11 abr 2013

Bonsái y La vida privada de los árboles


Lectura de impacto, concisa, de esa que va al grano. Así se me ocurre comentar Bonsái y La vida privada de los árboles de Alejandro Zambra. Ya el título del primer libro, como lo que en términos de naturaleza representa, deja muy claro que lo que está presto a ser leído sigue la senda de la brevedad: basta una sola sentada para leerlo en su totalidad y dejarse llevar por las ramas que ofrece este bonsái construido entre sus protagonistas: Julio y Emilia. ¿Se le puede llamar novela a este brevísimo texto o se le puede llamar relato aunque su extensión sea más que prolongada? Ambas alternativas son más que correctas, y me valgo de la imagen que utilizan en la contraportada para reiterar su categoría: es “una novela-bonsái”. El primer párrafo, de tan sólo siete líneas, dice de qué va la novela (o el relato), cuyo resumen concreto sería: “Al final Emilia muere y Julio no muere”.  Cuando uno lee esto se impacta, pues la reacción inmediata a semejante imprudencia es pensar: «¿Bueno, por qué me lo dices de entrada?». Pero ahí la gracia, el reto. A pesar de que ya sabemos el desenlace, continuamos la lectura, pues como el mismo narrador señala, “El resto es literatura”.  Es un texto limpio, no le sobra nada. Incluso la estructura, milimétricamente calculada, está hecha para incitarte a continuar la lectura, cayendo en la trampa de la palabra hasta llegar a un final que no quieres que llegue.  Bonsái es un largo haiku que te deja con ganas de más. Al finalizar, uno se dice con asombro: «¿Ya?».

La vida privada de los árboles sigue la misma estrategia de la concisión, ese laconismo que Zambra utiliza con evidente soltura. Es la segunda novela del autor, y mi opinión particular, es que me gustó más que la anterior. La ventaja que da tener los dos textos es que uno se mete en el segundo libro con una ligereza que ni les cuento, como si algún remanente de Bonsái reclamara continuidad. Pero aclaro, son dos textos distintos, no tienen qué ver el uno con el otro. Lo cierto es que en La vida privada de los árboles los protagonistas son Julián y Verónica, y mientras ésta no llegue a casa, la novela continúa. Obviamente, cuando pase el dintel de la puerta, se acabó la historia. Tal como en la primera novela, en esta también la reflexión sobre la vida, el amor y la literatura misma están allí en cada página. Incluso Julián, al mejor estilo del entrañable personaje de El mal de Montano de Vila-Matas, parece sufrir de literatura, o en todo caso, ve literatura en todas partes. Sergio, amigo de Julián, le dice por el asunto de un apartamento: “Admítelo, lo arrendaste porque has estado leyendo demasiadas novelas de Paul Auster”. 

Ambas obras son estupendas y se prestan para una agradable relectura, que de seguro, ofrecerá distintas miradas pero siempre enriquecedoras. Les sugiero leerlas. Por lo pronto, ya tengo en la cola de lectura Formas de volver a casa. Me despido con estas palabras de Shakespeare: La brevedad es el alma del ingenio. Y con estas de Dorothy Parker: La brevedad es el alma de la ropa interior. Me pregunto si Zambra tendrá cuenta twitter, no lo sé. De ser así, de seguro sus tweets son ingeniosos.

PD. Al día siguiente de escribir esto, busqué en tweeter y nada.

3 abr 2013

Doctor Pasavento


¿Quién escribe, quién narra Doctor Pasavento? Es la pregunta crucial, es el asunto a definir en una novela que, como una matrioshka, va soltando voces, narradores. No es un asunto que busque confundir al lector. No creo que haya sido la intención de Enrique Vila-Matas, que en su juego literario, queda engañosamente a un lado. Sabes que es mentira, que es él quien escribe pero aceptamos ese aspecto lúdico de la novela que a fin de cuentas lo que quiere es hacer desaparecer a su protagonista.


Doctor Pasavento, va en la misma línea de Bartebly y compañía, y también de El mal de Montano, textos en donde la verdadera protagonista es la literatura. Justo mientras soltaba estas líneas, alguien que sabe mucho sobre la obra del autor, me refiere que la trilogía vila-matiana en torno a la literatura como objeto, se da entre El mal de Montano, París no se acaba nunca y Doctor Pasavento, así que me apunto con la del medio como lectura pendiente.

El narrador entonces pasa por las voces de Pasavento, pero también por la de doctor Pasavento (especialista en psiquiatría); también por la de Thomas Pynchon y la de Pinchon —vaya ocurrencia—, pues la sola letra ya marca una diferencia en el pensamiento. Y no puedo dejar afuera la voz del doctor Ingravallo. Mientras todo esto sucede, sabe que a nadie le preocupa que haya desaparecido. En este reconocerse olvidado, o desaparecido, entran ciertas cuotas de humor negro contra sí mismo: “no soy Agatha Christie. ¿A quién diablos esperaba dejar preocupado?”.

Doctor Pasavento es una novela que va más allá del arte literario para incorporarse al tema de la locura, de la soledad, del silencio y también de la libertad. Y por supuesto, de la desaparición. El autor, o en todo caso el narrador —juguemos a que Vila-Matas desaparece por completo—, no quiere engañar a nadie, por el contrario, anuncia lo que va escribir desde la primera línea: “El narrador de Doctor Pasavento persigue el destino del escritor suizo Robert Walser, de quien admira su afán por pasar desapercibido”, y no solamente esa suerte de “arte” que en ocasiones pudiera parecer contradictoria, pues en medida que el narrador cuenta, se reafirma desde ese yo del cual reniega a través de esas “tentativas suicidas”, pero del que inevitablemente se sabe inseparable.

El doctor Pasavento sufre en silencio; silencio que no es más que el alboroto constante de sus pensamientos tanto por ese asunto obsesivo en desaparecer, como por el recuerdo de su hija quien falleciera a causa de las drogas. Él, que no es más que “un discreto doctor en psiquiatría” que se retiró de su trabajo y se dedicó a la escritura, se sabe atrapado en su juego inútil, pero siempre confortante en su empeño por lograrlo. El personaje real (si es que lo hay), se piensa como personaje dentro de la propia ficción narrativa, y ya por aquí la obra se transforma en juguete, en espacio para el juego literario.

Otro cuasi personaje del texto es la rue Vaneau, “la calle donde había nacido el comunismo”, entre otras cosas, esa misma a la que cree una suerte de “criatura consciente”. El narrador se fija en ella y construye mundos, dilata a través de ésta sus obsesiones, que de una u otra forma, siempre terminan emparentadas con autores, con libros, con situaciones que le dan pie para elucubrar sobre su vida y ese deseo por desaparecer, al punto que en determinado momento y al mejor estilo de Ulises, ese entrañable personaje de Homero, Pasavento dice de sí “no soy nadie” o como enfatiza después “me llamo yo no soy”. En ocasiones habla en condicional, desde la potencialidad de lo que aún no es, desde lo hipotético; se imagina si tal o cual cosa sucediera; también están los recuerdos de la infancia y por ello el “me acordé” es una constante; sueña situaciones mientras se desplaza en tren, se toma un café o espera en el lobby de algún hotel. La obra se puede sintetizar en la “tentativa de escribir lo que escribiría si escribiera”. 

La novela tiene que ver con el arte de desvanecerse y pretende construirse a sí misma, sin la intervención del autor, incluso sin la intermediación del narrador, artificio en el cual Vila-Matas es simplemente un maestro: “Yo soy como aquel bandido walseriano que se diluía y ocultaba tanto en el texto que acababa incluso desdoblándose en dos. Pero no estoy aquí para escribir demasiado, sino para dedicarme al arte de desvanecerse”. Como ya nos tiene acostumbrado el autor, la obra está plagada de referencias a las cuales uno recurre —olvidémonos de Barthes, Blanchot y Descartes—, no tanto por corroborar nada, sino por simple curiosidad. Sucede entonces el asombro cuando uno llega a autores que desconocía, y al hacer una mirada raza por sus obras, la perplejidad se instala en lo tanto que aún falta por leer.

Como bien dijo Pasavento (¿o Vila-Matas?): “Una obra lograda vive su propia vida, existe en alguna parte, al margen, y poco puede hacer ya por la vida de su autor”.  Esto precisamente es lo que se logra en Doctor Pasavento, un personaje que por tímido en cuanto a su manera de relacionarse con los demás, es toda extroversión en sus pensamientos, que se divide en caleidoscópicas maneras de contarse a sí mismo, alguien que no es más que “un precario Frankenstein de los recuerdos”. Este simulacro, este delirium tremens por desaparecer pareciera contagioso, al punto que no sé quién escribe estas líneas, si otro solapado Pasavento que nació de pronto o yo mismo.  

26 mar 2013

Nunca más Lili Marleen



La narración que a continuación anoto no es una transcripción exacta, sino una historia organizada casi literalmente por mí, con mis comentarios explicativos, para una mayor comprensión de los lectores.
David Alizo

El tema eterno de la guerra ha estado, está y estará presente en la memoria de la humanidad, y más aún, en la literatura. Se ha escrito mucho sobre el tema, bien desde la perspectiva historicista, la testimonial, desde la crónica o la ficción. Por citar apenas un ínfimo ejemplo de esto, menciono algunas lecturas para mí fundamentales e impactantes: Sin destino, de Imre Kertész; Suite francesa de Iréne Némirovsky e imposible no mencionar El diario de Ana Frank, entre tantas otras. De estos tres autores, sólo Némirovsky murió estando en Auschwitz a consecuencia del tifus. Su esposo, después de infructuosas diligencias para liberar a Iréne, terminó asesinado en una de las abominables cámaras de gas.

Hago las referencias anteriores porque las atrocidades nazis también están contadas en Nunca más Lili Marleen, cuyo musical título creado por David Alizo, desentraña página a página —y literalmente desde el principio— el terror sembrado en cada uno de los corazones judíos y de quienes nunca estuvieron de acuerdo con semejante locura, incluyendo a muchos alemanes como el doctor Klemperer: “¡Qué espera usted de un país donde Mi lucha es el libro sagrado del nacionalsocialismo y de la nueva Alemania!”. Este libro sorprende, impacta, y no tiene nada qué envidiarle —desde el buen sentido— a cualquier título que se haya etiquetado como un “Best Sellers” en el mundo. Usted lo lee y piensa que es una extraordinaria traducción al español. Pero no, lo escribió un venezolano que narra la historia de un nazi, un criminal de guerra, prófugo del proceso de Núremberg, alguien que halló en el estado Trujillo el lugar para ocultarse.

Nunca más Lili Marleen, debo decirlo y aunque les suene trillado, es una obra maestra. Bien porque el tema ya de por sí sume cierta indulgencia ante los lectores, bien porque el libro es prácticamente una película narrada con precisión y sobrada elegancia retórica. Son estas dos cosas y mucho más. Desde la primera página, Alizo entrega el germen de la angustia por descubrir quién es Helmut Braune y cuál es su vinculación con Martin Fuchs (¿o son la misma persona?), que “desde las altas montañas del Tirol en Innsbruck hasta La mesa de Esnujaque”, arribó con un pasado de muertes y torturas.

La obra está colmada de varios referentes musicales, no sólo por la fascinación que Braune demuestra por la buena música (amén de ser un buen lector), sino  además, por ser oriundo de un país que ha dado geniales compositores clásicos, decimonónicos, de la música academicista.  En esta no podría falta Wagner; algunos exquisitos valses vieneses; la majestuosidad de Mozart; la sobriedad musical de Anton Bruckner hasta pasar por la inconfundible voz de Daniel Santos, el inolvidable swing de Benny Goodman y un clásico de la música colombiana como lo es “Cabeza de hacha”.

David Alizo pausa la historia para crear expectativa y curiosidad justo en el momento cuando el lector cree que le va a ser revelado algo importante. Este dilatamiento se combina con los capítulos imbricados entre los que van en primera persona, cuyo personaje principal que es Luciano (¿o Alizo?), dice: “Yo tenía inclinaciones literarias”; con los capítulos en tercera persona que nos rememora el Holocausto, la Segunda Guerra Mundial, incluyendo eventos históricos como el crash económico de Nueva York; la noche de los cuchillos largos; la Operación dinamo; la Operación León Marino, entre otros, así como hechos históricos locales como el golpe de estado a Rómulo Gallegos. Toda la historia de Nunca más Lili Marleen es el producto “de una simple curiosidad infantil” generada por el misterio de una fotografía.

David Alizo juega con la propia historia que va narrando, y lo que a primera vista luce como un gazapo, queda aclarado cuando el narrador dice: “El rostro de Braune —recuerdo bien que ya escribí sobre esto— me impresionó  desde mi primer encuentro con él...”  Así que la reiteración juega un papel importante dentro de la obra, tanto para enfatizar lo que se está contando, como para crear ese estado de incertidumbre por saber qué sucede y resaltar la indignación y la rabia que provocó “el parlanchín austríaco” o  “el hombre del bigotito”, con sus delirios de grandeza.  También la novela coquetea con el cine como tema, encarnado en Raúl Gilmas, un vendedor de cervezas cuya pasión por el séptimo arte lo lleva a formar parte del revelador desenlace gracias a sus múltiples y pedestres filmaciones.

Nunca más Lili Marleen puede intimidar al principio por sus más de quinientas páginas, pero más impresiona como la historia te envuelve y es el libro quien tal vez termine intimidado ante la voracidad lectora que es capaz de despertar. El relato encarna una época y se pasea por referentes literarios de primera, pasando por Thomas Mann, Flaubert, Góngora, Stefan Zweig, Poe, Kavafis y también por Andrés Eloy Blanco, Rafael Pocaterra, Rufino Blanco Fombona y “los poetas del Techo de la ballena”. A esta novela no le sobra ni una sola página. Por el contrario, cada hoja es un mérito a la calidad narrativa de su autor. Nunca más Lili Marleen es de lo mejor que se ha publicado en los últimos años en Venezuela, así que esta reedición habla por sí misma.

Mi agradecimiento a Cesia Hirshbein, viuda de David Alizo, quien tuvo la gentileza de darme a conocer esta fascinante novela. 


14 mar 2013

¡ Todos vuelven, Joselolo !


Hay libros de libros. Eso de seguro lo sabe usted anónimo lector, anónima lectora, que dedica buena parte de su tiempo libre a ese ejercicio del alma que se llama leer; y si no tiene el tiempo, pues se lo fabrica como sea en medio de su absorbente cotidianidad. Cuando es publicada la antología de un autor, siempre es bien recibida porque supone que allí lo encontrará todo (o casi todo) lo publicado por ese constructor de imágenes llamado escritor. Tal es el caso de Todos vuelven de Ángel Gustavo Infante, que amén de esa clara estética de la palabra trabajada, como del manejo absoluto de los mundos que representa, la obra tiene un prólogo maravilloso escrito por Carlos Sandoval titulado “Las edades de una escritura”. Así que con semejante introducción a la narrativa de Infante, la cual abre con un cuento estupendo que lleva por nombre “La muerte del tío cosa”, no es mucho lo que puedo decir que ya Sandoval no haya diseccionado con quirúrgica calidad verbal.

En todo caso y para no pasar de largo con esta brevísima nota, hay libros que después de leídos uno llega a catalogarlo de “fundamentales”, tanto por lo que narra,  como por el consabido y vital “cómo lo narra”. Este es el caso de Todos vuelven, que de ahora en adelante se me antoja imprescindible dentro de nuestra literatura nacional; un rescate y relanzamiento que la Editorial Equinoccio hizo con este autor y su obra, que tal vez por estar envuelto en sus avatares académicos que no son pocos, no anda con excesos mediáticos y falsas posturas de divismo intelectual. Tuve la suerte de conocerlo hace casi dos años en un taller de narrativa y para entonces sólo había leído de su autoría “Joselolo”, así que la inquietud por leer más de él estaba latente, y más aún, cuando de manera generosa nos dio a cada uno de los talleristas, una edición del mencionado cuento (yo me hice el loco, por supuesto, como si nunca lo hubiera leído) aunque me decepcioné un tanto pues esperaba otro de sus textos.

Pero así son las cosas de la vida y cuando menos lo espera, Todos vuelven llega a mis manos y comienzo a devorarlo. El libro abre, como ya dije al principio, con el cuento “La muerte del tío cosa”, un texto hilarante —aunque les parezca irónico con esa “muerte” en la cabecera— que ya te da pistas de todo lo que está por venirse.  Como en toda antología, tengo mis textos predilectos, pero sólo mencionaré algunos de ellos, como por ejemplo “Gracias Gallegos”; “Claudia hablaba de André Breton”; “Ella vino a matarme”; “Milanesas de pollo”; del libro Cerrícolas muchos de sus textos, incluyendo “Joselolo” y el memorable libro Yo soy la rumba en toda su extensión: sencillamente genial. Aquí la cultura popular a través de la música, hace de las suyas para construir un mundo que de lo cotidiano pasa a lo épico. Y si de humor se trata, se halla la apología perfecta de este recurso en todo el texto. Como bien señala Carlos Sandoval en su encomiable prólogo: “Todos vuelven deviene poética del conjunto y quiere señalar el arraigo a un sitio simbólico del ser”, hecho inexpugnable para aquel que como Ángel Gustavo Infante, trabaja la palabra con la paciencia de un orfebre para lograr esto: una joya literaria imprescindible. 

7 mar 2013

Doña Inés contra el olvido


    Hay historias que merecen ser contadas; historias que deben ser leídas y rescatadas por su indiscutible vigencia.  Ese es el caso de Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres, novela publicada en 1992 y que lleva consigo dos premios importantes: Premio de Novela de la I Bienal Mariano Picón Salas y el Premio Pegasus de Literatura. Pero más allá de los merecidos laureles del éxito y ya entrando en materia, en términos amplios, la novela abarca tres siglos de historia venezolana, casi trescientos años por los cuales el personaje principal se pasea para contárnosla a su manera, desde su punto de vista muy particular: una voz femenina que desde el más allá, desde la ultratumba, narra diversos episodios de una Venezuela colonial e incipiente hasta llegar a mediados de la década de los ochenta del siglo XX.


     El devenir de la historia nos muestra a un personaje que es víctima de su propio tiempo, es decir, de los paradigmas sociales de aquella época que hacían de la mujer un apéndice del hombre y las labores hogareñas. Surge entonces la necesidad en doña Inés de revelarse y contar la historia, y sobre todo, contarse a sí misma por encima de una soledad implacable y del tiempo: “Ahora todos me han dejado sola. ¿Dónde están mis hijos nacidos de mi quince partos?” (Torres, A. 1999, p.11) Para luego decirle a su esposo Alejandro (siempre imaginario, siempre en la memoria de doña Inés) que “A veces creo que las sombras que me rodean esconden los papeles, conocen su lugar pero deliberadamente lo niegan para que yo siga eternamente buscándolos, pero no importa, triunfaré sobre ellas, tengo todo el tiempo del mundo para entregarme a la búsqueda de mis títulos” (Torres, A. 1999, p. 13) Además, ella misma y de manera axiomática dice después: “El tiempo ha dejado de interesarme, no me inquietan ya sus movimientos, porque he muerto hace mucho” (Torres, A. 1999, p. 14).

     Doña Inés Villegas y Solórzano, una mantuana típica de la colonia, se torna omnipresente, poderosa; su voz y pensamiento traspasa la barrera lógica del tiempo mientras va narrando los hechos en una suerte de agradable monólogo en el que ella y sólo ella tiene cabida. Interpela a su principal interlocutor, don Alejandro Martínez Villegas y Blanco, pero en ningún momento le cede la palabra. Doña Inés le pregunta pero ella misma responde. No obstante y más allá del gracioso matiz que esto le pudiera dar al personaje,  su manera de relatar denota nostalgia por todas las cosas vividas y el tiempo dejado atrás, incluso por encima de cierta altanería que en ocasiones evidencia. La excusa para narrar la historia tiene que ver con unas tierras en Curiepe que su esposo le dejó a Juan del Rosario Villegas (hijo bastardo que tuvo con una esclava) y que el general Joaquín Crespo le “expropió”. Doña Inés, sin ambages, lo increpa: “Ganaste la batalla, Joaquín Crespo, pero no lo sabrás nunca y yo te estoy esperando en Caracas” (Torres, A. p. 109),  Así que de la mano de este hecho, doña Inés llega hasta el tiempo moderno del cual también hace crítica. “Tú también me has dejado sola Alejandro, y tú, Juan del Rosario, contradíceme, dispútame” (Torres, A. 1999, p. 25), les dice, increpándolos en ese proceso de búsqueda que se marca desde el inicio de la obra.

     Desde su posición de ultratumba, doña Inés se envalentona; sabe que desde su dimensión puede opinar de política: “No dio resultado el liberalismo, Alejandro, y tuvieron que inventar la dictadura” (Torres, A. 1999, p.107); dar juicios de valor y dirigirse a las más altas figuras políticas del país con altanería: “A mí Cipriano Castro ni me va ni me viene. Tengo por él un profundo desprecio, aunque confieso que hasta me hacen gracias sus desplantes...” (Torres, A. 1999, p.107) de quien también se mofa diciéndole que se creía Napoleón Tercero. No obstante, estar allí en esa suerte de limbo, tal vez le permite ver la historia y hacer un recorrido sobre ésta con una visión más crítica que si estuviera en carne viva. A través de este elemento  ficcional la autora recrea los hechos y nos deja ver desde la mirada de doña Inés, cómo era el entorno, los hombres y mujeres, las casas, los hogares y sus costumbres, dicho en otras palabras, se entrega a una clara descripción de una época. Más allá de esto y considerando que “las novelas son un mecanismo poderoso de interiorización de normas sociales” (Culler, J. 2000, p. 112) podemos notar claramente en esta obra, una puesta en escena de todo un entorno social con un largo recorrido de casi tres siglos.

     Ana Teresa Torres presenta a doña Inés bien perfilada desde su interioridad, característica muy destacada de la autora en cuanto a la creación de sus personajes. En este orden de ideas, su feminidad y su visión particular de ver el mundo, destaca por encima de muchas cosas así como la soledad que la embarga, sobre todo si consideramos la época que sirve de contexto a la obra en donde la mujer estaba supeditada a los designios del hombre y a las estrictas labores del hogar. El personaje se transforma entonces en una suerte de rebelde silente que se impone a la tradición, al canon de la sociedad machista tomando la palabra a través de un escribano a quien le ordena transcribir su relato, proyectando la memoria desde su propia familia hacia el país entero. Es un personaje todopoderoso pues todo lo ve, todo lo oye y todo lo sabe. Se siente venir el discurso claramente desde el más allá, capacidad que pudiera tomarse como un don o una cruel penitencia que la dejó permanecer en el tiempo más allá de su muerte. La polifonía a la cual alude Bajtin (Bajtin, M. 2003) con respecto a la novela, por su diversidad de voces y su forma dialógica, en Doña Inés contra el olvido hay que atribuírsele por completo a un sólo personaje principal, a la mantuana que narra la historia, pues es quien lleva el hilo conductor del texto por medio de ese juego conversacional que no es más que consigo misma.

    Ana Teresa Torres saca partido de principio a fin de un personaje que se muestra por completo en su interioridad, pero es a través de esa mirada única de doña Inés, que también describe una época con precisión tal como ya se ha comentado, destacando por supuesto el aspecto social que recorre las páginas de la novela: “Y es que había de todo Alejandro, en aquella Caracas gomera y provinciana, dividida entre los que soportaban el dolor de algún preso engrillado y los que se enriquecían a la misma velocidad con que el petróleo brotaba de la tierra” (Torres, A. 1999, p.139).  Ejemplos como este sobran. Desde esta perspectiva, la reconstrucción de los hechos que forman parte de la realidad histórica del país, están allí como soportes desde donde la ficción se apalanca para construir el relato que denuncia, que critica.  El juego literario exime aquí al lector de la diatriba que pudiera plantearse entre lo real y lo ficticio; importa más la verosimilitud que el texto ofrece, pues “la literatura sirve como mediación -activamente- , a través del imaginario, a lo conflicto de lo real; o mejor, los articula en otro tipo de relato y por ello lo real siempre está presente aún como ausencia” (Montaldo, G. 2001, p. 78). Aquí no se discute si lo que se narra es verdad o mentira, sencillamente los hechos están allí para formar un entramado coherente, que se sustente por sí mismo construyendo su propia verosimilitud, y aunque no fuera así —lo cual no es— “utilizar la mentira literaria para denunciar la mentira social es, en verdad, un privilegio muy antiguo heredado de los Escépticos y de los Cínicos”, (Blanchot, M. 1992, p. 53) y esto queda refrendado con cada una de las situaciones relatadas en la obra.

     Doña Inés contra el olvido traza una cosmogonía de la mirada femenina de la mujer venezolana a lo largo del tiempo. La novela se apalanca en diversos hechos históricos para darle un corpus consistente a la misma y a través de los cuales, de ese ejercicio constante de mantener la memoria, se vincula a los suyos, a su gente, al anecdotario que formó parte de su vida haciéndolo desde su propia voz, lo que en línea directa coloca  a la memoria en un pedestal para doña Inés como su bien más preciado. Quiere por medio de su remembranza reivindicar su imagen de mujer, y por tanto, el honor y la dignidad de todas las mujeres de una época cuya mirada no podía ir más allá de los barrotes de unas ventanas.  Doña Inés sabe del valor de la memoria para mantener los recuerdos vivos, los propios y los ajenos, es decir, los que le pertenecen al colectivo, por ello mismo se atreve a decir que “en este país de la desmemoria yo soy puro recuerdo” (Torres, A. 1999, p.238) y tal como le dice a su esposo a pocas páginas del inicio de la obra “Escucha, de mi profunda memoria, el destino de nuestro linaje” (Torres, A. 1999, p.53) La memoria de doña Inés se expande incluso hasta inmiscuirse en la vida de otros personajes, pero esta situación no es más que el resultado de querer combatir la tautológica soledad que va marcando el relato página a página, esa que hace sufrir al personaje.


Referencias


Bajtin, M. (2003): Problemas de la poética de Dostoievski. F.C.E. México.

Blanchot, M. (1992): El libro que vendrá. Monte Ávila Editores, Caracas.

Culler, J. (2000): Breve introducción a la teoría literaria. Biblioteca de Bolsillo, España.

Montaldo, G. (2001): Teoría crítica, teoría cultural. Editorial Equinoccio, Caracas.

Torres, Ana (1999): Doña Inés contra el olvido. Monte Ávila Editores, Caracas.

6 mar 2013

Las redes sociales son un cuadrilátero virtual


He visto por las redes sociales, sobre todo vía tuiter y feisbuk, cómo se dan con todo los que van de la mano del oficialismo y quienes lo adversan, es decir, la oposición. No me asombra en lo absoluto, para nada. Son años de insultos, de desmanes e injusticias, y sobre todo, de una larga lista de venezolanos y venezolanas que han muerto a manos del hampa (miles). No sé si es cierto, no me consta, pero los rumores de “saqueos” entre ayer y hoy fueron muchos, y la palabra como tal, me incomoda, me incordia. ¿Por qué? Porque la primera vez que la escuché fue en 1989 cuando el país se acostó en el fango del caos y todo lo que pueda decir ya es historia y muchos saben a qué me refiero.

Siguiendo la línea que me apasiona y me interesa que es la literatura y ese objeto casi totémico como lo es el libro, mis seguidores y a quienes sigo de una u otra forma están ligados a la misma tendencia, bien porque ya sean profesionales, escritores consagrados o en pleno crecimiento; librerías, libreros, periodistas, poetas o sencillamente entusiastas de la palabra escrita que no son pocos y que son —por lo general— los más sinceros en sus opiniones. Todos hallamos aquí un punto de encuentro, e insisto, hay de un bando y de otro. Pero, y aquí la discordia, las redes sociales son el cuadrilátero virtual en donde se puede ver el intento de concordia por un lado, pero la intolerancia radical por la otra. En mi opinión, esto último es vergonzoso sea del lado que venga. Si tanto queremos lo mejor para nuestro país, si somos capaces de aceptar que estos y aquellos libros son una maravilla, que este autor y este poeta son realmente buenos, ¿por qué no podemos dejar a un lado el radicalismo que tanto nos ha afectado a todos?

Entre las múltiples lecturas que siempre hago al mismo tiempo, está la de Nunca más Lili Marleen de David Alizo, y amén de comentarles que esta es obra pinta monumental al menos por la página que voy, asusta leer en el mundo ficcional del libro aquel radicalismo nazi que acabó con millones de personas y que el narrador refleja en las páginas a la perfección hasta llegar a las calles de Trujillo en Venezuela. Lo comento porque —y volviendo al punto—, algunos tuits se me antojan patéticos, del típico adolescente que le reclama a su enemigo y éste le responde con sorna, ironía y vulgaridad. Allí la intolerancia, allí el irrespeto, allí el camino que aún no está claro para nadie (al menos no para mí), en un país en donde se llama a la paz, pero fuera de la pantalla, hay amedrentamiento, burla y hasta presos políticos. Entonces, ¿a qué se juega?

Lamento mucho el fallecimiento del presidente por el simple hecho humanitario, porque esa enfermedad no se le desea a nadie y conozco algunas personas o familiares de éstos, que han muerto por la misma causa. No hay nada qué celebrar, no hay nada qué aplaudir. Da pena ver cómo se siguen cayendo a leña unos a otros en medio de esta dura noticia; da pena ver cómo un grupo de personas no identificadas, salieron a quemar las carpas de los estudiantes opositores. Hay que tener un alma miserable para caer en esto. Respeto absolutamente el dolor ajeno que al multiplicarse a través de los medios de comunicación, se siente, estoy en Venezuela y lo siento; respeto el luto, aunque aclaro, yo no estoy de luto, pero igualmente siento un vacío terrible como ciudadano. Como dijo el escritor Daniel Sada, “parece mentira pero la verdad nunca se sabe”, y lo comento porque si bien es cierto que tanto representantes del gobierno como de la oposición han utilizado el discurso correcto, el que llama a la concordia, al respeto y a la unidad, ojalá que sea así en los próximos días, semanas y meses hasta que las aguas vuelvan a su cauce.  

28 feb 2013

Infancia

La infancia es como un rostro borroso
en una moneda de oro que suena
limpiamente.
Tadeusz Rózewick

Cuando estamos niños los días se nos pasan lentos. Deseamos ser grandes, adultos. Y cuando ya lo somos, nos preguntamos en qué momento se nos fue la infancia. Desde allí, desde esa etapa de la vida, J. M. Coetzee cuenta su propia historia, una suerte de autobiografía novelada de un momento no precisamente fácil de su vida. En el texto está el inevitable apartheid sudafricano haciendo de las suyas en todo el territorio, y la familia Coetzee en medio de aquel conflicto socio-político en donde la polarización era absoluta entre los afrikaners y los ingleses que aún querían mantener el dominio sobre la población negra, así que el segregacionismo y la discriminación racial están en su esplendor.

La obra transcurre a finales de los cuarenta e inicios de los cincuenta (en plena infancia de Coetzee), momento en que el Partido Nacional refrenda todas las políticas del país fortaleciendo el apartheid. El miedo está allí presente en la mirada de un niño que quiere pasar desapercibido, que cuando no está enfermo de verdad, finge estarlo para no tener que ir al colegio. Paradójicamente quiere sacar las mejores notas, lo que de por sí llamaría la atención, pero su mayor preocupación no es esto, sino los terribles azotes que los profesores aplicaban a sus estudiantes. Por otro lado, terminar por castigo en un salón de afrikaners sería la muerte, pues para aquel niño, éstos eran terribles, bárbaros, casi unos salvajes.

En ese proceso de crecimiento y aprendizaje surgen las dudas y las confusiones, no sólo por saber si identificarse con los ingleses o con la raza africana, sino también con la religión, porque de ello también depende su estatus en el colegio (y en la vida), su evolución y por tanto, un mejor futuro. Infancia, como muchos de los libros de Coetzee, es un texto duro, contado con una crudeza y una maestría evidentes. Allí se reflejan los intríngulis familiares desde una intimidad que sofoca por las diversas presiones que los aqueja. Está la madre a quien el niño adora, pero que a ratos también odia y un padre del cual puede prescindir por su falta de cariño y respeto hacia él. El niño Coetzee de la historia trata de ser un ejemplo en el colegio, pero en casa deja mucho que desear.

La manera que tiene el autor de evocar su infancia, nos coloca en una situación de desconcierto al ver las diversas calamidades que pueden sufrir una nación y una familia en medio de sus crisis. La inocencia está allí, pero siempre despertando de bruces ante una realidad inexorable y violenta.  Se lee a Coetzee con la predisposición de que cada frase es una joya narrativa, pero que en cualquier momento te golpea y te hace tocar suelo. Tal como le dijo su tía Annie: “Tan joven  y sin embargo sabes tanto. ¿Cómo vas a poder guardarlo todo en tu cabeza?”. Obviamente este Premio Nobel de Literatura lo hizo: lo guardó todo y lo contó con destreza. 

25 feb 2013

Hojas de romero

Las hojas de romero se escogen con la tesitura propia de hechicera para dar magia que alegre y conforte a todos los sentidos, dos tazas como medida mínima para un cuerpo necesitado de su milagroso hacer, la almendra —que compite en aroma con el romero— se agrega en forma de una taza de tibio aceite, la sal marina se equilibra por cucharadas y son tres las requeridas, añádesele a esto la mirada, única de cada mujer, que encierra el petitorio a cumplir por el ancestral baño. Una tina no podría faltar, ni ducha ni jofaina harían la labor, la ceremonia de hundirse lentamente en la tina forma parte inseparable del ritual, saborear el vaporoso aroma que limpia los recuerdos y energiza el espíritu, he ahí la magia, delicados dedos que se entremezclan con las flotantes hojas de romero en un íntimo abrazo…

15 feb 2013

Qué Hermosillo: 6.3



Así nos recibía el país el viernes pasado. Para la fortuna de muchos, el número no era en la escala de Richter, no; mientras esperaba que las maletas hicieran su acto de aparición en la correa, alguien que estaba a mi lado, reconocido en el ámbito deportivo, dijo “coño qué bolas”. Le pregunté que qué pasaba y me dijo, “mira”, y me enseñó el fatídico tweet que anunciaba el ajuste cambiario a BsF. 6,3 por dólar. El temblor no fue físico, insisto, para nuestra dicha; pero sí lo fue psicológico y también moral, sobre todo después de tantas mentiras, engaños y supuestos avances en nuestra economía, que cuando entra en comparación con la de otros países, da pena.

Para nada iba a comenzar esta brevísima crónica hablando de ajustes cambiarios y devaluaciones, no; aún venía pensando en beisbol con sabor a bacanara; en desiertos y cactus que por hostil que parezcan, siempre son una caricia a la mirada y al pensamiento (al tacto, lo dudo); y en ese “mande” con el cual todos los sonorenses -y supongo que los mexicanos en general- inician su conversación con propios y extranjeros. El sabor del triunfo por el título alcanzado en nuestra pelota, más allá del rol en Hermosillo con un equipo totalmente distinto al que alzó la copa el pasado 30 de enero, aún estaba allí, sobre todo cuando en mi caso particular, estás involucrado con los intríngulis que implica armar un equipo.

Superando los escollos del primer día entre ajuste climático (4 grados en la noche y 30 al mediodía) y algunos detalles de la organización del evento que se escapaba de nuestras manos, el contraste-país entre lo que tenemos y lo que no tenemos, afecta, y mucho. Te dices a ti mismo y constantemente, por qué tu ciudad no está así; por qué la gente no es cortés o educada como ésta; por qué en las calles no hay ni un papelito y allá en Caracas, ni hablar (basta caminar cualquier avenida para darse cuenta de que no exagero); por qué los colegas de una emisora mexicana se sorprendieron cuando después del primer día de transmisión nos ven recoger los cables y equipos por si acaso no nos fueran a robar. Respuesta: “¿Qué? ¿Robar? ¿Quiénes? Nosotros nos vamos y miren la caseta, ahí dejamos todos...” Sí, qué vergüenza.

En medio de la zafra deportiva, agotadora por una parte pero gratificante por saber que lo estás haciendo bien, por la otra, siempre queda el tiempo para visitar, conocer, y en mi caso, buscar con un placer casi infantil una librería. En las dos primeras que encontré admito que mi frustración fue grande, pues no hallé en ellas nada particular, distinto a lo que puede encontrarse por aquí, además que el par de libreros quedaron ponchadísimos con dos autores universales por los cuales pregunté (allá también pasa), pero como a la tercera va la vencida, así fue cuando abrí las puertas de la librería Unison (Universidad de Sonora): una suerte de Scrat entrando al cielo repleto de bellotas, pero cambiándolo todo por libros. A la fuerza me sacaron mis compañeros que nada tienen qué ver con literatura y libros, sólo beisbol, beisbol y más beisbol... Así que sólo me llevé ocho libros y presto partí al Venezuela-México en el cual los dejamos en el terreno, valga recordar.
 Los chitilpineros se ofrecían para el menudo y el pozole; los tacos resultaron una delicia en el mercado municipal acompañados con chiles güeritos; los jalapeños rellenos una exquisitez; las coyotas un sabroso dulce (no picaba, en serio); la carne seca del estadio un volcán sólo apto para los mero machos; la horchata, un agua fresca exquisita. Así que la gastronomía fue aprovechada en pleno mientras pensaba que al día siguiente volvería a la librería a hacer de las mías, pero no fue así: almuerzo, tecates, molcajetes, música en vivo y bacanoras, nos anclaron a las sillas hasta tener que salir corriendo directo al aeropuerto en horas de la noche, con una “visteada” de la chingada y un país esperándonos con una devaluación telúrica de 6,3, haciendo temblar al más guapo de los bolsillos.

24 ene 2013

El palacio del llano cumple cien años


Juan Carlos Zapata nació en el llano, así que desde la infancia supo lo que era un amanecer en aquellas largas extensiones de tierra; cuál era la fauna que recibía al sol naciente, como al poniente, frente a los ojos curiosos de un niño que de seguro todo lo preguntaba. Pero amén de esto, aquel futuro escritor bebió del discurso propio del llano, ese que asusta y espanta, y que construye una imaginería que pasa de boca en boca a través de los cuentos narrados por los más viejos, los mismos que de seguro alimentaron sus miedos y emociones desde la inocencia.

Esa es la voz que hallamos en El palacio del llano cumple cien años. Una voz que suena a cuento, a grata tertulia con un amigo que quiere entretenerte con sus ocurrencias, pero con la destreza de un periodista que sabe por dónde escudriñar para envolverte. Así hace Zapata desde una narrativa pulida, con la clara ambición de mantener su nombre dentro de la producción literaria nacional. Salvando la diferencia temática que representa esta reciente producción con respecto a Doña Bárbara con Kalashnikov, también de su autoría, está más que claro que desde hace tiempo el autor venía macerando una suerte de homenaje a Rómulo Gallegos y especialmente a su obra más celebrada: Doña Bárbara.

Aquí la voz en primera persona nos acerca a una historia que retrocede en el tiempo, 1921 para ser exacto, cuando San Fernando de Apure era  “el segundo puerto fluvial de país”. En más de una ocasión nos preguntamos quién narra, esa voz implícita o el propio autor. Allí el borderline del que tanto se habla en literatura, ese que delimita la ficción y la realidad para beneplácito y sana inquietud en los lectores. La investidura periodística de Zapata se evidencia, y deja en claro, que tras toda la historia hubo mucha investigación: “En las fuentes que revisé, destacan las expectativas en torno al viaje”, dice.

El tema de la locura también está presente en la obra y podemos asistir a una amena conversación entre madre e hijo que en más de una ocasión te saca una sonrisa; seremos testigos del lucrativo negocio de las plumas de garza (“el oro blanco de Apure”); del viaje de Gallegos y la ruta seguida hacia el llano, ese “prodigio” que dio origen a Doña Bárbara. También a las anécdotas y a los misterios de pueblo; a la monumental construcción de un palacio imponente en medio del llano y al ejemplo perfecto de la oralidad como fuente y recurso discursivo que hace de  El palacio del llano cumple cien años, un texto memorable, cuya estructura, además, cuarenta y tres capítulos que parecen pequeños relatos, hacen de la lectura un trayecto placentero.

Juan Carlos Zapata distribuye muy bien el anecdotario y las vivencias de personajes como los Barbarito (“Los amos de Apure”) a lo largo de la obra; hace una breve mirada  a hombres que forman parte de la historia venezolana como lo son Juan Vicente Gómez, Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, así como a la mujer que inspiró a Gallegos para crear a Doña Bárbara, entre otros. Abarca décadas de historia como depositaria de toda una tradición que se empalma con lo literario. En El palacio del llano cumple cien años, todo es descrito con delicada minuciosidad.

18 ene 2013

2013

pic by me


María Guevara, que yacía con sus dotes naturales exentas de bisturí mientras el sol besaba su bajo vientre, obsequiaba el último atardecer del 2012, un fin de año y el inicio del nuevo que pudo ser perfectamente la versión venezolana de la película “Qué pasó ayer” (Hangover) en El Yaque. Nalgas por aquí, tetas por allá, alcohol, yerba y pólvora, mucha pólvora. Esa hermosa playa en donde de día se viste de colores naturales y también de los artificiales gracias a las tablas y las velas de windsurf y el kitesurf, se transformó en la sede de un bacanal sincronizado con el conteo regresivo que disparó la llegada del 2013. Aquello fue la depredación absoluta (aunque un tanto de depravación también). Los fuegos artificiales y algunos “globos del deseo”, en un par de ocasiones estuvieron a punto de prender en llamas algunas palmeras, pero por suerte no sucedió. Abrazos iban y venían, primero con la familia, luego con cualquier turista que se te atravesara. Incluso las más atrevidas (y atrevidos también) repetían el abrazo quince minutos después sin importarles nada. A un brasilero fue necesario decirle “vá pro inferno”, entre broma y en serio.

La disco a orilla de playa no paraba con su cadencia repetitiva y tediosa que te inyecta en el cerebro un bombo atronador, mientras que una desatada mostraba el alma desde un pequeño balcón, haciendo movimientos sugestivos e insinuantes (en realidad posturas porno). Gritos, muchos gritos y a medida que pasaban las horas, el hielo se fue transformando en el bien más preciado. Una agarrada de mano, un abrazo de una desconocida, un apretujón ahí (sí, ahí)  no se hizo esperar; un matrimonio peleando y mandándose “a la mierda” en mutuo acuerdo, de igual  modo hizo acto de presencia, mientras los familiares de ella decían: “mándalo pal carajo, mándalo pal carajo”, y un trago profundo de algún escoses cinta roja barría sus gargantas y alimentaba la cizaña; dos mujeres espectaculares se besaban rico, profundo, húmedo y el agua tibia del mar las envolvía en un manto protector; contraste, mezcla y hecatombe entre whiskey, cerveza, anís, vino y lo que pecara en asomar su pico. Todo era arrasado por un desenfreno inútil, efímero, careta de tantos fracasos y frustraciones.

Pero el entusiasmo vale para subirse el ánimo, más si sabes que puedes, que algo te dice que será tu año; un algo que siempre es plural pues todos apuntan a lo mismo, a trazarse retos —unos más alcanzables que otros— para que funjan como motor de arranque en un año, que en términos venezolanos, pinta rudo, muy rudo, más cuando retornas a la realidad y te hallas con que escasean los productos más fundamentales de la dieta diaria venezolana: atestiguas cómo en un reconocido súper mercado lanzan al aire los paquetes de Harina PAN y la gente se medio mata por hacerse de uno, entre codazos, golpes e improperios varios, digamos, como si fuera una piñata para adultos pero sin jugueticos sexuales. Luego le sumas el circo eterno que se presenta en la Asamblea Nacional, y allí, como en un salón de bachillerato, se insultan, se lanzan constituciones y se chiflan entre los dos bandos, jugando a ser unos eternos adolescentes pletóricos de irreverencia y falsa gallardía.
pic by me

Las consabidas frases VAMOS PA’ LA PLAYA y “venimos de la playa” (así, en chiquito) se refrendan por los buenos momentos vividos y la situación que te abre los brazos para darte la más cordial bienvenida a tu día a día. En un país como el nuestro, en donde el sol es capaz regalarnos un amanecer limpio en oriente y mil kilómetros más allá otro en occidente bajo el mismo manto de esperanza, puede pasar cualquier cosa, desde el más elemental irrespeto a las leyes de tránsito, pasando por la intolerancia al que disiente, hasta la múltiple reencarnación colectiva del primer mandatario a juzgar por el “CH somos todos”. La verdad, esa cosa intangible pero que suena con fuerza, nunca la sabremos en su totalidad, pero nos corresponde vaciar las maletas y seguir adelante desde nuestra minúscula participación ciudadana, que multiplicada, pudiera hacerse grande. El maestro Cabrujas dijo que esta tierra parece que no es capaz de reflejar su prosperidad, que es “una aldea provisional” de “mientras tanto y por si acaso”, y a nosotros nos toca tratar de revertir la vigencia de esa verdad. 
Foto @monikabella

17 ene 2013

Catalina de Miranda


Todos nos imaginamos cómo serían aquellas ciudades en que no existía el asfalto ni las grandes edificaciones que hoy día forman parte del caos de diversas capitales venezolanas. Cómo sería su gente, el día a día y la manera de entretenerse ante la ausencia de una computadora, televisión o cualquier artefacto electrónico; cómo vestían, qué comían y una larga lista de inquietudes ante la distancia temporal que impone el texto. Catalina de Miranda va de esto y mucho más. Nos invita a hacer un viaje en el tiempo en el que asistimos a las aventuras de una joven y humilde sevillana que partió al nuevo mundo en busca de aventuras; a un lugar inhóspito en donde aún abundaban temibles etnias guerreras que desataban cruentas batallas, mientras la rivalidad entre los propios conquistadores iba en aumento en una época en que prevalecía el poderío español sobre el francés.

Xiomary Urbáez cuenta esta fascinante historia desde la intimidad de una voz amiga que narra sin pretensiones grandilocuentes. Sencillamente expone los hechos y ellos mismos son los encargados de llamar al asombro, al impacto que producen los acontecimientos a través de ese acuerdo natural entre la ficción y lo que ésta pretende: cautivarnos, hipnotizarnos, hacernos creer que todo lo que cuenta es verdad. El narrador, ese que todo la sabe, no se va con el léxico propio de alguien que perteneció al siglo XVI, no; nos habla desde un argot actual pero con la certeza de que atestiguó todos y cada uno de los hechos relatados.

Catalina de Miranda arranca con una gran retrospectiva —aparte del propio hecho histórico que se narra—, pues el mismo personaje principal, Catalina, ya octogenaria, cansada y sentada en su mecedora, hace memoria de lo vivido consciente de que ya es abuela y bisabuela a inicios del siglo XVII,  “instalada de cara a El Ávila en un corredor de su enorme caserón, en Caracas”. Desde de allí, desde la tranquilidad que le da el pertenecer a la más elevada aristocracia caraqueña después de tantos años de luchas, fundaciones y conquistas, la historia retrocede hasta sus quince años cuando atraviesa un océano Atlántico azotado por despiadados piratas.

El texto se ofrece desde el principio como una novela histórica, pero también sale al paso el tema amoroso y romántico, pues si hubo una mujer que despertó pasiones, fue Catalina. Tan solo su presencia era suficiente para que los incautos hombres cayeran rendidos a sus pies, tanto por su beldad, como por una personalidad avasallante. Así nace el romance entre Catalina y Jean Françoise Roberval; Catalina y Juan de Carvajal, cuyas escenas pasionales fueron capaces de generar un nuevo espanto al tañir de las campanas en Maracaibo; Catalina y su amor imposible por el indio Yeyibel; Catalina y don Rodrigo.

En esta novela, merecedora de ser finalista en el premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2012, reviviremos la fundación de El Tocuyo, de Maracaibo, de Nueva Trujillo, de Mérida y Variquisimeto, como su nombre autóctono indica; le daremos un vistazo a Patanemo, Borburata y Valencia junto a los pioneros que recorrieron estas tierras al lado de una mujer de armas tomar y de un pensamiento muy avanzado para su época, la misma que deseaba una sociedad igualitaria y tolerante. Pero además de este profundo sentido de libertad, Catalina, al mejor estilo de María Lionza, invocaba los poderes de la naturaleza, “como las hechiceras antiguas, como las ninfas de las aguas” y que además, “tenía su propia y particular manera de hacer magia”; tenía dotes de cirujana y hasta diseñaba su propia vestimenta.

Catalina de Miranda tiene todos los elementos antes mencionados para atrapar la atención lectora de principio a fin, pasando incluso por la fauna, la gastronomía, ritos de iniciación y pare usted de contar. Xiomary Urbáez apuntó alto con este texto que va más allá de las aventuras por el Caribe y los hechos históricos; ofrece un personaje profundamente humano y que es capaz de ganarse la simpatía de los lectores por esa irreverencia que la hace tan única e irrepetible.


10 ene 2013

La soledad del náufrago


Anoche (miércoles 9 de enero de 2013) terminé de leer La soledad del náufrago, aunque el verbo “leer” me resulta insuficiente, casi injusto, en este caso. Más bien pudiera emplear la palabra “degustar”, pues a eso es a lo que gratamente somete al lector este poemario de Miguel Marcotrigiano. Cuanto uno lee hace trampa, que en mi caso, consiste en saltar páginas —siempre y cuando el libro lo permita— o saltar de un libro a otro (en esto soy un tanto desordenado). Pero también la trampa obedece en esta ocasión, a saltarme un par de libros a los cuales les debo su respectiva reseña.

La resonancia que causó en mí el empleo de las sombras, de los espejos, de restos de la infancia, de silencios, me conminan a no dejar que ese eco tan propio de la buena poesía, la que se queda rebotando en tus pensamientos, se difumine con el ruido del día a día por el quehacer laboral y la multiplicidad de lecturas que siempre están en proceso. Por ello mi trampa, esta necesidad de hacerle un guiño sencillo, pero honesto a La soledad del náufrago, en donde asistiremos a la comprobación de que la poesía es oficio, duro oficio, en donde los meses o años de inamovilidad creativa terminan consolidando una obra clara, definida y depurada.

Algunas de las incógnitas que Marcotrigiano plantea en su trabajo, seguramente en algunos casos de manera conciente y en otras oportunidades sin tal pretensión, como por ejemplo la simbología y la presencia del “hermano”, son descubiertas hacia el final del libro, en el apartado “La palabra y su sombra. En torno al hecho poético”, lo cual no impide que una vez develada alguna duda, sigamos reflexionando sobre cada metáfora o cada imagen que los versos despiertan. De hecho, la tonalidad de este poemario, invita a la constante reflexión, por ello mismo hablé al principio de degustación. Como bien dice el propio poeta: Cada poema es una llama temblorosa que ilumina a medias lo que nos rodea en este reino de oscuridad.

Entregados a la lectura, podremos ver cómo cada uno de los poemas va formando un todo concreto, coherente, y en donde el proceso de identidad que cada cual pueda hacer con lo leído —supeditado irremediablemente a lo singular—, dejará siempre un grato sabor a través de una construcción poética sin duda alguna bien pensada, a pesar de que el “miedo” como proceso creativo, esté siempre agazapado en cada palabra y cada verso. Esta reflexión ya se me viene desde Ocurre a diario (http://bit.ly/VN3oga) del propio Marcotrigiano, y tanto en éste como en La soledad del náufrago, el ejercicio recurrente de la “memoria” está presente como gota de agua silente pero incansable.

Una vez que los libros ya están publicados pertenecen a los lectores y no a sus autores. Alguien dijo algo como esto pero no recuerdo quién y valiéndome de ello, me apodero de estos versos para finalizar: Se acerca el final de la lectura / y ya no soy terreno propicio / para unos ojos cansados.  Para los lectores de poesía aquí mi primera recomendación del año.

8 ene 2013

La segunda y sagrada familia


Una piedra con una nota atraviesa el cristal de una ventana; un misterioso sobre se desliza debajo de la puerta; un parabrisas aparece con una nota amenazadora. Estas son algunas de las pistas que la detective Carolina Larotta deberá seguir para desenmascarar al culpable del ataque psicológico hacia Cecilia Medina de Castellanos, esposa del candidato presidencial Emiro Castellanos.  Pero hay algo en él que a muchos no les agrada: tiene dos familias y prole en ambas partes.

La segunda y sagrada familia, se desarrolla en una Caracas consumida por el caos, tanto vehicular como delictivo. Recorreremos calles, autopistas, urbanizaciones y avenidas que muchos conocemos. En medio de este entorno, Kathia Santeliz, la otra mujer de Emiro Castellano y la periodista más importante del país, también será sospechosa por los duros ataques a la futura primera dama, así como Mirna, la asistente cincuentona de Cecilia.

En el clásico tono de la novela negra, aquí comienzan a suceder los hechos desde las primeras páginas, haciendo que el ritmo de la novela nunca decaiga. Sus personajes hablan tal como lo puede hacer cualquier caraqueño, haciendo que la afinidad en este sentido sea completa. La detective Larotta se gana el aprecio del lector, no así el detective Arichuna, un hombre repulsivo y desagradable por su falta de modales. 

Inés Muñoz Aguirre nos lleva de la mano hasta el décimo y definitivo día en que la amenaza debe concretarse, mientras la ciudad en plena efervescencia sufre de racionamientos eléctricos, tráfico infernal, jubilados furiosos y secuestradores haciendo de las suyas y el candidato Emiro Castellano sigue recorriendo el país en su empeño por convertirse en presidente, manteniendo su amplia sonrisa y un postura de optimismo irrefutable, pero que a oídos de sus más allegados se atreve a decir: “¡Estamos jodidos! Este país está quedando en la ruina  con el desastre que ha hecho esta gente”.

Extraños asesores políticos, extorsiones y muertes, hacen de La segunda y sagrada familia de Inés Muñoz Aguirre, una novela trepidante dentro del género policial. Acompaña a la atractiva Carolina Larotta a descifrar el enigma y a descubrir cuál de las dos familias es más sagrada que la otra. 


25 dic 2012

El silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo


Alguna razón habrá para que el pernil de la noche buena tenga mejor gusto al día siguiente. Tal vez los condimentos asentados o cualquier razón culinaria que desconozco sea el motivo para que al pasar por las papilas gustativas, el delicioso chanchito sepa a gloria. Vinos van y vienen y la “magia”, la “alegría” contagiante de los días navideños, sigue su inexplicable recorrido por las venas del vecino más huraño, de ese que no suelta ni los buenos días en el ascensor, te abrace y te invite a echarte unos palos en su casa. He leído a más de un tuitero escribir algo así como “ya basta de ese exceso de optimismo y felicidad”. Y yo reflexiono diciendo que cada cual a su estilo se hace o se cree feliz; cada quien a su manera se hace infeliz a pesar de que las luces siempre le acompañen el camino.

Una de las cosas más sabrosas de estos días, particularmente al día siguiente del nacimiento del niño Dios, es el silencio que reina en las calles, en las avenidas. Nace un extraño eco que reverbera en todo el ambiente y en donde por costumbre lo que hay es un corneteo y un cruce brutal de mentadas de madres, lo que se oye son los pajaritos con su trinar olvidado detrás de cortinas de smog y caos. Paraulatas, Cristofue, Arrendajos, algunos periquitos portugueses en fuga y las soberanas guacamayas, hacen de las suyas en un cielo limpio, atravesando restos de pólvora como prueba del extraño desenfreno de la medianoche previa.

Me entrego a la lectura para aprovechar que muchos aún duermen. No hay mejor música de fondo que el vacío pretérito, ese que deja después la multitud de gente que celebró con paroxismo la navidad. Sólo el silvido de la greca me saca del libro para que juntos libemos la deliciosa infusión. Pero, como siempre hay un pero, llegó el momento para ponerme soez: desde el popular Parque Naciones Unidas comienza el escándalo de un kareoke mal llevado a tempranas horas para ser un día festivo. De hecho, al momento de escribir esto, son las tres de la tarde y el escándalo continúa. Los vecinos de esta zona NO TENEMOS DERECHO a pasar un día en santa paz, no. Extraño a los Cocodrilos de Caracas y a sus cinco mil fanáticos -malandros o no- haciendo bulla, pues la misma es programada. Tomas el calendario de juego y sabes qué día te la tienes que calar o si te vas pal coño si no quieres ser atormentado.

En el reconocido complejo deportivo inaugurado para celebrar los juegos Panamericanos de 1983, vive un número importante de familias damnificadas por diversas catástrofes naturales y mientras esperan solución o alguna respuesta concreta de las entidades encargadas de esto, pues se divierten -con algo hay que divertirse- con los parlantes y poderosos equipos de sonido. Y más allá del patético kareoke del 25 de diciembre, ya es común despertarnos los sábados, tipo cinco de la mañana, con un fantástico vallenato que se prolonga por dos horitas en la mayoría de las veces, reguetones y los impepinables religiosos (evangélicos, mormones, testigos de Jehová o cualquier pare de sufrir de turno) que son los peores, ¿por qué? Porque comienzan los viernes en la noche y entregan el recinto los domingos después de las diez de la noche.

En fin, el silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo, en su centro efímero que se desvanece en una ciudad que parece tenerle alergia a la tranquilidad, sobre todo a los desgraciados y jodedores que lanzan un cohetón a las seis de la mañana un día como hoy (CDSM, dije que sería soez). Qué importa la mujer recién parida hace un par de días y su bebé del apartamento de al lado; qué importa la tristeza de los vecinos de dos pisos más arriba por la muerte del abuelo hace una semana. Viva la indolencia, que mientras, yo sigo armando los legos que le dejó el Niño Jesús a mi hijo y disfrutando de su regalo favorito junto a él: un libro.

Feliz Navidad.

20 dic 2012

Resumen de lecturas 2012


Pues finalizó un año más (o está por finalizar —depende de Los mayas—) entre libros y lecturas. Algunos de ustedes pasan de visita y saludan desde la puerta en medio del apuro diario; otros, entran se toman un café y dejan sus comentarios entre los escombros.  El año pasado —según veo— leí cuarenta y seis libros y ahora el total para el 2012 subió a cuarenta y ocho. No subí mucho. Me pudiera excusar diciéndoles que no estoy incorporando a la lista unos cuantos libros de teoría literaria, de esos que tienen camisa de fuerza pero que siempre dejan algo bueno; textos nuevos para mí y otros a los cuales siempre vuelvo porque son imprescindibles para degustar y tratar de entender un poquito más la pandemia literaria que tanto nos apasiona. Ah, y unos cuantos libros infantiles que antes de llegar a manos de mi hijo, pasan por la alcabala. En todo caso, sigamos leyendo y promoviendo la lectura, pues como suelo decir, sumar lectores es restar balas. Feliz 2013, námaste.


1. El ojo del vientre de Numa Frías.

2. La puerta de los tres cerrojos  de Sonia Fernández-Vidal.

3. Bitácoras ignotas de Lesbia Quintero.

4. Fábulas de carne y hueso, de Manuel Felipe Sierra.

5. Sin destino de Imre Kertész.

6. Luminoso y amarillo de Mempo Giardinelli

7. Televisión, ver o no ver. ¿Será este el dilema? de Fernando Mariño.

8. Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero.

9. El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses.

10. De cara al río de Joaquín Ortega.

11. Cuentos sin plumas  de Woody Allen

12. Cuentos en el espejo de Marianne Díaz Hernández.

13. Todas las lunas de Gisela Kozak

14. El arte de ser humano (en la empresa), de Raúl Baltar.

15. Los diez mandamientos en el siglo XXI de Fernando Savater.

16. Rosas y duraznos de Marisol Marrero.

17. Portugal y Venezuela: 20 testimonios de Yoyiana Ahumada.

18. Suite francesa de Irène Némirovsky.

19. Aura de Carlos Fuentes.

20. Confesiones de una máscara de Yukio Mishima.

21. Caracas muerde de Héctor Torres.

22. El mal de Montano de Enrique Vila-Matas.

23. Al azar del viento de Ana María Velázquez.

24. Si yo fuera Pedro Infante de Eduardo Liendo.

25. La literatura como exploración Louis Rosenblatt

26. Entre el oro y la carne de José Napoleón Oropeza.

27. Sodoma y Gomorra (En busca del tiempo perdido) de Marcel Proust.

28. Juego cerebral de José Miguel Vásquez

29. Manuel para el más allá de Enzo Pittari.

30. Cuentos para gnomos de Deyanira Díaz.

31. Ocurre a diario de Miguel Marcotrigiano.

32. Eso lo sé de César Segovia.

33. Del diario de la señora Mao de María Teresa Ogliastri.

34. VIII Concurso nacional de cuentos SACVEN (varios autores)

35. Juegos florales de la poesía tradicional, II Concurso de poesía tradicional SACVEN (varios autores).

36. Sauce de versos de Olivia Villoria.

37. Escuela de demonios Jesús Sierra Acosta.

38. Santo oficio de la memoria de Mempo Giardinelli.

39. Hotel de Gabriel Payares.

40. Massaua de Arnoldo Rosas.

41. El amante de Janis Joplin de Elmer Ramírez.

42. La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo.

43. Plata quemada de Ricardo Piglia.

44. Guiones solitarios Carmen Vincenti.

45. Liubliana de Eduardo Sánchez Rugeles.

46. El lenguaje del juego de Daniel Sada.

47. El palacio del llano cumple cien años de Juan Carlos Zapata

48. Los living de Martín Caparrós.