23 oct 2014

El mirabolsismo

De los mismos creadores del  “Síndrome de la escalera mecánica” http://palabrasyescombros.blogspot.com/2013/08/el-sindrome-de-la-escalera-mecanica.html  ahora nos llega la pandemia del “Mirabolsismo”, hecho que se presenta a cualquier hora, lugar y establecimiento comercial. Los más osados se atreven a decir que es uno de los tantos avances, beneficios y éxitos obtenidos gracias a la revolución bonita (en minúscula, no cabe la R). Antaño, llamarle a alguien “bolsa” (tal vez todavía), equivalía a decirle pendejo, tonto, entre otros epítetos un tanto más soeces. Pero lo cierto es que hoy día, si usted va por la calle con su arsenal de bolsas, o las lleva cómodamente en la maleta de su vehículo, está expuesto a dos cosas: la primera, a que las personas que están en derredor le claven los ojos (no a usted, claro) a sus bolsas, con miradas tipo rayos X para saber qué lleva, qué preciado producto tuvo la suerte de comprar. Algunos se te acercan y te preguntan, “¿dónde lo compró?; otros un tanto más insistentes te dicen; “¿pero hay más, será que llego, no es muy larga la cola?”. Y así…



Yo, que no soy un mar de simpatías, ante la invasión de acuciosa de los “mirabolsas”, me he detenido y los he conminado a que vengan a ver. Sí, en serio, algunos se han sentido incómodos y siguen de largo; otros, muy caretablas, se acercan, observan y se van. En otras ocasiones cuando a la distancia ya intuyo que viene un “mirabolsa”, le ahorro el esfuerzo biónico de su mirada y les empiezo a decir: “no hay Harina Pan, leche, pañales, lavaplatos, toallitas húmedas, azúcar, afeitadora, café, desodorante, detergente, insecticida…” Sí, soy un pesado, lo reconozco.

La segunda cosa a la cual se está expuesto es la siguiente (ya lo sabía por cuentos de terceros de terceros, pero esta vez me lo contó una amiga, ella fue la víctima): estaba en un reconocido “¿súper?” mercado (¿se puede seguir hablando de Súper Mercados en Venezuela?), hizo su compra y después de un par de horas para pagar, comenzó a llenar la maleta de su carro con las bolsas. Cuando ya estaba por arrancar, dos individuos en una moto le impiden retroceder. Se bajan, la apuntan con un arma y le dicen, textual, “bájate del carro, mamita, abre la maleta”. Ella les ofreció su celular, uno de ellos lo tomó y dijo “ta’ fino este bicho, pero no, queremos es el mercado”. Todo ante la mirada de quienes pasaban por allí. Comienza el desmontaje de las bolsas y ella les dice “chamo, déjenme las toallitas húmedas y las toallas sanitarias, aunque sea”. Se rieron y el comentario fue “Sí va, pero sólo las sanitarias, las otras son pal negocio”.

Es una belleza este mar de la felicidad en el cual nos han venido ahogando poco a poco. Incluso esta escasez de productos, por las razones que sean, ha afectado a más de un hombre en su desempeño sexual. Ayer conversaba con un amigo —es la tercera vez que lo escucho en menos de un mes— y me decía que su padrino (sesentón él) no conseguía ninguna de las pastillas que potencian la erección, ninguna marca, ningún color, ningún tamaño. Lo cierto es que —me dijo— “el pobre hombre está desesperado” y su pareja también. Entonces, como suele pasar en todo juego económico distorsionado, producto de la falta de capacitación, planificación y sensatez, nace la trampa. Le pregunté: “¿y qué hará? Está jodido”. Me respondió “Parece que se consiguió un dealer que le trae las pepas”… “¿En serio?”… “Sí, me dijo «todo sea porque se me pare»”.

Mientras esto sucede, familiares y amigos que han salido de Venezuela, bien de vacaciones, bien porque se fueron definitivamente, te envían imágenes de productos que poco a poco son más difíciles de conseguir (a menos que uno se resigne a comprarle a los buhoneros, quienes sí tienen de todo. ¿Por qué?, ¿mafia?, ¿guiso?), como la de esta entrada tomada en un Súper Mercado en París, cuyos dueños son africanos y le lanzaron a quemarropa esta pregunta a la fotógrafa: “Pero si estos productos los hacen allá, ¿cómo es que no lo consiguen? ¡Sacrebleu!”.


Entiéndase entonces que hay un “miraflorismo” que nos tiene a todos sufriendo de “mirabolsismo”, entre otras enfermedades. Está clarísimo: nos ven a todos con cara de bolsas.

24 sept 2014

Leer a Luis Barrera Linares es estar dispuesto a meterse de lleno a un mundo lúdico ejercido y (re)creado por las palabras. Desde su primera obra narrativa publicada, hasta esta que está en sus manos, ha sido la constante. Ese juego del doble sentido, de la ironía y del humor bien llevado, entre otros aspectos, forma parte de “Brevos y braves”, disculpen, Bravos y breves.



La primera parte del libro está dedicada a los breves, en donde desde la A hasta la Z, nos presenta un jocoso catálogo de tipos de escritores, que al momento de leerlo, produce una inevitable resonancia con éstos, es decir, con algunos que conocemos o que pudiéramos llegar a conocer. No obstante, Barrera Linares se identifica con alguna letra del abecedario -sin llegar a revelar cuál- y reconoce que todo escritor tiene su “egoteca” siempre activa y al acecho. Como le llama él mismo a sus breves, un “humilde breviario” en el que más de uno se verá reflejado.

En la segunda parte, los bravos, la coloratura de lo narrado va de la mano de un país sumido en la violencia, en donde se deja ver un entramado duro e inquietante. Aquí está presente un grupo de venezolanos que migra del país, mostrando las vicisitudes que ello implica; una mujer con múltiples apetencias sexuales; una asesina muy letrada y mucho más.

Luis Barrera Linares considera que un autor debe darse por satisfecho cuando la ficción que escribe se transforma en realidad y no a la inversa. Breves y bravos es una muestra contundente de su propia teoría cuando en medio del pacto intrínseco que propone la lectura, logramos identificar aunque sea a un solo escritor con cualquiera de las categorías expuestas. ¿Es usted un bestsellers siempre en potencia? Este libro es para usted, escoja su letra y no se ponga bravo.

8 sept 2014

Ni tan chéveres ni tan iguales

Pero todavía hoy, en nuestros países, el derecho a la intimidad no está dado para todos. La ausencia de intimidad es quizás el mejor indicador de la pobreza, más aún que los ingresos. Cuanto más pobre es alguien, menos intimidad tiene.
Michèle Petit.

La vida, a veces, ofrece extrañas conexiones entre la gente o en determinadas situaciones. Por ejemplo, usted está pensando en alguien y ve el nombre de dicha persona escrito en la prensa, en una novela o en una pared grafiteada, o incluso lo escucha en alguna canción. Peor aún si esa persona es motivo de su rabia o despecho, pues aparece hasta en la sopa. Algo más o menos así me sucedió mientras leía Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak (y Rovero, porque también tiene madre, como se dijo en la presentación del libro), en un atestado vagón del metro, entre olores rancios y los ahora infaltables vendedores de chiclets sin azúcar. Casi siempre logro llegar a la junta de los vagones —y esta vez no fue la excepción—, justo en donde dice “Precaución, desnivel”, pues allí busco la manera de acomodarme para leer durante el trayecto evitando el desmadre de la gente que sale y entra.


Oh casualidad que vengo leyendo este libro, riéndome de lo lindo con las verdades sin tapujos que la autora señala, pues me convertí en el protagonista de un diálogo muy breve, pero que sin duda alguna, me deja más que claro que no somos “ni tan chéveres” ni con dos pelucas. El hecho es que un par de  hombres, treintones tal vez o finalizando la veintena, con pinta de albañiles por las herramientas que llevaban, morenos oscuros (no negros) y ambos con gorras distintivas de equipos de las Grandes Ligas, me pidieron permiso para pasar hacia el otro lado del vagón. Uno le dijo al otro en voz contenida, como para que yo no escuchara (pero sí lo hice), “pídele permiso al sifrino este”. Acto seguido me aparto un poco cuando el de la encomienda me dice, “permiso ahí, catire”. Claro, con la lectura que precisamente venía haciendo, no podía perder la ocasión para preguntarle al menos simpático (que tal vez medía treinta centímetros menos que yo): “Disculpa, ¿por qué crees que soy sifrino?”. Por supuesto el corte fue total y absoluto, más aún cuando su socio le dijo, “ajá, ¡vas arrugá!”.

Hubo un pequeño silencio que se fue tapando con el traqueteo de los rieles mientras el metro iba ganando velocidad. Justo venía leyendo, y lo marqué, se los puedo mostrar y todo, en donde dice “La sifrinería es una suerte de vanidad, de conducta, de hábitos de consumo”, comentario, además, tomado de un rico diálogo entre un grupo de mujeres profesionales de diversas áreas —incluyendo a Gisela— que se estaba tomando unos tragos en un bar cercano a la UCV. Lo cierto es que vi en los ojos la incomodidad del hombre ante mi inesperada pregunta y, para dorarle la píldora, es decir, para apaciguar un posible estallido violento (cosa tan natural ahora en l@s caraqueñ@s), agregué: “No, vale, en serio, es que justo vengo leyendo sobre eso y me llamó la atención tu comentario”. ¿Y cuál fue su respuesta?: “Coño, de pana que eres un sifrino, catire y leyendo un libro”.

Mi cara tuvo que ser de pánfilo absoluto (más de la normal), ante semejante respuesta. Paso de largo el tema racial tan bien expuesto con maestría en Ni tan chéveres… pero, ¿por un libro? ¿Soy sifrino por leer un libro? Está bien que uno pase por intelectual, antipático o huraño por la suerte de ensimismamiento que implica la lectura, hasta uno puede pasar por interesante, pero, ¿sifrino? Claro, en un país como el nuestro, con la crisis económica más brutal que hayamos vivido en años, sin mencionar la retahíla de problemas que nos agobian, para muchos comprar un libro puede ser un lujo. Esto lo entiendo, pero de ahí a estigmatizar a alguien por el simple hecho de estar leyendo un libro…  Y esto sucede, el ejemplo es más que elocuente. Aunque esté montado en el Metro, pero si llevo este extraño artículo con hojas de papel, soy un sifrino. Pude estar leyendo incluso un libro a precio de Monte Ávila —sin menosprecio alguno, tan sólo refiriéndome a lo económico— y el efecto para aquella persona iba a ser el mismo.

Volviendo a Ni tan chéveres… de Gisela Kozak Rovero, es un libro que con un lenguaje desenfadado pone sobre la mesa todos esos elementos que identifican a nuestro gentilicio, desde ese parejerismo tan nuestro, muy propio del Caribe, del mi amor, mamita, mi rey, mi vida y pare usted de contar; el tema sexual, lo patriótico, hasta temas como el aborto, la extraña y eterna juventud de nuestro país, el feminismo, el chavismo, el racismo y otros ismos más. Un lectura, que por amena, no debe confundirse con ramplona y superficial, todo lo contrario “camaradas”. En pocas páginas y con letra grande (cosa que se agradece después de los cuarenta), están condensadas las razones básicas —o sus consecuencias— de nuestra actual debacle como sociedad (casi que el título debió ser “Ni tan chéveres para dummies”). Ni tan chéveres… es un libro que llama a la reflexión y que recomiendo leer, que además, me hace pensar en voz alta: no me vengan con el cuento de que somos los más felices en el planeta y que Caracas es la sucursal del cielo. Dejen la sifrinería.


PD. Lo más curioso de todo esto fue que el personaje que me llamó sifrino, después de hallar una cómoda postura en el vagón —dentro de lo que cabe— y creo que con un tanto de vergüenza (no miedo) pues buscaba taparse, sacó un iPhone (sí, un iPhone) y se puso a jugar “Candy crush”.  ¡Y yo soy el sifrino! Como solía decir el gran Óscar Yánez, “chúpate esa mandarina”.

5 sept 2014

Happening

Un accidente es un ladrón de realidad. En eso se asemeja al teatro: contiene en su exaltación una catarsis.
Gustavo Valle

Sembrar la intriga en literatura —tal vez en la vida misma— es un arte, y esto lo logra Gustavo Valle desde el primer capítulo de su novela Happening, texto ganador —debo decirlo— del Premio XIII Concurso Anual Transgenérico. Como no puedo evitar mis digresiones, esta vez no será la excepción: agradezco mucho que en todo el primer capítulo sólo hallara un adverbio —cosa que se agradece— y lo digo porque mi lectura anterior (no diré ni el libro ni el autor) fue todo lo contrario: casi un adverbio por línea.



Volviendo a Happening, se me antoja como una road movie al principio, aunque en la novela, no estemos precisamente frente a un viaje iniciático de su protagonista, Alex (Alejandro), también Bruno, pero también Catire: “escapaba por una carretera solo dividida por la línea imaginaria de los que no quieren estrellarse”. Pero, ¿escaparse de qué? ¿De quiénes?, ¿o escapar de sí mismo? Estas incógnitas atrapan al lector ansioso por descubrir la verdad, mientras la historia ofrece destacadas pinceladas narrativas gracias a un autor que se tomó el tiempo necesario para madurar esta, su más reciente publicación. No basta entonces contar sobre un accidente fatal y de la víctima, Eladio Mena, sino de contarlo bien y hacer notar el uso preciso de las palabras y la construcción de imágenes.

Alex/Bruno/Catire duda de sí mismo (deberán leer el libro para entender el porqué de este juego de nombres: “Cambiar de nombre fue como sacarse una camisa sucia y gastada y ponerse algo limpio”); saltan sus continuos monólogos en respuesta a ese juego constante en donde el narrador pregunta y aquel le responde (y se responde); sueña, tiene extrañas alucinaciones, muchas —en parte— producto de su separación; Lupita (su hija) es el cable a tierra mientras el protagonista a bordo de su camioneta Range Rover modelo 76 viaja y conoce al enigmático y muy folklórico Morocho, obvio que no es su nombre, pero ¿cómo se llama?, ¿por qué sus demenciales actitudes?; también conoce a la sufrida Rebeca y a Francis, una suicida en potencia. Todas estas emociones y paseos mentales se encienden en Alex/Bruno/Catire cuando la realidad aprieta.

A diferencia de otras obras narrativas contemporáneas en nuestro país, Happening destaca, entre otras cosas, porque el tema político, si bien es cierto que lanza algunos guiños, no abruma al lector como si estuviera leyendo la prensa nacional; por el contrario, está allí de manera solapada para crear determinados contextos sin volverse el leitmotiv de lo narrado, mientras Alex se ve  motivado a cumplir una de sus metas, la representación a pie juntillas del  happening escrito por su tío Tadeusz Kantor, hecho que se concreta en la oriental población de Chacopata.

Pero la máscara del nombre que la historia ofrece en cuanto a Alex, también está presente en Morocho, hecho que cobra importancia hacia el final de la novela y en donde Alex paga sus culpas, o como se intitula el capítulo final “El error”. Alex salta con una facilidad asombrosa entre la realidad y sus pensamientos o fantasías, tal vez en parte para contrarrestar su incredulidad hacia el destino en general y, particularmente, el que le ha tocado. En Happening todos los personajes parecen ir a la deriva en sus vidas y en esa sabrosa incertidumbre en la que te envuelve el texto, amén de la lectura veloz que provoca, también ofrece de manera inesperada,  una deliciosa apología a la rica cocina tan propia del oriente venezolano que a más de uno —a mí me sucedió— le aguará la boca. No obstante, me esperaba un final distinto (lo cual no le resta mérito), pero lo que sí no es menos cierto es que el cierre es conmovedor, logrado justo en el paroxismo absoluto por el amor que existe entre un padre y su hijo(a), en este caso, entre Alex y Lupita. Sólo me quedan dos preguntas sin respuestas: ¿habrá un discreto homenaje en Happening a Bruno Schultz? ¿Por qué la fobia de Alex hacia las ardillas?  Seguramente algún amable lector me responderá esto. Buen libro.

PD. Aunque también las hay en este texto, prefiero las ardillas de Alex a las escalofriantes y robustas cucarachas de Bajo tierra.


12 ago 2014

Mis documentos

Nunca tuve, en todo caso, esos devaneos racionales sobre la existencia de Dios, quizás porque después empecé a creer, de manera más ingenua, intensa y absoluta, en la literatura.

Once relatos, once historias que si bien es cierto van por su cuenta cada una, usted puede leerlas como si fueran un todo, esa es parte de la estrategia literaria que envuelve Mis documentos de Alejandro Zambra. Comparando esta última lectura que hiciera con respecto a sus libros anteriores, ahora el asunto no es tanto lo concreto de lo narrado, la concisión que el autor demostró para contar y contarse, pues es el mismo Zambra quien va línea tras línea dejándose ver como protagonista algunas veces o como el clásico narrador distante que todo lo sabe, no; el asunto que veo con mayor claridad en Mis documentos es una prosa que se expande gracias y a través de lo cotidiano, lo trivial (que no lo “simple”) y es precisamente esto lo que le da un gran valor a la obra. Me extiendo un poco: el hecho de tomar cualquier detalle para armar sus historias es lo que en definitiva lo convierte en un buen narrador. Al fin de cuentas, ¿qué es la literatura? Pues eso, contar lo que pudiera ser chato y básico en el día a día y transformarlo, modificarlo, y hacerlo atractivo para el lector; que lo narrado no decaiga y te mantenga pegado a sus páginas.



En el relato homónimo al título del libro, el que abre este encuentro con el autor, parte de una supuesta intimidad como puede ser leer esa carpeta virtual en donde están los documentos más destacados o importantes para el usuario, y en este caso, para el propio escritor, pues aquí parece destacar lo autobiográfico. Imposible no tomar la siguiente frase, tal vez la más citada de este primer relato: “quizás pueda decirlo de esta manera: mi padre era un computador y mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”.

En “Camilo”, el siguiente relato, Jesús (sí, el hijo de Dios) se hace “unas pajitas pensando en María Magdalena”. Ante semejante cita, no hay más nada qué decir, salvo que sea el lector que vaya por Mis documentos, no los míos, sino los de Zambra.

Saltando el orden y sin mencionar una cuantos relatos, se vienen luego mis dos favoritos: Yo fumaba muy bien, un texto que construido bajo la fragmentación narrativa y el juego de anotaciones aparentemente sueltas, la ilación es precisa y siempre coherente; relato en el que se expone lo duro que puede llegar a ser para un fumador empedernido dejar el hábito, razón por la cual, entre otras cosas, anota sus impresiones sobre el duro proceso de desintoxicación en un cuaderno. Allí se desahoga, hace su propia terapia, su catarsis: “Lo que para un fumador es verosímil, para un no fumador es literatura”.  En resumen, un relato que demuestra la tragedia de dejar de fumar; y “Vida de familia”, con cuyo título ya se pueden inferir muchas cosas bajo ese concepto abstracto, pero tierno; complejo pero siempre anhelado: familia. Aquí, un hombre de cuarenta años queda encargado de cuidarle la casa a un “primo”, mientras éste se va de viaje con su esposa e hija a Francia y es la desaparición del gato, la mascota de los viajeros, lo que dispara todos los acontecimientos que están por venirse. Martín, el cuarentón, en plena ebullición de sus frustraciones y melancolías, dice: “Soy un drogadicto de la soledad”.

Fútbol, música, religión, amistad y otros temas, están en Mis documentos, una suerte de autorreflexión muy bien camuflada gracias a la literatura, en donde queda más que refrendado el oficio de escritor de Zambra, que como bien señala en el último relato, “Hacer memoria”, un texto encantador que juega con la verdad o la mentira de una hija que mata de un disparo a su padre,  “las palabras necesitan el barniz del silencio”. Y en honor a ello, no digo más.  


7 ago 2014

El polvo de los muertos

Al hombre que huye del miedo no le ocurre nada, solo que no aprende nunca.

Hay polvos intergalácticos como el polvo de estrellas; está el polvo que puede causar una fuerte e irritante alergia; también está ese, el carnal, que no necesita mayores explicaciones y está El polvo de los muertos, ese que escribió Norberto José Olivar con el sello de una prosa que lo caracteriza y que puede verse, con claridad, devenir de sus obras anteriores.

Pienso en Alexander Projarov, el personaje principal de la obra, como ese extraño alterego del propio Olivar, pues más allá de ese juego de espías que es puesto sobre la mesa desde la primera página (viendo además al escritor como eso, como un espía), comparten una “curiosidad hemorográfica” que alimenta tanto al personaje y, obviamente, al propio escritor de estos polvos.

La remembranza de Projarov se remonta a su Rusia natal cuando tuvo que huir del comunismo, después de que mataran a su mujer, a Fedosia (¿la asesinaron? ¿Existió en realidad esta mujer?). El narrador, reconociendo el supuesto aburrimiento que implica para los lectores su narrativa, cede la palabra al setentón ruso para que se cuente a sí mismo y es Eduardo, el humilde mesonero que lo atiende en Café Plaza, quien tiene que escuchar toda su historia a pesar del fastidio que ello implica. Comienzan así los guiños a la ciudad, a la poesía, en este caso representada por Udón Pérez, Elías Sánchez Rubio, Enriqueta Arvelo Larriva, entre otros; a Poe, Stefan Sweig, entre tantos referentes más, y cuya narrativa y manera de presentar los hechos, coquetean con la novela de espionaje y la novela gótica.

Projarov revive su pasado y es su memoria la cartografía que se va expandiendo a lo largo de El polvo de los muertos. Cobra vida Albert Boscare, un médium aparentemente equilibrado y pulcro, quien tendrá la sencilla tarea de poner a hablar al incrédulo ruso con su difunta mujer, y como era de esperarse, éste se niega a contactarla.

Para terminar, y temiendo ser repetitivo, imposible no ver a Projarov ligado al Norberto José Olivar el narrador, el que investiga para construir cada libro, sobre todo cuando Boscare le dice “Usted parece un novelista, amigo Projarov. Sus asociaciones desquiciadas van más allá de una simple imaginación”. Y ese atrevimiento en cuanto a tales conexiones, se hace evidente en el texto pero sin incomodar al lector. Por el contrario, despertando el gusto y la curiosidad en éste por la fluidez y pertinencia con que lo logra, así como ese narrador todo poderoso, mejor conocido como omnisciente, que interpela al lector para mantenerlo alerta.

El polvo de los muertos, sin duda alguna, es un buen texto. Así como te exige atención, te hace reír; te hace partícipe del mundo de los vivos, pero también del de los muertos. El espionaje no es más que el pretexto para hacernos reflexionar sobre la libertad y lo terrible que resultaría perderla, a pesar de que la gran incógnita de la historia es descubrir si Projarov fue espía del sóviet o no. Sea usted quien lo descubra, apreciado lector, pues “nada como la muerte para sacar a flote una vida”, tavarich.


17 jun 2014

Se ven los tuits pero nunca el corazón

En días recientes, una persona muy metida en el medio literario local, me comentaba sobre su molestia con respecto a algunas cuentas tuiteras —también literarias, obviamente— que han sido incapaces de apoyar sus tuits con algún RT o mención, más aún “tratándose de asuntos de interés literario nacional”, dijo, y claro está, otros más personales pero siempre apuntando a la literatura. Lo escuchaba con suma atención, pues si bien es cierto que hace tiempo pasé de largo sobre este tema, no dejaba de tener algo de razón. Me hablaba de “los grupos” que sólo mencionan o retuitean a sus amigos y que esto lo que denota es una gran falta de compromiso real por apoyar lo que se está haciendo en las letras nacionales (esto no es así, pensé).  Entre los varios temas que le comenté, le decía que sólo un porcentaje mínimo de la población venezolana posee una cuenta en tuiter, que “no te martirices por eso”, le dije, a fin de cuentas, lo más importante es que sigas haciendo tu trabajo, creer en él y olvidarte del “divismo” que se da en las redes sociales. La vanidad es algo que siempre ha existido en el ser humano y esto se ha trasladado a los medios virtuales, en donde importa más que te sigan miles (o millones), sin importar que lo que escribas en pocos caracteres valga la pena. Y no hablemos de los tuit-divos, aquellos que son seguidos por cientos, miles de personas, pero que son incapaces de seguir a las cuentas de sus madres.



En todo caso, le decía,  toda persona es libre de hacer o decir lo que quiera, al menos esa es la premisa fundamental en cualquier sociedad democrática, también aplicable a las redes sociales. Tuiter se ha convertido en una suerte de diván virtual público donde se ve —se lee— de todo. Allí la gente avisa que va saliendo de un lugar a otro; que anoche tuvo un encontronazo con la pareja; que está comiendo tal cosa… En fin, da para todo tipo de comentario, incluyendo a los que sí le han sacado provecho a la herramienta y han sabido segmentar bien su información por el tipo de tema abordado.

En cuanto a lo que me compete en esta red de microblogging, como le llaman los expertos, lo que me interesa por razones personales y profesionales, tiene que ver con la literatura, los libros y todo lo que gira en torno a este tema. Asociada a lo que es mi programa de radio Librería Sónica, la cuenta tuiter homónima promueve el espacio y trata dentro de lo posible, de promocionar lo que están haciendo las editoriales venezolanas, ergo, lo que están escribiendo nuestros autores, sea en narrativa, poesía, ensayo o cualquier otro género, estén fuera o dentro del país. De hecho, si hay algo por lo que me siento satisfecho, es que sin miramientos políticos, hemos invitado a autores y editoriales del estado, llámese Monte Ávila, El perro y la rana, etc., así como a editoriales privadas y a sus correspondientes autores. Añado también como un punto a favor, haber invitado a jóvenes (y no tan jóvenes) autores desconocidos que apenas comienzan a dar sus primeros pasos en la escritura, e incluso a aquellos que sin tener aún nada publicado, han sido reconocidos con los diversos premios literarios que se dan en el país, como por ejemplo, los inéditos de Monte Ávila o los del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana.  Le decía a la persona que ya hice cuero sobre el tema que tanto le incomoda y por el cual me abordó, pues desde esta vitrina radiofónica, hemos apoyado a muchísima gente, que incluso viéndose beneficiada de la promoción virtual (y de la radio), no han tenido la gentileza de hacer lo propio hacia nosotros (en plural, para incluir a @ranaencantada). Así son las cosas, punto, “sigue haciendo lo tuyo”, le recalqué.


La cariacontecida persona y Blogger@ literari@ asentía ante cada una de mis palabras, a lo que fue —y es— mi opinión sobre el tema que tratamos; tal vez por cortesía, cosa que se agradece, me demostró que estaba de acuerdo con mi planteamiento. Ya sabrá si sigue haciendo su trabajo como le sugerí o se enfrasca en esa obsesión de andar pendiente de si los demás lo mencionan o no. Hay mucha “gente” valiosa en este medio. Y las comillas van porque en el mejor de los casos, uno termina conociendo a la persona real, a la de carne y hueso que está detrás de un @ (justo lo que dio inicio a la conversación y a este texto), pero no es menos cierto que también están los que van por un camino distinto al tuyo, que insisto, se entiende y se respeta, aunque haya ocasiones que provoque bloquearlos por soeces, invasivos, mezquinos o porque no aporten nada valioso.  Así como el papel, tuiter lo aguanta todo, a qué darle mayor importancia a un elemento virtual en donde sobran los figurines de Internet. Parafraseando la canción, se ven los tuits  pero nunca el corazón. 

13 jun 2014

¿Todo por un huevo o huevonadas?

Estimado y sagaz lector, sobre todo si es venezolano, no piense que el título va por la vía de lo soez, no; del juego de palabras tan típico de nosotros y que se puede asegurar sin temor a exageraciones, de que forma parte de nuestro gentilicio, no. El hecho es que viendo al súper mercado cercano a casa “vacío” (el calificativo quiere decir que las cajeras estaban hablando entre ellas, riéndose del cuento del novio de una de éstas y, claro, muchos anaqueles exhibiendo “aire” en el tan pregonado “hecho en socialismo”), entré a ver qué me llevaba. Soy uno de los pocos privilegiados que puede darse el lujo de no hacer horas de colas para comprar “equis” producto, y digo privilegiado, porque ante la necesidad de adquirir productos para bebés o niños pequeños; alimentos especiales (y ni tan especiales) para gente de la tercera edad, que necesita tal o cual medicina y un largo etcétera, se entiende y lamento el vía crucis diario de tantos venezolanos que deben pasar por esto. Pero me siento así, bendecido, tocado por el aura que aún me permite decir “no hago colas”: ¿no hay harina precocida?, compro pan; ¿no hay pan?, compro cazabe; ¿no hay cazabe?, compro galleta de soda; ¿no hay galleta de soda?, no compro un carajo. Y así repito la fórmula con el producto de turno. A otro con ese cuento burlesco de “el pueblo hace colas para cuidar los alimentos", vaya disparate la del ministro. Yo quisiera verlo a él cuidándolos también. ¿No debería dar el ejemplo con tan sabio apotegma?



Un producto, dos productos, tres productos… Vegetales, frutas y por ahí me fui hasta que llegué al espacio en donde están los huevos. Dígame usted, estimado y golpista consumidor (golpista porque recibe golpes para conseguir lo que busca y luego un par de carajazos más al momento de pagar): ¿usted no abre su cartón de huevos y los revisa para certificar que las doce posturas de gallina estén bien? Claro que lo hace, ¿o no? De no hacerlo corre el riesgo de: 1) conseguirse con huevitos de codorniz; 2) hallarlos untados en restos fecales; 3) toparse con algunos rotos y 4) que le falten huevos (y no me refiero a la valentía). Pues mientras hacía mi experticia, se me instaló al lado el dependiente lusitano del local. No es un aditamento narrativo el llamarlo así; es portugués como el que más y muy ambientado en el mundial de fútbol, portaba su camiseta con el nombre en mayúsculas de RONALDO:

—Mirei, ¡não podes fazer isso!
—¡Cómo que no! Mira, este huevo está roto.
—…
—Además, mire el tamaño de estos huevitos…Se necesitan como seis para hacer un revoltillo…
—Pues así lo compramos nosotros y así los vendemos —es lo que logré traducir.
—Sí, pero yo también estoy pagando por ellos…

Y cuando ya la situación comenzaba a subirse de tono e imaginaba la cara de Claudio Nazoa diciendo “¡Coman huevos!”, un círculo de amas de casa nos rodeó (casi que la vuelta al pescao) y comenzaron las arengas: “Usted tiene razón, señor, cambie sus huevos”; “abusador, mire que tiene el huevo roto”; “a verle el huevo, señor”… Y como el venezolano posee la virtud —o la desgracia— de sacarle el chiste a todo, las mujeres comenzaron a reírse entre tantos huevos y una de ellas dijo “señor, no pague esa huevonada”. El Cristiano Ronaldo devaluado y sin los chocolaticos que enloquece a tantas, se dio la media vuelta y refunfuñado dijo: “Vai para o caralho”.

Ahora sí, ¡qué güevonada! 

11 jun 2014

Reproche venezolanista de mi otro yo

El autor de estas líneas, el de carne y hueso, el que sufre y padece como cualquier humano, no es el mismo al que les está hablando en este momento, quien escribe. Este “yo” de letras se escabulle de él por un instante para hablarles de la venezolanidad, a sabiendas aún, que aquél no cree mucho en los nacionalismos y en el fervor que esto produce en miles de personas. Pidió que les comentara sobre una frase que se le quedó prendada en la memoria, extraída de la lectura de Simone de Eduardo Lalo, Premio de Novela Rómulo Gallegos 2013: “una cosa es ser patriota y otra muy distinta ser patriotero”. Él está de acuerdo con esta frase, pues la tergiversación, la mentira y el engaño —dice— a los cuales son sometidas tantas personas cobran niveles asombrosos cuando de defender un supuesto ideal se trata, aunque sea a ciegas, aunque implique colocarse una venda en los ojos para no ver la realidad circundante. Cree que a un argentino o a un colombiano, le importa un bledo lo que pase en Venezuela, tal como a un italiano, francés o alemán, le importa muy poco lo que pudiera estar sucediendo en España. Él, el autor, cree más en el civismo que en nacionalismos, en actuar conforme a las leyes sin llevarse por el medio a los demás; en respetar las normas más básicas que son las que intentan hacernos mejores ciudadanos más que en ondear la bandera con fervor, pero que a la vuelta de la esquina, ya se comete una infracción, un irrespeto a cualquiera o se juega a ser más vivo que los demás.


Dicho esto, retomo mi palabra etérea y convengo con él en que el tema a tratar tiene que ver con la venezolanidad en Mariano Picón-Salas y acepta con gusto la misiva, pues considera —y yo también— que este es uno de los autores fundamentales a leer por cualquier venezolano y que pudiera ser de provecho para cualquiera que haya nacido por estas tierras latinoamericanas. En este insigne venezolano, oriundo de Mérida para mayor hidalguía, tierra de caballeros, de gente aguerrida, firme y educada, se nota en cada una de sus palabras, ensayos y obra en general, ese sentido hermoso y utópico de lo que es la “venezolanidad”. El calificativo no va por mero eufemismo, el de utópico, no; va en el sentido estricto de lo que emana, sobre todo en una tierra en donde la mayoría de sus habitantes son producto de cientos de inmigrantes que pisaron esta tierra para quedarse por siempre, dejando la simiente de las nuevas generaciones de venezolanos que formarían su raigambre por saberse de estas tierras.  Esta misma emoción es la que don Mariano deja ver a cada instante a través de su refinada prosa, marcando postura y su orgullo de saberse hijo de Venezuela.
No obstante, y esto es importante recordarlo, don Mariano tuvo un fuerte conflicto interno consigo mismo al ver que su avanzado pensamiento iba más allá de las posibilidades que su propio país le ofrecía, al que veía anclado aún en la era de la colonia cuando el mundo moderno aceleraba sus pasos hacia el futuro. Así lo dice en “Pequeña confesión a la Sordina”, texto que sirve de introducción a sus Obras selectas: “En el tiempo de mi infancia aún se vivía en un sosiego como de nuestro colonial siglo XVIII. Esto —lo confieso— siempre produjo en mi espíritu un pequeño conflicto entre mis ideas y  mis emociones, porque si la inteligencia aspiraba a ser libérrima, el corazón permanecía atado a esa como añoranza de un paraíso perdido” (Picón-Salas, 2008: 19)  Esto sin lugar a dudas, marca un profundo sentimiento de nostalgia y de respeto por su tierra, como esa madre única y devota que le da todo a su hijo primigenio. Este cúmulo de emociones terminará por convertirse en una suerte de biografía novelada llamada Viaje al amanecer, a la cual don Mariano con una humildad desbordada llama un “librito”.

Más allá de la nostalgia referida en donde Picón-Salas deja en evidencia un honesto y verdadero sentido patriótico, que no patriotero, también está presente un indiscutible sentimiento de rebeldía, lo cual resulta inherente a la juventud, y sobre todo, si el entorno político circundante es opresivo, abyecto y dictatorial, pues la tierra que lo vio nacer era dominada por una de las tiranías más largas que ha conocido Venezuela, la de Juan Vicente Gómez, situación que, amén de las capacidades innatas de don Mariano y la cultura heredada a través de la figura casi mítica de su abuelo, generó un deseo incontenible por aprender constantemente; beber de otras culturas y posibilidades que ampliaran su horizonte intelectual y que de manera inmediata, terminó por lograr el florecimiento de una sensibilidad social  que lo llevó a creer en sus ideales más allá de las fronteras de su propio país.
El autor de estas líneas me pide que vuelva sobre lo referido a eso que llamé como “humildad” en Mariano Picón-Salas, para esclarecer de manera sucinta la evolución de su propio trabajo en este sentido. Cumplo y explico: don Mariano evalúa su propia obra y reconoce que  sus primeros ensayos estaban cargados de un incesante “yo”, tan típico de la juventud, en donde se hace incontenible las ganas de figurar, pero que con el tiempo, devinieron en textos profundamente reflexivos que marcaron su madurez como uno de los pensadores, docentes e intelectuales más notables de todos los tiempos en Venezuela: “si nuestras formas habituales de vida no ocultaran la persona en el conflicto y complicidad de los intereses e impusieran por eso, una continua reticencia y censura, quizá advertiríamos que la soledad e incomunicabilidad de cada ser no es tan desgarrada e irremediable” (Ibíd. 24), cita que calza con una perfección aplastante con la realidad que vive nuestro país hoy día.
La venezolanidad en Mariano Picón-Salas se reviste de fuerza y un verdadero sentido de profundidad, es decir, de aquel hombre comprometido con lo que creía y que se tomó en serio su profesión para lograr a través de ella, la propuesta de ideas y cambiar el rumbo del país hacia un mejor destino. Es la postura del verdadero líder cuyo ejemplo no se toma tanto por lo que dice, sino por lo que hace. Fue un erudito, un visionario que siempre tuvo claro cuáles fueron —y siguen siendo— las debilidades de su tierra y de su gente, y precisamente por ello, no dejó de insistir en lo que siempre creyó por medio de la educación. Tal era su visión de mundo, su clarividencia ante lo que estaba por venir, que hace más de medio siglo dijo cosas como esta: “Nos acercamos a una vida cibernética en que la máquina que calcula y reduce a cifras o combinaciones todo lo humano sustituye a la acción y el impulso espontáneo. Si en los últimos cien años la máquina fue como un brazo o una mano multiplicadora del trabajo del hombre, ahora ya aspira, también, a reemplazar su cerebro” (Ibíd.25).
Dicho todo esto, no puedo dejar de reconocer —y aquí coincidimos autor y esta voz desprendida—, que el sentido de pertenencia en la obra de Mariano Picón-Salas es único,  y sobre todo, alentador, más aún para aquellos que no creen en identidades y gentilicios (el autor me ve con mala cara). Hoy más que nunca, ser venezolano, duele, y es la nostalgia un elemento constante en la obra del noble merideño, algo más que notable y evidente. Teniendo en la mira la difícil situación político-social que atraviesa el país, me preguntó qué diría don Mariano si aún estuviera entre nosotros, si estos hubieran sido los tiempos que le tocara vivir, pues reiterando lo que dijo hace tanto tiempo como si nos viera a través de un ojo mágico, sentenció: “llamarse venezolano, es decir, actuar y pensar en un país en un tormentoso y contradictorio proceso de crecimiento” (Ibíd.26).
Ahora bien, siempre resulta muy ambicioso concentrar en una o dos cuartillas, tal como si fuera una sinopsis temeraria, todo lo que el maestro Mariano Picón-Salas expuso en algunos de sus libros. En este caso particular y abordando un tema por demás complejo como la cultura en nuestro país, es poco más que ingenuo pretender sintetizar lo que con magia y elegancia aparece en su libro Comprensión de Venezuela. Ya el maestro intuía, argumentaba y demostraba para aquel año de 1948, lo compleja que era nuestra nación, su gentilicio y todo lo que la envolviera.  
No obstante, desde el primer capítulo del libro hasta el último, sobresale un tema que fue uno de los que más destacó, fue punto de honor y apasionó a nuestro insigne ensayista: la educación. En ella, o la falta de ella, es donde nacen todas las desventuras y grandezas de un país, y sobre todo en el nuestro, que de manera metafórica al inicio del libro, dice don Mariano que Venezuela se asemeja “A un cuero de los Llanos, bastante bien secado al sol de la Zona tórrida” (Ibíd.137), donde el verdadero acto revolucionario no está en el absurdo enfrascamiento sobre viejas teorías y obsoletos dogmas, sino por el contrario, en educarnos, deslindándonos de un pasado retrógrado en donde el caudillo de turno nos somete a lo arcaico en todo sentido.
Dentro del libro referido, resulta fundamental entonces hacer mayor énfasis en el capítulo “Notas sobre el problema de nuestra cultura”, donde de entrada manifiesta su rechazo por dicho término, “problema”. Si para aquel entonces a Picón Salas ya le llamaba la atención el constante uso de la palabra, ¿qué no diría en nuestros tiempos? Se hablaba del problema demográfico, del problema sanitario, pero siempre tuvo muy claro que el verdadero y más importante problema por resolver, era el problema educacional, del cual destaca que, “éste sí que es un problema y uno de los más serios y delicados que debe afrontar un país en trance de recuperarse, como el nuestro (Ibíd.241)”.  Y hablaba de trance y recuperación, pues apenas Venezuela estaba saliendo de la mano dura y nefasta del dictador Juan Vicente Gómez, que por casi tres décadas, sepultó al país en una oscurana absoluta mientras otros países latinoamericanos ya daban pasos agigantados en este sentido, el que tanto preocupó a Picón-Salas: la educación. Y es que a su juicio, nunca existió un proceso integral, constante, que la envolviera en un marco filosófico que despertara el interés de todos para darle su merecido valor, tanto de manera abstracta y casi sublime, como de modo sistemático, práctico y funcional. ¿Parte de las causas de todo esto?, pues “el propio sistema federal con su caciquismo aldeano” (Ibíd.243), nos llevó a un adormecimiento en cuanto a buscar las mejoras en el sistema educativo, viviendo siempre de un pasado patriótico (las negritas son mías), con la mirada en reversa apuntando hacia los héroes fundadores, y que por tanto, nos impedía (y creemos que aún nos impide) mirar hacia el futuro, convirtiendo a los venezolanos en “los narcisos de su tradición histórica” y evitando con ello que nos alejemos o no logremos “la noción de lo concreto”.
Reduciendo el espectro, más que el problema de nuestra cultura, es el problema de la Educación. Salvando las distancias temporales de cuando Picón-Salas escribió el libro hasta el día de hoy, las variaciones son mínimas. Desde su presente, el maestro arroja su mirada ochenta años atrás y asegura que “los únicos asuntos que preparó y combinó sutilmente la política autóctona fueron las reformas constitucionales que permitían prolongar el mando de los caudillos y satisfacer sus intereses privados o los de su círculo” (Ibíd.245). Sacando cuentas y si le sumamos casi setenta años a la fecha de publicación del libro (1948), llegamos hasta nuestros días y la cita antes referida cobra una abominable vigencia que nos alerta.
Al margen del comentario anterior, Picón-Salas hace una dura pero acertada comparación, entre lo que era la educación venezolana con relación a la de Chile, Argentina y Bolivia, dejando en claro esa tarea pendiente por culminar en cuanto al proceso, mecanismos, fundamentos y estructuras para crecer en este sentido, el educativo, pues una vez afianzados en él, todo lo demás evolucionaría por añadidura, como un efecto directo y positivo por haber atendido el problema de raíz.
Si bien es cierto que el hilo conductor, algunas veces solapado y otras tantas más evidente, gira en torno a la educación, no es menos importante a otras reflexiones presentes en Comprensión de Venezuela, que van desde el homenaje a tres grandes pensadores como lo fueron Simón Rodríguez, Andrés Bellos y Cecilio Acosta, pasando por las cartas de Teresa de la Parra, reminiscencias de Caracas y los Andes, hasta una curiosa y brillante “Pequeña historia de la arepa”, entre tantos temas más sobre lo que escribió con una maestría indiscutible.
Como colofón, Mariano Picón Salas, por encima de su rol político, el cual ejerció de manera intachable a ojos de lo que la historia refiere, su principal motivación fue la docencia, la cultura y la educación. Apostaba a ello como la vía expedita para la evolución del hombre y de la sociedad. Pero dicho proceso de adiestramiento, en donde el Estado ofrece todas las herramientas posibles a sus ciudadanos, necesariamente debe ir de la mano de una estructura teórica que llame a la reflexión y al impulso del pensamiento, pues “no puede existir una auténtica Educación sin base filosófica ni fin político” (Ibíd.254), pues el fin social termina siendo el objetivo principal por alcanzar en todo país organizado y pujante con miras de grandeza.

Picón-Salas, Mariano (2008): Obras completas. Caracas: UCAB

5 jun 2014

La Europa de Mariano Picón-Salas

Europa, tierra de un sinfín de historias que dieron vuelta al mundo; lugar en donde nacieron míticos héroes pero también despiadados tiranos y rufianes; espacio en donde a pesar de la ingente cantidad de guerras, ha logrado levantarse cual ave fénix de sus propias cenizas. Esto es Europa y muchos más, pero sobre todo, un mundo rico en arte y cultura en cualquiera de sus variopintas maneras de expresión.



Este  brevísimo párrafo a manera de introducción, nos coloca frente al objeto de disfrute —y también de estudio— de Mariano Picón-Salas. Todo lo que el gran pensador venezolano conoció a través de las letras y de las lecturas, lo tuvo frente a la mirada y el pensamiento preciso que lo caracterizó. En Meditación de Europa, el autor deja clara su postura y preferencia con respecto a los diversos países europeos que tuvo la oportunidad de conocer. En este sentido, Francia se convierte en esa tierra que llena todas sus expectativas, tanto espirituales como intelectuales. Ha de suponer, y es lógico pensarlo, la fuerte influencia que ejerció sobre él su maestro monsieur Machy.

En este libro marca su postura con respecto a lo que en términos de evolución humana, considera lo ideal para que una sociedad se encamine hacia un mejor futuro: “el camino espiritual de Francia es un gran camino ordenador” (Picón-Salas, 2008: p.1141), dice, y en estos términos y con el fundamento propio de quien recorrió tierras europeas, amén de su clarividencia crítica, contrasta y compara la nación gala con otros países, que en su momento, también pintaron como los grandes estandartes para la evolución política-social del hombre. Así, increpa el “puritarismo inglés”, pacatos en su proceder ante los conflictos propios del estado y los hombres; deja clara su visión negativa en contra de la “americanización” de las sociedades, pendencieras y siempre apuntando hacia el automatismo, y en sus propias palabras, en absoluto desacuerdo con “El mesianismo social que venía de Rusia; el vitalismo e irracionalismo alemán, el materialismo técnico de los yanquis” (Ibíd.1138).

Es importante contextualizar el entorno del cual fue testigo Mariano Picón-Salas al pisar Europa: apenas había finalizado la Segunda Guerra Mundial. Como es lógico esperarse, pudo ser testigo de ciudades que apenas se comenzaban a levantar después del asedio y la brutalidad nazi, por tanto, sus reflexiones en “Meditación alemana”, son profundamente críticas ante el megalómano que acabó con millones de vidas inocentes. Alemania es un país, según sus palabras, que se envuelve en “un mundo demoníaco” para continuar diciendo “es un país problema y cargado de peligrosa inflamabilidad” (Ibíd.1150),  y que al cotejarlo con el racionalismo francés, señala que para éstos “el derecho es una relación de libertades”, mientras que para los alemanes, es una relación de “subordinación, fuerza y función” (Ibíd.1154). Hay que dejar claro —y no podía ser de otra manera—, que la posición de Mariano Picón-Salas frente al holocausto, fue de absoluto rechazo. Y si bien es cierto que el gran culpable fue Hitler, por una simple metonimia de la parte por el todo, Alemania paga por igual.

Por otra parte, también pasa por la cultura checoslovaca, española, italiana y hace una hermosa apología musical en el apartado “Música y muerte de Viena”, y particularmente en la obra y el genio de Wolfgang Amadeus Mozart en “Imagen de Mozart”, a quien exalta y califica como “semejante hechicero”, “Caronte encantado”, “joven y frágil titán”,  “genio”, y lo coloca en su parnaso personal junto a Goya, a quien también admiraba.  Es más que elocuente su predilección por la música del vienés por encima de otros grandes como Bach o Beethoven (a Wagner le llama “soberbio y demoníaco”, y no olvidemos que era el preferido del Führer, pues algunas de sus obras tenían fuertes cargas antisemitas), pero es la obra Mozart, según dice, “el más consumado deleite que jamás se inventara para los sentidos del hombre, sino también un camino y una aspiración de la conciencia occidental” (Ibíd.1174).


En resumen, Meditación de Europa es un libro en donde Mariano Picón-Salas fija su punto de vista, dejando en claro su talante moral frente a lo aberrante de la guerra, sin perder el norte de donde viene (habla del “desorden sudamericano”), teniendo conciencia de ello y  con una humildad que pareciera superar su intelecto.  Ese notable merideño y venezolano que fue allende los mares, siempre comparaba y quería todo lo bueno que le ofrecía Europa para su tierra, sobre todo teniendo en mente “el genio de Francia, de su triple esfuerzo por el razonamiento claro, la forma estética y la dignidad moral” (Ibíd.1140), aspectos por los cuales luchó desde su pensamiento y la palabra toda su prolífica vida. Como bien lo señaló en las primeras páginas del libro “nos era necesario el contacto de Europa” (Ibíd.1124). 

Picón-Salas, Mariano (2008): Obras completas. Caracas: UCAB

2 jun 2014

Jinete a pie

Hay un momento, el final, antes de terminar de perderlo todo, ése es el momento para el que se vive.
Israel Centeno

Una ciudad sumida en el caos; un grupo de gente que huye y otro que atropella sin piedad alguna, con impunidad y descaro. La anarquía reina y no hay nadie que ponga coto a tal situación, por el contrario, los motociclistas se han adueñado de todos los espacios, se han formado diversos cantones y lo que otrora fuera un hábito, una tradición, un vínculo para compartir en familia o entre amigos, es un lujo y un privilegio ahora exclusivo de quienes tienen el poder: tomarse un café. Desde este pequeño detalle se refleja la pérdida de libertad; la cotidianidad se ve quebrantada y quienes no pertenecen a esos guetos violentos y poseen motocicletas quedan al margen. Los peatones entonces deben huir, y en el mejor de los casos, el estado de ánimo que destaca es la melancolía y el desconsuelo. Deben salvar sus vidas y el sonido del vapor saliendo de una máquina de café a la distancia despierta la nostalgia.

Jinete a pie de Israel Centeno va de esto y mucho más. Sorprende la visión tan acertada del escritor al narrar los hechos funestos de una sociedad en crisis y una ciudad venida a menos (la contada, la ficticia), en contraposición con la Caracas real, la que nos duele a muchos teniendo a la vista meses convulsos, violentos, desde mediados de febrero (2014). ¿Premonición del autor? ¿Sigue día a día las noticias de su país más aún por estar viviendo fuera de él? Tal vez las respuestas a ambas interrogantes sean afirmativas.
                                  
Roberto Morel, el protagonista, es un profesor de arte resignado ante el paso ineludible de los años. Todo le duele, sobre todo los tobillos, tiene una terrible erosión en el esófago y ni hablar de las úlceras en el estómago: “Adriana, estoy viejo y un día más es una concesión”, dice. Debe lidiar con su mal estado de salud, con una ciudad que se cae a pedazos  y con una manada de motorizados que lo persigue —a él y a su grupo—, pues en un arranque natural de su instinto de supervivencia,  se defiende en contra de uno de ellos. Huyen, deben bajar simbólicamente a los infiernos —el sótano de una iglesia—, lidiar con las ratas, el hambre y el miedo. Todo esto sucede mientras aparentemente se va mezclando entre la historia, las notas del diario de Roberto, su verdadera obsesión y del cual perdió la última página. Él sufre el vía crucis de Jesucristo, el martirio físico que poco a poco le impide caminar para poder escapar de los motorizados que cada vez están más cerca, los mismos que —contradicción e ironía en pleno— lo golpearon con las hebillas de sus correas reconocibles por llevar el símbolo de la paz.

Imposible no ver en Jinete a pie guiños a situaciones tan parecidas a la realidad política actual del país: “Unos militares toman la plaza Altamira, exigen la renuncia del Presidente, la gente sale a la calle y decretan el final del gobierno…”. Empero, esto no es el foco principal de la historia pero ineludiblemente se toca de manera tangencial. También hay algunos pasajes cargados de erotismo y el tema del amor no puede quedarse de lado, donde tres mujeres son fundamentales en este aspecto: Adriana, Alexandra y Ludmila, pero es la libertad y la pérdida de la ciudadanía, los elementos principales que están en juego entre “Los motorizados (que) perdieron todo sentido de misericordia” y la gente común, los jinetes a pie que, como dice Roberto “somos ratas fuera y dentro”.

Amén de todo el simbolismo que puede hallarse en el texto, destaca la calidad narrativa del autor, en donde combina con maestría, diversidad de voces que van desde el omnisciente y demiúrgico relator, hasta el protagonista y el narrador testigo, todo un trabajo literario que le pide al espectador el necesario pacto de lectura para el pleno entendimiento y disfrute, a pesar de que sea llamado a ver cómo se derrumba la ciudad. En días recientes el escritor y académico Luis Barrera Linares me comentaba que el sueño —entre otros— de todo escritor, es hacer que su ficción se vuelva realidad y no que la realidad una ficción. Después de esta lectura, me inquieta ver que Jinete a pie parece cumplir con esta premisa, un acierto literario publicado por la Editorial Lector Cómplice.



25 abr 2014

La prisionera (En busca del tiempo perdido).

Esta es la quinta y breve reseña que hago sobre En busca del tiempo perdido, correspondiente ahora a La prisionera. Lo mejor no es aventurarse a decir algo, sobre todo de esta monumental obra de la que se ha dicho tanto. Lo mejor es leerla y no formar parte de la infinita fila de quienes no han pasado de su primer tomo, incluso de sus primeras páginas (intimida, sí; intimida). Quizás esto les suene pedante, pero después del cuarto tomo es que se pone mejor. No hay libro referencial que en su intento canonizante, no lo mencione como lectura obligada: los cien o los mil libros que hay que leer antes de morir, etc.



Lo cierto es que esta aventura no es nada sencilla, cosa que ya he dicho, pero por una razón que aún no termino de hallar, fluyen más las palabras, las ideas y las tensiones que Proust imprimió en esta parte de su obra, publicada de manera póstuma a partir del cuarto ejemplar. Como dato, y ofrezco una disculpa si ya lo dije en las reseñas previas, cuando usted se encuentra con un largo inciso o algún inmenso párrafo que parece más una digresión que el complemento directo de la oración previa, es cuando más aún se nota la maestría de Proust en su oficio narrativo, impactando por la estilística y obligándolo a volver líneas atrás para que pueda seguirle los pasos, en medio del entorno social del cual Monsieur Marcel fue testigo y protagonista; y otras veces, camuflando de manera intachable su inclusión como sujeto que narra, dándole vida a todo esa élite francesa de principios del siglo  XX.

Albertina continúa siendo el motivo de sus alegrías, pero también de sus pesares, y sobre todo, la causante de los celos a la par que reflexiona sobre el sempiterno tema del amor, el deseo, la mentira y sus variantes, junto a otros tópicos más: “el amor no es quizá otra cosa que la propagación de esos oleajes con que una emoción sacude el alma”.  En La prisionera el protagonista nos hace dudar sobre su amor con respecto a Albertina, pero si bien es cierto que esto es fundamental dentro de la obra, no todo gira en torno a ello y justo a partir de allí, construye los escenarios posibles que surgen en medio de una sociedad elitesca, arrogante unas tantas veces y acomplejada otras tantas. Hay una búsqueda constante del placer por las cosas gratificantes de la vida y el temor al compromiso se hace latente cuando éste puede llegar a interrumpir “los goces de la soledad” (Proust dixit).

Existe un juego de contraste entre lo que pudiera verse con cierto aspecto misógino hacia Albertina, por un lado; y por otro, todo lo opuesto cuando se exalta sus bondades espirituales y corporales: en ocasiones afirma que de ella no le quedaba nada qué aprender, que “cada día le parecía menos bonita”, y otras tantas, “solamente en ti encuentro la indefinible gracia -que siempre me embelesa y jamás me cansa”. Pero todo este antagonismo forma parte del gran aparato discursivo al cual se está expuesto como lector, a través de la reflexión, el pensamiento y los recuerdos del protagonista. Albertina parece una gran contradicción y es que en cosas del amor, ¿no es así acaso?

La prisionera pone en escena un gran mecanismo discursivo sobre el tema amoroso flanqueado por los avatares propios de la vida, por ejemplo, la muerte de la abuela de Proust, entre otros. Como lectores firmamos desde el principio un pacto para dejarnos llevar por las vicisitudes de los personajes, mientras el autor-narrador-protagonista, nos va alertando sobre lo que viene en el tomo siguiente, el sexto, e incluso en el último, el séptimo. Tal como he comentado en otras reflexiones, una vez que uno se deja atrapar por esta magistral narrativa, queremos más de ella.

Aquí les dejo algunas de las infinitas, y casi aforísticas frases, del genio Marcel Proust:

“Los celos no son más que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a las cosas del amor”.

“Sólo se ama lo que no se posee por entero”.

“Queremos sacar de una mujer  una estatua completamente diferente de la que ella nos ha presentado”.

“La mentira es tan poco exigente, necesita tan poca cosa para manifestarse”.


“La verosimilitud, a pesar de la idea que se hace el mentiroso, no es enteramente la verdad”.

23 abr 2014

Verde que me muero, por Carlos Sandoval

Esta es la historia de un amor o, más bien, de la imposibilidad amorosa. También, de las variadas estaciones del enamoramiento y de sus alocadas resoluciones. Podría señalarse, incluso, que Verde que me muero constituye el cierre de un demorado bildunsgroman donde su protagonista, Antonio Guerra –Tony–, alcanza a comprender que su vida es justamente la cotidianidad y no el recuerdo de una pasión juvenil, remota e inútil por inconclusa.
Ofrezco una tercera versión: esta es la novela de tres amigos músicos a quienes los años pusieron en su lugar, como siempre ocurre, arrebatando sueños y presencias.
            Sin duda, habrá otras interpretaciones (en literatura no existen verdades absolutas; corrijo: no existen verdades, sino hipótesis o perspectivas –apunto un lugar común, qué más da, pero a veces hay que recordarlo–); habrá quizá distintas interpretaciones, decía, que cada lector cifrará con base en su experiencia, en su conocimiento del mundo y en sus anhelos. Por lo pronto, en esta auroral pieza narrativa de Jason Maldonado nos topamos con la historia de un sujeto a quien el amor le juega sucio, pues estando en su pleno disfrute la súbita e inexplicable desaparición del objeto amado enrarece las prevenciones al uso de las relaciones de pareja. Este hecho, la partida de Auristela hacia Maracaibo (talismán o fetiche que desencadena las acciones) disloca el sistema amoroso del joven Tony: en adelante, el muchacho se precipita en un torbellino de frágiles enlaces sentimentales cuyas consecuencias son la desazón, la inmadurez y dos hijos de madres distintas. Y es que Antonio nunca logra desprenderse del recuerdo de Auristela, de su extraño alejamiento y de la imposibilidad de cerrar el capítulo más importante de su lábil existencia.
            Por eso, la misteriosa carta con la cual se inicia la obra será el punto de partida de un lento reconocimiento de sus malas jugadas afectivas y, al mismo tiempo, le brindará la posibilidad de alcanzar cierta comprensión (tal vez eso que llaman experiencia) cuando decide, en las escenas finales de la novela, enfrentar los requiebros de una vecina tan agostada y perdida en cosas del arte amatorio como él.
Este reconocimiento pulsional, sea el caso de decirlo, ocurre apenas en tres días y bajo los efectos de una terrible muerte: la del amigo de juventud asesinado por unos delincuentes en Maracaibo. (Qué raro, Auristela huye a la capital del estado Zulia treinta años atrás sin despedirse de Tony; en el tiempo actual que recrea la composición, el protagonista va a Maracaibo al sepelio de Anselmo y es justo en ese lapso cuando descubre, al volver a Caracas, el destino de su único amor. ¿Se habrá dado cuenta Maldonado –no la voz que relata los hechos– de esta enigmática coincidencia? Dejo al futuro lector todas las especulaciones.) Así pues, la muerte simbólica de la mujer amada y el deceso real del amigo ocurren en esas luctuosos y lumínicas setenta y dos horas, una brusca revelación que deviene sosiego y plena entrega a las circunstancias, pero de una manera consciente y vivaz, al contrario de la ceguera anterior que trazó buena parte de su camino afectivo.
Sobre la base de esta trama principal, en la novela se recrean otros aspectos: el impacto de la música como hilo que teje las historias de los protagonistas y que marca ciertas situaciones, la inevitable polarización política que ya resulta un rasgo (¿temporal?) del país, el uso del humor como elemento cohesivo de personajes y gentilicios y el manejo de algunos referentes de la cultura institucionalizada y de la cultura popular.
Aun cuando pudiera pensarse que, tratándose de una anécdota sobre el desencanto amoroso con pasajes que, al mismo tiempo, muestran realidades dolorosas, la pieza se halla incardinada de un tono festivo y de un fluido lenguaje que atenúan –porque ese no es su interés– cualquier desvarío melodramático o proclive a la denuncia de malestares sociales. Por el contrario, tenemos aquí la entrada de un novelista que nos trae una historia fresca y divertida que, sin embargo, obliga a reflexionar sobre nuestro destino nacional e íntimo. Un acierto de debutante.

Bienvenido.

2 abr 2014

Inicia la homilía

ven
                        entrégate



haré de ti un verbo intransitivo

conjugaré en tu pizarra
el hastío de no tenerte

seré la tiza erguida
en tu salón de clases


tu borrador de anatemas

el imprescindible pupitre

la campana de salida


24 mar 2014

Los boys

Primero quedé atrapado con La maravillosa vida breve de Oscar Wao de Junot Díaz. Pueden buscar una suerte de ensayo que hiciera sobre dicho libro por este mismo camino. Cuando un texto me gusta mucho —y fue el caso del mencionado palabras atrás—, me doy a la tarea de buscar otros libros del mismo autor. Es así como llego a la primera publicación de Díaz titulada Los boys, y quedé igual de agradecido por lo que leí. Si bien es cierto que fue la obra que antecedió a la merecedora del Premio Pulitzer, esta es igual de conmovedora, pero dura a la vez. Son once relatos que pueden leerse perfectamente por separado, pero que en su totalidad tienen un hilo conductor que lleva al lector por el duro mundo de los inmigrantes dominicanos en tierras neoyorquinas. La voz relatora la conduce Yúnior, quien sufre, pasa hambre, frío, se llena de piojos, pelea con su hermano, con sus amigos y un sin fin de situaciones que llevan hasta el límite al niño que crece en medio de las penurias de quienes deciden dejar su isla querida para buscar un mejor futuro en el norte.

Por si todo lo antes mencionado no fuera suficiente, Yúnior, su hermano y su madre, son abandonados por su padre, quien con la promesa (incumplida) de volver por ellos, conoció en carne propia las miserias de llegar a un lugar en donde la primera barrera por sortear es la del idioma. No obstante, nunca falta el momento de humor negro que Díaz utiliza como recurso ineludible a un gentilicio caracterizado por la simpatía. No faltan las reuniones entre los dominicanos a pesar de las dificultades económicas; a los encuentros y las comilonas que traen a la memoria lugares como Santo Domingo o Boca Chica; el desorden, la chanza y la juerga alcohólica aunque al día siguiente haya que madrugar para ir a lavar carros, freír papas fritas o lavar platos; congelarse en el invierno o vivir sofocado en los duros veranos de Nueva York.


En Los boys se da cuenta de una variopinta cantidad de personajes que viven al margen de la sociedad, el borracho, la prostituta, los mafiosos, pero siempre colocando en un nivel más alto a la madre, siempre luchadora a pesar de las dificultades para sacar adelante a sus hijos, en medio una inconmensurable pobreza que no se extingue y parece perpetuarse, tal como si fuera un símbolo que identifica los distintos guetos que pululan en la ciudad. Los boys no es un libro que deja indiferente al lector, no; por el contrario, llama a la reflexión precisamente a través del caos presente en cada página más allá de los fracasos, la incertidumbre y el desconsuelo.

17 mar 2014

La noche del oráculo

¿Qué haría, cómo reaccionaría usted al verse encerrado en un búnker antiatómico y la vida de la única persona que sabe de su paradero pende de un hilo en un hospital? Esto le sucede a Nick Bowen, el personaje del escritor Sidney Orr, que a su vez es el personaje de Paul Auster. Tal como ya lo he comentado en otras ocasiones, el célebre escritor neoyorquino es un maestro para construir grandes obras partiendo de hechos triviales, y sobre todo, de las casualidades que el destino pone en el camino de cualquiera. La noche del oráculo, obra de Sylvia Maxwell dentro de la historia que va desarrollando Sidney Orr, no deja de ser un título excusa para construir los episodios entre John Strause (también escritor), Sid y su mujer, Grace.



El anclaje de toda la obra (la de Auster permeada a través de su álter ego, Sid y el desafortunado Nick), se da a través de una frase: “aquella mañana”, hecho temporal que nos va llevando de la mano hasta un final duro e inquietante. Las conexiones que se dan entre las diversas historias, llamémosle niveles, se presentan de forma magistral, con una sutileza narrativa admirable, pasando de un peldaño a otro de un modo casi imperceptible. Nick comienza a soltar los primeros párrafos de su novela en un “cuaderno azul” que le resulta estético para su labor y al pasar de las páginas, la historia de cómo Nick queda atrapado te sorprende. La imagen del encierro se repite en La noche del oráculo, tal como hiciera Auster en Viajes por el scriptorium, o en La habitación cerrada y esto resulta una gran metáfora de lo que sucederá en La noche del oráculo, o como se me ocurrió imaginar, una novela de Paul Auster que realmente no tiene título, en donde primero, se da la historia de Nick; luego, la de Eva (la esposa de Nick, a quien abandona de una manera absurda e irracional); y por último, el libro que Nick lee mientras las dos historias van desplegándose: la narración dentro de la narración.

También la presencia de otros personajes, como el taxista Ed, una suerte de Orfeo: “He bajado a las entrañas del infierno, y he visto el final” y coleccionista de guías telefónicas; y Jacob, hijo de John Trause, un yonki descarrilado, tienen un rol importante dentro de la trama, sobre todo este último quien estalla de furia y locura cometiendo casi un asesinato. Una papelería que desaparece extrañamente de la noche a la mañana y su propietario, el señor Chang, no deja de ser menos misterioso y todo este maremágnum sin sentido pareciera atribuible al extraño “cuaderno azul”: “—Lo sé. Todo está en mi cabeza. No digo que no, pero desde que me compré ese cuaderno, todo ha empezado a fallar. Ya no sé si soy yo quien utiliza el cuaderno o si el cuaderno me está utilizando a mí”, dice Sid.


Difícil decantarse por una obra favorita de Paul Auster, pero La noche del oráculo es firme candidata a estar entre varias para tomar una difícil —y tal vez imposible— selección. Termino citando a un ferviente lector de Auster, el librero y amigo Jonathan Bustamante: “Las casualidades que se convierten en destino, así me gusta definir la literatura del hombre que hace un homenaje continuo al oficio de escritor. Auster ha sometido a sus personajes a lo largo de su narrativa ha incontables vicisitudes, engañándolos, haciéndoles creer que lo que ocurre son simples condiciones del azar hasta llevarlos a un destino que han querido evadir y con extraña pasividad terminan por aceptar.” (en http://lectormetalico.blogspot.com) .