9 sept 2011

Cocoon

Mi país rumia en secreto

el agua de los desastres

desencaja los dientes de las alas y rumia

los dientes que desangran

mucho más

que los remos

de un náufrago.

Hesnor Rivera


El impertinente sonido del teléfono celular haciendo las veces de despertador, no pudo cumplir con su función esa mañana. Cuatro detonaciones entraron en la habitación con la violencia de un enjambre de zancudos zumbándome al oído buscando alimento o interrumpir por capricho u ocio animal, mi sueño profundo. Eran las cinco de la mañana, para qué esperar treinta minutos, así me rendiría más el día. Me puse mi atuendo deportivo, audífonos listos y a trotar mis respectivos 5K para combatir el sedentarismo que toda oficina obliga.

Aún todo estaba oscuro; la avenida parecía estar dormida todavía, su flujo vehicular era casi nulo; pocos aventureros caminaban por ahí rumbo a sus destinos; en la esquina de enfrente un borracho tirado en una extraña posición, dos perros estaban cerca de él pero mantenían una distancia prudencial, tal como si una barrera invisible se los impidiera. Olisqueaban algo que no logré ver qué era.

Llegué a la pista de atletismo con más energía de lo normal. Aunque me haya levantado media hora antes, el hecho de que no sonara el ring tone X, estridente y bullicioso, es un alivio. Uno le toma idea incluso a los sonidos, forman parte de tu día a día. Y ese en particular, el que te dice, “fulanito, levántate y anda”, no es precisamente un canto de ángeles cuando estás de lo más sabroso en la cama. Lo cierto es que después de hacer mis respectivos estiramientos comienzo el jogging y justo en ese instante, la emisora que por lo general escucho, suelta esa maravilla que se llama I still haven’t found what i’m looking for. Una de esas canciones que en lo particular me resulta estimulante, tanto por su música como por su letra.

La pista comienza a recibir a sus asiduos visitantes de la hora. Es como si se convocara a un casting para una segunda entrega de Cocoon, ¿recuerdan aquella película? Me siento como un niño delante de todos estos abuelos que ya me saludan con la confianza que le han de tener a un nieto. Sudo. Siento mi respiración pero no la oigo, los audífonos con su efecto aislante es genial en este caso. Termina la música y comienzan las noticias: un individuó mató a su vecino porque se estaban disputando un puesto de estacionamiento en un edificio; un cliente insatisfecho hizo lo propio con el sastre de confianza porque el traje no le quedó perfecto. Joder, qué descomposición social tan arrecha. Cambio de emisora y salta un reguetón (zape); pincho de nuevo el radio y me quedo con una música dance, de esas que están hechas para poner a brincar a la gente.

Sigo trotando y entra a la pista el Comando Regional Número X de la Guardia Nacional, son como cien carajos (chicas incluidas). Veintiañeros todos en promedio, salvo los superiores, que en su mayoría están en condiciones aceptables menos dos de ellos que, válgame Dios, tienen unas panzas de alambique feroz. Si vamos a la guerra con ellos estamos fritos. Termina la música y entran “las gloriosas notas del Himno Nacional de Venezuela Gloria al Bravo Pueblo, letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Cambio, himno...cambio, himno... Apago, a nadie le gusta las cosas obligadas. Me quedo con el sonido de mi respiración, el canto de los soldados y mis zapatos al contacto con el desgastado tartán. 6AM.

Termino mis 5k y hago un par de vueltas más caminando para distender los músculos. Otra sesión de estiramiento y chao... Hasta mañana. Vuelvo a pasar por la misma esquina y el borracho continúa allí en la misma posición de contorsionista. Ya no son los perros quienes los circundan sino algunas pocas personas. Parecía un muñeco de ventrílocuo lanzado al azar dentro del baúl que lo resguarda, asumiendo una postura inadmisible para un humano. La barrera invisible que no dejaba acercar a los perros, y ahora a los curiosos, era un inmenso charco de sangre. Los cuatros detonaciones que me despertaron son las que están dentro del occiso: dos en la cabeza y dos en la caja torácica. Ya estaba un fotógrafo y una periodista de sucesos. Él era una versión masculina de Lisbeth Salander, tanto por la moderna cámara fotográfica que se gastaba, como por los nutridos piercings de su cara y los vistosos tatuajes; ella, de lo más normal.

Comienza el tráfico a frenarse para ver el triste espectáculo al que día a día estamos sometidos en este país. Recuerdo las palabras de aquella infame que dijo “lo que hay es una sensación de inseguridad”. El dueño de la fuente de soda que hace esquina y que tiene justo al frente al cadáver, quita un mantel de su docena de mesas y lo tapa. Llega alguien. Un familiar de la víctima. La hija. Se hace un extraño silencio y su llanto doloroso recorre todo el lugar. Se frena un bus, una camionetica como le decimos por acá, y apaga el potente reproductor que traía puesto ese clásico de la salsa “Calle luna, calle sol”. Cínico soundtrack para el momento, pero con una precisión insuperable por su contenido.

Al mediodía ya todo transcurría de lo más normal. Aumentan las estadísticas en ese patético rubro de la ciudad que habla de muertes a mano de la delincuencia. Pasa una señora con una niña de unos siete años justo por el lugar de los hechos. La mujer le dice “cuidado con ese charco de grasa”. Cierto, la oscuridad del color semeja al de la grasa que bota un motor, pero la realidad, es otro charco de sangre. Son las cinco y media de la mañana mientras termino de escribir. Suena el ring tone X y dudo en salir a trotar.


6 sept 2011

Diarios 1984-1989, Sándor Márai

En más de una ocasión mientras iba leyendo Diarios (1984-1989) de Sándor Márai, recordé a Emil Cioran, ese que tanto menciono, que he leído y releído, y que también he soltado como quien tiene una papa caliente en la mano. Hay que saber cuándo leerlo. Nada fácil, pero siempre revelador. Establezco esta comparación por esa estructura fragmentada en su bitácora diaria, con sus saltos de fechas, reflexiones, lecturas y el centro que le da forma a todo lo que cuenta: la enfermedad de su esposa, la vejez y la muerte.




Nacer no es una experiencia, porque es accidenta: nos pasa sin más, involuntariamente. La muerte sí constituye una experiencia, puesto que nos sobrevive contra nuestra voluntad.
Resulta inevitable no imaginarse de esa edad, ponerse en el rol del autor quien superó la barrera de los ochenta años de vida y no sufrir con cada una de las descripciones con las que refiere la decrepitud, el dolor del exilio, otra vez la muerte, y por último, la terrible soledad. Afortunadamente mientras increpa a la dura vejez, siempre da un respiro con sus reflexiones literarias; contextualiza la fecha de su diario con algún suceso particular del momento en cualquier área, bien sea política, cultural, científica, deportiva, entre otros temas. Pero esto no es más que un parpadeo, un leve respiro para retomar su centro de dolor.
Quien sigue en este mundo después de cumplir los ochenta se limita a llevar una existencia vegetativa, no una auténtica vida; a estas edades no se vive por algo, simplemente se vive.
Sándor se esfuerza, quiere terminar de escribir una novela policial que nunca terminó (datos interesantes del libro), pero considera que ya no tiene edad para eso e incluso le parece ridículo intentarlo cuando L. (Ilona, su esposa) está en un delicado estado de salud: sería más decente callarme para siempre, pero callarse es tan aburrido, dice. Por otra parte, critica duramente a la “medicina deshumanizada”, a los médicos que considera unos “mata perros” con título, pero esto más por desesperación que por realidad, porque si hay dos personas que estuvieron bien atendidas antes de pasar al otro plano, fueron él y su esposa.
El gran fracaso de la vida no es que uno al final se dé cuenta de que se ha equivocado. Es mucho más desmoralizador pensar que no hay otra manera de actuar más que equivocándose.
A medida que se avanza en la lectura, el suicidio comienza a insinuarse casi como una consecuencia natural de tanto dolor y tristeza vivida. Después de perder a un hijo, a su esposa, a un hijo adoptivo, a todos sus hermanos, a todos los escritores coterráneos y contemporáneos a quienes leía con pasión, la vida pierde para él todo sentido. Camina dando tumbos, ve prácticamente por un solo ojo y demás avatares de la vejez.
Sería tranquilizador saber que todavía puedo disponer de mi propia muerte y que no estoy obligado a someterme al proceso de la impotencia y la descomposición. Pero me da vergüenza acogerme a este descanso mientras Lola siga viva.
Todas las noches, mientras veía a su esposa agonizante a la espera del sueño profundo, siempre hallaba el momento de la lectura y la reflexión; espacio que se fue reduciendo hasta llegar a cero. Hacia el final del libro detesta la literatura, pero hay momentos de absoluta brillantez cuando escribe ya en términos aforísticos sobre ésta, los libros y la poesía.
Un escritor joven afirma con entusiasmo que ha encontrado el “gran tema”, asegura que sabe sobre qué escribirá. Aún no ha descubierto que ese “gran tema” no existe. Lo realmente arduo no es saber sobre qué escribir, sino saber, de una vez y para siempre, cómo escribir.
Después de haber comentado todo la anterior sobre Diarios (1984-1989), es natural pensar que este libro es un canto a la tristeza y a la muerte. Sí, va de eso. Pero el verdadero trasfondo está allí línea tras línea, camuflado algunas veces y evidente una cuantas otras: el eterno y profundo amor por su esposa, la misma que ya ciega y muda, sólo abría la boca para decirle “qué lento muero”. Ilona, su mujer, su amiga, la misma con la cual compartió y vivió más de sesenta años, también escribió su diario, el mismo que Sándor utilizó como acompañante y como vía expresa para revivir su recuerdo una vez muerta.
No pienso transcribirles lo último que escribió en su diario el 15 de enero de 1989. Unas breves palabras pero contundentes. Como dato curioso, nunca dejó de escribir en su lengua natal, en húngaro, cosa que sí hicieron otros novelistas que al no captar la atención de las editoriales y los lectores, se mudaron al inglés para poder retomar su mundo literario. Esto repercutió, sin duda alguna, en su total desconocimiento hacia finales del Siglo XX, pero luego fue redescubierto y rescatado del olvido. Sándor Márai se suicidó dándose un disparo en la cabeza el 21 de febrero, un mes y unos cuantos días después de lo último que escribió en su vida, algo que en nuestra era moderna, cabría perfectamente en un solo twitt.
Un verdadero maestro de la narrativa mundial.

1 sept 2011

Blanco nocturno


Lo primero que me dijo Ricardo Piglia antes de la entrevista, fue: “Me encanta tu camiseta de la Vinotinto. Hablemos de fútbol…y de literatura también (risas)”. No es fácil que dentro de la apretada agenda del reciente Premio Internacional Rómulo Gallegos 2011, te den veinte minutos para charlar In the record –and Out the record, too.

En todo caso y yéndome de pleno a Blanco nocturno, confieso que es mi primer acercamiento literario a este autor. Unos cuantos “piglistas o piglianos” (¿se dirá así?), me han comentado que no es lo mejor que ha escrito. Bien. Para eso están los gustos. Yo no puedo opinar en este sentido, pues tal como ya comenté, es la primera vez que lo leo. Otros lectores me han dicho que quedaron enganchados desde la primera página, y aquí sí opino, ya que en mi caso no fue así. El proceso fue como el carrito de la montaña rusa que va con lenta parsimonia en subida hasta alcanzar la cima para luego caer al vacío arrancando entrañas y gritos. Esto fue lo que me sucedió una vez que llegué a la mitad del libro. De ahí en adelante sí vino mi enganche.

La historia arranca con el asesinato del puertorriqueño Tony Duran, aunque su gentilicio es más norteamericano que otra cosa por la educación recibida. Formó un trío digno de sueño erótico con las gemelas Belladona (y gemelas además), pero cuando Sofía se cansó, Ada continuó en la juerga hasta que se vino a Argentina. Sin pensarlo mucho, Tony, una suerte de dandy chulo enredado por las buenas dotes físicas y argucias de la sureña, termina en las pampas con su último viaje y el final de su vida. Aquí comienza el misterio policial, lo intrigante por descubrir la verdad.

No obstante, si bien en cierto que esto es fundamental en Blanco nocturno, lleva una importancia más que destacada, me atrevería a decir que a la par del asesinato, el tema y el mundo recreado sobre ese pueblo sin nombre que atestigua todo lo que allí pasa, y especialmente, lo que le sucede a la familia fundadora de la fábrica más importante del lugar. Esta factoría, la cual está a un paso de caerse sobre sus propios escombros ya que de abandono lo sabe todo, está habitada –decir cuidada sería una exageración– por Luca Belladona quien ve cómo se desmoronó el sueño de tantos años de sacrificio hasta que también la muerte se lo lleva.

Hay un asesinato por resolver y mientras esto sucede, no podía faltar el preso al cual apuntan todas las culpas. ¿Chivo expiatorio? ¿Verdadero culpable de la muerte de Durán? Hay que leer y mientras avanzamos a través de una prosa clara, sencilla, el periodista de La Plata Emilio Renzi, ese meta personaje de Piglia que viene de textos anteriores según comentan los entendidos, hace lo que le corresponde: indaga, pregunta, intenta descifrar el misterio, mientras nace el litigio más importante de la región por la empresa de Luca Belladona y el ya famoso caso de homicidio.

Blanco nocturno juega con esa ambivalencia a la cual el título se presta. Por una parte, lo prístino que refiere el color en la nocturnidad, y por la otra, eso que pudiera interpretarse también como un objetivo de caza. El texto lleva consigo además unas cuantas referencias literarias y filosóficas traídas por el autor a través de esa placentera máscara que ofrece la ficción, los personajes y particularmente Renzi, quien pudiera verse como el alter-ego de Piglia. Allí está el duro capitán Ahab de Moby Dick; está Swann de Marcel Proust; Lukács y Kierkegaard; y qué decir de los autores que leía la madre de las gemelas Belladona: Jane Austen, Henry James, Wharton, Huxley, Thomas Mann; eso sí, como bien dijo la propia Sofía mientras conversaba con Emilio: nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce. Pero esta en particular, la de Blanco nocturno, vale la pena leer. Esto es literatura de la buena.

26 ago 2011

AND fatal

Tal vez Corina Salgado no imaginaba que aquella iba a ser su última noche. La violencia con que fue violada y asesinada es una descarada apología a la maldad. Christian Petersen es un científico brillante y un ser humano excepcional, pero su semen, y por tanto su ADN, está dentro de la víctima, lo cual deja por el piso esa imagen de hombre perfecto.

Al mejor estilo de las novelas de Dan Brown, José Miguel Vásquez se estrena en las lides de la escritura con una novela que perfectamente calza en el Hard boiled, la cual no tiene nada qué envidiarle a los famosos best seller anglosajones, salvo tal vez, la inmensa máquina publicitaria con la cual logran entrar a más de un país.

ADN fatal está ambientada en Caracas, ciudad cuya violencia, día tras día, se gana su protagonismo en historias que hacen pisar tierra a más de un soñador que ande por las nubes. El toque internacional en cuanto a las localidades, está bien sitiado en la ciudad de Nueva York, pero a mi juicio, debió entrar más temprano en la trama, pero esto no le resta valor y admito que es una opinión muy personal.

En esta historia, más allá del hecho anecdótico, el cual te atrapa desde el principio con una combinación de suspense y acción, sorprende por la cantidad de temas incorporados por el autor en cuanto a tecnología, ciencia, índices bursátiles, casa de bolsa, derecho y demás elementos que incluye el terrible mundo que se vive en las cárceles venezolanas. Sin duda un amplio dominio de muchas áreas o una asesoría digna de reconocer, lo cual es válido para enriquecer la obra. En más de un pasaje uno se pregunta, “¿cómo se le ocurrió esto?”.

Secuestros, extorsión, gente retorcida con el poder de comprarlo todo y a todos; abogados mediocres, otros astutos y unos personajes oscuros que no terminan de mostrar su verdadera identidad, están inmersos en ADN fatal, cuyos detectives, Sonia Acevedo y Guillermo Montenegro, serán parte del equipo táctico para llegar a la verdad, mientras se desarrolla el candente juicio público que condenará a muchos años de prisión al ingeniero Christian Petersen.

Lo único que no me gustó de la historia fue el final tan abrupto y poco matizado, pero para ser la primera entrega del autor, es un libro que está bien pensado y estructurado. Ahora lo importante es saber qué vendrá después de ADN fatal, pues terminada esta historia y lanzada al ruedo literario, al autor le queda un camino infinito por recorrer.

Buen libro, lectura entretenida.

17 ago 2011

La hermana


No hay camino más desesperado que el que conduce hacia la perfección.

Sándor Márai.

Es inevitable, las lecturas van más rápido que las reseñas. Son ya tres libros que he leído pero no he dicho nada sobre ninguno. En mi escritorio está La hermana de Sándor Márai esperando a que me digne a decir algo. Pero qué escribir sobre una señora novela como ésta, y para mayor INRI, llega a mis manos Diarios, 1984-1989 del mismo maestro húngaro. No hay opción, se abre un vacío en el espacio, se detiene imaginariamente el tiempo y allá voy.

La hermana es el trabajo literario que le siguió a El último encuentro, y como entre gustos y colores sólo saben –¿o pintan?– sus autores, confieso que me gustó más la primera que no la segunda. Aclaro que esto no es ningún desmérito para La hermana. La forma escritural, la contundencia de lo que cuenta, ese mundo ficticio que explora lo más profundo de lo humano, está allí, con la elegancia de un gran escritor. No obstante, el final me pareció algo flojo para lo bien que venía el clímax de la historia, en donde la resolución de lo planteado se diluyó de golpe hacia el final. La intriga en esta obra está sembrada desde muy temprano y esto hace que uno como lector, se desboque por hallar respuestas. Y esto sucede así, pero insisto, creo que el cierre pudo matizarse de otra forma.

Pero es una estupenda novela que toca de manera directa las angustias que todo ser humano puede afrontar si una extraña enfermedad se adueña de su cuerpo y su psiquis; está construida con los picos altos que todo convaleciente agradece cuando siente alguna mejoría, y los picos bajos cuando cree que la muerte ya ha llegado. Esto es lo que le sucede al famoso pianista Z., personaje sintetizado en una sola letra tal como años después harían Paul Auster y J. M. Coetzee, y seguramente algunos otros que se me escapan, en algunos de sus libros, el cual de manera inexplicable empieza a sentirse mal cuando va en tren camino a Florencia como invitado de honor del gobierno italiano para deleitar al público con su talento. Muy a su pesar, el concierto se da, pero ipso facto es ingresado en un hospital de la ciudad en donde comienza a desarrollarse la verdadera historia de esta novela.

El marco de todo se inicia en una “Nochebuena tan insólita” y en plena Segunda Guerra Mundial. En un modesto hotel coincide un grupo particular de personas y dos de sus habitantes fallecen, o al menos uno, por razones desconocidas. A través de un magistral manejo de los tiempos del autor, uno de los protagonistas –que es escritor– hereda un revelador manuscrito que es un canto de vida, pero también de muerte. El enfrentamiento de la enfermedad, los fantasmas que giran entorno a ésta, el delirio ante el dolor, la agonía y la posterior tranquilidad cuando la medicina convertida en droga sanadora es lo único que alivia el sufrimiento, están plasmados en La hermana con descarnada verdad, pero a la vez sublime en su forma y estilo: “De manera que era un tullido, estaba medio muerto y no faltaba mucho para que muriese del todo: ésta era la realidad, pero no me daba miedo. No me indignaba, no formulaba quejas, ni contra mí mismo ni contra Dios. No culpaba al destino, a las fuerzas ciegas e inescrutables”.

La hermana es una novela formidable, en donde el pianista Z. tiene un secreto que muy pocos conocen. Es un texto que bien se puede resumir como el encuentro entre “un médico y un paciente insalvable tratando de engañarse penosamente con conversaciones de circunstancia”. Ya para el cierre, pensando en voz alta y dejando evidencia de ello, tal vez no es que el final no me haya convencido, sino que precisamente por venir tan entusiasmado en la lectura, creo que quería leer mucho más de La hermana, pero como reza la canción, “todo tiene su final”.

11 ago 2011

Silencio en el convento

Esta es la entrada 400 en los escombros.

Ayer fue la presentación de Silencio en el convento del escritor puertorriqueño Luis Saldaña. Después de dar los respectivos agradecimientos, tanto al propio escritor por considerarme para ser su corrector de estilo y a la Editorial FB Libros para ser el presentador –y luego de hacer una brevísima síntesis de lo que es Puerto Rico tanto en la música como en la literatura–, estas fueron mis palabras:

Una buena obra comienza por el título y Silencio en el convento no es la excepción. Todo aquello que alude a lo religioso despierta suspicacia e intriga en el lector, y Luis Saldaña, hace justamente eso: entregarnos una novela en donde el misterio comienza a forjarse en el siglo XVIII y deviene hasta el presente tras la negativa de la Iglesia en cuanto a la construcción de un lujoso hotel sobre tierras que considera sagradas.

El misterio, el complot y la confabulación, están bien manejados, en un tono casi fílmico que hace de la lectura un perfecto entretenimiento a medida que pasan las páginas. El ritmo de lectura nunca decae; todo lo contrario, quieres saber qué sucede con las monjas, con el Arzobispo y demás personajes.

Otro elemento a destacar en Silencio en el convento, es la delicada y bien definida estrategia en cuanto a los tiempos utilizados por el autor dentro del mundo ficcional, un aditamento que demuestra su pericia en el oficio de escritor para hacernos saltar de unas instancias a otras, de siglos pasados al presente, sin perder el ritmo, la intención narrativa y por tanto, el hilo conductor.

Armando San Miguel, un connotado periodista que acepta la investigación ofrecida de manos de su amigo y constructor Joaquín Sabater, será el encargado de desvelar el oscuro pasado que encierra aquel lugar protegido por un alto clérigo, “un hombre cansado y atormentado por un perenne sentimiento de culpa cuando regresó a Puerto Rico el veintitrés de abril de mil ochocientos tres. Trataba de exorcizar sus demonios entregándose a extenuantes andaduras pastorales por los pueblos de la Isla y sufragando obras de caridad con las que pretendía lavar su alma de pecador”.

Silencio en el convento ofrece además, un delicioso carácter epistolar en el desarrollo de la trama que viene a enriquecer la lectura, llevándonos hacia un final sublime aderezado con un toque sobrenatural.

Digno de un buen escritor, una vez culminada la historia y son atados los cabos sueltos que el lector debe recolectar, cual si fuese un antropólogo literario, Saldaña cierra con un epílogo que da fe de su esfuerzo y compromiso como escritor, dando el merecido reconocimiento a quienes lo merecen y en donde incluso el título, producto de algunos tragos extras, tiene su historia.


PD.

La estupenda foto de la portada tomada por María Elena Velasco, es la puerta de la casa del Inca Garcilaso.


9 ago 2011

Agua viva

Soy inquieta, áspera y desesperanzada.
Clarice Lispector.
Estaba escuchando a Caetano Veloso y algo me decía que tenía una reseña pendiente. ¡Claro! Terminé de leer Agua viva de Clarice Lispector y el tiempo a veces no llega o sigue de largo haciendo que las lecturas se adelanten a las reseñas. Este libro es de aquellos que “dice todo y dice nada” o a la inversa, que en donde piensas que no hay nada, sobran maravillas. Lo que de allí como lector uno pueda disfrutar y aprehender, va en proporción directa al amor que se tenga por la palabra. Remembranzas aparte que tienen que ver con una estupenda banda venezolana de los ochenta por el encomillado, Clarice Lispector es sublime en su prosa, y este texto particular, es poesía, es pensamiento, es prosa y un sinfín de elementos literarios que supera en su brevedad a cualquier libro. Incluso, en más de una ocasión –y aunque parezca aventurado– hay en esta obra mucho de sofisma, de un intento por convencernos de algo (etéreo la mayoría de las veces), de persuadirnos con el dominio absoluto que tiene la autora sobre la palabra acerca de los temas que aborda con una facilidad sorprendente. Como bien señala a escasas hojas de iniciar el libro, “escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra”, ergo, lo que es imagen, alegoría, metáfora.


Lispector reconoce su juego y por ello incita al lector a seguirle la pista. Sabe que en ocasiones se excede, pero también sabe que en otras tantas (la mayoría diría yo), acierta, no tanto en lo que dice, sino en cómo lo dice. Porque como buena escritora, sabe que en ese mundo excéntrico que aborda en Agua viva, está soltando rayos de luz para impactar y sorprender a sus lectores con su oficio, con lo que mejor sabe hacer, escribir: “Sé qué estoy haciendo aquí: estoy improvisando. ¿Pero qué mal hay en eso? Improviso como en el jazz se improvisa la música, jazz furioso, improviso en el escenario”. Sabe que en su fantasía, que en su elucubración letrada, el hilo conductor se pierde en más de una ocasión, pero ello no es motivo para dejar de demostrar con justa altivez, su capacidad para retomarlo y empalmarlo con otros temas con una facilidad impresionante. Ella misma reconoce que “este texto mío está atravesado completamente, de punta a punta, por un frágil hilo conductor, ¿cuál? ¿el de la inmersión en la materia de la palabra? ¿el de la pasión? Un hilo lujurioso, soplo que calienta el discurrir de las sílabas”.
En Agua viva la autora se desdobla, se torna palabra y se embeleza en ella misma. Ya el significado queda a un lado, reconoce el poder semántico pero le da mayor valor a la forma estética, al carácter artístico que logra línea tras línea, cual si fueran pinceladas, perfectas armonías musicales o la talladura precisa sobre un trozo de madera o una dura roca. Admite estar limitada por su identidad, pero es “elástica y separada de otros cuerpos…soy puro éxtasis”. Por instante toma distancia, pero se reencuentra a sí misma para guiarse y para guiarnos en eso que ella misma reconoce como una “fuga” musical en su texto, esa que se repite sobre sí misma pero que no deja de ser sublime y el centro de atención.
El sueño y la vigilia; esa nostalgia secreta por haber querido nacer animal; la religión y Dios; el arte como fuente máxima del conocimiento; el terror a sus fantasmas y lo sobrenatural; amor y pasión, y muchos temas más, están en Agua viva. Este libro es inclasificable. No es una novela, no es un diario, tampoco son ensayos y relatos cortos. Es lo que su lector quiere que sea, que aunque pudiera considerarse algo desordenado en algunas ocasiones, jamás podrá tildarse de aburrido y creo que precisamente era eso lo que Lispector quería lograr, transmitir ese efecto de desprendimiento y caos (porque de esto también hay bastante en el libro) en donde se atreve a confesar que “Dios es de un silencio tan enorme que me aterroriza”.
Agua viva es un libro para ser degustado poco a poco, como si el paladar tuviera que catar cada una de sus imágenes, hallando ese sabor –que es el saber– de la lengua (María Fernanda Palacios dixit) en cada una de sus líneas. Este libro puede verse como la perfecta referencia de lo que es la escritura como arte, como una entidad que se auto reconstruye dentro de un imaginario plurivalente, una suerte de vademecum de la angustia y lo moderno. En la brevísima reseña que hiciera sobre Felicidade clandestina, (http://palabrasyescombros.blogspot.com/2010/12/felicidade-clandestina.html), decía como hecho anecdótico que Lispector se perfumaba antes de escribir, y en Agua viva se evidencia, deja de hacerlo por un instante y le dice a ese “ser” fuente de amor y rechazo al cual le escribe: Para escribirte antes me perfumo toda. Este libro lleva de principio a fin la fragancia inequívoca de su estilo en la literatura.

2 ago 2011

Murakami a BsF. 50


Para la gran mayoría de los venezolanos la isla de Margarita es el lugar perfecto para pasar las vacaciones. Allí confluyen esos elementos que llaman la atención a miles de turistas, tanto foráneos como locales: por una parte, playas maravillosas de arena blanca con aguas tibias e inmóviles como en El Yaque, y otras más frías y altaneras como en Puerto Cruz; y por la otra, los locales comerciales con sus sempiternas ofertas de productos, que van desde las prendas de vestir más sofisticadas, hasta los confites más exquisitos en sus diversas presentaciones. No obstante, y a ojos de un visitante regular de la isla, esta oferta de productos ha mermado, así como la cantidad de locales comerciales que han cerrado o que exhiben algunos anaqueles vacíos. Para los fumadores de pipa, olvídense de la picadura “Captain Black”.

Por cualquier motivo y aunque sea por pocos días, salir de ciudades tan congestionadas y violentas como Caracas para encontrarse con ese calor insular en el ambiente y el inconfundible olor a salitre que te invita a desertar responsabilidades y entregarte al tenue beso del mar a la orilla de cualquier playa, es un respiro, un cambio de patrón que rompe la rutina aunque tengas que sentarte en una mesa de trabajo a negociar costos y demás intereses empresariales. La mente, aunque centrada en el business, no puede evitar respirar ese aire tan distinto e imaginarse en una esterilla recordando el célebre verso que dice “en el mar la vida es más sabrosa”.

Apartando las calles destartaladas -porque las hay y a montones-; las malas noticias del hampa haciendo de las suyas por los lados de Macanao hasta Porlamar; los cortes de servicio eléctrico que me tomaron por sorpresa en una ocasión almorzando y otra cenando; del toque de queda auto impuesto cuando cae el sol y la emblemática Avenida 4 de Mayo se torna en un desierto... Margarita invita y seduce más allá del miedo gracias al encanto que siempre la ha caracterizado.

Este extraño magnetismo, similar a la isla de la serie Lost, que más allá de las dificultades siempre arrastra a miles de turistas para que dejen sus cobres en las tiendas y la piel pegada al sol en alguna de sus infinitas y espectaculares playas, ha producido un efecto migratorio de familias enteras buscando más tranquilidad, seguridad y otros atributos que las principales ciudades del país han perdido desde hace mucho tiempo. Alguien me comentó de un promedio de cincuenta familias al mes, lo cual no es poca cosa.

Como en todo, de dicha situación se pueden sacar cosas buenas y malas. Pero para no pecar de fatalista, pues ya dije suficiente, el movimiento cultural ha ido creciendo gracias al encuentro de los diversos artistas nacidos en la isla, escritores, pintores, escultores, músicos y demás, con los que han hallado en el Estado Nueva Esparta su nueva casa. Me impresiona gratamente la gran cantidad de pintores de altísima calidad que allí habitan, como la cantidad de narradores y poetas que tratan de hacer lo suyo en tierra de guaqueríes.

Más allá de los hiper mercados, los grandes centros comerciales y yendo al punto que me interesa, la oferta en cuanto al número de librerías en la región es poca. Sacando las cadenas de librerías caracterizadas por lo quincallesco, en donde libro pasa a un segundo plano para dar preferencia a juguetes, papelería y otros artículos -cosa que se respeta dentro de esa definición de negocio-, sólo hay una con mística y amor al oficio de “librero” y en donde la oferta del libro es variada si de buena literatura se trata: Tecni Books, cuyos propietarios, Juan Carlos Macedo, librero y hacedor del negocio, y Karina Ramírez -su esposa y buena lectora-, se encargan de orientar a la clientela que va en busca de alguna novedad literaria. Esta librería, pequeña pero acogedora, se ha convertido en el punto de referencia en cuanto a buenos libros, presentaciones y bautizos literarios en Porlamar.

Hay otra librería que me gustó y que ofrece también un número importante de libros y autores de talla nacional e internacional dentro de su oferta: Discovery Books, ubicada en el novísimo Centro Comercial La Vela. Lo que quiero destacar de esta tienda es la agradable atención de las chicas que allí trabajan, pero que no están vinculadas al libro y a sus autores más allá del simple producto a la venta. “¿Tienen libros de X?...¿De quién...?” Me respondió con simpatía una de las muchachas. Lo curioso, lo impresionante, sí, ese es el calificativo, “impresionante”, es el mesón de ofertas que está a la entrada del local en donde habían unos cinco títulos de Murakami entre BsF. 50 y BsF. 75, absolutamente nuevos, de paquete; libros que en Caracas no bajan de BsF. 350; libros de Henning Mankell, de Le Clézio, entre otros... Para cualquiera ávido lector, aquella mesa de transforma en un deliciosa mesa de pasapalos.

La pregunta obligada: ¿cómo hacen? Porque una oferta fabulosa sería que te den al menos un 30% de descuento, y cosa curiosa, ni en las ferias de los libros que ahora cada vez son más frecuentes -lo cual se agradece- te hallas con precios así. ¿Cuánto es el margen de ganancia que deja un libro para que puedan hacer esto? ¿Cuál es el rol de la editorial aquí? ¿Por qué los mismos títulos en otras librerías de Margarita estaban en sus acostumbrados y exorbitantes precios? Ignorante al fin en la materia, que alguien me responda por favor. Ni La Media Naranja por allá en los años ochenta era capaz de dar semejantes ofertas ni en un par de zapatos.

26 jul 2011

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones

El humor, sin duda, sirve para salvaguardarse de penurias y enfrentar calamidades. Esto me hace recordar la célebre frase de Chaplin que dice: “un día sin risa es un día perdido”. Del lado de la literatura, el humor es ese aditamento que se puede transformar en exquisita herramienta, pero que no todo autor utiliza o sabe utilizar a la hora de escribir. El caso de Fedosy Santaella es todo lo contrario. Es de los que se regodea en su pericia para entretener a medida que relata una historia. Eso es lo que sucede en Las peripecias inéditas de Teofilus Jones.

Si bien es cierto que el centro de atención, el epicentro de todo, gira en torno a un gato, este elemento no debe ser tomado como trivial. Esta novela, más allá del humor que arranca desde la dedicatoria al propio gato del autor (Bastet lo tenga en la gloria), es más compleja de lo que parece. Con resonancias kafkianas y un tribuno a las novelas policíacas, Teofilus Jones toma elementos del contexto nacional, que por bizarros, calzan a las mil maravillas dentro del relato. Tenemos así a un ser todo poderoso, el que pretende controlar ese mundo distópico de la novela (¿o el mundo real?), adjetivado de muchas formas: Sabio Supremo, Sumo Sacerdote, Gran Barbado, Supremo Presidente, Gran Rector, Torbellino de Multitudes y otros más, que termina siendo parodia, caricatura, fantoche de sus anhelos desmedidos por el poder.

La ciudad que sirve de entorno a la historia, no puede ser de otra forma sino caótica. Escasea el servicio eléctrico, no hay agua y por tanto, tener mascotas es un irrespeto y un acto antirrevolucionario; pobre de aquellos que agarren con las manos en la masa y con cubitos de hielo en la nevera: prueba absoluta de ser un maquiavélico traidor. La parte dura al leer a Teofilus Jones, es conseguir tantas similitudes con la realidad del país por más jocosas y exageradas que parezcan. Aunque pudiera resultar contradictorio, si bien es cierto que el humor está de por medio, esta novela no debería catalogarse de humorística, sino más bien, como un duro desmontaje a una sociedad, que en buena parte, va cual borrego directo al matadero. De ahí ese juego que al principio y con la correspondiente y descollante ironía, dice que “ser clon, es cool”. No hay mucho qué pensar, sólo aplaudir al Gran Líder de la Teocracia Novísima.

También merecen unas breves líneas esos personajes que por extraños y quizás abominables, terminan siendo risibles, y lo que es peor aún, hallando su parecido con más de uno a tu alrededor. Están Rosita Candelaria, Alain Charleori (quien habla en perfecto caraqueño), Lenín Chifa, Ángela y ese estupendo personaje creado por Fontanarrosa: Boogie “el aceitoso”.

En Las peripecias inéditas de Teofilus Jones hay mucha tela por cortar en cuanto a lo policial que hay en el texto, hasta las alegorías con las cuales se puede especular cualquier interpretación. Aquí está el tema del poder desmedido rayando en el populismo y el de la libertad amordazada; también está lo religioso a través de unos burdeles santificados gracias a los buenos servicios de unas sacerdotisas espectaculares y para todos los gustos; contrabandistas y mafiosos hindúes. Sin dudas un libro que entretiene de principio a fin, en donde hasta el espejo del cuarto de Jones es llamado a declarar. Cuando terminé la lectura, pensé en la célebre frase del carismático Boogie: Shit.

25 jul 2011

PRIMER CONCURSO DE LITERATURA DEPORTIVA “DIA DEL PERIODISTA”


BASES

PRIMER CONCURSO DE LITERATURA DEPORTIVA “DIA DEL PERIODISTA”

Articulo 1. La Fundación Deportiva Carlos Cárdenas, a través del Salón de la Fama-Museo de Béisbol, convoca a todos los Comunicadores Sociales del país, así como a los estudiantes universitarios de los dos últimos años de Comunicación Social, a participar en el I CONCURSO DE LITERATURA DEPORTIVA “DÍA DEL PERIODISTA”, el cual será anunciado el día jueves 07 de julio de 2011 a las 12:30 del mediodía en una rueda de prensa que se realizará en el Auditorio “Luis Aparicio”, del Museo de Béisbol.

Articulo 2. Podrán participar todos los Comunicadores Sociales, nacionales y extranjeros (con cinco o más años de residencia en el país), mayores de edad, con obras originales e inéditas, de creación individual, conceptualizadas en torno al béisbol y los estudiantes universitarios de los dos últimos años de Comunicación Social.

Articulo 3. El tema es libre y puede contemplar anecdotarios, crónicas, ficción, entrevistas, reseñas de vida, etc.

Articulo 4. Los interesados pueden participar con una (01) obra de creación individual, la cual debe tener un mínimo de 40 páginas y un máximo de 80 páginas, escritas en fuente Arial 12, a doble espacio, en formato carta.

Artículo 5. Las obras participantes deberán ser entregadas o enviadas al Museo del Béisbol, según el cronograma establecido. La recepción de los textos se realizará en el siguiente lapso: del 1ro. de julio al 30 de noviembre de 2011, en la sede del Museo de Béisbol, ubicado en la Autopista Valencia – Puerto Cabello; Ciudad Jardín Mañongo; Av. Carlos Cárdenas; Centro Sambil Valencia; Nivel Feria; Home – Estado Carabobo, en el horario comprendido de lunes a viernes de 8:00 AM a 8:00 PM. Sitio Web: www.museodebeisbol.org. Correo Electrónico: museodebeisbol@gmail.com / Telefax: 0241-841.13.13.

Articulo 6. El participante, deberá consignar dos sobres, dirigidos a Fundación Deportiva Carlos Cárdenas, Salón de la Fama- Museo de Béisbol, I CONCURSO DE LITERATURA DEPORTIVA “DÍA DEL PERIODISTA”.

SOBRE No 1: Identificado por fuera con el seudónimo. Debe contener: currículo actualizado, resumido en una cuartilla, datos de identificación, teléfonos, correo electrónico y una fotocopia de la Cédula de Identidad.

SOBRE No 2: Identificado por fuera con el seudónimo. Debe contener la obra grabada en un CD, cuyo texto estará firmado con el seudónimo.

Articulo 7. Las obras que no obtengan premio, serán devueltas a sus autores en el plazo de quince (15) días hábiles posteriores al Veredicto.

Articulo 8. El Jurado estará integrado por las siguientes personalidades: Lic. Giner García, Lic. Mary Montes y Sra. Hilda Lares de Cárdenas


Articulo 9. El premio es único y consiste en un cheque por Bs. 10.000 (diez mil bolívares) y la edición de la obra por el Fondo Editorial Cárdenas Lares.

Articulo 10. La organización, recepción, registro, conservación y difusión del I CONCURSO DE LITERATURA DEPORTIVA “DIA DEL PERIODISTA”, es responsabilidad del Comité Organizador,

Articulo 11. Lo no previsto en estas bases, será decidido por la Fundación Deportiva Carlos Cárdenas y por el Comité Organizador.

Artículo 12. El Veredicto será dado a conocer por los medios impresos y digitales el 31 de enero de 2012 y el premio será entregado en el mes de abril, en el acto aniversario del Museo del Béisbol.

21 jul 2011

Moby Dick



El mundo es un barco en un viaje sin retorno, y el púlpito es su proa.

Herman Melville.
Sí, hay que leer a los clásicos. En ese empeño y compromiso personal de leer al menos un clásico al año, puedo darme por satisfecho con la lectura de Moby Dick de Herman Melville, aunque considerando que aún resta poco menos de seis meses para que finalice el 2011, tal vez me aproxime a otro Long Sellers. La lista es infinita…
Entrando de lleno a esta monumental obra, Moby Dick contiene todos los elementos necesarios para que la lectura sea más que entretenida. Y es que partiendo desde el primer párrafo, el autor ya deja ver la magia con la cual contará las aventuras del ballenero Pequod a través de mares y océanos: Llamadme Ismael. Años atrás, no importa cuántos exactamente, encontrándome con poco, o ningún dinero en el bolsillo, y sin nada que me interesara especialmente en tierra, pensé en hacerme al mar por una temporada a ver la parte líquida del mundo.
La historia está repleta de personajes muy peculiares que coinciden en esa extraña pero fascinante actividad que es la caza de ballenas. La mayoría de estos navegantes, algunos de manera empírica y otros mejor preparados, van más allá del deseo inmediato de la riqueza que cambie sus vidas para siempre. Es la gloria de cazar, de ser el mejor ballenero y si la diosa fortuna está de buenas, ser quien logre atrapar al temible cachalote blanco.
El autoritario capitán Ahab, siempre huraño, implacable en el mando, raya en la locura cuando a toda costa persigue a la descomunal ballena que se niega a sucumbir ante sus arpones. Esta obsesión lo arrastra junto a su tripulación a una serie de aventuras, algunas exitosas y otras no tanto, en donde la muerte también hace acto de presencia. Ismael va contando su experiencia, mientras traba amistad con Queenqueg, ese extraño personaje con el cual tuvo que compartir cama la primera noche ante el inevitable hacinamiento: Siempre es mejor dormir con un caníbal sobrio, que con un cristiano borracho.
Pero Moby Dick va más allá de las anécdotas, las cuales se multiplican capítulo a capítulo incluyendo hasta una clase magistral sobre la anatomía de la ballena digna de un libro de zoología especializada. Es un libro que va más allá de esto. Es un viaje, que si bien es cierto va sobre las aguas saladas y trae sus pertinentes consecuencias, es un recorrido por la interioridad humana, una travesía que llama a la reflexión ante el poderío de la naturaleza. Bien dice Melville: Del tronco brotan las ramas, y de éstas las ramitas. Así nacen los capítulos de los temas fecundos. A través de sus personajes habla de la amistad y la locura; del amor y del alma de los hombres; del pecado y religiones; de la bondad y la mezquindad humanas; de la vejez y la muerte. Incluso como en ningún otro libro, hace una fantástica descripción del zodíaco que dejaría atónito al más destacado astrólogo.
Ismael continúa a bordo del Pequod sorprendido de la destreza de sus marineros. Todos temen terminar como el Jonás bíblico y la arenga del capitán Ahab, más que tranquilidad, les infunde terror. No obstante, es el combustible necesario para que cada tripulante halle el impulso en mares dominados por calmas chichas o furibundas y apocalípticas tormentas: Pero en cuanto a lo que decía el inescrutable Ahab a su tripulación color amarillo tigre… esas palabras es mejor que se omitan aquí, porque tú, lector, vives bajo la luz bendita de la tierra evangélica. Sólo los tiburones herejes de los mares audaces podrían prestar oídos a palabras tales como las que soltaba Ahab al lanzarse con el ceño tormentoso, los ojos inyectados en sangre y la boca llena de espuma tras su presa.
Estas palabras son insuficientes para resaltar la majestuosidad de Moby Dick. Un libro enciclopédico por la cantidad de información que tiene, imprescindible y que sin dudas lleva consigo una visión muy alta sobre la moral. El capitán Ahab perdió una pierna en plena faena pesquera, pero usted no perderá los ojos leyendo esta joya de la literatura universal.

18 jul 2011

Crónicas desde San Bernardino

Porque lo de la ensalada rusa para dar nombre a nuestras modestísimas raciones de ensalada de gallina de los años cuarenta, sólo es precedente verbal de las mentirosas ilusiones que los venezolanos albergan en medio de circunstancias nada favorables.

Elisa Lerner.

Por aquellas casualidades de la vida, el año pasado leí Viaje al amanecer del ilustre Mariano Picón-Salas. Un libro caracterizado por muchos elementos y dos de ellos, como la evocación y la nostalgia, también están presentes en Crónicas desde San Bernardino de Arturo Almandoz Marte. No en balde y en unas cuantas ocasiones, alude al maestro Picón-Salas como referente obligatorio que es –junto a voces como las de Mario Briceño Iragorry, Miguel Otero Silva, entre otras– dentro de esa prosa evocatoria de la cual también se vale el autor en este breve pero exquisito libro de crónicas; relatos que son un canto al pasado y un tributo personal a su familia, que al fin de cuentas, se transforma en colectivo cuando las historias traspasan las paredes del hogar.

El epicentro de las historias está en San Bernardino, pero todo el imaginario, las referencias y el contexto histórico-social, apunta a la ciudad entera y en otros casos a toda Venezuela. Están allí las calles, los cines, las librerías, las incipientes avenidas, las sempiternas vallas publicitarias (las que quedan), comercios que ya no existen y otros, como las panaderías, que han pasado por ese proceso de modernización para continuar en pie. Referencias muy caraqueñas pero que sin duda fueron proyectadas y hallaron su espejo en otras ciudades del país que también hicieron lo propio dentro del imaginario urbanístico.

Destaca con gracia y sazón dentro de Crónicas desde San Bernardino, como elemento que sí forma parte del absoluto raigambre colectivo, es el gastronómico. Almandoz rememora unos cuantos productos que, dentro de la mesa o la despensa venezolana, fueron y siguen siendo imprescindibles: allí está las sopas Maggi y la crema de arroz Polly; la luchadora harina PAN que tanto sabe de rellenos, como de sobredemanda y escasez en algunas épocas; los dulces más rebuscados a través de recetas importadas de Europa y las donas bañadas en Nevazúcar; los consabidos tequeños, las bolitas de carne, las hallacas y algunas bebidas espirituosas. Sin duda, todo un catálogo que viene a cubrir el apetito de los cuatro puntos cardinales del país.

También están las referencias que vienen a alimentar el espíritu, las que entran por el oído mientras gira el “picó” de la sala con música de los 60’ y algunos valses, y las que entran por la vista, como “La lechera” de Vermeer y se expanden por todos los sentidos cuando de literatura se trata, que amén de los ya mencionados en el primer párrafo, van desde Thomas Mann hasta Armas Alfonzo, pasando por Ionesco hasta Elisa Lerner, y los imprescindibles Ramos Sucre, Salvador Garmendia y otros tantos que alargarían esta encomiable lista.

Crónicas desde San Bernardino está dividida en tres partes, y como era de imaginarse, el cierre del libro no deja de ser conmovedor cuando el autor reflexiona sobre el caos que ha envuelto a la ciudad más allá del tema político que también tiene su cuota aquí, desde la dictadura de Pérez Jiménez hasta el “socialismo del siglo XXI” en curso. “Crepúsculo y senectud”, como se titula la tercera parte, también muestra el fin del camino en el ciclo de la vida para la hermanastra y la madre del autor, que dicho sea de paso, logra a través de una prosa intachable entremezclando cotidianidad y buen ojo para describir contexto y emociones.

Son muchísimas las referencias que no menciono, pero dejo abierta la inquietud para que se adentre en estas crónicas que vale la pena leer y releer. Este libro es un estupendo caleidoscopio de lo que fuimos y somos, con algunos aciertos y otras equivocaciones en cuanto al proceso constructivo de nuestra urbe, que sin duda, forman parte de esa historia silente con la cual se visten edificios y plazas, calles y avenidas, por las cuales han transitado los constructores de una ciudad.