30 mar 2011

El mundo de Guermantes



Debo decirlo con la desvergüenza que me caracteriza: duro, ha sido duro seguir con este empeño de leer a Proust, pero la obra se torna más interesante e intensa a medida que avanza. Ahí la magia. Terminado de leer el tercer tomo de En busca del tiempo perdido, puedes perfectamente comenzar a establecer los vínculos, a empalmar esos eslabones que el autor ha ido dejando entre Por el camino de Swann y El mundo de Guermantes, que aunque parezca contradictorio, van de lo minimalista, desde el detalle sesudo del quehacer diario de sus personajes, de la descripción de acciones y pensamientos, hasta la vastedad que representa el tiempo que se va expandiendo con su prolija prosa.


En El mundo de Guermantes, lo aristocrático sigue siendo el carácter protagónico de la historia entre duques y duquesas, y las distintas personalidades de la alta alcurnia parisina de la época. Swann sigue inmerso en esa kermesse pseudo diplomática junto a su esposa, fingiendo un arraigado nacionalismo para indagar y descubrir, incorporándose a un entorno que si bien le resulta ajeno, se apega cada vez más al mismo.
Encontramos, por ejemplo, personajes como Charlus, que despunta una exagerada delicadeza en sus modales que rayan en lo afeminado, pero que no le resta en lo absoluto sus dotes de gran señor. Estereotipos como este, propios del universo elitesco que gira en torno al qué dirán, a las apariencias que hay que mantener en las altas esferas de la sociedad se hallan en El mundo de Guermantes, descollados con las pinceladas precisas que Proust traza al detalle sobre la trama.

Algunas de esas pinceladas que el autor dejó para la historia de la literatura universal:

“Una persona no está, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, con sus defectos, sus proyectos, sus intenciones frente a nosotros…sino que es una sombra en que jamás podremos entrar”.
“La lengua escrita, siente de tiempo en tiempo la necesidad de esas alteraciones del sentido de las palabras, de esos refinamientos de la expresión”.
“El sueño, ese benéfico acceso de enajenación mental”.
“Hay mucho menos ideas que hombres, y así, todos los hombres aferrados a la misma idea se parecen”.
“La defensiva no es más que el preludio del ataque y la victoria”.
“Nada nos incita tanto a aproximarnos a un ser como lo que de él nos separa, y ¿qué muro más infranqueable que el silencio? Se ha dicho también que el silencio era un suplicio capaz de volver loco a quien estaba condenado a él en prisiones”.
“Es un gran sufrimiento entonces dejar la vida sin haber sabido nunca lo que podía ser el beso de la mujer que más se ha querido”.
“El amor y el sufrimiento, tienen como la embriaguez, el poder de diferenciar para nosotros las cosas”.
“La perversidad no tiene probablemente en el alma del malvado la pura y voluptuosa crueldad que tanto daño nos hace al imaginárnosla”.
“El talento no es un apéndice postizo…es el producto vivo de cierta complexión moral en la que faltan generalmente muchas cualidades”.
“Un artista, por modesto que sea, acepta siempre verse preferido a sus rivales y se limita a tratar de hacerles justicia”.
“En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, de que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo”.
“Los celos, que prolongan el amor, no pueden contener muchas más cosas que las otras formas de la imaginación”.
“Cuanto más corto es el tiempo que nos separa de lo que nos proponemos, más largo nos parece, porque le aplicamos medidas más breves, o porque simplemente pensamos en medirlo”.
“Las superficies y los volúmenes son, en realidad, independientes de los nombres de objetos que nuestra memoria les impone cuando los hemos reconocido”.

Son incontables las variopintas referencias que pueden sacarse de El mundo de Guermantes y de toda la obra de Proust. Con respecto a esta última cita, me queda la duda por saber si el autor tenía conocimiento del concepto de “significado/significante” que años antes ya había manejado Ferdinand de Saussure. Más allá de esto, y apartando quién fue primero, hasta semiótica hay en En busca del tiempo perdido.

23 mar 2011

La advertencia del ciudadano Norton


Estamos en la era de la web 2.0 entre otras cosas. Facebook, twitter, blogs, correos electrónicos y un sin fin de aplicaciones se dan la mano (virtualmente, cero contacto) para crear una comunidad de millones de usuarios. Seguramente usted conoce a más de una pareja que halló el amor por esa vía y que son de lo más introvertidos en la realidad, pero un mar de sociables frente al teclado. Son de aquellos que dicen, al mejor estilo de Roberto Carlos, tener un millón de amigos. También sabrá de casos en donde el plagio se ha colado tras la red.

¿Qué pasaría si por un descuido o desconocimiento absoluto, un escritor no protege su texto, mejor aún, su más reciente novela, y cae en manos de un hacker cuando ya estaba lista a pasar por los labios de la imprenta? Eso está en La advertencia del ciudadano Norton, y le sucede al escritor Max Moro. Un hombre hábil con la palabra, tricoronado en divorcios y ex estudiante del Colegio Humboldt.

Comienza así el chantaje entre el pirata electrónico y Max, trazando una estupenda dialéctica epistolar convertida en correos electrónicos que dan constancia de la audacia retórica, tanto del Jack Sparrow literario y el incauto narrador que no protegió como era debido su creación: “Recuerde que sin el antivirus, usted corre peligro, le había recordado el ciudadano Norton advirtiéndole sobre los virus ciberespaciales y las intrusiones de los delincuentes de la realidad virtual”, pero en su arrogancia digital se dijo a sí mismo: “...será cuando yo quiera...soy un hombre libre y un poeta”.

Nace así el blog http://comandomapuche.blogspot.com, en donde víctima y victimario hallan otro lugar de encuentro para proseguir en la dura negociación en pro de que Max se haga nuevamente de su codiciado archivo “Nueva Novela”. Con argumentos que saltan de la ficción y extraídos de la realidad, el hacker antiglobalizador y férreo anti imperialista, le increpa diciéndole: “...te estamos dando en la madre quitándote tu noveleta. ¿Qué clase de personajes has creado, todos extraviados en sus prejuicios de clase...? La literatura no puede estar al margen de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo, especialmente en nuestro país tradicionalmente explotado por el capital internacional y sus cipayos locales”.

Con argumentos bien pensados, Max Moro va en contraataque y así se va la tónica beligerante en la novela entre agresor y agredido: “Tengo la impresión de que usted debe llevar a cuestas una suerte de hedentina ideológica que debe estar como su seguramente deshilachada y roída franelita del Che (a ese sí que le vendría bien lo de salvaje: sólo en uno de sus días “gloriosos” a cargo del paredón, presidió el fusilamiento de 600 cubanos, una bicoca pues. Pobre Ernesto, terminar convertido en T-shirt)”.

También La advertencia del ciudadano Norton, incorpora en paralelo dentro de su historia, la vida de Delfina, una joven junguiana argentina, hermosa, de esas que llevan a pensar si existe un ejemplar así en la realidad, la cual trata de desempolvar la historia de su familia. En su búsqueda de la verdad y mientras Max lucha por conseguir de nuevo su novela, entran en juego el oscuro pasado del Tercer Reich, la Gestapo y las vergonzosas implicaciones en la era peronista.

La novela está muy bien equilibrada en cuanto a la entrega de la intriga, aderezada con una prosa bien elaborada y pletórica de referencias culturales como Karl Krispin suele utilizar y distribuir con inteligencia a lo largo del corpus ficcional de la historia. Vale la pena preguntarse si al propio autor le sucedió algo similar a lo vivido por Max Moro, y si La advertencia del ciudadano Norton es una reflexión de algún gazapo similar. Hay algo de sátira a ese mundo virtual al cual más de uno ha sucumbido y que por una u otra razón, cada vez se va metiendo más y más en nuestro día a día. Lo delicioso del texto, amén de su final inesperado, tiene qué ver con la cabida de las voces opuestas, de lo ecléctico en cuanto a los pensamientos antagónicos, que aquí, hallan espacio para el debate.

21 mar 2011

UNA VENEZUELA BONITA Y EDUCADA QUE ME DÉ LOS BUENOS DÍAS...

Si del cielo te caen limones aprende hacer limonada. El punto es que no me cae la tan benéfica y ácida fruta, no. Estando en los destartalados colectivos de la ciudad, me caen los vendedores y me persigue la música de la hermana república, desvirtuada además, por múltiples agudos y la ausencia absoluta de los bajos. Crisis, crisis y más crisis. A vender lo que sea con tal de hacerlo honradamente, dignamente y otros excesos adverbiales que bien vendrían a tono.

La nueva estrategia para endulzar a los posibles y potenciales compradores, es demostrar una educación, que en la mayoría de los casos, es forzada. Trabajada de esquina en esquina y parada tras parada. París bien vale una misa y la educación -vaya por delante- también:

(En horas de la mañana)

-una Venezuela bonita y educada que me dé los buenos días.

...

-UNA VENEZUELA BONITA Y EDUCADA QUE ME DÉ LOS BUENOS DÍAS.

...

-Coño, aquí la gente si es burda de maleducada.

Hacia el fondo, alguien que se sintió aludido respondió con la intención de salvar su honor, pero temiendo a ser el primero a romper el silencio “...buenos días”. Con letras chiquiticas y con voz minúscula.

-Bueno, lo que mi hermano les va a entregar son unos ricos chocolates... Sin compromiso, oyeron? Y con la misma educación con la que se los da, se los devuelven, oyeron? (la repetición no es mía) Cero lacreo mi gente... Mi hermano es sordo-mudo, así que no se asusten cuando grite. Eso pasa sólo si no compran nada.

Una mujer de mediana edad, desprevenida en el trayecto, se dio cuenta que dejaba atrás su destino y se paró con la rapidez que ameritaba el caso. Tropezó sin querer al “sordo-mudo” y una inesperada lluvia de chocolates fue a parar a varias piernas y al piso...

-Coño señora, pero usted es ciega, no ve?

-y tú no eras “sordo-mudo”?

-con ese coñazo que me dio se me quitó todo.

-Chamo, tú eres loco? Cómo vas abrir la boca -le dijo su “hermano”.

Hubo risas, abucheos, insultos y otros desmanes de los que pueden escucharse en un momento como ese. El conductor, riendo a más no poder, frenó “la unidad” (así decían los forros azules: “Cuida esta unidad, y no ensucie, que usté no limpia). Al “usté” le agrego un necesario dixit.

Mismo día, horas de la noche, las de Pedro Navaja y Juanito Alimaña; horas en donde la paciencia y la poca dosis de ánimo quedan en cero y una especie de implosión anula cualquier resto de buen pensamiento en mis entrañas; quedo en modo Ciorán. Fue estúpido lo que hice, pero si me hubiera ido mal, no estarían leyendo esto.

En la esquina 1, un trío de hombres que tomaba ron en pequeños vasos de cafetería, comenzaron -entre broma y en serio- a burlarse por motivos desconocidos de un hombre que iba acompañado de su joven mujer embarazada. Hubo retos, insultos y chanzas para que se bajara del colectivo para ver “si eres tan machito”. El pesado ambiente, aderezado una vez más por la música referida en las primeras líneas (en serio, otra vez vallenato), era el soundtrack malévolo del irrespeto en su máxima expresión.

Ahora el mudo era yo. Venía supurando la obstinación clásica de un anacoreta, más aún después de ver la reciente ofensa al desconocido que más de uno tomó como propia. Me acompaña Enrique Anderson Imbert durante el trayecto y en más de una ocasión me ha salvado de bizarros espectáculos, pero en ese momento, pudo más la calle que el cuento que me leía.

Esquina 2, lisos.

Esquina 3, lisos y aquello era un gran enlatado de sardinas pertrechadas como en la canción aquella del gran Lavoe: “entren que caben cien, cincuenta paraos, cincuenta de pié...”

Esquina 4: par de malandros irrumpen con violencia al colectivo. El aspecto de los dos era el peor que pueden imaginar. Pensé en una Opera do malandro (pendejadas mías) devaluada y de bajo presupuesto:

-Epa chofer, la cola ahí...

-¿Tienen pistolas, vienen a robarnos? -dijo el conductor frenando de golpe y metiendo el parking que hizo chirriar la caja de velocidades.

-Tú eres güevón chofer, tú crees que si tuviéramos pistolas te pidiéramos la cola? Tenemos pero andamos sanos.

Mientras discutían todos los pasajeros comenzaron a bajar apresurados. Algunos pagaron y otros no aprovechando la coyuntura.

-Respeta carajito que puedo ser tu papá -dijo el conductor, que por sus rasgos, era fiel heredero de antiguos guerreros incaicos. Tengo cincuenta y seis años -añadió.

-Y qué sapo! Yo tengo treinta y cinco.

-Te me bajas de mi mierda.

Es curioso, por un instante pensé que iba en un bus.

-Todo el mundo se bajó, con esa pinta de malandros la gente se asustó. Bájense, bájense...-continuó el conductor, blandiendo una viga en la mano cual si le dijera a sus rivales angard.

El colectivo se puso en marcha mientras la discusión entre ellos continuaba. Todos los pasajeros se bajaron. Todos menos uno: yo.

-Cómo que todo el mundo? Aquí está este señor, dígalo ahí varón?

...

-Qué pasó jefe, no habla?

...

-Bien bueno pues, aquí tenemos a uno con cara de arrechito.

Paciencia off:

-Tienes pistola? -le pregunté.

-Qué?

-Eres sordo o güevón? Que si tienes pistola? -insistí.

-No, no tengo.

-Entonces cállate la boca o deja de hablarme, que a ti y a tu pana les caigo a coñazos y me quedan en deuda.

-Este si es cuatriboleao -dijo el chofer. Ajá, van arrugá? -dijo, arengando mi audacia o soberana idiotez.

-Y tú maneja... -le dije al fósil del Inca Garcilaso.

Silencio...

Qué grande eres Ciorán, qué grande... El Nobel de Elias Canetti era tuyo.

16 mar 2011

El legado de Mandela


Después de leer las calamidades sufridas por Nelson Mandela, cualquier momento difícil que le tocara vivir a cualquiera, pudiera parecer una nimiedad. Tan sólo decir que entró a la cárcel cuando tenía cuarenta y cuatro años y salió casi treinta años después a los setenta y uno, es más que dramático y desalentador. No obstante, Richard Stengel, el periodista que concreta su experiencia junto a Rolihlahla (nombre real del líder sudafricano como más de doscientos premios incluyendo el Premio Nobel de La Paz) en El legado de Mandela, nos hace saber de su valentía (que el propio Mandela no considera como tal), tolerancia, coraje y disciplina, por encima de cualquier arrebato de venganza y resentimiento que nunca tuvo.

Condenado a cadena perpetua por traición, sabotaje, entre otros cargos, quedó confinado en la prisión de Robben Island, en donde con el tiempo, se ganó a fuerza de empeño y venciendo la dura burocracia tras las rejas, un pequeño trozo de tierra para sembrar. Con el tiempo y aumentando el tamaño de aquel huerto, se volvió el surtidero de vegetales con los cuales se alimentaban a los presos. Historias como estas y la de Winnie, su esposa, quien también estuvo presa incluyendo un año de absoluto aislamiento, están inmersas en El legado de Mandela.

Richard Stengel cuenta su historia desde el privilegio fortuito que lo llevó a entrevistar a Nelson Mandela por primera vez, cuando el periodista designado, canceló a última hora. Allí comenzó lo que fue una travesía de vida condensada en este breve libro que dice mucho sobre la actitud y el pensamiento de un líder, que nunca quiso serlo, pero que le tocó serlo. De su experiencia con Mandela dice: “Él me enseñó que el coraje no es la ausencia de miedo. Es aprender a superarlo”.

Cada capítulo del libro está encabezado por una frase que sintetiza el pensamiento estratégico de Mandela. Algunos de ellos son: “El coraje no es ausencia de miedo”, “Meterse en el papel”, “Piensa bien de los demás” y “Renunciar también es liderar” (perfecta antítesis de autoritarismo). Sin duda El legado de Mandela es un texto estimulante que te deja un grato sabor en la boca. Seguramente las historias de un personaje como Nelson Mandela, símbolo inequívoco de la lucha contra el apartheid, han de ser infinitas. En este libro podemos acercarnos a algunos de los hechos que lo convirtieron en símbolo de lucha y vida, atestiguando la personalidad de un líder único e irrepetible.


14 mar 2011

Regalía oculta de su historia

el empaque de jabón

es un rostro ajado en la papelera

la hendidura de un amigo

que con encono

reclama la regalía oculta de su historia


el teléfono suena a media noche

buscando drenar alguna rabia desconocida

mientras el silencio

vacía su cacerina de mentiras

sólo la imaginación

escucha las balas cortar el viento

atravesar las fundas

de moribundas e incómodas almohadas


la seca percusión de la pólvora

es un ladrido a la distancia

un perro que muerde

tras el umbral de la puerta.

10 mar 2011

La revancha del silencio

En la recién terminada década pasada y en la que está comenzando, el tema político ha calado en todos los aspectos posibles del vivir y el sentir venezolano. Con añoranza, más de uno recuerda los tiempos cuando simpatizantes de los partidos políticos con mayor predominio en la escena pública, se entregaban a la beligerancia de las ideas y luego, como si nada hubiera pasado, se daban la mano y seguían siendo amigos, vecinos o familiares. El tema político da sus ventiscas en el deporte, con sus diversos y reconocidos atletas; también en talentosos músicos de talla mundial, entre otras figuras que se me escapan. Disfrutan -aunque no todos- del apoyo del estado (cosa que no tiene absolutamente nada de malo) y no obviemos a la cultura, y siendo más específico, a la literatura, que también se ha nutrido no tanto del beneficio económico que representa un patrocinante tan importante como el gobierno (ojalá este inmenso abanico rindiera una mayor sombra), sino más bien, de un gigantesco espectro de situaciones políticas, ideas, golpes, contragolpes, complots, triquiñuelas, descontentos, marchas, invasiones, conspiraciones y un sin fin de complejidades que dan a los escritores, mucha, pero mucha tela por donde hacer una inmensa cola de papagayo para mantener el rudo equilibrio que implica escribir, y escribir bien.

De allí, de esas historias que en más de diez años han traído alegrías para unos y tristezas para otros tantos, Liliana Fasciani construye La revancha del silencio. Una novela breve que se puede leer en un poco más de dos horas y que a medida que nos acercamos hacia la mitad del libro y luego a su final, colocamos freno en cada capítulo para seguir degustando de una narrativa propia de quienes escriben desde la pasión y con la consistencia verbal de una verdadera escritora. El tema central de su texto, si bien es cierto insiste en reflejar situaciones bochornosas que aún están latentes en la memoria colectiva de la sociedad, destaca por cómo está contada la historia, cómo la prosa de su autora va más allá del hecho que ha sido tomado en préstamo de una realidad para reconstruir el relato y su ficción, haciéndonos abordar en eso que llama “el esperado autobús de la bonanza” que nunca termina de llegar.

Marcela Grau, la protagonista, es juzgada en una plaza a la vista de todo el mundo. Las cámaras televisivas están en todos los ángulos posibles para llevar segundo a segundo el trascendental juicio. Ella es una mujer de armas tomar y en su propia defensa, comienza la apología en contra del desgobierno que la juzga con argumentos sólidos. Con un tono irónico (no podía ser de otra manera), Marcela desespera en más de una ocasión a su verdugo cuando repite: “En mi país, tu país, nuestro país...” pasan tales y cuales cosas, que se complementan con comentarios como “...los derechos humanos son artículos de lujo pagados precisamente por quienes no tienen derecho a utilizarlos”.

La revancha del silencio es una novela dura por lo que denuncia, pero que logra sublimarse más allá de lo fáctico por el buen manejo de la palabra de Liliana Fasciani, en donde las imágenes construidas dejan muy en claro que nuestro país es “un navajazo de fatídica hermosura... en donde la honorabilidad se vio forzada a cederle su escaño a la bellaquería”. También, y haciendo honor a la verdad, el otro lado de la moneda, el del disenso y por tanto protagonista por igual de un proceso que afecta a todos sin distinción alguna, refleja a esa “oposición dispersa y farandulera (que) puede causar mucho más daño que un gobierno con visos autocráticos”. El juicio de Marcela por el atentado simbólico se va desarrollando en un tiempo abstracto en donde caben los recuerdos que considera importantes para su defensa, memorias que se van transformando en argumentos explicativos de sus acciones. La revancha, ese aliciente que va más allá del silencio, que solivianta el conformismo dormido, le da voz a la supuesta víctima desde una perspectiva que más de uno seguramente ha imaginado, atormentándose con su propia arenga utópica y anacrónica ideología.

9 mar 2011

Sula



Hay libros que conmueven por el tema que abordan y, sobre todo, por la manera en que lo hacen. Este es el caso particular de Sula de la Premio Nobel de Literatura Toni Morrison. La historia va de dos niñas, Sula y Nel, quienes crecieron juntas en un miserable barrio negro en la ciudad de Ohio. Allí vieron de todo y aprendieron de todo, de lo bueno y lo malo, de las bondades como de las mezquindades de la gente. Sula y Nel eran esplendorosas, bellas, atractivas, en un mundo hostil que por encima de todas las cosas lo que buscaba era sobrevivir. “Ambas atravesaron un valle de ojos, heladas por el viento y acaloradas por el sofoco de las miradas apreciativas. Los viejos contemplaron sus piernas rectas como varas, deteniendo las miradas en los tendones de las pantorrillas... Y movieron los labios con una lujuria que la edad había trocado en gentileza, como intentando evacuar el sabor del sudor joven sobre la piel prieta”.
Con el tiempo cada una tomó su camino, la vertiente para forjar su propia historia. Por una parte, Nellie (Nel) se casó, se tornó comedidamente religiosa y se hizo a los ojos de la comunidad una mujer de bien, hasta el punto de ganarse el respeto de toda la gente del barrio. En sus sueños infantiles siempre quiso partir lo más lejos posible de aquel pobre lugar, pero eso fue antes de conocer a Sula, que por el otro lado, sí lo hizo y volvió años después para ser la envidia de muchas y el desespero de unos cuantos hombres. Sula, con su característica piel “color chocolate espeso”, volvió al barrio hecha una mujer imponente y desafiante, que ante el reclamo de Eva (su abuela) por no tener hijos, le respondió: “no quiero hacer otras personas. Quiero hacerme a mí misma”. Su manera innata de seducir era mal vista por todos, y el problema no era que se acostara con los negros, lo grave y mal visto era que lo hiciera con los blancos.
La narrativa de Toni Morrison en Sula es sencillamente magistral. Es ese tipo de libro que a medida que pasas las páginas vas descubriendo el delicado mecanismo de la escritura y el evidente oficio de la autora, que traducciones aparte, es innegable. Sula es un personaje que despunta humanidad más allá de su intrínseco lado ficcional; no deja de ser verosímil en su mundo, en su descripción, en el desarrollo de su lado oscuro y de su antítesis luminoso. Esa mujer desafiante, con una mancha en el párpado con forma de rosa, siempre entrañó un misterio para todos en el barrio y tan sólo fue cuestión de tiempo para que las vidas amorosas de algunos hombres prohibidos sucumbieran ante ella, incluyendo la de Jude, el esposo de Nel. En ellas dos todo cambió y los recuerdos de la infancia, de lo que fueron, combaten en un presente nada alentador.

25 feb 2011

Bautizando la revancha con sed

Mi agradecimiento a Liliana Fasciani y a Gonzalo Himiob Santomé por invitarme a dar unas palabras y a bautizar sus novelas La revancha del silencio y Sentir la sed, respectivamente. Entre pétalos y buen vino, compartimos un rato ameno entre gente de libros, escritores, actores, actrices, músicos, abogados, el grupo estudiantes universitarios que recientemente finalizó la huelga de hambre por razones que todos sabemos y unos cuantos coleados que se tomaron hasta la última gota. Les recomiendo leer sendas novelas.

Gonzalo Himiob Santomé, Norberto Mazza, Liliana Fasciani y Roberto Bolaños.

Liliana Fasciani, un tipo ahí y Gonzalo Himiob Santomé.

La sed firmando su obra.

La revancha haciendo lo propio.

De izquierda a derecha tuiteros literarios: ehh... otro tipo ahí, @lectormetalico, @lectorcomplic, @mclonga, @queleer y @rodcasares.

23 feb 2011

Soy el número cuatro

¿Lectura entretenida?, sí. ¿Bien manejada la entrega del clímax y el desenlace de la historia?, sí. ¿Siguen los vampiros chupasangre, colmillos afilados, cordeles de ajo y el terror a los crucifijos en la historia?, no. Y tal vez sea esta la principal razón que atraiga a más de un joven lector –y de mayor edad también, por qué no– para adentrarse en esta historia narrada por Pittacus Lore, cuyo pseudónimo para los terrícolas es James Frey.

El planeta Lorien fue devastado por una raza violenta después de que acabaran con su propio mundo, los mogadorianos. En su afán de conquista y buscando un lugar para vivir, terminan destruyendo también ese lugar perfecto y bucólico que tanto cuidaban los lorianos. Para salvar su estirpe, nueve de ellos fueron enviados en una especie de arca de Noé galáctica, al único planeta que podía ofrecerles condiciones similares a su entorno para sobrevivir: la tierra. Y es aquí donde comienza la aventura.

El número 4, que para el momento de contar la historia se llama John, tiene el compromiso de seguir con vida para que su linaje perdure en el tiempo. Después de haberse mudado más de veinte veces a lo largo de todo el país para salvarse y de haber cambiado su identificación igual número de veces junto a su protector, Henri, llegan a Paraíso, un pequeño pueblo de Ohio, en donde John con las hormonas propias de la adolescencia haciendo efervescencia, conoce el amor en Sarah Hart. Llegan las emociones y los típicos encontronazos con el fortachón Mark quien ve amenazada su popularidad con la llegada del nuevo extraño.

La tensión va en aumento cuando John empieza a descubrir sus legados, esos poderes que lo hacen un ser único y distinto a cualquier ser humano. Mientras esto va sucediendo, los mogadorianos van tras de él y la lucha por salir ileso se torna intensa. La ventaja que tienen sus enemigos sobre él es notable, ya que John no ha desarrollado a plenitud sus legados y los adversarios que reclaman su vida lo superan en cantidad. No obstante, recibe una inesperada ayuda de otra loriense, la número 6, quien no puede morir sin que lo haga primero el número 4 y un ausente número 5 gracias a un hechizo cósmico. También Bernie Kosar, un particular perro y mascota de John, juega un rol importante en la historia.

Uno de los mensajes camuflados con delicadeza en el libro, tiene que ver con la preservación del planeta, con la conservación de la casa mayor, esa que nos provee de todo lo necesario para vivir. Tal vez lo mogadorianos sean una proyección bastante futurista de cómo los humanos pueden terminar en medio de tanto caos y destrucción ecológica.

Volviendo a los extraterrestres: ya el primero murió en Malasia, el segundo en Inglaterra, el tercero en Kenia y ahora le toca a John. Como buena lectura perfilada hacia los jóvenes, Soy el número cuatro atrapará a más de uno. Ellos están entre nosotros, parecen humanos, pero no son. Aristóteles, entre otras grandes figuras de la humanidad, fue descendiente de lorienses. Descubra usted quienes otros también lo fueron. Cierro con esta última pregunta-respuesta: ¿Soy el número cuatro se presta a continuar en una saga? Sí, claro que sí.

22 feb 2011

CINECLUB

Para todo aquel que se precie de cinéfilo este libro resultará de sumo interés, y no digo fundamental, porque para gustos de películas –así como para los libros– hay mucha variedad. No obstante, hay películas a las cuales alude David Gilmour en su libro que sin duda tienen todo el mérito de aparecer allí, como en cualquier catálogo de películas imprescindibles. Lo interesante de CineClub, amén de hacer un paneo fundamental por un ingente número de filmaciones que son unas verdaderas joyas y otras no tanto (ese “no tanto” dicho por él mismo), es que combina su capacidad como crítico de cine en medio de su terrible y desesperante situación de desempleo, para educar o tratar de guiar a su hijo en esa edad complicada de la adolescencia, que en el caso de Jesse –su hijo– tuvo algo de alcohol, drogas, música y los infaltables desamores que devastan tanto o más que los psicotrópicos.

Las vastas referencias en CineClub le aumentan a uno ese vacío que debería más bien estar repleto de películas. Ya me he agenciado unas cuantas para entender con propiedad, las interesantes reflexiones con las cuales pretende atrapar la atención de su hijo (y de los lectores). Empecé con Un tranvía llamado deseo y después entendí por qué Marlon Brando era Marlon Brando. Como el mismo Gilmour señala: “fue la obra en la que dejaron que el genio saliera de la botella; literalmente cambió el estilo de interpretación en Estados Unidos”. Incluso cuando la obra de Tennessee Williams fue llevada a las tablas en Broadway (1949), otros actores que también iban a hacer lo propio encarnando a Stanley Kowalski, después de ver a Brando, más nunca tomaron el papel; “del mismo modo que a Virginia Woolf le entraron ganas de abandonar la escritura [–sí, Virginia Woolf–] cuando leyó a Proust por primera vez”.

El libro está repleto de anécdotas de actores, directores y películas, y lo más apremiante es ver cómo el desesperado padre ante su hijo descarrilado, le va incorporando dentro de su rutina la asignación de ver unas películas para que aprenda algo, para que reflexione sobre su situación. Jesse un buen día decidió no hacer nada de nada. Abandonó sus estudios para entregarse al más completo, depresivo e inútil ocio. La única condición que su padre le puso ante su dejadez, amén de tener techo, comida y de no aportar ni un centavo al hogar, fue que vieran juntos tres películas a la semana para luego analizarlas. Sin duda y como bien dice la portada del libro, una educación nada convencional para un adolescente que aún no ha conseguido su rumbo. Una lectura entretenida y que deja muy claro que hay muchas películas por ver.

18 feb 2011

País portátil

Tal vez uno de los mayores logros que puede alcanzar un escritor sea permanecer en el tiempo, y gracias a ello, sortear las infinitas posibilidades de acercamiento a un libro que cualquier lector puede tener, convertirse en un referente en el duro ejercicio de la escritura. En este sentido, esa permanencia implica directamente una atemporalidad que hace de su obra un paradigma, transformarse en un prestidigitador de historias más aún si las mismas son vistas hoy día como si estuvieran recién salidas del horno de las ideas. Así veo a País portátil de Adriano González León. Un libro que tiene más de cuarenta años de publicado, y hoy, después de su lectura en pleno 2011, el tuétano descriptivo de aquella Caracas terrible que reflejó el autor a través de sus letras, sigue siendo la misma, o mejor aún, la proyección de una ciudad que aún no existía y que logró ver con calidad fotográfica a lo que es hoy: caos, miseria, corrupción y una infinidad de epítetos que aterran.
A título personal la novela me envolvió justo a partir de la mitad. De ahí en adelante fue avasallante el mundo narrativo al cual, como lector, se sucumbe inevitablemente. País portátil se construye sobre la dualidad de dos mundos tan propios y antagónicos de nuestro gentilicio: el correspondiente a lo rural y el que va al ritmo de lo moderno, de lo urbano. En ese contraste de mundos, el tiempo verbal del relato también propone esa ambivalencia de lo descrito desde un pasado, hasta llegar al presente que se bifurca en la variedad de problemas propios de las ciudades.
Ya en aquellos años en los cuales Adriano González León escribió esta historia, que como dije al principio, es referente e icono del buen hacer de un escritor de oficio, en una época en la que aún las ideas revolucionarias eran vistas como una alternativa de vida en muchos país de Latinoamérica, decía: “La democracia se vivifica con el clamor de la oposición. Es lo justo. Es legal, porque de lo contrario... el poder se hace unipersonal, unipartidista, no tiene filtros ni críticas y puede conducirse un país a la bancarrota”. Debo decirlo, qué visión, qué premonición en estas palabras.
La novela se desarrolla en un universo complejo, tanto de los personajes, como del contexto en que se desenvuelven. Esto, además, permite que ese mundo moderno al cual la voz narrativa denuncia, pase por el mordaz y delicado filtro que ofrece la ironía, que por bien trazada, golpea en el pensamiento de quienes conocemos y vivimos en Caracas: “Desde la Cota se ven mejor los ranchos: variedad, novedosa incorporación de materiales, latones que suenan bellamente cuando cae la lluvia, tablas con letras rojas y los baldes y las latas de agua en las cabezas hacen mover la luz. Las antenas de esta ciudad indican su sensibilidad y cultura: las gentes de esta ciudad prefieren las imágenes, aunque los aguaceros y el hambre las tiren cerro abajo... aquí nadie quiere vivienda porque un alto sentido de la poesía y la libertad los lleva a preferir la intemperie. Si no, ¿cómo se explican ustedes que esta gente no se mude?”. Cuarenta y tres años después de su primera publicación, uno de los principales problemas de este país sigue siendo el déficit habitacional.
País portátil era una lectura pendiente. Después de leída entiendo su constante referencia, entiendo el por qué se hizo merecedora del Premio Biblioteca Breve Seix Barral (1968) que no es poca cosa. Ya es un mérito innegable haber logrado esa imagen, esa adjetivación perfecta para un país que siempre está en construcción, que se solapa en lo movible, en lo transmutable, en lo portátil; en una “ciudad vitrina, jaula, con frutos y aves eléctricas, todo el tiempo aleteando en amenaza de caer...”

9 feb 2011

El cuaderno rojo

Partiendo del concepto de lo increíble, supongo que mucha gente –por no decir todo el mundo– ha tenido experiencias de todo tipo: malas y buenas. El caso de los escritores, al menos para los que son de este planeta, debe ser igual en menor o mayor grado, convirtiendo aquello en fuente de inspiración u oficio para crear historias. Pongo por ejemplo sólo dos en el orden de mis lecturas: el caso de Stephen King en cuyo libro Mientras escribo, cuenta unas historias reales, vividas en sus carnes y en sus huesos, que superan lo que ya conocemos a través de sus libros; luego está Paul Auster con El cuaderno rojo, que si bien es cierto no lleva el morbo de lo vivido por King, tiene mucho de curioso e inquietante.

El punto es que existe un escritor llamado Paul Auster que sigue vivo de milagro, que lo conocemos porque sencillamente no le tocaba a él partir del plano terrestre, calcinado, achicharrado, como sí le tocó a su compañero de camping. Imagínense la escena: un grupo de muchachos acampando en una montaña y de pronto comienza una tormenta de esas que arrasa con todo lo que hay en su paso, árboles, cabañas, piedras, mientras rayos y centellas hacen un festival de luces y estruendos. Los asustados excursionistas se colocan en fila, muy al azar, para pasar por debajo de una cerca metálica hacia un claro libre de árboles que atraigan los rayos. Pasa uno, pasa Ralph y luego Paul (cuando sencillamente era eso nada más, Paul). Ralph, quedó extrañamente inmóvil después de hacer tierra a través de la cerca metálica y el rayo fulminante de miles de voltios que lo calcinaron. Ralph, haciendo las veces de conductor eléctrico, le salvó la vida a Paul. Así de sencillo.

Así como estas son las historias contadas en El cuaderno rojo; hechos que de una u otra forma dieron paso a ese escritor consagrado que hoy día conocemos, el mismo que hoy está comiéndose las maduras gracias a la literatura, que antaño, no tenía dinero ni para comprar comida. Estos relatos, narrados con un tono intimista que no va a lo novelesco, porque de hecho el libro no va en esa dirección, llevan al lector a reflexionar sobre el por qué Paul Auster tiene un nombre bien ganado en la literatura actual. Evidentemente y en honor a la verdad, supongo que estarán los que no gustan de su trabajo, pero en mi caso, lo poco que he leído me ha dejado con ganas de seguir leyendo a este escritor (La trilogía de Nueva York, pendiente).

En el estupendo prólogo que le hace Justo Navarro, éste toma de una entrevista que le hicieran a Paul Auster lo siguiente: “Escribir es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca placer, pero es un mucho peor cuando no lo hago”. El cuaderno rojo, el cual se puede leer de una sentada por lo breve que es, pareciera tener mucho de eso, de haberlo escrito por la imperante necesidad de contar y “contarse”, en este caso no con la intensidad de una novela, pero sí con la impaciencia de quien no quiere perder las anécdotas en el olvido.

4 feb 2011

Sabina en carne viva

Recuerdo que en mi casa de la infancia se escuchaba todo tipo de música. Mi padre solía atormentarme con Led Zeppelin, Deep Purple, Cream, entre otros, cuando íbamos de paseo o de viaje en el carro. Ya me estaban empezando a gustar, pero mis tiernos oídos aún no aguantaban tanta leña, así que apelaba a mi “casete” favorito de (sí, “casete; cédula, pasaporte, DNI, al piso): Gualberto Ibarreto. Puede parecerles una tontería, pero siempre me pregunté por qué Gualberto cantaba solo, qué era de la vida de su compañero con el que se supone hacía dúo…

Luego conocí a Soledad Bravo, a Alí Primera y en algún instante que no recuerdo, a los que aún siguen siendo mis favoritos: Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. Qué puñaladas son sus letras, de veras que lo son. Escuché a Sabina creo que rayando ya los diez u once años y le dije a mi padre: “Qué mal canta, cómo pudo hacer un disco”. En serio, luego le dije: “Canta tan mal como el Dylan ese que tú escuchas…”. En fin, la ignorancia es atrevida, y mezclada con la inocencia, ni les cuento. Vinieron otros tantos incluyendo a The Beatles, que a la par de los hispanohablantes mencionados, siempre están allí dentro de mis favoritos en paralelo con Led Zepellin –irónico, no?

No puedo dejar de hablar, por un lado, de la otra vertiente musical: la salsa brava, la que muchos llaman “cabilla”, de esa que suena a Maelo, Lavoe, Gran Combo y un largo etcétera que se concreta en una predilección casi irracional por la música de Blades, de quien hice mi trabajo de grado; y por el otro, la pasión por la música clásica que me sumó poco más de cinco placenteros años en un conservatorio. Justo allí, en pleno concierto de grado –no recuerdo a cuál año pasaba– irrumpió a todo volumen Sabina desde el salón de al lado. El cuento, para hacerlo corto, es que no fue tanto la música sino los versos lacerantes que me dieron en el alma. Al día siguiente ya me había agenciado unos LP que tenía mi padre y comencé a degustar de mi nuevo descubrimiento.

Sabina en carne viva es un libro de extrema franqueza o de flagrante estupidez, en donde Joaquín hace honor a eso que pudiera verse como antetítulo: Yo también sé jugarme la boca. Y es que se la jugó, porque parece haberlo dicho todo como si no hubiera entendido, que lo que dijo, estará en el libro. Ahí están las putas que se folló; están las rayas de coca que entraron en su nariz como si fueran las aceleradas demarcaciones que dividen una autopista; está el alcohol, el vino, las cervezas y el amigo “Juanito el caminante” como bien le llama a Johnnie Walker; está su tendencia política y un sinfín de cuentos, algunos hilarantes, otros no tanto; la familia, sus mujeres (incluyendo a sus hijas); los príncipes, algunos jugadores del Real Madrid y pare usted de contar. El punto es que a cada pregunta inteligente, mejor aún, inteligentísima de su querido biógrafo “Menéndez Flowers” [sic], las respuestas son mejores aún, con argumentos sólidos y convincentes.

Ya estaba convencido, pero después de leer Sabina en carne viva, lo corroboro: Sabina es un poeta ganado a la música o un músico que no tuvo otra que agarrar la guitarra para encausar su poesía. Da gusto ser un tanto paparazzo leyendo un libro como este, tal como si estuviera sentado en la mesa de al lado parando la oreja, enterándome de sus poetas predilectos, de sus influencias; de sus directores o películas favoritas; de notar cómo traga grueso y respira profundo para no soltar una lágrima, razón por la cual le dice en más de una ocasión a su biógrafo: “Es que me metes los dedos en las anginas de una manera…”; o “Qué cabrón eres Menéndez Flowers”; conocer el problema que tuvo con el músico argentino ex marido de Cecilia Roth; reírse con su agudo cinismo y su precisa ironía; de “Crónicas marcianas” y “Operación triunfo”. Aquí está todo esto y mucho más. Un libro para disfrutar de cabo a rabo. Y como dijo Joaquín parafraseando a un personaje y estupenda película: “Y como decía Forrest Gump: Y no tengo nada más que añadir”.

PD. Tengo un montón de notas y subrayados, pero me llevaría unas cuantas cuartillas, así que sólo una cita para divertirse: “Por cierto, ¿te conté lo que me pasó con Miguel Bosé en un cuarto de baño? Pues resulta que en unos premios de música entramos a mear juntos a los servicios, y cuando salimos, unos tipos se nos quedan mirando y yo les digo: “No es lo que os figuráis. Somos maricones”. (Risas)…”

27 ene 2011

Poesía re-unida

La poesía como forma y sentimiento; como sonoridad y fuerza significante; tal vez como entidad purificadora y fuente de catarsis y reflexión. Estas palabras me vienen al instante cuando leo la poesía de Sonia Chocrón, cuyo trabajo es por encima de todo, honesto. En días pasados el poeta Carlos Eduardo Fuenmayor (http://lamaradasnegras.blogspot.com), citaba a Rilke en su twitter. Decía: "Si su vida no está llena de poesía, no culpe a la poesía, cúlpese a usted". Y aunque no sé di la vida de la poeta está llena de poesía, sí puedo decir que Toledana; Púrpura y La buena hora, sus tres trabajos poéticos encontrados en Poesía re-unida (Bid & Co. Editor), está repleto de poesía –y de la buena.

La voz de Chocrón es diáfana y definida. La podemos identificar a través de la lectura de estos poemarios en conjunto, en donde hay deseos y penas; fe y espiritualidad, y no aquella que es desmedida e irracional, no; sino aquella que duele y sabe que hiere. Hay “pena / penita pena / que no sé si es señal de Dios”, versos que nos llevan a imaginar a Lorca paseando, por qué no, a través de alguna calle de Toledo (ciudad que acogió a la comunidad sefardí por unos cuantos siglos), en donde la poeta “desea con ansias de deseo”, y se auto reconoce cuando dice: “Estás allí, Sonia / con la vacua sensación de disiparte…”

Algo de reverencia a las grandes fuentes poéticas españolas, que de seguro curtieron sus lecturas, hay aquí en Poesía re-unida. Intuyo que en ocasiones premeditadamente y en otras tantas desde la candidez de lo que escribe, pero no por ello, menos sublime y respetuosa; quizás hasta por ósmosis en su quehacer poético podemos sentir ese tono, ese ritmo, y sobre todo, ese significado que nos pasa por las ramblas de su imaginario.

Toledana, como cariñosamente le decimos a Sonia Chocrón, con vihuela en mano se transforma en juglar, en vocero de una poesía que cobra vida gracias a sus versos cantándole a la vida, y por tanto, también a la muerte: “minutos después de la caza / entenderé que la muerte llega / de muchas formas irresolutas”.

Tal vez por esa humildad que la caracteriza o por un pisar tierra in extremis con respecto a su trabajo creativo, me dijo hace unos meses atrás: “ya con poesía nada, voy por otro camino”. Hay que ver si eso es cierto, si en los meandros ocultos de su privacidad, sigue creando poesía o, tal como lo dice al inicio de Poesía re-unida, “los nuevos derroteros traen ya otras voces…”.

Qué mejor manera para cerrar esta fugaz aproximación con dos poemas, que por antagónicos, se corresponden, se alimentan el uno al otro en irrenunciable complemento:

FE CIEGA

Yo me digo

La luz enceguecedora de la fe

hace más oscuras las razones del Señor.


PARCA

Vendrás porque te espero te espero

a pesar de que sea largo el día anocheciendo

y se crucen los cielos confundidos

de lo negro y la luz enrarecidos

Aguardo por ti, te espero

porque todo calendario, oh querida lo sé,

tiene su abismo.

26 ene 2011

Deambulando hacia la lumbre

Un grupo de estudiantes latinoamericanos convergen en la Universidad en Pittsburg para adentrarse en Estudios Culturales. Las diversas voces de chilenos, peruanos, cubanos, mejicanos, dominicanos, colombianos, venezolanos y argentinos, se dejan oír a la perfección en Deambulando hacia la lumbre de Mariana Libertad Suárez, en donde el mundo académico, a veces prepotente y arrogante, es satirizado con las variopintas situaciones que viven sus personajes, algunos más acomplejados que otros, desde el tema de la sexualidad hasta el político, tema que aún no puede eximirse de revoluciones latinoamericanas, de sus Chés y Fideles, que a través de la trama es ambientada con algunas canciones de Silvio Rodríguez en más de una ocasión.

Todo comienza cuando el periodista argentino Ulises O. Puig quiere escribir una novela policial. Para ello, comienza a investigar la muerte del profesor colombiano Octavio Modotti, una especie de rockstar pero llevado a la literatura, entablando conversaciones con los alumnos más allegados a “El dromedario”, como bien le decían. Modotti, explayado más en su manera de ser, manipuladora y algo pervertida, y no tanto por su talento dentro de la novela, termina siendo ese titiritero que lleva parte de la trama y la anécdota dentro de Deambulando hacia la lumbre hasta su desenlace.

Cada uno de los personajes se va desmontando a sí mismo con sus dilemas, sus conflictos y atribuladas psiquis, en un medio que para sobrevivir, hay que hacer el mejor de los esfuerzos, bien por sus capacidades, bien por colocar la zancadilla oportuna cuando sea necesario, más aún con toda la problemática inherente a estos estudiantes expatriados que envidian, codician y compiten; personajes que además están en busca de su propia identidad en mundo académico ironizado tras la narrativa de la autora. “El dromedario” pudiera resultar excelso en términos intelectuales en algunas ocasiones dentro de la historia, pero en otras tantas, detestable como ser humano. ¿Cómo murió? Allí el quid de Deambulando hacia la lumbre.

18 ene 2011

Taller: El arte de narrar

Una excelente oportunidad para comenzar el año, para regalarte algo para el espíritu: Aprende a escribir cuentos, novelas, crónicas. Un Taller que cambiará tu vida.

“EL ARTE DE NARRAR”

Dictado por la escritora y poeta Mharía Vázquez Benarroch.

Taller de narrativa, un taller de escritura, donde por medio de ejercicios se analizan las herramientas necesarias para afrontar la escritura del cuento, el relato y la novela.

La idea es que el taller sirva de base para la concepción de un libro de narrativa.

Se trabajará la Morfología del Cuento; la estructuración de los personajes y la anécdota; cuando una historia da para un cuento, o para una novela; voces narrativas y estilos; estructuras y tipos de finales; el cuento vs la novela; se hará una lectura actualizada de los autores fundacionales de la narrativa venezolana, latinoamericana y mundial (Meneses, Adriano González León, Pedro E. Coll, Federico Vegas, Onetti, Borges, Cortázar, García Márquez, Manuel Rivas, Antonio Muñoz Molina, Piglia, W.Faulkner, Raymond Carver, etc). Se trabajará sobre los textos de los integrantes del taller escritos en base a ejercicios narrativos.

La duración del taller es de 3 meses, 12 sesiones de 3 horas semanales.

Comienza el Viernes 18 de febrero.

Las personas interesadas pueden llamar al 961.48.46, para inscribirse y mayor información.

Este taller y sus integrantes, ha ganado varios premios literarios en los últimos años.

Mharía Vázquez Benarroch

hab. (0058-212) 961.4846

mi web de talleres literarios: http://imagomundi.com.net

mi blog: http://amarrandolapacienciaaunarbol.blogspot.com

http://www.artepoetica.net/Mharia_Vazquez_Benarroch.htm

"Aturem la guerra"

17 ene 2011

El guardián entre el centeno

Dentro de mis lecturas pendientes estaba El guardián entre el centeno de Jerome D. Salinger. Un libro que en determinado momento fue de culto para muchos (no sé si lo sigue siendo) y de lectura obligatoria para los estudiantes de secundaria en Alemania y creo que también para los de Estados Unidos. Valga decir, además, que estuvo dos semanas consecutivas como uno de los libros más vendidos según el New York Times por los años mil novecientos cincuenta y algo.

En mi caso personal fue irremediable leer este libro y no pensar en Piedra de mar de Francisco Massiani (http://palabrasyescombros.blogspot.com/2008/05/piedra-de-mar.html), ya que ese lenguaje desenfadado y sin tapujos de la adolescencia, está allí. Frontal e impertinente como lo dicta, en la mayoría de los casos, los impulsos propios de la edad, Holden Coulfield, su protagonista, después de ser expulsado de Pencey no por ser precisamente una lumbrera, deambula por las calles de New York y comienza a conversar sobre los temas que le apasionan: alcohol, drogas y prostitución.

Holden, más virgen que una virgen y por lo cual muestra una clara obsesión, siente celos de algunos compañeros que ya se han estrenado en el arte amatorio; se reconoce como un gran mentiroso y un cobarde sin igual para enfrentar sus fracasos; “Soy un exhibicionista nato”, dice en una ocasión y “un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos por ejemplo, si quieren que les diga la verdad, no les tengo ninguna simpatía”.

El guardián entre el centeno, es un libro que tiene muchas referencias en la cultura popular. Una de las más conocidas es cuando en la película “El Resplandor” de Kubrick, la que hace de esposa de Jack Nicholson (antes de enloquecer), se le ve leyendo The catcher in the Rye. También es un libro que ha estado relacionado con algunos célebres asesinos, como por ejemplo, el que mató a John Lennon, quien lo llevaba consigo cuando la policía dio con él.

En fin, Holden es todo un personaje. Infeliz, rebelde, pero innegablemente sensible. A lo largo de la historia narrada en primera persona, dice en varias ocasiones que está “loco”, “chiflado” y “loco de remate”, con ese tono irónico que lo caracteriza. Son tres días en que va de aquí para allá por las calles de New York conteniendo las ganas de suicidarse, cosa que no hizo por no estar seguro de si lo cubrirían pronto con alguna manta al lanzarse de algún edificio: “me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo”.

Queda la duda de si Pencey era realmente una escuela o un psiquiátrico, pero lo cierto es que tengo otra lectura pendiente que a Holden Coulfield le encantaba: El gran gatsby. Dice: “¡Qué tío ese Gatsby!, ¡qué bárbaro”, me chifla la novela. Pero, como les decía, me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro”.