19 jun 2012

Caracas muerde


Así es la vida,
así, así de ilógica,
de irónica, de drástica.
Luis Enrique

Y no sólo muerde. También blasfema y escupe; engaña y aturde; y como si fuera poco, al mejor estilo venezolano y particularmente caraqueño, “menta la madre”. Así es Caracas, una ciudad que puede ser el escenario perfecto para cualquier película violenta, de esas en la que participan tipos duros como Chuck Norris, Steven Seagal o Jean-Claude Van Damme, pero con un reparto de actores que sin costo alguno para la producción, te hace el trabajo gratis en las calles.  Caracas muerde es un libro de crónicas o retratos citadinos que difícilmente funcione como estímulo turístico a cuanto foráneo quiera venir a la ciudad que vio nacer a Bolívar, pero que sin duda alguna, sí funciona como el espejo perfecto para ver lo que somos en la actualidad: un maremágnum de crudas situaciones, que por dantescas, a más de uno le puede resultar mera ficción, incluso para aquellos que aún viviendo aquí han pasado ilesos ante tanto atropello, tropelía y un sin fin de penurias que nos regala la capital. Que lo diga el cantante de salsa Luis Enrique que bajando las maletas del taxi frente al hotel Eurobuilding, lo asaltaron –a él y a su manager– un par de malandros en moto.

Héctor Torres nos cuenta, narra, está ahí, tal vez como testigo, narrador omnisciente o protagonista, pero esto es lo de menos, lo demás es saber y reconocer que todas y cada una de las treinta historias que trae libro, son factibles, reales y aplicables a más de un lector que de seguro se verá identificado en cualquiera de éstas. El autor, con pluma afilada, recrea entre vagones del Metro, en un colectivo destartalado o cruzando cualquier avenida, los cuentos que a diario son el pan nuestro de cada día. Yo soy uno de esos lectores –primera persona incluida– que halló un espejo perfecto en estas páginas, puesto que en Caracas si el hampa te besa el ombligo y quedas vivo, debes dar gracias a Dios y a todas las vírgenes juntas. Tal como dice el autor: “A Caracas no se la habita, se la padece”. (Para que vean que no les miento lean luego aquí http://palabrasyescombros.blogspot.com/2009/04/se-va-robar-mis-juguetes.html ).

Lo cierto es que Caracas muerde es un texto que usted puede abrir al azar para entregarse a la lectura desde cualquiera de sus páginas sin que esto afecte la coherencia total del mismo. La ciudad que nos relata el autor, si bien es cierto que resulta áspera y temeraria, llama sin duda a la reflexión de lo que somos y cómo somos. No hay intención alguna a través de lo narrado, hacer un canto panfletario de superación o autoayuda, no; hay un simple deseo de contar lo que está a la mano de quien narra, con un lenguaje preciso y en términos estéticos, depurado, característica que se destaca sobre todo si se está contando episodios que de gratos no tienen absolutamente nada, más en una ciudad en donde al parecer, sólo las guacamayas disfrutan de plena libertad cuando atraviesan Caracas sin miedo alguno y cuyo escándalo, se transforma en una suerte de burla para quienes las vemos pasar en colorido y franco vuelo. El clásico cliché de “cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, aplica a la perfección en Caracas muerde, y con Serrat de fondo mientras escribo estas breves palabras, me doy cuenta que entre el catalán y Torres hay sólo una vocal de diferencia: Serrot. Anagrama aparte, lo invito a la lectura, eso sí, póngase algunos dedales para que le duela menos la mordida.
PD. Así es la vida Luis Enrique.

6 jun 2012

Desde Perucho Infante hasta Pedro Contreras


Toda historia tiene un comienzo, algo que da pie al desencadenamiento de las acciones. Por trivial que parezca, hay hechos que por simples resultan ser el detonante de una historia. En Si yo fuera Pedro Infante, ese elemento es un ruido molesto, una alarma de un vehículo que no para de sonar. Así comienza esta obra en donde Eduardo Liendo, coloca como protagonista a un personaje que por simple, termina transformándose en uno de los ídolos musicales más trascendentes de todos los tiempos: Pedro Infante.
 
Perucho Contreras es ese hombre que más allá del brazo roto producto de alguna desventura desconocida, se siente y se piensa como “el ser más desamparado del planeta”  y lo único que se le ocurrió para consolar sus miserias, fue imaginarse como ese ícono de la música ranchera y posteriormente latinoamericana: “Dios mío, si yo fuera Pedro Infante”. Entonces salta la pregunta obligada: y si lograra serlo, ¿pararía el estruendoso sonido de la aguda alarma del automóvil? No, obviamente que no.

La imaginación de Perucho Contreras comienza así a explorar la infinita cantidad de posibilidades que es estar en los pantalones de un ídolo que se mantiene en el tiempo. En este sentido, todo le resultaba fácil, pues con guitarra, alguna botella de alcohol y una noche despejada y repleta de estrellas, le sería suficiente para emprender ese largo camino ocurrente e imaginario.

Liendo drena de una manera magistral la voz de Perucho con una sutileza tal, que de ser ese Contreras anónimo (como lo sería cualquier Pérez o Rodríguez), pasa a ser Pedro Infante y ni cuenta nos damos.  Revive sus inicios musicales cuando su nombre no decía nada en la conciencia del colectivo y cuando afirmaba que “el silencio es la mayor humillación para el artista”. Liendo pone a soñar a Perucho, pero éste a la vez sueña lo que Pedro Infante anhelaba ser antes de consolidarse como artista popular destacado en México y más allá de sus fronteras.  No obstante, vivir esta fantasía no le impide recordar cada cierto tiempo quién es en realidad: “Porque esta maldita corneta nunca va a parar y ni siquiera puedo entretejer ociosamente una historia de insomnio”. Y se da esa simbiosis Contreras-Infante con claro pero agradable desparpajo: “Todavía ahora, apartando el ruido, puedo ver sus piernas fulminantes”, dice Infante, mientras recuerda a la muchacha más bonita del barrio. Así que dentro del texto, ambos personajes se fusionan y llegan a ser uno solo.

Si yo fuera Pedro Infante, es un texto que está lleno de musicalidad. Las rancheras que en los tiempos de gloria entonó el recordado cantante, se pasean por la obra en un claro acto evocativo que trasciende las fantasías de Perucho para convertirse en un homenaje a una época y evidentemente a la imagen de Infante, a pesar que en determinado momento de la novela y casi en un tono peyorativo, éste dice: “Mi repertorio era el de un romántico trasnochado, cantaba valses y boleros dulzones que los turistas bailaban a medio dormir  entre el piso y la cama”. Pero más allá de esto, las dos voces que Liendo transforma en una, siempre hallan el momento para recordar el tiempo real de la ficción en que se está relatando: “...esta infame corneta no puede impedir que esta noche me transmute en el mito de Pedro Infante (mi opuesto), mediante una alquimia de los sentimientos, e inventar una existencia que, por momentos, parece la suya pero que me pertenece cabalmente, puesto que soy yo quien la sueña, yo quien la nombra”.

Es importante destacar que la historia revela una idolatría que trasciende lo individual. Perucho Contreras es el conductor de un sentimiento que se transforma colectivo; se torna en la voz que se multiplica a través de la gente común y silvestre, la misma que madruga día tras día para ir a cumplir con sus oficios o empleos. Recordemos que el mismo Perucho es una suerte de empleado público que cataliza sus pesares a través de la noche, la misma noche de su insomnio repercutiendo en la nocturnidad de Pedro Infante, esa en donde la mayoría de los cantantes construyeron su imaginario de ídolos, unos rotundamente exitosos y otros sin pena ni gloria.


El cine tiene también su cuota de valor dentro de la estructura ficcional de la novela. “Escuela de vagabundos”, “El inocente”, “Tizoc”, entre otros clásicos del cine mexicano, también están allí presentes como un elemento aspiracional más dentro del imaginario de Perucho que ya es colectivo. Como bien dice Pedro Infante: “Los otros, aunque nos quieran, siempre nos miden por sus aspiraciones, y a casi nadie le gusta marchar cuesta arriba”. Luego más adelante dice: “...cuando luego han dicho que mis películas son fantasía, pienso que la mayor fantasía fue mi propia vida”, y es la que Perucho Contreras toma prestada para soñar e imaginarse otro, desdoblarse  a través de una historia que considera exitosa, para paliar la ingente cantidad de fracasos que cualquier humano pueda tener en su historia de vida, desde el fracaso amoroso hasta el profesional. Tal como lo dice textualmente Perucho: “Sustituir al héroe en una noche de insomnio, mientras una corneta real nos devora la cordura”, para luego complementar tajantemente: “Inventar nuestra propia ficción”.

Perucho Contreras se transforma en un ídolo; un personaje que desde el más crudo pragmatismo nadie conocerá con las dotes de un cantante famoso como lo fue Pedro Infante, pero que en su fantasía cobra una voz distinta y se desdobla, llegando a unir su factible penuria económica con la de Infante: “Uno quiere torcerle el cuello a la miseria para no ser esclavo de los cien pesos de alquiler de un cuarto”. Pero el texto va más allá de los símiles que a la vista saltan con evidencia. También hay un melodrama intrínseco a la vida de la gente más humilde; la misma que día a día vive con la esperanza de un mejor mañana, esa que representa Perucho con su fantasía nocturna de charro famoso, donde “ese desdoblarse en la vida de su ídolo, convierte a la noche y al hastío, en la saudade de una alteridad que prolifera en la medida en que ella sirve para afrontar la suerte de la verdadera realidad”[1].

Sorprende que un texto como Si yo fuera Pedro Infante, fuera escrito por un autor venezolano, más aún en un país como México en donde sobran plumas de alto calibre literario y cultural. Ahí la grandeza del escritor, en este caso, del maestro Eduardo Liendo, que seguramente transfirió su pasión por la música ranchera, y particularmente por la de Pedro Infante, a un Perucho Contreras que como se dijo al principio, pudiera ser cualquiera. Es así como lo popular, y en este caso la música popular, trasciende esa barrera imaginaria que limita con lo académico y la música culta; barreras que siempre estarán supeditadas a los gustos particulares de quienes tienen el poder de catalogar dentro de un canon cultural, bien por el poder que les da un estatus social o un estatus económico. Empero, dichas barreras poco a poco se han ido limando con el tiempo, aunque siempre dejando un remanente que raya más con la necedad de quienes ostentan el poder dentro del mundo “cultural”, que con argumentos contundentes para no hallar elementos educativos y culturales en lo popular: “No se trata de una incorporación de lo popular en la llamada música culta, sino también de unas elaboraciones desde lo popular que posibilitaron el desdibujo de las fronteras... El surgimiento de las categorías “culto” y “popular”, y su compleja interrelación, constituyen objetos centrales del análisis cultural de la relación entre música y sociedad en la modernidad”[2].

Dentro del imaginario del texto, también se da el espacio pertinente para que Perucho Contreras (más cercano aquí a la voz de Liendo que a la de Infante), recorra lugares que años atrás eran de su habitual visita. Así aparece el  cine Royal, el cine Jardines, la Plaza Miranda, el Coney Island o la sempiterna Iglesia Santa Teresa en pleno centro de Caracas; o recuerde nombres como los de Alfredo Sadel, Susana Duijm o Chelique Sarabia. Si yo fuera Pedro Infante es una novela que a pesar de su brevedad, presenta de principio a fin un personaje que se camufla, que se esconde imaginariamente en medio de una noche ruidosa y cuyo postura camaleónica, nos lleva de paseo hacia el pasado para descubrir en la ficción, la vida de un ídolo que no podía morir de otra manera: trágicamente.

El intercambio de apellidos que intitula estas breves palabras, no es más que el juego propio que se da a lo largo del texto, “porque Perucho Contreras es el gran artífice de los mimetismos, de las imposturas, de la invisibilidad”, se dice a sí mismo en pleno soliloquio mientras la interminable madrugada extiende sus horas; Perucho disfruta de su “insatisfecha mitomanía”, porque además, “...el verdadero ídolo de Perucho Contreras, no es otro que Perucho Contreras. Todo lo demás, no es más que un pretexto para pensarse a sí mismo”. La construcción de la ficción va desde ese yo interno del personaje hasta el viaje virtual de una vida llena de música, cine, y que va construyendo el mito que hoy día conocemos como Pedro Infante. No obstante, hacia el final de la obra, el anónimo personaje salva su honor cuando tajante sentencia: “Después de todo, tampoco está mal ser Perucho Contreras”, alguien que puede llegar a ser en tan solo una noche, un ídolo, un cantante famoso o sencillamente, Pedro Infante.


[1] González Silva, Pausides: La música popular del Caribe hispano en su literatura. XI Edición Premio Fernando Paz Castillo, Fundación CELARG, 1996. Página 25
[2] Quintero Rivera, Ángel: Salsa, sabor y control. Siglo XXI Editores. 1998. Página 350

1 jun 2012

Que de ti quede el verbo preñado



Que de ti quede el verbo preñado
Mustiamente entre sus vocales azules
irán naciendo palabras de acero
las mismas que ríen
las mismas que lloran
No serás más que un amasijo de implacables segundos
¡Oh, Cannabis Sativa, a dónde le has llevado!

Descepa de su paladar cualquier rastro divino

Descorcha las estrellas y sírvele sus luces
para que iluminen su vientre

No sois más que humo raído
Lagrimeas
Gimes
Pero sigo aquí
palpando su rostro olvidado
su ficción
su estela nublada de labios
su risa endeble colgada de andamios
Esperándole
taciturno
casi fingido
con dos muros disfrazados de párpados
con dos serpientes transformadas en piernas
y un pecho cosido con arena de mar
Que de ti quede el verbo preñado

24 may 2012

Coincidencias literarias


Iba en el metro cuando terminé de leer Confesiones de una máscara de Yukio Mishima. Una joya literaria que les recomiendo. El vagón iba atestado de gente, lo cual resulta innecesario decirlo, pues ya es una condición sine qua non de ese medio de transporte en la ciudad. A mi lado iba un chino (así les decimos a todos los que tienen rasgos asiáticos, sin importar si es japonés, chino, coreano o tailandés). Olía mal; no, muy mal. Una hediondez exacerbada entre sudor y alcohol. Vagón de los nuevos, de los que aún tiene aire acondicionado, iluminación y buen sonido; de esos que las agarraderas no te agarran, de las que se desplazan a lo largo del tubo cromado horizontal cada vez que frena o arranca. El chino perdió el equilibrio y con generosidad, vació su contenido estomacal sobre los que iban sentados…

Esperaba a que me atendiera el médico. Segunda sesión de fisioterapia. Mi kindle tiene tanto lomito literario que no sé por dónde empezar a echarle diente. Días previos había comenzado a leer Aura de Carlos Fuentes. Tenía meses queriendo leer algo de este prolijo autor, pero entre una lectura y otra, lo fui relegando. Fuentes murió en días recientes. Vamos, ya es hora que lo leas –me dije. Así lo hice. Mientras terminaba de leer la última página con una degustación absoluta –vaya que me encantó este texto–, los gritos de una madre desesperada colmaron el ambiente del consultorio. –Coño Aura, quédate quieta carajo. Aura, que tendría entre ocho y diez años, siguió brincando. Se me acercó y me preguntó: –Señor, ¿qué está leyendo?

El banco parecía la estación Plaza Venezuela a las seis de la tarde (bueno, a cualquier hora a decir verdad). A pesar de los avances tecnológicos y transacciones digitales, hay cosas que deben hacerse directamente en las instituciones financieras. Va otro adverbio: lamentablemente. Estaba de pie en la cola leyendo Suite francesa de Irène Némirovsky, autora que no corrió con la misma suerte que Imre Kertész, quien sí se salvo de los campos de concentración nazi. No quería que la cola avanzara rápido porque ya estaba en la recta final del libro. A dos cuerpos de la taquilla, terminé de leer esta obra monumental que relata parte de lo que fue la invasión alemana a Francia. En la taquilla de al lado, la destinada a la tercera edad, se prendió la trifulca entre dos carajitos: uno de ochenta años aproximadamente y otro de sesenta y dele. El primero le reclamó que era un tipo joven, que hiciera su cola normal. El segundo le respondió: –Viejo abusador, te coleaste, por eso es que estamos jodidos. Cuando Irene mandaba en este municipio, estas vainas no sucedían.

Fin de las coincidencias (por ahora).

PD.
Por cierto, terminé de leer Portugal y Venezuela: 20 testimonios de Yoyiana Ahumada, en una panadería cercana a mi domicilio, tomandito café. Y como mandado hacer, el ambiente musical soltó “Balada boa” de Gusttavo Lima, esa que dice en el coro Tchê tcherere tchê tchê, y que yo humildemente rebauticé como Chi chi ri vi che – chi chi ri vi che – che che en honor a esas fantásticas playas de Venezuela. En fin, coincidencias…

11 may 2012

Ganadores y finalistas de SACVEN

Todo un éxito el evento de anoche organizado por SACVEN. Un placer compartir con tantos amigos afines a la literatura. Aquí mis breves palabras.

Llevarle el pulso a la literatura en nuestros días, no es tarea fácil. Más allá del ámbito mundial, de la cantidad ingente de libros que se publican y de la tecnología tomando cada vez más terreno, en nuestro país ese proceso se ha incrementado, bien por las nacientes editoriales que se han arriesgado lanzándose al mercado o por los sellos reconocidos que apuestan al talento local. Es innegable que el ambiente de lectura se huele, se siente, se palpa, cada vez que hay un festival del libro o un encuentro en donde se presenta o se bautiza un nuevo trabajo.

En este sentido, SACVEN convocó a sus concursos literarios cuyo centro de interés son dos categorías fundamentales dentro de las letras venezolanas, la poesía (II Concurso Nacional de Poesía Tradicional) y el cuento (VIII Concurso Nacional de Cuentos), en donde quedó demostrado el quehacer, el talento y la rebosante vida que tienen dichos géneros en nuestra cultura.

A través de las palabras, del oficio de la escritura poética y narrativa, el resultado que conllevó a un veredicto final, logró juntar voces que se diferencian por sus estilos particulares y que se distancian significativamente en edades puesto que son de generaciones distintas. Así tenemos a los poetas que habrán visto correr más de un río, y a los cuentistas, que en su mayoría, llegaron al mundo en los años ochenta. Este encuentro propiciado por las letras, deja en claro que nuestra herencia literaria siempre conseguirá nuevas y valiosas voces.

En el orden estricto de mi lectura, primero llegó a mí la poesía de Camilo Balza Donatti, que en uno de sus hermosos sonetos con embriagadora nostalgia dice:  La sombra de mi voz es como un traje/ de mar en la distancia que se apaga; Ángel Segundo Castillo hace fiesta con parte de la historia del país y canta despreocupado: En el corazón del cielo/ se formó la sampablera/ porque ahora está el Gordo Páez/ con su par Alí Primera; César Enrique Acosta hace de las décimas  un deleite para los oídos y la lectura:

La décima y el soneto
se fueron a platicar
a un remoto lugar
del grandioso pensamiento
y en ese razonamiento
literato e iracundo
al no entender por qué el mundo
los ve como pacotilla
delante de la cuartilla
con su léxico profundo.

y Yorman de Jesús Tovar con sus coplas y “Soleadas soledades”, nos recuerda la ineludible presencia del llano en nuestro país, cuando dice: Y como nadie se pierde/ tras la huella del baquiano/ el baquiano es el joropo/ himno nuestro...soberano.

No quiero dejar de mencionar mi sorpresa cuando vi el perfil y la trayectoria literaria de estos poetas, una suerte de guerreros que se dieron a la tarea de rescatar la poesía tradicional, esa que para algunos es fácil de lograr y a quienes les respondería que no es nada sencillo, puesto que más allá de la sonoridad, del ritmo y la cadencia, la imagen lograda debe acompasarse con lo formal de la estructura. En este libro se conseguirán con fantásticas coplas con olor mastranto; con décimas que enaltecen el llano y nuestra historia, y también con la semblanza de una poesía que es música y raíz de la palabra poética.

Octavio Paz dijo: “El poeta no es un hombre rico en palabras muertas, sino en voces vivas”. Y este libro, Juegos Florales de la Poesía Tradicional da fe de ello, como un canto que retumba con voces de antaño que siempre vuelven.

De la poesía paso a los cuentos, a estos narradores herederos de los Garmendia, de Meneses, de Masianni y de tantos otros que harían inagotable esta lista. Si la poesía tradicional tiene que vérselas frente a frente con los versos, la métrica y los sonidos para lograr cautivar al lector, el narrador de cuentos debe hacerlo con esa extraña entelequia que es el tiempo, y mientras menos requiera de él para cautivar al lector, más difícil será su trabajo. Por ello mismo manifiesto mi admiración por aquellos escritores que en pocas páginas nos atrapa con una historia, nos toma por el cuello y no nos suelta, dejándonos simbólicamente sin aire hasta el desenlace final.

De los diez narradores ganadores y finalistas del VIII Concurso Nacional de Cuentos, he tenido la suerte de conocer a algunos de ellos y a otros al menos por referencia literaria. El punto exacto al que me quiero referir, es que todos coinciden en un lugar en donde la palabra se transforma en calle, en día a día, en eso que le puede suceder a cualquiera. La capacidad del narrador de cuentos es sacarle el mayor provecho posible a la cotidianidad, que por repetitiva, no vemos que en nuestras propias narices nos está hablando, es decir, nos está echando un cuento.

Eloi Yagüe Jarque nos regala una “Crisálida”, en donde se da la típica conversación entre hermanos cuando uno de los padres está hospitalizado. Aquí, y citando al autor, “no pensar es lo más importante”; Mario Morenza nos cuenta “La verdad de las gacelas”, que si bien es cierto no caben en un ascensor, es aquí donde comienza la historia de Sandiego, una suerte de súper investigador; Miguel Hidalgo Prince se va con “Mi padre el veterano”, en donde una relación tormentosa padre-hijo se pone los guantes de boxeo; Martha Durán nos cuenta los efectos primarios y secundarios cuando un pintor es asmático en “Un nombre para mi salud”; John Manuel Silva salta al futuro y  monta su propio negocio con “Afrodita, C.A.” un avanzado lupanar a domicilio que ofrece androides sexuales; Eduardo Febres demuestra en “Final del play”, que los juegos de video pueden resultar peligrosos sobre todo si sales de casa y si te vuelves un experto con el joystick... Y así sucesivamente transitamos por los textos de Giussepe Pastrán, Raymond Nedeljkovic, Carmen Luisa Ugueto y Carlos Colmenares Gil a quienes también recomiendo leer en esta estupenda selección de cuentos ganadores.

Haciendo honor a la brevedad posible, sobre todo cuando no es uno, sino catorce escritores entre poetas y cuentistas a quienes rendimos este humilde pero merecido agasajo, no me queda más que invitarlos a entregarse a la lectura, al placer que nos produce el acercarnos a la literatura, sin mayores pretensiones que disfrutarla, degustarla, bien sea a través de un verso tallado casi en música o de una historia que trasciende el pequeño espacio de un cuento. Tal como dice María Fernanda Palacios en ese libro casi culinario de la palabra “Sabor y saber de la lengua”, “se necesita algo más para saber emplear el lenguaje... Para recuperar el cuerpo de la lengua hay que irse a esos suburbios del decir, irse a la frontera de lo verbal, donde la costumbre no ha logrado instalarse”.

9 may 2012

Psicosis post de sembrina

(Este texto fue publicado originalmente en www.lacasaazulada.com )

No cuándo saldrá publicado esto, pero supongo que será mucho después de las fiestasde sembrinas. Y vaya sorpresa, hasta que conseguí la ocasión para rememorar esta garrafal metida de pata, muy similar a la de una mujer del ámbito social, y ahora político, que habló de la importancia de tomarHache Veinte, sí, H2O, y de las bellezas de los médanos en el estado Coro... Cristo redentor.

Voy en orden. La palabra psicosis según vi en whiskeypedia (Laureano Márquez dixit), es un estado mental descrito como una pérdida de contacto con la realidad. Esta brevísima acepción me lleva irremediablemente a pensar en los políticos de nuestro país. Vuelvo a citar y sea usted quien compare y haga la analogía con respecto a uno de los síntomas de la psicosis: Hablar a solas (soliloquio) creyendo tener un interlocutor.  Pero no ahondaré en detalles, porque ustedes, amables lectores, de seguro saben a quién me refiero.

En términos de la psicología, aquí hay delirio, desenfreno y pérdida de las perspectivas reales. Algo similar a esto se puede notar en la mayoría de las personas en el mes de diciembre, y a medida que se acercan las fechas cumbres, navidad y fin de año, esto se agudiza.  Es como si se acabara el mundo y necesariamente hay que comprar, comprar y comprar, lo que para muchos ya con efectos de antonomasia, es felicidad. Ni hablar de las cadenitas vía celular (por sms o pin), que si bien es cierto llevan muy poco de psicosis, tienen mucho de posesión espiritual: ama a tu prójimo....Buuhhh, pero después de la navidad, jode al que puedas, Buuhhh!

Mientras esto sucede y los celulares revientan con mensajes en cadenas al mejor estilo del Voldemort venezolano, cual psicóticos muchas familias se entregan a la tradición de las doce uvas, las cuales hay que engullir a la par de las doce campanadas de la catedral de Caracas, con semillas y todo. Por razones inexplicables, son las uvas más grandes y con más semillas de la reciente vendimia, y las campanadas van más rápido de lo normal. Cual malabaristas tragan, alzan las copas y evitan que los carajitos hagan algún desastre con los fuegos artificiales. En fin, qué felicidad.

Quedaron atrás aquellos 31 de diciembre que recibí en el Pico Naiguatá un par de veces. Ahora es casita y el confort junto a la familia, y cuando hay  niños, la magia brota por doquier, pues la navidad es de ellos y para ellos.  Ahora me enfrento en las calles a los impertinentes comerciantes que te restriegan en la cara los cochinitos (alcancías) para que les des suaguinaldo. Más de uno se ha arrechado ante mi negativa, pero es que uno se lo da a quien se lo gana, a esos que se esmeran por atenderte bien y no a aquellos, que sin ton ni son, representan la clásica escena de la película Psicosis, cerdito en mano y música de Bernard Herrmann, para que les gratifiques su mala praxis comercial.

Pero vuelvo al punto de interés en términos azulados. El lenguaje en ocasiones lleva mucho de psicosis, o para ser más específico, la disfunción no está en éste per se, sino en quien lo usa. Aquí me incluyo, pues no hay nada más duro que intentar defender la lengua. Deja su satisfacción cuando al menos una de cada diez personas, te agradece o reconoce que es importante darle buen uso. Y no hablo de los fancywords comoaperturarorecepcionarque muchos usan con vacua elegancia, sino a escribir o hablar lo mejor posible. En varias ocasiones he comentado vía twitter que chatear con alguien con errores ortográficos, es como hablar con alguien que tiene mal aliento. Y esto es cierto, pues tanto en los chats como en twitter, la halitosis es muy frecuente.

La ciencia y la tecnología del futuro harán su mejor esfuerzo y crearán un dentífrico para combatir esto. La psicosis es prima de la locura y media hermana de la estulticia. Erasmo de Rotterdam, creador de esa joya de la literatura universal que les recomiendo, Elogio de la locura, dice:Yo (la estulticia), en cambio, devuelvo a los hombres lo mejor y más feliz de su existencia misma, y si se abstuvieran absolutamente del trato con la sabiduría, y en todas las edades se guiaran por mis máximas, no se harían viejos y gozarían dichosos de una juventud perpetua. Emparentadas pues estas tres señoras, la psicosis pareciera algo temporalmente necesario para vivir, sobrevivir o subsistir. Luego, habría que lanzarse un cable a tierra al mejor estilo de Charly García después de la gozadera, para volver paradójicamente al caos de la verdad. No estoy ordenando a que se vuelvan locos ya que no hace falta, porque aplicando la del refrán, de poetas y psicóticos todos tenemos un poco.