6 jul. 2016

San Saramago

Caracas, 6 de julio, Avenida Baralt, 1.15pm, aguacero. La crónica de hoy inicia así, citando a José Saramago: “Que yo sepa (y sé muy poco) ningún animal tortura a otro animal y menos a un semejante suyo.  Para quienes se empeñan en la existencia de algo a lo que, con los ojos en blanco, se atreven a llamar bondad humana, la lección es dura y muy capaz de hacerles perder algunas de sus queridas ilusiones”. Iba justo por allí en mi lectura cuando fue interrumpida de manera abrupta, cosa que no había logrado el reguetón que sonaba al fondo:

-Dame el celular, puta e mierda.

Así le gritó el malandro a la chica que venía sentada a mi lado pero en la otra columna de asientos. Cierro el libro, no lo suelto y veo la acción. El transporte aumentó la velocidad ante los gritos de los pasajeros, pues dos delincuentes más venían con intención de subirse. Ella no cedió, forcejeó con el malandro para no soltar el celular.

-Dame el celular o te quito la vida, becerra.
Y acto seguido se llevó la mano a la cintura. A todas estas, yo, inmóvil, esperaba el yerro que, en potencia, nos iba a intimidar a todos. Pero… ¡Oh sorpresa! Lo que sacó fue un cuchillo; no, un cuchillito, así lo vi, pequeño pero brillante y parecía afilado. Cuando amagó punzarla, estallé en rabia, la impotencia contenida por ver cómo nuestro país se ha venido a pique me hizo reaccionar violentamente. Un soberano coñazo le estampé en el rostro, en “el botón”, en la mandíbula. Ahí quedó, tirado.  El conductor iba rápido a través del río que atravesaba la avenida y tuvo que frenar de golpe pues por poco atropella a una señora. Allí le dio alcance al transporte el segundo malandro que antes no pudo subirse. Desde la puerta, mis golpes no lo dejaron subir. “Suelta el libro, suelta el libro”, me gritaba una señora. La última conexión lo tiro al charco de agua inmunda. El tercero ni lo intentó y se fue corriendo. El chofer gritó “Cuidado” y al girarme, el malandro uno se había puesto en pie y con el afilado metal me lanzó hacia la cara.

1. Reacción, acto reflejo, y el libro, Saramago, me tapó la cara. En la foto, lo que pudo ser una herida terrible en mi rostro.
2. Reacción, acto reflejo, y patada con pierna derecha al costado izquierdo del malandro. Se retorció del dolor, se echó al piso de nuevo y tomándolo por la cabeza lo lancé del transporte que ya se había puesto en marcha.

La caída fue estrepitosa. Rodó sobre el asfalto al menos cuatro veces. El río lo tapó a medias. A la distancia vi que el malandro dos se acercó para ayudarlo a levantarse. La chica del celular pidió al chofer que se frenara y acto seguido salió corriendo hacia ellos. Estos, cobardes como era de esperarse, huyeron al ver que con ella se bajaron dos hombres más que estaban de espectadores en el transporte. Volvió a subir con su aparato, aunque totalmente apagado pues había quedado sumergido en el agua por mucho tiempo. Lloró, temblaba de miedo, impotencia y rabia, aunque hubiera recuperado el teléfono.
Luego, de manera insólita, un negro fornido de al menos 1.90mts que iba al fondo del transporte, le dio por insultar al conductor. Le lanzó todo el repertorio de ofensas nacionales tal como si las hubiera tomado de Blue Label. ¿Por qué? Porque supuestamente era cómplice de los malandros ya que según su apreciación se había frenado para que se subieran el segundo y tercer malandro. De púgil pasé a réferi:
-Negro, quédate quieto, el chofer no tiene la culpa. Tuvo que frenar porque si no atropellaba a una señora que estaba cruzando la avenida.

El negro se calmó. Se bajó de la “unidad” sin pagar. Le dijo desde afuera: “Mamagüevo”. Todos nos bajamos en  Capitolio. Yo lo hice de último. El chofer me dijo:
-Gracias, varón.  



Nada grata la experiencia. Pudo haber sido peor para mí, lo sé. No es la primera vez que me sucede y deseo profundamente que sea la última, pero viviendo en Caracas suena a utopía. Las únicas tres veces, sí, tres veces, que me he quedado inmóvil (incluyendo un “secuestro express” a domicilio), ha sido con pistolas apuntándome a la cabeza. Por ello se agradece con el alma cuando los familiares o amigos te dan la cola hasta la puerta de tu casa. Recordé a Joaquín Sabina pues leyendo un libro de entrevistas sobre él, se refirió a José Saramago llamándolo “San Saramago”, por ello lo llamo así también desde entonces, desde hace años, y ahora más que nunca yo lo seguiré llamando así. No me siento bien, ni más ni menos valiente por lo sucedido. La verdad me siento terrible. Pues entre otras cosas más importantes, también le fallé a mi sensei.  Primera vez que lo menciono y escribo sobre él. Se me vino a la memoria cuando hace ya algún tiempo, empezando la veintena de años, nos decía “Solo defender, solo defender, nunca ataque en la calle”. Lo siento sensei, en donde quiera que estés, porque yo sigo en Caracas. 

16 may. 2016

Jueves de cruz y ficción

Hablar de un libro siempre es un compromiso, pero más difícil aún es hablar de un libro que en sus adentros y desde el principio, le echa leña, le da palos –y no al fuego precisamente-, a aquellos que como yo van a presentarles un libro y fungen (¿o fingen?) ser padrinos de una obra. Este es el caso particular de Jueves de cruz y ficción”de… pues supongamos que es de Luis Barrera Linares, pero es que hasta eso lo pongo en duda, pues ¿no será el verdadero autor el reconocidísimo Febricio Persa (que tampoco se llama así, por cierto)? El juego comienza desde el título, ya que lo ideal hubiese sido presentarles esta deliciosa obra un día jueves, pero no, como todas las buenas cosas (literarias) a las que nos tiene acostumbrado el autor, llamémosle desde este momento, Luis Febricio Barrepersa, tenía que ser un sábado y cerrar así la semana de una manera agradable, no como el finado Febricio Persa, el verdadero, ¿asesinado o autosuicidado? Usted tendrá que (des)cubrirlo.
Luis Febricio Barrepersa, inicia su obra utilizando unos epígrafes que nos da una pista de lo que se vendrá. Hallamos a un Saramago plagiando a Rafael Bolívar Coronado; quien a su vez es plagiado por Febricio Persa y este, plagiado por Albert Camus. Yo, Amenodoro Cují, por mi parte, estoy plagiando a un tal Jasón Maldonado, que no se sabe a ciencia cierta si es Yeison, Jackson, o si es “Mal” o Biendonado. En todo caso, hoy esta librería se transforma en una suerte de maternidad en donde todos ustedes son las enfermeras, y claro, todos estos libros intitulados “Jueves” una parranda de muchachitos que aspiran ser adoptados por una módica y casi simbólica suma de dinero.
Pero no quiero ponerme literatoso, cosa que pueden endilgar a Jasón-Yeison (verdadero padrino de la obra) que no a este servidor, Amenodoro, razón por la cual puedo citar sin verme afectado, la siguiente parte de la obra: “Se llama padrino o madrina a la persona seleccionada por el autor o autora para ejecutar el dictamen bíblico y ofrecer un discurso ante la concurrencia. Ya con rostro severo, ya con una risita forzada que más bien parece mueca, el público asistente se aglomera frente a quien habla”. Y no sigo pues el párrafo termina con una imagen falocéntrica que, estoy seguro que a Jasón-Yeison no le gustaría, bueno aunque a mí tampoco.
Jueves de cruz y de ficción parodia el mundillo de la literatura, de los estudiantes de Letras, de las editoriales, y sobre todo, el de los concursos literarios como también a la famosa egoteca que todo buen (y mal) escritor que se digne de serlo suele tener. Si hoy nos congregamos aquí para darle la bienvenida al referido libro, dicho texto también abre con el bautizo de una obra no menos importante: Partida de yacimiento, cuyo autoría ahora dudo: ¿será de Febricio Persa; de Luis Febricio Barrepersa o de Luis Barrera Linares? Por lo demás, más allá de discernir quién es el autor, la obra camina por sí sola, nos divierte, nos pone a pensar, y sobre todo, a dudar. Que como dijo el huraño Witold Gombrowicz plagiándose a sí mismo: “la literatura poco seria trata de resolver los problemas de la existencia. La literatura seria los plantea; la literatura seria no existe para hacernos la vida más fácil, sino para complicárnosla”.
Es bastante probable que Luis Febricio Barrepersa (ya no sabemos si L.B.L.) esté pensando en este momento: “Pon la mirada en el infinito y escucha con rostro de pensador alemán el discurso de quien hoy apadrina y presenta tu libro. Exhorta a Amenodoro con tu gesto de complacencia”, tal vez, pero lo que sí puedo afirmarles es que en la novela se celebra la vigésima edición del Premio de Novela Rafael Bolívar Coronado y Febricio Persa es el firme candidato a ganar tan importante galardón y por ello precisamente sus “tres mosquiteros” apoyarán con fervor que su maestro, el máster, sea el elegido y lógico ganador.
Jueves de cruz y de ficción, ahorro energético incluido,  alcanza su máximo nivel de intertextualidad (ya me puse literatoso) cuando son los propios personajes de la obra anterior de LBL, Partida de yacimiento, título con el que participa en el prestigioso concurso literario el gran Febricio Persa, quienes escapados de la novela planificarán “el asesinato de su más temible enemigo”, es decir, de su propio creador, la muerte de ese que ha abusado de tan nobles personajes a quienes ridiculizó y utilizó a su antojo para hacer de esta obra, Partida de yacimiento, otro de sus divertimentos.
Pero entonces, ¿quién o quiénes son los asesinos de Febricio Persa? Esto es algo que ustedes deberán descubrir en Jueves de cruz y ficción, una novela de connotados plagiarios y de una venganza por cumplir. Incluso deben estar atentos a que su nombre no cambie a medida que avancen en la lectura o se vean envueltos en tan rudo asesinato literario,  o como le llamaría el sobrino de la tía Eloína, noble mujer a quien extrañamos mucho en esta novela, un “literasinato”, que no es la muerte de una funcional litera sino de un destacado literato. Y como no voy a decir “las dos palabras mágicas finales”, las mismas de siempre que  ustedes de seguro saben cuáles son, terminaré con otras más jocosas  que me endilgo en este juego de heterónimos, tan propio de Pessoa o Montejo, y así el propio Luis Febricio Barrepersa les dirá algunas palabras sacadas de su egoteca por ahora bien administrada: “brindemos por ustedes los buenos lectores, carajo”.

6 mar. 2016

La vida y la muerte me están desgastando

Primer libro que leo de Mo Yan y aunque en cierta parte se me tornó tedioso, admito que es un buen texto: La vida y la muerte me están desgastando. Tal vez esta sensación de tedio obedece a dos cosas: la primera, a la ingente cantidad de personajes y la confusión que produce sus nombres: Ximen Nao, Lan Lian, Lan Qiansui, Huang Tong, Lan Jiefang y un larguísimo etcétera. En algunas ocasiones tuve que volver atrás para estar seguro de que seguía a un personaje en particular y no a otro; la segunda cosa, que me viene de manera instintiva, tiene que ver con la traducción que se hace del chino, que en este caso y en gran parte de la obra de Mo Yan, no viene directo de dicho idioma sino del inglés. Mi amigo Li Fung, dueño del restaurante “Corona” cerca de donde vivo, me comentó que “no estoy de acueldo con algunas cosas”, pero justo cuando le iba a preguntar, sus cinco pequeñas crías se lo llevaron. Ya hablaré con Li Fung…

Lo cierto es que La vida y la muerte me están desgastando aborda de manera suprema el tema de la reencarnación, en este caso focalizado en Ximen Nao, un terrateniente exitoso de la aldea Ximen que es ejecutado por la revolución china liderada por Mao Zedong. Pero esto, a mi juicio, el tema de la reencarnación, no es más que un pretexto para desmontar al socialismo como sistema político fracasado (¿hace falta que me extienda en esto? Creo que no). Es entonces a través de los animales en que reencarna Ximen Nao, buey, burro, cerdo, perro y … (no diré el último) que Mo Yan se da a la tarea de contarnos cómo fue y ha sido la China socialista de la cual fue y es testigo. Ximen Nao reencarna en todos estos animales pero conservando la virtud del pensamiento humano. Así que podrán imaginarse los geniales pensamientos del buey, la jocosidad que se desprende del burro, las cochinadas propias del cerdo y así sucesivamente, para reflexionar sobre los procesos de expropiación, la escalada social sin mérito alguno, el abuso de poder, entre tantas cosas más.
Por lo demás, La vida y la muerte me están desgastando te hacer reír con situaciones verdaderamente hilarantes, pero también te hace sufrir y tragar grueso en momentos de profundo dolor, tristeza e impotencia, tal como la escena en que torturan sin piedad alguna al inmenso buey que labra la tierra de Lan Lian, último campesino independiente de toda China, y que justo por ello, fue víctima también de los más feroces atropellos. No obstante, fue capaz de sembrar y cosechar en su pequeño pedazo de tierra, que no era más que una ínfima parte de todo el campo perteneciente a la comuna. En un acalorada discusión con Hong Taiyue, este le dijo: “-Viejo Lan, después de treinta años de lucha, todavía permaneces victorioso, mientras que los demás, después de treinta años de trabajo lleno de sangre y sudor y de incuestionable lealtad, al final somos los perdedores…”

Por último y no menos importante, me pareció genial como algunos personajes, animales incluidos, recuerdan a Mo Yan a lo largo de la obra, refiriéndose a este como un niño más de la aldea, un niño impertinente y anormal; también citan algunas de sus obras que se enlazan con situaciones particulares del libro, pero que a medida que avanza la historia y ya hacia su final, Mo Yan  termina siendo un personaje que ha evolucionado para bien, tanto en lo social como en lo económico gracias a su talento como escritor. Recomiendo la lectura de este libro cargado de ironías y reflexiones sobre el ser humano. De hecho, Mo Yan, que quiere decir “no hables”, se explica por sí mismo en cuanto a lo irónico. Solo hay que tener algo de paciencia para no abandonar la lectura. Xie xie  谢谢

9 ene. 2016

El dedo de David Lynch


“Un fantasma es un muerto que intenta hacer lo que hacía en vida, pero en silencio, en absoluto, penoso y sobrecogedor silencio”.

El dedo es el pretexto para construir esta novela; un libro en donde sus personajes principales, Arturo y Mariana, buscan sentirse plenos y libres, mientras se deslastran de la abrumadora ciudad de la cual se sienten cada vez más ajenos. Deciden emprender un viaje sin retorno a orillas del mar; quieren instalarse para siempre en alguna playa paradisíaca de la costa venezolana para entregarse al amor y ganarse la vida vendiendo cueritos, artesanía, bisutería y haciendo malabares y acrobacias. Así de simple.
Lo que no sabe el autor (y ahora sí después de esta lectura) es que mi hermano menor pertenece a ese mundo circense; de acampadas en Choroní, Chirimena y otras playas exóticas del país de difícil acceso en donde la naturaleza permanece imperturbable ante la aparición de lo humano. Así que algunos de los episodios de El dedo de David Lynch se me parecen mucho a las historias contadas por mi hermano: las fiestas a la orilla de la playa a medianoche; las bandas en vivo haciendo lo suyo y todos los aditivos que nunca faltan en encuentros como estos. Incluso él tiene algo de César, ese personaje que busca Ovnis y estrellas fugaces a través de la oscuridad de la noche (¿realidad o efectos de los brownies costeños?).
El dedo de David Lynch pudo no haberle pertenecido a éste, pudo ser de otro personaje. Es decir, ponga usted su nombre sobre los puntos suspensivos “El dedo de…” y la historia será igual de buena, con toque de novela negra. Pudo haber sido no un dedo, sino otra parte del cuerpo. Pero para no pecar de macabro, el autor lo dejó así. Pudo haber sido “El ojo…”, “El pie…”, “La oreja…”, etc. El punto es descubrir quién es Mr. Lynch mientras vamos atestiguando cómo es la vida en un pueblo anclado a la orilla del mar.
Los hechos van sucediendo uno tras otros y Arturo va reflexionando sobre su vida. Reconoce que se siente cómodo en soledad; en ese “rincón de misantropía” en el que vive mientras Mariana es más relajada y menos conflictiva. Así que las fiestas sobre la arena tal vez no sean lo suyo, pero esto es algo que él deberá definir cuanto antes. Mientras ello sucede, la historia retrocede en el tiempo para mostrarnos el robo a un banco, hecho que termina justificándose más adelante para engranar las historias que parecen puntos de fuga, pero que en realidad no lo son: todo se empalma para hallar el porqué de lo narrado. Nada queda a la deriva, todo tiene su justo lugar en El dedo de David Lynch y en donde el silencio tiene su espacio para crear tensión y recrear las noches en la costa, esas en que el sonido del mar parece tener vida.
Variopintos personajes conforman el texto. Están los misteriosos, pero justos, como el Sargento; duros y peligrosos, pero dicharacheros y amables como Marcano; un salvavidas medio loco, entre otros,  y no menos importantes, personajes que conforman una historia conmovedora que también termina en las costas de Chirimena: un ex policía que padece una terrible enfermedad y su hijo, estudiante de computación que se gana la vida como mesonero, quien tendrá que lidiar con los últimos días de vida de su padre.
El dedo de David Lynch no se aleja de lo onírico, tema que Fedosy Santaella incorpora con frecuencia en sus obras y que domina a la perfección para darle corpus a lo narrado, integrándolo a un trabajo bien pensado y cargado de buenas imágenes.  Gran parte de esto se ve reflejado en Arturo, quien necesita limpiar su alma, “salir de las alimañas que tenemos en la cabeza y volver a ponerlo todo en su lugar”, pues vive atormentado por cosas que para cualquiera son nimiedades; es algo neurótico, tanto por sus anhelados deseos como por el bendito dedo que vino a cambiarle la vida.
Parece que todo girara en torno a lo absurdo, pero una vez que se reflexiona sobre ello, la vida misma va colocándonos en situaciones que, por ridículas, terminan siendo así, absurdas. De eso se trata el vivir, con los altos y los bajos que el propio camino va imponiendo, de esto va El dedo de David Lynch, una novela con ligeros toques surrealistas en donde converge lo real con lo soñado. Bien escrito, buen libro.

El dedo de David Lynch, Editorial Pre-Textos 2015

4 ene. 2016

La montaña mágica

Nada más difícil que comentar un gran libro, un clásico como La montaña mágica de Thomas Mann. Qué decir sobre un texto que resulta ser una enciclopedia de lo humano; un libro que para resumirlo en una sola palabra, sólo se me ocurre decir “libertad”, porque entre muchas cosas más, esta obra maestra de la literatura universal es eso, un canto a la libertad. De hecho, el libro culmina de la manera más épica posible, pues su protagonista, “nuestro héroe”, “el aventurero”, “el pequeño”, “mediocre, en uno de los sentidos más honrosos del término”, “el niño mimado”, como le dice el narrador, termina haciendo lo que jamás y nunca se le hubiera ocurrido al lector que pudiera hacer, por ello impacta e impresiona: termina haciendo lo que debió hacer su primo Joachim Ziemssen. Obviamente no les diré qué. Son, en mi edición de Edhasa, 1048 páginas que me llevaron tres meses menos cinco días de lectura, finalizando el 1ero de enero de 2016, inmejorable fecha para concluir y más aún con el sonido del mar al fondo.



El ingeniero Hans Castorp, tímido pero simpático, llega al Sanatorio Internacional Berghof para pasar apenas unos días mientras visita a su primo, y como la simple lógica se impone a cualquiera, su estadía se prolonga más de lo previsto. ¿Cuánto tiempo? Asunto que dejo al lector curioso e interesado en pasearse por estas páginas llenas de reflexiones, exquisitos diálogos, paisajes de fantasía, estudios sobre economía, filosofía, biología y medicina, botánica, música y pare usted de contar. El tiempo, entonces, “esa enfermera muda”, recorre toda la obra y al parecer, tal como comenta Joachim “no pasa de ningún modo, aquí no hay tiempo, no hay vida”, pero es precisamente la vida y el rescate de ésta lo que quiere cada uno de los internos del sanatorio. Por algo, entre otra cosas, cada vez que muere alguien limpian a profundidad la habitación dejándola resplandeciente para su próximo habitante, encubriendo lo inevitable y ocultando sistemáticamente a la muerte.
La obra está pletórica de pintorescos personajes, muchísimos, como el sorprendente Pieter Peeperkorn o la joven médium Ellen Brand,  pero debo destacar dos en particular que son una delicia para la lectura: el francmasón Settembrini y su antagonista, el judío converso al cristianismo, Leo Naptha, “un hombre con la cabeza bien amueblada”. Ambos se transforman en los tutores improvisados del joven Castorp y es testigo de los más apasionantes debates de toda índole intelectual. En ocasiones calla, alelado antes el tropel de palabras e ideas de cada uno, y en otras, interviene como el que más; a veces es refrendando por el par de sabios, y otras, le ordenan callar. Va aprendiendo, va asimilando las ideas de estos mientras su salud va empeorando, no así su interés por absorber cada vez más la sabiduría de tan notables señores.

Por otra parte, el narrador va preparando al lector para las cosas que se va ir encontrando capítulo a capítulo, marcando distancia, excusándose con elegancia sobre los hechos que a continuación nos encontraremos en aquel remoto lugar de los Alpes suizos. Este lugar, siempre cubierto de nieve, divide el entorno entre los de arriba —los habitantes del sanatorio—, y los de abajo —los que están en la ciudad—, creando no solo la división geográfica del lugar, sino más bien, un marcado antagonismo entre seres que parecieran venir de planetas distintos, tanto los unos como los otros. Mención aparte merece la nieve que rodea al sanatorio, un frío perenne que incluso en  verano, hace frío, pues “aquello no era una nevada, era un caos de oscuridad blanca, una monstruosa locura…esos cristalitos hexogonales perfectos”.

Y es que el Sanatorio Internacional Berghof da la impresión de cualquier cosa, menos la de un lugar de sufrimiento: sus pantagruélicas comidas así como sus fiestas, dan fe de ello. Pero es obvio que los momentos de tristeza, enfermedad y dolor están allí marcando la lectura. Al principio Hans vive en un constante estado de negación de su enfermedad, pues su presencia en el sanatorio obedece a la caritativa visita que le hace a su primo Joachim, pero a medida que se avanza en la historia, termina hipocondríaco y orgullosamente enfermo, pues el código de honor del lugar es estarlo cada vez más y más, y con ello subir el estatus, el escalafón social dentro del sanatorio: a peor estado de salud, pues mayor respeto y dignidad se escala en aquella sociedad de medio pulmón. Incluso al principio, Hans, con su constante temblor de cabeza (herencia de su abuelo),  fue víctima de bulling por parte de los demás internos cuando su temperatura no excedía los 37,6 grados, lo cual era una insignificancia y poco decoroso para estar interno en el prestigioso sanatorio.

Con el tiempo entonces los roles entre primos se invirtieron: el visitante, Hans, pasó a ser el  inquilino fijo, y Joaquín, a ser el convidado, en medio de diatribas, profundas reflexiones de todo tipo e incluso darle cabida al amor, pues “nuestro joven protagonista estaba perdidamente enamorado de Clvdia Chauchat”. ¿Qué pasó entrambos? Averígüelo usted amigo lector, el único riesgo que se toma al leer La montaña mágica es terminar haciendo como sus distinguidos habitantes: tomarse la temperatura cuatro veces al día mientras descansa en una confortable tumbona y se envuelve en la una cálida  manta contra el frío.
  

Algunas frases memorables:

A veces pienso que estar enfermo y morir no son algo tan serio, sino una especie de paseo sin rumbo.

La maldad es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración.

No hay que desposeer a los humanistas de su función de educadores…, no se les puede arrebatar, pues son los únicos depositarios de una tradición: la de la dignidad y de la belleza humana.

El tiempo en realidad, no presenta ninguna cesura, no estalla ninguna tormenta ni suenan las trompetas cada vez que se inicia un nuevo mes o un nuevo año, ni siquiera cuando se trata de un nuevo siglo; son los hombres quienes disparan cañonazos y tocan las campanas para celebrarlo.

Para el enamorado el juicio estético de la razón es tan poco justo como el juicio moral.

La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada.

La palabra: vehículo del espíritu, el instrumento, el resplandeciente arado del progreso.

El arte es moral en la medida en que despierta a las personas.

El amor reprimido no muere; vive y, aún en la más secreta oscuridad, aspira a realizarse.

Escribir supondría pensar bien, y esto no está muy lejos del obrar bien.

La única manera sensata y religiosa de contemplar la muerte es considerarla y sentirla como parte integrante, como la sagrada condición sine qua non de la vida y no separarla de ella mediante alguna entelequia.

Se cree en la proximidad de la guerra cuando no se la abomina lo bastante.

La democracia no tiene otro sentido que el de consolidar un correctivo individualista frente a cualquier forma de absolutismo del estado.

La confesión es un acto de violencia, y cuanto más grande es la resistencia que se le opone, mayor es el placer que proporciona.

La muerte no es ni un fantasma ni un misterio, es un fenómeno sencillo, racional, fisiológicamente necesario y deseable.

Las contradicciones pueden conciliarse. Sólo las mediocridades y las medias verdades son imposibles de conciliar.

Las convicciones no perviven si no tienen ocasión de luchar.

La tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal.

Nuestra muerte es más un asunto de los que habrán de sobrevivirnos que propiamente nuestro.

La humanidad comienza allí donde la gente sin ingenio imagina que acaba.

Uno no puede liberarse de la tortura del deseo carnal más que a condición de satisfacerlo, no hay otro modo, no hay otro camino.

31 dic. 2015

Resumen de lecturas 2015

La anécdota para acompañar mi resumen de lecturas 2015, la tomo de una escena entre una niña de unos 7 u 8 años y su madre. Esto fue en el boulevard de Sabana Grande, Caracas, dos días después de la Navidad. Entiéndase que la niña venía llorando, no, gritando a moco suelto con espesos y pastosos lagrimones mientras la madre tiraba de su brazo con rabia mientras caminaba aceleradamente:

—Pero mamiiiiii
—¡Ya, te dije que no lo sé!
—¿Por qué el niño Jesús siempre me trae muñecas? ¡Yo quiero librooos!
—…
—¡Nunca me los traeeeeeeeeeeeeee! 

Me frené a ver el episodio. La verdad me conmovió la niña, tanto por el llanto, como por el petitorio. ¿Qué será más costoso en nuestro país: un libro o una muñeca? Claro, la respuesta tiene la típica arista del “depende” y de los bolsillos de cada Niño Jesús en particular. Ojalá que la vida le traiga todos los libros posible a esta niña. En la imagen ven el libro con el que abriré mi ciclo de lecturas 2016: El diario de Géza Csáth: el psiquiatra seductor. Por otra parte, como muchos y  buenos lectores ya han publicado sus cinco libros favoritos del año 2015, entonces yo haré todo lo contrario, no diré nada sobre mi “top five” para honrar a los 60 libros que pasaron por mis ojos, pero queda claro que leí unas verdaderas maravillas tanto locales como extranjeras. Fin del cuento, aquí lo que leí y feliz 2016 de lecturas para todos:



  1. El entierro de cortijo de Edgardo Rodríguez Julia
  2. La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo
  3. Saoco salsero de Ángel Quintero Rivera
  4. 35 relatos de Nelson Cordido Rovati
  5. La escribana del viento de Ana Teresa Torres
  6. Los encantamientos del duende de Jesús Sierra
  7. Y nos pegamos la fiesta de Víctor Alarcón
  8. La cultura del milenio de Joaquín Ortega
  9. Los tiempos cambian de Luis Ugueto
  10. La muerte tiene muchos rostros de Juan Carlos Sosa Azpúrua
  11. Lugar de tránsito de Flavia Pesci
  12. Travesías I de Rafael Castillo Zapata
  13. Fosa común de Miguel Marcotrigiano
  14. Historia de una novela de Mario Vargas Llosa
  15. El viaje vertical de Enrique Vila-Matas
  16. Los siglos imaginantes de José Balza
  17. Contigo en la distancia de Eduado Liendo
  18. Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla
  19. Amantes de Rafael Cadenas
  20. Ponzoña de paisaje de José Pulido
  21. De amores y domicilios de Arnoldo Rosas
  22. La importancia de llamarse Daniel Santos de Luis Rafael Sánchez
  23. Santiago se va de José Urriola
  24. La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth
  25. El alcohol y la nostalgia de Mathías Enard
  26. Mente en blanco de Samantha Sánchez Miralles
  27. Fragmentos naranjas de José Antonio Parra
  28. La barata de Santos López
  29. Venezolanos excepcionales de Rafael Arráiz Lucca
  30. Caracas mortal de Claudia Noguera Penso
  31. Constancia de la lluvia de Ricardo Ramírez Requena
  32. A la sombra de los destellos de Mario Amengual
  33. Identidad compartida de Rafael Baralt Lovera
  34. Desnuda inclinación de Nubia González
  35. Daño oculto de Georgina Ramírez
  36. Domingo Félez: veterano de tres guerras, de Laura S. Leret
  37. Íntimo, el espejo de Graciela Yáñez Vicentini
  38. Sin mover los labios de Alfredo Chacón
  39. La criolla principal de Inés Quintero
  40. Cuentos regresivos de   John Montañez Cortez
  41. El libro del desasosiego de Fernando Pessoa
  42. 39 grados de cielo en la tierra de Hernán Zamora
  43. Buitres en la sabana de Marisol Marrero
  44. La memoria de los trenes de Victoria Benarroch
  45. Encuentros con el silencio de Miguel Génova
  46. El tiempo recobrado de Marcel Proust
  47. Sabina y el viaje a Virtuosia de Sándor Gerendas
  48. En el jardín de Kori de Carmen Verde
  49. Los Quiénes y las ánimas de Dunfaurlin de Juan Carlos Rodríguez
  50. Bitácoras imposibles de Saúl Rojas Blonval
  51. Nube de polvo de Krina Ber
  52. Ciudad de azul y vientos de Lidia Salas
  53. Sombra de paraíso de Claudia Sierich
  54. Nido de tordos de Eleonora Requena
  55. En lugar del corazón de Silda Cordoliani
  56. Desde la orilla de Miriam Marrero
  57. Háblame, háblame…Iolanda de Francisco Arévalo
  58. El Dios de la intemperie de Armando Rojas Guardia
  59. Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka
  60. Macbeth de William Shakespeare

4 oct. 2015

El incoloro éter de los años

El primer libro que leí de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust lo hice en el año 2009, una empresa que me propuse cumplir y que llegó a buen término un 3 de octubre de 2015 con la lectura de El tiempo recobrado su séptimo y último tomo, lo que en promedio resulta a un libro exacto por año. El empeño nació del encuentro con pequeños fragmentos; de la lectura de la parte biográfica del autor y, desde luego, de la conversación sostenida con las únicas dos personas que conozco que han leído también esta obra monumental. Incluso uno de ello la ha releído en su totalidad.
“Por lo demás”, utilizando la alocución de Proust,  dejarse llevar por estas líneas -para el que quiera aventurarse- es atestiguar la genialidad literaria del autor. No obstante, debo decirlo, no todos los días se puede leer. Es necesario un reposo, no meterse en estas páginas un día cualquiera si no se está dispuesto por completo, pues su lectura es exigente, requiere de la atención absoluta para ir viendo sin pérdida alguna el entramado, la ilación sostenida y delicada de las ideas que se van formando libro tras libro, hasta que en esta última entrega, con memoria prodigiosa, vuelve a cada uno de los recuerdos de sus personajes: Swann, Albertina, Gilberta, Saint-Loup, los Guermantes (que además fue en casa de estos donde se le ocurrió la idea de escribir su obra), la abuela, Argencourt –su enemigo personal-,  entre tantos otros (son más de doscientos personajes), para contrastar con delicada prosa y melancolía la juventud de todos y la inevitable vejez y la muerte ya en tiempo presente: “Entonces la vida nos parece el cuento de hadas en el que vemos de acto en acto al niño volverse adolescente y hombre maduro y curvarse hacia la tumba…Ocurre con la vejez lo mismo que con la muerte. Algunos las afrontan con indiferencia, no porque tengan más valor que otros, sino porque tienen menos imaginación”.
Pero El tiempo recobrado cobra mayor profundidad puesto que desarrolla, entre otros temas, el relativo a la guerra contra los alemanes “la única cosa que entonces me interesaba” dice, incluyendo la tortura al Sr. de Charlus; se combina en las primeras páginas con la lectura que hace Proust del “diario inédito de los Goncourt”, manuscrito que leyera la última noche que pasara en casa de Gilberta, y del cual reflexiona y concluye: “la lectura nos enseña, al contrario, a realzar el valor de la vida, que no hemos sabido apreciar y de cuya grandeza sólo nos damos cuenta por el libro”; retoma el hoy día famoso recuerdo de  la magdalena mojada en una infusión; no deja de lado las profundas reflexiones sobre la literatura, la música y todo el arte en general; la inevitable sorpresa por el pasar de los años, la ineludible muerte y el tiempo… siempre el tiempo.
Vargas Llosa dice que “no todo el mundo puede leer a Proust”, cuya comentario casi axiomático lo refiere no por ser elitista sino como una simple realidad. Dicho por él, esto suena a una verdad infranqueable. Empero, yo no soy un gran lector, terco en la lectura sí, muy terco. Trato de terminar de leer lo que comienzo y ese fue el caso de En busca del tiempo perdido, que a mi juicio, se torna magistral del cuarto tomo en adelante. La imagen que tengo de ello para explicarme mejor es la de una montaña rusa que va subiendo poco a poco desde Por el camino de Swann hasta El mundo de Guermantes y desde el cuarto tomo Sodoma y Gomorra hasta El tiempo recuperado comienza el raudo descenso hasta el final. Curiosidad aparte, desde el cuarto libro en adelante las publicaciones se hicieron post mortem. ¿Influyó en algo esto o simple sugestión de mi parte? En fin…
Proust interpela al lector en varias ocasiones, “Recuerde el lector…” dice, para enlazar las memorias que va colocando sobre la mesa como naipes que representan sus vivencias, sus amores, sus encuentros con la alta sociedad, su enfermedad (el asma que lo torturó desde muy niño) y la diversidad de pasiones que forman parte del hombre, pues el gran leit motiv de En busca del tiempo perdido es mostrar tal como son las pasiones humanas a través de este inmenso ejercicio literario, narrativo, cuyo principal miedo de Proust era “que los ojos del lector no fuesen aquellos a los que mi libro conviniera para leer bien en sí mismo”. Como sutiles campanazos siempre manifestaba tal preocupación en  medio de su quehacer creativo, la duda de si el receptor final de su obra estaría en conexión con lo que el autor quería transmitir, inquietud natural de todo aquel que exprese sus palabras por escrito: “¿acaso se puede abrigar la esperanza de transmitir al lector un placer que no se ha sentido?”
Aunque suene poco modesto por parte de Proust, insisto en que hay que reconocer la grandeza de su obra, pues como él mismo señala “Yo sabía muy bien que mi cerebro era una rica cuenca minera, en la que había una extensión inmensa y muy diversa de yacimientos preciosos”, teniendo siempre a la vista una inminente y prematura muerte que le vendría a causa de su enfermedad (murió de 51 años), tema que siempre estuvo presente a lo largo de toda su obra y que en este último y séptimo tomo se ve potenciado por razones obvias: “la idea de la muerte me hacía una compañía tan incesante como la del yo”. Solo en algo se equivocó Proust en su obra cuando afirmó que “seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarán muriendo algún día, pero hay que resignarse a morir”. Pues está claro que ese día aún no ha llegado, y mientras haya lectores tercos que quieran afrontar el reto de leerlo, esto nunca pasará.
Como he hecho a lo largo de las siete reseñas de En busca del tiempo perdido, aquí les dejos algunas frases memorables de Marcel Proust en El tiempo recobrado:

“Es que muy pocos son los éxitos fáciles y los fracasos definitivos”.

“Las clases de mentalidad no tienen nada que ver con la cuna”.

“Leemos los periódicos como amamos: con un velo en los ojos”.

“Un general es como un escritor que quiere componer determinada obra, determinado libro, y al que el libro mismo, con los recursos inesperados que revela aquí, el atolladero que presenta allá, hace desviar extremadamente del plan preconcebido”.

“Siempre he honrado a quienes defienden la gramática o la lógica”.

“Nunca se sabe, cada uno de nosotros corre todas las noches el riesgo de ser el suceso del día siguiente”.

“Siempre es el apego al objeto lo que propicia la muerte del posesor”.

“La verdadera propaganda falsa nos la hacemos a nosotros mismos mediante la esperanza”.

“La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la mayor razón, nunca es irrefutable para quien  no está apasionado”.

“El patriotismo obra ese milagro, se está a favor del país propio como a favor de uno mismo en una disputa amorosa”.

“La mentira y la astucia no bastan para hacer caer en el prejuicio a un buen corazón”.

“Las mentes estrechas resultan aplastadas no por la belleza, sino por la enormidad de la acción”.

“En las personas a las que amamos, hay –inmanente a ellas-  cierto sueño que no siempre sabemos discernir, pero que perseguimos”.

“Es que el instinto dicta el deber y la inteligencia brinda los pretextos para eludirlo”.

“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico”.

“Solo procede de nosotros mismos lo que sacamos de la obscuridad que está en nosotros y los demás no conocen”.

“El arte verdadero nada tiene que ver con tantas proclamaciones y se plasma en silencio”.

“El gusto del café con leche matinal nos brinda esa vaga esperanza de un día hermoso”.

“Un gran escritor no debe inventar, en el sentido corriente, ese libro esencial, el único libro  verdadero, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

“Escribir es para el escritor una función sana y necesaria cuyo desempeño hace feliz, como a los hombres físicos el ejercicio, el sudor, el baño”.

“Allí donde la vida amuralla, la inteligencia perfora una salida”.

“Es que sólo la felicidad es saludable para el cuerpo, pero la pena es la que desarrolla las fuerzas espirituales”.

“Nuestras pasiones son las que esbozan nuestros libros y el descanso en intervalo el que los escribe”.

“En realidad, cada uno de los lectores es,  cuando lee, el propio  lector de sí mismo”.

“Los relojes interiores asignados a los hombres no están todos regulados con la misma hora”.

“El tiempo, que cambia a las personas, no modifica la imagen que hemos conservado de ellas”.

“Nada es más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo, cuando comprendemos que lo que ha conservado tanto frescor en nuestra memoria ya no puede tenerlo en vida”.

“Esa poesía de lo incomprensible que es un efecto del tiempo”.

“Mi libro no sería  sino como esos cristales de aumento que entregaba a un comprador el óptico de Combray y, gracias al cual yo les proporcionaría el medio de leerse a sí mismos”.

“La inteligencia tiene sus paisajes, cuya contemplación se le permite solo durante un tiempo”.

“Una condición de mi obra, tal como la había concebido un poco antes en la biblioteca, era la profundización de las impresiones que primero se debían recrear mediante la memoria”.

28 ago. 2015

El libro del desasosiego


La palabra “desasosiego” ya encierra en su propia sonoridad, lo que devela su dura, melancólica y triste acepción.  Un estado de inconformidad e intranquilidad absoluta del alma, los sentidos e incluso del cuerpo. Ahora imagínense  un libro en donde se condensan los pensamientos más intensos, profundos y discordantes de una de las voces poéticas más excelsas del siglo XX, la de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego, una lectura pendiente, como tantas otras, que no quise postergar más.


Asistimos en este libro a un conjunto de ideas, reflexiones, imágenes, razonamientos aforísticos, poesía, narrativa, prosa poética y cuantos calificativos  se puedan imaginar, de un hombre reconocido mundialmente por su heteronimia, es decir, al uso de heterónimos para separarse imaginariamente de su propio trabajo o producción literaria. En el caso de El libro del desasosiego quien escribe es Bernardo Soares y en la fragmentación de este maravilloso libro inconcluso, destacan también las divagaciones del poeta, así como una suerte de diario del propio Soares, un oficinista que lo menos que siente por su trabajo, su entorno y la vida es tedio.  
Es un libro que hay que leer con verdadera calma y paciencia, pues así como puede elevar al lector al encuentro con estupendas imágenes a través de una prosa prodigiosa, del mismo modo te puede lanzar al encuentro con el piso y más abajo, con ese estado de cansancio espiritual, de un “tedio” irremediable por la vida que se repite constantemente a lo largo del libro. Esto, además, se ve potenciado con esa doble personalidad imaginaria que recorre las páginas.
Lo fragmentario es aquí, entre otras cosas, lo que precisamente lo hace más atractivo, pues justo en esos párrafos inconclusos, en el inevitable pensamiento de “¿qué vendría allí?” que cualquier lector se pudiera plantear, saltan las suposiciones, el ejercicio mental por darle un final a esos puntos suspensivos que quedaron para la historia del mundo literario. Su complejidad no es menos que atractiva, y esa falta de “devoción” que siente el autor por el día a día que vive, por las cosas y el entorno que lo rodea, a mi juicio, no es más que una trampa en la que el lector cae irremediablemente para seguir anclado a cada una de las ideas que se van imbricando una tras otra.
Pessoa murió sin ver publicado El libro del desasosiego, y creo que precisamente por ello, el mismo está impregnado de un halo de misterio, de una sensación apócrifa de quien presintió en vida lo monumental que llegaría a ser su obra, tanto esta, como su poesía en general. Un trabajo duro para sus editores quienes tuvieron que ordenar el maremágnum de textos para darle el corpus a lo que hoy día disfrutamos.
Soares el oficinista, o su ortónimo, Fernando Pessoa, dice dentro de las primeras páginas de su libro, “Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo… La vida me disgusta como una medicina inútil”. Esto es tan solo una mínima muestra de ese extraño y ¿fingido? desapego que ronda las líneas de un texto sin duda complejo, pero fascinante.
Sería interminable traerles aquí algunas citas de El libro del desasosiego, pues cada una puede resultar mejor que otra. La intensión de estas breves palabras es que se acerquen a este maravilloso libro con la disposición de quien se encontrará con un objeto curioso, distinto, único. No obstante, y en honor al juego de heterónimos que manejó a la perfección Fernando Persona (Pessoa en portugués), cierro así: “Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí”.

17 jul. 2015

La fugitiva

Sufría de un amor que ya no existía, como a los amputados, en ciertos cambios de tiempo, les duele la pierna que han perdido.
Marcel Proust.


«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Que lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma… Así abre el sexto tomo de En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust. Cómo no comenzar con esta cita si precisamente el ¿dolor? por su partida es evidente, latente, aunque te hace dudar sobre su tristeza cuando se entera de su fuga. Se expande como de costumbre con sus ideas y más adelante te hace ver que no le importa que se haya largado, pero luego reflexiona con su potente narrativa dejando en evidencia que sí, que la extraña y le duele: “La verdad es que yo ya no tenía más valor para renunciar a ella como lo tuve con Gilberta… Quería que volviera sin demostrar yo que me interesara que volviera”. Es entonces el orgullo de ¿Proust? —o del protagonista— un sentimiento presente a lo largo de esta obra, manejado con destreza para no quedar como un patán por sus comentarios, tal vez producto de sus “innumerables y humildes yos de los que estamos hechos”, según señala, de los cuales él precisamente deslumbra por su variopinta cantidad: el protagonista orgulloso, enamorado y entregado, celoso en ocasiones e indiferente otras tantas:

Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército completo, en el que había apasionados, indiferentes, celosos —ninguno de los cuales estaba enamorado de la misma mujer—.

Empero, ese orgullo se va al traste cuando en medio de su desesperación le envía un telegrama a Albertina suplicándole que vuelva,  bajo las condiciones que sea, “que sólo pediría besarla un minuto tres veces por semana antes de acostarse”. La obsesión por ella va creciendo página a página y la distancia ignota, ese lugar desconocido al que partió, lo desespera y enloquece. Pero es capaz de cavilar sobre su desenfreno y termina por reconocer que “sea por las condiciones sociales o por las previsiones de la prudencia, no tenemos ningún poder sobre la vida de otra persona”.

Todo gira en torno a La fugitiva, es decir, Albertina, quien se las trae, pues hasta se presume de un affaire con una lavandera —entre otras—, y que tras la imaginación de Proust, aquella le respondía ante sus caricias “¡Qué gusto me das!”, pero descubrir si Albertina sigue viva o no, es la prioridad durante toda la historia más allá de sus apetencias carnales. Empero, y mientras se entrega a un constante devaneo en cuanto a sus emociones, constantemente busca en otras mujeres el reflejo de Albertina, viéndola en otros cuerpos tan disímiles como distintos.

Todo el drama posible está en La fugitiva circundando a cada personaje con sus frustraciones y penurias, pero también con lo que alegra el espíritu de cada uno de éstos a la manera de aquellos tiempos, en una época en donde la sociedad y pertenecer a esa pequeña élite acomodada era lo más importante para muchos. Por otra parte, el texto también deja claro lo significativo de mantener intacto el honor ante la vista de todos, conservarlo con dignidad y decoro como una manera de vida.

Hacia el final de La fugitiva, Proust reflexiona —entre otras cosas— sobre la mentira, en lo que ha sido para la humanidad este proceder o manera de reaccionar ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La mentira para salvarse el pellejo; la que utilizan los amantes entre sí; la mentira inmersa en la sociedad, bien para subir peldaños o para evitar una estrepitosa caída. Todo esto circundando a la desaparecida Albertina y su tendencia lésbica, sin dejar de lado, la homosexualidad de su amigo Saint-Loup quien decidió salir del closet; sobre matrimonios por conveniencia entre pares sociales para mantener el statu quo; sobre un clasismo prepotente e irritante de los aristócratas de la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial y otras tantas cosas que Marcel Proust describe a la perfección.
Aquí les dejo una muy pequeña muestra de algunas frases memorables mientras tomo aire para entregarme al séptimo y último tomo de En busca del tiempo perdido: El tiempo recobrado.

Se desea más a la persona que va a entregarse; la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

A veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que la que está frente a nosotros, palabras que nos aturden como un vértigo.

El infinito amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos  y de nuestros temores.

La fuerza que en un segundo da más vueltas en torno a la tierra no es la electricidad, es el dolor.

Desgraciadamente los reflejos morales no siempre son idénticos a lo que el buen juicio imagina.

Los elogios dedicados a lo que no amamos no encadenan el corazón.

Cuando nos vemos al borde del abismo y nos parece que Dios nos ha abandonado, no vacilamos ya en esperar  de Él un milagro.

Cada día antiguo queda depositado en nosotros como una inmensa biblioteca donde hay, entre los libros más viejos, un ejemplar que seguramente nadie pedirá.

Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de reputación.

El plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

Pues muchas veces, para que descubramos que estamos enamorados, quizá incluso para estarlo, es preciso que llegue el día de la separación.

Nuestros hábitos nos siguen incluso allí, donde no nos sirven para nada.

El dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el goce.

El futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento.

No hay idea que no lleve en sí misma su posible refutación; no hay palabra que lleve en sí la palabra contraria.

Toda mujer siente que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único medio de marcharse es huir. Fugitiva por reina, así es.