Iris desde España y a través de su blog "sincafeína" me otorgó el premio "blog del día" junto a seis blogueros más. Mi agradecimiento para ella y aquí van mis siete blogs premiados:
Mi sobrino paulatinamente fue perdiendo razón. Sus desvaríos comenzaron a intensificarse cada vez más. Su mirada iba y venía al infinito hasta el punto de incomodarte al hablar con él. Era como si sus ojos se le fueran de viaje. Sus padres temían en tomar una decisión más drástica para hallar una solución a su evidente problema. El alprazolam ya no le hacía ni cosquilla y todo medicamento que terminara en Lam o en Pam, eran simples confites para él. Humberto tenía en su cabeza una caja negra que nadie sabía descifrar. Sus estados de ánimo variaban tan drásticamente que todos temíamos en dirigirle la palabra. Más nunca vio televisión (eso me parece que estuvo bien), ni escuchó música, ni buscó novias. Meses sin salir de casa y su poblada cabellera comenzó a darle el toque indigente que le faltaba. Hacer que se bañara era siempre un problema, al punto que mi hermano dejó la terrible y noble tarea de bañarlo sólo los sábados, ya que entre semana le era imposible, pues salían muy temprano a trabajar –él y mi cuñada- y volvían ya tarde en la noche cuando el cuerpo lo que pide es cama. Mi otro sobrino, el hermano menor de Humberto con el cual compartía la litera se vio obligado a dormir en el sofá de la sala, para no soportar los hedores por la falta de aseo.
El comentario común en la familia era que todo comenzó cuando le dio por leer y escribir desaforadamente, como si tuviera un tiempo límite para hacerlo o los libros y los lápices desaparecerían de sus manos.
- ¿Qué tanto escribes? Le preguntaba su papá.
-Estoy recibiendo órdenes desde abajo, no puedo parar.
-¿Órdenes de abajo?, déjate de vainas que nos estás volviendo locos. Le decía con carácter mi hermano.
-Comala ya está entre nosotros y nunca más se irá. Decía él.
Mi hermano me contó esa conversación y se me erizaron los pelos, qué carajo era Comala. Ninguno de los dos sabía y por más que lo interpelara y le preguntara nunca le dio respuesta. Tan sólo un «ya lo sabrás» fue lo que alcanzó a decirle el fatídico día en que a fuerza de cinco hombres fornidos hubo que sacarlo del apartamento para evitar una desgracia mayor. Mientras los gritos retumbaban en las paredes y los vecinos chismosos asomaban sus cabezas por el pasillo, me senté en su cama y tomé entre las manos el manuscrito que, rayado, tachado y corregido, hizo que Humberto cambiara por completo. Comencé a leerlo mientras los gritos se iban apagando a la distancia y sólo el llanto de mi cuñada quedaba prendido en el ambiente. Decía: “A pesar de toda mi omnipresencia –así como él- no termino de entender el desparpajo humano...” A escondidas me lo llevé para descifrarlo y transcribirlo luego. Me fui corriendo para acompañar a mi hermano en tan duro momento. La casi incomprensible letra de mi sobrino no me permitió leer más de las primeras líneas en aquel fugaz vistazo. Al principio del texto habían unas palabras pegadas del lado derecho, y abajo entre paréntesis, decía Dante Alighieri, quién diablos era éste. En fin, esto fue lo que logré copiar puesto que hubo párrafos completos tachados en tinta roja los cuales por más que me esforcé no pude descifrarlos:
Por mí se va a la ciudad doliente
Por mí al abismo del tormento fiero
Por mí a vivir con la perdida gente.
(Dante Alighieri. La Divina Comedia)
A pesar de toda mi omnipresencia –así como él- no termino de entender el desparpajo humano. Ese inagotable deseo que tienen de hacer las cosas más difíciles de lo que son y de hacerse inconformes ante todo. Es un terrible placer, que ni yo entiendo, de arruinar lo que pacíficamente han conquistado. A veces me aterra pensar en subir y darme cuenta de que no aprenden de sus errores y terminan en la cola para entrar en mis dominios. Bueno, mejor para mí.Mi ejército personal cada día va ganando en número y en calidad: los peores están aquí. Algunos se han dado la tarea de hacer las cosas tan mal, que me atrevería a pensar que inconscientemente están imitando mi maldad, mi desenfreno por tenerlo todo, hechos concretos que estando aquí abajo se transforman en castigo, pero que allá arriba son de lo más placenteros.
En estos andares de pretender ser como yo, pudiera hablar de muchas categoríaso personeros dignos de ser evaluados antes de concederles la dicha de compartir conmigo mis fogones, bueno, por decirlo de la manera más convencional, mis pailas. Comenzaré por los menos sublimes, los que en un momento de locura quedan totalmente cegados ante la rabia, ante la impotencia o la indignación. Son aquellos que si bien no llevan una vida digna, pudiera decirse que están por encimita de la miseria: ellos son los que matan, es decir, los que le quitan la vida a otros al menos directamente (los que lo hacen indirectamente están de primero en mi roster, ya les diré quiénes son), porque la situación apremia. Dicho de otra manera, es tu vida o la mía y como la idea es vivir lo más que se pueda, bien o mal, pero que jode tiempo, la gente se defiende, bien porque los están robando o porque les están pasando factura.
Sentado en mi trono veo a diario cualquier película de este estilo. No me hace falta televisión o cable, giro el planeta y coloco al azar mi famélico dedo sobre cualquier país y es siempre lo mismo pero con distintos protagonistas. Una vez lo hice y la suerte le tocó a un chico llamado Mugbatah en un país llamado Somalia. Hubo una época en que me dio por quedarme allí por muchos años, casi hasta me volví Somalí, pero no; yo soy una fuerza mundial, no tengo límites ni fronteras. Soy lo que para los humanos sería un ciudadano del mundo, logrado sólo por grandes luminarias del cine, políticos, músicos. ¿Pudiera ser acaso un ciudadano del mundo un pobre miserable que no le alcanza la mesada para comer; que su mundo está resumido a un ir y venir a diario al mismo lugar para ganar un salario de a céntimos? No. Recuerdo que Mugbatah iba como todas las mañanas rumbo a su colegio. La calle de tierra como todas o casi todas en Somalia, ya irradiaba el calor muy temprano en la mañana. Era el año 1976. Estaba en plena efervescencia la guerra entre Somalíes y Etíopes. Un verdadero banquete para mis sentidos. Pero en África todo es hostil, al menos la tierra y su clima. Años de guerra para adueñarse de un terruño y ahí la ves, infértil, árida, avasallante en su extensión pero golpeada por designios de la naturaleza y por la incapacidad del hombre. El chico de apenas 10 años iba galopante en su bicicleta cuando a escasos metros de llegar a la puerta del colegio se vio en medio de la línea de fuego de bandas enemigas. Por instinto y experiencia –a pesar de sus diez años- se lanzó al piso mientras sentía el zumbido de las balas. Fugaces destellos de luz que emulaban a las eternas lluvias de estrellastípicas de las noches somalíes, eran aquellos escasos milímetros rellenos de pólvora. Mugbatahen medio de su inocencia estiró uno de sus brazos para alcanzar su bicicleta y al no llegar, para lograr mayor alcance, levantó su cabeza. Sólo bastaron esos treinta centímetros para que un proyectil se internara en él.
Esto pasa a diario en cualquier lugar del planeta. Ni sueñen por un segundo que esto no pasa en los países más desarrollados. Pasa en todos. En los países que llaman del primer mundo, del segundo, del tercero; a estas alturas de la historia de la humanidad y según todo lo que he visto, como llaman los historiadores, antes y después de Cristo, ya pasamos del décimo mundo. Porque no sólo las cruentas batallas que a diario voy preparando son suficientes para sitiar cada terruño en un escalafón numérico. También cuentan las pequeñas sucursales del infierno que de a poco he exportado en cada suburbio para estirar ese listado que va del número uno al número diez. Es comiquísimo, existen tablas de posiciones para ver quién pasa más hambre que quién; la lista de los más ricos y más pobres; la lista de los que roban más y roban menos; la lista de la desidia, de la dejadez. Una especie de Top Ten de lo peor y de lo mejor. Y hablo de países.Primer mundo: los que ya todos conocen, los del norte, los de Europa, los asiáticos: «¿los asiáticos?». Pero la supremacía tiene su precio, un costo altísimo qué pagar. Ganar y vencer. Humillary vencer. Criticar y vencer. Mentir y vencer. De allí que la gloria del primer mundo comienza a subdividirse y por ello conseguimos ciudades, peores que otras, que luego transmutan en pueblos y caseríos, que aún estando dentro de ese primer mundo soñado por muchos, tienen dentro de sí mismos su propio tercer mundo. Automáticamente el segundo mundo pasa a ser un cuarto mundo, pero cuáles países estarían en dicha categoría, abanderados de una envidiable medalla de plata: quizás losmás pegados aún al norte, donde el hielo es eterno e indestructible –por esos lugares no paso mucho tiempo, me gusta más el calor-; quizás los que pretendiendo ser casi los mejores, se dan cuenta que les falta mucho todavía por serlos, pudieran ser algunos países del oriente y esa gran isla que flota solitaria en medio del océano, pero que independientemente de ser segundones, llevan en sus venas el mismo motor corruptible que tienen todos, que hace que de su cuarta posición desciendan al séptimo lugar. Y de último, mi preferido, el que día a día lucha por no llegar al abismo, que se aferra al borde para no salirse de sus coordenadas y quedar así vagando en el espacio infinito, que se ciñe al mar y a veces al cielo, al que Dios le ha dado la gana de llevarlos en su espalda para aliviarles el dolor y la tristeza, corruptible como todos pero más humano que cualquier otro, donde se tienden la mano unos con otros pero que al menor descuido, pafff! Estás muerto: el tercer mundo.
Este tercer lugar, que matemáticamente sería en mis cuentas el décimo mundo, tiene un lugar especial en ese espacio que en términos biológicos ocuparía un corazón que no tengo. Pudiera decir que es mi mundo favorito. Aquí, a pesar de la insistencia de los entes reguladores del orden, todo el mundo hace lo que le da la perra gana, mascullando el caos como una manera de ser, una manera de vivir, de imponer la única manera de seguir respirando día a día hacia un mañana sin futuro.Y ahora estando del lado de mis consentidos, de los terriblemente sublimes,puedo hablarles del descaro, de la desfachatez de pretenderse ser como yo, qué insulto, nadie, absolutamente nadie, podrá infligir más dolor y terror que yo –claro, ya lo he dicho, disfruto ver cómo lo intentan. Es divertido saberse imitado por millones de adoradores y mientras más camuflan su maldad tras frases construidas en un laboratorio de engaños, que memorizan y esputan ante la sociedad para ganar indulgencia pública, terminan haciendo todo lo contrario de lo que promueven: hagan lo que digo más no lo que hago! Qué deleite, he aquí los que se llevan la vida de los demás indirectamente, como haciéndose los locos, los que no saben nada. Son mis preferidos porque son descarados, son casi siempre los que tienen el poder. Los que todo lo compran porque de alguna otra manera no lograrían nada, serían tan escoria como cualquier otro –bueno de hecho lo son. Repican tambores y suenan fanfarrias. Adivinen!:los que de la política hacen su gloria y de las promesas un salto al vacío. Justo ellos, mis más fervientes soldados, por culpa de ellos, perdí uno más a mi cuenta: Mugbatah. Un alma noble, con la inocencia al hombro, al caer tendido al piso se fue directico al cielo. No me dejaron seguir trabajando su destino el cual era ser un gran magistrado, sería reconocido a escala nacional, y como casi todos: corruptible. Y digo casi todos porque los que luchan, los que denuncian, los que no tienen pelos en la lengua para gritar la verdad, son los que quedaron a mitad de su camino político. Los que por destino o dignidad no se prestaron a mis trampas. Quedando reducidos a ser simples rellenos de un parlamento o un congreso. Es tal cual como se los digo, los puedes ver aferrados a cualquier argumento válido para sudar hasta la última gota pero, aquellos que alcanzan el trono, los poseo. Hago que cambien, que se olviden de tanta cháchara y sencillamente gocen, vivan y engorden como nunca. De esa manera, cuando abandonen su estadía en la tierra tendrán mucho por adelgazar aquí en mis llamas eternas.
Pasa en todas partes, el que va a la vanguardia nunca se detiene un segundo para ver a los que vienen atrás. Se olvidan de todos, incluso de sí mismo porque ya el cuerpo va trabajando por inercia o costumbre. La mente supera al cuerpo y no queda más que la ambición por conseguir lo que se desea. Decir esto me compromete, es una manera muy sencilla pero eficaz de alcanzar metas a largo plazo. Me compromete porque estoy diciendo mis estrategias, mis “cómo se hace”. Pero en fin, no me preocupa tanto puesto que nadie tiene la eternidad que yo tengo, ni menos aún el poder de corroer el espíritu que yo tengo.
Una vez estando en Noruega una breve temporada de cien años, en cuya tierra el frío es como una peste interminable, vi de todo. Pocas veces anduve merodeando entre los vikingos dado que no tenía que esforzarme mucho para que le sacaran el corazón a alguien, así que me tomé las cosas con mucha parsimonia. Hacían mi trabajo. Me gustó mucho su fiereza, la tosquedad de sus actos fueron un candor para mis emociones. Lo más copioso era administrar a diario tanta batalla de manera que no hubiera un día que no se pintara de rojo. Resulta estupendo el contraste que se da entre la nieve y la sangre derramada. Por instantes cada encuentro fatal me hacía recordar mi hogar en el centro de la tierra donde nunca habrá frío y en donde mis más fervientes seguidores yacen moribundos a mis pies. «Ah! Mi casa». En aquel siglo, creo que era el siglo VII, aún el tema de las leyes era realmente pobre; pobre en el sentido de que se afanaran en cumplir lo poco que de ley había (Esto es relativo: Hoy en día pudiera decir que hay países que han soportado todo el peso de mi desgracia logrando si se quiere, cierta imparcialidad, ecuanimidad y verdadero respeto ante esas normas que no buscan más que frenar mi trabajo. Al fin de cuentas es eso, mi trabajo. Pero hay otros lugares, en donde estoy más firme que el tridente en mi garra. Y estoy hablando de muchos siglos de distancia).
Lo imperativo en aquel entonces y eso sigue siendo así, es mantenerse vivo ante la inclemencia del clima. Sólo mi necesidad de acción hacía que cada uno de los habitantes de Nigardsbreen salieran en bandadas de sus casas a pretenderse la gloria, traducido en riquezas, poder, comarcas y mujeres, todas las mujeres posibles. Recuerdo a Knut, jefe de las tropas vikingas. Implacable, cruel. No poseía ni una pizca de misericordia con nadie, incluso ni sobre sí mismo.Un verdadero “yo”. Knut, tosco y único, no tenía que hacer mucho esfuerzo para resaltar por encima de los demás. Su rango guerrero, el más alto que oficial alguno podía alcanzar, bastaba y sobraba para hacer lo que le viniera en gana. El respeto por los demás era inexistente. Esa palabra de hecho no existía. Un día, en pleno solsticio de invierno, preparaban sus drakkars con los cuales en un pasado reciente recorrieron toda la costa Escandinava para azotar y humillar a cualquiera que osara en pretenderse algún espacio entre ellos sin su consentimiento, más aún si eran cristianos. Poco a poco algunos osados habían comenzado a evangelizar sus tierrasy el rumor había llegado a oídos de Knut.Ya la riqueza de estos vikingos era inmensa y no sería la primera vez que saquearían alguna propiedad religiosa. Los clérigos imploraban piedad, les daban todo lo que tenían pero al final, todos pasaban por las afiladas hachas de los bárbaros. A nadie se le ocurría decapitar al jerarca cristiano vencido, ya que Knut era dueño de ese honor, de ese gusto. Si alguien por error, rebeldía o estupidez lo hacía, era seguidamente después del religioso el próximo decapitado. Era un honor bañarse en sangre las pieles que los resguardaban del frío, para luego llegar victoriosos a casa y mostrarlo al pueblo entero. Honor a parte merecían las mujeres que sin importar manchar sus bunadspor los restos de las víctimas, abrazaban a sus maridos al llegar del combate, aunque más que combate, pudiera decirse que era simple limpieza de seres indeseables. No puede haber combate sin rival y eso pasaba casi todo el tiempo. La arrogancia del jefe vikingo no le permitía sucumbir ante nadie, aunque estuviera acorralado, aunque mil amenazas de muerte cayeran sobre él. Pero todo cambió, aquel día infame llegó sin levantar sospechas de ningún tipo, y fueron sorprendidos por un ejército que les triplicaba en hombres. Sus espadas brillantes, queintentaron mediar alguna tregua, comenzaron a blandirse de ambos bandos mientras el sol apuñalaba con su luz el fiero metal de la guerra. Los gritos de centenares de gargantas se unieron en un solo, pariendo un estruendo único y definitivo como nunca antes se había oído enNigardsbreen. Los blasones que llevaban la marca de mi enemigo, anunciaban el último día en la tierra de aquellos bárbaros. La fiereza de los guerreros que en nombre de Dios restaban vikingos en aquella pequeña porción del infierno sobre el hielo, por un instante me confundió. No sabía a quién le iba porque: «Carajo, los cristianos están venciendo», me decía a mí mismo. Confieso que sentí una frustración enorme al ver cómo los míos iban cayendo. Me pareció injusto que las fuerzas del bien estuvieran utilizando mis propios argumentos para liberar a esas almas. «¡Ven que él también mata!» No sólo yo tengo el privilegio de sumar gente a mis aposentos. La diferencia está en el mecanismo que usamos y he ahí mi decepción, pues está aniquilandocomo yo lo hago.
Mientras esto sucedía, de reojo iba viendo cómo entraban vikingos y cristianos por la mugrienta puerta que le da paso a los nuevos, pues no se crean, hay que estar atento para llevar bien el conteo de mis pobladores y con ello poder clasificarlos según el grado de maldad que acumule cada historial. Y tuve la grata sorpresa que entre los adeptos al supuesto bien –incluso por el cual estaban luchando- me conseguí a unos no precisamente santos. Unos iban hacia arriba pero otros hacia abajo, hay de todo. Me imagino que él también se extrañará al recibir entre su gente, almas que pintaban de negro pero a la hora del juicio final eran más nobles que cualquier otro. Lo que si no sabría decirles cuál es su manera de leer sus vidas.En mi caso el proceso es muy sencillo: a medida que van entrando tan sólo coloco mis esqueléticas manos sobre sus cabezas sin delicadeza alguna, «para qué si ya están muertos»,y hago lectura de todas sus vidas. Éxtasis, placer, algunas de estas emociones gratificaron el día al constatar violaciones, robos, injurias, blasfemias, desacatos, asesinatos, trampas, mentiras, pederastia, (esta fue una de las más comunes, pero sólo la poseían en sus vidas –ahora en sus muertes- los más poderosos, los que a diario levantaban la ostia y sorbían un poco de vino en frente de todos para luego embriagarse a escondidas mientras la limosna cargada de esperanza era profanada, los que comandaron el ataque brutal contra los supuestos bárbaros, y me pregunto: quiénes son más bárbaros que quién). En fin, todas esas pequeñas cosas que desde los inicios de la vida me asignaron como tarea una vez que me confinaron al averno.
Knut luchaba intensamente como siempre, pero había algo distinto en su fría mirada, sus gritos de guerra ya no eran los mismos, pues de manera instintiva presentía la derrota. Tenía la particularidad que tomaba a cada enemigo con el que luchaba como el único que existía en ese momento, como si de una manera mágica todos los demás desaparecieran de alrededor y concentraba todas sus estrategias de guerra en él. Su rival no tuvo la suficiente fuerza y rapidez -como la tuvo segundos antes cuando le arrancó de golpe el casco a su oponente dejándole una profunda herida en la cabeza muy cerca de la oreja- para alzar su escudo y bloquear con ello el contraataque de la espada vikinga que a ras de cuello lo convirtió en un decapitado más. Lo tomó por el pecho mientras el cuerpo aún latente y de pie comenzaba a derrumbarse, y como símbolo de no dar más insertó su espada en el lugar en donde segundos antes iba la cabeza. Trató de aferrarse al decapitado pero sus rodillas fueron las primeras en ceder. Sus manos se hundieron lentamente sobre la nieve tratando de buscar confort en lo que ya era su inminente caída. Knut se desplomó del dolor que ya comenzaba a desaparecer (poco a poco me lo estaba trayendo, con la invisible soga del mal fecunda en espinas. Cuando alguien cae al piso y desvanece sus sentidos, recuerden, soy yo tirando de las infinitas sogas que envuelven el mundo), pero su corazón latía más fuerte que nunca. La herida botaba su vida a borbotones. Intentó colocar una de sus ensangrentadas manos sobre el torrente que nacía de sí mismo pero el frío a penas lo dejaba parpadear. Fue serenándose cuando empezó a ser rodeado por los victoriosos, algunos heridos, otros intactos pero agotados. No intentó ninguna treta pues sabía que estaba perdido. Por su experiencia de guerra sabía cuándo iba a ser sacrificado, sólo le bastaba ver sus gestos, leer sus ojos y ver la posición de las espadas en cada mano de sus enemigos. «-Ríndete». Le dijo el que parecía superior a todos los demás mientras la helada lámina de acero le era colocada bajo la manzana de Adán. Knut esperaba el momento preciso en que su victimario se descuidara para arremeter contra él, pero ya no tenía la fuerza suficiente para contraatacar en un evidente acto suicida pero que salvaría su dignidad. Éste seguía hablándole y en ese proceso bajó la espada mientras caminaba pateándole la nieve hacia su cara. En un movimiento fugaz que no le dio tiempo a nadie de reaccionar, el sanguinario guerrero ya vencido tomó la espada de aquel hombre que lo hirió de muerte que decapitado yacía sobre la nieve, traspasando su humanidad con una espada que ya no era de metal sino de hielo. En su último aliento dijo: «-Nadie me quita la vida, sólo yo puedo hacerlo».Los guerreros con sus pobladas barbas cual minúsculos pinos silvestres vestidos de blanco gracias a la incesante nieve, hicieron la señal de la cruz sobre cada quien como un gesto purificador del vencido y para sí mismos.
La tensión de la soga con la que ataba a knut desapareció de golpe hasta quedar totalmente flácida mientras comenzaba a descender su alma hacia mí. Les decía que era implacable e inmisericorde consigo mismo y esto es muestra de ello. Su orgullo no le permitía sucumbir en manos de nadie y por ello aceleró el proceso que ya era irreversible. De igual modo aquí lo recibí y está, si se quiere, en un lugar privilegiado por encima de los demás. Supongo que arriba sería igual, Él tendrá sus consentidos y yo los míos.
«¡ Sigue escribiendo que a aquí quien manda soy yo y basta de quejarte! No aflojes, no te rindas, mis sogas siguen sobre ti y pronto te arrastrarán hacia mí. Vayamos ahora a un lugar cercano a tu historia, que harán ver a tu ciudad como una franquicia de mi acalorado reino en la tierra». (A veces hace falta presionar un poco).
Oh! Venezuela. Ubicada en la parte más joven del planeta. A algunos les ha dado por llamarla tierra de graciay losmás atrevidos le han bautizado como la “sucursal del cielo”. Qué insensatez atreverse afirmar semejante mentira. A Donde sea que pretendo inocular veneno y desorden en estos particulares seres que –debo reconocer- viven con una sonrisa eterna en la cara, consigo que alguien ha hecho lo propio, alguien se me ha adelantado, no sé quién, pero ya lo ha hecho. Lo que me enerva es que me echen la culpa cuando ni siquiera fui yo. No me gusta llevarme los créditos de nadie y al parecer son estas mismas personas las que se han tomado la libertad de proceder sin mi consentimiento. Están facilitándome las cosas pero me gusta dictar órdenes –qué lo diga Humberto.
Pude concentrar mi mirada en cualquier otro país, pero aquí el caos está en efervescencia desde hace un buen rato. Pude escoger cualquier ciudad dentro del mismo espacio geográfico que la delimita de norte a sur y de este a oeste, porque la anarquía es general, pero -siempre hay un pero- en Caracas, la capital de la supuesta sucursal del cielo, el desmadre es único. Lo que me encanta, entre miles de cosas más, es que suslíderes afirman convincentemente que todo está normal,que la miseria ha desaparecido, que el hambre ya no existe en el vocabulario de sus habitantes, que mi ejército hamponil está dominado, que la prosperidad se acuesta todas las noches con los veinticinco, veintiséis o veintisiete millones de almas que dicen tener. Bueno, este cuento ni ellos mismos se lo creen. Saben que en los últimos años han entrado ilegalmente miles y miles de personas sin control alguno. Y me pregunto: «¿cómo lo saben?, ¿cómo se enteraron que le estaba metiendo más leña al fuego?» Porque si no lo sabían, no son más que leña que aviva mi esperanza de seguir reinando. En todo caso, son los millones que dicen ser, pero con unos cuantos importados que me di la tarea de meterlos en el fogón.Me va muy bien con esta gente, en serio que sí.
Una de las cosas que me atrae de este lugary me ha hecho pulir mis argucias para seguir socavando almas es que tienen de todo. Yo que he andado por cada rincón de este minúsculo lugar del universo, dejo constancia quees una de las tierras más fértiles. Donde las penurias que voy dejando a mi paso se ven contrarrestadas por un equilibrio casi perfecto del medio ambiente y su clima. Esto lo digo por el país completo y si me enfoco en la ciudad que hace más de cuatrocientos años recibió una misiva que envié desde el viejo continente para perpetuar sus enfermedades,malas mañas y desidias, ni hablar. Por cierto, siempre se ha dicho que llegaron en una misión evangelizadora y algunos se creen el cuento. ¡Por todos mis cuernos! Es la misma y eterna estrategia de siempre. Es lo mismo que hice con los vikingos en su momento, ya lo he dicho.
A pesar de esta gran ventaja que tienen parece que confabularan para que todo saliera mal. Da la impresión de que no hubiera ni el más mínimo respecto por nada ni por nadie. La cordialidad es algo que de vez en cuando se da y que incluso ellos mismos se extrañan cuando alguien osa en serlo. La modernidad y la tecnología ha avanzado para darles una manera de vivir distinta a sus antepasados (esto cierto, son miles y miles de años que me he infiltrado entre civilizaciones de todo tipo) pero da la impresión en que quieren retroceder siglos atrás. Digo, entonces para qué tanto papel, tanta norma, tanto semáforo, tantos símbolos, tanto rayado, tanto progreso, tanto químico, tanto fármaco. Para qué si al final la gran mayoría hace caso omiso del supuesto orden del siglo XXI. Esto es lo que veo, es así, pero a mí me trae de cabeza de tanta emoción haber conseguido un lugar como este, es único. Precisamente por ello decidí dejar este caso para el final. Me siento como en casa. Todo es al revés, vulnerado y vulnerable. No hay nada más satisfactorio para mis planes conseguir el apoyo –a veces inconsciente- de estos servidores de mi causa.
Al principio les decía que considero dos grandes categorías para darle paso a las almas perdidas a mis aposentos, los que vienen a mí por hacer las cosas frontalmente y los que de manera oculta, premeditada y fríamente concebida, hacen de su vida un manojo de trampas para alcanzar sus objetivos personales, que al final de cuentas son los míos propios. Son los más sublimes y aquí es donde abundan, en la supuesta sucursal del cielo. Prefiero que le sigan llamando así porque Él, que también lo ve todo como yo pero desde allá arriba, debe estar indignadísimo que blasfemen en nombre de su casa con semejante comparación.
Todo comienza con el engaño público y con las incesantes promesas. Se convierten en una suerte de máquinas de mentiras que a cada palabra pronunciada la peste va ceñida. Sus alharacas de porvenir son como cardúmenes de peces muertos, malolientes y apestosos. Lo fantástico es que la gente se aferra ciegamente a cada ofrecimiento. Los ves gesticular con una elocuencia que hasta yo mismo me creo la pantomima de siempre. El mayor de mis trucos es hacerlos llegar rápidamente al poder de la noche a la mañana. De ser eternos don nadie a efímeros poderosos. Como el caso de Klaus o del mismo Juan. Las mujeres no están exentas de esto, Cecilia y Miroslava, por ejemplo. Por una extrañarazón que desconozco, los padres de nuevas criaturas, tienen una absurda fascinación por mezclar sus castizos apellidos con nombres importados de uno que otro libro que hayan leído en sus vidas.La lista de nombres sería eterna y al fin de cuentas el tema resulta siempre el mismo, pero este grupete se las trae: después de cobrar suculentas payolas y generar los ingresos necesarios para darle una esperanza real y física a miles de damnificados a punta de impuestos, devaluaciones, multas y demás, producto de esos fenómenos naturales que arrasan con voluntad propia cuanto cuerpo viviente se cruce en su camino, el poder de la cancillería los llevó a estar una temporada fuera del país haciendo negocios con otros lugares también controlados por mí.Vivo en la sombra, lo sé.Empero, con esta gente me siento cómodo, tranquilo, seguro de que mis objetivos serán cumplidos: «-¡Qué rico es viajar a costilla de los demás!» decían entre ellos, mientras el titular de un periódico local que llevaba uno de los guardaespaldas que iba cómodamente sentado atrás de su protegido político, el cual había adquirido de manera gratuita por convenios corporativos, rezaba: «!Queremos vivienda ya!» Su jefe, que por ir en la fila de asientos de adelante no veía a su guardaespaldas, sintió que iba muy callado en el vuelo. Éste se volteó a ver qué hacía cuando en vez de conseguir su cara consiguió el titular en gigante: «-¡Coño Nico, cierra ese periódico que no hace más que decir mentiras!» Y es que caen solitos, porque uno de mis mayores placeres es que se nieguen a la verdad, a que no vean los matices de su propia estulticia. Mis eunucos no son más que mis propias piezas en este juego eterno entre el bien y el mal.
Al pisar tierra fueron recibidos por una gran comitiva y varios traductores de aquella extraña lengua. Comenzaron hacer chistes en su idioma para romper el hielo, cosa por demás inútil ante culturas tan antagónicas. Abrazos efusivos de un bando y de otro, de un lado un recuerdito con los colores amarillo, azul y rojo; del otro lado un turbante y un arguile, uno de esos artilugios para fumar. También hubo un malentendido entre un venezolano y un homólogo que pretendió saludarlo con un beso, dado que aquel lo contuvo fuertemente por los hombros como para acentuar su masculinidad.
Después de los respectivos agasajos, visitar lugares de interés turístico local y una opulenta cena, lograron cerrar el lucrativo negocio que les garantizaría el futuro a cada uno de ellos, a su progenie y a la de éstos últimos también. En el transcurso del día habían entrado al tan protegido galpón en donde fabricaban y ensamblaban las armas. «Ah, ese olor a metal lubricado, olora muerte»me decía,mientras flotaba en el aire viendo cómo les brillaban a todos los ojos del poder. Aquel lugar como muchos tantos, era mi serrallo, porque no solamente traficaban con mis armas, sino con toda clase de objeto vendible que pudiera generar algún multimillonario dividendo. Fui como siempre, testigo de mi propia obscenidad, muchas veces la produzco con la carne, pero a vecessólo con la codicia basta.
De regreso al lujoso hotel donde se hospedaba la prestigiosísima comitiva negociadora de la sucursal del cielo, después de haber realizado las compras pertinentes para llevar los recuerdos de una gestión exitosa en un país lejano, un canal de noticias internacional tenía las imágenes fijas en una inmensa manifestación que se prologaba por toda la capital del estado y con éstas en la cabeza, se fue cada quien a la inmensa cama acolchada con edredones de lujo, las cuales dieron abrigo a otros emisarios de mis felonías y perversiones en años anteriores.
A los dos días de haber partido de tierras lejanas una gran rémora fue apoderándose de estas almas casi perdidas mientras llegaban al hangar privado. No todo atribuible al extenuante vuelo, sino a mis sogas que lentamente las prensaba con un deseo casi inusual por traerlos hacia mí. La estrategia ya estaba lista y al abrir la compuerta trasera delgigantesco avión, una centena de hombres uniformados comenzaron a trasladar las mortuorias cajas que acercarían cada vez más a Caracas a un desolado pueblo llamado Comala, un nombre que huele a tristeza, que sabe a tierra. Así lo dispuse yo hace tanto tiempo con un fotógrafo que atado a mis sogas, también escribió mis dictámenes –así como tú Humberto. Dejando en el tiempo un legado único que no es más que el reflejo de lo que quiero lograr con este difunto planeta que no hace más que jugar a mi favor.Comala ya está entre ustedese irá creciendo con cada mentira, con cada vástago que pretende ser como yo.
Dicho esto ya puedes partir de tu casa, de tu cuerpo o de ambas partes. Haz cumplido conmigo y eso es meritorio. Haré tu estadía en el manicomio más llevadera. Nada volverá a perturbarte, tan sólo las ajustadas dosis de sedantes estarán muy dentro de ti, corriendo por tus venas para que puedas soñar con lo que siempre quisiste, irte sin dejar rastro, sin perturbar a nadie, soñoliento y placenteramente. He mandado a buscarte y te aconsejo que no pongas resistencia, es mejor así. El maltrato será menor, comedido, casi imperceptible. Has tachado mucho de las cosas que te dicté, pero va bien muchacho, el resumen de tus perturbaciones quedaron intactas.Ya están aquí, son cinco hombres los que te llevarán a un lugar apacible –sin contar a tu padre. Cesará la rabia y te vendrán días de mucha confusión pero todo al final será calma para ti. Tu ciudad seguirá siendo la misma, eso jamás cambiará, pero tú sí puedes cambiar si al final es lo que quieres. Eres tú quien por encima de la masa podrá hacer las cosas mejor por ti mismo, viendo como todo lo demás se derrumba mientras nadie hace nada. Volverás, seguro que volverás.
Al día siguiente fui a casa de mi hermano muy temprano, aún no eran ni las ocho de la mañana y considerando el terrible episodio de ayer, decidí hacer tiempo en el panadería de la esquina. No quise subir al apartamento porque me imaginaba que aún estarían profundos y además nos acostamos muy tarde. Salí como a la una de la madrugada y era posible que ellos hubieran continuado la conversación con menos tapujos aprovechando mi partida. Siempre hay cosas que los padres, por más confianza que tengan con uno, no podrían hablar delante de un tercero: en el caso de ellos la triste situación de mi sobrino.
Estaba a punto de pedir un cafecito bien cargado, y noté cómo el portugués iba acercándose lentamente por detrás del mostrador hacia donde yo estaba. Me hice el loco y me fui hacia la caja registradora para comprar unos cigarrillos. Nunca me imaginé que iba a ser tan inútil evadir el comentario del día:
-Dame una cajetilla Light por favor.
-Sí. Cómo no. -Me dijo la futura heredera del negocio. La típicamuchacha de origen luso, que con apenas dieciséis años luce un cuerpazo como de mujer de treinta y con un rosario de historias sexuales inenarrables.Siempre que entro a comprar cualquier cosa en la panadería me digo a mí mismo: «Con el primer carajo que le monte el ojo sale preñada»
-Tienes una cara de cansado.-Me dijo ingenuamente.
-Más o menos. Y cóbrate de una vez un negrito.
-Claro. ¿Y qué fue lo que pasó ayer con tu sobrino? Tenía meses que no se le veía la cara.
No había terminado de hacerme la pregunta y ya sentía la mano pesada de su padre saludándome, con las típicas palmadotas –para él palmaditas- en mi hombro:
-¡Qué hubo! No me lo pediste pero aquí te traje el negrito de siempre.
Me sentí mal conmigo mismo, porque mientras le huía para evitar la pregunta que yame había hecho Teresa, el hombre con su cordialidad habitual me trajo el café de costumbre. Sólo alcancé decirle:
-Está un poco enfermo y nos lo llevamos de emergencia al hospital.
Y antes de que viniera de rebote la segunda pregunta obligatoria, los dejé con el cambio en la mano. Aquel pre-desayuno se había transformado en el más caro de la historia, pero en ese momento consideré el vuelto como el pago por no escuchar ninguna pregunta más sobre Humberto. Los chismosos de la cuadra ya se harían cargo de responderles.
Me quedé en la esquina dando vueltas hasta que resolví buscar a mi hermano. Decidí no usar el ascensor para evitar cualquier encuentro vecinal. Subí trotandoporlas escaleras y cuando estabaapunto dellegar alpiso cinco, me tropecé con mi hermano y mi cuñada que venían más que trotando considerando el beneficio de venir en bajada:
-Vamos, vamos que se nos hace tarde. -Me dijo con los ojos más insomnes que los míos.
Era obvio que también evitaban el ascensor.Mi hermano, que lo máximo de ejercicio que ha hecho es jugar dominó, creo que fue la única vez en su vida que bajó las escaleras de su edificio, ni siquiera cuando se mudaron aquí puso un pie en ellas. Se limitaba a dirigir a los obreros cuando ya habían llegado a su piso para evitarque golpearan las cosas al pasar por la puerta.
-Los médicos nos dijeron que llegáramos a las nueve. Mira la hora que es. ¿Dónde estabas?
-Llegué súper temprano y no quise subir. Supuse que aún estaban durmiendo.
-Le dije con una evidente carencia de oxígeno.
Mi hermano cambió de conversación rotundamente con lo que me hizo entender que me creyó el comentario.
-Virginia acaba de llamar a una de sus amigas letradas para preguntarle si sabía que era “Cómala”.
-Y¿qué es? -Le pregunté dirigiéndole la mirada a ella.
-Bueno, después de casi mentarme la madre por la hora en que llamé, me comentó que es un pueblo muy bonito que está en México, pero que en la novela Pedro Páramo, es una especie de pueblo fantasma, en resumen. Sabes cómo se extiende en explicaciones la gente letrada cuando le preguntan sobre algo que sabe.
El comentario de mi cuñada fue como un campanazo para mi escasa mente lectora. «¿Cómo a la gente le puede gustar leer tanto? qué perdedera de tiempo» Me dije a mí mismo. Íbamos camino a la estación del metroy pasamos como siempre por el puente en Plaza España. Siempre que pasaba por ahí pensaba en cómo hay gente con tiempo de más, de ocio, pararse allí a ver libros que ni siquiera están nuevos: usados, rayados, quizás con hojas menos.Y ahora mírenme a mí, preguntándole a unlibrero si tenía la novela Pedro Páramo:
-Seguro, ¿cómo la quiere?
-Cómo que ¿cómo la quiero? Con letras supongo.
-Buen chiste, ¿tapa dura o tapa suave?
-La más barata.
Ya sentados en el vagón mi hermano me lo pidió para echarle un vistazo. Era un libro pequeño, con la carátula verde y las letras en amarillo casi traslúcido. A parte de Pedro Páramo decía Elllano en llamas. Al momento de leer la portada del libro me fui en el recuerdo directamente a la transcripción que me tuvo velando toda la noche para saber qué era lo que tanto escribía Humberto. Recordé la historia del niño africano que murió en medio de una balacera y la historia de un vikingo que prefirió quitarse la vida él mismo a que se la quitaran los que estaban a punto de hacerlo. Lo que estaba al final del manuscrito me causó gracia y al final de la lectura mucha pena. Era como leer el retrato de esta ciudad que anda de mal en peor. El crujir de los rieles del metro era atronador, quizás por la ausencia de gente en el vagón me hice la idea de que sonaba más fuerte que nunca (era sábado). En los asientos de enfrente iban mi hermano y mi cuñada tomados de la mano, con sus respectivas cabezas hacia atrás y con los ojos cerrados. Mi hermano ya comenzaba a abrir la boca como señal de haberse quedado dormido y decidí empezar a leer el libro, realmente, el primer libro con verdadero interés:
Vine a Comala porque me dijeron que acá vive mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirsey yo en un plan de prometerlo todo.
Debo aceptar que esas primeras líneas me cautivaron, ese hijo buscando a su padre, su madre recién fallecida y una historia que nos daría luces de lo que le pasaba a Humberto.Habíamos llegado a la estación Agua Salud y si no es porque mi cuñada me llama, hubiera seguido de largo hacia Gato Negro.
Ya montado en el segundo transporte que nos llevaría a donde Humberto –no me gusta pensar “al manicomio”- el transportista pasó cobrando el pasaje en el por puesto. Estaba enfrascado en la lectura cuando el chofer dijo:
-Mi abuela solía decir una frase, no recuerdo si era de Pedro Páramo o de El llano en llamas, que decía: Los grillos hacen ruido siempre para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio.
Acto seguido se me erizó la piel, pagué el pasaje de los tres y esta vez sí exigí mi vuelto. Sin ganas de subestimarlo pero, «hasta el chofer sabe más que yo», pensé.
6 feb 2008
La dama del segundo piso, nos trae al presente una historia personal que arrastra desde el pasado las vicisitudes que implica la vida, con una perspectiva audaz, con una voz que por realista, pudiera tomarse como altanera.Su protagonista da paso a otras voces, incluso a través de sí misma,para ir solapando las historias que hicieron su pasado y su presente. Su autora, Cristina Policarpio, hace gala de su prosa para dejarnos desconcertados al momento de reconocer quién nos habla en determinados momentos. Quizás y jugando un poco en ese mundo ficcional, es la misma María Adelaida a sus 85 años de vida, aún imponente, quien juega con el lector para hacerle ver cómo fue su vida, en especial su vida amorosa. Desmonta los hechos que la hicieron tener tres hombres en su haber romántico, pasando por las instancias del divorcio, la viudez yel abandono.
María Adelaida demuestra en todo momento su carácter –una suerte de Doña Bárbara-, no solo con los demás personajes que van desde sus hijos e hijas, yernos y yernas, sino también con el lector, al cual increpa y tutea para evitar malos entendidos, reivindicando su accionar y manera de proceder. Sin embargo y a pesar de su talante, es capaz de darle paso a la voz de su abuelo, ¿ya fallecido?, quien en algún momento dice: “ni siquiera los muertos ficticios somos siempre omniscientes”, para que luego la propia María Adelaida retome la palabra fustigándose así misma: “esto es ridículo. Estoy furiosa conmigo misma. ¿Cómo es posible que mi mente fabule semejantes estupideces…?
La dama del segundo piso, tiene una historia intensa, les invito a conocerla.
«Ave María purísima». «Sin pecado original concebido». Se hizo un silencio mortuorio el cual rebotaba dentro del confesionario, como buscando soliviantar los secretos guardados por la madera del cual estaba hecho. El padre Orángel insistió con el ritual de siempre: «Sin pecado original concebido». Hirdenia no hallaba por dónde comenzar su confesión más allá del “padre, he pecado”. Intuitivo como siempre, pero desmadejado por la rutina de escuchar los tautológicos pecados, le dijo: «No avergoncéis que lo he oído todo» Ella rió para sí misma como increpando la docilidad con la cual el confesor le pretendía sacar su historia. Impelido por aquella mujer y por lo que aparentemente iba a ser una confesión única, digna para salvar la semana por encima de otros pecados incluso peores, el padre levantó la mirada y trató de observar a través de la negra rejilla a la propietaria de la delgada voz que pasaba rozando el ligero metal, como buscando imaginar un rostro que jamás conocerá, sumándole además un voluptuoso cuerpo que se originaba de recuerdos confesionales pasados.
Por breves segundos Hirdenia se fue en el recuerdo al momento en el que llegaban al clímax, ella y su amante, la última vez que lo hicieron como siempre a escondidas. Volvió a su ahora con un lenguaje soez a pesar de haberse tomado el tiempo suficiente para expresarse decentemente, muy normal en ella: «Tiré con quien no debía» La ausencia de todo ruido, de sonido alguno en aquel pequeño rincón del pecado, hizo audible, como amplificado, el tragar de la saliva del padre Orángel, como si en cámara lenta la manzana de Adán le anunciara en el sube y baja naturalmente biológico, la intensidad de lo que estaba a punto de oír.
Recordó que todo comenzó un día de playa, en familia, y con la típica joda de siempre que reza “carne de primo se come”, dado que en su extensa y promiscua familia, primos y primas habían participado en sus propios bacanales, situación que además todos sabían pero de la cual nadie hablaba.A solas disfrutaba del oleaje del mar, en ese ir y venir que le levantaba descaradamente sus senos, los cuales erguidos por la templada temperatura del agua, recibían el mayor de los refuerzos para mantener sus pezones en guardia mientras se le antojaba irrefrenable el deseo por Julián. Su mirada a la distancia apuntaba a su amante y como por arte de magia, como si hubiese acudido a su llamado, éste decidió refrescarse en el agua y hacerle compañía.
La piel canela de la prominente Hirdenia atrapaba miradas en donde fuera, y en la playa, era motivo suficiente para que muchas parejas terminaran peleándose: “Coño, si quieres le das un hijo”; “Bueno mijo tú no respetas”; “Si quieres la invitas y nos acostamos los tres”. Ella lo sabía y lo disfrutaba. Se fue acercando poco a poco, justificando la reducción de espacio entre ellos por el hecho de entenderle mejor, un “no te escucho bien”, y entre la complicidad del vaivén del mar comenzó el roce de bajo del agua, donde nadie veía, aparentando una tertulia que nunca existió. Con el agua hasta el cuello y con el mar ocultándolos por breves instantes de la mirada de los demás, Hirdenia ya había metido una de sus manos en el traje de baño de él. En tan sólo segundos su miembro ya era de piedra y con sus uñas postizas de hands care, jugueteaba con su prepucio simulando los espasmos que algún día serían reales. Apretaba con fuerza su glande como si fuera de juguete, con tenacidad, como diciéndole “te haré de todo”.
«Dios perdonadme» Gritaba en su éxtasis carnal y espiritual al ritmo del golpeteo de su pelvis con las blanquecinas nalgas de Solangel, una de las más fervorosas monjas entregada a múltiples acciones de caridad. En aquella posición canina sus jadeos eran silenciados por sus hábitos los cuales cubrían completamente su cuerpo, dejando sólo al descubierto aquella tersa piel que nunca había visto el sol, pero que ahora sentía el voltaje de su cuerpo con el suyo, indagando sus adentros impúdicamente con el vigor de un animal. Pedía perdón denodadamente pero antes la había seducido transmitiéndole su deseo y diciéndole: «que te pongáis in púribus, sois mía».
El padre Orángel volvió de un pasado el cual le azotaba el alma y se halló que Hirdenia ya había avanzado mucho en su confesión. Sobre la marcha se acopló cuando ésta le decía: «…y es que no puedo evitar las ganas de él. Todo mi cuerpo, mis labios imploran su roce». Su piel más íntima se tornaba de un rojo intenso, como pimentones asados. Julián en su plenitud sexual aún le quedaban muchos años de eyaculaciones, no así a su mujer, que en medio de su propia insensatez siempre le llamaron la atención los hombres mucho más jóvenes que ella. En aquella remembranza sus dedos se escurrían a través de un túnel ardiente, prendido en llamas pero a la vez humedecido por la pasión y por el inefable gusto de proclamarse victoriosa ante el hecho de “cogerse” a un hombre ajeno, decía. «Chama, déjate de esa vaina, qué tal si te descubren». Así era la respuesta de sus amigas. En aquel estado de ebullición los humores ya le brotaban a borbotones de la piel. Hirdenia con su boca semi abierta de par en par por la excitación le pedía más y más. Él deambulaba con su lengua como buscando perforar sus oídos. Su pene a toda máquina estaba incrustado entre sus bronceadas y firmes nalgas, acentuadas por la marca del bikini y las cuales exudaban el olor de su crema Victoria’s Secret. Un gemido que iba más allá del placer denotó un fuerte dolor al que ella ya estaba acostumbrada y que al final del camino era lo que mayor placer le causaba «Así es como te gusta, verdad? Por detrás» Le dijo Julián sin pudor alguno, quien lascivo hasta no dar más, rememoró en ese sublime instante los días que entregado al onanismo, no paraba de invocar a Hirdenia cada vez que tomaba sus prolongadas duchas. Ya no eran necesarios los burdeles de mala muerte, ni los lupanares más sofisticados para saciar su natural apetito sexual. Se vino el estremecimiento final de ambos. Las piernas les temblaban de una manera incontrolable mientras sus jugos eran atrapados por la fuerza de la gravedad en las ya amarillentas y arrugadas sábanas.
El padre Orángel fue atacado por una ola de calor intensa, como si un vapor que le llegara del pasado hubiera ocupado el pequeño espacio en donde tuvo breves intentos de erección. Tragaba grueso ante el desenfrenado relato de la paciente religiosa del día. Al principio estuvo seguro de sus convicciones reafirmando que lo había escuchado todo, pero aquel sensual glosario de palabras que Hirdenia había encarnado, lo dejó enteramente depauperado en medio del sagrado recinto. Fue imposible no retroceder en el tiempo para verse de nuevo fornicando con aquella “santa mujer”, como justamente le llamaban los feligreses. Torturándose con el vil recuerdo de su genuflexión ante él, mientras se llevaba con autoridad y determinación el rígido falo a su boca sedienta de lujuria.
El padre Orángel escuchaba con detenimiento cada palabra con la cabeza reclinada hacia atrás. Cuando volvió en sí de un trance aparente, lanzó su mirada hacia la rejilla negra del confesionario y pudo ver los ojos de aquella ardiente mujer, que con carácter, también lo estaba mirando fijamente. Después de la sentencia final, de la penitencia que habría de pagar por fornicar con otro hombre, especialmente por ser el esposo de su madre, le dijo con severidad: «El sexo te agita y te enreda, pecadora».
Estaba agotado. Las piernas y las manos me imploraban un descanso, una tregua prolongada en horas, pero entendían que el brake iba a ser breve, aún había mucho por hacer. En mis años de rescatista no había pasado por algo semejante, quizás por mi falta de experiencia mis superiores siempre me asignaban labores más sencillas:rescatar a un gato trepado en un árbol, sacar a una pareja encerrada en un ascensor de un viejo edificio, alertar a una comunidad sobre una supuesta fuga de gas.Ciertamente situaciones manejables. Pero llegó ese día que jamás olvidaré, en donde todos tuvimos que acudir al rescate puesto que lo sucedido había sido una tragedia con dimensiones épicas. Todos, los novatos y los expertos, dimos lo mejor de nosotros mismos en nuestra noble y ahora difícil tarea. Hacía ya una semana que cayó el último aguacero, y el sol intenso en medio de un azul que encandila, engaña a la vista como diciendo «aquí no ha pasado nada», pero la realidad era otra. Me hallaba sentado entre los escombros de lo que algún día fue una inmensa casa en Los Corales, y pensé en ese momento que ojalá fuera de una familia muy adinerada, que sus cuartos se poblaran sólo en días festivos y en vacaciones, pues de lo contrario, sería una de las tantas familias –que en el mejor de los casos-quedaron sin nada, salvo con los latidos en sus corazones y un imborrable dolor en sus recuerdos.
Me había sentado con vista al mar para perder mi mirada en él y tratar de olvidarme por algunos minutos de la dantesca historia que pudiera contar, pero preferí dejarle esto a la televisión y a la prensa, y recordar tres cosas: el caso de un valeroso perro que salvó unas cuantas vidas; de un cristo en su eterna cruz, intacto, vertical, en la posición de siempre en medio de una iglesia devastada. Allí acudimos todos, nos persignamos, y fue inútil darle una explicación lógica para determinar cómo era posible que el cristo principal de la iglesia siguiera allí; y tercero, el momento en que luché con todas mis fuerzas para salvar a un hombre que se desvaneció en la corriente. Había ayudado a rescatar a una señora de al menos setenta años, la cual abracé fuertemente cuando se precipitó hacia mí. Mi cintura estaba atada a los arneses y la tensión era casi insoportable. En la última oportunidad para salvar su vida, cuando ya era inevitable que se alejara como un simple trozo de madera en medio de la vaguada, en el impulso final, lanzó hacia mí un paquete amorfo, que después de gritar un «no» eterno y lleno de frustración mientras veía su cuerpo alejarse, con una de sus manos hundiéndose como un periscopio y mis ojos como testigo final de un “alguien” que no logré salvar, me di cuenta que era un bolso envuelto en plástico, tipo envoplast, del que usan en las carnicerías para envolver la compra, con lo que se pretende mantener su frescura y las porciones exactas que los clientes exigen. Pero era evidente que la pertenencia de aquel anónimo, distinta a una simple compra de frigorífico, guardaba algo de valor personal. Y fue así. Sentado en mi triste receso, a unos cuantos días de haber visto su documentación con mis superiores para incrementar la lista de los occisos, decidí en privado, de manera egoísta y premeditada,quitarle todo el plástico –del mismo tipo que empaquetaba el bolso- a un cuaderno que ya tenía rastros de humedad, con unas cuantas hojas abombadas pero perfectamente legibles y que daban inicio a su historia con la palabra “Agua”:
Después de pensarlo miles de veces tomé la determinación de ir a buscarla para decirle que aún la amaba. Había partido a Porlamar a casa de algún familiar, no sé si prima, tía o madrina, pero allí la cosa seguramente estaría mejor que en el pueblo y adelantaría el sueño que ambos habíamos construido juntos: ver con nuestros propios ojos el mar. En la hacienda en donde trabajábamos ella era la cocinera de confianza, labor que había heredado de su madre, Camila, fallecida unos cuantos años atrás. Aún éramos unos pelaos cuando nos conocimos, y digo conocer en el sentido de recordar, de conseguir en la memoria momentos de cuando jugábamos metras o nos montábamos en los becerritos, puesto que ambos nacimos allí y sólo era cuestión de tiempo para que las hormonas hicieran su trabajo, hasta teníamos fotos en donde ambos desnudos jugábamos en el río. La medida de nuestros ojos para ver tanta agua junta, estaba enmarcada en los grandes aguaceros del llano y a los inmensos caudales del Aguaro Guariquito. Para nosotros eran colosales y el recuerdo del mar -a veces le decíamos océano para aumentarle el tamaño- estaba circunscrito a lo que veíamos en las telenovelas o a películas transmitidas por el único canal que se veía en el pueblo.
Yo me encargaba del ganado, era lo único que sabía hacer, para eso nací. Mi padre me recordaba esto todo el tiempo como para traerme a tierra. Me decía que no entendía mi obsesión por conocer el mar: «Déjate de pendejadas muchacho, agua hay aquí y bastante. Además es dulcita…» Cuando él tuvo la oportunidad de viajar con el patrón a la costa, se negó rotundamente a ir. Nunca pudo zafarse del miedo a las inmensas cantidades de agua, y no lo culpo, casi muere ahogado cuando niño. Supongo que por eso se ponía como se ponía cuando le hablaban del mar. Así como Felicia continuó las funciones de su madre, yo continué con las de mi padre. Éramos parte de la familia y nos trataban como tal. Los patronos sucedieron sus responsabilidades a sus hijos y por desgaste, comodidad o verdadera crisis, decidieron tomar un nuevo rumbo muy lejos de aquí. A cada uno de nosotros nos arreglaron muy bien o al menos eso nos hicieron creer. Esta duda se disipó cuando fuimos al único banco cercano a la hacienda para abrir las respectivas cuentas de ahorro: sí era bastante, al menos para unos humildes campesinos. Justo con ese dinero fue con lo que Feli partió hacia Margarita. Ella se fue triste, yo me quedé triste, el miedo me venció, no me dejó partir con ella a pesar de nuestra total y absoluta independencia. A mi mente vino la imagen de mi padre, el “déjate de pendejadas muchacho”, su cuento de casi ahogado, cuando ella con su insistencia de partir me puso entre dos aguas, a decidir entre partir o quedarme: «vete tú, yo me quedo». Noté en sus ojos la terrible decepción y un último intento: «Coño Lindolfo deja el miedo, vámonos pa’l carajo». Se metió un largo silencio entre los dos, un suspenso buscando desenlace. La vi alejarse con ritmo acelerado, batuqueándose, no hubo más palabras.
(El palo de agua no cesa, escucho gritos muy a lo lejos, el estruendo furioso del deslave tiene un protagonismo absoluto, pero la nostalgia me obliga a estar pegado a la silla escribiendo en este cuaderno mi desesperación por hallar a Feli, a Felicia, mi eterno amor).
La primera vez que por fin vi el mar con mis propios ojos, iba montado en el autobús rumbo a Puerto La Cruz. A la primera fui engañado por la laguna de Unare, me había quedado dormido y eso fue lo primero que vi cuando mis párpados se dignaron a abrirse. Venía soñando una ruta inversa a lo que era mi cometido en ese momento. En él le decía a un taxista que me llevara para Guárico: «¡A Guárico! Muchacho qué vas hacer en Macanao a esta hora». Y en el mismo le respondí: «Voy por Feli». Supongo que eso de Macanao se me quedó grabado en la memoria por la única que vez que ella me llamó telefónicamente desde la isla. Su evidente emoción se tradujo en un breve pero intenso recorrido geográfico de su nuevo hogar. Ella en plan de contarlo todo, como si cada nombre fuera uno de los tantos ingredientes que a bien sabía colocar mientras cocinaba, y yo en un plan de escucharlo todo silentemente para tener al menos una idea de hacia dónde iría algún día.
En ese rodar del autobús, entre subidas y bajadas, me di cuenta del engaño, el mar estaba hacia el fondo, por encima de esa laguna marcando el verdadero horizonte, pero fue cuando por fin llegué al puerto, justo antes de abordar el ferry, cuando estuve muy cerca de él, hipnotizante. Observaba a la gente y me di cuenta que sólo yo no le quitaba la mirada. Todos los demás se inclinaban en la punta de sus pies, viendo por encima de los hombros de los que estuvieran por delante para ver por qué no avanzaba más rápido la cola y terminar de adentrarse en las entrañas del Carmen Ernestina.
Después de una hora de travesía y embelezado por mi casi primer encuentro con el mar –digo casi porque el verdadero momento sería cuando lo tuviera ahí, a dos pasos para bañar mis pies en él- empecé a sentirme mareado y tuve que despegar la frente de la ventana de plástico que hacía borrosa la visibilidad. Si me hubiera levantado estoy seguro que hubiera parecido un borracho, así como cuando en los mejores momentos de la hacienda nos caíamos a palos hasta el amanecer, tomando aguardiente y contrapunteando con arpa, cuatro y maracas. Eso de tomar güisqui con agua e coco se lo dejábamos al patrón y a sus invitados, él insistía en que probáramos algo bueno de verdad, a lo que le respondíamos en broma: «Esa vaina es pa’ carajitas». Recuerdo que llegaba de vacaciones con cajas y cajas de güisqui. Decía que Margarita era un paraíso y que se conseguía baratísima la caña. Una vezlo vimos con una pea llorona y lo seguimos a escondidas hasta el estudio, andaba con Carlitos, su hijo. Tendríamos unos diez años más o menos. Estaba cantando una canción en inglés a la par que sonaba en el equipo de sonido, no entendía un carajo, pero la melodía me fascinaba. Carlitos me traducía lo que decía la canción y en ese descuido de ambos, nos atrapó su papá siempre juguetón: «ajá, carajitos, con que espiándome». Y empezó a torturarnos a punta de cosquillas: «Lindolfo, ¿sabes qué canción es esa?» Y le hizo señales a Carlitos para que cerrara la boca, mientras se enjugaba las lágrimas de sus ojos. Giré la cabeza en negación y en mi boca aún quedaban retazos de carcajadas: «Esa canción se llama Puente sobre aguas turbulentas, de Simon and Garfunkel. ¿Te gusta?». Acto seguido, movimiento de cabeza en positivo. Lo de “Saimon”, me pareció aceptable, pero ¿Garfunkel? Qué clase de nombre era ese –pensé en ese instante. Lo cierto es que esa melodía me recordaba al patrón, a su nobleza. Y como una especie de homenaje involuntario a él y a toda su familia, siempre que estaba triste o melancólico sonaba la melodía en mis entrañas, no sólo en la memoria, sentía que repiqueteaba cada nota en todo mi cuerpo.
(Así como ahora: el palo de agua continúa y el recuerdo de esa canción está en el ambiente, nome puedo zafar de ella. Me asomo a la ventana y la oscuridad es casi total, no hay servicio eléctrico, no veo casi nada, sólo oigo el correr del agua con furia. Siento vibrar el piso de bajo de mí. El velón me da lo justo y necesario para seguir en línea recta mis palabras. Quedo absorto en su fuego azulado y amarillento, y la esperma corre por él como si fueran lágrimas).
De aquella única llamada de Felicia fue que quedó una dirección, un lugar en el que soñaba llegar sin previo aviso para darle la sorpresa. Decirle que vencí el miedo y que a pesar de que cada quien ya había visto la inmensidad del mar, el sueño de verlo juntos aún estaba en pie y ahora sí presto para cumplirse. Recuerdos iban y venían cuando bajé del ferry. Niños y adultos se abalanzaban sobre uno para que le compráramos algo, cualquier cosa, pero algo. El esfuerzo de ventas era mayor sobre los que partían de Punta de Piedras que sobre los que llegaban. A parte de mi cara de forastero y de primerizo, la cual me delataba sin misericordia alguna ante los rapiñosos vendedores, parecía que hubiera llevado en la frente un letrero que decía “Quiero comprar”, porque me rodearon en fracciones de segundos. Todos tenían en la mano muchas cosas: chocolates, gorras, medias, franelitas de “Margarita, la perla del Caribe”, pero el lugar común en cada uno de ellos, eran esas bolas rojas que el patrón siempre nos traía de regalo, ese queso holandés que de niño me devoraba. Yo era el único que me lo comía. Severo –así se llamaba mi padre- decía que no entendía para qué el patrón trae ese queso si nosotros mismos hacíamos el mejor queso de toda la región, a lo que mi madre le respondía: «bueno, pa’ probá algo distinto». Si algo tenía el patrón es que nos trataba con respeto y siempre nos incorporaba a sus fiestas, así como él se incorporaba a las nuestras, con verdadera humildad pero sin dejar de evidenciar su nivel de vida, su inteligencia y su visión de mundo. Era capaz de integrarse de la manera más inadvertida posible con los campesinos, como de cerrar negocios en inglés por teléfono. En fin, el caso del queso es el mismo caso del güisqui y del aguardiente. Su intención siempre estuvo allí, acercarnos a sus gustos, pero «la reticencia llanera es difícil de vencer», decía el patrón.
Por fin llegué, calle Marcano, Porlamar. Toco a la puerta varias veces. Rectifico y corroboro que es la misma casa referida por Feli cuando nos hablamos por teléfono. Se oye un «¡Ya va!» a la distancia. Eran como las cuatro de la tarde y en vez de escuchar un galerón margariteño, lo que se oía en el fondo era un ballenato. No entendía el por qué de esa música, puesto que en todo el camino mientras buscaba la casa, en los locales comerciales –en su mayoría comandados por sirios, libaneses y árabes- eso era lo que sonaba, cumbia y ballenato. Después de la respectiva salutación y presentación, de las preguntas de rigor, de echar el cuento del por qué de mi presencia, de la travesía y un breve compilado de mi historia con Felicia, me dicen que se fue. A la puerta se habían agolpado un par de personas más, que sorprendidas por mi presencia y de lo casi inútil de mi viaje, me constataron que sí estuvo allí un tiempo y amablemente me invitaron a pasar para que me refrescara y tratara de disimular un poco el malestar echándoles mejor el cuento. Que ya la vería. Resultaron ser unos primos y primas lejanos, esos que llaman primos segundos y terceros. Felicia había decidido partir nuevamente al llano, iba en mi búsqueda, pero primero pasaría por Caracas y luego se quedaría unos días en La Guaira en casa de una vieja tía que siempre quiso conocerla. Me trataron maravillosamente, me hospedaron y hasta me sugirieron varios lugares que por obligación debía conocer, pasando por las playas de visita obligada, hasta las tiendas comerciales en donde vendían de todo. Y fue con unos perfectos extraños que llegué a conocer el mar en persona. Ya sabían que nunca lo habíamos visto y bañarnos en él mucho menos. Feli se había encargado de contarles. Con suma discreción me dejaron a solas en la orilla mientras sentía sus miradas ansiosas clavadas en la nuca, cuando paso a paso, casi en cámara lenta me acercaba a él, hasta que sentí una ráfaga, un oleaje de agua fría que me llegó casi hasta las rodillas. Estaba en shock y mi primera reacción fue comprobar su sabor. Verificar lo que Carlitos me decía: «Es salada». La tristeza se apareció de pronto porque ella no estaba conmigo. Miraba hacia los lados y veía cómo la gente se lanzaba en contra de las olas jugueteando. Playa el Agua, que según mis anfitriones, era una de las más populares en toda la isla. Acudieron a mi mente películas de piratas, historia de hambrientos y feroces tiburones, de la aguamala que una vez quemó al patrón en una pierna. Ya entrada la noche cenamos allí mismo. Un menú igual para todos y no menos suculento por ello: pescado frito, ensalada de aguacate y palmito, e internamente mi postre fue la desesperación, quizás el de ellos la lástima.
(Tenía que terminar de una vez con esto, ya el nivel del agua estaba llegando al segundo piso de la casa y debía salvar a su tía. Paré de escribir por un momento y fui a su cuarto, estaba tranquila, relajada, viendo hacia el techo. Después de insistirle un millón de veces, me dijo: «Ya estoy vieja y no tengo miedo. Sálvate tú y ve por Felicia»).
Ellos insistieron en que me quedara y tuve que ser casi descortés para que me dejaran ir. Habían pasado como tres días y partí hacia La Guaria, esta vez en avión. Otra nueva experiencia para mí pero que pasó como un hecho trivial y repetitivo en mi vida. El vuelo partió con unas cuantas horas de retrazo dado que el clima en Maiquetía no era nada favorable, de hecho, mi vuelo fue el último en llegar al aeropuerto Simón Bolívar, y todos los vuelos de salida habían sido suspendidos. Para remarcar lo inolvidable de mi primer viaje por los cielos, el avión se detuvo como a medio kilómetro del hangar, por lo que al final de la escalera estaba un autobús que nos llevaría al terminal. Las azafatas y hasta el capitán nos despedían con una sonrisa ligeramente fingida diciendo: «Hasta luego, gracias por volar con nosotros» y luego nos iban entregando a cada uno de los pasajeros unos paraguas negros que terminaron siendo inútiles dado que venteaba de lado y la lluvia nos mojaba impertinentemente las caras con sus ráfagas de tormenta.
Correa número 3, nada que funciona, nada que gira. Ya teníamos una hora esperando por las maletas. Comenzó el rugir de la gente que ya estaba como agua para chocolate. La impaciencia ya se justificaba dado el temor porque pasara una desgracia. No era un chubasco, una simple lloviznita o un matinal rocío lo que estaba por estallar. Era una de las peores desgracias que azotaría al país con su mirada puesta en el lugar de veraneo de los capitalinos. El patrón decía que los caraqueños no pelaban “un fin de semana para irse a la playa”, y que sumada a los güaireños, eso era “un mierdero de gente” todos los fines de semanas, en cualquier puente o en las vacaciones escolares.
Puerta eléctrica abriéndose con lentitud, a una velocidad opuesta al ritmo de mis pasos. Tuve que frenar para no tropezar con ella. La lluvia era intensa y el letrero que llevaba en la frente cuando llegué a Margarita, ese que decía “Quiero comprar”, supongo que apareció nuevamente en ella pero diciendo “necesito un taxi”, porque al mismo tiempo que el vaporón se aplastó en mi cara al salir del terminal, con semejante imprudencia se agolparon sobre mí cualquier cantidad de taxistas: «Pa’ Caracas mi pana?»; «taxi con musiquita y aire acondicionado…»; «taxi barato chamo, vente pa’ ca…». Después de las negociaciones sobre lo que me estaban cobrando para llevarme a Los Corales, de ir viendo a los lados a través de los vidrios empañados del taxi, de ver cómo el mar había desaparecido ante mis ojos gracias a una especie de bruma grisácea, camuflando el diluvio que al día siguiente arremetería con saña sobre todo lo que se atravesara en su camino, llegué a Agualinda, la casa de la tía de Feli. Sólo bastó atravesar la calle de escasos metros para llegar totalmente empapado al portón con toldito verde. Ya el río que bajaba por la calle alcanzaba la mitad de los cauchos de los vehículos que trataban de huir hacia algún lugar.
Así como una madre conoce a su hijo bajo cualquier circunstancia, de la misma manera me trató la señora Celia. No hizo falta presentación alguna, salvo la de corroborar mi nombre: «Sí, ese es mi nombre» Ya estaba acostumbrado a eso, a llevar a cuestas la aventura ignominiosa de los padres a la hora de etiquetar a sus hijos con nombres de medianoche en estado de ebriedad. Aprovecharon que iba de paso por allí para enviarle algunas cositas. Por suerte todo estaba intacto. Cuando desempacó vi algunas ampolletas, Ibuprofeno, Novalcina, complementos vitamínicos gringos, y muchas medicinas más que no alcancé a leer. En los breves minutos que conversamos antes de que me ofreciera asilo temporal, no hubo la más mínima intención de su parte por hablarme de Felicia. Y antes de que me dijera: «Mijo, Felicia se fue hace dos días, iba por ti» ya lo había escuchado y leído premonitoriamente a través de sus ojos cubiertos por los pliegues de sus párpados, en su verde aceitunado que irradiaba un pasado repleto de amores, de historias inconclusas buscando oídos aunque sean anónimos para ser contados, relatos que esa misma noche bajo la inclemencia del tiempo, a pesar de los truenos y relámpagos, terminaron por vencerme llevándome a un sueño profundo.
Al día siguiente reverberaban las palabras del patrón en mi memoria, sobre todo su “prueben”, su insistencia por acercarnos a otro mundo de sabores, de modernidad y tecnología, al cual siempre mi padre renegó y que por relevo, todos los demás apegados a un absurdo orgullo llanero, seguimos en la misma onda. Recuerdo la nevera que nos regaló un diciembre, con dispensador externo y todo, tanto de hielo como de agua, una maravilla fabricada seguramente en China, la cual utilizamos pero que jamás pudo vencer al tinajero que nos surtió de agua fresca, no sólo a nosotros, sino a los abuelos de mis abuelos. Era pintoresca la imagen de la nevera con sus dos puertas blanquecinas y el tinajero al lado, como retando el pasar de los tiempos. Pero en esos días en particular estaba arrepentido de andar con ese orgullo estúpido de no comprar cosas que ya eran de primera necesidad para la época. «Coño, ya está finalizando el siglo XX y Felicia y yo somos los únicos pendejos que no tenemos un celular». Claro, cómo no pensar en eso si cuando fui a llamar por teléfono la línea estaba muerta. A la hora siguiente ya no había luz, de ninguna de las dos tipos: ni la del servicio eléctrico, ni la natural. Eran las seis de la tarde pero parecían las ocho.
Dejé de escribir durante un par de horas, pero retomé el bolígrafo que me obsequiaron unos vendedores de resorts en plena 4 de Mayo, el cual tenía impreso el nombre Howard Johnson. Ya el miedo está aquí conmigo, me respira de cerca, como si estuviera fumando y burlonamente exhalara su humareda en mi cara. Durante mi ausencia de escritor improvisado -en la pausa que me tomé en esto que ya estaba tomando tintes autobiográficos, aunque sea para dejar constancia de mi presencia en Agualinda, muy cerca de Felicia, con su tía, con ganas de cumplir un sueño- estuve asomado a la ventana, y vi cómo las casas eran devastadas por la vaguada, arrolladas como si fueran casitas de mentira, como de maqueta; cómo las personas en su gesticulación de pánico sobre los techos, gritaban inútilmente como si sus voces en algún momento pudieran apagar el estruendo que bajaba por la montaña. Ahora sí me siento, literal y simbólicamente, con el agua hasta el cuello. Haré caso omiso al «…sálvate tú» e iré por ella. Las paredes comienzan a hablar en su idioma, es el crujir de los ladrillos que se parten en dos. Escucho voces que están muy cerca y veo gente sobre un muro vencido pero aún no cubierto por la voracidad del agua marroncina: rescatistas ofreciéndonos la última oportunidad de nuestras vidas. Feli, sé que yo mismo te leeré todo esto, envuelvo todo en plástico y voy por tu tía. Te amo.
Jamás tuve un nudo en la garganta que apretara más que este. Por andar leyendo cosas queno debía me até a un compromiso mayor que el de salvar vidas. Vidas que de hecho salvé. Tenía entre mis manos las últimas palabras de un hombre vencido por la fuerza inexorable de la naturaleza, pero cuyo espíritu no se dio por vencido en busca de ese sueño y de ese amor eterno, nacido en un llano venezolano, con aroma a mastranto, a ganado, a café recién colao. Fui yo quien lo vio marcharse mientras se apagaba ese «no» mortuorio que terminó uniéndose al mío. Me había auto asignado una tarea que jamás imaginé, ahora sería yo quien tendría que buscar a ese alguien que ya tenía nombre, Felicia, para entregar en sus manos un recuerdo que me era ajeno. No pude evitar andar el resto del día con la melodía de Puente sobre aguas turbulentas aguijoneándome el cerebro. A pesar del inmenso calor y de la sed que tenía, sentí una especie de repulsión al tomar agua, me pareció un acto de cinismo beber del vital líquido en ese momento. Esos simples doscientos cincuenta centímetros cúbicos de agua, multiplicados por millones de veces la semana pasada, acabaron con todo. En eso llegó un compañero y me dijo: «Chamo qué cagada, se murió la viejita de ojos verdes. Mira lo que tenía en la mano». Tomé el pequeño papel y era una foto tipo carnet con la imagen de una hermosa mujer, en la parte de atrás decía: “Para Lindolfo con amor”.