25 feb. 2011

Bautizando la revancha con sed

Mi agradecimiento a Liliana Fasciani y a Gonzalo Himiob Santomé por invitarme a dar unas palabras y a bautizar sus novelas La revancha del silencio y Sentir la sed, respectivamente. Entre pétalos y buen vino, compartimos un rato ameno entre gente de libros, escritores, actores, actrices, músicos, abogados, el grupo estudiantes universitarios que recientemente finalizó la huelga de hambre por razones que todos sabemos y unos cuantos coleados que se tomaron hasta la última gota. Les recomiendo leer sendas novelas.

Gonzalo Himiob Santomé, Norberto Mazza, Liliana Fasciani y Roberto Bolaños.

Liliana Fasciani, un tipo ahí y Gonzalo Himiob Santomé.

La sed firmando su obra.

La revancha haciendo lo propio.

De izquierda a derecha tuiteros literarios: ehh... otro tipo ahí, @lectormetalico, @lectorcomplic, @mclonga, @queleer y @rodcasares.

23 feb. 2011

Soy el número cuatro

¿Lectura entretenida?, sí. ¿Bien manejada la entrega del clímax y el desenlace de la historia?, sí. ¿Siguen los vampiros chupasangre, colmillos afilados, cordeles de ajo y el terror a los crucifijos en la historia?, no. Y tal vez sea esta la principal razón que atraiga a más de un joven lector –y de mayor edad también, por qué no– para adentrarse en esta historia narrada por Pittacus Lore, cuyo pseudónimo para los terrícolas es James Frey.

El planeta Lorien fue devastado por una raza violenta después de que acabaran con su propio mundo, los mogadorianos. En su afán de conquista y buscando un lugar para vivir, terminan destruyendo también ese lugar perfecto y bucólico que tanto cuidaban los lorianos. Para salvar su estirpe, nueve de ellos fueron enviados en una especie de arca de Noé galáctica, al único planeta que podía ofrecerles condiciones similares a su entorno para sobrevivir: la tierra. Y es aquí donde comienza la aventura.

El número 4, que para el momento de contar la historia se llama John, tiene el compromiso de seguir con vida para que su linaje perdure en el tiempo. Después de haberse mudado más de veinte veces a lo largo de todo el país para salvarse y de haber cambiado su identificación igual número de veces junto a su protector, Henri, llegan a Paraíso, un pequeño pueblo de Ohio, en donde John con las hormonas propias de la adolescencia haciendo efervescencia, conoce el amor en Sarah Hart. Llegan las emociones y los típicos encontronazos con el fortachón Mark quien ve amenazada su popularidad con la llegada del nuevo extraño.

La tensión va en aumento cuando John empieza a descubrir sus legados, esos poderes que lo hacen un ser único y distinto a cualquier ser humano. Mientras esto va sucediendo, los mogadorianos van tras de él y la lucha por salir ileso se torna intensa. La ventaja que tienen sus enemigos sobre él es notable, ya que John no ha desarrollado a plenitud sus legados y los adversarios que reclaman su vida lo superan en cantidad. No obstante, recibe una inesperada ayuda de otra loriense, la número 6, quien no puede morir sin que lo haga primero el número 4 y un ausente número 5 gracias a un hechizo cósmico. También Bernie Kosar, un particular perro y mascota de John, juega un rol importante en la historia.

Uno de los mensajes camuflados con delicadeza en el libro, tiene que ver con la preservación del planeta, con la conservación de la casa mayor, esa que nos provee de todo lo necesario para vivir. Tal vez lo mogadorianos sean una proyección bastante futurista de cómo los humanos pueden terminar en medio de tanto caos y destrucción ecológica.

Volviendo a los extraterrestres: ya el primero murió en Malasia, el segundo en Inglaterra, el tercero en Kenia y ahora le toca a John. Como buena lectura perfilada hacia los jóvenes, Soy el número cuatro atrapará a más de uno. Ellos están entre nosotros, parecen humanos, pero no son. Aristóteles, entre otras grandes figuras de la humanidad, fue descendiente de lorienses. Descubra usted quienes otros también lo fueron. Cierro con esta última pregunta-respuesta: ¿Soy el número cuatro se presta a continuar en una saga? Sí, claro que sí.

22 feb. 2011

CINECLUB

Para todo aquel que se precie de cinéfilo este libro resultará de sumo interés, y no digo fundamental, porque para gustos de películas –así como para los libros– hay mucha variedad. No obstante, hay películas a las cuales alude David Gilmour en su libro que sin duda tienen todo el mérito de aparecer allí, como en cualquier catálogo de películas imprescindibles. Lo interesante de CineClub, amén de hacer un paneo fundamental por un ingente número de filmaciones que son unas verdaderas joyas y otras no tanto (ese “no tanto” dicho por él mismo), es que combina su capacidad como crítico de cine en medio de su terrible y desesperante situación de desempleo, para educar o tratar de guiar a su hijo en esa edad complicada de la adolescencia, que en el caso de Jesse –su hijo– tuvo algo de alcohol, drogas, música y los infaltables desamores que devastan tanto o más que los psicotrópicos.

Las vastas referencias en CineClub le aumentan a uno ese vacío que debería más bien estar repleto de películas. Ya me he agenciado unas cuantas para entender con propiedad, las interesantes reflexiones con las cuales pretende atrapar la atención de su hijo (y de los lectores). Empecé con Un tranvía llamado deseo y después entendí por qué Marlon Brando era Marlon Brando. Como el mismo Gilmour señala: “fue la obra en la que dejaron que el genio saliera de la botella; literalmente cambió el estilo de interpretación en Estados Unidos”. Incluso cuando la obra de Tennessee Williams fue llevada a las tablas en Broadway (1949), otros actores que también iban a hacer lo propio encarnando a Stanley Kowalski, después de ver a Brando, más nunca tomaron el papel; “del mismo modo que a Virginia Woolf le entraron ganas de abandonar la escritura [–sí, Virginia Woolf–] cuando leyó a Proust por primera vez”.

El libro está repleto de anécdotas de actores, directores y películas, y lo más apremiante es ver cómo el desesperado padre ante su hijo descarrilado, le va incorporando dentro de su rutina la asignación de ver unas películas para que aprenda algo, para que reflexione sobre su situación. Jesse un buen día decidió no hacer nada de nada. Abandonó sus estudios para entregarse al más completo, depresivo e inútil ocio. La única condición que su padre le puso ante su dejadez, amén de tener techo, comida y de no aportar ni un centavo al hogar, fue que vieran juntos tres películas a la semana para luego analizarlas. Sin duda y como bien dice la portada del libro, una educación nada convencional para un adolescente que aún no ha conseguido su rumbo. Una lectura entretenida y que deja muy claro que hay muchas películas por ver.

18 feb. 2011

País portátil

Tal vez uno de los mayores logros que puede alcanzar un escritor sea permanecer en el tiempo, y gracias a ello, sortear las infinitas posibilidades de acercamiento a un libro que cualquier lector puede tener, convertirse en un referente en el duro ejercicio de la escritura. En este sentido, esa permanencia implica directamente una atemporalidad que hace de su obra un paradigma, transformarse en un prestidigitador de historias más aún si las mismas son vistas hoy día como si estuvieran recién salidas del horno de las ideas. Así veo a País portátil de Adriano González León. Un libro que tiene más de cuarenta años de publicado, y hoy, después de su lectura en pleno 2011, el tuétano descriptivo de aquella Caracas terrible que reflejó el autor a través de sus letras, sigue siendo la misma, o mejor aún, la proyección de una ciudad que aún no existía y que logró ver con calidad fotográfica a lo que es hoy: caos, miseria, corrupción y una infinidad de epítetos que aterran.
A título personal la novela me envolvió justo a partir de la mitad. De ahí en adelante fue avasallante el mundo narrativo al cual, como lector, se sucumbe inevitablemente. País portátil se construye sobre la dualidad de dos mundos tan propios y antagónicos de nuestro gentilicio: el correspondiente a lo rural y el que va al ritmo de lo moderno, de lo urbano. En ese contraste de mundos, el tiempo verbal del relato también propone esa ambivalencia de lo descrito desde un pasado, hasta llegar al presente que se bifurca en la variedad de problemas propios de las ciudades.
Ya en aquellos años en los cuales Adriano González León escribió esta historia, que como dije al principio, es referente e icono del buen hacer de un escritor de oficio, en una época en la que aún las ideas revolucionarias eran vistas como una alternativa de vida en muchos país de Latinoamérica, decía: “La democracia se vivifica con el clamor de la oposición. Es lo justo. Es legal, porque de lo contrario... el poder se hace unipersonal, unipartidista, no tiene filtros ni críticas y puede conducirse un país a la bancarrota”. Debo decirlo, qué visión, qué premonición en estas palabras.
La novela se desarrolla en un universo complejo, tanto de los personajes, como del contexto en que se desenvuelven. Esto, además, permite que ese mundo moderno al cual la voz narrativa denuncia, pase por el mordaz y delicado filtro que ofrece la ironía, que por bien trazada, golpea en el pensamiento de quienes conocemos y vivimos en Caracas: “Desde la Cota se ven mejor los ranchos: variedad, novedosa incorporación de materiales, latones que suenan bellamente cuando cae la lluvia, tablas con letras rojas y los baldes y las latas de agua en las cabezas hacen mover la luz. Las antenas de esta ciudad indican su sensibilidad y cultura: las gentes de esta ciudad prefieren las imágenes, aunque los aguaceros y el hambre las tiren cerro abajo... aquí nadie quiere vivienda porque un alto sentido de la poesía y la libertad los lleva a preferir la intemperie. Si no, ¿cómo se explican ustedes que esta gente no se mude?”. Cuarenta y tres años después de su primera publicación, uno de los principales problemas de este país sigue siendo el déficit habitacional.
País portátil era una lectura pendiente. Después de leída entiendo su constante referencia, entiendo el por qué se hizo merecedora del Premio Biblioteca Breve Seix Barral (1968) que no es poca cosa. Ya es un mérito innegable haber logrado esa imagen, esa adjetivación perfecta para un país que siempre está en construcción, que se solapa en lo movible, en lo transmutable, en lo portátil; en una “ciudad vitrina, jaula, con frutos y aves eléctricas, todo el tiempo aleteando en amenaza de caer...”

9 feb. 2011

El cuaderno rojo

Partiendo del concepto de lo increíble, supongo que mucha gente –por no decir todo el mundo– ha tenido experiencias de todo tipo: malas y buenas. El caso de los escritores, al menos para los que son de este planeta, debe ser igual en menor o mayor grado, convirtiendo aquello en fuente de inspiración u oficio para crear historias. Pongo por ejemplo sólo dos en el orden de mis lecturas: el caso de Stephen King en cuyo libro Mientras escribo, cuenta unas historias reales, vividas en sus carnes y en sus huesos, que superan lo que ya conocemos a través de sus libros; luego está Paul Auster con El cuaderno rojo, que si bien es cierto no lleva el morbo de lo vivido por King, tiene mucho de curioso e inquietante.

El punto es que existe un escritor llamado Paul Auster que sigue vivo de milagro, que lo conocemos porque sencillamente no le tocaba a él partir del plano terrestre, calcinado, achicharrado, como sí le tocó a su compañero de camping. Imagínense la escena: un grupo de muchachos acampando en una montaña y de pronto comienza una tormenta de esas que arrasa con todo lo que hay en su paso, árboles, cabañas, piedras, mientras rayos y centellas hacen un festival de luces y estruendos. Los asustados excursionistas se colocan en fila, muy al azar, para pasar por debajo de una cerca metálica hacia un claro libre de árboles que atraigan los rayos. Pasa uno, pasa Ralph y luego Paul (cuando sencillamente era eso nada más, Paul). Ralph, quedó extrañamente inmóvil después de hacer tierra a través de la cerca metálica y el rayo fulminante de miles de voltios que lo calcinaron. Ralph, haciendo las veces de conductor eléctrico, le salvó la vida a Paul. Así de sencillo.

Así como estas son las historias contadas en El cuaderno rojo; hechos que de una u otra forma dieron paso a ese escritor consagrado que hoy día conocemos, el mismo que hoy está comiéndose las maduras gracias a la literatura, que antaño, no tenía dinero ni para comprar comida. Estos relatos, narrados con un tono intimista que no va a lo novelesco, porque de hecho el libro no va en esa dirección, llevan al lector a reflexionar sobre el por qué Paul Auster tiene un nombre bien ganado en la literatura actual. Evidentemente y en honor a la verdad, supongo que estarán los que no gustan de su trabajo, pero en mi caso, lo poco que he leído me ha dejado con ganas de seguir leyendo a este escritor (La trilogía de Nueva York, pendiente).

En el estupendo prólogo que le hace Justo Navarro, éste toma de una entrevista que le hicieran a Paul Auster lo siguiente: “Escribir es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca placer, pero es un mucho peor cuando no lo hago”. El cuaderno rojo, el cual se puede leer de una sentada por lo breve que es, pareciera tener mucho de eso, de haberlo escrito por la imperante necesidad de contar y “contarse”, en este caso no con la intensidad de una novela, pero sí con la impaciencia de quien no quiere perder las anécdotas en el olvido.

4 feb. 2011

Sabina en carne viva

Recuerdo que en mi casa de la infancia se escuchaba todo tipo de música. Mi padre solía atormentarme con Led Zeppelin, Deep Purple, Cream, entre otros, cuando íbamos de paseo o de viaje en el carro. Ya me estaban empezando a gustar, pero mis tiernos oídos aún no aguantaban tanta leña, así que apelaba a mi “casete” favorito de (sí, “casete; cédula, pasaporte, DNI, al piso): Gualberto Ibarreto. Puede parecerles una tontería, pero siempre me pregunté por qué Gualberto cantaba solo, qué era de la vida de su compañero con el que se supone hacía dúo…

Luego conocí a Soledad Bravo, a Alí Primera y en algún instante que no recuerdo, a los que aún siguen siendo mis favoritos: Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. Qué puñaladas son sus letras, de veras que lo son. Escuché a Sabina creo que rayando ya los diez u once años y le dije a mi padre: “Qué mal canta, cómo pudo hacer un disco”. En serio, luego le dije: “Canta tan mal como el Dylan ese que tú escuchas…”. En fin, la ignorancia es atrevida, y mezclada con la inocencia, ni les cuento. Vinieron otros tantos incluyendo a The Beatles, que a la par de los hispanohablantes mencionados, siempre están allí dentro de mis favoritos en paralelo con Led Zepellin –irónico, no?

No puedo dejar de hablar, por un lado, de la otra vertiente musical: la salsa brava, la que muchos llaman “cabilla”, de esa que suena a Maelo, Lavoe, Gran Combo y un largo etcétera que se concreta en una predilección casi irracional por la música de Blades, de quien hice mi trabajo de grado; y por el otro, la pasión por la música clásica que me sumó poco más de cinco placenteros años en un conservatorio. Justo allí, en pleno concierto de grado –no recuerdo a cuál año pasaba– irrumpió a todo volumen Sabina desde el salón de al lado. El cuento, para hacerlo corto, es que no fue tanto la música sino los versos lacerantes que me dieron en el alma. Al día siguiente ya me había agenciado unos LP que tenía mi padre y comencé a degustar de mi nuevo descubrimiento.

Sabina en carne viva es un libro de extrema franqueza o de flagrante estupidez, en donde Joaquín hace honor a eso que pudiera verse como antetítulo: Yo también sé jugarme la boca. Y es que se la jugó, porque parece haberlo dicho todo como si no hubiera entendido, que lo que dijo, estará en el libro. Ahí están las putas que se folló; están las rayas de coca que entraron en su nariz como si fueran las aceleradas demarcaciones que dividen una autopista; está el alcohol, el vino, las cervezas y el amigo “Juanito el caminante” como bien le llama a Johnnie Walker; está su tendencia política y un sinfín de cuentos, algunos hilarantes, otros no tanto; la familia, sus mujeres (incluyendo a sus hijas); los príncipes, algunos jugadores del Real Madrid y pare usted de contar. El punto es que a cada pregunta inteligente, mejor aún, inteligentísima de su querido biógrafo “Menéndez Flowers” [sic], las respuestas son mejores aún, con argumentos sólidos y convincentes.

Ya estaba convencido, pero después de leer Sabina en carne viva, lo corroboro: Sabina es un poeta ganado a la música o un músico que no tuvo otra que agarrar la guitarra para encausar su poesía. Da gusto ser un tanto paparazzo leyendo un libro como este, tal como si estuviera sentado en la mesa de al lado parando la oreja, enterándome de sus poetas predilectos, de sus influencias; de sus directores o películas favoritas; de notar cómo traga grueso y respira profundo para no soltar una lágrima, razón por la cual le dice en más de una ocasión a su biógrafo: “Es que me metes los dedos en las anginas de una manera…”; o “Qué cabrón eres Menéndez Flowers”; conocer el problema que tuvo con el músico argentino ex marido de Cecilia Roth; reírse con su agudo cinismo y su precisa ironía; de “Crónicas marcianas” y “Operación triunfo”. Aquí está todo esto y mucho más. Un libro para disfrutar de cabo a rabo. Y como dijo Joaquín parafraseando a un personaje y estupenda película: “Y como decía Forrest Gump: Y no tengo nada más que añadir”.

PD. Tengo un montón de notas y subrayados, pero me llevaría unas cuantas cuartillas, así que sólo una cita para divertirse: “Por cierto, ¿te conté lo que me pasó con Miguel Bosé en un cuarto de baño? Pues resulta que en unos premios de música entramos a mear juntos a los servicios, y cuando salimos, unos tipos se nos quedan mirando y yo les digo: “No es lo que os figuráis. Somos maricones”. (Risas)…”