22 sept 2011
8.8: El miedo en el espejo
Cadáver exquisito

Era octubre de 2009 cuando entrevisté a Norberto José Olivar a propósito de Un vampiro en Maracaibo. Nos citamos en el restorante del hotel en donde me hospedaba, y con la consabida premisa de puntualidad inglesa (yo no sé si esto es cierto), allí estaba a la hora acordada, con una parquedad tremenda que se fue disolviendo con la ingente cantidad de café que tomamos. Hubo chistes, risas y hasta una caricatura hecha al mejor estilo de Zapata, como ofrenda y dedicatoria a mi ejemplar vampiresco.
Este encuentro fue posible gracias a mi amigo poeta, profesor universitario y magallanero furibundo, Valmore Muñoz Arteaga, quien me dijo “ahora tenéis que leer Cadáver exquisito”. Luego añadió el clásico sustantivo, a veces adverbio y otras tantas adjetivo marabino que no pienso reproducir en estas escuetas y cortas líneas, pero que es fácil imaginarse por sus cualidades multiuso, las cuales sirven hasta para darle nombre a un teléfono celular.
Terminé de leer Cadáver exquisito en la tierra del poeta Francisco Arévalo, Ciudad Guayana, y me saltaron a la memoria algunos versos de su autoría e irremediablemente la breve sinopsis que del poeta Hesnor Rivera me hiciera Valmore. De su Silvia, salté a la Silvia de Hesnor y de ésta al matizado homenaje entre crónica e historia, realidad y ficción, poesía y narrativa que hace Norberto José Olivar en su Cadáver exquisito.
Uno de los elementos que destaca en el trabajo literario de Norberto, para mí fundamental y que lleva en su entraña una firme raíz de intelectualidad, es el humor. No hablemos ya de Un vampiro en Maracaibo, título a través del cual ya se puede intuir su presencia; Cadáver exquisito también goza de esta herramienta mientras el autor va mezclando las voces allí presentes. Nace la duda, la inquietud por saber si lo allí narrado fue cierto, si es una artimaña del narrador (¿o el autor?) por hacer del texto una crónica, un texto de ficción o un prolongado flashback a una historia verdadera, comprobable.
Con esa magia que sólo la literatura puede ofrecer (bueno, también el cine), Norberto le da vida, sentido y voz al gran surrealista Hernor Rivera; ese, quien en pleno proceso de parto trajo a la luz al grupo Apocalipsis, dijo:
sepan que la poesía es una forma de entendernos con la muerte, es una sinfonía de cuervos; si no les gusta, si no entienden, es mejor que se vayan ahora porque no estoy hablando en metáforas ni floreando la vaina. Para ser poetas hay que bajar al infierno, hay que pagarlo con la vida, si no, confórmense con ser juglares playeros.
¿Ficción?, sí; pero el compromiso de lector me dice que es el mismo Hesnor Rivera quien habla, arengando a los demás poetas, Miyó Vestrini, César David Rincón, Néstor Leal, entre otros, a continuar la dura senda de la poesía.
El narrador de Cadáver exquisito está comprometido hasta los tuétanos con el personaje principal de su historia. Con el transcurrir de las páginas y a medida que nos presenta hechos curiosos, como por ejemplo el referido a platillos voladores sobre el Lago de Maracaibo o a las apocalípticas revelaciones del predicador evangélico Arturo Terán, llega también el momento para la reflexión en donde el autor reconoce ese proceso necesario de mímesis para alcanzar la imagen justa que de Hesnor Rivera quiso dar: ¡Quién iba a decirlo! Tengo que disfrazarme de Hesnor para mirar, con honestidad, en mi particular abismo, pero haciéndolo, descubro sus entrañas también. ¡Qué misterio! He llegado a Hesnor no por casualidad, sino porque es mi propia búsqueda, mi propia biografía, porque soy Hesnor Rivera desde antes de aquella vez que fui a dejar en su casa de Tierra Negra un ejemplar de Balada para una ciudad maldita.
Otro elemento importante que destaca dentro de la obra, es el referido a la intertextualidad que Norberto José Olivar maneja con una soltura envidiable, muy a lo Vila-Matas –que también aparece en la novela–, seguramente ganada con la pericia desde su grado de historiador y demás embates literarios. El autor camufla su voz, es Hesnor y otras veces, es el propio Norberto, el mismo que se atreve a confesar: Pienso en Hesnor y recuerdo que una vez quise ser poeta, pero me faltó talento, entonces me hice narrador. Y, por ese azar diabólico que tanto evocó mi personaje, el día de su muerte salió a la calle mi primer libro de relatos.
Sea poesía o narrativa, lo ganamos para las letras venezolanas con resonancias internacionales, no en balde Cadáver exquisito estuvo entre las diez obras finalistas del importante Premio de Novela Rómulo Gallegos 2011.
Alto, no respire !
Aunque en el mundo hospitalario cada
cabeza era un mundo, todas teníamos algo en común:
el dolor de la anormalidad.Merlin.
9 sept 2011
Cocoon
Mi país rumia en secreto
el agua de los desastres
desencaja los dientes de las alas y rumia
los dientes que desangran
mucho más
que los remos
de un náufrago.
Hesnor Rivera
El impertinente sonido del teléfono celular haciendo las veces de despertador, no pudo cumplir con su función esa mañana. Cuatro detonaciones entraron en la habitación con la violencia de un enjambre de zancudos zumbándome al oído buscando alimento o interrumpir por capricho u ocio animal, mi sueño profundo. Eran las cinco de la mañana, para qué esperar treinta minutos, así me rendiría más el día. Me puse mi atuendo deportivo, audífonos listos y a trotar mis respectivos 5K para combatir el sedentarismo que toda oficina obliga.
Aún todo estaba oscuro; la avenida parecía estar dormida todavía, su flujo vehicular era casi nulo; pocos aventureros caminaban por ahí rumbo a sus destinos; en la esquina de enfrente un borracho tirado en una extraña posición, dos perros estaban cerca de él pero mantenían una distancia prudencial, tal como si una barrera invisible se los impidiera. Olisqueaban algo que no logré ver qué era.
Llegué a la pista de atletismo con más energía de lo normal. Aunque me haya levantado media hora antes, el hecho de que no sonara el ring tone X, estridente y bullicioso, es un alivio. Uno le toma idea incluso a los sonidos, forman parte de tu día a día. Y ese en particular, el que te dice, “fulanito, levántate y anda”, no es precisamente un canto de ángeles cuando estás de lo más sabroso en la cama. Lo cierto es que después de hacer mis respectivos estiramientos comienzo el jogging y justo en ese instante, la emisora que por lo general escucho, suelta esa maravilla que se llama I still haven’t found what i’m looking for. Una de esas canciones que en lo particular me resulta estimulante, tanto por su música como por su letra.
La pista comienza a recibir a sus asiduos visitantes de la hora. Es como si se convocara a un casting para una segunda entrega de Cocoon, ¿recuerdan aquella película? Me siento como un niño delante de todos estos abuelos que ya me saludan con la confianza que le han de tener a un nieto. Sudo. Siento mi respiración pero no la oigo, los audífonos con su efecto aislante es genial en este caso. Termina la música y comienzan las noticias: un individuó mató a su vecino porque se estaban disputando un puesto de estacionamiento en un edificio; un cliente insatisfecho hizo lo propio con el sastre de confianza porque el traje no le quedó perfecto. Joder, qué descomposición social tan arrecha. Cambio de emisora y salta un reguetón (zape); pincho de nuevo el radio y me quedo con una música dance, de esas que están hechas para poner a brincar a la gente.
Sigo trotando y entra a la pista el Comando Regional Número X de la Guardia Nacional, son como cien carajos (chicas incluidas). Veintiañeros todos en promedio, salvo los superiores, que en su mayoría están en condiciones aceptables menos dos de ellos que, válgame Dios, tienen unas panzas de alambique feroz. Si vamos a la guerra con ellos estamos fritos. Termina la música y entran “las gloriosas notas del Himno Nacional de Venezuela Gloria al Bravo Pueblo, letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Cambio, himno...cambio, himno... Apago, a nadie le gusta las cosas obligadas. Me quedo con el sonido de mi respiración, el canto de los soldados y mis zapatos al contacto con el desgastado tartán. 6AM.
Termino mis 5k y hago un par de vueltas más caminando para distender los músculos. Otra sesión de estiramiento y chao... Hasta mañana. Vuelvo a pasar por la misma esquina y el borracho continúa allí en la misma posición de contorsionista. Ya no son los perros quienes los circundan sino algunas pocas personas. Parecía un muñeco de ventrílocuo lanzado al azar dentro del baúl que lo resguarda, asumiendo una postura inadmisible para un humano. La barrera invisible que no dejaba acercar a los perros, y ahora a los curiosos, era un inmenso charco de sangre. Los cuatros detonaciones que me despertaron son las que están dentro del occiso: dos en la cabeza y dos en la caja torácica. Ya estaba un fotógrafo y una periodista de sucesos. Él era una versión masculina de Lisbeth Salander, tanto por la moderna cámara fotográfica que se gastaba, como por los nutridos piercings de su cara y los vistosos tatuajes; ella, de lo más normal.
Comienza el tráfico a frenarse para ver el triste espectáculo al que día a día estamos sometidos en este país. Recuerdo las palabras de aquella infame que dijo “lo que hay es una sensación de inseguridad”. El dueño de la fuente de soda que hace esquina y que tiene justo al frente al cadáver, quita un mantel de su docena de mesas y lo tapa. Llega alguien. Un familiar de la víctima. La hija. Se hace un extraño silencio y su llanto doloroso recorre todo el lugar. Se frena un bus, una camionetica como le decimos por acá, y apaga el potente reproductor que traía puesto ese clásico de la salsa “Calle luna, calle sol”. Cínico soundtrack para el momento, pero con una precisión insuperable por su contenido.
Al mediodía ya todo transcurría de lo más normal. Aumentan las estadísticas en ese patético rubro de la ciudad que habla de muertes a mano de la delincuencia. Pasa una señora con una niña de unos siete años justo por el lugar de los hechos. La mujer le dice “cuidado con ese charco de grasa”. Cierto, la oscuridad del color semeja al de la grasa que bota un motor, pero la realidad, es otro charco de sangre. Son las cinco y media de la mañana mientras termino de escribir. Suena el ring tone X y dudo en salir a trotar.
6 sept 2011
Diarios 1984-1989, Sándor Márai
1 sept 2011
Blanco nocturno

Lo primero que me dijo Ricardo Piglia antes de la entrevista, fue: “Me encanta tu camiseta de la Vinotinto. Hablemos de fútbol…y de literatura también (risas)”. No es fácil que dentro de la apretada agenda del reciente Premio Internacional Rómulo Gallegos 2011, te den veinte minutos para charlar In the record –and Out the record, too.
En todo caso y yéndome de pleno a Blanco nocturno, confieso que es mi primer acercamiento literario a este autor. Unos cuantos “piglistas o piglianos” (¿se dirá así?), me han comentado que no es lo mejor que ha escrito. Bien. Para eso están los gustos. Yo no puedo opinar en este sentido, pues tal como ya comenté, es la primera vez que lo leo. Otros lectores me han dicho que quedaron enganchados desde la primera página, y aquí sí opino, ya que en mi caso no fue así. El proceso fue como el carrito de la montaña rusa que va con lenta parsimonia en subida hasta alcanzar la cima para luego caer al vacío arrancando entrañas y gritos. Esto fue lo que me sucedió una vez que llegué a la mitad del libro. De ahí en adelante sí vino mi enganche.
La historia arranca con el asesinato del puertorriqueño Tony Duran, aunque su gentilicio es más norteamericano que otra cosa por la educación recibida. Formó un trío digno de sueño erótico con las gemelas Belladona (y gemelas además), pero cuando Sofía se cansó, Ada continuó en la juerga hasta que se vino a Argentina. Sin pensarlo mucho, Tony, una suerte de dandy chulo enredado por las buenas dotes físicas y argucias de la sureña, termina en las pampas con su último viaje y el final de su vida. Aquí comienza el misterio policial, lo intrigante por descubrir la verdad.
No obstante, si bien en cierto que esto es fundamental en Blanco nocturno, lleva una importancia más que destacada, me atrevería a decir que a la par del asesinato, el tema y el mundo recreado sobre ese pueblo sin nombre que atestigua todo lo que allí pasa, y especialmente, lo que le sucede a la familia fundadora de la fábrica más importante del lugar. Esta factoría, la cual está a un paso de caerse sobre sus propios escombros ya que de abandono lo sabe todo, está habitada –decir cuidada sería una exageración– por Luca Belladona quien ve cómo se desmoronó el sueño de tantos años de sacrificio hasta que también la muerte se lo lleva.
Hay un asesinato por resolver y mientras esto sucede, no podía faltar el preso al cual apuntan todas las culpas. ¿Chivo expiatorio? ¿Verdadero culpable de la muerte de Durán? Hay que leer y mientras avanzamos a través de una prosa clara, sencilla, el periodista de La Plata Emilio Renzi, ese meta personaje de Piglia que viene de textos anteriores según comentan los entendidos, hace lo que le corresponde: indaga, pregunta, intenta descifrar el misterio, mientras nace el litigio más importante de la región por la empresa de Luca Belladona y el ya famoso caso de homicidio.
Blanco nocturno juega con esa ambivalencia a la cual el título se presta. Por una parte, lo prístino que refiere el color en la nocturnidad, y por la otra, eso que pudiera interpretarse también como un objetivo de caza. El texto lleva consigo además unas cuantas referencias literarias y filosóficas traídas por el autor a través de esa placentera máscara que ofrece la ficción, los personajes y particularmente Renzi, quien pudiera verse como el alter-ego de Piglia. Allí está el duro capitán Ahab de Moby Dick; está Swann de Marcel Proust; Lukács y Kierkegaard; y qué decir de los autores que leía la madre de las gemelas Belladona: Jane Austen, Henry James, Wharton, Huxley, Thomas Mann; eso sí, como bien dijo la propia Sofía mientras conversaba con Emilio: nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce. Pero esta en particular, la de Blanco nocturno, vale la pena leer. Esto es literatura de la buena.