18 jun. 2019

Manual para mujeres de la limpieza

Por Brigitte Monteiro.

Para los lectores se hace complicado elegir una nueva lectura, hay que seleccionar entre: los libros que queremos leer, los que te recomiendan colegas lectores, los que son recomendados por otro libro, los que ves en las librerías, los que son reseñados en el periódico y las redes sociales, los que ves en la página de novedades de la que descargas libros, en fin, hay muchas opciones.
Elegimos siempre con la esperanza de disfrutarlo, pero no hay mayor recompensa que la sorpresa.
Debo confesar que hace casi dos años que tenía el gusanillo por leer este libro, pero por alguna razón lo había relegado fuera de mi lista de prioridades. 
Al fin, el domingo en la mañana arropada en el sofá, a 2º C terminé de leerlo. 
Quedé en shock, gratamente sorprendida. Impresionada, boquiabierta. No he parado de hablar sobre estos relatos.
Lucia Berlin es mi descubrimiento este año, quedé fascinada.
La naturalidad de la prosa no busca esconder ni darle poesía a la miseria humana. 
Tampoco son relatos cargados de pretensiones morales, son relatos provistos de la más pura realidad.
El humor negro, el sarcasmo y la irreverencia son la constante en estos relatos que inevitablemente llevan al recuerdo de Carver, Estos relatos nos muestran retazos de su impredecible vida, nos muestran personajes sórdidos e ingeniosos, creo que esta lectura es terapéutica, confieso que lo estuve leyendo durante mi jornada laboral y no sentí un ápice de culpa. Lucia Berlín sí que es un fenómeno literario. 
Puedo mencionar entre mis favoritos: 
1. Estrellas y santos
2. Melina
3.Atracción sexual
4. Luto
5. Una aventura amorosa
6. Carmen 
7. Mamá 
8. Mijito
Y mención aparte para " La vie en rose" porque tiene como escenario Pucón, este pueblo gobernado por volcanes en la geografía chilena, al que ahora llamo hogar. 
Cuando intento relacionar a Lucia Berlin con otros autores que he leído vienen a mi mente Carver, Palahniuk, Hubert Selby Jr, Irwine Welsh y Brett Easton Ellis. No es un libro para mojigatos,es una joya y recomiendo su lectura acompañada de un buen trago de vodka.

13 mar. 2019

Doce hombres a caballo, una mirada por Heberto José Borjas


Tomado de Letralia.com

Las dos primeras publicaciones de Jason Maldonado fueron libros de poesía. Emprendió en narrativa con la novela Verde que me muero (2014) y transcurrieron casi cinco años hasta que publicó una compilación de relatos que estuvieron hibernando por años en aquella dimensión donde perviven los manuscritos inéditos hasta adquirir la forma final que se puede leer en Doce hombres a caballo, editado por FB Libros en diciembre de 2018. La obra en cuestión es un hermano menor (por su reciente data, no por su calidad, que quede claro) que se parece al mayor, pero sin ser una repetición de la fórmula que hizo de Verde que me muero una novela solvente. Si un lector se enfrentase a ambos textos sin saber quién es el autor, bien podría concluir que es el mismo, teniendo claro que una novela y un libro de cuentos son creaciones conceptualmente diferentes. Entonces, si un narrador es capaz de dejar patente en dos obras distintas una voz definida y singular que les ponga sello de origen y que no dé lugar a dudas, nos encontramos ante alguien que demuestra maña y madurez en un oficio tan volátil como lo es el de contar historias. Eso, sin temor a parecer cursi, es admirable, es lo que los narradores están llamados a encontrar para hacerse de una estrella con su nombre en el firmamento literario.
Desde la primera historia, el libro deja un regusto a barriada caliente, con inevitables referencias coloquiales y descripciones de ambientes que harían palidecer a quien no los haya visitado.
Que un libro de cuentos utilice personajes que son principales en unas historias y los presente como secundarios o meras referencias en otras hace pensar que Doce hombres a caballo pudo haber funcionado como una novela coral. Ignoro si tal consideración pasó por la mente del autor durante la concepción. De todos modos la obvia cosificación de ciertos personajes que van y vienen habla de una intención deliberada de retar la atención del lector, quién deberá armar los hechos para establecer las líneas cronológicas y dramatúrgicas que unen a Pega Camacho con Alan Brito, a Carlota con Rufino y con El Enano, apenas algunos de los arquetipos demasiado humanos que alardea el libro, ubicados aquí y allá entre las páginas para que no los olvidemos del todo al final del relato que los presenta por primera vez. Como en la fallida serie Touch, del productor Tim Kring (si, el mismo que produjo Héroes), la premisa de que todos los seres humanos estamos conectados es una punta de lanza con la que Maldonado nos transmite que sabe manejar estructuras más complejas que la narración lineal. Aquí el autor se supera en el uso del humor fino y del sarcasmo para describir y a la vez burlarse de sus personajes y/o del patetismo de los lances que experimentan. Al respecto hace recordar el tono de Alfredo Bryce Echenique en Dos señoras conversan o en La amigdalitis de Tarzán, donde el maestro peruano nos saca una risa aun en situaciones que, vistas por medio de una cámara, serían intrascendentes, pero que se tornan hilarantes y perdurables en la memoria gracias a la alquimia de la palabra escrita.
Desde la primera historia, el libro deja un regusto a barriada caliente, con inevitables referencias coloquiales y descripciones de ambientes que harían palidecer a quien no los haya visitado. La cotidianidad narrada no tiene nada que envidiarle en intensidad y creatividad a aquellos libros que se han atrevido a hacer del neologismo, del lenguaje de la calle o de la vida real un estilo tan digno de respeto como cualquier otro. Quién sabe si es un involuntario guiño o tributo a ese clásico de las letras venezolanas de los años noventa, Salsa y control, de José Roberto Duque, que aborda estéticamente y sin miramientos el quehacer diario y el estilo lingüístico de los cerros caraqueños.
El relato “Cleobaldo Bídente” deleitará a los lectores que aman leer sobre metaliteratura (es quizás uno de los tres mejores cuentos de la obra): un personaje ficticio narra la epopeya de su participación en un concurso literario. El capítulo llamado “Llave 13” alude a esas vivencias imborrables de la infancia, a las anécdotas que nos marcan por años y las que le damos salida a través de las cualidades ilimitadas de la prosa. “Pega Camacho” cuenta a un personaje de esos que desprenden un raro magnetismo que nos hace ponernos de su lado. “Alan Brito” es la historia de una tensa partida de basquetbol donde un jugador del equipo ganador, un guapetón de barrio de condición libérrima y malos modales, sufre una mala pasada del destino ante malos perdedores. En “El padre Orángel” un sacerdote revive en la memoria un episodio libidinoso con una monja mientras al otro lado del confesionario Hirdenia le cuenta de sus pecados carnales con un hombre ajeno. Y esto es sólo una muestra de la galería de peculiares vicisitudes por las cuales pasan los protagonistas del libro.
Doce hombres a caballo se antoja no como el puñetazo en la panza de alguien furioso que nos reprocha nuestras fallas culturales, sino como la palmadita suave en la mejilla de alguien sonriente que nos dice con ironía: “Que no se te olvide que así somos”.
Sería mezquino pasar por alto el relato llamado “Coca”, que cierra la obra, en el cual Maldonado nos da testimonio de la degeneración del mundo y de Caracas, desde la perspectiva de un ente maligno que funge como acomodador del destino, al extremo de asemejarla con Comala, la ciudad fantasma de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Y este es un rasgo inevitable en la narrativa venezolana en este casi primer quinto del siglo XXI: la denuncia de la destrucción de la venezolanidad como resultado de la inobservancia de la ley, de las malsanas prácticas gubernamentales, de la lucha por la supervivencia, del desprecio a la solidaridad que motiva la búsqueda del bienestar individual. El glosario de razones es extenso, pero al final del día el autor, en este relato largo, prácticamente una nouvelle, deja testimonio del dolor y la rabia con que se ha atestiguado el desmedro del suelo natal y nos propone una motivación más metafísica (pero no por eso absurda) del descalabro actual de la mencionada capital.
Hay tantos rasgos del gentilicio venezolano y latinoamericano mostrados con delicadeza y buen gusto (el hipismo, los míticos parientes que parecen sacados de libros de fantasía, nuestra violencia intrínseca, la arrogancia del hombre que ejerce una posición de poder) que Doce hombres a caballo se antoja no como el puñetazo en la panza de alguien furioso que nos reprocha nuestras fallas culturales, sino como la palmadita suave en la mejilla de alguien sonriente que nos dice con ironía: “Que no se te olvide que así somos”.

24 dic. 2018

Resumen de lecturas 2018


Un año que ya casi termina, un año para agradecer a esas entidades mayores por llevarnos a buen asubio en este periplo extraño y duro que se llama migrar. Las cargas, después de casi un año, ya comenzaron a enderezarse, no obstante el corazón, y aunque suene a cliché, a lugar común, sigue en Venezuela: allá la familia, allá los amigos, allá los lugares que también forman parte de la vida. Quiero agradecer primero que nada a nuestros padres, madres, abuelas, mi hijo, por la paciencia y el apoyo brindado para hacer de este viaje una instancia más llevadera. A mi esposa, por la fortaleza, el impulso y el amor. A mis amigos, esos seres de luz que la vida puso en mi camino por alguna razón, así que los nombraré: Numa Frías, quien también se sumó a la incontenible diáspora venezolana; Roger Michelena, el maese, ese tío simpático (cuando quiere) a más no poder, que sigan los libros y el café; Pedro y Ramón, maestros heladeros, modelos a seguir en una Venezuela posible; Jesús Santana, un librero a todo dar, esforzándose día a día por tener una librería bien nutrida y al selecto grupo que siempre se reúne allí para leer los aforismos de la bruja; Linsabel, Kira, Yoyiana y Jorge, por seguir adelante con Librería Sónica, esa modesta ventana para nuestra literatura; Verónica, profesora, locutora y amiga, que atraviesa un final de año difícil, sigue adelante; a los amigos de Radio Caracas Radio: Zomaira, Mercedes, Nataly, Jaime, mi admiración siempre por ustedes; Carlos Feo, Giner García, Dámaso Blanco, Héctor Henríquez, Pancho López, Rafa Rodríguez, José Luis Oviedo, Faustino Méndez, para mí, el mejor circuito radiofónico de béisbol que pueda existir; a los conocidos virtualmente en las redes sociales, los que compartimos afinidad por los libros y el café, y a todos aquellos que pasaron por el estudio de Librería Sónica. A todos ustedes mi abrazo de cariño y feliz navidad. 
Bueno, la verdad es que quería hacer mi lista de libros leídos en este 2018 pero me fui por otro sendero. En todo caso, mis lecturas se vieron reducidas notablemente con respecto al 2017 por razones obvias. En todo caso aquí va:

1. Desde la nada, Heberto José Borjas
2. Bellas ficciones, Yolanda Pantin
3. La meditación, Miguel Marcotrigiano
4. Bajo infinito, Claudia Noguera Penso
5. Alabardas, José Saramago
6. Ensayo sobre la lucidez, José Saramago
7. Cuadernos de Lanzarote I, José Saramago
8. Días extraños, Ray Loriga
9. Lo peor de todo, Ray Loriga
10. Héroes, Ray Loriga
11. El prisionero del cielo, Carlos Ruiz Zafón
12. Tratado de culinaria para mujeres tristes, Héctor Abad Faciolince
13. Carrie, Stephen King
14. Inés del alma mía, Isabel Allende
15, La infancia de Jesús, J.M. Coetzee
16. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, Raymond Carver
17. Entrevistas breves con hombres repulsivos, David Foster Wallace
18. Cómo lee un buen escritor, Francine Prose
19 Uno o dos de tus gestos, Jorge Gómez Jiménez
20. Cuando pase tu ira, Assa Larsson
21. El abominable hombre de las nieves y otros relatos, Néstor Cánchica
22. La chica sobre la nevera y otros relatos, Etgar Keret
23. Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia
24. Aquí y ahora, Paul Auster/Coetzee
25. La lámpara maravillosa, William Ospina
26. El monarca de las sombras, Javier Cercas
27. Cementerio de pianos, José Luis Peixoto
28. Sumisión, Michel Houellebecq

30 dic. 2017

Resumen de lecturas 2017

Un año más de lecturas. Usted que seguramente también es lector sabe del extraño  placer que nos causa esto: leer. Verbo que podemos conjugar en diversos tiempos, y que además, procuramos aplicar las veces que nos sea posible, sea donde sea que estemos y el número de ocasiones que el día nos consienta en medio del diario quehacer. #Leercomoydondesea es mi máxima. Mi programa de radio, Librería sónica, me ha permitido acercarme a muchos autores y a sus obras, razón por la cual aquí verán todos los libros que leí en función de cumplirle a los invitados, como a la audiencia, siempre generosa por escucharnos. Pero amén de esto, están también  las lecturas de ocio, placer o estudio, de autores conocidos a los cuales vuelvo para seguirle las pistas, y de autores y sus obras totalmente nuevas para mí. Aumenté el número total de libros leídos con respecto al año anterior, pero esto no necesariamente sea bueno. A veces siento la necesidad tremenda de hacer una pausa entre una lectura y otra, dejar que se decante en mí, pero me resulta imposible si de cumplir con el programa de radio se trata. Ahora, en cuanto a mis lecturas personales, difícilmente lo logro y dura muy poco tiempo esta pequeña pausa que termina convirtiéndose en tiempo de escritura. En todo caso, si no estoy leyendo estoy escribiendo o todo lo contrario. Que el 2018 traiga nuevos libros para todos. Namasté. 

1.      Los nombres, Fedosy Santaella
2.      Bellas ficciones, Yolanda Pantin
3.      Seis días en el fondo del mar, Carlos Suñer
4.      Memorial de la caída, Joaquín Marta Sosa
5.      El hombre azul, Pedro Plaza Salvati
6.      Voces de Chernóbil, Svetlana Aleksiévich
7.      Lo irreparable, Gabriel Payares
8.      14 minutos, José Luis Bigott
9.      Entusiasmos, Luis Gerardo Mármol
10.  Dulce mandioca para buscar a Manuelita, Maribel Proietti
11.  El ruido del tiempo, Julian Barnes
12.  El sentido de un final, Julian Barnes
13.  El loro de Flaubert, Julian Barnes
14.  Niveles de vida, Julian Barnes
15.  Pulso, Julian Barnes
16.  Historias de la marcha a pie, Victoria de Stefano
17.  Diarios, Victoria de Stefano
18.  El oficio de vivir, Julio Ramón Ribeyro
19.  El cocodrilo rojo y Mascarada, Eduardo Liendo
20.  En (des)uso de la razón, Caupolicán Ovalles
21.  Veinte merengues de amor y una bachata desesperada, J.C. Méndez Guédez
22.  El baile de madame Kalalú, J.C. Méndez Guédez
23.  El espejo siamés, Ben Amí Fihman
24.  ¿Respira, quién en el umbral?, Hernán Zamora
25.  Bajo infinito, Claudia Noguera Penso
26.  La broma infinita, David Foster Wallace
27.  Héroes, Ray Loriga
28.  Lo peor de todo, Ray Loriga
29.  Días extraños, Ray Loriga
30.  El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert L. Stevenson
31.  En el café de la juventud perdida, Patrick Modiano
32.  La trivialidad del mal, Emmanuel Rincón
33.  Travesuras de una niña mala, Mario Vargas Llosa
34.  Menos que cero, Bret Easton Ellis
35.  Suites imperiales, Bret Easton Ellis
36.  Cuerpo, Flavia Pesci Feltri
37.  El misterio de Salem’s Lot de Stephen King
38.  En el umbral de la noche de Stephen King
39.  El fantasma de Prospect Park de Albo Aguasola
40.  El cielo invertido de José Napoleón Oropeza
41.  Libro 3 de Francisco Catalano
42.  Ellos vivieron en el país porvenir de José Antonio Perrella
43.  Vigilia en la desmesura de Héctor Aníbal Caldera
44.  Un amor como éste de Luis Morales
45.  Comí de Martín Caparrós
46.  Gula de Ángela Molina
47.  En tu vientre de José Luís Peixoto
48.  Galveias, de José Luis Peixoto
49.  Nada de Janne Teller
50.  Seguros de justicia, C.A. de Raúl Sojo Montes
51.  El cerco de Bogotá, de Santiago Gamboa
52.  Materia intacta, de Adálber Salas
53.  El deseo y el infinito, de Armando Rojas Guardia
54.  Doctor Faustus, de Thomas Mann
55.  Inquieta compañía de Carlos Fuentes
56.  La tarea del testigo de Rubi Guerra
57.  Villa Diamente de Boris Izaguirre
58.  Diarios de rehab de José Antonio Parra
59.  La muerte del padre, Karl Ove Knausgard
60.  26 humillados, Jacobo Villalobos
61.  Diarios íntimos, de Charles Baudelaire
62.  El bebedor de Hans Fallada
63.  Diarios de la cárcel de Hans Fallada
64.  Relatos de la orilla negra V. varios autores
65.  Los ausentes de Rubén Ackerman
66.  Viaje a Tetios de Paco Giommi
67.   Aghori de Néstor Cánchica
68.  Los blancos estáis locos de Luis Melgar
69.  Viaje desnudo de Trina Oliveira
70.  Tiempo añil de Karla Castro
71.  Lo que me dijo Joan Didion de Pedro Plaza Salvati
72.  El impostor de Javier Cercas
73.  Diario de un seductor, de Soren Kierkegaard
74.  Miedo de Ronald Hubbard
75.  Tombuctu, de Paul Auster
76.  En medio de la nada, de J.M. Coetzee
77.  Verano, de J.M. Coetzee
78.  Sueño de sueños y los últimos días de F. Pessoa, de Antonio Tabucchi
79.  Espacios para decir lo mismo, de Hanni Ossott
80.  El reino donde la noche se abre, Hanni Ossott
81.  Arena negra, Juan Carlos Méndez Guédez
82.  Cuentos completos, Fernando Pessoa
83.  Caín, José Saramago
84. Charlie Cobra, Miriam Marrero de Bigott.

1 may. 2017

Una modesta proposición de pseudo reseña de La broma infinita de David Foster Wallace para evitar que los lectores del mundo, preferiblemente hispanoparlantes y habitantes de Caracas, Venezuela, me pidan el libro prestado y hacer que sea de provecho para todos en general. Sí, pseudo porque resulta imposible sintetizar en dos cuartillas 1092 páginas y 388 notas al pie.


...
LBI empieza con la voz del joven Hal (Harold) Incandenza, de 17 años, diagnosticado con DDA (desorden de déficit de atención), una promesa para el tenis profesional  de su  país y mundial. Pero, en la AET (Academia Enfield de Tenis), si bien es cierto que lo que importa es este deporte, en muchas ocasiones lo que parece tener valía son las mañas, las historias ocultas, los fármacos y las drogas a las cuales recurren todos, bien para tolerar alguna lesión, o por lo contrario, para divertirse un poco, por ello mismo está el dealer (uno de los mismos estudiantes) que trafica con orine de niños para que las pruebas toxicológicas salgan a favor y no sean expulsados de la AET.
David Foster Wallace explora el mundo del tenis, el mismo del cual fue parte; lo critica con ferocidad por ser terriblemente envolvente, por coartar las libertades de sus participantes y porque los niveles de exigencia se le antojan opresivos y anormales: “compites con tus propios límites para trascender al yo en imaginación y destreza… Por eso el tenis es una empresa esencialmente trágica”. Según el propio DFW el tenis es un híbrido entre el boxeo y el ajedrez, precisamente por ello la importancia del torneo WhataBurguer en LBI. 
Otra vertiente de LBI tiene que ver con el mundo de los Narcóticos Anónimos (NA) en la Ennet House (“un monstruo que respira”) y los Alcohólicos Anónimos (AA), seguramente el más duro que pueda verse por escrito en una obra literaria. Allí están sus patéticos personajes mostrándose tal cual son cuando se drogan y llegan al éxtasis, o cuando imposibilitados de su “hope” (marihuana), “low ball” (mezcla de varias drogas con orine), de heroína, DMZ, de la “lóbrega anestesia espiritual”, la araña, la sustancia, cocaína o la mortal “esperanza” (la más ruda de las drogas) –como ya dije por otros medios, un vademécum perfecto de las drogas y el alcohol– caen en esa suerte de delirium trémens mortal, como uno de los personajes (se llama C.) que en medio de la desesperación se inyectó “drano”, sí, el destapa cañerías, y los resultados obviamente fueron mortales, pero lo que destella aquí no es que muera, si no, cómo lo narra, cómo lo cuenta DFW.
Mientras asistimos al bajo mundo de los adictos a las drogas y al de los alcohólicos (aunque suene tautológico), con situaciones cada vez más grotescas y perturbadoras, una cada vez más terrible que otra, el cine cobra fuerza como pasión en la vida del amorfo Mario Incandenza (“Bubu”, hermano de Hal) y de James (Jim, el bromista infinito) Incandenza, padre de ambos, con una larga filmografía que se lleva más de diez páginas en las notas al pie de página (¿se entiende?) explicando cada una de las supuestas películas, gran parte de ellas del género mudo.
En este quehacer cinéfilo, Jim Incandenza (llamado también Él mismo, Cigüeña loca, Cigüeña triste o Mr. Cigüeña) utiliza las ¿destrezas? histriónicas de Joelle Van Dyne (también adicta a cualquier droga) en parte de su filmografía, saltando la duda de si es amante o no de Él mismo. Pero resulta que Joelle es pareja, o al menos eso se da a entender, de Orin Incandenza (el hermano mayor de todos), quien no triunfa en el tenis pero llega a ser un gran pateador de fútbol americano y es acechado por una periodista para develar su historia familiar. Devienen los conflictos y el muy original suicidio de Jim Incandenza (allí el interés de la periodista), lo cual no contaré y que Hal fue el primero en llegar al lugar de los hechos: de manera magistral él le cuenta a su hermano Orin lo que halló en la perturbadora escena.
Estoy dejando por fuera momentos terribles, pero narrados con una calidad única: una embarazada que le encanta meterse piedra; la muerte de un personaje al que amordazaron en su propia casa para robarlo y murió asfixiado porque tenía gripe; el programa de radio de Madame Psicosis; el caso de Eric Clipperton, que jugaba tenis con una glock en una de sus manos y que amenazaba con suicidarse en plena cancha si perdía el partido; el brutal asesinato de Lucien Antitoi; las dantescas y originales matanzas de gatos a cargo de Randy Lenz y cómo la madre de este quedó atascada del culo en la ventana del carro y bañada en mierda; cómo el aspa de un helicóptero decapita a una feliz madre; la violación de Matty Pemulis por parte de su padre y un largo primor de historias dignas de psiquiátrico. No obstante, añado unas líneas fundamentales para estos dos personajes:
Don Gately, que paradójicamente no siente ningún tipo de simpatía por la gente de NA, pero de cuyo lugar (Ennet House) es una suerte de conserje, pues como dice el narrador “todos abrazándose y fingiendo que no añoran la Sustancia (sic)”, pero que adora a los AA y del cual forma parte, es “un viejo adicto  a los narcóticos por vía oral”, particularmente de su adorado Demerol y que además es un ladrón en proceso de recuperación. Personaje fundamental en LBI, que termina herido de bala en el hombro y sufre unos terribles dolores y unas alucinaciones tremendas, sobre todo cuando conversa con el espectro que lo acecha y, fundamentales para criticar al Estado Onanista en el que viven,  Les Assasins des Fauteuils Roulants, una suerte de secta canadiense que comete fechorías a más no poder. Lo ¿gracioso? de este grupo es cómo cada uno de sus integrantes llegó a perder la motricidad de las piernas para terminar en sillas de ruedas, algo que tampoco contaré, pero que como pista se pudiera comparar con el famoso chiken que juegan los estadounidenses, aunque el de los canadienses es mucho más temible y arriesgado. Los AFR quieren colarse en la AET y no precisamente para jugar raqueta en mano.
Más allá de lo anecdótico de todas las historias, está la forma y el estilo de DFW para contarlas, sobre todo la manera de titular los capítulos, entrañable manera de burlarse y ser sarcástico a más no poder del sistema de vida estadounidense, siendo satírico todo el tiempo. Mención aparte merece recordar que en más de una ocasión la lectura te obliga a volver a una larga nota a pie de página (¿habrá quien haya caído en esta broma?). Amén de esto y salvando las distancias, no pude evitar hacer la comparación entre Marcel Proust que se llevó ya no recuerdo cuántas páginas para describir el hecho  de levantarse de la cama y DFW cuando se toma todo un largo capítulo en la voz de Hal (en LBI todo es largo) para describir cómo levantan, él y su padre, un colchón de la cama para sacarlo al pasillo y cambiarlo por un box que no rechine tanto, es sencillamente admirable en términos narrativos. En lo particular no me sentí a gusto con el final de LBI, me dio la impresión de que DFW se cansó de escribir, tal vez hubiera necesitado de mil páginas más para dar un cierre más esplendoroso. ¿Pero quién soy yo para juzgar esto? Nadie. Seguramente habrá quien sí se sintió satisfecho con el final. Pero es innegable que estamos ante una gran obra literaria, tremenda, exigente, y que me atrevería a releer dentro de unos años.

28 dic. 2016

Resumen de lecturas 2016

Una de las mejores experiencias literarias, sí, literarias, que tuve en 2016 fue un encuentro con los chicos de tercer y cuarto año del Colegio La Rondalera. Todos ávidos de lecturas, todos lectores, todos deseosos de nuevas experiencias y sugerencias de títulos y autores.  El interés de todos fue absoluto. Como era de esperarse, sobre todo en un mar de adolescentes, estaban los bromistas, los parlanchines, los tímidos y los que preguntaban todo dando fe de su empatía con los temas de los que hablé: proceso de escritura, una que otra técnica, historias, libros, comics, anécdotas y un largo etcétera.
De esta camada de muchachos sobre sale la lectura de ciencia ficción, y lo que me resulta más atractivo, la escritura de dicho género: dos chicos y una chica, para ser exacto, que van en ese ejercicio tremendo que escribir. Par de ellos entraron en contacto conmigo vía correo electrónico para que le echara un vistazo a sus cosas, y debo decir, van bien, muy bien. También están los poetas, los que transitan ese camino excelso, complejo y fascinante como es la poesía.


No faltaron los chistes, las bromas y los diversos video-juegos que han sido llevados al cine. En un país tan convulsionado como el nuestro que uno halle un espacio como este, por pequeño que sea, lo motiva a uno a seguir adelante con sus proyectos personales. Dedicarle dos horas a conversar sobre literatura es gratificante y motivador, más aun cuando la participación fue activa, divertida y enriquecedora.
Mi agradecimiento a Roger Michelena por la oportunidad y gentileza de considerarme para esta charla con los muchachos. Y para no perder la costumbre, aquí mi listado de lo leído en este 2016. Feliz 2017 para todos y que sigan las buenas lecturas:


  1. Te me moriste de José Luis Peixoto
  2. Deletérea de María Antonieta Flores
  3. Diarios de Géza Czath
  4. Cuentos que terminan mal de Géza Czath
  5. La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa
  6. Teresa Raquin de Emile Zola
  7. Quebrantos de Gabriela Rosas
  8. La muerte y la vida me están desgastando de Mo Yan
  9. A sangre fría de Truman Capote
  10. A los vecinos ni con el pétalo de una rosa de Inés Muñoz Aguirre
  11. Antología de cuentos de David Alizo
  12. La insoportable levedad del ser de Milan Kundera
  13. ¡Oh, lorem ipsum! de Migue Ángel Hernández
  14. Las correcciones de Jonatan Franzen
  15. Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa
  16. Gabo periodista
  17. Así que pasen cien años de Elisa Lerner
  18. Retrato de un caballero  de Miguel Gomes
  19. País de Yolanda Pantin
  20. Los cantos de Maldoror de Lautreamont (relectura)
  21. Trasatlántico de Witold Gombrowicz
  22. Bakakai de Witold Gombrowicz
  23. Ferdydurke de Witold Gombrowicz
  24. Diario de Witold Gombrowicz
  25. El juego de Ripley de Isabel Allende
  26. El amante japonés de Isabel Allende
  27. Russell de Léster Dávila
  28. Criaturas de la noche de Israel Centeno
  29. Drácula de Bram Stoker
  30. Lunar Park de Bret Easton Ellis
  31. American Psycho de Bret Easton Ellis
  32. Otra vuelta de tuerca de Henry James
  33. La ciudad de las tormentas de Jesús Miguel Martínez
  34. El fantasma de la Caballero de Norberto José Olivar
  35. Roto todo silencio de Edda Arma
  36. Demencia de José Miguel Roig
  37. The night de Rodrigo Blanco Calderón
  38. Salvar a los elefantes de Luis Enrique Belmonte
  39. Atrapada de María Isoliett Iglesias
  40. La balsa de piedra de José Saramago
  41. La maleta del viajero de José Saramago
  42. El cuaderno de José Saramago
  43. El último cuaderno de José Saramago
  44. Todos los nombres de José Saramago
  45. La biblia satánica de Anton Szandor LaVey
  46. Wolf de Emmanuel Rincón
  47. Los hermanos mayores de Heberto José
  48. Ponzoña de paisaje de José Pulido
  49. Los días animales de Keila Vall de la Ville
  50. Viaje legado de Keila Vall de la Ville
  51. La otra cara de Manuel Acedo Sucre
  52. El discreto enemigo de Rubi Guerra
  53. Vidas que conocí de Leopoldo Fontana
  54. Cuentos inquietantes de Ambrose Bierce
  55. Entre el ayer y el hoy de Aladar
  56. El nido de José Luis Lozada Segovia
  57. Andar con la sed de Magaly Salazar Sanabria
  58. Cayenas de Belkys Arredondo
  59. La corteza no basta de Sandy Juhasz
  60. Haiku de Issa Kobabashi
  61. La chica del tren de Paul Hawkins
  62. La espera imposible de Cecilia Ortiz
  63. Contestaciones de Rafael Cadenas
  64. Lo que sé de los hombrecillos de Juan José Millás
  65. Maniobras elementales de Roberto Echeto
  66. El sanatorio de la clepsidra de Bruno Schulz
  67. Los señores de Gonçalo M. Tavares
  68. Ulises de James Joyce



6 jul. 2016

San Saramago

Caracas, 6 de julio, Avenida Baralt, 1.15pm, aguacero. La crónica de hoy inicia así, citando a José Saramago: “Que yo sepa (y sé muy poco) ningún animal tortura a otro animal y menos a un semejante suyo.  Para quienes se empeñan en la existencia de algo a lo que, con los ojos en blanco, se atreven a llamar bondad humana, la lección es dura y muy capaz de hacerles perder algunas de sus queridas ilusiones”. Iba justo por allí en mi lectura cuando fue interrumpida de manera abrupta, cosa que no había logrado el reguetón que sonaba al fondo:

-Dame el celular, puta e mierda.

Así le gritó el malandro a la chica que venía sentada a mi lado pero en la otra columna de asientos. Cierro el libro, no lo suelto y veo la acción. El transporte aumentó la velocidad ante los gritos de los pasajeros, pues dos delincuentes más venían con intención de subirse. Ella no cedió, forcejeó con el malandro para no soltar el celular.

-Dame el celular o te quito la vida, becerra.
Y acto seguido se llevó la mano a la cintura. A todas estas, yo, inmóvil, esperaba el yerro que, en potencia, nos iba a intimidar a todos. Pero… ¡Oh sorpresa! Lo que sacó fue un cuchillo; no, un cuchillito, así lo vi, pequeño pero brillante y parecía afilado. Cuando amagó punzarla, estallé en rabia, la impotencia contenida por ver cómo nuestro país se ha venido a pique me hizo reaccionar violentamente. Un soberano coñazo le estampé en el rostro, en “el botón”, en la mandíbula. Ahí quedó, tirado.  El conductor iba rápido a través del río que atravesaba la avenida y tuvo que frenar de golpe pues por poco atropella a una señora. Allí le dio alcance al transporte el segundo malandro que antes no pudo subirse. Desde la puerta, mis golpes no lo dejaron subir. “Suelta el libro, suelta el libro”, me gritaba una señora. La última conexión lo tiro al charco de agua inmunda. El tercero ni lo intentó y se fue corriendo. El chofer gritó “Cuidado” y al girarme, el malandro uno se había puesto en pie y con el afilado metal me lanzó hacia la cara.

1. Reacción, acto reflejo, y el libro, Saramago, me tapó la cara. En la foto, lo que pudo ser una herida terrible en mi rostro.
2. Reacción, acto reflejo, y patada con pierna derecha al costado izquierdo del malandro. Se retorció del dolor, se echó al piso de nuevo y tomándolo por la cabeza lo lancé del transporte que ya se había puesto en marcha.

La caída fue estrepitosa. Rodó sobre el asfalto al menos cuatro veces. El río lo tapó a medias. A la distancia vi que el malandro dos se acercó para ayudarlo a levantarse. La chica del celular pidió al chofer que se frenara y acto seguido salió corriendo hacia ellos. Estos, cobardes como era de esperarse, huyeron al ver que con ella se bajaron dos hombres más que estaban de espectadores en el transporte. Volvió a subir con su aparato, aunque totalmente apagado pues había quedado sumergido en el agua por mucho tiempo. Lloró, temblaba de miedo, impotencia y rabia, aunque hubiera recuperado el teléfono.
Luego, de manera insólita, un negro fornido de al menos 1.90mts que iba al fondo del transporte, le dio por insultar al conductor. Le lanzó todo el repertorio de ofensas nacionales tal como si las hubiera tomado de Blue Label. ¿Por qué? Porque supuestamente era cómplice de los malandros ya que según su apreciación se había frenado para que se subieran el segundo y tercer malandro. De púgil pasé a réferi:
-Negro, quédate quieto, el chofer no tiene la culpa. Tuvo que frenar porque si no atropellaba a una señora que estaba cruzando la avenida.

El negro se calmó. Se bajó de la “unidad” sin pagar. Le dijo desde afuera: “Mamagüevo”. Todos nos bajamos en  Capitolio. Yo lo hice de último. El chofer me dijo:
-Gracias, varón.  



Nada grata la experiencia. Pudo haber sido peor para mí, lo sé. No es la primera vez que me sucede y deseo profundamente que sea la última, pero viviendo en Caracas suena a utopía. Las únicas tres veces, sí, tres veces, que me he quedado inmóvil (incluyendo un “secuestro express” a domicilio), ha sido con pistolas apuntándome a la cabeza. Por ello se agradece con el alma cuando los familiares o amigos te dan la cola hasta la puerta de tu casa. Recordé a Joaquín Sabina pues leyendo un libro de entrevistas sobre él, se refirió a José Saramago llamándolo “San Saramago”, por ello lo llamo así también desde entonces, desde hace años, y ahora más que nunca yo lo seguiré llamando así. No me siento bien, ni más ni menos valiente por lo sucedido. La verdad me siento terrible. Pues entre otras cosas más importantes, también le fallé a mi sensei.  Primera vez que lo menciono y escribo sobre él. Se me vino a la memoria cuando hace ya algún tiempo, empezando la veintena de años, nos decía “Solo defender, solo defender, nunca ataque en la calle”. Lo siento sensei, en donde quiera que estés, porque yo sigo en Caracas. 

16 may. 2016

Jueves de cruz y ficción

Hablar de un libro siempre es un compromiso, pero más difícil aún es hablar de un libro que en sus adentros y desde el principio, le echa leña, le da palos –y no al fuego precisamente-, a aquellos que como yo van a presentarles un libro y fungen (¿o fingen?) ser padrinos de una obra. Este es el caso particular de Jueves de cruz y ficción”de… pues supongamos que es de Luis Barrera Linares, pero es que hasta eso lo pongo en duda, pues ¿no será el verdadero autor el reconocidísimo Febricio Persa (que tampoco se llama así, por cierto)? El juego comienza desde el título, ya que lo ideal hubiese sido presentarles esta deliciosa obra un día jueves, pero no, como todas las buenas cosas (literarias) a las que nos tiene acostumbrado el autor, llamémosle desde este momento, Luis Febricio Barrepersa, tenía que ser un sábado y cerrar así la semana de una manera agradable, no como el finado Febricio Persa, el verdadero, ¿asesinado o autosuicidado? Usted tendrá que (des)cubrirlo.
Luis Febricio Barrepersa, inicia su obra utilizando unos epígrafes que nos da una pista de lo que se vendrá. Hallamos a un Saramago plagiando a Rafael Bolívar Coronado; quien a su vez es plagiado por Febricio Persa y este, plagiado por Albert Camus. Yo, Amenodoro Cují, por mi parte, estoy plagiando a un tal Jasón Maldonado, que no se sabe a ciencia cierta si es Yeison, Jackson, o si es “Mal” o Biendonado. En todo caso, hoy esta librería se transforma en una suerte de maternidad en donde todos ustedes son las enfermeras, y claro, todos estos libros intitulados “Jueves” una parranda de muchachitos que aspiran ser adoptados por una módica y casi simbólica suma de dinero.
Pero no quiero ponerme literatoso, cosa que pueden endilgar a Jasón-Yeison (verdadero padrino de la obra) que no a este servidor, Amenodoro, razón por la cual puedo citar sin verme afectado, la siguiente parte de la obra: “Se llama padrino o madrina a la persona seleccionada por el autor o autora para ejecutar el dictamen bíblico y ofrecer un discurso ante la concurrencia. Ya con rostro severo, ya con una risita forzada que más bien parece mueca, el público asistente se aglomera frente a quien habla”. Y no sigo pues el párrafo termina con una imagen falocéntrica que, estoy seguro que a Jasón-Yeison no le gustaría, bueno aunque a mí tampoco.
Jueves de cruz y de ficción parodia el mundillo de la literatura, de los estudiantes de Letras, de las editoriales, y sobre todo, el de los concursos literarios como también a la famosa egoteca que todo buen (y mal) escritor que se digne de serlo suele tener. Si hoy nos congregamos aquí para darle la bienvenida al referido libro, dicho texto también abre con el bautizo de una obra no menos importante: Partida de yacimiento, cuyo autoría ahora dudo: ¿será de Febricio Persa; de Luis Febricio Barrepersa o de Luis Barrera Linares? Por lo demás, más allá de discernir quién es el autor, la obra camina por sí sola, nos divierte, nos pone a pensar, y sobre todo, a dudar. Que como dijo el huraño Witold Gombrowicz plagiándose a sí mismo: “la literatura poco seria trata de resolver los problemas de la existencia. La literatura seria los plantea; la literatura seria no existe para hacernos la vida más fácil, sino para complicárnosla”.
Es bastante probable que Luis Febricio Barrepersa (ya no sabemos si L.B.L.) esté pensando en este momento: “Pon la mirada en el infinito y escucha con rostro de pensador alemán el discurso de quien hoy apadrina y presenta tu libro. Exhorta a Amenodoro con tu gesto de complacencia”, tal vez, pero lo que sí puedo afirmarles es que en la novela se celebra la vigésima edición del Premio de Novela Rafael Bolívar Coronado y Febricio Persa es el firme candidato a ganar tan importante galardón y por ello precisamente sus “tres mosquiteros” apoyarán con fervor que su maestro, el máster, sea el elegido y lógico ganador.
Jueves de cruz y de ficción, ahorro energético incluido,  alcanza su máximo nivel de intertextualidad (ya me puse literatoso) cuando son los propios personajes de la obra anterior de LBL, Partida de yacimiento, título con el que participa en el prestigioso concurso literario el gran Febricio Persa, quienes escapados de la novela planificarán “el asesinato de su más temible enemigo”, es decir, de su propio creador, la muerte de ese que ha abusado de tan nobles personajes a quienes ridiculizó y utilizó a su antojo para hacer de esta obra, Partida de yacimiento, otro de sus divertimentos.
Pero entonces, ¿quién o quiénes son los asesinos de Febricio Persa? Esto es algo que ustedes deberán descubrir en Jueves de cruz y ficción, una novela de connotados plagiarios y de una venganza por cumplir. Incluso deben estar atentos a que su nombre no cambie a medida que avancen en la lectura o se vean envueltos en tan rudo asesinato literario,  o como le llamaría el sobrino de la tía Eloína, noble mujer a quien extrañamos mucho en esta novela, un “literasinato”, que no es la muerte de una funcional litera sino de un destacado literato. Y como no voy a decir “las dos palabras mágicas finales”, las mismas de siempre que  ustedes de seguro saben cuáles son, terminaré con otras más jocosas  que me endilgo en este juego de heterónimos, tan propio de Pessoa o Montejo, y así el propio Luis Febricio Barrepersa les dirá algunas palabras sacadas de su egoteca por ahora bien administrada: “brindemos por ustedes los buenos lectores, carajo”.