12 abr 2010

Ausencias deja la noche


Vivir en un país y particularmente en una ciudad convulsa como Caracas, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Si adoptamos un tono pesimista saltan a la vista los elementos negativos que pudieran mencionarse; si por el contrario, nos decantamos por aquellos que pudieran resultar positivos, habrán también otros elementos llenos de luz. Cuestión de opinión.

Dentro de aquellos elementos que pudieran ser positivos y reconociendo que estamos dejando por fuera muchísimas cosas, está la influencia del acontecer diario que termina infiltrándose en la literatura, particularmente en la narrativa, y más allá de ver esto como algo “positivo”, lo que pudiera es estar reflejando el nivel de compromiso que los escritores revelan en sus trabajos literarios con la sociedad, aunque lo que ofrezca el texto sea mera ficción.

No sorprende que en nuestra actualidad unos cuantos libros de reciente data, estén pletóricos del acontecer político-social que tanto dilema e incordio causa a tantos. De una manera más separada de esta realidad, están, por ejemplo, los libros El último fantasma de Eduardo Liendo y Cicatriz de Juan Carlos Sosa Azpúrua, en cuanto a ese retrato de lo que hoy día se vive en el país. Está presente, pero la distancia entre el mundo ficcional de ambos libros en comparación con lo real, con lo que nos está tocando vivir, es notable (recomendables los dos libros, por cierto); intuyo también –por algunas referencias– que dentro de esta categoría pudiera estar el libro Días de rojo de la periodista María Elena Lavaud, pero no lo he leído.

Caso contrario se presenta en los libros La distorsión de J. E. Chejín y Ausencias deja la noche de Gonzalo Himiob Santomé. En ambos libros es inevitable pensar en determinados momentos, si la novela no es lo que vivimos día a día, como hecho fáctico, y la realidad es lo que está inmerso en los textos, sobre todo en Ausencias deja la noche, en donde las situaciones allí planteadas pueden enervar al más conspicuo partidario del gobierno, o al más fervoroso opositor.

La historia narrada por Himiob está repleta de situaciones y personajes, que a diario, se ven en los principales titulares de la prensa nacional. Están los que fueron elegidos en las urnas electorales para dirigir el país, así como los estudiantes, esa masa que en algún momento del tiempo estuvo dormida, cuyo despertar, está más que presente en la novela; también existen personajes que muestran sus más oscuras aberraciones en contraposición a otros que son intachables en todo proceder, que, sin embargo, por razones desconocidas –y aquí entra un elemento ficcional importante de la novela– cambiaron rotundamente de la noche a la mañana en perjuicio propio y de los demás.

Este cambio fue el que vivió Egbert Kauf, un reconocido jurista y profesor universitario, una eminencia en materia legal que “recibía ovaciones de pie y reconocimientos mundiales por la densidad y lucidez de su saber”. Un buen día, las fuerzas espirituales, los guardianes ancestrales del Guaraira Repano, decidieron hacerle una broma, una jugarreta tan propia como hacían los mitológicos dioses griegos con cuanto ser humano se les atravesaba: después de una pesada noche, sus conocimientos fueron bloqueados, llegando a vivir en la “tranquilidad de la ceguera”.

En contraposición a ese repentino bloqueo de lucidez, está Carlos Paredes, un estudiante que representa el empuje de todo un colectivo que busca recuperar la justicia y la tranquilidad perdida. Mientras la masa enardecida de estudiantes quemaba en protesta los libros de Kauf, Carlos y un grupo de líderes estudiantiles, buscaban la manera de hacerle llegar un mensaje a todo el país infiltrándose en el Tribunal Supremo de Justicia: y lo lograron, pero esto desató el caos que tanto necesitaba el régimen totalitario para dar rienda suelta a las balas.

A través de Ausencias deja la noche vivimos la realidad de la novela como si fuera la que atestiguamos día a día. Los elementos de ficción, tanto de las situaciones como la de los personajes, rozan constantemente lo cotidiano. Allí están los políticos y los militares; están los estudiantes y las madres abnegadas que dan todo por sus hijos; están los delincuentes que se aprovechan del caos para seguir con sus fechorías y los policías que intentan hacer su trabajo; está ese elemento religioso que va desde José Gregorio Hernández hasta María Lionza, enmarcando el polifacético engranaje espiritual que recorre el país; y también hay muchas y lamentables muertes, pero luego hay vida.

Esta primera novela de Gonzalo Himiob Santomé, nos hace probar el trago amargo de la injusticia y del abuso de poder, pero lo más importante es que cierra con contundencia, con la esperanza como elemento fundamental para alcanzar un objetivo común en pro de la colectividad. La pequeña Sofía, hija del valiente Carlos y de Ana, viene a encarnar esa esperanza. Ella es vida hacia el final de la novela.

Dos palabras se me vinieron a la cabeza al finalizar la lectura: ojalá… amén.

7 abr 2010

Soledad intacta


Hay muchas maneras de hacer poesía o dicho de otro modo: diversos estilos poéticos. Están los que conservan aún la rima perfecta al final de cada verso, los que hallan en “puntos” y “comas” el complemento necesario para enmarcar su poeticidad, aunque estos elementos se presenten anacrónicos y obsoletos en estos tiempos. Esto lo suelo justificar diciendo “cada quien tiene su estilo”.


También están los que no echan mano del proceso decimonónico poético, es decir, los que dejan de lado tanta rima y se enfocan más en el contenido, en lo que se pretende decir, en donde la forma tiene qué ver más con la disposición de los versos, de la selección precisa de algún adjetivo (o su omisión), de los silencios que en algunos casos son más que evidentes hacerlos o que hay que estar bien conectados con la palabra poética para darle a la lectura ese necesario respiro enmudecido.


Así va la poesía de Patricia Guzmán, una de los voces poéticas llamadas a perdurar en el tiempo, tal como lo hace –que no “hiciera”– Eugenio Montejo y Rafael Cadenas en todo el continente. En Soledad intacta queda más que claro su oficio de poeta y es que si de contenido se trata, Guzmán llega aquí a ese punto en donde su trabajo es por antonomasia misticismo. Como bien lo señala en la introducción Reyna Rivas: “Yo siento tu poesía arriba, en la luz, en un vuelo ritual, ingrávida, sostenida por las alas de un ángel”. Leer este poemario es adentrarse a un estado elegíaco de la palabra y que necesariamente requiere reflexión y jamás apuro. Requiere, además, una necesaria y una casi natural demanda de relectura para alcanzar eso que la poeta quiso decir –o al menos intentarlo.


Por otra parte, esa aparente mansedumbre que a priori se percibe en sus versos, no es más que una travesura muy bien pensada, una manera muy descarnada de expresar con sencillez sus emociones, su experiencia real y simbólica frente al dolor, haciendo que la palabra se revele contumaz y la idea se apodere del lector como a través de un mantra (esto del “mantra” es una extraordinaria analogía que hace Sonia Chocrón en el apéndice de Soledad intacta).


Patricia me comentó que no tiene una técnica predeterminada para escribir su poesía, pero que esto “no quiere decir que sea ingenua a la hora de escribir”. Su Soledad intacta cobra vida y habla por sí misma en este sentido: no hay ingenuidad, todos los versos son trazos de su vida, padecimientos de su sentir humano y poético.



Mansa

cargo el derrumbe



Ya no me quedan huesos

estoy hecha de sed



http://palabrasyescombros.blogspot.com/2010/03/con-el-ala-alta.html

1 abr 2010

Noveno capítulo: Francia, verano de 1946


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).


Se ha escrito tanto sobre Francia, que ya parece agotado el tema. Por otra parte, es imposible disimular la timidez que sobrecoge al escritor joven cuando se aboca a la gratísima pero difícil tarea de interpretar una vez más en la historia de la cultura el sentido universal, tentador y profundo de esta patria generosa, amada y soñada por la humanidad. Francia es la lección perdurable, más espontáneamente aprendida por los hombres de todas las razas y de todos los climas. Pienso, por esta razón, que si lo fundamental para su interpretación ha sido explorado hasta en las más profundas vetas, nos queda a lo que hemos llegado tarde en este camino, la modesta satisfacción de referirnos al simple episodio personal, cuando por él queremos dejar constancia de nuestra devoción a aquel pueblo y a su maravillosa aventura humana.

Considero innecesario, pues, advertir a los lectores, que están estas notas emocionales lejos de pretender convertirse en un ensayo afortunado sobre materia tan gastada a la que sólo el genio puede hallarle nuevas facetas, capaces de sorprender al mundo de hoy.

Fui a Francia, como han llegado hasta ello todos los hombres de buena voluntad; crucé su territorio sentimental en una de esas romerías devotas que hace infinitamente gratas la religión del amor. Y acerqué mi corazón al palpitar de sus caminos y de sus campiñas, como el creyente aproxima sus oídos al rumor de Dios, en las majestuosas liturgias de los templos antiguos. Me tocó, no sé si en suerte o desgracia, presenciar la angustia de un pueblo noble, en la doliente convalecencia de sus heridas profundas. Si la guerra de 1939 golpeó duramente al pueblo francés, allí están en pie, más señeros que nunca, sus monumentos y sus lecciones, para decirnos cómo de cada un o de sus pesares, asoma un noble rumbo para la humanidad.

En un soleado mediodía del 26 de junio de 1946, crucé la frontera franco-belga por la ruta de Valenciennes, con mis amigos venezolanos Rómulo Lander Márquez, Roberto Martínez Herrera y Victor Materán. El automóvil que nos conducía iba manejado por un veterano belga de las dos guerras, francotirador de las filas del Movimiento de Resistencia de la última. Mientras el vehículo se deslizaba suavemente por aquellas carreteras rectas y anchas, que parecían romper las entrañas de los campos sembrados de trigo y de patatas, el veterano iba relacionando el paisaje con la odisea de sus gentes en los días de la guerra y en las noches de la ocupación enemiga. Nos esforzábamos por no peder aspectos de sus relatos y del paisaje.
Dos impresiones asaltan al viajero que pisa hoy la tierra francesa: dos impresiones que se compensan. La una, de pesar, por la obra destructora que allí cumplió la guerra; la otra, de admiración, por la voluntad y la energía que aporta amorosamente el pueblo para la reconstrucción.

Nuevos hogares van sustituyendo a los destruidos por las bombas y la metralla en las campiñas inocentes; las escuelas y los templos vuelven, gozosos, a albergar bajo sus techos refaccionados la esperanza y la fe; y, al lado de los puentes volados por el enemigo, o por los patriotas de la resistencia, se reincorporan las nuevas estructuras, más modestas que las antiguas quizás, pero más solícitas al paso de la nueva vida que comienza a circular por las arterias convalecientes.

En los suburbios de Cambrai ciudad martirizada una vez más, que comienza a levantarse de los escombros polvorientos, se puede observar la más impresionante herencia de la guerra: millares de automóviles blindados, ambulancias y tanques de guerra, destruidos o abandonados, ocupan cerca de diez hectáreas de terrenos, que semejan una granja de la muerte. Es un vasto cementerio de acero herrumbroso. Nos hemos consolado pensando que, en la próxima primavera, millones de ondulantes espigas habrán reemplazado el panorama desolador. Ya, en esta primavera, las mieses circundan, como para ocultarla a los ojos de la nueva humanidad, esta horrenda perspectiva de la derrota material.

Pese a estos detalles, el conjunto es alentador. Si las aldeas se ven un poco descuidadas y solitarias y las paredes de las casas, descalabradas y sin pintura, esto indica –y lo confirma el grado de cultivo de los campos –que los franceses, fundamentalmente previsores, se ocupan, en primer lugar, en reconstruir su economía industrial y agrícola para asegurar a la nación inminentes mejoras en las formas de vida y en la situación alimenticia.

Los contornos de Aubigny son una inmensa granja, donde la variedad de los cultivos inscribe en el paisaje la más alucinante policromía. El lindo pueblecito de Saint-Quintin, a las orillas del romántico Somme, parece en el verano materialmente arropado por los trigales y los viñedos. Con todo y la posguerra, provoca ser un modesto vecino, granjero de Saint-Quintin. Igual confortador panorama ofrecen las hermosas aldeas de Pernonne, Omiecourt, Fonches, Lioncourt, Roye, Trillelloy y Creil. En este último pueblo, nos conmovió ver la ancha playa fluvial, repleta de niños franceses, deleitados con el tibio sol veraniego. Hemos visto muchos pastores alegres, cantando junto a sus rebaños en las voluptuosas colinas de Francia. Todo lo observado parece indicar que el noble pueblo galo avanza en el camino de la recuperación de su bienestar y de su alegría.

Hasta aquí han llegado nuestros apuntos, cuando vamos entrando en París por la antigua y célebre Avenida de la Chapelle.

Cuando los propios franceses hablan de su encantadora capital, establecen la diferencia de antes y después de la guerra. A diario recordarán en el teatro, en el café, en los parques o en el tren subterráneo la ciudad-luz de 1938, por ejemplo. Esto para las jóvenes generaciones, que las más antiguas cierran su frontera ilusionada a partir de 1914. De ambas actitudes, tengo observaciones y recuerdos. Sin embargo, el que no hubiera conocido la ciudad antes de la guerra, la sentiría tan igual a la que ha soñado, a no ser por la escasez de muchos artículos esenciales y una marcada ausencia de luz en sus hermosas plazas y avenidas. Hay polvo y desaliño en las mesas de los cafés y se intuye, a simple vista, que los hombres y las mujeres de Francia están muy lejos de sentirse satisfechos de su menguada elegancia actual para el comer, para el vestir, en una palabra para el vivir. Está rota la vieja armonía parisiense y augura muchas dificultades y sacrificios repararla.

El sentido de la pulcritud exterior en la mujer francesa ha sido duramente golpeado. Como le preguntase a una chica, en el paseo vespertino de los Campos Elíseos, su impresión sobre el París de hoy, la sintetizó agudamente a su manera, con un rayo de inteligencia natural en su semblante contrariado: “París está mal, no hay jabón”.

No se puede confundir la situación tolerable para el extranjero que cambia dólares y otras divisas solicitadas en el mercado negro, con la que afronta el pueblo francés, sometido a las fluctuaciones peculiares de su economía. Una comida de cuatrocientos francos en el Restaurante “La Source” o en el “Saint Michel” de la célebre avenida parisiense, clasificados en la categoría “D”, para clase media y trabajadores, sólo es apto para un paladar acostumbrado en cinco años de privaciones. De otra manera, precisa disponerse a gastar tres mil francos –aproximadamente cincuenta bolívares al cambio en el mercado negro –para poder disfrutar, sin las molestias de los cupones de racionamiento, de una buena cena de contrabando en los mejores restaurantes de los Campos Elíseos, donde no se puede entrar con cuatrocientos francos. Pero aún así, esta situación va superando rápidamente.

Todos estos detalles prometen ser sacrificios transitorios. La ciudad permanece intacta en su vieja alma clásica. Los teatros están abiertos como antes de la guerra; el movimiento intelectual surge renovado y poderoso, acicateado en la dura experiencia de los pasados sufrimientos; las galerías artísticas recobran su viejo esplendor. En resumen, cuanto constituye la herencia sentimental del pueblo galo se está levantando con energía inusitada de su doloroso lecho de postración.

Se respira ya un aire liviano, francés. La alegría ambiental, cósmica, parece disipar empeñosamente los nubarrones trágicos de los años de ocupación alemana. La Plaza de la Estrella, los Campos Elíseos, el Trocadero, las Tullerías, los jardines de El Louvre, la Cité, el Bois de Boulogne y Versalles –para citar lugares más conocidos –se presentas repletos de gentes alegres, curiosas de arte, de antigüedad y de redescubrimiento emocional. Se nota que la noble ciudad recupera su condición de “cita” de todas las gentes del universo. Resulta un desenfado agradable, elegante y familiar en todas las cosas. Estos días del verano en París se ofrecen, con su gracia antigua, como un sedante altruista para los viajeros fatigados y para las gentes remordidas o tristes.

El último domingo de julio –no litúrgico como los de Brujas, de que habla Rilke en “Turnes” –las gentes pacíficas y bondadosas de la ciudad y centenares de visitantes plenaban los caminitos, las orillas de los románticos lagos, los bancos y las partes más sombreadas del Bosque de Bolonia, como en una devoción del reposo, lejos de los recuerdos malos y de las pesadillas lúgubres de los años pasados. Un fin de semana inmejorable. Ágiles muchachas en bicicleta y románticas parejas perdidas en los frescos rincones que enmarcaban bonanza del día en aquella admirable antesala de la naturaleza gala. En la calle, en medio del mejor refinamiento de la gracias, el francés continuaba ratificando su fe y su amor hacia la vida en la natural e imprescindible liturgia del beso.

De la guerra, apenas se habla. No se acomoda a la sensibilidad de aquel pueblo el recuerdo insistente de la desgracia pasada. Sus pensamientos y sus acciones se dirigen hacia el objeto más real, más próximo y urgente del porvenir. No sé si resignados o gustosos, los franceses comparten estos primeros meses de liberación con las tropas y numerosos funcionarios norteamericanos y canadienses, quienes demoran bajos sus techos hospitalarios desde la invasión. La policía militar norteamericana se muestra bastante activa e interviene en la organización actual. No oí hablar de los alemanes, ni bien ni en mal. Prefieren los franceses no tocar el tema. Muchos prisioneros de guerra, los soldados corrientes, trabajan en las fábricas y en la obra de reconstrucción económica de la Nación, sin que se sientan asediados por la vigilancia de un cancerbero feroz. Devengan salarios humanos que les permiten atender a sus necesidades. Otros –quizás los que sobrellevan acusaciones de crueldad o de rapiña –cruzan en las mañanas y tardes las calles de París, hacinados sobre camiones descubiertos, huraños, silenciosos y como insensibles, con dos letras grandes bordadas en la espalda sobre el uniforme oscuro: W. P., abreviatura inglesa de prisionero de guerra.

En los momentos en que visitamos a Paría los salones de la Conferencia se aprestan a recibir las Delegaciones de las Naciones Unidas, para la discusión de la Paz. El señor de Gásperi, representante de la nueva Italia, ha llegado a la ciudad. Y lo que más me ha emocionado: he asistido al momento en que llegaban al Gran Hotel, en la Avenida de la Ópera, los Delegados chinos, muy elegantes y ceremoniosos, con su legión de secretarios y secretarias, de ojos oblicuos y caras relucientes.

En las redacciones de los diarios, en los cafés y en los paseos, la Conferencia de la Paz es el plato del día.

Un suceso personal es índice, de esta agitación: en Les Vignes du Seigneur, viejo restaurante de Monmartre, me han cobrado –anfitrión y tres comensales –diez mil francos por una modesta comida, en la que sólo destacan los palominos y el champaña. Un escándalo de precios. Hemos sido solícitamente atendidos, e, informados de nuestra procedencia, la orquesta típica compuesta por un violín, acordeón y piano, nos ha regalado con música suramericana, precedida de La Polonesa. En un intervalo de silencio, el mozo nos espeta respetuosamente: “¿Cómo se preparan para la Conferencia, señores delegados?” Muy poco hemos podido replicar, entre dientes, desconcertados. El muy fino servidor, de muy buena fe o con perspicacia muy francesa, adelantando posiciones para la propina, pretende, inopinadamente, anticiparse también a vernos atravesar los jardines de Versalles con los supuestos colegas chinos. Antes que los propios Delegados, nosotros, los tristemente simbólicos, hemos pagado en la fantástica noche de Monmartre el noviciado de una Conferencia, que no habremos, seguramente, de presenciar ni de escuchar. Una explosión de sabroso humorismo ha suscitado la sorpresa. Es éste el París de todos los tiempos y nosotros, los venezolanos presentes, pagamos también la entrada en la antesala del buen espíritu francés.


¿Por qué aman tan consecuentemente los hombres de todos los países a París? La respuesta sólo se elabora mirando al propio París. Tantos siglos de cita de distintas culturas en el viejo centro de la civilización occidental han permitido la sedimentación de cada uno de aspectos, las más de las veces objetivos, que encantan a los visitantes. Nuestros pueblos importaron tantas modalidades de la capital francesa, que luego olvidaron su cuna y las creyeron expresiones propias. Pero las vuelven a tropezar al correr de los años, con toda su gracia olvidada, hasta en los más humildes rincones y barrios de la ciudad. Yo no he encontrado ninguna diferencia entre los kioskos de baratijas, diseminados a todo lo largo de la Avenida de la Chapelle, o en el terminal del Boulevard Saint Michel, -el Boul Mich de los parisienses– con los desaparecidos gatos de la Playa del Mercado en Caracas. El mismo color, el mismo polvo y una idéntica técnica en la selección de los artículos. Desde las pálidas y dolientes comunes en los amoríos provincianos de la Venezuela de treinta años atrás, hasta los corbatines de lazo hecho, que se sujetaban al cuelo alto con un grueso broche de garfio. ¿Qué significan estos artículos paralizados en una venta destinada a los parroquianos? Nadie podría explicarlo, como tampoco hallaría la razón del quincallero para no legarlos al perol de la basura. Pero estos detalles tan imperceptibles como pintorescos, enlazados con otros, son el encanto de París. Es el encuentro con la otra ciudad lejana que ya olvidó su consecuencia con el modelo generoso. Viendo la cantidad de lujosos coches tirados por cabellos que trasportan en París, en Bruselas y en las viejas ciudades europeas, he recordado con nostalgia la única victoria que sobrevive en Caracas y se insinúa humildemente en la Plaza del Municipal, con el complejo de inferioridad producido por el cognomento de lechuza, otorgado por el ciudadano moderno, porque apenas quedó para las últimas estampas nocturnas de la bohemia caraqueña. Me duele pensar que, cuando Isidoro, el viejo cochero bigotudo, cargado de recuerdos y de complicidades, tome la senda anónima y niveladora del Cementerio General del Sur, habrá desaparecido el último vínculo entre el París de todos los tiempos y la Caracas afrancesada y versallesca de fines del siglo pasado.

Está intacto lo perdurable de París. Lo encontramos desde la tumba de Napoleón en Los Inválidos, hasta en la eternidad musical y divina de sus poetas y artistas en el sueño glorioso del cementerio de Pere Lachaisse. Sobre mármoles perennes, se entrelazaban las sombras de Musset, de Lamartine, y de un extraño huésped atormentado que allí buscó su asilo disolvente entre los huesos armoniosos de sus hermanos de locura: Oscar Wilde. Lejos ya del sueño de los eternos insomnes, consagré un recuerdo a Paul Verlaine, al borde de una copa de ajenjo, de su ajenjo, en la Rotonda, en su Rotonda… “¡Ah quand refleuriront les roses de semtembre!” Maestro…


Me contaba, con pena y emoción de hallazgo a la vez, mi fraternal compañero de viaje, el Teniente de Navío Cerveleón Fortoul Pineda, el curioso descubrimiento que hizo de una biografía del Libertador escrita en islandés y expuesta en la vitrina exterior de una vieja librería de Reykjavik. Fue para él una verdadera tragedia el no poderla adquirir, porque el comercio estaba cerrado y el avión a punto de partir. Un caso parecido me sucedió en París la mañana del domingo –una de estas claras mañanas en que con los hombres amanecen la esperanza y la fe– cuando la curiosidad me llevó a oir la primera misa de Notre Dame. A la salida, casi con el alba, crucé el puente de la Cité y me eché a andar como un sonámbulo por el paseo del Sena. Pasando frente a los clásicos kioskos de libros viejos, me detuve accidentalmente en uno, adornado con antiguos dibujos. En su vitrina cerrada, sobre una pasta de tela decadente, distinguí el nombre de Bolívar. Era la biografía de Marius André. Pero el mercader no aparecía. Sobre los empolvados techos de las casetas y los árboles de la avenida batía la deliciosa brisa matinal. Esperé largo tiempo, acodado en el malecón, mirando las aguas y los pescadores trasnochados entre los viejos botes, enarbolada la caña sobre el brazo pujante como una bandera fluvial. Miré a todos lados y no hallé el fruto de la madrugadora faena. Los peces no acudían a la cita mortal. La mañana parecía emerger más clara de los ojos de los curtidos hombres ribereños. Ellos y el río eran el mágico despertar de París. Quizás se sentían bien pagados con enmarcar el paisaje del Sena, luchando con sus designios, limpiamente amanecidos, sin ambición y sin desaliento, con esa bondad natural que sólo puede regalarnos la mañana sobre las aguas. Muchos siglos han repetido cotidianamente la misma historia. Bien vale París una misa, dijo el Rey, y la primera misa de Notre Dame, con el telón de fondo del apacible Sena y sus románticos exploradores, me compensó la pena de no haber obtenido el histórico recuerdo del Libertador. ¡Cuántas mañanas –pensé para resignarme– esperó, frente a la filosofía de estas aguas, trasnochado y errabundo, la aventura lejana y radiante, el atormentado caraqueñito de 1808!

El único desayuno de ese día fue el amanecer sobre el Sena. Más fuerte la emoción que el sueño, crucé frente al Hotel de Ville y me dirigí a Monparnase. Pienso que nada ha variado: allí están intactos, magníficos y elocuentes, como una lección de supervivencia amorosa, los viejos barrios, con sus parquecillos, calles y avenidas, más perdurables que el genio de todos los tiempos que los novelizó y que la poesía misma, surgida como una flor nocturna de sus viejos cafés y restaurantes; allí está el Medioevo, en su mejor expresión tangible, penetrando en los sentidos como una borrachera insensible.

Durante la noche de Monmartre siempre es Monmartre. Lo que el viejo barrio sobrevive es la decoración perdurable de la leyenda. La salida de la Estación del Metro de la Plaza Pigalle, el encuentro sorpresivo del Moulin Rouge y la perspectiva ascendente de la colina que lleva a la basílica del Sacre-Coeur, dan la impresión de un sueño iluminado. Especie de brusco despertar en un Monte Piedad caraqueño, eufórico, borracho, musical, con la natural distancia de la pátina, la historia y la novela. Al encuentro de cada morada secular, da la impresión de estar frente a una mansión impenetrable de espíritus malignos. Si llegaran a faltar los viejos apaches legendarios, como un sello clásico del barrio, no menos lucido papel representan las cantidades de tipos aventureros, de nervudos brazos tatuados, quienes invaden los cafés y se sientan en sus mesas, en una verdadera orgía de Armagnac y frases oscuras inconexas. Debo confesar que apenas es un heraldo de otra edad esa novelización macabra que acompaña a Monmartre. Al contrario, sea por la presencia de la Policía Militar Norteamericana, o porque en la natural evolución de la ciudad, la vieja realidad ha sido superada, las noches permiten hoy curiosear sin temores ni grandes complicaciones, la evocadora perspectiva del romántico barrio con su hermosa Plaza Jean Baptiste Clement y aquella Rue de Saint Eleuthere, que alberga la Comuna Libre del viejo Monmartre, como en una suave territorio del sueño. En la casa Nro. 4 de la Calle Saint Rustique descubrí toda una peña de artistas instalada en la más antigua romántica botillería: “Chez ma Cousine”. Una noche, a nuestro lado, anónimo entre los concurrentes alegres, parecía hilvanar su mundo sobre la iluminada copa de ajenjo, Eric Von Stroheim, uno de los mejores actores de la pantalla francesa.

Abandonamos a París en una madrugada, alegremente confiados en la inmortalidad del espíritu de Francia. Días antes –ya lo dije– habíamos visitado Los Inválidos y el Cementerio de Pere Lachaise. En ambas moradas de la muerte, parecía flotar para la vida de un pueblo el acicate perdurable de los héroes de la acción y del pensamiento. Inclinados sobre el hundido mármol napoleónico, se fortaleció nuestra fe en la noble pujanza francesa. Y allá lejos, en lo desconocido, desde su diabólico mundo de locura y delirio. Arthur Rimbaud continuaba “lanzando uvas ardientes sobre las bahías”. Antes de traspasar las puertas de la ciudad alucinante, el madrugador pregonero dejó caer en nuestras manos un diario cualquiera. Nuestras miradas se detuvieron en la caricatura, alusiva a la Conferencia de la Paz. En primera plana, como un editorial a tres columnas, se dibujaban la Torre Eiffel y una paloma con la rama de oliva en el pico, pugnando por entrar bajo la cúpula. Al pie, aparecía esta leyenda: “¿Logrará entrar, ahora, definitivamente?” Sin hacer caso de sus propios quebrantos, cual olvidada de sus dolorosas privaciones, Francia continuaba, como en sus grandes días de creación y de alegría, avizorando maternalmente el dramático horizonte de la humanidad.

Si esa rama de oliva se hiciera árbol inexpugnable, olivar eterno, con la paloma volando sobre sus campos dulces y sus idílicas aldeas, Francia recobraría su paz y su alegría, que hace siglos vienen siendo la paz y la alegría del mundo.

Mar Atlántico, a bordo del “Nueva Esparta”.

30 mar 2010

A la sombra de las muchachas en flor


Continúo con mi osadía de leer a Proust. La misma se me viene en caída libre, es decir, si ya pasé por Por el camino de Swann, lo más lógico es que continuara mi atrevimiento con A la sombra de las muchachas en flor. Hasta ahora no me he rendido ante la monumental obra. Tendré que esperar al tercer, cuarto o siguientes tomos a ver si sucumbo ante la tentación de dejarla a un lado. Dada a su complejidad, me atrevería a decir que mientras uno se lee el segundo tomo, fácilmente pudieran leerse tres o cuatros novelas de mediano o largo aliento, y esto, más allá del hecho meritorio de acumular lecturas para la historia personal de cualquiera, redunda sobre el esfuerzo que requiere enfrentarse a cada página de En busca del tiempo perdido. Ya lo decía en la minúscula reseña que hiciera de Por el camino de Swann, el texto ofrece un sublime placer en el acto de lectura que sobrepasa la dificultad del mismo.




Antes de entrar escuetamente al tomo A la sombra de las muchachas en flor, bien le comentaba a alguien que ya leyó la obra completa, que he descubierto en Proust, en su obra, el mejor ejercicio de lectura que uno pudiera hacer. Pasar por sus páginas, buscar el entendimiento, la concentración y la debida interpretación de lo que emana su narrativa, es sin duda, un logro absoluto, al punto, que después de leer a Proust, cualquier libro –al menos de narrativa – se me antoja de fácil acceso sin caer en desmérito alguno.


Swann y Odette, como era de esperarse, dan paso a la historia que continúa en A la sombra de las muchachas en flor. El narrador deja a un lado el interés por Gilberta, la hija de Swann, y se centra en una hermosa desconocida, Albertina, cuando la ve junto a otras muchachas en el balneario de Balbec. Habrá que ver en la continuación de En busca del tiempo perdido, si es tan relevante todo lo que dedica Proust en este tomo a Albertina, como a la inmediata reminiscencia de si Forcheville se acostó o no con Odette y si no son más que pequeñas historias, despliegues narrativos seguramente necesarios, para después develar el verdadero sentido de la obra. Aún me falta mucho para llegar a esto. No obstante, Proust cuela su pensamiento discretamente cuando dice: “La causa de que una obra genial difícilmente sea admirada en seguida es la de que quien la ha escrito es singular y pocos se le parecen. Su obra misma, al fecundar las pocas mentes capaces de comprenderla, es la que los hará crecer y multiplicarse”. La historia ha señalado hasta la saciedad que En busca del tiempo perdido fue rechazada en las primeras de cambio. Incluso André Gide, sí el propio Gide, lector de lujo de la editorial Gallimard, dijo al devolver el libro a su editor: “No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”.


He tomado infinitas notas de A la sombra de las muchachas en flor, no obstante, en mi obstinación por ser breve en mis reflexiones de lecturas para que los lectores blogueros no huyan despavoridos por la extensión de las mismas, me doy cuenta nuevamente de que es imposible condensar en una cuartilla, todo lo que se desprende de esta obra inconmensurable. Por ello cierro esta reseña dándole paso ya a la lectura de El mundo de Guermantes y citando menos de la cuarta parte de las interesantes ideas que anoté de A la sombra de las muchachas en flor.



Y entonces me pregunté si la originalidad prueba de verdad que los grandes escritores son dioses cada uno de los cuales impera en un reino propio y exclusivo o si no habrá un poco de fingimiento en todo eso, si no serán las diferencias entre las obras resultado del trabajo más que expresión de una diferencia radical de esencia entre las diversas personalidades.

Así ocurre con todos los grandes escritores, la belleza de sus frases es imprevisible, como lo es la de una mujer a quién aún no conocemos; es creación, ya que se aplica a un objeto exterior en el cual –y no en sí – piensan y que aún no han expresado.

Quienes producen obras geniales no son quienes viven en el medio más delicado, quienes tienen la conversación más brillante, la cultura más extensa, sino quienes han tenido la capacidad de volver su personalidad semejante a un espejo, de tal forma que su vida se refleje en ella, pues el genio consisten en la capacidad reflectante y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.

El hábito forja tanto el estilo del escritor como el carácter del hombre y el autor que se ha contentado varias veces con alcanzar en la expresión de su pensamiento cierto atractivo planta así para siempre los hitos de su talento.

Así como los sacerdotes que tienen la mayor experiencia del corazón pueden perdonar mejor los pecados que no cometen, así también el genio que tiene la mayor experiencia de la inteligencia puede comprender mejor las ideas más opuestas a las que constituyen el fondo de sus propias obras.

Una lengua que no conocemos es un palacio cerrado en el que aquella a quien amamos puede engañarnos sin que –al habernos quedado fuera y desesperadamente crispados con nuestra impotencia– podamos ver nada, impedir nada.

El tiempo de que disponemos cada día es elástico; las pasiones que sentimos lo dilatan, las que inspiramos la encogen y el hábito lo llena.

Todos sabemos, cuando hemos dejado de amar, que el olvido e incluso el recuerdo vago no causan tantos sufrimientos como el amor desdichado.

Habitualmente vivimos con nuestro ser reducido al mínimo; la mayoría de nuestras facultades permanecen adormecidas, porque descansan en la costumbre, que sabe lo que se debe hacer y no las necesita.

La fealdad es una sucesión de hipótesis que la fealdad reduce.

El interés de la especie es el que guía en el amor las preferencias de cada cual.

La diversidad de los defectos no es menos admirable que la similitud de las virtudes.

Las cosas que más procuramos rehuir son aquellas que acabamos no pudiendo evitar.

Para infundir ilusión en un primer momento, adoptamos en gran medida un aspecto y actitudes que nos son ajenos, pero que nos gustaría tener.

28 mar 2010

La huella del bisonte


Dentro de mi lista de tareas –lecturas– pendientes estaba el libro La huella del bisonte, la primera novela del ínclito amigo Héctor Torres. El mismo que hace un par de años atrás compartía opiniones de lecturas y recomendaciones varias en una reconocida emisora de la capital. Ahora puede oírsele los días martes al mediodía en la 97.7FM haciendo lo propio, dando siempre un buen comentario y hallándole respuesta a todo –o casi todo– lo concerniente al mundo de la literatura.

Su novela asiste a la experiencia de cambio de unas jóvenes adolescentes que dan sus primeros pasos al encuentro amoroso, alma y cuerpo incluidos. Gaby y Karla, dos estudiantes de bachillerato y amigas no tan inseparables, acuden a su primera experiencia sexual con hombres ya ganados en caminos de este tipo. Surgen así sus incertidumbres, sus dudas y contradicciones morales, sin dejar de reconocer la delicia que les resultara de esa primera vez, en donde
“el sexo es un placer en tanto ofrece vértigo, riesgo”.

Ambas asumen el riesgo y comienzan a vivir sus propios dilemas tan propios de la edad, tan legítimos cuando dos cuerpos se encuentran desprovistos de toda ropa, y uno de ellos, el femenino, acude a sus primeros estallidos hormonales. Cada personaje está bien delineado en cuanto a diálogo y actitudes se refiere, y sin duda, lo más relevante de La huella del bisonte, no es tanto el tema que aborda, que de por sí siempre será interesante y puede recordarse en otras obras literarias, como en Lolita de Nabokov, sino la manera, en el evidente despliegue narrativo que Torres desarrolla en su novela dentro de un contexto moderno, juvenil, y en donde la ciudad de Caracas es testigo de las historias de Karla y Mario por una parte, y Gabriela y Álvaro por la otra:
“…esa ciudad sin estrellas ni libélulas, son ellos, junto a las ratas y los perros callejeros, los sobrevivientes de ese paisaje lunar en que se convierte el centro de Caracas cuando cae el toque de queda del instinto”.

Mario, que tiene mayor protagonismo en la obra que Álvaro, también entra en contradicción consigo mismo después de aquel extraño pero delicioso encuentro con Karla –la amiga de su hija. Comienza a atormentarse por lo que hizo, criticándose por haber cedido ante su instinto y ante la hermosa y firme desnudez de la quinceañera que se sumaba dos años de vida para sentirse más mujer.

En la novela hay sexualidad de sobra trazada con fino tacto, sin caer en la mojigatería pero sin pasar el límite superior que raye en lo obsceno. La huella del bisonte te hace tragar grueso en determinados momentos, tal como si el lector estuviera escondido tras una puerta de romanilla a través de la cual lo ve todo, o echando una mirada indiscreta por un huequito, por el ojo mágico de la puerta transfigurada en palabra precisa, en narrativa bien pensada.

Hace casi dos años mi compañera y colega Linsabel Noguera hizo también una reflexión sobre el texto, pueden leerla aquí.

25 mar 2010

Breve manual (ampliado) para renococer minicuentos


Concisión, brevedad, y sobre todo, capacidad de síntesis, son algunos de los elementos que se necesitan para lograr un mini cuento. Cómo determinar que se está frente a esta categoría “des-generada” (concepto utilizado por la autora para demostrar su carácter proteico) y no frente a un poema en prosa, un aforismo, un chiste, una receta de cocina, entre otras categorías, que Violeta Rojo incorpora en su Breve manual (ampliado) para reconocer mini cuentos. Esta es una de las incógnitas que el libro despeja para evidenciar esa “literaturidad” –bien ganada por cierto– en los mini cuentos.


El análisis es de fácil asimilación para cualquier lector, especializado o no en la materia, lo que sin duda le agrega un valor extra en el sentido de amplitud e impacto para cualquiera que se acerque a sus páginas. El libro, que además de hacer honor a la “brevedad” y se gana con fundamento el de “sustancialidad”, tiene una muy buena selección antológica de mini cuentos de autores que han explorado este “des-género”: Anderson-Imbert, Julio Cortazar, Oswaldo Trejo, Cabrera Infante, Huidobro, entre otros.


Es innegable, y esto es uno de los elementos admirables del mini cuento, es que un buen texto de este “des-género” es contundente y no se anda con rodeos retóricos. Breve manual… fue publicado originalmente a mediados de los años noventa y esta “ampliación”, se corresponde con algunas reflexiones que Violeta Rojo hizo con el tiempo sobre su propio trabajo, para añadir más luces sobre este género despreciado por algunos y aplaudido por otros.

23 mar 2010

Cometas en el cielo

Hace poco más de un año vi la película “Cometas en el cielo”. Recuerdo que quedé impresionado con la misma, por lo dura que resultó ser al mostrar la terrible realidad de Afganistán dentro del contexto de la trama y que irremediablemente remite en mayor o menor grado a su actualidad.

Hace un par de días terminé de leer la novela, digamos, el texto original Cometas en el cielo de Khaled Hosseini, vi nuevamente la película y debo decir ahora que la adaptación es aceptable. No obstante, el libro es superior. Más allá de la omisión en la película de un capítulo fundamental y desgarrador de la historia, el mensaje en términos generales es fiel al texto, tanto así como los personajes que te hacen padecer las penurias de un país sumamente rígido e impenetrable en su cultura.

Amir y Hassan son dos niños de etnias antagónicas que por razones del destino crecieron juntos bajo el mismo techo (Pastún y Hazara respectivamente). En ellos se centra gran parte de la historia junto a Baba, padre del primero y patrón del segundo, un hombre duro, con firmes convicciones en cuanto a lo que es el bien y el mal; un hombre orgulloso que da todo por ambos infantes y que por encima de cualquier cosa el honor es lo primero.

Llega la invasión de los rusos al pueblo afgano y Baba junto a su hijo, se ven en la necesidad de buscar refugio, de huir lo antes posible a otro país para mantenerse con vida. A través de los años terminan en California y desde allí, muchos años más tarde, Hassan siendo ya un hombre se ve en la imperiosa necesidad de volver a Afganistán para arreglar cuentas con el pasado, con la triste historia que lo atormenta y que lo lleva a buscar frenéticamente a Sohrab, un niño abandonado en un orfanato y que es víctima de las aberraciones de los talibanes.


Cometas en el cielo es un libro conmovedor, que mueve las fibras del alma de cualquiera. Contado con maestría desde la pluma de un escritor que tiene su mente y espíritu en la cultura y formación afgana. Esta novela te muestra el lado limpio de la fidelidad y la amistad, así como el lado oscuro cuando el miedo invade el corazón de todos. No hay desperdicio alguno en esta espléndida novela, que después de hacerte disfrutar en las alturas del colorido encuentro de las cometas, te baja de golpe a tierra, al blanco y negro más acentuado de las miserias humanas.

22 mar 2010

Bébeme


El 22 de abril de 2008 publiqué esta foto con el poema adjunto. Casi dos años después, vuelve arder El Ávila.

bébeme

créeme agua

un sinuoso líquido de trampas


bébeme

hazme prisionero

dame el placer de recorrer tu cuerpo

y sentir la caída libre

en el patio trasero de tu lengua


bébeme

deglute mi alma

convéncete que sin mí

no eres nada


bébeme

sé tierra árida y seca

yo me encargaré de humedecer tus comarcas


bébeme


lentamente

apagaré el frío intenso

de tu fuego



El Ávila, domingo 21 de marzo de 2010. 7:00pm.

19 mar 2010

Desgracia


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Por alguna razón desconocida, el libro Desgracia de Coetzee se me escabullía de la compra y una vez ya con él, de la lectura. Pero por fin leí esta novela tan comentada por muchos y buenos lectores. Son tantos los análisis que se han hecho de esta dura y formidable novela, que lo que diga será llover sobre mojado –me aprovecho de la lluvia que por fin cayó sobre Caracas.

David Lurie, un hombre divorciado de edad madura y profesor universitario, pasa sus buenos tiempos de ocio disfrutando del placer del sexo gracias a los servicios bien proporcionados por Soraya, una prostituta que de un momento a otro desaparece. Lurie continúa impartiendo sus clases universitarias a un grupo de jóvenes que no muestran el mayor interés por lo que dice y muchos menos por él, salvo Melanie Isaacs, una estudiante con la cual vive una aventura, hecho que lo llevará prontamente a ser destituido de su cargo académico dada la denuncia que Melanie hace ante las autoridades de la universidad.

Esto es apenas un abrebocas de lo verdaderamente impactante dentro de la trama de la novela. Lurie se ve obligado a partir de Ciudad del Cabo y termina refugiándose en la hacienda de Lucy, su hija, y es justo allí donde comienzan las verdaderas desgracias a pulular por doquier. La novela es relativamente corta, digamos, de aliento mediano, no tan extensa. Sin embargo, son varios los aspectos filosóficos que de allí pueden comentarse a pesar de la sencillez de la trama. Como punto fundamental en este sentido, está la relación paternal de David con su hija, la cual es terrible, desagradable y conflictiva. Existe entre ellos un distanciamiento que no tiene que ver en absoluto con lo corpóreo, sino con lo emocional y afectivo.

Lurie intenta congraciarse con ella pero todo intento es inútil. Luego sucede un terrible hecho que marcará para siempre sus vidas, situación que impone un eterno desasosiego en su día a día, e incluso en el proceso de lectura. Esto a la vez da rienda suelta a otro elemento presente en la novela, enmarcado tal como comenté anteriormente dentro cierto aspecto filosófico y que tiene que ver con el racismo, con este aberrante sentimiento que sin duda aún existe más allá de la frontera ficcional de Desgracia.

Como padre, David estalla ante la intransigencia de Lucy al no querer abandonar su hacienda, lo que ella considera su vida. En muchas ocasiones como lectores-espectadores estamos de acuerdo con el desesperado padre, puesto que el razonamiento que hace de la terrible situación que viven es más que acertado. Empero, Lucy discute con él y logra contra argumentarlo dándole otra visión, otro punto de vista que va más allá del machismo, de la justicia y el orgullo que aquel siente perder cada vez que discute con su hija. Esto último como añadidura a que David Lurie viene a representar a ese hombre sudafricano de piel blanca, que siempre creyó tener el poder absoluto de todo y sobre todos los que fueran distintos a él, en un país de contrastes severos en donde el apartheid quedó en un triste pasado y los negros igualados a los blancos.

Para ocupar su tiempo en algo –lo cual también le da mayor morbo al texto–, David termina ayudando a un grupo de personas en una clínica en donde le aplican la eutanasia a perros abandonados. El nudo en la garganta se apreta cada vez más ante la descripción y la narrativa que Coetzee aplica en este triste pasaje de la novela: “Como es Bev Shaw quien empuña la aguja y la clava, es él quien se ocupa de disponer de los restos. A la mañana siguiente a cada sesión de matanza, viaja con la furgoneta cargada al recinto del hospital de los Colonos, a la incineradora, y allí entrega a las llamas los cuerpos envueltos en sus negras bolsas”.

Resulta complejo hablar de esta novela en tan sólo una página. Desgracia va de muchas cosas, las cuales de una u otra manera te quitan la esperanza, te hacen vivir las complejas situaciones de los personajes como si fueran reales. Es una lectura que muestra –en parte–la maldad del ser humano en un sistema invisible pero que está allí, circulando a base de inclemencia y terror.


16 mar 2010

Rubayyats


Hay muchas maneras o intentos de hacer poesía, lo que nos lleva irremediablemente a decir que hay poetas con una clara definición de estilo. Están los que se apoyan en las comas y puntos para marcar silencios e intensiones; también hay los que prefieren omitir por completo estos elementos, para que sea el espacio, la distancia entre líneas, los que determinen un silencio necesario o una firme intensión de sentido; están los poetas que se apalancan en la extensión del poema, rimbombantes de retórica y sonoridad –a veces forzada– para ganarse lo más importante que al fin de cuentas es la atención lectora y, obviamente, los hay quienes se apoyan en la brevedad, bien sea del tamaño de un haikú o de métrica perfecta tal los rubayyats.

Este es el caso del libro homónimo del poeta Eleazar León, Rubayyats, lo cual me lleva a recordar, tanto de los encuentros casuales de pasillo o dentro del propio salón de clases, su palabra en muchas ocasiones rimada (asunto ya de su propia naturaleza) y la destreza con la que recitaba de memoria versos propios y ajenos. Comprendí con el tiempo que esa es la inmanencia del poeta, característica de quien se entrega a ese sagrado oficio de hacer poesía. En este poemario vemos desde el primero hasta el último rubayyat, un trabajo, una decantación de la palabra que se evidencia madura, sin ningún tipo de arrogancia. Tal vez para algunas generaciones más jóvenes que la de Eleazar, resulte algo anacrónico leer esta poesía perfectamente rimada y enmarcada en sus cuatro versos endecasílabos. No obstante, es una lectura necesaria para quienes le interesa la poesía, más allá de los muchos o pocos años que se tengan. Este poeta pertenece al panteón mayor de nuestra poesía venezolana, y Rubayyats, es un rescate, es volver a una tradición de siglos pero desde la palabra de un poeta del siglo XXI.


Leer poesía y en especial este poemario, más allá de las imágenes, metáforas y alegorías a las cuales remite, es un ejercicio de lectura que sobrepasa el necesario entendimiento para establecerse en un nivel superior al cognoscitivo. Por ello mismo, como bien dijo el propio Eleazar en la contraportada de Rubayyats, asumiendo este ejercicio poético como un “riesgo”, señala que lo hizo “…por soñar, por abandono de novedades que han extenuado las palabras…”.


Eleazar León partió físicamente en agosto de 2009, dejando un extenso legado poético que pueden hallar en medios físicos y virtuales, razón por la cual no me extiendo en recordar su bibliografía poética. No obstante, los invito a leer Rubayyats con los oídos muy abiertos, y escucharlos con ojos atentos, parafraseando a Octavio Paz en cuando a su manera de leer poesía. Son 317 rubayyats que van desde lo más delicado hasta lo más contundente de la palabra, y para aquellos que tuvimos la suerte de conocerlo, es escucharlo nuevamente.


Un mínimo aperitivo de Rubayyats:


No te diré perdóname. Si callo

es por decirte, amor, donde me hallo

con los labios más mudos del suplicio

que ya perdí la guerra que batallo.

12 mar 2010

Suicida ¿afortunado?

El Metro de Caracas es, y será siempre, una fuente inagotable de historias, algunas conmovedoras y otras terriblemente patéticas, dignas de un orbe decadente. Por otra parte y por razones que desconozco, yo me transformo en una especie de imán que atrapa los más pintorescos episodios que se presentan cada vez que acudo a tan necesario medio de transporte citadino. Esto sucedió ayer jueves entre las 6 y 7.30 de la noche en una de las estaciones más congestionadas de la tríada de líneas subterráneas. La cosa va más o menos así:



Estaba de segundo en la cola para abordar el próximo vagón. Delante de mí había una mujer de edad madura (clasificación de amplia edad para dar rienda suelta a la imaginación). Todos esperábamos con ansiedad a ese gusano de metal que atraviesa Caracas ahora vestido con publicidad del estado. La mujer sacudía con fuerza su abanico y alguna reminiscencia de la ventisca llegaba a mi sudoroso rostro. Llega el vagón, repleto, pero llega. Abre sus puertas de par en par y justo en la entrada hay un hombre semi acostado, sí, echadote hablando con alguien vía celular. El tsunami de gente empieza a pujar hacia adentro y la mujer le da una patada y le dice “levántate abusador”, mientras el hombre hacía las veces de policía acostado por el que pasaban muchísimas piernas de adentro hacia afuera y viceversa.


Logro instalarme en la mitad del vagón y con el desafío de pasar entre la gente para ganarme un lugar, no me doy cuenta que el sofoco es peor, que el aire acondicionado está pagado. Un individuo con cara de muchacho reparte marca libros con mensajes cristianos. De pronto, el hombre que estaba acostadote, casi en la pata de mi oreja, grita “buenas noches” dejando en el ambiente una fuerte fragancia etílica, mezcla de cuanta bebida espirituosa sea posible. Nadie responde y el hombre insiste, “buenas noches”…”Gracias”… responde, cuando todos con caras largas y agotadas entran en las normativas de buena educación. “Les voy a cantar una canción de mi propia inspiración, no se crean, no es fácil, me quedé sin empleo y me veo en la necesidad de hacer esto por primera vez”.


Tremenda voz, no puedo negarlo, lo único es que la canción de “su propia inspiración” era una ranchera de Vicente Fernández. Hubo algunos aplausos, una que otra moneda y después continuó con su repertorio: “señores, yo soy salsero, así que ahí les va ésta…y un, dos, y un dos tes…La ex señorita, no ha decidido qué hacer….en su clase de geografía…” El cantante del vagón se transformó en Rubén Blades, qué maravilla, una de las personas que más respeto y admiro por razones que no vienen al caso. Todas las personas que venían en el vagón terminaron coreando: “Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, Ave María…”


El curioso momento se esfumó cuando de pronto el parlante del tren anunciaba la frase que a tantos aterra, prefabricada sí, pero con tan sólo escucharla, ya se sabe lo que viene: “Se les informa a los señores usuarios que …” Rubén iba a interpretar otro de sus clásicos y después de escuchar el parlante dijo: “coño, mejor me bajo aquí, buenas noches mi gente…” La frase del operador concluyó así “…por motivo de arrollamiento, la estación Chacaíto no está prestando servicio comercial…”


En resumen, esperé inútilmente en el andén; luego caminé por el iluminadísimo boulevard de Sabana Grande hasta Cacaito; ríos de gente iban en ambos sentidos. Años sin hacer ese recorrido. La Santa María de las estaciones abajo, volví a esperar. No tenía caso intentar subirse a algún autobús. Mucho tiempo después dieron acceso a la estación. Allí estaban los paramédicos, el tumulto de personas intentando ver al occiso. Alcancé oír algunos aplausos en respuesta a lo que dijo algún empleado del Metro: “Está vivo…! Dios, pobre hombre –pensé. Intentó suicidarse lanzándose a los rieles y quedó vivo, disculpen la expresión, pero qué mala leche tuvo. Hacer eso y quedar vivo, maltrecho para toda la vida, defectuoso seguramente de unas cuantas habilidades motoras y ni hablar del impacto psicológico.


En el tren, alguien que estuvo más cerca de los hechos decía: “el carajo tendrá entre 25 y 30 años, parece que tiene problemas económicos”. Imagínense ustedes, la ciudad quedaría vacía si todos sucumbiéramos por esto. No se diera abasto el Metro. Supongo que ahora el desdichado tendrá más problemas económicos, porque le tocará pagar el respectivo tratamiento que le toque, y si el problema fuese por un terrible despecho, pues peor, creo que la mujer huiría despavorida después de semejante acrobacia. Sin duda un suicida ¿afortunado?.

10 mar 2010

La otra isla


Empecé a leer La otra isla con descarada ansiedad, atendiendo a los innumerables comentarios positivos sobre esta novela de Francisco Suniaga. A medida que pasaba las páginas, me di cuenta por qué de los bien merecidos aplausos. Ya el título insinúa ese elemento alterno, esa otredad tan propia de los humanos, que en este caso, es llevada a la tierra, a un lugar que muestra su mejor cara al turista –y a los propios también– pero que sin duda el día a día evidencia otras realidades.


Todo transcurre en la Isla de Margarita, lugar que muchos venezolanos conocemos como un paraíso turístico que siempre figura como alternativa para pasar las vacaciones. No obstante, para aquellos que hemos tenido la suerte de visitarla, podemos darnos cuenta sin mayor cota de malicia, que hay mucho descuido considerando la isla como referencia para el disfrute, la contemplación y el ocio, tanto nacional como extranjero. En el texto, que es lo que atañe, esto puede verse sutilmente mezclado con la narrativa del autor, que partiendo de la muerte de un alemán que se enamoró del paradisíaco lugar (Wolfgang Kreutzer: “Gorfan” para los nativos), se desencadenan los hechos que dan forma al libro.


La inesperada muerte de “Gorfan” en playa El Agua frente a su local Nordsee, trae a estas tierras a su madre, Edeltraud Kreutzer, quien vivirá en carne propia las penurias del manejo de asuntos judiciales en el trópico, en el Caribe, en donde los policías y funcionarios no son más que ornamentos de la sociedad, que al fin de cuentas, quieren disfrutar de la vida, pasársela bien sin mayor esfuerzo, “…en una isla caribeña de clima benigno y personas amables pero, adosada a ella…, otra isla donde la violencia era una savia que alimentaba lo cotidiano y se movía oculta bajo la aparente docilidad de la naturaleza y bondad de la gente …La isla de la violencia, la isla de la lluvia que inunda…(de) muerte prematura y cotidiana, muerte joven, muerte pobre, muerte que cada sábado y domingo sigue la línea divisoria de las grotescas diferencias sociales”.


Por otra parte, el protagonista y abogado, José Alberto Benítez quien le tenderá la mano a Edeltraud a solicitud del canciller alemán, tratará de resolver la misteriosa muerte de Wolfgang, mientras en su vida personal vive a través de un sueño, un hecho curioso que tiene que ver con lo literario. Su amigo y psiquiatra, Pedro Boada, lo ayudará a descubrir de quién es el poderoso párrafo en inglés que el subconsciente le dicta a Benítez con fuertes reminiscencias de Conrad. En lo particular esto me sorprendió y me gustó mucho en su develamiento al final de la novela.


También está presente la pasión desmedida que despierta una esbelta alemana en un hombre del caribe, combinación que siempre llamará la atención de los lectores y que en el entramado de la historia, generará dudas y suspicacias en cuanto a la muerte del alemán. Richard, ese empleado de Nordsee que sucumbe ante las dotes germánicas de Renata, la esposa de Wolfgang, abre paso a esos personajes populares de la isla de Margarita para luego llegar a uno de mucha importancia en la historia: Fucho, quien se convertirá en el maestro de peleas de gallo de Wolfgang.


Este último punto, el de las peleas de gallo, merece mayor atención, no sólo por la espléndida narrativa con la que Suniaga sumerge al lector en ese mundo que para muchos nos resulta desconocido, por la descripción fotográfica y detallada cuando se enfrentan estos gladiadores de pico y espuelas, sino además, porque no recuerdo que en alguna novela venezolana se describa con tanta precisión y destreza literaria, todo lo que tiene que ver con esta actividad, que por salvaje que parezca, está fuertemente arraigada al acervo cultural de muchos lugares del país: “La sangre brotó tan abundante y violentamente que pudo haberse desangrado por completo antes de caer al suelo. Dio una vuelta sobre sí, convulsionó un par de veces y se quedó inmóvil, a mis pies. La muerte fue tan rápida (gracias a Dios) que mi zambo ni siquiera la vio venir y en los ojos se le quedó congelada la mirada de campeón…”


Wolfgang toma tal afición a las peleas de gallos, que el propio Fucho, llega a decirle que es el mejor preparador que haya conocido, y es tal su pasión, que crea un diario, una libreta de anotaciones en donde detalla todo su proceso de aprendizaje, volviéndose un adicto, afirmando con el pasar del tiempo “necesito más” de las peleas de gallos. Si me pidieran que mencionara las diez mejores novelas venezolanas de los últimos años, no dudaría en mencionar La otra isla de Francisco Suniaga, que por cierto ya va por su séptima edición. Una novela trabajada con maestría.

9 mar 2010

Venezuela es una moto


No sé si decir que Venezuela anda en moto o decir que Venezuela es una moto. Para los efectos de lo que voy a decir la metonimia creo que le va bien. Va en moto por su imprudencia, porque va en el canal rápido sin casco y en el mejor de los casos, lo lleva de adorno en el codo, que geográficamente se me antoja en la coyuntura de la “zona en reclamación”. ¿De verdad aún estamos reclamando ese inmenso pedazo de tierra? Tamaña insensatez si es así, puesto que con la tierra legítima –la que tenemos desde antaño –no hemos logrado mayor caso: caos y desidia aflora por doquier.

Y es que no solamente lleva el casco en el codo –o se cree moto –sino que, juega al zig-zag entre los demás habitantes para ver quién frena primero para darle paso hacia un rumbo incierto, porque en ocasiones, tal como puede notarse en la autopista y en las principales avenidas (las mismas que colapsan a toda hora) a veces va en sentido contrario: sin casco, de espaldas al futuro, como decimos aquí “comiéndose la flecha” y con una o más personas de parrilleros, que haciendo la analogía, serían esos países del combo bolivariano al cual el estado les da la mano, lo cual sería loable siempre y cuando nuestras prioridades, necesidades y problemas estuvieran resueltos. Bien dice el refrán “luz para la calle y oscuridad para la casa” (valga lo textual y lo simbólico).


Es una moto porque se estaciona donde sea, como sea y porque “me da la gana”, actitud típica de la mayoría de los motociclistas que recorren la ciudad, como un enjambre de avispas culonas que pueden picar a cualquiera que se les atraviese y pobre de aquellos que se atrevan a defenderse, puesto que la colmena motorizada no conoce de leyes y menos aún de diálogo. Venezuela es una moto por eso, entre otras cosas, porque su representante, el mismo que fue elegido por mayoría, cose y descose lo que tanto trabajo se ha ganado el ciudadano con su trabajo, llevándose por el medio cuanto protocolo ha creado la democracia para el beneficio de la sociedad y lograr con ello el tan necesario consenso en el que todos caben.



Echa humo de rabia, bastante –digo, Venezuela –tal vez por la impotencia de los que la queremos. Está contaminada, tanto por las motos o porque lamentablemente la sequía nos tiene locos a toditos y el olor a incendio forestal nos da los buenos días cada mañana y por si no lo han notado, nos acompaña por las noches, llenándonos de ese betún natural que puede verse en el piso de la casa, en el techo del carro o en la repisa de adornos en donde están las fotos de la familia.


Venezuela es una moto porque nos ha expropiado la tranquilidad de ir sentado en tu vehículo sin temor a que te roben, o si se es peatón, a que no te arrebaten lo que llevas en la mano y te adjunten un disparo en cualquier parte del cuerpo. Y es que el desagradable término, al menos para mí, ese de “expropiación”, más bien suena a robo, a trampa, a que si tú te partiste el lomo por muchos años, hoy puede venir cualquiera y decir esto es mío, así de fácil, como si tan sólo el país viajara en moto y con estirar la mano y a buena velocidad, te arranquen lo que llevas contigo. Incluso, parece que la expropiación llega a los linderos ortográficos, puesto que como ven en la foto, al autor le expropiaron la “V” y echó mano de sus recursos, y si le aplican lo mismo con la “B”, con la “G” y un pote de pintura también resuelve.