17 jul 2015

La fugitiva

Sufría de un amor que ya no existía, como a los amputados, en ciertos cambios de tiempo, les duele la pierna que han perdido.
Marcel Proust.


«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Que lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma… Así abre el sexto tomo de En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust. Cómo no comenzar con esta cita si precisamente el ¿dolor? por su partida es evidente, latente, aunque te hace dudar sobre su tristeza cuando se entera de su fuga. Se expande como de costumbre con sus ideas y más adelante te hace ver que no le importa que se haya largado, pero luego reflexiona con su potente narrativa dejando en evidencia que sí, que la extraña y le duele: “La verdad es que yo ya no tenía más valor para renunciar a ella como lo tuve con Gilberta… Quería que volviera sin demostrar yo que me interesara que volviera”. Es entonces el orgullo de ¿Proust? —o del protagonista— un sentimiento presente a lo largo de esta obra, manejado con destreza para no quedar como un patán por sus comentarios, tal vez producto de sus “innumerables y humildes yos de los que estamos hechos”, según señala, de los cuales él precisamente deslumbra por su variopinta cantidad: el protagonista orgulloso, enamorado y entregado, celoso en ocasiones e indiferente otras tantas:

Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército completo, en el que había apasionados, indiferentes, celosos —ninguno de los cuales estaba enamorado de la misma mujer—.

Empero, ese orgullo se va al traste cuando en medio de su desesperación le envía un telegrama a Albertina suplicándole que vuelva,  bajo las condiciones que sea, “que sólo pediría besarla un minuto tres veces por semana antes de acostarse”. La obsesión por ella va creciendo página a página y la distancia ignota, ese lugar desconocido al que partió, lo desespera y enloquece. Pero es capaz de cavilar sobre su desenfreno y termina por reconocer que “sea por las condiciones sociales o por las previsiones de la prudencia, no tenemos ningún poder sobre la vida de otra persona”.

Todo gira en torno a La fugitiva, es decir, Albertina, quien se las trae, pues hasta se presume de un affaire con una lavandera —entre otras—, y que tras la imaginación de Proust, aquella le respondía ante sus caricias “¡Qué gusto me das!”, pero descubrir si Albertina sigue viva o no, es la prioridad durante toda la historia más allá de sus apetencias carnales. Empero, y mientras se entrega a un constante devaneo en cuanto a sus emociones, constantemente busca en otras mujeres el reflejo de Albertina, viéndola en otros cuerpos tan disímiles como distintos.

Todo el drama posible está en La fugitiva circundando a cada personaje con sus frustraciones y penurias, pero también con lo que alegra el espíritu de cada uno de éstos a la manera de aquellos tiempos, en una época en donde la sociedad y pertenecer a esa pequeña élite acomodada era lo más importante para muchos. Por otra parte, el texto también deja claro lo significativo de mantener intacto el honor ante la vista de todos, conservarlo con dignidad y decoro como una manera de vida.

Hacia el final de La fugitiva, Proust reflexiona —entre otras cosas— sobre la mentira, en lo que ha sido para la humanidad este proceder o manera de reaccionar ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La mentira para salvarse el pellejo; la que utilizan los amantes entre sí; la mentira inmersa en la sociedad, bien para subir peldaños o para evitar una estrepitosa caída. Todo esto circundando a la desaparecida Albertina y su tendencia lésbica, sin dejar de lado, la homosexualidad de su amigo Saint-Loup quien decidió salir del closet; sobre matrimonios por conveniencia entre pares sociales para mantener el statu quo; sobre un clasismo prepotente e irritante de los aristócratas de la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial y otras tantas cosas que Marcel Proust describe a la perfección.
Aquí les dejo una muy pequeña muestra de algunas frases memorables mientras tomo aire para entregarme al séptimo y último tomo de En busca del tiempo perdido: El tiempo recobrado.

Se desea más a la persona que va a entregarse; la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

A veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que la que está frente a nosotros, palabras que nos aturden como un vértigo.

El infinito amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos  y de nuestros temores.

La fuerza que en un segundo da más vueltas en torno a la tierra no es la electricidad, es el dolor.

Desgraciadamente los reflejos morales no siempre son idénticos a lo que el buen juicio imagina.

Los elogios dedicados a lo que no amamos no encadenan el corazón.

Cuando nos vemos al borde del abismo y nos parece que Dios nos ha abandonado, no vacilamos ya en esperar  de Él un milagro.

Cada día antiguo queda depositado en nosotros como una inmensa biblioteca donde hay, entre los libros más viejos, un ejemplar que seguramente nadie pedirá.

Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de reputación.

El plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

Pues muchas veces, para que descubramos que estamos enamorados, quizá incluso para estarlo, es preciso que llegue el día de la separación.

Nuestros hábitos nos siguen incluso allí, donde no nos sirven para nada.

El dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el goce.

El futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento.

No hay idea que no lleve en sí misma su posible refutación; no hay palabra que lleve en sí la palabra contraria.

Toda mujer siente que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único medio de marcharse es huir. Fugitiva por reina, así es.


27 abr 2015

El clan perverso

"El clan perverso", reseña de Jesús Santana D Tomado de su bloghttp://bitacoradelscriptorium.blogspot.com/




Siempre es un placer y un riesgo leer a un escritor por primera vez, ya que de eso dependerá que uno quede con ganas de buscar sus libros anteriores —si los tuviese—  o de leer lo próximo que escriba. Como todo es cuestión de gustos siempre es difícil recomendar un libro para todos, que posea la variedad de temas y personajes o que se convierta en un libro para un público específico, por eso creo que a veces puede resultar complicado hablar de un libro y de un autor al que uno va a un primer encuentro.

El venezolano Numa Frías Mileo ya tiene con la novela de la que hablaré en esta oportunidad tres editadas anteriormente El ojo del vientre -Editorial Biblioteca Nueva- (2003), Baruca -Editorial FB Libros- (2010) y su más reciente trabajo El clan perverso -Editorial Lector Cómplice- (2014), la cual me ha dejado buen sabor de boca, tenía tiempo que no me acercaba a un autor relativamente nuevo, venezolano, que me ofreciera una novela con un tema actual y que me enganchara al leerla para saber en qué terminará toda su historia. 

El clan perverso es una novela escrita en el presente. Es la Venezuela de hoy la que independientemente de la posición política que tenga cada ciudadano, todos vemos y padecemos lo que esta situación, en pocas palabras, nos lleva a sobrevivir. No muchos escritores venezolanos hablan directamente de la política de su país, algunos usan para sus novelas lo que sucede por culpa de, no de lo que puede ser en realidad la causa de los problemas. Numa Frías Mileo se atreve a escribir un thriller bastante interesante con giros y cambios de voces todas en primera persona con mucha velocidad, y en algunos momentos, se debe leer con cuidado para saber quién es el personaje que nos cuenta la historia, quién habla y quién es la víctima o los victimarios. El lugar en que se desarrolla la trama es Venezuela y su Revolución Bolivariana, los protagonistas: un secuestrado que pareciera hablar en realidad de un país hecho persona; un maestro con un conocimiento de temas en general que hará todo lo posible para que los jóvenes abran los ojos con respecto a lo que sucede a nuestro alrededor y como todo marcha camino hacia un desastre en nuestro futuro, unos malandros, policías corruptos, personas con poder dentro del gobierno y un posible rescate con una negociación digna de todo thriller o una buena novela negra. La violencia es de esperarse y Numa Frías no se para en censurarla, la usa si el momento dentro de la historia lo exige, lo que quizás pueda causar en algunos lectores sensibles cierta incomodidad.

Numa Frías hace un buen trabajo porque demuestra de manera inteligente armar un rompecabezas usando casi que como eslabones la historia, la política, la filosofía, la actualidad y la literatura para dar un orden a la trama y a sus personajes. Es así que la historia nos lleva por conversaciones imaginarias con Charles Darwin o una visión kantiana de las cosas, de la historia y de la humanidad, nos pasea por un análisis del pensamiento de Albert Camus y la siempre presente opción del suicidio para escapar. De una manera inteligente usa también la gran obra de Fiódor Dostoievski Los Demonios, como espejo referencial de lo que sucede en Venezuela y nos pasea en más de una oportunidad por el pensamiento de Karl Popper con su clásico La sociedad abierta y sus enemigos.

El clan perverso es un libro que tiene todo lo necesario para leerlo con ganas, una pesadilla política, un thriller, una novela negra venezolana y al mismo tiempo es un agradable viaje literario por las lecturas de este escritor venezolano que las sabe usar para desnudar de manera hábil e inteligente, el fracaso que ha significado el socialismo y el comunismo dentro de la historia universal, de cómo los regímenes que han tomado este camino sólo han significado hambre y miseria para sus pueblos. Mientras lo leía en algunos puntos me recordaba el trabajo de Ayn Rand, por la forma en que se construye la historia y algunos de sus personajes.

No es una novela fácil, los momentos de violencia y tortura pueden ahuyentar a algunos lectores, así como la velocidad en los cambios de voces dentro de cada capítulo hacen que uno frene un poco la lectura para no perderse. Pero esta novela vale la pena leerla por el riesgo que toma su autor en crear una historia utilizando hechos reales y cotidianos que se viven en Venezuela, jugando con la ficción de algunos personajes y la realidad del día a día venezolano.

El clan perverso es una buena muestra de que Numa Frías Mileo se encuentra abriéndose camino dentro de las letras venezolanas.

El clan perverso
Numa Frías Mileo
Editado por Lector Cómplice (2014)

220 páginas

18 dic 2014

Resumen de lecturas 2014

Leer para intentar comprendernos a nosotros mismos, escucharnos, sentirnos, reconocer cada palabra que como masa informe está en nuestro adentro; leer para cautivarnos, para dejarnos llevar por la historia de turno. Escribo esto y no deja de impresionarme la gente que no le gusta leer (conozco unos cuantos en este departamento), lo respeto mas no podré comprenderlo jamás. Hay quienes leen como sea, donde sea, en la posición que sea, rodeados de montones de libros alrededor como si éstos esperaran su turno para ser leídos; hay quienes lo hacen (leer) con música y sin ella; también están los que han migrado casi en su totalidad a la lectura digital y eventualmente van al papel, así como están los tradicionales que de vez en cuando van al encuentro digital. En fin, las oportunidades de lectura se dan donde sea pues es uno mismo quien las propicia: en medio del caos y el ruido de la calle, en el transporte público, en la oficina, en la comodidad de la casa y un largo etcétera.


En cuanto a mis lecturas, amén de los autores de otros países y mi acostumbrando desorden que me hace saltar de un libro a otro, considero que para el medio literario venezolano fue la poesía quien llevó la punta, no dejo de lado la narrativa, el ensayo, la crónica, etc., pero en cuanto a mis gustos, apetencias y lo que el propio mercado editorial local ofreció a los lectores a pesar de lo difícil que es publicar un libro en nuestro país, insisto, la poesía para mí tuvo un lugar privilegiado en mis afinidades como lector.
Dejé de reseñar mis lecturas no por falta de ganas sino de tiempo. Obligaciones académicas y profesionales han reclamado su debida atención, y esto, caros y poquísimos lectores, hay que respetarlo y atenderlo. Aquí les dejo mi acostumbrado resumen de lecturas del 2014, y como es lógico, no incluyo las lecturas aún en progreso. Por cierto, interesante número de libros leídos… “Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”.  Y ahora, a ordenar los libros en la oficina.


  1. La noche oscura del niño Avilés de Edgardo Rodríguez Juliá
  2. En sueño matarás de Fedosy Santaella
  3. El polvo de los muertos de Norberto José Olivar
  4. El último encuentro de Humberto Acosta
  5. Cómo editar un libro de Carmen Verde
  6. Fuera de tiesto de Armando Rojas Guardia
  7. Simone de Eduardo Lalo
  8. Días de bruma de Luis Alejandro Contreras
  9. La noche del oráculo de Paul Auster
  10. Los boys de Junot Díaz
  11. En busca del tiempo perdido: La prisionera de Marcel Proust
  12. En el bar la vida es más sabrosa de Luis Barrera Linares
  13. Beberes de un ciudadano de Luis Barrera Linares
  14. Entre héroes y tombos de Luis Barrera Linares
  15. Partida de yacimiento de Luis Barrera Linares
  16. Parto de caballero de Luis Barrera Linares
  17. Cuentos de humor y locura de Luis Barrera Linares
  18. Breves y bravos de Luis Barrera Linares
  19. La sombra inmóvil de Antonio López Ortega
  20. Las horas claras de Jacqueline Goldberg
  21. La decisión justa de José Miguel Roig
  22. Te mataré dos veces de Carlos Patiño
  23. Comunismo: fariseísmo glorificado de Fernando Mariño
  24. Y la familia se fue de Michael Kimball
  25. Así en la vida como en los libros de Sael Ibánez
  26. Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas
  27. Antes que anochezca de Reinaldo Arenas
  28. El color del verano de Reinaldo Arenas
  29. Jinete a pie de Israel Centeno
  30. Calletania de Israel Centeno
  31. El hombre duplicado de José Saramago
  32. Martinica round trip de Mauricio Vélez
  33. Juez en el invierno de Jorge Gómez Jiménez
  34. Los cuadernos de don Rigoberto de Mario Vargas Llosa
  35. Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa
  36. El viajero más lento de Enrique Vila-Matas
  37. La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares
  38. Sonetos y aquellos de Andrés Barrios
  39. 35 minutos de Nelson Cordido
  40. Las guerras íntimas de Roberto Martínez Bachrrich
  41. Álbum de mar de Arnaldo Jiménez
  42. La casa de dos palmas de Manuel Mejía Vallejo
  43. Santa Ángela del cerro de Eloi Yagüe Jarque
  44. Cosas que los nietos deberían saber de Mark Everett
  45. La misa de Manuel Acedo Sucre
  46. Happening de Gustavo Valle
  47. Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak Rovero
  48. Antología mayor de Alfonsina Storni
  49. En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust
  50. Casa de pisar duro de Gina Saraceni
  51. I’m Ozzy: confieso que he bebido de Ozzy Osbourne
  52. Diario de invierno de Paul Auster
  53. Sombras sobre la luna de Van Gogh de Cesia Hirshbein
  54. Ser al decir de Alfredo Chacón
  55. Por decir así de Alfredo Chacón
  56. El último día de mi reinado de Manuel Gerardo Sánchez
  57. Próximo tren de César Segovia
  58. En medio del blanco de Kira Kariakin
  59. Maneras de irse de Ricardo Ramírez Requena
  60. El clan perverso de Numa Frías
  61. Sin negativos y estaciones de Edda Armas
  62. El orden del discurso de Michel Foucault
  63. Limones en almíbar de Jaqueline Goldberg
  64. Te habías secado el pelo y comenzó a llover  de Alejandro Rodríguez Morales
  65. Contrapastoral de Harry Almela
  66. Lugar de tránsito de Flavia Pesci
  67. El libro de la tribu de Santos López
  68. Objetos no declarados de Héctor Torres
  69. Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar
Investigando algunas cosas sobre José Saramago, me di cuenta de que dejé por fuera Las intermitencias de la muerte, así que fueron 70 libros.


21 nov 2014

En medio del rito

En medio del rito
                                   tú
                                   viéndome
con las cejas erguidas al cielo
explorando el entorno
que no te pertenece

tres palabras antes
el aún sería perfecto
un condicional ingenuo
que hace girar el mundo



bruja
eso eres y  no me importa
no hay escoba ni sombrero
ni el caldero inmenso para herirme

sólo basta
el sortilegio exacto
la pócima
            con tres cucharaditas de tu voz
y seré tu verso


Jamming poético 20 11

Un hombre en muletas —creo que iba en muletas— pasó por un costado de la tarima y gritó “ustedes lo que están es loco e bolas”. Lo dijo dos veces mientras su paso punto y coma lo hacía desplazar hacia el sur de la plaza…



Y sí, hay que estar un tanto loco —no sé si loco e bola— para escribir poesía. Pero eso es algo que ya no está en uno, es decir, para aquellos que hacemos o escribimos poesía, es algo que nos antecede, que está allí de manera constante desde el primer encuentro con la palabra en nuestra infancia. Hay picos altos en donde tal vez se enaltece la parte más brillante de la poesía, con vistas al ser amado, la naturaleza, la ciudad, etc; pero también están los fosos, las terribles cavernas en donde el hundimiento del poeta es absoluto, y si bien es cierto que los pensamientos y los versos más duros pueden cobrar vida, no es menos real que incluso desde las sombras despunta un rayo de luz.

La experiencia poética es entonces impredecible, pues una vez que los versos están escritos, ya no le pertenecen a su creador, sino a ese lector que es capaz de ver maravillas en algún poema o en algunos versos que al propio poeta no lo convencen. Aquí hago honor —no creo que a todos ustedes, poetas— a mi eterna insatisfacción con lo que escribo: que si un adjetivo de más o de menos; para qué este adverbio; esta imagen no está bien lograda. Y así un largo etcétera que terminaría por aburrirlos. 

El comentario va en dirección de reconocer la pluralidad de voces con quienes tuve el privilegio de compartir el Jamming poético de ayer jueves 20 de noviembre; una prerrogativa que se agradece en estos tiempos en donde la palabra ha sido tan golpeada en nuestro país (no hablaré de política, ustedes entienden) y que va de la mano gracias a sus promotoras (promotoras suena a birras, digamos mejor, a sus creadoras) Kira, Georgina y Jacqueline. Si dejé a alguien por fuera, ofrezco disculpas. Y en mi caso particular hago énfasis en Kira por su empeño conmigo, pues fueron tal vez unos ¿dos? ¿tres? años que estuvo invitándome y yo me hacía el sueco para no asistir. Pero como a cada chancho le llega su sábado, en este año ya son dos Jamming en los que participo.

Los felicito a todos, a Flavia, a quien apenas conocí anoche y ya habrá tiempo para leernos con calma; a Fedosy, “coleao” un cuerno, maese; a Oriette, donde me extiendo un poco porque siendo la “debutante”, pues no te cuento cuando te consagres, medio palo poético. Ya vendrás al programa para que compartas tu poesía con nuestra audiencia; Jairo, idem, a leernos (fue a ti a quien llamaron loco e bola, jajaja); Daniela, qué querés que te diga, me la pones bombita para hacer el verdadero Jamming, y ojo, no hago trampa no no y no, como le repliqué a la poeta Claudia Sierich “yo te lo dije chirulí”, y a Hernán Zamora, que teniendo a una poeta como la Goldberg al lado, no podía esperar menos de tu poesía.

La noche de anoche, como dice la canción, para mí fue doblemente especial, tanto por la poesía, como por… eeeh, asuntos personales. Ratifico entonces que en este país hay más poetas que mototaxistas, así que sigamos trabajando la palabra para combatir el caos.

A todos ustedes, namasté. 

23 oct 2014

El mirabolsismo

De los mismos creadores del  “Síndrome de la escalera mecánica” http://palabrasyescombros.blogspot.com/2013/08/el-sindrome-de-la-escalera-mecanica.html  ahora nos llega la pandemia del “Mirabolsismo”, hecho que se presenta a cualquier hora, lugar y establecimiento comercial. Los más osados se atreven a decir que es uno de los tantos avances, beneficios y éxitos obtenidos gracias a la revolución bonita (en minúscula, no cabe la R). Antaño, llamarle a alguien “bolsa” (tal vez todavía), equivalía a decirle pendejo, tonto, entre otros epítetos un tanto más soeces. Pero lo cierto es que hoy día, si usted va por la calle con su arsenal de bolsas, o las lleva cómodamente en la maleta de su vehículo, está expuesto a dos cosas: la primera, a que las personas que están en derredor le claven los ojos (no a usted, claro) a sus bolsas, con miradas tipo rayos X para saber qué lleva, qué preciado producto tuvo la suerte de comprar. Algunos se te acercan y te preguntan, “¿dónde lo compró?; otros un tanto más insistentes te dicen; “¿pero hay más, será que llego, no es muy larga la cola?”. Y así…



Yo, que no soy un mar de simpatías, ante la invasión de acuciosa de los “mirabolsas”, me he detenido y los he conminado a que vengan a ver. Sí, en serio, algunos se han sentido incómodos y siguen de largo; otros, muy caretablas, se acercan, observan y se van. En otras ocasiones cuando a la distancia ya intuyo que viene un “mirabolsa”, le ahorro el esfuerzo biónico de su mirada y les empiezo a decir: “no hay Harina Pan, leche, pañales, lavaplatos, toallitas húmedas, azúcar, afeitadora, café, desodorante, detergente, insecticida…” Sí, soy un pesado, lo reconozco.

La segunda cosa a la cual se está expuesto es la siguiente (ya lo sabía por cuentos de terceros de terceros, pero esta vez me lo contó una amiga, ella fue la víctima): estaba en un reconocido “¿súper?” mercado (¿se puede seguir hablando de Súper Mercados en Venezuela?), hizo su compra y después de un par de horas para pagar, comenzó a llenar la maleta de su carro con las bolsas. Cuando ya estaba por arrancar, dos individuos en una moto le impiden retroceder. Se bajan, la apuntan con un arma y le dicen, textual, “bájate del carro, mamita, abre la maleta”. Ella les ofreció su celular, uno de ellos lo tomó y dijo “ta’ fino este bicho, pero no, queremos es el mercado”. Todo ante la mirada de quienes pasaban por allí. Comienza el desmontaje de las bolsas y ella les dice “chamo, déjenme las toallitas húmedas y las toallas sanitarias, aunque sea”. Se rieron y el comentario fue “Sí va, pero sólo las sanitarias, las otras son pal negocio”.

Es una belleza este mar de la felicidad en el cual nos han venido ahogando poco a poco. Incluso esta escasez de productos, por las razones que sean, ha afectado a más de un hombre en su desempeño sexual. Ayer conversaba con un amigo —es la tercera vez que lo escucho en menos de un mes— y me decía que su padrino (sesentón él) no conseguía ninguna de las pastillas que potencian la erección, ninguna marca, ningún color, ningún tamaño. Lo cierto es que —me dijo— “el pobre hombre está desesperado” y su pareja también. Entonces, como suele pasar en todo juego económico distorsionado, producto de la falta de capacitación, planificación y sensatez, nace la trampa. Le pregunté: “¿y qué hará? Está jodido”. Me respondió “Parece que se consiguió un dealer que le trae las pepas”… “¿En serio?”… “Sí, me dijo «todo sea porque se me pare»”.

Mientras esto sucede, familiares y amigos que han salido de Venezuela, bien de vacaciones, bien porque se fueron definitivamente, te envían imágenes de productos que poco a poco son más difíciles de conseguir (a menos que uno se resigne a comprarle a los buhoneros, quienes sí tienen de todo. ¿Por qué?, ¿mafia?, ¿guiso?), como la de esta entrada tomada en un Súper Mercado en París, cuyos dueños son africanos y le lanzaron a quemarropa esta pregunta a la fotógrafa: “Pero si estos productos los hacen allá, ¿cómo es que no lo consiguen? ¡Sacrebleu!”.


Entiéndase entonces que hay un “miraflorismo” que nos tiene a todos sufriendo de “mirabolsismo”, entre otras enfermedades. Está clarísimo: nos ven a todos con cara de bolsas.

24 sept 2014

Leer a Luis Barrera Linares es estar dispuesto a meterse de lleno a un mundo lúdico ejercido y (re)creado por las palabras. Desde su primera obra narrativa publicada, hasta esta que está en sus manos, ha sido la constante. Ese juego del doble sentido, de la ironía y del humor bien llevado, entre otros aspectos, forma parte de “Brevos y braves”, disculpen, Bravos y breves.



La primera parte del libro está dedicada a los breves, en donde desde la A hasta la Z, nos presenta un jocoso catálogo de tipos de escritores, que al momento de leerlo, produce una inevitable resonancia con éstos, es decir, con algunos que conocemos o que pudiéramos llegar a conocer. No obstante, Barrera Linares se identifica con alguna letra del abecedario -sin llegar a revelar cuál- y reconoce que todo escritor tiene su “egoteca” siempre activa y al acecho. Como le llama él mismo a sus breves, un “humilde breviario” en el que más de uno se verá reflejado.

En la segunda parte, los bravos, la coloratura de lo narrado va de la mano de un país sumido en la violencia, en donde se deja ver un entramado duro e inquietante. Aquí está presente un grupo de venezolanos que migra del país, mostrando las vicisitudes que ello implica; una mujer con múltiples apetencias sexuales; una asesina muy letrada y mucho más.

Luis Barrera Linares considera que un autor debe darse por satisfecho cuando la ficción que escribe se transforma en realidad y no a la inversa. Breves y bravos es una muestra contundente de su propia teoría cuando en medio del pacto intrínseco que propone la lectura, logramos identificar aunque sea a un solo escritor con cualquiera de las categorías expuestas. ¿Es usted un bestsellers siempre en potencia? Este libro es para usted, escoja su letra y no se ponga bravo.

8 sept 2014

Ni tan chéveres ni tan iguales

Pero todavía hoy, en nuestros países, el derecho a la intimidad no está dado para todos. La ausencia de intimidad es quizás el mejor indicador de la pobreza, más aún que los ingresos. Cuanto más pobre es alguien, menos intimidad tiene.
Michèle Petit.

La vida, a veces, ofrece extrañas conexiones entre la gente o en determinadas situaciones. Por ejemplo, usted está pensando en alguien y ve el nombre de dicha persona escrito en la prensa, en una novela o en una pared grafiteada, o incluso lo escucha en alguna canción. Peor aún si esa persona es motivo de su rabia o despecho, pues aparece hasta en la sopa. Algo más o menos así me sucedió mientras leía Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak (y Rovero, porque también tiene madre, como se dijo en la presentación del libro), en un atestado vagón del metro, entre olores rancios y los ahora infaltables vendedores de chiclets sin azúcar. Casi siempre logro llegar a la junta de los vagones —y esta vez no fue la excepción—, justo en donde dice “Precaución, desnivel”, pues allí busco la manera de acomodarme para leer durante el trayecto evitando el desmadre de la gente que sale y entra.


Oh casualidad que vengo leyendo este libro, riéndome de lo lindo con las verdades sin tapujos que la autora señala, pues me convertí en el protagonista de un diálogo muy breve, pero que sin duda alguna, me deja más que claro que no somos “ni tan chéveres” ni con dos pelucas. El hecho es que un par de  hombres, treintones tal vez o finalizando la veintena, con pinta de albañiles por las herramientas que llevaban, morenos oscuros (no negros) y ambos con gorras distintivas de equipos de las Grandes Ligas, me pidieron permiso para pasar hacia el otro lado del vagón. Uno le dijo al otro en voz contenida, como para que yo no escuchara (pero sí lo hice), “pídele permiso al sifrino este”. Acto seguido me aparto un poco cuando el de la encomienda me dice, “permiso ahí, catire”. Claro, con la lectura que precisamente venía haciendo, no podía perder la ocasión para preguntarle al menos simpático (que tal vez medía treinta centímetros menos que yo): “Disculpa, ¿por qué crees que soy sifrino?”. Por supuesto el corte fue total y absoluto, más aún cuando su socio le dijo, “ajá, ¡vas arrugá!”.

Hubo un pequeño silencio que se fue tapando con el traqueteo de los rieles mientras el metro iba ganando velocidad. Justo venía leyendo, y lo marqué, se los puedo mostrar y todo, en donde dice “La sifrinería es una suerte de vanidad, de conducta, de hábitos de consumo”, comentario, además, tomado de un rico diálogo entre un grupo de mujeres profesionales de diversas áreas —incluyendo a Gisela— que se estaba tomando unos tragos en un bar cercano a la UCV. Lo cierto es que vi en los ojos la incomodidad del hombre ante mi inesperada pregunta y, para dorarle la píldora, es decir, para apaciguar un posible estallido violento (cosa tan natural ahora en l@s caraqueñ@s), agregué: “No, vale, en serio, es que justo vengo leyendo sobre eso y me llamó la atención tu comentario”. ¿Y cuál fue su respuesta?: “Coño, de pana que eres un sifrino, catire y leyendo un libro”.

Mi cara tuvo que ser de pánfilo absoluto (más de la normal), ante semejante respuesta. Paso de largo el tema racial tan bien expuesto con maestría en Ni tan chéveres… pero, ¿por un libro? ¿Soy sifrino por leer un libro? Está bien que uno pase por intelectual, antipático o huraño por la suerte de ensimismamiento que implica la lectura, hasta uno puede pasar por interesante, pero, ¿sifrino? Claro, en un país como el nuestro, con la crisis económica más brutal que hayamos vivido en años, sin mencionar la retahíla de problemas que nos agobian, para muchos comprar un libro puede ser un lujo. Esto lo entiendo, pero de ahí a estigmatizar a alguien por el simple hecho de estar leyendo un libro…  Y esto sucede, el ejemplo es más que elocuente. Aunque esté montado en el Metro, pero si llevo este extraño artículo con hojas de papel, soy un sifrino. Pude estar leyendo incluso un libro a precio de Monte Ávila —sin menosprecio alguno, tan sólo refiriéndome a lo económico— y el efecto para aquella persona iba a ser el mismo.

Volviendo a Ni tan chéveres… de Gisela Kozak Rovero, es un libro que con un lenguaje desenfadado pone sobre la mesa todos esos elementos que identifican a nuestro gentilicio, desde ese parejerismo tan nuestro, muy propio del Caribe, del mi amor, mamita, mi rey, mi vida y pare usted de contar; el tema sexual, lo patriótico, hasta temas como el aborto, la extraña y eterna juventud de nuestro país, el feminismo, el chavismo, el racismo y otros ismos más. Un lectura, que por amena, no debe confundirse con ramplona y superficial, todo lo contrario “camaradas”. En pocas páginas y con letra grande (cosa que se agradece después de los cuarenta), están condensadas las razones básicas —o sus consecuencias— de nuestra actual debacle como sociedad (casi que el título debió ser “Ni tan chéveres para dummies”). Ni tan chéveres… es un libro que llama a la reflexión y que recomiendo leer, que además, me hace pensar en voz alta: no me vengan con el cuento de que somos los más felices en el planeta y que Caracas es la sucursal del cielo. Dejen la sifrinería.


PD. Lo más curioso de todo esto fue que el personaje que me llamó sifrino, después de hallar una cómoda postura en el vagón —dentro de lo que cabe— y creo que con un tanto de vergüenza (no miedo) pues buscaba taparse, sacó un iPhone (sí, un iPhone) y se puso a jugar “Candy crush”.  ¡Y yo soy el sifrino! Como solía decir el gran Óscar Yánez, “chúpate esa mandarina”.

5 sept 2014

Happening

Un accidente es un ladrón de realidad. En eso se asemeja al teatro: contiene en su exaltación una catarsis.
Gustavo Valle

Sembrar la intriga en literatura —tal vez en la vida misma— es un arte, y esto lo logra Gustavo Valle desde el primer capítulo de su novela Happening, texto ganador —debo decirlo— del Premio XIII Concurso Anual Transgenérico. Como no puedo evitar mis digresiones, esta vez no será la excepción: agradezco mucho que en todo el primer capítulo sólo hallara un adverbio —cosa que se agradece— y lo digo porque mi lectura anterior (no diré ni el libro ni el autor) fue todo lo contrario: casi un adverbio por línea.



Volviendo a Happening, se me antoja como una road movie al principio, aunque en la novela, no estemos precisamente frente a un viaje iniciático de su protagonista, Alex (Alejandro), también Bruno, pero también Catire: “escapaba por una carretera solo dividida por la línea imaginaria de los que no quieren estrellarse”. Pero, ¿escaparse de qué? ¿De quiénes?, ¿o escapar de sí mismo? Estas incógnitas atrapan al lector ansioso por descubrir la verdad, mientras la historia ofrece destacadas pinceladas narrativas gracias a un autor que se tomó el tiempo necesario para madurar esta, su más reciente publicación. No basta entonces contar sobre un accidente fatal y de la víctima, Eladio Mena, sino de contarlo bien y hacer notar el uso preciso de las palabras y la construcción de imágenes.

Alex/Bruno/Catire duda de sí mismo (deberán leer el libro para entender el porqué de este juego de nombres: “Cambiar de nombre fue como sacarse una camisa sucia y gastada y ponerse algo limpio”); saltan sus continuos monólogos en respuesta a ese juego constante en donde el narrador pregunta y aquel le responde (y se responde); sueña, tiene extrañas alucinaciones, muchas —en parte— producto de su separación; Lupita (su hija) es el cable a tierra mientras el protagonista a bordo de su camioneta Range Rover modelo 76 viaja y conoce al enigmático y muy folklórico Morocho, obvio que no es su nombre, pero ¿cómo se llama?, ¿por qué sus demenciales actitudes?; también conoce a la sufrida Rebeca y a Francis, una suicida en potencia. Todas estas emociones y paseos mentales se encienden en Alex/Bruno/Catire cuando la realidad aprieta.

A diferencia de otras obras narrativas contemporáneas en nuestro país, Happening destaca, entre otras cosas, porque el tema político, si bien es cierto que lanza algunos guiños, no abruma al lector como si estuviera leyendo la prensa nacional; por el contrario, está allí de manera solapada para crear determinados contextos sin volverse el leitmotiv de lo narrado, mientras Alex se ve  motivado a cumplir una de sus metas, la representación a pie juntillas del  happening escrito por su tío Tadeusz Kantor, hecho que se concreta en la oriental población de Chacopata.

Pero la máscara del nombre que la historia ofrece en cuanto a Alex, también está presente en Morocho, hecho que cobra importancia hacia el final de la novela y en donde Alex paga sus culpas, o como se intitula el capítulo final “El error”. Alex salta con una facilidad asombrosa entre la realidad y sus pensamientos o fantasías, tal vez en parte para contrarrestar su incredulidad hacia el destino en general y, particularmente, el que le ha tocado. En Happening todos los personajes parecen ir a la deriva en sus vidas y en esa sabrosa incertidumbre en la que te envuelve el texto, amén de la lectura veloz que provoca, también ofrece de manera inesperada,  una deliciosa apología a la rica cocina tan propia del oriente venezolano que a más de uno —a mí me sucedió— le aguará la boca. No obstante, me esperaba un final distinto (lo cual no le resta mérito), pero lo que sí no es menos cierto es que el cierre es conmovedor, logrado justo en el paroxismo absoluto por el amor que existe entre un padre y su hijo(a), en este caso, entre Alex y Lupita. Sólo me quedan dos preguntas sin respuestas: ¿habrá un discreto homenaje en Happening a Bruno Schultz? ¿Por qué la fobia de Alex hacia las ardillas?  Seguramente algún amable lector me responderá esto. Buen libro.

PD. Aunque también las hay en este texto, prefiero las ardillas de Alex a las escalofriantes y robustas cucarachas de Bajo tierra.


12 ago 2014

Mis documentos

Nunca tuve, en todo caso, esos devaneos racionales sobre la existencia de Dios, quizás porque después empecé a creer, de manera más ingenua, intensa y absoluta, en la literatura.

Once relatos, once historias que si bien es cierto van por su cuenta cada una, usted puede leerlas como si fueran un todo, esa es parte de la estrategia literaria que envuelve Mis documentos de Alejandro Zambra. Comparando esta última lectura que hiciera con respecto a sus libros anteriores, ahora el asunto no es tanto lo concreto de lo narrado, la concisión que el autor demostró para contar y contarse, pues es el mismo Zambra quien va línea tras línea dejándose ver como protagonista algunas veces o como el clásico narrador distante que todo lo sabe, no; el asunto que veo con mayor claridad en Mis documentos es una prosa que se expande gracias y a través de lo cotidiano, lo trivial (que no lo “simple”) y es precisamente esto lo que le da un gran valor a la obra. Me extiendo un poco: el hecho de tomar cualquier detalle para armar sus historias es lo que en definitiva lo convierte en un buen narrador. Al fin de cuentas, ¿qué es la literatura? Pues eso, contar lo que pudiera ser chato y básico en el día a día y transformarlo, modificarlo, y hacerlo atractivo para el lector; que lo narrado no decaiga y te mantenga pegado a sus páginas.



En el relato homónimo al título del libro, el que abre este encuentro con el autor, parte de una supuesta intimidad como puede ser leer esa carpeta virtual en donde están los documentos más destacados o importantes para el usuario, y en este caso, para el propio escritor, pues aquí parece destacar lo autobiográfico. Imposible no tomar la siguiente frase, tal vez la más citada de este primer relato: “quizás pueda decirlo de esta manera: mi padre era un computador y mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”.

En “Camilo”, el siguiente relato, Jesús (sí, el hijo de Dios) se hace “unas pajitas pensando en María Magdalena”. Ante semejante cita, no hay más nada qué decir, salvo que sea el lector que vaya por Mis documentos, no los míos, sino los de Zambra.

Saltando el orden y sin mencionar una cuantos relatos, se vienen luego mis dos favoritos: Yo fumaba muy bien, un texto que construido bajo la fragmentación narrativa y el juego de anotaciones aparentemente sueltas, la ilación es precisa y siempre coherente; relato en el que se expone lo duro que puede llegar a ser para un fumador empedernido dejar el hábito, razón por la cual, entre otras cosas, anota sus impresiones sobre el duro proceso de desintoxicación en un cuaderno. Allí se desahoga, hace su propia terapia, su catarsis: “Lo que para un fumador es verosímil, para un no fumador es literatura”.  En resumen, un relato que demuestra la tragedia de dejar de fumar; y “Vida de familia”, con cuyo título ya se pueden inferir muchas cosas bajo ese concepto abstracto, pero tierno; complejo pero siempre anhelado: familia. Aquí, un hombre de cuarenta años queda encargado de cuidarle la casa a un “primo”, mientras éste se va de viaje con su esposa e hija a Francia y es la desaparición del gato, la mascota de los viajeros, lo que dispara todos los acontecimientos que están por venirse. Martín, el cuarentón, en plena ebullición de sus frustraciones y melancolías, dice: “Soy un drogadicto de la soledad”.

Fútbol, música, religión, amistad y otros temas, están en Mis documentos, una suerte de autorreflexión muy bien camuflada gracias a la literatura, en donde queda más que refrendado el oficio de escritor de Zambra, que como bien señala en el último relato, “Hacer memoria”, un texto encantador que juega con la verdad o la mentira de una hija que mata de un disparo a su padre,  “las palabras necesitan el barniz del silencio”. Y en honor a ello, no digo más.  


7 ago 2014

El polvo de los muertos

Al hombre que huye del miedo no le ocurre nada, solo que no aprende nunca.

Hay polvos intergalácticos como el polvo de estrellas; está el polvo que puede causar una fuerte e irritante alergia; también está ese, el carnal, que no necesita mayores explicaciones y está El polvo de los muertos, ese que escribió Norberto José Olivar con el sello de una prosa que lo caracteriza y que puede verse, con claridad, devenir de sus obras anteriores.

Pienso en Alexander Projarov, el personaje principal de la obra, como ese extraño alterego del propio Olivar, pues más allá de ese juego de espías que es puesto sobre la mesa desde la primera página (viendo además al escritor como eso, como un espía), comparten una “curiosidad hemorográfica” que alimenta tanto al personaje y, obviamente, al propio escritor de estos polvos.

La remembranza de Projarov se remonta a su Rusia natal cuando tuvo que huir del comunismo, después de que mataran a su mujer, a Fedosia (¿la asesinaron? ¿Existió en realidad esta mujer?). El narrador, reconociendo el supuesto aburrimiento que implica para los lectores su narrativa, cede la palabra al setentón ruso para que se cuente a sí mismo y es Eduardo, el humilde mesonero que lo atiende en Café Plaza, quien tiene que escuchar toda su historia a pesar del fastidio que ello implica. Comienzan así los guiños a la ciudad, a la poesía, en este caso representada por Udón Pérez, Elías Sánchez Rubio, Enriqueta Arvelo Larriva, entre otros; a Poe, Stefan Sweig, entre tantos referentes más, y cuya narrativa y manera de presentar los hechos, coquetean con la novela de espionaje y la novela gótica.

Projarov revive su pasado y es su memoria la cartografía que se va expandiendo a lo largo de El polvo de los muertos. Cobra vida Albert Boscare, un médium aparentemente equilibrado y pulcro, quien tendrá la sencilla tarea de poner a hablar al incrédulo ruso con su difunta mujer, y como era de esperarse, éste se niega a contactarla.

Para terminar, y temiendo ser repetitivo, imposible no ver a Projarov ligado al Norberto José Olivar el narrador, el que investiga para construir cada libro, sobre todo cuando Boscare le dice “Usted parece un novelista, amigo Projarov. Sus asociaciones desquiciadas van más allá de una simple imaginación”. Y ese atrevimiento en cuanto a tales conexiones, se hace evidente en el texto pero sin incomodar al lector. Por el contrario, despertando el gusto y la curiosidad en éste por la fluidez y pertinencia con que lo logra, así como ese narrador todo poderoso, mejor conocido como omnisciente, que interpela al lector para mantenerlo alerta.

El polvo de los muertos, sin duda alguna, es un buen texto. Así como te exige atención, te hace reír; te hace partícipe del mundo de los vivos, pero también del de los muertos. El espionaje no es más que el pretexto para hacernos reflexionar sobre la libertad y lo terrible que resultaría perderla, a pesar de que la gran incógnita de la historia es descubrir si Projarov fue espía del sóviet o no. Sea usted quien lo descubra, apreciado lector, pues “nada como la muerte para sacar a flote una vida”, tavarich.


17 jun 2014

Se ven los tuits pero nunca el corazón

En días recientes, una persona muy metida en el medio literario local, me comentaba sobre su molestia con respecto a algunas cuentas tuiteras —también literarias, obviamente— que han sido incapaces de apoyar sus tuits con algún RT o mención, más aún “tratándose de asuntos de interés literario nacional”, dijo, y claro está, otros más personales pero siempre apuntando a la literatura. Lo escuchaba con suma atención, pues si bien es cierto que hace tiempo pasé de largo sobre este tema, no dejaba de tener algo de razón. Me hablaba de “los grupos” que sólo mencionan o retuitean a sus amigos y que esto lo que denota es una gran falta de compromiso real por apoyar lo que se está haciendo en las letras nacionales (esto no es así, pensé).  Entre los varios temas que le comenté, le decía que sólo un porcentaje mínimo de la población venezolana posee una cuenta en tuiter, que “no te martirices por eso”, le dije, a fin de cuentas, lo más importante es que sigas haciendo tu trabajo, creer en él y olvidarte del “divismo” que se da en las redes sociales. La vanidad es algo que siempre ha existido en el ser humano y esto se ha trasladado a los medios virtuales, en donde importa más que te sigan miles (o millones), sin importar que lo que escribas en pocos caracteres valga la pena. Y no hablemos de los tuit-divos, aquellos que son seguidos por cientos, miles de personas, pero que son incapaces de seguir a las cuentas de sus madres.



En todo caso, le decía,  toda persona es libre de hacer o decir lo que quiera, al menos esa es la premisa fundamental en cualquier sociedad democrática, también aplicable a las redes sociales. Tuiter se ha convertido en una suerte de diván virtual público donde se ve —se lee— de todo. Allí la gente avisa que va saliendo de un lugar a otro; que anoche tuvo un encontronazo con la pareja; que está comiendo tal cosa… En fin, da para todo tipo de comentario, incluyendo a los que sí le han sacado provecho a la herramienta y han sabido segmentar bien su información por el tipo de tema abordado.

En cuanto a lo que me compete en esta red de microblogging, como le llaman los expertos, lo que me interesa por razones personales y profesionales, tiene que ver con la literatura, los libros y todo lo que gira en torno a este tema. Asociada a lo que es mi programa de radio Librería Sónica, la cuenta tuiter homónima promueve el espacio y trata dentro de lo posible, de promocionar lo que están haciendo las editoriales venezolanas, ergo, lo que están escribiendo nuestros autores, sea en narrativa, poesía, ensayo o cualquier otro género, estén fuera o dentro del país. De hecho, si hay algo por lo que me siento satisfecho, es que sin miramientos políticos, hemos invitado a autores y editoriales del estado, llámese Monte Ávila, El perro y la rana, etc., así como a editoriales privadas y a sus correspondientes autores. Añado también como un punto a favor, haber invitado a jóvenes (y no tan jóvenes) autores desconocidos que apenas comienzan a dar sus primeros pasos en la escritura, e incluso a aquellos que sin tener aún nada publicado, han sido reconocidos con los diversos premios literarios que se dan en el país, como por ejemplo, los inéditos de Monte Ávila o los del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana.  Le decía a la persona que ya hice cuero sobre el tema que tanto le incomoda y por el cual me abordó, pues desde esta vitrina radiofónica, hemos apoyado a muchísima gente, que incluso viéndose beneficiada de la promoción virtual (y de la radio), no han tenido la gentileza de hacer lo propio hacia nosotros (en plural, para incluir a @ranaencantada). Así son las cosas, punto, “sigue haciendo lo tuyo”, le recalqué.


La cariacontecida persona y Blogger@ literari@ asentía ante cada una de mis palabras, a lo que fue —y es— mi opinión sobre el tema que tratamos; tal vez por cortesía, cosa que se agradece, me demostró que estaba de acuerdo con mi planteamiento. Ya sabrá si sigue haciendo su trabajo como le sugerí o se enfrasca en esa obsesión de andar pendiente de si los demás lo mencionan o no. Hay mucha “gente” valiosa en este medio. Y las comillas van porque en el mejor de los casos, uno termina conociendo a la persona real, a la de carne y hueso que está detrás de un @ (justo lo que dio inicio a la conversación y a este texto), pero no es menos cierto que también están los que van por un camino distinto al tuyo, que insisto, se entiende y se respeta, aunque haya ocasiones que provoque bloquearlos por soeces, invasivos, mezquinos o porque no aporten nada valioso.  Así como el papel, tuiter lo aguanta todo, a qué darle mayor importancia a un elemento virtual en donde sobran los figurines de Internet. Parafraseando la canción, se ven los tuits  pero nunca el corazón. 

13 jun 2014

¿Todo por un huevo o huevonadas?

Estimado y sagaz lector, sobre todo si es venezolano, no piense que el título va por la vía de lo soez, no; del juego de palabras tan típico de nosotros y que se puede asegurar sin temor a exageraciones, de que forma parte de nuestro gentilicio, no. El hecho es que viendo al súper mercado cercano a casa “vacío” (el calificativo quiere decir que las cajeras estaban hablando entre ellas, riéndose del cuento del novio de una de éstas y, claro, muchos anaqueles exhibiendo “aire” en el tan pregonado “hecho en socialismo”), entré a ver qué me llevaba. Soy uno de los pocos privilegiados que puede darse el lujo de no hacer horas de colas para comprar “equis” producto, y digo privilegiado, porque ante la necesidad de adquirir productos para bebés o niños pequeños; alimentos especiales (y ni tan especiales) para gente de la tercera edad, que necesita tal o cual medicina y un largo etcétera, se entiende y lamento el vía crucis diario de tantos venezolanos que deben pasar por esto. Pero me siento así, bendecido, tocado por el aura que aún me permite decir “no hago colas”: ¿no hay harina precocida?, compro pan; ¿no hay pan?, compro cazabe; ¿no hay cazabe?, compro galleta de soda; ¿no hay galleta de soda?, no compro un carajo. Y así repito la fórmula con el producto de turno. A otro con ese cuento burlesco de “el pueblo hace colas para cuidar los alimentos", vaya disparate la del ministro. Yo quisiera verlo a él cuidándolos también. ¿No debería dar el ejemplo con tan sabio apotegma?



Un producto, dos productos, tres productos… Vegetales, frutas y por ahí me fui hasta que llegué al espacio en donde están los huevos. Dígame usted, estimado y golpista consumidor (golpista porque recibe golpes para conseguir lo que busca y luego un par de carajazos más al momento de pagar): ¿usted no abre su cartón de huevos y los revisa para certificar que las doce posturas de gallina estén bien? Claro que lo hace, ¿o no? De no hacerlo corre el riesgo de: 1) conseguirse con huevitos de codorniz; 2) hallarlos untados en restos fecales; 3) toparse con algunos rotos y 4) que le falten huevos (y no me refiero a la valentía). Pues mientras hacía mi experticia, se me instaló al lado el dependiente lusitano del local. No es un aditamento narrativo el llamarlo así; es portugués como el que más y muy ambientado en el mundial de fútbol, portaba su camiseta con el nombre en mayúsculas de RONALDO:

—Mirei, ¡não podes fazer isso!
—¡Cómo que no! Mira, este huevo está roto.
—…
—Además, mire el tamaño de estos huevitos…Se necesitan como seis para hacer un revoltillo…
—Pues así lo compramos nosotros y así los vendemos —es lo que logré traducir.
—Sí, pero yo también estoy pagando por ellos…

Y cuando ya la situación comenzaba a subirse de tono e imaginaba la cara de Claudio Nazoa diciendo “¡Coman huevos!”, un círculo de amas de casa nos rodeó (casi que la vuelta al pescao) y comenzaron las arengas: “Usted tiene razón, señor, cambie sus huevos”; “abusador, mire que tiene el huevo roto”; “a verle el huevo, señor”… Y como el venezolano posee la virtud —o la desgracia— de sacarle el chiste a todo, las mujeres comenzaron a reírse entre tantos huevos y una de ellas dijo “señor, no pague esa huevonada”. El Cristiano Ronaldo devaluado y sin los chocolaticos que enloquece a tantas, se dio la media vuelta y refunfuñado dijo: “Vai para o caralho”.

Ahora sí, ¡qué güevonada! 

11 jun 2014

Reproche venezolanista de mi otro yo

El autor de estas líneas, el de carne y hueso, el que sufre y padece como cualquier humano, no es el mismo al que les está hablando en este momento, quien escribe. Este “yo” de letras se escabulle de él por un instante para hablarles de la venezolanidad, a sabiendas aún, que aquél no cree mucho en los nacionalismos y en el fervor que esto produce en miles de personas. Pidió que les comentara sobre una frase que se le quedó prendada en la memoria, extraída de la lectura de Simone de Eduardo Lalo, Premio de Novela Rómulo Gallegos 2013: “una cosa es ser patriota y otra muy distinta ser patriotero”. Él está de acuerdo con esta frase, pues la tergiversación, la mentira y el engaño —dice— a los cuales son sometidas tantas personas cobran niveles asombrosos cuando de defender un supuesto ideal se trata, aunque sea a ciegas, aunque implique colocarse una venda en los ojos para no ver la realidad circundante. Cree que a un argentino o a un colombiano, le importa un bledo lo que pase en Venezuela, tal como a un italiano, francés o alemán, le importa muy poco lo que pudiera estar sucediendo en España. Él, el autor, cree más en el civismo que en nacionalismos, en actuar conforme a las leyes sin llevarse por el medio a los demás; en respetar las normas más básicas que son las que intentan hacernos mejores ciudadanos más que en ondear la bandera con fervor, pero que a la vuelta de la esquina, ya se comete una infracción, un irrespeto a cualquiera o se juega a ser más vivo que los demás.


Dicho esto, retomo mi palabra etérea y convengo con él en que el tema a tratar tiene que ver con la venezolanidad en Mariano Picón-Salas y acepta con gusto la misiva, pues considera —y yo también— que este es uno de los autores fundamentales a leer por cualquier venezolano y que pudiera ser de provecho para cualquiera que haya nacido por estas tierras latinoamericanas. En este insigne venezolano, oriundo de Mérida para mayor hidalguía, tierra de caballeros, de gente aguerrida, firme y educada, se nota en cada una de sus palabras, ensayos y obra en general, ese sentido hermoso y utópico de lo que es la “venezolanidad”. El calificativo no va por mero eufemismo, el de utópico, no; va en el sentido estricto de lo que emana, sobre todo en una tierra en donde la mayoría de sus habitantes son producto de cientos de inmigrantes que pisaron esta tierra para quedarse por siempre, dejando la simiente de las nuevas generaciones de venezolanos que formarían su raigambre por saberse de estas tierras.  Esta misma emoción es la que don Mariano deja ver a cada instante a través de su refinada prosa, marcando postura y su orgullo de saberse hijo de Venezuela.
No obstante, y esto es importante recordarlo, don Mariano tuvo un fuerte conflicto interno consigo mismo al ver que su avanzado pensamiento iba más allá de las posibilidades que su propio país le ofrecía, al que veía anclado aún en la era de la colonia cuando el mundo moderno aceleraba sus pasos hacia el futuro. Así lo dice en “Pequeña confesión a la Sordina”, texto que sirve de introducción a sus Obras selectas: “En el tiempo de mi infancia aún se vivía en un sosiego como de nuestro colonial siglo XVIII. Esto —lo confieso— siempre produjo en mi espíritu un pequeño conflicto entre mis ideas y  mis emociones, porque si la inteligencia aspiraba a ser libérrima, el corazón permanecía atado a esa como añoranza de un paraíso perdido” (Picón-Salas, 2008: 19)  Esto sin lugar a dudas, marca un profundo sentimiento de nostalgia y de respeto por su tierra, como esa madre única y devota que le da todo a su hijo primigenio. Este cúmulo de emociones terminará por convertirse en una suerte de biografía novelada llamada Viaje al amanecer, a la cual don Mariano con una humildad desbordada llama un “librito”.

Más allá de la nostalgia referida en donde Picón-Salas deja en evidencia un honesto y verdadero sentido patriótico, que no patriotero, también está presente un indiscutible sentimiento de rebeldía, lo cual resulta inherente a la juventud, y sobre todo, si el entorno político circundante es opresivo, abyecto y dictatorial, pues la tierra que lo vio nacer era dominada por una de las tiranías más largas que ha conocido Venezuela, la de Juan Vicente Gómez, situación que, amén de las capacidades innatas de don Mariano y la cultura heredada a través de la figura casi mítica de su abuelo, generó un deseo incontenible por aprender constantemente; beber de otras culturas y posibilidades que ampliaran su horizonte intelectual y que de manera inmediata, terminó por lograr el florecimiento de una sensibilidad social  que lo llevó a creer en sus ideales más allá de las fronteras de su propio país.
El autor de estas líneas me pide que vuelva sobre lo referido a eso que llamé como “humildad” en Mariano Picón-Salas, para esclarecer de manera sucinta la evolución de su propio trabajo en este sentido. Cumplo y explico: don Mariano evalúa su propia obra y reconoce que  sus primeros ensayos estaban cargados de un incesante “yo”, tan típico de la juventud, en donde se hace incontenible las ganas de figurar, pero que con el tiempo, devinieron en textos profundamente reflexivos que marcaron su madurez como uno de los pensadores, docentes e intelectuales más notables de todos los tiempos en Venezuela: “si nuestras formas habituales de vida no ocultaran la persona en el conflicto y complicidad de los intereses e impusieran por eso, una continua reticencia y censura, quizá advertiríamos que la soledad e incomunicabilidad de cada ser no es tan desgarrada e irremediable” (Ibíd. 24), cita que calza con una perfección aplastante con la realidad que vive nuestro país hoy día.
La venezolanidad en Mariano Picón-Salas se reviste de fuerza y un verdadero sentido de profundidad, es decir, de aquel hombre comprometido con lo que creía y que se tomó en serio su profesión para lograr a través de ella, la propuesta de ideas y cambiar el rumbo del país hacia un mejor destino. Es la postura del verdadero líder cuyo ejemplo no se toma tanto por lo que dice, sino por lo que hace. Fue un erudito, un visionario que siempre tuvo claro cuáles fueron —y siguen siendo— las debilidades de su tierra y de su gente, y precisamente por ello, no dejó de insistir en lo que siempre creyó por medio de la educación. Tal era su visión de mundo, su clarividencia ante lo que estaba por venir, que hace más de medio siglo dijo cosas como esta: “Nos acercamos a una vida cibernética en que la máquina que calcula y reduce a cifras o combinaciones todo lo humano sustituye a la acción y el impulso espontáneo. Si en los últimos cien años la máquina fue como un brazo o una mano multiplicadora del trabajo del hombre, ahora ya aspira, también, a reemplazar su cerebro” (Ibíd.25).
Dicho todo esto, no puedo dejar de reconocer —y aquí coincidimos autor y esta voz desprendida—, que el sentido de pertenencia en la obra de Mariano Picón-Salas es único,  y sobre todo, alentador, más aún para aquellos que no creen en identidades y gentilicios (el autor me ve con mala cara). Hoy más que nunca, ser venezolano, duele, y es la nostalgia un elemento constante en la obra del noble merideño, algo más que notable y evidente. Teniendo en la mira la difícil situación político-social que atraviesa el país, me preguntó qué diría don Mariano si aún estuviera entre nosotros, si estos hubieran sido los tiempos que le tocara vivir, pues reiterando lo que dijo hace tanto tiempo como si nos viera a través de un ojo mágico, sentenció: “llamarse venezolano, es decir, actuar y pensar en un país en un tormentoso y contradictorio proceso de crecimiento” (Ibíd.26).
Ahora bien, siempre resulta muy ambicioso concentrar en una o dos cuartillas, tal como si fuera una sinopsis temeraria, todo lo que el maestro Mariano Picón-Salas expuso en algunos de sus libros. En este caso particular y abordando un tema por demás complejo como la cultura en nuestro país, es poco más que ingenuo pretender sintetizar lo que con magia y elegancia aparece en su libro Comprensión de Venezuela. Ya el maestro intuía, argumentaba y demostraba para aquel año de 1948, lo compleja que era nuestra nación, su gentilicio y todo lo que la envolviera.  
No obstante, desde el primer capítulo del libro hasta el último, sobresale un tema que fue uno de los que más destacó, fue punto de honor y apasionó a nuestro insigne ensayista: la educación. En ella, o la falta de ella, es donde nacen todas las desventuras y grandezas de un país, y sobre todo en el nuestro, que de manera metafórica al inicio del libro, dice don Mariano que Venezuela se asemeja “A un cuero de los Llanos, bastante bien secado al sol de la Zona tórrida” (Ibíd.137), donde el verdadero acto revolucionario no está en el absurdo enfrascamiento sobre viejas teorías y obsoletos dogmas, sino por el contrario, en educarnos, deslindándonos de un pasado retrógrado en donde el caudillo de turno nos somete a lo arcaico en todo sentido.
Dentro del libro referido, resulta fundamental entonces hacer mayor énfasis en el capítulo “Notas sobre el problema de nuestra cultura”, donde de entrada manifiesta su rechazo por dicho término, “problema”. Si para aquel entonces a Picón Salas ya le llamaba la atención el constante uso de la palabra, ¿qué no diría en nuestros tiempos? Se hablaba del problema demográfico, del problema sanitario, pero siempre tuvo muy claro que el verdadero y más importante problema por resolver, era el problema educacional, del cual destaca que, “éste sí que es un problema y uno de los más serios y delicados que debe afrontar un país en trance de recuperarse, como el nuestro (Ibíd.241)”.  Y hablaba de trance y recuperación, pues apenas Venezuela estaba saliendo de la mano dura y nefasta del dictador Juan Vicente Gómez, que por casi tres décadas, sepultó al país en una oscurana absoluta mientras otros países latinoamericanos ya daban pasos agigantados en este sentido, el que tanto preocupó a Picón-Salas: la educación. Y es que a su juicio, nunca existió un proceso integral, constante, que la envolviera en un marco filosófico que despertara el interés de todos para darle su merecido valor, tanto de manera abstracta y casi sublime, como de modo sistemático, práctico y funcional. ¿Parte de las causas de todo esto?, pues “el propio sistema federal con su caciquismo aldeano” (Ibíd.243), nos llevó a un adormecimiento en cuanto a buscar las mejoras en el sistema educativo, viviendo siempre de un pasado patriótico (las negritas son mías), con la mirada en reversa apuntando hacia los héroes fundadores, y que por tanto, nos impedía (y creemos que aún nos impide) mirar hacia el futuro, convirtiendo a los venezolanos en “los narcisos de su tradición histórica” y evitando con ello que nos alejemos o no logremos “la noción de lo concreto”.
Reduciendo el espectro, más que el problema de nuestra cultura, es el problema de la Educación. Salvando las distancias temporales de cuando Picón-Salas escribió el libro hasta el día de hoy, las variaciones son mínimas. Desde su presente, el maestro arroja su mirada ochenta años atrás y asegura que “los únicos asuntos que preparó y combinó sutilmente la política autóctona fueron las reformas constitucionales que permitían prolongar el mando de los caudillos y satisfacer sus intereses privados o los de su círculo” (Ibíd.245). Sacando cuentas y si le sumamos casi setenta años a la fecha de publicación del libro (1948), llegamos hasta nuestros días y la cita antes referida cobra una abominable vigencia que nos alerta.
Al margen del comentario anterior, Picón-Salas hace una dura pero acertada comparación, entre lo que era la educación venezolana con relación a la de Chile, Argentina y Bolivia, dejando en claro esa tarea pendiente por culminar en cuanto al proceso, mecanismos, fundamentos y estructuras para crecer en este sentido, el educativo, pues una vez afianzados en él, todo lo demás evolucionaría por añadidura, como un efecto directo y positivo por haber atendido el problema de raíz.
Si bien es cierto que el hilo conductor, algunas veces solapado y otras tantas más evidente, gira en torno a la educación, no es menos importante a otras reflexiones presentes en Comprensión de Venezuela, que van desde el homenaje a tres grandes pensadores como lo fueron Simón Rodríguez, Andrés Bellos y Cecilio Acosta, pasando por las cartas de Teresa de la Parra, reminiscencias de Caracas y los Andes, hasta una curiosa y brillante “Pequeña historia de la arepa”, entre tantos temas más sobre lo que escribió con una maestría indiscutible.
Como colofón, Mariano Picón Salas, por encima de su rol político, el cual ejerció de manera intachable a ojos de lo que la historia refiere, su principal motivación fue la docencia, la cultura y la educación. Apostaba a ello como la vía expedita para la evolución del hombre y de la sociedad. Pero dicho proceso de adiestramiento, en donde el Estado ofrece todas las herramientas posibles a sus ciudadanos, necesariamente debe ir de la mano de una estructura teórica que llame a la reflexión y al impulso del pensamiento, pues “no puede existir una auténtica Educación sin base filosófica ni fin político” (Ibíd.254), pues el fin social termina siendo el objetivo principal por alcanzar en todo país organizado y pujante con miras de grandeza.

Picón-Salas, Mariano (2008): Obras completas. Caracas: UCAB