cuanto a Alex, también está presente en Morocho, hecho que cobra importancia hacia el final de la novela y en donde Alex paga sus culpas, o como se intitula el capítulo final “El error”. Alex salta con una facilidad asombrosa entre la realidad y sus pensamientos o fantasías, tal vez en parte para contrarrestar su incredulidad hacia el destino en general y, particularmente, el que le ha tocado. En Happening todos los personajes parecen ir a la deriva en sus vidas y en esa sabrosa incertidumbre en la que te envuelve el texto, amén de la lectura veloz que provoca, también ofrece de manera inesperada,  una deliciosa apología a la rica cocina tan propia del oriente venezolano que a más de uno —a mí me sucedió— le aguará la boca. No obstante, me esperaba un final distinto (lo cual no le resta mérito), pero lo que sí no es menos cierto es que el cierre es conmovedor, logrado justo en el paroxismo absoluto por el amor que existe entre un padre y su hijo(a), en este caso, entre Alex y Lupita. Sólo me quedan dos preguntas sin respuestas: ¿habrá un discreto homenaje en Happening a Bruno Schultz? ¿Por qué la fobia de Alex hacia las ardillas?  Seguramente algún amable lector me responderá esto. Buen libro.

PD. Aunque también las hay en este texto, prefiero las ardillas de Alex a las escalofriantes y robustas cucarachas de Bajo tierra.