Al árbol debemos solícito amor…así decía una canción que cantábamos en el colegio. No sé si las nuevas generaciones de chavales la cantan. Ya ni recuerdo el autor. En todo caso… Las imágenes parecen de aquella escena de El señor de los anillos en donde feroces y oscuras criaturas desmembraban los árboles de raíz. Todo en exceso es malo, dicen por ahí. El agua no escapa a este viejo adagio, que con furia, produjo derrumbes y deslizamientos en muchos estados de Venezuela incluyendo la capital y lamentablemente causó unas cuantas muertes. Ya sé, ya sé… me estoy saliendo de la línea de trabajo de este mi humilde blog, pero no puedo evitar de manifestar la indignación que sentimos muchos venezolanos cuando vimos que con el mayor caradurismo y en mitad de una emergencia casi nacional, al presidente de la República le dio por encadenar a todos los medios de comunicación. ¿Cuál era la idea de semejante disparate? Agasajar a su amigote y homólogo de Vietnam, que como títere, dijo en su idioma “Patria, socialismo o muerte”.Cada vez somos unos hobbits en una tierra en donde el mal y la indolencia parecieran asentarse cada día. Fin de la perorata.
“RECUERDE CAMINAR POR LA DERECHA Y CEDA EL PASO”. El can de la gráfica se montó en la escalera mecánica en descenso y después del recordatorio del parlante, como si hubiera entendido, se acomodó a la derecha y cedió el paso de los usuarios más apurados. Algunos se quedaron paradotes del lado izquierdo y alguien dijo «qué vergüenza, hasta el perro es mejor ciudadano». Con la paranoia que me cargo desde hace un año exactamente después de enfrentarme a las hordas del mal, las cuales salieron victoriosas al robarme todo lo que llevaba conmigo y empotrarte una pistola en el cráneo como regalito de navidad, trato de esconder lo que llevo encima y que supuestamente represente algo de “valor”, así que me costó sacar del súper escondite el celular de primerísima generación para tomarle la foto al simpático usuario (en el caso de los celulares decir que un equipo es de primerísma generación es como remontarse al precámbrico. ¿2 megapixel? Por Dios, qué obsoleto). “SE LES RECUERDA A LOS SEÑORES USUARIOS NO PASAR LA RAYA AMARILLA, YA QUE LA MISMA ES EL LÍMITE DE SU SEGURIDAD”. Por favor que alguien me explique las negritas. Me disculpan pero yo no lo entiendo. Este alzheimer precoz me trae de cabeza. Lo cierto es que obedeciendo al mandato del operador escondido tras el parlante, todos obedecieron, incluso el amigo pulgoso, que en plena pose para la foto, no soportó la mordedura de sus minúsculos habitantes. Me lo imaginé pensando «¡Coño, pica pica pica…pica pica pica» y luego rematar con un reconfortante «aaahhhh». Como en Venezuela somos tan solidarios, todas las personas que vieron que iba a tomarle una foto se apartaron, excepto el despistado de la derecha (bueno, estaba en su derecho de quedarse, no?) Se abre el vagón, el ser de cuatro patas entra, echa un vistazo a su derecha y nada; luego a su izquierda, y nada. Los gestos fueron como si estuviera buscando a alguien. Sonó el cierre de puertas y salió como un rayo del tren. Mozart iba con todos los hierros en mis oídos y en la próxima estación, el caos: entra una inmensa manada de personas desaforadas por conseguir un puesto, lanzan codazos, improperios, carajazos, como digo yo: “patá y kunfú”… La que se sentó a mi lado venía con uno de esos celulares con parlantes. Me pregunto si es que se dañan si le conectan unos audífonos. Qué extraña necesidad de muchos el querer ambientar musicalmente los vagones del metro. Es como si el silencio, como si el roce metálico con los rieles les afectara el cerebro, razón por la cual someten a todos con sus exquisitos gustos musicales: esta venía –para variar- con un reguetón. Qué calificativo se le puede dar a esta música, escoja usted amable lector. De Mozart salté a Vivaldi, así que decidí subir el nivel de volumen. Seguramente se dirán ustedes, con toda la ironía y sarcasmo del mundo «Oh, qué ser tal culto y tal….qué clásico» Aclaro, sí, me gusta y para leer mucho más, pero así como disfruto de esta música, me paso con total desparpajo a la salsa cabilla, por ejemplo. Luego, la que venía al frente competía con una exquisitez antioqueña, lo cual hizo clic y ambiente automático con el libro que me cargo de Andrés Caicedo, qué berraco hermano, y el suicidio insinuándose a mitad del texto. Decido levantarme y quedar ensardinado en la mitad del vagón, falta poco. El Verano –presto- de Vivaldi va con todo y se da el respectivo intercambio de tropeles humanos en la estación de turno. Concluyó la lectura, así que cambio de música clásica a algo más anglo, me tropiezo con Alicia Keys, del carajo. Arranca el tren y en seguida se activa la alarma insistentemente y tras el agudo sonido se oye un desgarrador «mamiiiiii…mamiiiiii». La pobre y desesperada madre mientras buscaba a su hijo de unos ¿cinco añitos? en el andén, éste se alejaba de una estación a otra con un montón de extraños a su lado. No quiero emitir ningún comentario sobre esto ya que –creo- esto pudiera pasarle a cualquiera, pero hay qué ver, no? En fin…estaba más concentrado en esquivar las esquirlas putrefactas que salían del lusitano que venía a mi lado con su mano derecha pegada al techo y de cuya axila se desprendían guacales de cebollas pasadas de fecha. Una señora –valiente ella- le ruega que baje el brazo. Lanzo la mirada al techo no sé si para contener un ligero intento de sonrisa o para hallar algunos centímetros cúbicos de aire respirable. La publicidad en el techo –muy moderna ahora- dice algo como “Ariel, tu mejor aroma” o algo así…«el usuario de al lado sería perfecto para la cuña» -pienso. Se abren las puertas del vagón y todos huimos; la bocanada de aire no tan fresco pero inodoro acaricia mis adenoides; el niño pasa a manos de un operador del metro a la espera de la descuidada madre; luego el parlante continúa con su labor: “SE LES RECUERDA A LOS SEÑORES USUARIOS TOMAR A SUS NIÑOS DE LAS MANOS”, a lo cual yo le añadí: “Y ASEARSE ANTES DE SALIR DE CASA”.
Por aquellas casualidades de la vida terminé de leer La fascinación de la víctima, justo en el lugar en donde se desarrolla una de las escenas de dicha novela: en los alrededores del Cine Trasnocho. Ambiente cultural, la librería de siempre, café, y el olor a cotufa reciente me hicieron compañía hasta llegar hasta el final.
La doctora Madigan, una psicóloga canadiense con excelente dominio del español, asume un rol de detective que nunca se buscó. Su principal paciente, Adriana Budenbrook, impenetrable al principio y hermana de una joven asesinada, le da las primeras claves para comenzar con el proceso de investigación, proceso que capítulo a capítulo va integrando otros sospechosos y otras historias que aumentan la expectativa, tanto de Elvira Madigan como la de los lectores por hallar al culpable, ya no con la intención de apresarlo, sino simplemente por saber la verdad.
La voz narrativa que va deshilvanando los hechos planteados en la novela, aprovecha la ocasión para rememorar la literatura venezolana, incluso para comentar (¿denunciar?) “que era poco lo que se encontraba en las librerías europeas, a excepción de Uslar Pietri”, esto en voz de un reconocido escritor venezolano, firme candidato al premio Nobel de literatura, que después de tantos años alejado de su tierra, regresó para morir a manos de un misterioso asesino en plena sala de conferencia y a la vista de todos.
Elvira Madigan, se empeña, se va metiendo en todas las aristas que saltan de su investigación, dialoga consigo misma, se interpela a través de Mc Leod, un personaje que está en su psiquis haciendo las veces de asesor profesional. Todo girando en torno a un ambiente de sordidez recreado por la autora Ana Teresa Torrres, en donde no faltan asesinosa sueldo, chivos expiatorios, drogadicción, violencia, familias poderosas que todo lo tienen y que todo pretenden comprarlo, en un país en donde el silencio pareciera ser la norma: “todos estaban de acuerdo en que lo mejor era que el incidente se olvidara, y, efectivamente, los medios cubrieron la noticia apenas una semana. Después, el silencio”.
Paso a paso la psicóloga ya transmutada en detective, se vuelve más insidiosa, paga el dinero que hay qué pagar en el largo trayecto investigativo. Para eso Adriana –su paciente- tiene suficiente dinero, y ésta quiere conocer la verdad al precio que sea, saber quién mató a Sofía, su “hermanita”. Quién sino una mujer con su estatus, su apellido y su posición económica pudiera pagar las altas sumas de dinero que fueron necesarias para escarbarle el pensamiento a varios informantes. Sin embargo, más allá del sólido piso financiero que generan los dólares para poder llevar a cabo las experticias, Elvira Madigan tenía la necesidad de ayudar, de sentirse útil ejerciendo su profesión: “quiero sentir de nuevo el entusiasmo de ayudar a otra persona”.
La fascinación de la víctima trae adjunto dos asesinatos que deben ser develados, el de Sofía Budenbrook y el del escritor Pablo Narval. El texto pudiera pasar por novela policial. Totalmente cierto. Empero, hay elementos que lo elevan más allá de lo que pudiera ser esta categorización. Existe una clara recreación de los mundos expuestos, de sus personajes -principales y secundarios- que poco a poco van soltando empalmes, es decir, datos importantes para el esclarecimiento de los hechos bajo una ambientación minuciosa de la ciudad -de Caracas para ser exactos. Voy al punto: es una novela muy bien hecha. La autora va dosificando la tensión, soltando pequeñas pistas para engancharnos con la lectura hasta el final, de a poquito. Cediendo cuando hay que hacerlo y postergando cuando la trama lo exige. Existe una clara “fascinación” desde el primero hasta el último capítulo por descubrir a los culpables, más allá de las víctimas.
Después de tanto pensarlo y no hallar más que un contraste de género, conseguí una respuesta sencilla pero eficaz engranada en el pensamiento y la palabra del poeta Alexis Romero, para dar con la diferencia entre un poeta y una poeta:
La diferenciaentre un poeta y una poetaes la cantidad de sangrepresente en el poema
El ejercicio de la palabra, del entramado poético que se forja sentándose durante minutos, tal vez durante horas en una silla para dar con la imagen buscada, es lo que podemos notar en Demolición de los días, poemario en donde el poeta busca el equilibrio de las imágenes expresadas a través de la cotidianidad, de casas, de árboles, de edificios, de las cosas que por sencillas pasan de largo, siendo justamente en tales cosas donde brilla el verso.
Quizás por ello hay un poema titulado “Tasco” (la marca de un binocular), en el que la imagen del poeta frente a su pc va ejercitando la palabra mientras interactúa con su hijo; u otro poema llamado “Hospital Domingo Luciani”, donde tantos han sobrevivido y otros tantos muerto, “en una ciudad cuya oración celebra el crimen”.
La poesía como ejercicio aeróbico de la palabra, en donde se necesita todo el oxígeno posible -digno de un buen maratonista- para llegar a una meta que se disfraza sencilla, que tal vez se resuma en un extenso poema, en un simple verso o en una sentencia contundente como “el poeta es una cloaca / en equilibrio”; poeta que necesariamente debe regodearse en su propio lodazal, exhumar su paciencia hasta alcanzar “los muros construidos por la prisa / tocando lo poco pero sólido que aún le conforma”.
Demolición de los días es un poemario trabajado, pensado y macerado con tiempo, que pone en evidencia el “oficio”, palabra que dentro de los avatares poéticos se me antoja perfecta para lograr una aproximación al acto creativo del poeta, el mismo que dice: “nombrar es el oficio que me enferma”, verso que se halla complementado en “Oficio”, el cual comparto con ustedes a través de mis escombros:
Oficio
el hombre del poema tiene la boca cosida de silencios
no está aquí para llamar ni ser llamado
sólo es un vaso esa chorrera de agua maloliente que asusta a los padres y deleita a los ingenuos
el hombre del poema tiene la boca cosida de silencios
Barcelona es el escenario, el misterio, los personajes. El juego del ángel es el tipo de libro que no te deja en paz hasta que no lo terminas, que te envicia de tal manera que es irremediable dejarse llevar por la adicción que crea cada línea, cada historia. Es el tipo de texto que te roba los entretiempos y los pocos minutos libres que te deja la cotidianidad.
Al principio de su obra y particularmente dentro de los primeros seis y angustiosos capítulos, Carlos Ruiz Zafón detalla las miserias de un niño abandonado por su madre y maltratado por su padre analfabeta. David Martín, es ese niño que con el paso del tiempo y gracias a sus dotes literarias, pronto se deja atrapar por “el dulce veneno de la vanidad”, gracias a la imperiosa necesidad de ver su nombre estampado en la portada de un libro. Conoce a un extraño y adinerado editor y más temprano que tarde se ve envuelto en una serie de hechos misteriosos que apuntan a seres casi fantasmales y turbulentos.
David, ya independizado del viejo periódico en el cual trabajó y desde donde cobró fama enmascarándose detrás de un seudónimo, cae en la dependencia emocional y monetaria que lo enlaza con el misterioso editor Andreas Corelli, transándose en profundas discusiones literarias, religiosas y filosóficas con él. Sobre literatura Corelli señala: “lo que le confiere efectividad es la forma y no el contenido… todo es cuento Martín. Lo que creemos, lo que conocemos, lo que recordamos e incluso lo que soñamos. Todo es cuento, una narración, una secuencia de sucesos y personajes que comunican un contenido emocional. Un acto de fe es un acto de aceptación, aceptación de una historia que se nos cuenta. Sólo aceptamos como verdadero aquello que puede ser narrado.”
Posiblemente la voz de Corellli sean los pensamientos no ficcionales del propio Zafón camuflados magistralmente en su trabajo. A lo largo de El juego del ángel, en ese intenso dialogar entre David Martín y el editor, conseguimos incontables líneas que van en este orden: “El silencio hace que hasta los necios parezcan sabios durante un minuto”; o “toda oportunidad de negocio parte de una incapacidad ajena de resolver un problema simple e inevitable”; o “Un intelectual es habitualmente alguien que no se distingue precisamente por su intelecto. Se atribuye a sí mismo ese calificativo para compensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades”; o esta fantástica joya que deja muy claro que la escritura es trabajo y sacrificio: “La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso es inspiración”. Paro aquí con las citas puestos que tendría que reescribir la obra completa.
Esta espléndida novela que es continuación de La sombra del viento según me indicara uno de los gerentes de tan importante casa editora, puede leerse independientemente de ésta, hecho que sin duda le añade valor, dado que demuestra el trabajo y la maestría con que Zafón creó sus mundos de ficción, literarios, capaces de valerse por sí mismos en dos libros por separados y que juntos hallan perfecta uniformidad –ya lo corroboraré una vez que lea La sombra del viento.
David Martín, el brillante escritor, pierde las esperanzas y pronto ve amenazada su vida en situaciones espeluznantes que ponen los pelos de punta y que consiguen su desenlace en las dos últimas páginas, la penúltima, más que sugestiva: 666
Aventuras, intrigas, romance, están presentes en El juego del ángel de principio a fin para atrapar la atención del lector con premeditado descaro por parte de su autor.
Comenzando a hacer la brevísima reseña de Harar y la rodilla rota, vino a mi mente la frase “apuntes de lectura”, que es lo que gustosa y agudamente termina siendo este breve pero sabroso libro. No me había dado cuenta que dentro de las primeras hojas del mismo, entre paréntesis, decía “notas de lectura”. Dichas notas de Rafael Castillo Zapata a sus incontables reflexiones, son un abanico de ideas a cada lectura, son otro libro. Así, la mirada atenta y aguda de este poeta, narrador y ensayista venezolano, pasa por las obras de Thèodore Banville hasta Sergio Pitol; va desde Alfredo Silva Estrada hasta Vila- Matas, cubriendo y re-descubriendo textos que han pasado por sus manos –y también por las mías- y dándome a conocer textos y autores que desconocía. En un breve pero delicioso mini-ensayo (el calificativo va por lo corto) que se llama “Revelación de la cerveza”, dice hacia el final: “hace falta sacar partido de la propia carencia, trabajarla con tacto y con paciencia”, enunciado que evidentemente no va con Castillo Zapata pero que me viene como anillo al dedo a mí. Por ello escribo, por ello hago el intento de esta ínfima aproximación a Harar y la rodilla rota, título que a priori causa suspicacia y desde el principio te das cuenta del truco, develándote de entrada de que todos “nos hemos convertido en comentaristas de Rimbaud”.
Me hallé con la grata sorpresa de ver dentro de sus ensayos uno dedicado al joven poeta Angel Galindo, con quien compartí los salones de la Escuela de Letras y largas y amenas conversaciones entre pasillos, en donde el propio Castillo Zapata lo compara con algún personaje de Robert Walser. También están las notas no menos importantes sobre textos de Bolaños y Ricardo Piglia –entre muchos otros- y sobre un texto ya de cabecera e imprescindible dentro de nuestra literatura: el ensayo “Leer a la vuelta” sobre el libro de María Fernanda Palacios: Sabor y saber de la lengua.
Los análisis que hace Castillo Zapata a cada una de sus lecturas, deja en evidencia que es uno de los más notables ensayistas en Venezuela, y no lo digo desde una tónica complaciente por el hecho de conocerlo personalmente y por haber sido su alumno (amén de mi tutor de tesis), sino por su capacidad de deshilvanar los temas que nacen de los libros que pasan por sus manos, de desmenuzar tópicos, personajes y temas –de ficción o no- que están dentro de la literatura. Por ello nos hallamos con frases, casi aforísticas, que sólo pueden nacer de un extraordinario lector, como por ejemplo cuando alude al texto La expulsión del paraíso de Virginia Wolf, y sobre todo a la literatura desde su “literaturidad” (término que de seguro usaría el propio Castillo Zapata): “…la literatura: una incansable máquina de reciclaje, una trituradora de textos cuya pasta es pasto de otros textos, reduplicados infinitamente en la basta rumia de los tiempos”.
La poesía da para mucho, tal vez para todo. Quién sabe. La poesía como acto de redención, como autopista al desencadenamiento de emociones, drenaje oculto que deja pulular lo más oscuro y lo más sublime. Quizás una simple manera de mirar al mundo, de vivirlo y sacar de él lo que no se ve a simple vista o que está allí, pero que no todos tienen la gracia de ver la obviedad que nos rodea.
Pero también la poesía como homenaje a quienes nos dan vida; como homenaje a quienes por los intríngulis de la vida asumen inconcientemente –y a veces con premeditación- roles protagónicos en el quehacer poético de quienes labran la tierra imaginaria en una hoja en blanco: este es el caso de Polo Sur de María Teresa Ogliastri.
La remembranza y agradecimiento explícito sobre poetas insignes como Montejo y Cadenas forman parte de este viaje poético, mitológico, a través de la palabra transformada en embarcación presta a llevarnos por una imaginería repleta de agua, a veces sólida como el hielo y en ocasiones inasible en su estado más líquido. Ulises y Telémaco son testigos de ello: dice Odiseo -¿o tal vez la poeta?-: “¿podré algún día hallar sosiego?”, justamente después de salir victorioso de terribles encuentros con cíclopes y brujas.
Polo Sur es un “viaje al perdón”,una bitácora de viaje a la nostalgia que halla además reminiscencias de un Dante: no es casualidad que este delicado poemario esté armado en tres capítulos como la Divina comedia y “Epístola a Beatrice” sea uno de sus excelsos poemas:
Me marcho sin el sol
a merced de los beduinos del agua
sólo me falta una hoguera
sellar la lápida
de todo esto
sólo la mirada salvaje
y el hacha
de todo esto
una advertencia
María Teresa Ogliastri admite y agradece profundamente el ojo crítico y tutorial del poeta y librero Alexis Romero, a quien dedica también un poema que hace acopio no de la anécdota, sino de la palabra necesaria para enarbolar la poesía desde su carácter más ontológico.
Lecciones del lobo (a Alexis Romero)
Sé que debo quedarme quieto
y no chocar contra el iceberg
mi doble surge del alba
viene tras las hojas
la enfermedad siempre estuvo ahí
en la memoria
los lirios causaronel desequilibrio
sobre esta roca granítica
ya nada puede restaurar el orden
fallas en el oxígeno
traen el eclipse
pero la niña no puede verlo
cuando alguien no ama no podemos irnos
imposibilitado
aprendo del lobo
que se entierra en la nieve y espera el día
Como bien señala el propio Alexis Romero prologando Polo Sur: “En todo viaje se gana y se pierde”, y este es el caso en donde no hay desperdicio de ningún tipo, ninguna pérdida, es palabra ganada, es triunfo.
Qué envidia Pol, y seguramente se dirán, claro, multimillonario, famoso, ensalzado por la corona británica y un sin fin de motivos para tan innoble sentimiento. Pues no, aclaro que la sana envidia me viene por el lujo que se da cruzando el rayado, y para colmo, descalzo.
Te reto Pol a que vengas a Caracas, a ver si te puedes dar esa bomba. Aquí, en este terruño anárquico, el rayado peatonal es realmente una diana acostada, horizontal, a través de la cual los conductores ven suculentos blancos andantes, prestos a ser arroyados sin clemencia. Da la impresión que mientras a mayor velocidad se pueda ser arroyado, mayor podría ser la puntuación alcanzada por los que van al volante.
Aquí la cosa va a la inversa: en el canal izquierdo de la autopista -el rápido- se va lento. Y que ni se te ocurra tocarle corneta o lanzarle flashazos de luz al que va adelante, pues mínimo te pintan un gorrión; y el canal lento, el de la derecha, termina siendo irremediablemente el rápido, y ay! si a alguien se le ocurre ir a una velocidad moderada por esa vía… Es como si fuéramos una patética copia de los ingleses: todo al revés pero mal hecho. ¡Colón, ¿cómo hiciste para pasar ileso por el triángulo de las Bermudas?! ¿No pudieron llegar los ingleses primero? Hasta las escaleras del reconocido C.C.C.T. están a la inversa: por donde se sube se baja, por donde se baja se sube. Es genial ver a la gente confundida sin saber por donde ir.
Hoy en la mañana, muy cívico yo, intenté cruzar por el rayado. Supuse que arriba de éste estaba un ser imaginario dando la señal de partida a los carros que, en teoría, (permítanme reír a lo inglés: hi-hi-hi) me deberían dar paso. Me transformé sin darme cuenta en blanco sobre la diana, pero para mi fortuna, la 4x4 no atinó en darle a este tarajallo de casi 100k. Lo que sí me quedo fue la estela bucal y escatológica que le envió saludos a mi mamá: lo que alcance a escuchar fue un “…tu madre”. Lo peor de todo es que si algún conductor tiene el atrevimiento de frenar para darle paso a un peatón, podrán imaginarse la cantidad de improperios que le caen encima, como me pasa a diario cuando de peatón paso a conductor: “mueve esa…”, el calificativo se lo ponen ustedes.
Anarquía, desorden, desidia, y un sinfín de etcéteras puedo enumerar de la conducta “ciudadana” del venezolano y en particular del caraqueño. Es increíble ver el civismo de mis congéneres cuando van en un vuelo sentido Venezuela-USA, por ejemplo, somos la mata de la decencia; pero qué les digo cuando ese vuelo es la inversa: se desatan los caballos mi hermano! Todo el mundo hace lo que le viene en gana, es como si Venezuela tuviera un campo magnético siniestro, algo así como la isla protagónica de la serie “lost”, en donde todo funciona, sí, pero al revés. ¡Apaguen los celulares!, celulares prendidos; ¡Favor mantenerse en sus asientos”, todos de pie, y así con todo…
Pol, te reto a que cruces el rayado en la ex sucursal del cielo, supongo que al menor intento gritarás “Oh darling”.
Esta es una de esas casualidades tontas de las cuales me fijo mucho, como si fueran imprescindibles para continuar con el inicio de una lectura o continuar con el día a día, a veces aterrador, a veces simpático: he leído Piedras Lunares en dos sentadas, la primera en sentido Caracas-Valencia; y la segunda, en sentido Valencia-Caracas (cómodo el autobús, por cierto). ¿Cuál es la casualidad?, se preguntarán. Su escritor, Fedosy Santaella, es oriundo del Estado Carabobo. Dicha semejante tontería, me he divertido viendo –y leyendo- el accionar de estos seres maléficamente inútiles e ineptos, que en palabras del propio autor son unos “esnobistas del mal, que juegan al mal y todo les sale mal”. El libro está compuesto por once relatos enmarcados dentro de la literatura negra, en donde están presentes desde reminiscencias de Rilke en voz de uno de sus protagonistas cuando dice: “la claridad extrema requiere detalle, sobrevivir entraña cierta paranoia. La lucidez me ha traído a una región ignota donde todo ángel es terrible, y también un demonio a los ojos del vulgo soñoliento…”, hasta la nefasta fortuna para las factibles víctimas que tengan la ocurrencia de cruzarse por el callejón de la puñalada al ritmo del sonero mayor: “Sólo hay que atreverse, sólo debes acercarte y saber mirar. Ven, lee el trazo, la línea sinuosa, la sierpe desollada que nos lleva al interior de un bar en el callejón de la puñalada, a un mundo de oscuridad inmensa y llena de espejos, donde todo fluye sabroso con Maelo y sus caras lindas de la gente bella…” Sin ambages, Fedosy entrega en sus relatos toda la dinamita posible que pueda hacer estallar las palabras, las que están combinadas con una espléndida retórica, y las que están en la calle, las del día a día, las que insultan, las que blasfeman, para reafirmar con ello lo terrenal de lo narrado, y en varias ocasiones, hasta lo absurdo: clara muestra de ello resulta el relato “El merodeador inexistente”, cuyo protagonista va confesar sus fechorías y ni un solo policía lo toma en cuenta en la comisaría, exige el castigo que se merece y no obtiene resultado alguno. Piedras lunares está repleto de personajes extraños que rayan en un absurdo casi beckettiano, en donde lo narrado pareciera ir en dirección de una denuncia silente a nuestra sociedad cada vez más indolente ante la delincuencia desatada; indolencia que tal vez y lamentablemente se transforma cada día en hábito.
Suelo referirme a la excelsa poeta venezolana María Calcaño, simplemente como “La Calcaño”. El apelativo va en todo momento en sentido halagador. Sensualidad, erotismo, deseo, amor; emociones prácticamente palpables desde su palabra hecha luz hace más de medio siglo. Incluso la muerte, la inefable muerte, consigue a través de sus versos otro matiz.
No soy la excepción a la grata sorpresa que me deparó leer su poesía, la cual estuvo oculta, según entendí, por décadas: el ineludible machismo, prejuicios propios de la época, etc., fueron muchos de los factores que mantuvieron sus versos en un largo silencio.
Vaya aquí una brevísima e injusta selección de lo leído:
En una ciudad devastada, olvidada por el tiempo y de la misericordia de Dios, conviven una mujer adulta y una niña, que si bien no es su hija, la cuida como si fuera tal. La ve crecer, atraparse en los fantasmas de la infancia, salir de ellos, crecer y caer en cuenta que ya ama, que “las exigencias biológicas propias de su edad se apoderaban de su vida con una puntualidad predecible y precisa”. Emily es esta niña y quien la cuida, quien sabe, es ese yo autobiográfico que pudiera ser la autora de Memorias de una superviviente: Doris Lessing. Para muchos su obra cumbre y fundamental es El cuaderno dorado, pero me llegó a las manos este libro que degusté lentamente para entender el dolor allí planteado, antes que ese “cuaderno” que ya buscaré.
Niños en completo abandono y miseria, habituados a la intemperie de una ciudad fría, sobreviven acabando con todo, robando, saqueando, incluso matando. Las reflexiones de la voz narradora ubicadas en un protagonismo que en ocasiones pasa a ser testigo, están a lo largo de toda la obra para hacernos vivir ese mundo triste y desvalido que tienen que afrontar con duro estoicismo. Marejadas de niños agrupados en clanes salvajes se apoderan de todo cuanto sea comestible. Las calles y los edificios abandonados son sus madrigueras. Hasta las ratas, que huyen de ellos como si los despreciables roedores fueran estos niños que están al borde del canibalismo más brutal, terminanasadas, en una barbacoa nauseabundae inesperada para el lector. ¿Lessing? intenta dosificar la apabullante historia que viene contando sin aspavientos, cuando se excusa diciendo “…sí, a pesar mío, todo lo que escribo en este instante bordeala farsa”.
Ficción o no, Memorias de una superviviente deja ver con firmeza en la palabra, la decadencia factible en la que cualquier ser humano puede caer y en donde la supervivencia es literalmente cuestión de vida o muerte.