
Suelo referirme a la excelsa poeta venezolana María Calcaño, simplemente como “La Calcaño”. El apelativo va en todo momento en sentido halagador. Sensualidad, erotismo, deseo, amor; emociones prácticamente palpables desde su palabra hecha luz hace más de medio siglo. Incluso la muerte, la inefable muerte, consigue a través de sus versos otro matiz.
No soy la excepción a la grata sorpresa que me deparó leer su poesía, la cual estuvo oculta, según entendí, por décadas: el ineludible machismo, prejuicios propios de la época, etc., fueron muchos de los factores que mantuvieron sus versos en un largo silencio.
Vaya aquí una brevísima e injusta selección de lo leído:
Mi muerte irá a ser lo único distinto.
¡Y ni a este espectáculo tan interesante
podré asistir!
la fiesta fúnebre, visitas, abrazos…,
la casa iluminada…
¡Siempre todo para los otros!
¡Yo te sigo, carne amada!
¡Te seguiría aún cuando fueras mala!
yú eres la copa de Dios
y yo me hundo en tu espantosa,
insondable burbuja
Quiero morirme
un día de estos…
Que nadie pregunte
cómo he perecido,
¡que nadie lo note!
que ni la misma muerte
se entere
que he partido…
¿y si no fuera la muerte
la que nos persigue?
¿no seremos nosotros
los que vamos tras ella?
Yo no soy más
que esta grieta de sed que tú me abres
Te seguiré,
rey mío!
por este camino por donde voy
con mi jadeo de esperanzas.
Hasta que vengas un día
por el verso de tu esclava!
Ese que te sigue
dándole vueltas a las madrugadas,
huyendo por el túnel de la noche,
naciéndote día a día
en tu zozobra…
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