25 abr 2014

La prisionera (En busca del tiempo perdido).

Esta es la quinta y breve reseña que hago sobre En busca del tiempo perdido, correspondiente ahora a La prisionera. Lo mejor no es aventurarse a decir algo, sobre todo de esta monumental obra de la que se ha dicho tanto. Lo mejor es leerla y no formar parte de la infinita fila de quienes no han pasado de su primer tomo, incluso de sus primeras páginas (intimida, sí; intimida). Quizás esto les suene pedante, pero después del cuarto tomo es que se pone mejor. No hay libro referencial que en su intento canonizante, no lo mencione como lectura obligada: los cien o los mil libros que hay que leer antes de morir, etc.



Lo cierto es que esta aventura no es nada sencilla, cosa que ya he dicho, pero por una razón que aún no termino de hallar, fluyen más las palabras, las ideas y las tensiones que Proust imprimió en esta parte de su obra, publicada de manera póstuma a partir del cuarto ejemplar. Como dato, y ofrezco una disculpa si ya lo dije en las reseñas previas, cuando usted se encuentra con un largo inciso o algún inmenso párrafo que parece más una digresión que el complemento directo de la oración previa, es cuando más aún se nota la maestría de Proust en su oficio narrativo, impactando por la estilística y obligándolo a volver líneas atrás para que pueda seguirle los pasos, en medio del entorno social del cual Monsieur Marcel fue testigo y protagonista; y otras veces, camuflando de manera intachable su inclusión como sujeto que narra, dándole vida a todo esa élite francesa de principios del siglo  XX.

Albertina continúa siendo el motivo de sus alegrías, pero también de sus pesares, y sobre todo, la causante de los celos a la par que reflexiona sobre el sempiterno tema del amor, el deseo, la mentira y sus variantes, junto a otros tópicos más: “el amor no es quizá otra cosa que la propagación de esos oleajes con que una emoción sacude el alma”.  En La prisionera el protagonista nos hace dudar sobre su amor con respecto a Albertina, pero si bien es cierto que esto es fundamental dentro de la obra, no todo gira en torno a ello y justo a partir de allí, construye los escenarios posibles que surgen en medio de una sociedad elitesca, arrogante unas tantas veces y acomplejada otras tantas. Hay una búsqueda constante del placer por las cosas gratificantes de la vida y el temor al compromiso se hace latente cuando éste puede llegar a interrumpir “los goces de la soledad” (Proust dixit).

Existe un juego de contraste entre lo que pudiera verse con cierto aspecto misógino hacia Albertina, por un lado; y por otro, todo lo opuesto cuando se exalta sus bondades espirituales y corporales: en ocasiones afirma que de ella no le quedaba nada qué aprender, que “cada día le parecía menos bonita”, y otras tantas, “solamente en ti encuentro la indefinible gracia -que siempre me embelesa y jamás me cansa”. Pero todo este antagonismo forma parte del gran aparato discursivo al cual se está expuesto como lector, a través de la reflexión, el pensamiento y los recuerdos del protagonista. Albertina parece una gran contradicción y es que en cosas del amor, ¿no es así acaso?

La prisionera pone en escena un gran mecanismo discursivo sobre el tema amoroso flanqueado por los avatares propios de la vida, por ejemplo, la muerte de la abuela de Proust, entre otros. Como lectores firmamos desde el principio un pacto para dejarnos llevar por las vicisitudes de los personajes, mientras el autor-narrador-protagonista, nos va alertando sobre lo que viene en el tomo siguiente, el sexto, e incluso en el último, el séptimo. Tal como he comentado en otras reflexiones, una vez que uno se deja atrapar por esta magistral narrativa, queremos más de ella.

Aquí les dejo algunas de las infinitas, y casi aforísticas frases, del genio Marcel Proust:

“Los celos no son más que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a las cosas del amor”.

“Sólo se ama lo que no se posee por entero”.

“Queremos sacar de una mujer  una estatua completamente diferente de la que ella nos ha presentado”.

“La mentira es tan poco exigente, necesita tan poca cosa para manifestarse”.


“La verosimilitud, a pesar de la idea que se hace el mentiroso, no es enteramente la verdad”.

23 abr 2014

Verde que me muero, por Carlos Sandoval

Esta es la historia de un amor o, más bien, de la imposibilidad amorosa. También, de las variadas estaciones del enamoramiento y de sus alocadas resoluciones. Podría señalarse, incluso, que Verde que me muero constituye el cierre de un demorado bildunsgroman donde su protagonista, Antonio Guerra –Tony–, alcanza a comprender que su vida es justamente la cotidianidad y no el recuerdo de una pasión juvenil, remota e inútil por inconclusa.
Ofrezco una tercera versión: esta es la novela de tres amigos músicos a quienes los años pusieron en su lugar, como siempre ocurre, arrebatando sueños y presencias.
            Sin duda, habrá otras interpretaciones (en literatura no existen verdades absolutas; corrijo: no existen verdades, sino hipótesis o perspectivas –apunto un lugar común, qué más da, pero a veces hay que recordarlo–); habrá quizá distintas interpretaciones, decía, que cada lector cifrará con base en su experiencia, en su conocimiento del mundo y en sus anhelos. Por lo pronto, en esta auroral pieza narrativa de Jason Maldonado nos topamos con la historia de un sujeto a quien el amor le juega sucio, pues estando en su pleno disfrute la súbita e inexplicable desaparición del objeto amado enrarece las prevenciones al uso de las relaciones de pareja. Este hecho, la partida de Auristela hacia Maracaibo (talismán o fetiche que desencadena las acciones) disloca el sistema amoroso del joven Tony: en adelante, el muchacho se precipita en un torbellino de frágiles enlaces sentimentales cuyas consecuencias son la desazón, la inmadurez y dos hijos de madres distintas. Y es que Antonio nunca logra desprenderse del recuerdo de Auristela, de su extraño alejamiento y de la imposibilidad de cerrar el capítulo más importante de su lábil existencia.
            Por eso, la misteriosa carta con la cual se inicia la obra será el punto de partida de un lento reconocimiento de sus malas jugadas afectivas y, al mismo tiempo, le brindará la posibilidad de alcanzar cierta comprensión (tal vez eso que llaman experiencia) cuando decide, en las escenas finales de la novela, enfrentar los requiebros de una vecina tan agostada y perdida en cosas del arte amatorio como él.
Este reconocimiento pulsional, sea el caso de decirlo, ocurre apenas en tres días y bajo los efectos de una terrible muerte: la del amigo de juventud asesinado por unos delincuentes en Maracaibo. (Qué raro, Auristela huye a la capital del estado Zulia treinta años atrás sin despedirse de Tony; en el tiempo actual que recrea la composición, el protagonista va a Maracaibo al sepelio de Anselmo y es justo en ese lapso cuando descubre, al volver a Caracas, el destino de su único amor. ¿Se habrá dado cuenta Maldonado –no la voz que relata los hechos– de esta enigmática coincidencia? Dejo al futuro lector todas las especulaciones.) Así pues, la muerte simbólica de la mujer amada y el deceso real del amigo ocurren en esas luctuosos y lumínicas setenta y dos horas, una brusca revelación que deviene sosiego y plena entrega a las circunstancias, pero de una manera consciente y vivaz, al contrario de la ceguera anterior que trazó buena parte de su camino afectivo.
Sobre la base de esta trama principal, en la novela se recrean otros aspectos: el impacto de la música como hilo que teje las historias de los protagonistas y que marca ciertas situaciones, la inevitable polarización política que ya resulta un rasgo (¿temporal?) del país, el uso del humor como elemento cohesivo de personajes y gentilicios y el manejo de algunos referentes de la cultura institucionalizada y de la cultura popular.
Aun cuando pudiera pensarse que, tratándose de una anécdota sobre el desencanto amoroso con pasajes que, al mismo tiempo, muestran realidades dolorosas, la pieza se halla incardinada de un tono festivo y de un fluido lenguaje que atenúan –porque ese no es su interés– cualquier desvarío melodramático o proclive a la denuncia de malestares sociales. Por el contrario, tenemos aquí la entrada de un novelista que nos trae una historia fresca y divertida que, sin embargo, obliga a reflexionar sobre nuestro destino nacional e íntimo. Un acierto de debutante.

Bienvenido.

2 abr 2014

Inicia la homilía

ven
                        entrégate



haré de ti un verbo intransitivo

conjugaré en tu pizarra
el hastío de no tenerte

seré la tiza erguida
en tu salón de clases


tu borrador de anatemas

el imprescindible pupitre

la campana de salida


24 mar 2014

Los boys

Primero quedé atrapado con La maravillosa vida breve de Oscar Wao de Junot Díaz. Pueden buscar una suerte de ensayo que hiciera sobre dicho libro por este mismo camino. Cuando un texto me gusta mucho —y fue el caso del mencionado palabras atrás—, me doy a la tarea de buscar otros libros del mismo autor. Es así como llego a la primera publicación de Díaz titulada Los boys, y quedé igual de agradecido por lo que leí. Si bien es cierto que fue la obra que antecedió a la merecedora del Premio Pulitzer, esta es igual de conmovedora, pero dura a la vez. Son once relatos que pueden leerse perfectamente por separado, pero que en su totalidad tienen un hilo conductor que lleva al lector por el duro mundo de los inmigrantes dominicanos en tierras neoyorquinas. La voz relatora la conduce Yúnior, quien sufre, pasa hambre, frío, se llena de piojos, pelea con su hermano, con sus amigos y un sin fin de situaciones que llevan hasta el límite al niño que crece en medio de las penurias de quienes deciden dejar su isla querida para buscar un mejor futuro en el norte.

Por si todo lo antes mencionado no fuera suficiente, Yúnior, su hermano y su madre, son abandonados por su padre, quien con la promesa (incumplida) de volver por ellos, conoció en carne propia las miserias de llegar a un lugar en donde la primera barrera por sortear es la del idioma. No obstante, nunca falta el momento de humor negro que Díaz utiliza como recurso ineludible a un gentilicio caracterizado por la simpatía. No faltan las reuniones entre los dominicanos a pesar de las dificultades económicas; a los encuentros y las comilonas que traen a la memoria lugares como Santo Domingo o Boca Chica; el desorden, la chanza y la juerga alcohólica aunque al día siguiente haya que madrugar para ir a lavar carros, freír papas fritas o lavar platos; congelarse en el invierno o vivir sofocado en los duros veranos de Nueva York.


En Los boys se da cuenta de una variopinta cantidad de personajes que viven al margen de la sociedad, el borracho, la prostituta, los mafiosos, pero siempre colocando en un nivel más alto a la madre, siempre luchadora a pesar de las dificultades para sacar adelante a sus hijos, en medio una inconmensurable pobreza que no se extingue y parece perpetuarse, tal como si fuera un símbolo que identifica los distintos guetos que pululan en la ciudad. Los boys no es un libro que deja indiferente al lector, no; por el contrario, llama a la reflexión precisamente a través del caos presente en cada página más allá de los fracasos, la incertidumbre y el desconsuelo.

17 mar 2014

La noche del oráculo

¿Qué haría, cómo reaccionaría usted al verse encerrado en un búnker antiatómico y la vida de la única persona que sabe de su paradero pende de un hilo en un hospital? Esto le sucede a Nick Bowen, el personaje del escritor Sidney Orr, que a su vez es el personaje de Paul Auster. Tal como ya lo he comentado en otras ocasiones, el célebre escritor neoyorquino es un maestro para construir grandes obras partiendo de hechos triviales, y sobre todo, de las casualidades que el destino pone en el camino de cualquiera. La noche del oráculo, obra de Sylvia Maxwell dentro de la historia que va desarrollando Sidney Orr, no deja de ser un título excusa para construir los episodios entre John Strause (también escritor), Sid y su mujer, Grace.



El anclaje de toda la obra (la de Auster permeada a través de su álter ego, Sid y el desafortunado Nick), se da a través de una frase: “aquella mañana”, hecho temporal que nos va llevando de la mano hasta un final duro e inquietante. Las conexiones que se dan entre las diversas historias, llamémosle niveles, se presentan de forma magistral, con una sutileza narrativa admirable, pasando de un peldaño a otro de un modo casi imperceptible. Nick comienza a soltar los primeros párrafos de su novela en un “cuaderno azul” que le resulta estético para su labor y al pasar de las páginas, la historia de cómo Nick queda atrapado te sorprende. La imagen del encierro se repite en La noche del oráculo, tal como hiciera Auster en Viajes por el scriptorium, o en La habitación cerrada y esto resulta una gran metáfora de lo que sucederá en La noche del oráculo, o como se me ocurrió imaginar, una novela de Paul Auster que realmente no tiene título, en donde primero, se da la historia de Nick; luego, la de Eva (la esposa de Nick, a quien abandona de una manera absurda e irracional); y por último, el libro que Nick lee mientras las dos historias van desplegándose: la narración dentro de la narración.

También la presencia de otros personajes, como el taxista Ed, una suerte de Orfeo: “He bajado a las entrañas del infierno, y he visto el final” y coleccionista de guías telefónicas; y Jacob, hijo de John Trause, un yonki descarrilado, tienen un rol importante dentro de la trama, sobre todo este último quien estalla de furia y locura cometiendo casi un asesinato. Una papelería que desaparece extrañamente de la noche a la mañana y su propietario, el señor Chang, no deja de ser menos misterioso y todo este maremágnum sin sentido pareciera atribuible al extraño “cuaderno azul”: “—Lo sé. Todo está en mi cabeza. No digo que no, pero desde que me compré ese cuaderno, todo ha empezado a fallar. Ya no sé si soy yo quien utiliza el cuaderno o si el cuaderno me está utilizando a mí”, dice Sid.


Difícil decantarse por una obra favorita de Paul Auster, pero La noche del oráculo es firme candidata a estar entre varias para tomar una difícil —y tal vez imposible— selección. Termino citando a un ferviente lector de Auster, el librero y amigo Jonathan Bustamante: “Las casualidades que se convierten en destino, así me gusta definir la literatura del hombre que hace un homenaje continuo al oficio de escritor. Auster ha sometido a sus personajes a lo largo de su narrativa ha incontables vicisitudes, engañándolos, haciéndoles creer que lo que ocurre son simples condiciones del azar hasta llevarlos a un destino que han querido evadir y con extraña pasividad terminan por aceptar.” (en http://lectormetalico.blogspot.com) .

11 mar 2014

Simone

Sépase que el sol de Puerto Rico 
no es un refresquito de piña.
Luis Rafael Sánchez.

Para muchos fue una gran sorpresa —no sé si para todos— que la novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos 2013 fuera Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo. Saltar desde el anonimato hasta recibir este prestigioso premio no es poca cosa, más aún si se está compitiendo con nombres que tienen un buen rato sonando en el medio literario internacional como Juan Villoro, Alejandro Zambra, el  representante local José Napoleón Oropeza, entre otros. De las diez obras finalistas tan sólo leí cuatro y esto no me ayuda en absoluto a emitir un comentario más completo. No obstante, indagué con unos cuantos lectores (profesionales de la lectura, añadiría) sobre la obra y el autor, y el comentario común fue: “¡no sé cómo le dieron el premio!”. Me impresionó la unánime respuesta, así que me hice de un ejemplar para poder opinar. Hago la siguiente salvedad: un conocido de un conocido, magíster en Literatura Latinoamericana y especialista en literatura caribeña, me envió este mensaje: “es una gran novela”. Así que al día siguiente comencé a leer, más aún teniendo fresca la lectura de La noche oscura del niño Avilés del también borinqueño Edgardo Rodríguez Juliá, novela brillante, valga agregar.


El primer gran atributo de Simone es que te engancha desde un principio, bien por la historia que se va desarrollando con sutileza; bien porque la estructura en como están delimitados los párrafos, ese modo fragmentario, te permite hacer las pausas que toda lectura requiere en el momento que se le antoje al lector. Tal vez esto último suene tonto, pero no es así: cuán importante es que un libro te ofrezca la oportunidad de tomarte el descanso que el pensamiento ya te pide.

De entrada, el narrador de la historia luce resignado ante la vida, pues “escribir” parece que es lo único que le queda. No obstante, toma fuerza desde el mismo primer párrafo y señala “...no importa que esté condenado a las esquinas, a las gavetas, a la inexistencia” (Lalo, 2013: 5), de igual modo nos contará la historia de Simone y reafirma su postura cuando de manera tajante dice “sé que luchar y escribir es lo mismo, haya o no haya algo contra lo cual hacerlo” (Ibíd.6), tal como hace constantemente al decir y des-decir a la ciudad (San Juan) en la que vive, otro personaje imaginario, casi metafórico, que induce a la reflexión y a la tristeza de quien se sabe con un raigambre que no termina de definirse. Se pregunta: “¿Alguien nos cuenta, existimos para alguien los que vivimos en esta isla, en esta tarde sigilosa, intentando separarnos del ruido, del calor, del polvo?” (Ibíd.17).
El protagonista, un escritor que en ocasiones nos hace pensar que pudiera ser una suerte de alter-ego del propio Lalo (“El que camina mirando al suelo”), comienza entonces a recibir una serie de misteriosas notas que al pasar de las páginas se vuelven más originales, firmadas por una tal Simone que termina por envolverlo con su prosa, y sobre todo, porque “poseía un don especial para dar en el clavo” (Ibíd.31), así que de sentirse perseguido, comenzó a añorar en conocer a la misteriosa remitente. Este enigma atrapa al lector desde las primeras entregas y la gran sorpresa que uno se lleva es el develamiento casi milimétrico del mismo en la mitad de la novela. Esto nos lleva a pensar en que una vez resuelto el misterio, la intensidad pudiera comenzar a decaer en el texto y resulta que es todo lo contrario, un mérito más que loable del autor, pues a partir de allí, se agudizan las reflexiones, el tema amoroso, el erotismo (breve pero muy bien descrito), el lesbianismo, la sutil denuncia a una suerte de esclavitud vivida por la comunidad china de la isla (aplicable a cualquier país del mundo): “Debe de haber miles de chinos en el país (nada más hay que sumar los que trabajan en restaurantes) pero son invisibles” (Ibíd.16). Estos y otros temas están presentes en la obra, mientras se abre paso un segundo enigma que envuelve a los protagonistas y tiene que ver con la entrega amatoria siempre a medias y el abandono: “—Lo que no puedo decirte”, señala uno de los personajes.

Pero un telón de fondo fundamental dentro de la obra es el sempiterno tema del concepto “nación” para el puertorriqueño; la desgarradura emocional que siempre ha significado este gentilicio caribeño amarrado históricamente a Estados Unidos, como apéndice o una isla que siglos atrás sólo fue un lugar de paso; saberse de un país que lucha por una identidad que parece negársele pero que sin duda alguna tiene los elementos propios como cualquier nación: “Pienso en todas las veces que he leído o escrito el concepto ‘Puerto Rico’. Son miles, acaso decenas de miles de veces, y sin embargo, estas palabras apenas son leídas o escritas fuera de aquí; es más, son prácticamente desconocidas o sugieren imágenes muy débiles, que poco tienen que ver con lo que significan para mí estos vocablos” (Ibíd.13).

Todo el entramado de la historia se da entre dos personas que aman la literatura. Él se queda prendado gracias a la manera como lo contactan: “Con los mensajes había construido un fenómeno en mi cabeza que sacaba de proporción la realidad” (p.80); y ella, por su trabajo de literatura comparada: “—Te conocí en lo libros y luego te vi en la universidad.” Amén de esto y para aumentar más la tensión de la historia, se da una suerte de reflexión en cuanto al rol del editor en el mundo literario y una intensa y maravillosa discusión entre un autor puertorriqueño (Máximo Noreña) y un autor español (Juan García Pardo) que está en la isla promocionando su más reciente publicación.  Discuten situaciones particulares del mundo del libro que dan mucho qué pensar, sin dejar de lado el tema base antes mencionado. Dice Noreña (¿o Lalo?): “Somos un país hecho a medias, en otras palabras, una sociedad que no ha podido pensarse más que como una provincia” (Ibíd.162).

En esta brevísima reseña preferí omitir el nombre del personaje que escribe las notas. El porqué resulta obvio: mantener el misterio para que el lector sea quien lo haga. Esta novela, aunque breve, aborda con fuerza los temas ya descritos y no deja de lado el desamparo, la ilusión y la desesperanza, la frustración, el dolor, la degradación, la intolerancia, la inmigración, la pobreza. También se dan sutiles reflexiones sobre el arte de escribir, en una isla sumida en el caos y la indiferencia de sus propios habitantes. Simone, en resumen, es “una forma de amor y de rabia”, en donde la ciudad rutinaria, calcinada por un “sol terrible”,  llena de demonios y enfermedad, está en constante lucha por alcanzar su identidad definitiva.

PD.
Como en la variedad está el gusto y nadando contracorriente, a mí sí me gustó Simone, y mucho. Así que recomiendo su lectura. Y digo más, me gustó más que el texto ganador de la edición anterior del Premio Rómulo Gallegos, Blanco nocturno de Ricardo Piglia, agregando que no es lo mejor del escritor argentino, como sí lo es Respiración artificial o Plata quemada, que son monumentales y también recomiendo leer.  Suerte en el viaje, lector.



Lalo, Eduardo: Simone. Monte Ávila Editores. Caracas. 2013

13 feb 2014

De la alegría del Premio Goya, a la tristeza por los de-golla-dos.

Ser venezolano cansa, agota, no sólo por el tema económico —que ya sería suficiente—, con toda su retahíla de iniquidades: escasez, inflación, estancamiento, etc., sino también, porque espiritualmente se nos van borrando los sueños, las ilusiones de tener un futuro mejor, la tranquilidad de poder caminar por tus calles con todo el derecho que te da el gentilicio. Pero lo atroz, la semilla podrida que fue sembrada hace ya quince años, hoy germina como un tronco oscuro lleno de muerte e impunidad, y sus hojas marchitas de odio, van cayendo para continuar con su labor destructora.

Tras el blackout informativo de ayer, fuimos miles los que recurrimos a las redes sociales para poder darnos una idea del panorama que trataban de ocultar. Me sentí como un prófugo, como alguien que buscaba acceder a algo prohibido, como uno de los cientos de cubanos que estando en su isla, hacen maromas para lanzar un grito de auxilio por la vía que sea. Lo que otrora fue el único canal televisivo que le quedó al ciudadano que no piensa igual al régimen, a las seis de la tarde estaba pasando su acostumbrado espacio deportivo, y a las siete, dio paso al de farándula, todo esto mientras la ciudad estaba sumergida en el caos, el dolor y la muerte. Suelo ponerme siempre en el rol o el pensamiento del otro y entiendo que los dueños de los canales velan por sus intereses económicos. Eso se entiende, ¿pero a cuenta de tapar la verdad?, ¿de hipotecar el destino de una nación? No soy periodista y sin duda alguna esto deshonra a las escuelas de periodismo de todas las universidades del país.

Hoy más que nunca el concepto de "Patria" sigue siendo una aberrante abstracción, pues en función de ésta, se han cometido infinidad de crímenes a lo largo de la historia contemporánea del planeta y Venezuela no se escapa de tales desmanes. Seguimos anclados al pasado, a la gesta patriótica de hace dos siglos, como si con ello pudiéramos ir al súper mercado y pagar la compra —si es que tuvo la paciencia de hacer la cola y consiguió lo que buscaba—. Está bien conocer la historia de nuestro país, es válido y necesario, pero las vidas de los que cayeron muertos ayer, del lado político que sea, valen tanto como las de los libertadores. Debemos mirar al futuro y parece que el Estado no lo está haciendo. Las consignas no sirven de nada, no llenan las neveras, y mucho menos, nos libera de la rampante inseguridad que nos asota. Infinitas son las imágenes y los videos  que circulan por Internet de la batalla campal de venezolanos contra venezolanos. Ese, señores, fue el verdadero legado que nos dejó HC. Da pánico la situación y seguir vendiéndonos como un país “chévere” es mentira, pues mientras continuaban las protestas, en cadena nacional el show revolucionario cantaba y bailaba. ¿A esto se llama inclusión social?

Todos nos alegramos por el primer Premio Goya que recibió el cine venezolano y unos días después, nos entristecemos por los de-golla-dos en las calles. La angustia no me dejó dormir. Veo y re-veo las fotos de quienes salen casi en close-up disparando y me pregunto si tienen familia, hijos… Qué pasa por la cabeza de estos envalentonados con pólvora. La única y lamentable certeza que tengo es que esto será otro Llaguno más.  El silencio de la madrugada caraqueña miente; es un grito de dolor e impotencia. Cuenta Mariano Picón-Salas que su abuelo le decía, por allá a finales del siglo XIX y principios del XX: “Este país, este país, ¿para qué nos libertaría Bolívar?”.

12 feb 2014

¿Globalizados o simple percepción mediática?

Es innegable el alcance de los medios de comunicación en el mundo. Afirmar —o reafirmar— algo como esto resulta manido en pleno siglo XXI, cuando por encima de la radio, la prensa y la joya de la corona que es la Televisión, está Internet y las redes sociales. Negar el alcance de esto es tapar el dedo con un sol o colocarse una venda en los ojos en plena oscuridad. Pero, hasta que punto puede hablarse de un sentido integrador cuando el hecho per se de tal intento, no lo busca el propio individuo, digamos, por voluntad propia, sino que de manera sutil se le impone a través de los mecanismos que están al alcance de todos. Tal vez ya no suena tanto como antes, pero alrededor del mundo llegó a decirse que si no estabas en FaceBook, no existías. Incluso, asiduos usuarios de la reconocida plataforma social ven como retrógrados a quienes no la usan, así como resulta inimaginable a alguien que hoy día no tuviera una nevera en casa o no tenga un teléfono celular.
Foto: Chris Hadfield (@Cdmr_Hadfield)


Pareciera entonces que “globalización” casi por antonomasia fuera “libertad”, un sinónimo. Y no es así, pues como bien señala Jorge Bracho en la introducción a su libro Globalización, regionalismo, integración: “La vida en globalización reviste una gran riqueza de posibilidades. Pero, también la cruda realidad de la injusticia, la inequidad, el despilfarro, la guerra, la confrontación, comprenden su contenido” (Bracho; 2008: 17). Por el simple hecho de ser humanos y a las diferencias que ello implica, no todos querrán abordar ese “tren” de maravillas tecnológicas y científicas que a través de los “centros de poder”, es controlado y emanado como producto de masas y en serie, en donde la importancia de todos los elementos globalizantes radica en la velocidad con que llega al mayor número de personas posibles en el planeta y no tanto en calidad del producto o la “información” que se comparte. Un ejemplo puntual al respecto tiene que ver con la red social Twitter, cuyo mensaje o información puede llegar más rápido a millones de personas que la propia televisión gracias al boom que ha representado el consumo de teléfonos inteligentes en todo el planeta.
Los primeros orígenes de la globalización se dan en el modernismo y el posterior capitalismo más cercano a nuestra era. Indiscutiblemente se emparentan con sistemas telemáticos, informáticos y tecnológicos, pero más allá de esto, abarca otros ámbitos y uno de ellos es el cultural, extendiéndose a casi todas las áreas del saber humano, haciéndose “parte del lenguaje empresarial, los discursos políticos, los debates académicos, los espacios de los medios y el sentido común” (p.22) y sin duda alguna el efecto globalizante o globalizador, “se asimila como parte del carácter universalizador del capitalismo” (p.23) y en este sentido, pareciera que la globalización tiene mucho de “revolucionario” según Bracho, pues abarca desde lo cultural hasta lo tecnológico, pasando por lo político, lo social, y obviamente, lo económico.
Entonces, cómo lograr una identidad nacional a través de un proceso de globalización avasallante. A decir de Aínsa, “en algunos casos es la literatura la que mejor sintetiza, cuando no configura, la identidad nacional” (Aínsa; 2003: 24). Esto en cuanto a la literatura, pero también aplicable a cualquier tendencia cultural, pongamos por caso la música. Es indiscutible que en esta rama de la cultura las influencias son infinitas y lo que pudiera ser una representación autóctona musical de una región, debe luchar contra una avalancha de tendencias para destacar por encima de ritmos y sonidos “globalizados” que son los que marcan la pauta y que —hay que admitirlo— pueden generar ingresos (vivir de su arte).
Pero ante el supuesto proceso globalizante, la literatura tiene la peculiaridad de mantener en el tiempo lo que transmite, lo que defiende o denuncia a través de lo narrado, amén de verse como un elemento mediador que “tolera las contradicciones, la riqueza y polivalencia en que se traduce la complejidad social y sicológica de pueblos e individuos” (p.26). Esto se puede ver con claridad en La trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, cuyo autor y narrador en primera persona, se funden en uno para denunciar la situación político-social de Cuba a mediados de los años noventa del siglo pasado, con un lenguaje duro y directo, pues como bien señala más adelante, “se puede afirmar que la ficción literaria contemporánea ha podido ir más allá que muchos tratados de antropología o estudios sociológicos en la percepción de la realidad americana” (p.26). Leer esta obra es darse cuenta de una realidad cubana muy dura, hechos siempre vedados por quienes tienen el control y el poder en la isla. Puede afirmarse sin temor a equivocación alguna que la percepción resultante de la lectura de esta obra, así como de muchas otras, es tan factible y verosímil como la de cualquier libro de historia: “en la libertad que da la creación se llenan vacíos y silencios o se pone en evidencia la falsedad del discurso vigente” (p.28). Para complementar esta idea, no podemos dejar de mencionar la llamada novela histórica, que cierra la brecha existente entre sus protagonistas y los lectores, es decir, logra establecer una suerte de diálogo entre la historia narrada y los receptores, estableciendo una mayor cercanía entre éstos e incluso haciendo más humanos a esos personajes históricos entronizados a través del tiempo, caso que se puede notar a plenitud en El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, en donde el autor colombiano presenta a un Simón Bolívar más humano, con sus victorias y fracasos. Dice Aínsa: “La nueva novela histórica al propiciar un acercamiento al pasado en actitud niveladora y dialogante, elimina la 'distancia épica' de la novela histórica tradicional y propicia una revisión crítica de los mitos constitutivos de la nacionalidad” (p.28).
Hablar de globalización implica una simbiosis —en ocasiones forzada— con respecto a los elementos culturales que se quieren proyectar universalmente en contraposición a la cultura receptora que los abrigará, es decir, hay todo un entramado autóctono que siempre le será intrínseco a cada país, cuyo acervo debería mantenerse para conservar tradiciones y costumbres. Son las identidades a las que se refiere Bracho, “formuladas a partir de diferencias reales o importadas que operan como señales que confieren una marca de distinción. Son ellas algo abstracto, pero necesario punto de referencia para las comunidades nacionales” (Bracho; 2003: 76), sin éstas, sería imposible hablar de nuevas tendencias o creaciones; la evidente “hibridez” a la que se refiere Canclini (rememorado por Bracho) para llegar a ideas novedosas o proyectos culturales que sean capaces de marcar notables diferencias. Tal vez por ello mismo Aínsa hace énfasis en “la búsqueda de la verdad histórica”.  
Más allá del torrente comunicacional que pueda implicar cualquier proceso globalizador, existirá primero que nada la decisión de cada persona de aceptar o no lo que le llega por las múltiples plataformas antes mencionadas, y luego, lo que resulta intrínseco a cada cultura, a cada nación, lo que bien define Bracho como “diversidad”, que “es más que lengua, religión, letras, arte, música” (p.79) y  que forma parte de la identidad del hombre desde su heterogeneidad, pero que a pesar de ésta, lo semeja, lo torna homogéneo con sus coterráneos, haciendo  e identificando a un determinado gentilicio como único e irrepetible por más globalizado que esté. 
   
  
Referencias:

Aínsa, Fernando: Reescribir el pasado. Historia y ficción en América Latina. Editorial El otro El mismo. Venezuela. 2003.


Bracho, Jorge: Globalización, regionalismo, integración. Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Venezuela. 2003.

30 ene 2014

Oscar Wao's proyect. ¿Su vida fue maravillosa y breve? Crónica de un "loser" anunciado.

Como casi todas las cosas en el Caribe, el elemento dramático abre las puertas al lector en La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Es el tinte común a cualquiera de los países que conforman nuestro continente, bien sea a través de la música: al bolero y a su fundamental desgarramiento por el ser amado; a los golpes de pecho que se dan los protagonistas en todas las telenovelas —sin excepción— por el amor perdido y que en muchas ocasiones sobrepasan la barrera de lo cursi: dice el protagonista de Rating, novela de Alberto Barrera Tyzka en cuanto a la telenovela: “Por fin entendimos que la cursilería también podía ser un producto de exportación” (Barrera, 2011: 30);  y claro está, también en la literatura con sus diversas maneras de presentar “el drama”. Parece que este temible ingrediente (temible porque implica pérdida, dolor, fracaso, etc.) formara parte de una condición innata del ser caribeño y que sin él, el discurso quedaría incompleto, o en todo caso, carente de la fuerza motora principal que le mueve los cimientos (y los sentimientos) a los receptores (escuchas-televidentes-lectores). En el bolero “se exhiben todas las vicisitudes del duelo frente a la pérdida amorosa: infidelidad, abandono, muerte, separación forzosa, desengaño, desencanto, traición” (Castillo, 1993: 105),  y esto no dista mucho de lo que se ve reflejado en la telenovela, que ajustando pequeñas partes de los guiones y los nombres de los personajes, las historias parecen repetirse pero en otros contextos o locaciones: “El sentido de la verdad y de la mentira en la telenovela, sólo está dado por su capacidad de conmover. Lo real es lo sensible. Lo verosímil reside en los afectos. Ésa es la única naturaleza de mi trabajo: el exceso sentimental” (Barrera, 2011: 111).

¿Qué da el paso (o quién) al drama en la historia narrada por Junot Díaz?, lo da una familia signada por la desgracia, empezando por el abuelo Abelard, quien terminó en una de las tantas cárceles del trujillato, pasando a la locura y después muerto en patéticas condiciones; luego la abuela de Oscar Wao (OW para las próximas menciones), Nena Inca, quien enviudó con apenas seis meses de casada: su recién esposo murió ahogado en una Semana Santa, y según las buenas costumbres de la época, la mujer jamás volvió a estar con otro hombre.  Como del amor a la locura dicen que hay un paso, la tía Rubelka era “una loca de amor” y para mayor dramatismo a la madre de OW le dio cáncer.  Así que el panorama de entrada que ofrece la historia es la de un drama típico de telenovela.
Todas estas situaciones complejas, más allá de lo doloroso y fortuito que pueden ser, son justificadas a través de un elemento supersticioso llamado “fukú”, una extraña e inexplicable maldición (pareciera una lexicalización del “fuck you” angloparlante)  que va tras los pasos de la familia León, generación tras generación; es una condena ineludible que lleva muerte y tristeza a donde quiera que estén, pero es el desamor el eterno y duro castigo que se afinca con saña en OW. Ninguna mujer se fija en él, tanto por su desagradable apariencia física, como por sus pueriles gustos por la ciencia ficción, asuntos y preferencias típicas del “nerd”: fanático de los cómics, de los video juegos, libros de fugitivos, etc. Es un joven que de niño sufrió los rigores de una educación severa, llevado por la mano dura de Beli. Dice Lola, su hermana: “De niño, Óscar y yo le teníamos más miedo a mi mamá que a la oscuridad o al cuco. Nos golpeaba a dondequiera, delante de cualquiera, con las chanclas y la correa, pero ahora, con el cáncer, ya no podía hacer mucho” (Díaz, 2008: 51).
La fealdad de OW, digamos, la física, dista mucho de lo que lleva en su interior; una ingenuidad que en ocasiones puede llamar a la ternura, pero que contrasta con su grotesca presencia exaltada por su obesidad. Lo “feo” en OW es proporcional a sus sueños de volverse el “Tolkien dominicano” y hallar el verdadero y único amor de su vida, ese que lo saque de las penumbras de la virginidad, pues siendo dominicano, es un bochorno que no conozca las mieles de la pasión y la carne. Esta situación se le vuelve un trauma, más aún cuando Yunior, su “room-mate” y novio de su hermana Lola  —por el contrario—, “rapa” (término para referirse a tener sexo) todos o casi todos los días con una mujer distinta. Como bien dice Lola: “Hay algo con lo que se puede contar siempre en Santo Domingo. No con las luces, no con la ley. Con el sexo. Eso nunca falla” (Ibidem: 172).
De alguna manera, y retomando el tema de lo “feo”, la descripción física de OW parece estar caricaturizada precisamente por la exacerbación de su aspecto físico y en este sentido, “al poner el énfasis en algunas características del sujeto, pretende lograr también un conocimiento más profundo de su carácter.  Y no siempre va destinada a denunciar una fealdad interior sino a destacar características físicas e intelectuales o comportamientos que hacen amable y simpático al caricaturizado”  (Eco, 2007: 152). Es el caso de OW. No puede ser visto de otra manera ya que su ilimitada ingenuidad, más que lástima, también produce un sentimiento de ternura hacia él; termina derivando cierta comicidad pero no repugnancia aunque en determinados momentos así pareciera la intención del autor. Priva más la impotencia o la rabia que genera el “bullying” tan claramente descrito en la obra, que desprecio hacia este simpático pero ensimismado gordo que sólo sueña escribir su “tetralogía de fantasías ciencia ficciosas” y con hallar el amor: “Veía todos los días a los muchachos “cool” torturar a gordos, feos, inteligentes, pobres, prietos, negros, impopulares, africanos, indios, árabes, inmigrantes, extraños, afeminados, gays” (Díaz, 2008: 218).
Paradójicamente en La maravillosa vida breve de Óscar Wao, la voz narrativa principal no la lleva el referido personaje. OW es una excusa para contar la historia de una familia dominicana que termina migrando a Nueva York (Nueva Jersey, para ser exactos), y sobre todo, la remembranza de un pasado en la isla que aún llevan clavada en el pensamiento dos mujeres de armas tomar: la Inca y Beli (Belicia) a través de sus voces y la narración de Lola, esa que da fe de la dura relación madre-hija y la exigencia social hacia la mujer en República Dominicana: “No saben lo que es ser la hija dominicana perfecta, lo cual es una forma amable de decir la esclava dominicana perfecta… Ella era mi mamá dominicana del viejo mundo y yo su única hija, la que había criado sola, sin ayuda de nadie, lo que significaba que era su deber aplastarme” (Ibidem: 52).
Beli, enamorada, fue incontenible. Su nivel de entrega no tuvo límites durante su juventud. La descripción que hace el autor de este personaje deja sin aliento a cualquiera. Su belleza desafiante, su piel brillante, las definidas piernas, su particularísima manera de caminar, y como toda buena dominicana, sus posaderas no tenían comparación (Junot es más directo y dice “culo”, sin ambages). La corporeidad era su mayor tesoro a la vista de todos y una de las maneras que tenía para sacarle provecho a sus virtudes era bailando: “¡Dios mío, cómo bailó! Hizo llover café del cielo y agotó a pareja tras pareja. Hasta el director de la orquesta, veterano medio canoso de más de una docena de giras por América Latina y Miami, gritaba: ¡La negra está encendida! ¡Mira que está encendida!” (Ibidem: 99).
Con tales dotes físicas sabía que podía escoger al hombre que quisiera, pero como el amor se torna ciego, posó sus ojos sobre El Gángster, el típico chulo y mafioso de barrio con un pasado oscuro, experto en la trata de mujeres y dueño de muchos lupanares en todo Santo Domingo y sus alrededores. Así que —como era de esperarse—, la Inca hizo todo lo que pudo para que su alocada hija adoptiva se alejara de ese hombre de mal vivir. Por tanto, la ingenuidad que tanto le critica Beli a su hijo OW, tiene hasta una razón congénita. Óscar es enamoradizo y Beli en su juventud no era muy diferente en este sentido.
No obstante, el humor y la comicidad son elementos que están presentes en la obra para matizar la dureza de lo narrado, sobre todo con la historia particular de la Inca y el abandono de Beli por parte de sus padres naturales; las penurias que vivió ésta de niña en un granero y quemada con aceite hirviente. La perspectiva de Lola con respecto a su madre es dura, pero no por ello menos humorística y realista en cuanto a esas relaciones de amor-odio entre madre e hija que parecen rivales: “Entonces el gran momento, el que toda hija teme. Mi mamá me examinaba de arriba abajo. Nunca había estado en mejor forma, nunca me había sentido más hermosa y deseada en mi vida. ¿Y qué dijo la desgraciada esa? Coño, pero tú sí eres fea.” Luego dice más adelante: “Con los padres uno siempre piensa que, por los menos al final, algo va cambiar, a mejorar. Pero entre nosotras no” (Ibidem: 173).
OW, silente, atestiguaba los encontronazos entre su hermana y su madre Beli. Ellas quebraban su mundo de fantasía mientras imaginaba escribir los mejores libros de ciencia ficción. Esto era su válvula de escape, así como soñar que algún día hallaría a la mujer amada que le correspondiera con igual frenesí con el que él se enamoraba sin mayor esfuerzo: “Nos abalanzamos una sobre la otra y la mesa se cayó y el sancocho se derramó en el piso y Óscar, parado en una esquina, nos rogaba, ¡Ya! ¡Ya! ¡No sigan! Hija de tu maldita madre, chillaba ella. Y yo le contesté: Esta vez espero que te mueras” (Ibidem: 58).
Todo este maremágnum de historias y situaciones giran en torno a un objetivo único que no es otro que el amor; al amor único y definitivo que cambie para siempre la vida de OW. Pero así como se le hace esquivo al personaje en sí, la historia va postergando esa ilusión, que como lectores, tenemos hacia él, un deseo porque el personaje por fin halle a alguien para entregarle su más puro e inmaculado amor. Mientras esto sucede, el autor nos lleva al pasado de la Inca, a su juventud, a la prematura viudez que le marcó la vida; a la férrea dictadura de Trujillo y a las penurias del pueblo dominicano que se veía atrapado en la isla. Lola narra parte de la historia con tosquedad, pero con una certeza que raya en lo cruel.
En una primera mirada y partiendo desde título de la obra, ya el elemento irónico dice presente con la adjetivación, “maravillosa”, pues más allá de lo “breve” que resulta la vida del personaje —sin contar el fallido intento de suicidio—, no tienen nada de gratas las penurias y frustraciones que encarna OW, y mucho menos su inverosímil final, no tanto por algo que no pudiera suceder en las condiciones que están dadas, sino porque como lectores nos impacta, nos resulta inesperado y atroz.  Dentro de su inocencia, y sin dar mayores detalles del hecho, “sentía que su cabeza estaba a punto de estallar, intentaba llegar a ella con sus energías telepáticas” (Ibidem: 251), refiriéndose a Ybón Pimentel, una prostituta (el narrador le llama “puta”) semi retirada que le confesó a OW, haber salvado su vida gracias a Paulo Coelho.
Ya ahondados en la lectura, resulta clara la intensión del autor en cuanto a la historia narrada. OW sufre y es víctima de sí mismo y de los demás, imbricando sus penas con una parodia de su propia vida, en una constante negación y reafirmación de sus deseos más anhelados. La conciencia irónica va marcando el hilo conductor, bien a través de aquél, o de las voces de las mujeres que son las que llevan gran parte del peso discursivo: “Cuando el hombre se topa con el sin sentido (y la conciencia irónica es camino para ese encuentro), en el vértigo de esa herida, de esa imposibilidad, el hombre intuye un sentido superior, alegórico, o disfruta humorísticamente la percepción de la discontinuidad de lo incongruente” (Bravo, 1993: 109) y esto queda muy claro en La maravillosa vida breve de Óscar Wao.  Por más que determinadas situaciones nos resulten exageradas o excéntricas, es precisamente allí donde se da el encuentro con lo que se denuncia, se critica o con aquello con lo que se quiere mofar y generar justo el efecto contrario: enaltecerlo.
Una segunda mirada irónica en el texto tiene que ver con que Oscar Wao no se llama así, es decir, no es su nombre de pila (tampoco es menester ni justo hacer dicha revelación en estas líneas, forma parte del misterio). Se da una suerte de enmascaramiento con su verdadero nombre; un asunto casi carnavalesco que estalla de gracia con sus ocurrencias, pero que tras la máscara lleva dolor y penuria, tanto las propias, como las que les toca vivir por el simple hecho de haber nacido en una familia dominicana que se fue a probar mejor suerte a Nueva York, huyendo de ese infranqueable “fukú” que los atormenta, pero hallándose después en medio de las reyertas entre negros y latinos como para no olvidar las que también existían —y existen— entre dominicanos y haitianos, a quienes desprecian y sienten de baja ralea:  “En Bush Street, los Lambdas tuvieron una pelea con los Alfas por alguna idiotez y durante varias semanas se hablaba de que habría una guerra negro-latina, pero nunca se dio; estaban todos muy ocupados con los bonches y rapando” (Díaz, 2008: 167).
Como bien apunta Víctor Bravo, “la fuerza negativa de la ironía pone en crisis el sentido, que es consustancial con lo real, pero en esa negatividad, y el arte es uno de los más claros expedientes de este eco, se produce la reconciliación, el proceso de reconstrucción del sentido”, (1993: 70), y es lo que precisamente sucede con un personaje como OW, que en su mundo de fantasía casi pueril, bien por sus sueños de hacerse un gran escritor o por el hecho natural de querer conseguir el amor de una mujer, va en sentido contrario de lo trágico a pesar de que él mismo representa tanto su tragedia personal como la de su familia. El personaje es el medio conductor para drenar
las penurias de los León, el que reconcilia y “reconstruye” el sentido de lo narrado.
Resulta irónico, y también un tanto inverosímil, que Yunior, el que fuera novio de Lola, la hermana de OW, termine “dando clases de composición y escritura creativa en Middlesex Community College” (Díaz, 2008: 264), un hombre que no tomaba un libro ni por casualidad y cuyas principales virtudes eran “rapar” y engañar. A esto es importante añadirle que más allá de la ironía presente, la obra muestra a los personajes desde sus opuestos internos, es decir, desde el motor positivo que los mueve a querer surgir en una metrópolis abrumadora y hostil a pesar de todas las dificultades, hasta el lado negativo, el que los envilece, el que los vuelve violentos, pesimistas y desconsolados. Tal es la grandeza —digámosle— la heroicidad de OW, que a pesar de sus defectos no para de soñar.

La literatura del Caribe puede leerse como un texto mestizo, pero también como un flujo de textos en fuga en intensa diferenciación consigo mismo y dentro de cuya compleja coexistencia hay vagas regularidades, por lo general paradójicas. El poema y la novela del Caribe no son sólo proyectos para ironizar un conjunto de valores tenidos por universales; son, también, proyectos que comunican su propia turbulencia, su propio choque y vacío, el arremolinado black hole de violencia social producido por la encomienda, la plantación, la servidumbre del coolie y del hindú; esto es, su propia Otredad, su asimetría periférica con respecto a Occidente (Benítez, 1998: 43).

En esta obra también pueden verse con claridad una serie de arquetipos que son comunes en la literatura latinoamericana y caribeña. Uno de ellos tiene que ver con el padre, específicamente con la ausencia de éste.  Beli no conoció, no sólo a su padre, si no a nadie de su familia directa. Fue vendida y además nadie la quería por “prieta”: “La negrita más pequeñita del mundo. Fukú, tercera parte” (Ibidem: 210);  y el caso de Lola y Oscar, pues no se queda atrás, el padre de ambos fue un hombre que le coqueteó a Beli en el vuelo que la traía desde República Dominicana a Nueva York, y así como le encargó a los dos niños, así mismo partió al tercer año de estar juntos.  También está el chulo encarnado en El Gángster y no podía faltar el de las relaciones extramaritales representadas por Abelard, un respetable doctor y abuelo de Óscar, quien tenía a su esposa y a su “querida”. Este personaje sufrió en carne propia la mano dura de Trujillo y sus esbirros, siendo el protagonista de un éxito notable en todo sentido para luego sentir la caída libre que lo enterró en la cárcel (en términos intelectuales es a quien más se asemeja OW): “El reinado de Trujillo no era la mejor época para ser amante de las ideas, no era la mejor época para entregarse a debates de salón, para celebrar tertulias, para hacer cualquier cosa fuera de lo común, pero Abelard no era nada si no meticuloso. Nunca permitía que se manejara política actual (es decir, Trujillo), se aseguraba de mantener toda esa vaina en un plano abstracto” (Ibidem: 179), pero a pesar de ello, sucumbió al dictador porque éste se fijó en Jacqueline y  no permitiría que colocara una sola mano en su hermosa hija.
La maravillosa vida breve de Oscar Wao no es un libro ideológico, no obstante incluye por un lado,  el tema político como el referido anteriormente, el desprecio a los regímenes dictatoriales tan comunes en el Caribe y Latinoamérica, y por el otro, el sempiterno conflicto entre haitianos y dominicanos, el desprecio xenofóbico que hasta hoy día persiste entre las dos naciones que —para su desgracia— comparten una misma isla. El texto también desarrolla parte de su historia en los guetos dominicanos radicados en Nueva York, lo que trae como consecuencia una sutil denuncia que colinda directamente con los inmigrantes de la caribeña nación en Estados Unidos y su manera de hacer vida allí: de qué viven, cómo viven, cuáles son sus sueños y cómo del fracaso se le saca partido para reír y seguir disfrutando de la vida: “La literatura sirve de mediación —activamente—, a través del imaginario,  a los conflictos de lo real; o mejor, los articula en otro tipo de relato y por ello lo real siempre está presente aún como ausencia” (Montaldo, 2001: 78). La maravillosa vida breve de Oscar Wao aplica a la perfección en este sentido.
Desde el punto de vista de la estética de la recepción, teoría encabezada por  Hans Robert Jauss y Wolfgang Iser, es fundamental la dimensión o repercusión social que pueda tener determinada lectura. No se puede ser tan ingenuo imaginar que Junot Díaz no condujo con precisión los hilos conductores de esta obra como para que no calara profundamente en la comunidad latina en Nueva York, y particularmente, la de sus compatriotas dominicanos: “Toda obra contiene en clave lo que Iser llama el “lector implícito”, y sugiere en cada rasgo qué tipo de destinatario se tiene en la mente” (Eagleton, 1998: 106). Este el caso del autor que nos compete y su lector en potencia no es otro que el inmigrante dominicano asentado en los grupos pertenecientes a dicha comunidad. Empero, y aunque esto no haya sido una idea premeditada del escritor —supongamos por caso—, es evidente que la lectura resonará más en los afectos a la isla que a otros, amén que no son pocos los dominicanos radicados en la gran manzana.  Obviamente, la interpretación que pueda hacer un lector variará de una persona a otra dependiendo de las influencias culturales, sociales, políticas, etc., que pueda tener, pero es un hecho innegable que incluso entre lectores que manejen más o menos el mismo acervo cultural, pueden interpretar el texto de maneras distintas, incluso disfrutar o no de los elementos humorísticos y tragicómicos que ofrece la obra.  Dos ejemplos puntuales a esto pueden verse en la lectura de un inmigrante dominicano y uno venezolano asentado en Nueva York; o la que haga una lectora dominicana y la resonancia que cause en ella la visión y el rol de la mujer en el texto, en comparación con la interpretación de un lector dominicano, que asumiendo similitud en sus diversos referentes culturales, las reflexiones de aquélla posiblemente sean distintas a la que haga el hombre.
En el proceso de lectura nos topamos entonces con el famoso “horizonte de expectativas” del cual habla Jauss en cuanto a lo que se lee: qué esperar que suceda o haga Oscar Wao, se intenta suicidar pero falla en el intento (nos preguntamos si lo volverá hacer, o nos preguntamos si por fin conseguirá el amor y dejará de ser virgen); la lectura produce cierta ansiedad y desesperación por las actitudes y el exacerbado candor de OW, sin dejar de lado a personajes que siendo secundarios, su abuela y su madre Beli, llevan la batuta de la historia y terminan por impactarnos igual o más que el propio Wao.  Todo esto enmarcado en un uso muy particular del lenguaje, que más allá de conceptos o terminologías propias del dominicano, se complejiza con la simbiosis entre el idioma español y el inglés produciendo ese “spanglish” que termina por transformarse en esa lengua que identifica a miles de inmigrantes y en cierto modo, termina legitimándose por quienes la usan, tanto en lo privado o micro partiendo desde la familia, hasta lo macro, que son los grandes grupos que forman la sociedad en que se desenvuelven. Nacen los mundos posibles a través de la ficción que Junot Díaz expone y que desde el entramado principal construido desde lo irónico, se ramifica para dar cabida a otras pequeñas y posibles lecturas.

Racismo, xenofobia, dictadura, sueños fracturados y sueños por cumplir, inmigrantes, humor, machismo, entre muchos elementos más, forman parte de esta maravillosa obra que partiendo de un adolescente poco agraciado, bonachón pero torpe, soñador pero incapaz de actuar frente a las mujeres para despertar su atención, un loser de cabo a rabo, se construye todo un mundo que por duro que parezca, llama a la reflexión a través de estos personajes profundamente humanos que cuentan cincuenta años de historia de tres generaciones de una familia que partió de República Dominicana para establecerse en Nueva York, huyendo de las penurias y el fukú. Eso que intitulamos como “crónica de un loser anunciado”, juega un poco con la superstición propia del caribeño, ese que es capaz de endilgarle poderes mágicos a situaciones o a las cosas más inverosímiles para justificar lo inexplicable. El hecho de que OW ya este “anunciado”, predeterminado al fracaso, lo acerca a su propia redención, y en este acto individual, se lleva consigo las penas de tres generaciones golpeadas por las adversidades.





Bibliografía

Barrera, A. (2011). Rating. España: Anagrama

Benítez, A. (1998). La isla que se repite. España: Casiopea.

Bravo, V. (1993): Ironía de la literatura. Venezuela: Dirección Cultural de la Universidad del Zulia.

Culler, J. (2000): Breve introducción a la teoría literaria. España: Biblioteca de Bolsillo.

Díaz, J. (2008): La maravillosa vida breve de Óscar Wao. España: Mondadori.

Eagleton, T. (1998): Una introducción a la teoría literaria. México: Fondo de Cultura Económica.

Eco, U. (2007). La historia de la fealdad. España: Lumen.

Montaldo, G. (2001): Teoría crítica, teoría cultural. Venezuela: Equinoccio.

Zapata, R. (1993). Fenomenología del Bolero. Venezuela: Monte Ávila Editores.





27 ene 2014

Cinco visiones de la patria

Lo sabías
siempre lo has sabido y como siempre
aras en el mar. Te concibieron
con voluntad precisa de fracaso.
“Patria”, Armando Rojas Guardia.
       
Desde la conquista del nuevo mundo hasta el día presente, la constante en nuestro continente americano  ha sido la mezcla de razas. Desde que llegaron los españoles, portugueses, ingleses y holandeses, estas tierras fueron repartidas como un botín de guerra —literal y simbólicamente— en donde el sincretismo de culturas, religiones y color de piel, comenzaron a mutar para crear ese maremágnum de rica influencia, pero no menos caótico como puede verse en el Caribe y Latinoamérica. Hablar de raza pura —porque hay quienes insisten en eso en nuestro continente— es caer en una utopía fantástica. Desde que Colón puso un pie en este lado del mundo, eso se acabó. Para bien o para mal, comenzó ese proceso de transformación que va desde lo genético, hasta lo más abstracto como lo es el pensamiento. De una manera peregrina, tal vez de forma intuitiva, los conquistadores sembraban la cimiente de lo que años después comenzaría a llamarse “Patria”, concepto que en su hermosa sonoridad no transmite del todo un significado claro, definitivo, más aún en un proceso de conquista y posterior colonización plagado de cruentas batallas que apuntaron a una civilización que parece estar en indefinida construcción.



No obstante, hay países que pueden verse como paradigmáticos en el sentido de “Patria”, y son los que según Manuel Gamio, tienen un claro y definido estado de integración: Japón, Alemania y Francia. Basa su teoría en tres elementos para llegar a tal afirmación. El primero es el sentido de unidad racial, con muy pequeñas variaciones entre sus habitantes; el segundo, es que poseen una misma lengua y el tercero, es que en términos culturales son afines por encima de las diferencias de clases sociales y por tanto de poder adquisitivo: “la mayoría de la población tiene iguales ideas, sentimientos y expresiones del concepto estético, del moral, del religioso y del político”(Gamio, 2006: 8), y unas líneas después, casi como un aforismo, señala que “la tradición nacional (es), ese pedestal arcaico donde se yergue la patria” (Ibídem).  Estar integrado de esta manera, ser capaces de mantener el respeto por el otro, bien por su condición social o cualquier otro elemento diferenciador; respetar la norma más básica, pongamos por ejemplo el cumplimiento de las leyes de tránsito, entre tantas cosas más, es lo que en una sociedad se persigue para asentar una base incuestionable de grandeza en todo sentido, de engranaje entre todas sus partes para vivir con tranquilidad, espacios para todos y garantías  tanto legales, como individuales que apunten al porvenir. Bien lo dice Gamio, “cuando así se vive se tiene Patria” (Ibíd. 9).

Pero qué sucede en Latinoamérica en el sentido de Patria hasta ahora comentado. El ejemplo más claro que tiene el autor lo focaliza en México con argumentos incuestionables, partiendo desde el aspecto geográfico del país, hasta el tema económico y político. Es indiscutible que el proceso de independencia de México, como todos los países hispanohablantes del continente americano, tiene sus orígenes europeos, lo que sin duda alguna privilegió a quienes venían de dichas raíces, dejando de lado a los indígenas de la región, y en el caso particular de este país, el conflicto fue de grandes proporciones dado el alto porcentaje de dicha raza en esas tierras. El proceso de integración fue lento y doloroso, a lo cual debe añadirse que la inmensa frontera que tiene con Estados Unidos, ha sido un eterno conflicto entre ambas naciones. Territorios que originalmente fueron de México, hoy día le pertenecen al país anglosajón, hecho que crea sentimientos encontrados entre los habitantes que están de un lado y del otro, bien porque siendo mexicanos se puedan sentir más estadounidenses, o viceversa. En el estado de Sonora, por citar un ejemplo, al noroeste de México, la mayoría de las mujeres son muy parecidas al prototipo de mujer estadounidense, muy distintas a la fisonomía de las mujeres del D.F. mexicano, y seguramente, con las de otras regiones del país. Gamio lo dice sin pelos en la lengua con respecto al sistema fronterizo, donde la economía entabla sus propios mecanismos y es “absolutamente exótico, ayankado” (Ibíd.11), y es que más allá de las nacionalidades, al menos desde la peculiar postura fronteriza, “por encima de toda idea de patria y de nacionalidad, ha estado la de la propia conservación” (Ibíd).

El elemento político, considerado para la construcción de Patria que se ha venido exponiendo, es el más delicado y en el que el autor es tajante por considerarlo injusto. Comenta que los grandes grupos indígenas siempre han quedado al margen de todo el compendio de normas y leyes hechas para beneficiar y legislar al grupo europeizado y no a los que tienen sus raíces indígenas, lo que sin duda alguna les impide la justa integración a todo el mecanismo político: “Este desconocimiento es crimen imperdonable contra la nacionalidad mexicana” (Ibíd.12), señala. Quizás Gamio adolezca un tanto de lo que Ángel Rama refiere como “rigidez cultural” (tomado de Lanternari), pero más adelante hablaremos de esto. No obstante, y salvando este conflicto, México como nación está bien definida en el sentido de Patria tanto como el de los países indicados al inicio. Hay un sentido de pertenencia muy arraigado; un regionalismo marcado en esas pequeñas patrias como señala Gamio tomando por caso Yucatán, que se puede hacer extensivo a otras regiones del país. Pensemos en la música, en la literatura, que a decir de Ángel Rama, “la originalidad de la literatura latinoamericana está presente (y sin duda alguna la mexicana no es la excepción), a modo de guía, su movedizo y novelero afán internacionalista” (Rama, 2004: 12) y como dice unos párrafos más adelante, “la literatura (como) el instrumento apropiado para fraguar la nacionalidad” (Ibíd.13) (sólo por citar dos ejemplos elocuentes: Palinuro de México de Fernando del Paso y La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes); en los bailes y cultos, en la exótica gastronomía mexicana, incluso desde la cultura popular a través de ese icono eterno como lo es Cantinflas. Son muchos los elementos que están allí para consolidar el sentido de Patria en este país.

En este orden de ideas, de la intención nacionalista y la construcción de Patria, la literatura también colocó su grano de arena desde su mundo simbólico y de la palabra. Sobre el papel están plasmadas las guerras y los conflictos, pero también los amores y los fracasos propios de hombres y mujeres; la cultura permeando hacia los lectores que a bien van a su encuentro; la construcción de mundos y posibilidades ya que “las obras literarias no están fuera de las culturas sino que las coronan” (Ibíd.19) y desde esta visión casi romántica, no podemos dejar de reconocer que tanto narradores y poetas, forman parte del constructo de cada nación como una de muchas posibilidades de identidad, esa “cosmovisión” a la cual también se refiere Ángel Rama, la “ciudad letrada” que se construye a través del pensamiento y la palabra, muy distinta a la que en su momento defendiera Mariátegui con su visión poco regionalista y claramente “clasista”, por demás paradójico pues precisamente en ese “regionalismo”  es donde brota la semilla, por incipiente que sea, de una identidad nacional, que colinda con las tradiciones de cada región o país:

Dentro de la estructura general de la sociedad latinoamericana, el regionalismo acentuaba las particularidades culturales que se habían forjado en áreas internas, contribuyendo a definir su perfil diferente y a la vez a reinsertarlo en el seno de la cultura nacional que cada vez más respondía a normas urbanas (Ibíd.26).

Este conflicto entre lo regional y lo vanguardista, tampoco es que esté supeditado solamente a lo literario, forma parte de todo el entramado de situaciones, hechos, construcciones culturales, políticas y demás, que están allí para enarbolar la bandera de lo autóctono a través del largo camino que lleva a la identidad de las naciones, que indudablemente han estado bajo la influencia, bien de Estados Unidos o de Europa, para unos como un proceso de aculturización y para otros de inminente modernización, pero siempre permeado hacia la cultura regional, que a diferencia de lo referido líneas atrás como “rigidez cultural”, aquí aplica por completo su opuesto, el de “'plasticidad cultural'”, que diestramente procura incorporar las novedades” (Ibíd.31) y de las cuales se les saca el mayor provecho posible, entendiéndose que en este proceso de incorporación debe haber un continuo redimensionamiento, tanto de lo que se absorbe como materia prima, como del producto final de esta alianza.

Por otra parte, no podemos dejar de reconocer que más allá de lo venturoso que pudiera parecer el resultado de dicha alianza cultural, también están los conflictos y las pugnas tan naturales que se dan en este proceso. Si ya internamente entre los mismos países la relación provincia-capital puede tener diferencias marcadas, cómo no ver el mismo efecto cuando el patrón a imitar viene allende los mares. La llamada “transculturización” no es un hecho que pueda atribuírsele a un único y exclusivo país, menos aún en Latinoamérica, en donde el caldo de cultivo cultural parece estar ardiendo siempre. En el caso de la literatura actual, la del lado de nuestro continente, cómo deslastrarse de la cantidad de fuentes posibles por las cuales entran valores, tendencias, gustos; afinidades y cantidad de lecturas que los escritores de manera inconsciente o premeditadamente incorporan en sus creaciones. Volvamos a Rama quien lo dice a la perfección:

La misma selectividad se encuentra en el receptor cultural en todos aquellos casos en que no le es impuesta rígidamente una determinada norma o producto, permitiéndole una escogencia en el rico abanico de las aportaciones externas o buscándola en los escondidos elementos de la cultura de dominación, vistos en sus fuentes originarias (Rama, 2004: 38).

Pero más allá de esto, de la influencia o patrón foráneo, el autor tiene la capacidad de elección, de tomar un rumbo hacia un estilo u otro, y no sólo por decantarse por lo externo, sino por lo interno, es decir, por la cultura de su propia región o país y es allí “donde se producen destrucciones y pérdidas ingentes” (Ibíd.39), cuando el escritor decide qué escribir, en un acto de rescate o de abandono, dependiendo de lo que haya escogido eternizar en sus líneas.
Considerar lo antes referido como un proceso de desculturización es tan temerario como tildarlo de aculturización, al menos si nos plantamos en cualquiera de estos extremos. En todo caso, lo que se presenta con claridad es una inevitable remantización, tanto de la cultura que pudiera verse como propia en comparación con la que viene de afuera con toda su carga de novedades, diferencias y asombros. Es un largo proceso que viene desde la conquista, pasando por la colonia y las batallas independentistas, a través de lo que Rama llama “largos acriollamientos de mensajes” (Ibíd.55) que difícilmente pueden endilgárseles al lado más modernista de un país o aquellos que con fervor defienden lo autóctono a ultranza (ya veremos la postura de Mario Briceño-Iragorry). Todas la partes, sin excepción, dentro del complejo proceso de construcción literaria, en mayor o menor grado, llevan su cuota de cultura propia y ajena, más aún en una época en que la tecnología ha llevado a niveles futuristas las comunicaciones rompiendo distancias, teniendo acceso a mucha información y, tal como señala José Vasconcelos, a una “raza cósmica” en donde las mezclas interraciales se pueden dar con mayor facilidad (un claro ejemplo de esto se puede ver en el inmenso número de parejas que se conocen vía internet, cuya única limitante sería la lengua más no la distancia).

El texto de Vasconcelos va hasta tiempos remotos, pasando por los egipcios y griegos, e incluso refiere cuando el mundo era un solo continente según la teoría de Wegener, la Atlántida y tal vez siendo un poco exagerado pero conservando algo de razón, intuye que la mezcla de razas diferentes no es tan provechosa o “fecunda”, como la que se mantiene entre los del mismo linaje. El ejemplo que utiliza es el que se da entre los españoles y los indígenas, volviéndose la raza blanca no más que un puente, pues sentaron “las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres  en una quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado” (Vasconcelos, 2007: 5), siendo españoles e ingleses los representantes de dicha raza a pesar de las claras diferencias que hay entre ambos. Lo curioso y no menos cierto, es que el fervor por lo nacional y el sentido de Patria, que como se dijo al principio viene forjándose desde hace mucho tiempo, de manera contradictoria se vio mancillado por quienes defendían ese sentimiento de pertenencia: “Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente” (Ibíd.7), y si algo está muy claro en nuestro presente latinoamericano, es  que “nos falta patriotismo verdadero que sacrifique el presente al porvenir” (Ibíd).

Puede verse con claridad que ese “patriotismo”, trillado hasta el hastío en la actual realidad venezolana, pongamos por caso, tiene que ver no sólo con una intensa y simple campaña política, que a la larga no pasará de algo puntual si los verdaderos cimientos son anclados con fuerza. Debe procurarse el despertar (y el sentir) de una honesta identidad que vaya más allá de hechos anecdóticos que se pierden en el camino de la historia. Es fundamental que haya en este sentido de Patria del que venimos hablando, un interés común que supere la inmediatez. Tal como señala Vasconcelos, “si nuestro patriotismo no se identifica con las diversas etapas del viejo conflicto de latinos y sajones, jamás lograremos que sobrepase los caracteres de un regionalismo sin aliento universal” (Ibíd.8), por ello mismo Gamio coloca de ejemplo a México, y particularmente el estado de Yucatán en el sentido de Patria, en donde el raigambre de sus habitantes es absoluto, nacionalista e inquebrantable, porque siempre mantuvieron —y entendieron— sus raíces como un hecho transcendental.

A excepción de México, entonces la mayoría de los países no comenzaron a dar sus pasos con el pie derecho sino con el izquierdo en ese necesario camino hacia la identidad y el sentido de crear Patria. Ya desde la emancipación de los españoles, con su encomiable proceso de conquista pero no por ello menos disperso y atroz, las tradiciones se fueron rompiendo, olvidando y debilitándose con el afán de dominio.  La razón más fácil para responder el por qué sucedió así, es tan trivial como decir que es la manera de ser de los españoles, por su esencia. Y aunque esto no es del todo convincente no deja de llevar parte de razón. Vasconcelos le llama el “patriotismo vernáculo” de los mexicanos, que es en teoría, el que le falta a los habitantes de otros países de la Latinoamérica, sin olvidarnos de la mirada focalizada de los colonos ingleses, los del norte, siempre actuando en coherencia con un propósito único y colectivo, que a decir verdad, hoy día, es envidia de muchos países y que según el autor, la única “ventaja de nuestra tradición es que posee mayor facilidad de simpatía con los extraños” (Ibíd.14), lo cual habría que sopesar qué vale más: esta virtud o el orden, el compromiso y la capacidad de trabajo de aquéllos.

El porvenir de nuestra raza estaría entonces condicionado por el mestizaje entre los colonos y los indígenas, lo cual marca como un estigma nuestra razón de ser, pensar y actuar, y como es elemental imaginarse, un futuro que desde un provincialismo patriótico, parece andar sin rumbo fijo, “padeciendo en el vasto caos de una estirpe en formación” (Ibíd.19), que como aliciente, tiene la ventaja en un grado mucho menor que otras razas, aceptar gente de otras latitudes con cordialidad, potenciando esa raza mixta, o como bien señala, “la primera raza síntesis del globo” (Ibíd) o “quinta raza”, que en ningún momento pretenderá, producto de su prolongada mixtura, excluir a nadie pues precisamente nació de la convergencia de múltiples y distintos genes, y en teoría, allí está el secreto para sacar la mayor ventaja posible. Más allá de todo esto, apegados a lo palpable de la piel, también está el “factor espiritual”, sumado al proceso de transformación que vendría a equilibrar las posibles desventajas que pudieran hallarse en cuanto a lo físico, tal vez como una manera de compensar las marcadas diferencias y en donde cobra un papel importante “ese misterio que llamamos gusto, misterio que es la secreta razón de toda estética” (Ibíd.23), y si en algo es acertado Vasconcelos es cuando afirma que “si no se liberta primero el espíritu, jamás lograremos redimir la materia” (Ibíd.30).
Entonces vendrá una quinta raza producto de negros, indios, mogoles y blancos, cuya gran ventaja por encima de las anteriores será el amor como dogma fundamental, como principio y fin para prolongarse en el tiempo. De ser así, en cuanto a la concreción de esta utopía, puede inferirse que se estará más cerca de lograrse el concepto de Patria en un continente convulso y siempre a merced del caos.

Volviendo a la literatura como parte de los medios en donde se ve reflejada lo que es la cultura de un país, no como calco de una realidad —aunque también pudiera ser el caso—, sino como representación tal como lo señalara Aristóteles en su Poética, es indudable hallar vasos comunicantes entre lo que es la política  y la ficción como forma de acercamiento a la realidad que tienen los textos literarios y que también edifican el concepto de nación, que en el caso de Latinoamérica, se ve con claridad entre las novelas románticas y la historia independentista de la región, y sobre todo, “a través de autores que prepararon proyectos nacionales en obras de ficción e implementaron textos fundacionales a través de campañas legislativas y militares” (Sommer, 2004:24),  aunque este último aspecto el militar —obviamente pocos pudieron haberlo imaginado de esa manera—, se haya transformado en la historia contemporánea del continente, en un dolor de cabeza para muchas naciones: el número de dictadores latinoamericanos es más que elocuente para clarificar el punto: Gómez, Trujillo, Pinochet, Castro, sólo por mencionar algunos.

La historia, en parte, según lo señala Doris Sommer, sería construida por las plumas de escritores llamados a contribuir con dicho propósito, con lo cual se buscaba “legitimar el nacimiento de una nación, como por la oportunidad de impulsar la historia hacia ese futuro ideal” (Ibíd.), pero que el tiempo se ha encargado de desmontar esa utopía revolucionaria armada que en definitiva ha dejado más miseria que prosperidad a su paso. Para ejemplificar esta tendencia, la autora toma el caso del presidente argentino, general Bartolomé Mitre, quien “publicó un manifiesto con el que pretendía suscitar la producción de novelas que sirvieran de cimiento a la nación” (Ibíd.25) en el año 1847 y expone líneas después, la repulsión que le causaba a Martí el “estado de dependencia literaria que existía en otras partes de nuestra América” (Ibíd.26) con los países europeos, al mejor estilo que años después demostraría José Carlos Mariátegui en este mismo sentido (recordemos que este autor peruano era de la corriente marxista).

Lo común para la época, siglo XIX e inicios del XX, era utilizar la palabra escrita como una vía expedita hacia los incipientes proyectos de nación y consiguiente Patria, aunque ese proceso idílico, tenía inmensas grietas en medio de un sistema político que apenas comenzaba a formarse. Pongamos por caso los grupos de privilegiados fundadores que tomaban lo mejor del liberalismo, pero que apretaban las tuercas de la economía con duros aranceles para quienes eran parte de la cadena productiva; o “la élite latinoamericana (que) escribió romances para una clase por definición privilegiada (ya que la educación de masas seguía siendo una meta por alcanzar)” (Ibíd.30), que seguramente mantenía sus ínfulas de grandeza en medio de un contexto social devastado por las constantes guerras  y que una vez expulsados los españoles, los héroes criollos pasaron a formar parte del problema y no una solución. Sommer plantea que puede apreciarse una suerte de metonimia entre los matrimonios de la época con relación al proceso de formación de la nación, es decir, como si el hecho formal del matrimonio era un indicador asociado en este sentido primigenio de formación de lo que luego sería la nación. En los textos estarían exaltados los valores patrios, como también la heroicidad de los hombres, guerreros sublimados a través de la palabra, enalteciendo la gallardía de éstos y diferenciando “entre hombres buenos y malos” (Ibíd.40), pero este ditirambo tan propio de la época, terminaría a la postre en un inevitable populismo que hasta el presente sigue formando parte de los procesos políticos actuales, y “tiene una importante carrera narrativa en Hispanoamérica y una larga vida futura, aun cuando la cultura política cambie de nombre” (Ibíd.41). Los ejemplos sobran: Venezuela es el caso más reciente y ha vuelto a germinar de una manera torcida el concepto de revolución, propagándolo a otros países de la región.

Teniendo a la vista el período de la historia en que se estaban formando las naciones, la autora insiste en que la literatura -aunque la refiere como “historias latinoamericanas”-  miraba todo el tiempo hacia el futuro, impregnada de sueños y grandeza “más proyectivas que retrospectivas, más eróticas que fieles a los eventos” (Ibíd.44). En la actualidad este modelo parece haberse revertido, al menos en el caso de Venezuela es notable la cantidad de literatura histórica que se está publicando. Pongamos por caso Falke y Sumario de Federico Vegas; o El pasajero de Truman de Francisco Suniaga. Y esto es inevitable complementarlo con los constantes discursos políticos que siempre terminan en la remembranza de los próceres de nuestra independencia. Esta tendencia no tiene nada de negativo, pero tal vez el problema radica en la constante repetición del mensaje ad nausean, cuando en realidad lo que se necesita son respuestas y acciones rotundas, concretas, y que se vuelva a ser “prospectivo”, pues para construir nación debe irse hacia adelante.

De todos los textos analizados hasta ahora, tal vez el de Mario Briceño-Iragorry es el que tiene más a flor de piel un excesivo sentimiento nacionalista y patriótico: “solamente bajo un régimen de unidad de voluntades puede realizarse la eficaz defensa de los contornos nacionales de la Patria” (Briceño-Iragorry, 1988: 335), y más adelante dice: “en los últimos años yo he dedicado por entero mi trabajo de escritor a la defensa de la idea nacionalista” (Ibíd.336), curiosa afirmación si recordamos que  Briceño-Iragorry fue embajador de Venezuela en Colombia tras la designación que le otorgara la junta militar que derrocó el gobierno de Rómulo Gallegos, primer presidente electo de manera directa y secreta en el país. 

Al margen del comentario anterior, está clara su insistencia en cuanto al tema de lo nacional como un punto fundamental para construir Patria, y es gracias a ese sentimiento de pertenencia que se puede aspirar hacia una universalidad, hacia un espíritu nacionalista representativo y digno de estar a la altura de las grandes naciones del mundo. Defiende los valores tradicionales del pueblo para alcanzar la grandeza de nuestro gentilicio e insiste en que esa firme postura es el camino indicado para la consolidación de la nación: “Defender lo característico de cada pueblo no representa una actitud negada a recibir el aire creador de lo universal, sino una posición encaminada a asegurar los medios de retener las semillas fecundantes que la ventisca del eterno progreso conduzca hacia nuestra área nacional” (Ibíd.341), ya que, según indica, el nacionalismo venezolano está caracterizado por la disgregación cultural motivada a la cantidad de influencias foráneas que nos invade. Deberíamos entonces asumir una actitud de defensa para preservar nuestras raíces y “nuestra realidad de pueblo" (Ibíd), señala, y las diversas ramas de las ciencias sociales y humanísticas, deberían apuntar como misión prioritaria rescatar los “valores de la venezolanidad”.

Mensaje sin destino y otros ensayos, al menos la lectura particular de “Dimensión y urgencia de la idea nacionalista”, puede verse como una perfecta arenga política, cuyo piso definitivo son las diversas influencias culturales que se han asentado en nuestro país. Briceño-Iragorry habla de nuevos valores, de la oligarquía que envenenó al pueblo pues regó “sobre la fresca conciencia de la sociedad una fina y venenosa ceniza de pesimismo” (Ibíd.347); de la apabullada dignidad del pueblo por parte de los “pitiyanquis”, entre otros elementos más.  Por tanto, el combate de estas taras debe llamar a la reflexión de todos y revivir con ello la memoria de este “pueblo sin nombre”, tal como lo llama, con el único objetivo de rescatar el noble pensamiento venezolano. Insistimos en la arenga política y por ello transcribimos el siguiente párrafo:

Nuestro pueblo, nuestro altivo y sufrido pueblo, pide que se le mantenga en la fe de sí mismo, en la fe de su destino poderoso, en la fe de que el dolor presente le pulirá aún más la robusta conciencia sobre la cual afincará el vuelo para ganar la victoria final contra las fuerzas diabólicas que se oponen a la realización de su destino…Unidos y fuertes, podremos mañana proseguir el mensaje que de nuestros pueblos americanos espera la vieja Europa que nos dio, para remozarla, la savia de su imperecedera cultura (Ibíd.360).

La Patria entonces se construye desde el detalle más pequeño que como ciudadano se puede aportar al país, pasando por la literatura como prueba irreductible del pensamiento humano de cada nación, hasta las más fervorosas palabras como las citadas líneas atrás. No cabe la menor duda que todos los textos citados llevan, en menor o mayor grado, una clara intención nacionalista que fija posturas en cuanto a identidad se refiere: Manuel Gamio desde el sentido de la integración necesaria para la construcción de los países;  Ángel Rama con la construcción de nación a través de la literatura; Vasconcelos con su quinta raza cuya gestación viene desde siglos remotos; Sommer con la legitimación de las naciones a través de la recreación histórica de los escritores y Mario Briceño-Iragorry desde una pluma patriótica. Queda entonces la parte más dura para forjar eso que se llama “Patria”, que cada quien sienta la necesidad de ir por ese camino de reconexión con lo que nos une, identifica y aglutina en un solo gentilicio: ser venezolano.


Bibliografía

Briceño-Iragorry, Mario. (1988): Mensaje sin destino y otros ensayos. Venezuela: Biblioteca Ayacucho.

Gamio, Manuel. (2006): Forjando patria. México: Porrúa.

Rama, Ángel. (2004): Transculturización en América Latina. México: Siglo XXI

Sommer, Doris. (2004): Ficciones fundacionales. México: Fondo de Cultura Económica.

Vasconcelos, José. (2007): La raza cósmica. México: Porrúa.