26 jun. 2009

Beso alado

Hallé esta foto
en el torrente amaderado de mis recuerdos
en la primera gaveta de arriba hacia abajo
justo donde se esconde el otoño y su tristeza
sabes bien que no eres tú
pero hoy quiero que lo seas
más allá del beso alado
frugal y tierno
que extraviaste en mi boca.

El país de la canela


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La polémica siempre es atractiva porque reclama por parte de los espectadores –y en ocasiones también por parte de los protagonistas del dilema –una resolución: el descubrimiento del por qué causa escozor en el pensamiento de pocos o de muchos algún punto de vista, una decisión. En el caso de la literatura siempre sucede lo mismo cuando el jurado falla a favor de uno y no de otros escritores. Este es el caso particular de William Ospina quien recientemente ganó el Premio de Novela Rómulo Gallegos, uno de los más importantes de nuestra lengua. La polémica salta la talanquera puesto que el autor ha manifestado su simpatía por el actual gobierno venezolano. Incluso, reconocidas voces literarias venezolanas han manifestado su convencimiento de que el premio se ha politizado y de que el estado consiguió la fórmula para el otorgamiento de dicho galardón, pero marcando la respectiva distancia del tema político versus el literario y después de haber leído El país de la canela, no tengo más que decir “bien merecido” y que el hombre nacido en Tolima, Colombia, halló en este premio un justo reconocimiento en todo sentido por su dedicación y años de paciente investigación.


Casualmente acabo de releer Los detectives salvajes de Roberto Bolaño con la idea de refrescar las aventuras de Arturo Belano, Ulises Lima y compañía para ver qué tal resulta la ambiciosa adaptación al cine, novela que ganó el mismo premio hace diez años atrás (1999), tal como si aquella y El país de la canela las separara una década que se contara en segundos. La novela de Ospina ahora forma parte del selecto grupo de ganadoras y si bien es cierto que la relectura referida me llevó un buen tiempo, El país de la canela me atrapó de tal manera que concluí su lectura en apenas cinco días.

La impresionante historia de la novela nace de una carta que recibe el heredero de Marcos de Medina, conquistador de El Cuzco, en donde se relata gran parte de los hechos de la conquista sobre el reino incaico, casi medio siglo después de que Colón apareciera por tierras desconocidas. Esto ya presagia desde un principio mucha sangre e impunidad española sobre los indios: “se alargaban en fragmentos de batallas, una cuchillada súbita en un rostro, dedos saltando al paso de la espada de acero, un cuerpo que se encoge al empuje de la daga en el vientre, sangre que flota un instante cuando la cabeza va cayendo en el polvo”.

Esta situación se ve revertida en muchas ocasiones cuando el temerario grupo de europeos –en su afán de riquezas coronadas de oro y canela– se ve en la necesidad de atravesar grandes ríos en donde sucumben en terribles emboscadas repletas de cerbatanas y por la inclemencia de una naturaleza que les era ajena: “nosotros en la selva necesitamos armaduras, cascos, viseras y miles de cuidados para protegernos de los insectos, de las plagas, del agua y del aire. Vemos amenazas en todo…los indios se mueven desnudos en esa misma selva, se lanzan a sus ríos devoradores y salen intactos de ellos…La selva los acepta porque ellos son la selva”.
El país de la canela nos lleva de viaje a un pasado remoto, a un espacio y a un tiempo en donde comenzaron a germinar nuestros pueblos. Imposible leer esta novela y no sentir la presencia del Inca Gracilaso, sobre todo cuando hacen acto de presencia en las “planicies amarillas”, Manco Cápac y Mama Ocllo Huaco quienes alcanzan en palabras del poeta, así como en la novela referida, dimensiones indiscutibles de nobleza, tanto por sus actos, como por ser “hijos del sol”; de igual modo el trabajo de Juan de Castellanos –quien brevemente es mencionado como “el poeta”– halla en el relato de Ospina un digno eco de sus crónicas y versos en nuestra actualidad, para que aquellas voces primordiales nunca caigan en el olvido.

La descripción de la naturaleza, la narrativa de aquella odisea en el nuevo mundo a través de montañas nevadas, de inmensas planicies y de imponentes ríos, hace que la lectura sea una experiencia adictiva. Pensar en esos hombres atrapados por mares de agua dulce, que aún en nuestros días, son símbolos de una naturaleza virginal indomable, agita la imaginación lectora. El libro tiene además al principio un mapa que traza el recorrido de estos ambiciosos aventureros y llevar la lectura siguiendo la mencionada cartografía, deja en claro que aquello no fue más que una locura y una gran suerte que salieran con vida pocos hombres. Curiosamente el oro pasó a un segundo plano en el desenfreno y en la codicia que causaba, puesto que la canela, alcanzó niveles de deseo como si fuera el mayor de los tesoros: “la riqueza tiene todas las formas, pero ninguna para mí más extraña que esa corteza roja que altera las bebidas y da a los alimentos una dulzura exótica. La canela: oro, sí, pero astillado en aromas, el túmulo de leños que hace siglos borraba en sus humaredas los palacios del Tíber…Buscando canela habían venido las tres pequeñas barcas…como tres cascarones de nuez embanderados por un niño y arrojados sobre un azul sin bordes, pero hasta entonces la canela del Nuevo Mundo no había aparecido.”
La crueldad de estos hombres que fueron “residuos de una expedición arrogante”, ofuscados por una riqueza que nunca llegó y que cuando la hubo fue desperdiciada y perdida por los enfrentamientos, rayó en la insensatez cuando acabó incluso con las vidas de los únicos capaces de descifrar los laberintos de la selva, de conseguir gracias a los árboles y arbustos a través de la lectura perfecta del variado matiz del verde infinito, el sustento alimenticio del día: “como quien despierta de una embriaguez, sólo cuando los indios no eran más que carnaza humeante Pizarro comprendió que ahora no teníamos quien nos llevara la carga, que nos era forzoso a los españoles…avanzar pesadamente por arboledas que se hacían cada vez más impracticables…La expedición, flamante y ostentosa al principio, se había ido diezmando por la fatalidad, como si otro perro invisible devorara sus miembros”.

Los hechos fundacionales de nuestros países están muy bien relatados en El país de la canela, con toda la crudeza que ello representa, con sus masacres y hechos fantásticos producto de la imaginación desesperada de hombres que salieron del viejo mundo con la intención de llenarse de gloria, la cual sólo pudieron alcanzar gracias a las historias alucinantes que justificaron la conquista, la invasión o el saqueo. Esta novela es el recuento de nuestro pasado, contado con la destreza necesaria para camuflar la realidad con la ficción, trabajo encomiable que realiza a la perfección William Ospina, mezcla de su investigación y de una narrativa espléndida, tal como por ejemplo, se desprende de observar con detenimiento la naturaleza: “la montaña es más generosa y más grande que los hombres, y también a veces hace cosas ciegas, como arrojar llamas por sus pezones de piedra, como hacer cruzar lenguas de rayos por el cielo aborrascado, como traer en vuelo temible las bandadas de cóndores que presagian cambios turbulentos”.

Todo lo antes mencionado es apenas una muestra de lo que está inmerso en El país de la canela, una lectura necesaria para todos los hispanohablantes. Habrá que leer el texto precedente, Ursúa y esperar por el cierre de la trilogía con La serpiente sin ojos, que se insinúa hacia el final del texto: "Demuestra que vale más tu voluntad que la serpiente sin ojos en la que se refleja el abismo..."

25 jun. 2009

Soy la trampa...


Y además una posible salvación, no sé de qué, pero salvación al fin. Puedo ser esa tormenta que aprieta en los días nublados y hasta el más radiante sol que ilumina tus días. Quizás un pañuelo para abrazar tus lágrimas o las mismas lágrimas pletóricas de alegría.


Sigo siendo una trampa, no sé si tuya, no sé si para mí misma. Pero ¿una trampa de qué? ¿Será que ya caíste en ella o mejor dicho, en mí, puesto que soy yo la trampa? ¿O será que fui yo el que cayó en la trampa, o en mí misma? ¿Esa “trampa” tendrá otra manera de llamarse? Tal vez averiguarlo sería precisamente lo que ella quiere, que caigamos en la trampa o en ella o en mí.


No hay prudencia alguna en cada pensamiento puesto que en tal libertad, la del pensamiento, hacemos la mejor de las películas, con el final perfecto, con el encuadre perfecto, con la fotografía perfecta, y por sobre todas las cosas, con los protagonistas perfectos: tú y yo siendo víctimas de la trampa.


Soy trampa porque así me llamaste tú, porque más diáfano imposible. Soy trampa porque entramos en un juego que comenzó y se torna volcán. Trampa porque irónicamente tus pasos se alejan de mí y se acercan a otro, quizás se acercan a otra trampa de la cual ya eres dulce víctima.


Me visto de luces para hacerte reír y sigo siendo trampa. Me antojo de nublar tu buen talante y ¿adivina qué? Soy la misma trampa. No hay nada que salga de mí que al final no sea una cruel pero tierna trampa. También esto que te digo forma parte de ella, y por encima de todo, cada palabra que no te he dicho por temor de caer en la trampa. La música, las canciones, el ambiente, el aire, la silla que te aguanta, las manzanas de a diario, los 5 minutos a tu casa, todo, absolutamente todo, es una trampa.


La pregunta es, ¿habrá algo que no forme parte de esta terrible trampa? Prefiero no tener respuesta a ello. Al fin de cuentas todos caemos en ella alguna vez, en mí misma. No queda más que hacer libaciones a los Dioses para honrar este vicio, esta tortura, este grillete en el tobillo, esta trampa que no sólo pende del pie sino del pecho, del alma. La trampa es saber que pudimos escaparnos de ella y no lo hicimos. Y como trampa al fin, te pido que no creas en nada de lo que te he dicho, recuerda, soy una trampa y ambos estamos atrapados en todo y en nada.


La trampa al final es creer que conseguimos lo que siempre perdimos y nunca hallamos a tiempo. Es jurar que la perfección existe en un determinado segundo, en un cruce de miradas que fulminan a cualquiera. Es creer que más nunca, bajo ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto, volveremos a caer en ella. Pero ella es impredecible, aparece cuando menos te lo esperas y se torna tan poderosa, que cualquier trampa anterior, pasa a ser libertad, rutina y tedio. La trampa es así, te eleva y luego te deja caer, es implacable. Al final todos somos una trampa en la cual juramos no caer otra vez, pero allí estamos, luchando por salir y deseando caer en ella.

18 jun. 2009

Bartleby y compañía


El “No” como motivo, tal vez como herramienta grandilocuente que arrastra a muchos escritores a un abandono total del oficio, como si después de haber publicado un texto exitoso o no, ya siendo un primogénito o la sucesión de varios trabajos, es lo que aborda Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas.

En tono de ensayo, el autor nos muestra la historia de un personaje que se traumatiza por causa de su padre puesto que éste decide no escribir más después de publicar su primera novela. Con argumentos, algunos verídicos y otros seguramente inventados, el autor desarrolla una especie de vademécum mundial del “No” literario, que más allá de incitar al juego aclaratorio de cierto o falso, de la eterna dicotomía literaria de lo ficticio y lo real, pareciera que lo más importante es detallar el andamiaje con el que sustenta su idea a través del camuflaje vilamatiano que se da entre el autor y la voz narrativa: “Siempre me ha funcionado bien este sistema de viajar a la angustia de otros para rebajar la intensidad de la mía”. Salta la duda: quién lo dice, el por qué resulta irrelevante.

Ese viaje angustioso, yo diría más bien literario, se va formando gracias a la espléndida visita que hace Vila-Matas al inventario mundial de voces que marcaron un hito importante con sus obras para confirmar su teoría: desde Camus y Sartre, hasta Rulfo y Borges; pasando por los premios nobel Canetti y Saramago, hasta Stendhal y Cervantes, Rimbaud y Valèry, por mencionar sólo algunos.

Bartleby y compañía, inspirado en un personaje de Herman Melville, es envolvente porque incita a retomar voces fundamentales de la literatura o acercarse a ellas si jamás se les han oído. En la obra, el narrador confiesa lo azaroso de su trabajo, lo fragmentario de su acercamiento a hombres prominentes de las letras que resolvieron entregarse al olvido literario: “tema laberíntico que carece de centro, pues hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura, y no existe una unidad de conjunto y ni tan siquiera es sencillo dar con una frase que pudiera crear el espejismo de que he llegado al fondo de la verdad que se esconde detrás del mal endémico, de la pulsión negativa que paraliza las mejores mentes”.

El síndrome de Bartleby es aquel que libera a la mente literaria del incontrolable impulso de testimoniar todo sobre el papel en cualquiera de sus formas narrativas o poéticas. En esta obra se marca claramente una obsesión por el tema de la imposibilidad de escribir, de la literatura como una pandemia, que irónicamente, pudiera generar otros estilos o tendencias, “danza de las que podrían estar ya surgiendo nuevas construcciones de la sensibilidad”.

El texto va de la abstinencia escritural como resultado de alguna misteriosa decisión que lleva a los escritores a decir basta, no escribo más. Síndrome que afectó sin duda alguna al padre del narrador y que por el contrario, no ha afectado a Vila-Matas cuya extensa obra habla por sí misma. Quizás por ello el autor camufla su voz con la del contrariado copista para descubrir junto a él los motivos que llevaron a su padre al mutismo literario absoluto, unificando sus voces incluso para reconfortarse del exigente trabajo: “He trabajado bien (quién, el copista o Vila-Matas) puedo estar contento de lo hecho. Dejo la pluma porque anochece...Mi mujer y mi hijo están en la habitación contigua, llenos de vida. Tengo salud y dinero suficiente. ¡Dios mío qué infeliz soy! Pero qué estoy diciendo, no soy infeliz. No he dejado la pluma, no tengo mujer, no tengo hijos…no tengo dinero suficiente, no anochece”.

Extraordinario libro que no tiene desperdicio.

17 jun. 2009

Claxon

Hay un claxon en mi pecho
suena
revienta
un duro esputo quiebra el silencio

tamborilean mis pulmones
en un instante de duda
mientras mis manos son felices
en los vértices del llanto

migran las tiernas arañas de su escondite
y en su lugar queda
el estertor de mis adentros:

pinceladas verdes
dolor de siglos
recuerdos.

12 jun. 2009

Gomorra


Lo más duro al leer Gomorra fue hallar infinitas similitudes entre la bota de Europa y Venezuela. El caos, el miedo y el terror de lo que allí se vive es el mismo, o al menos muy parecido, al que enluta nuestros hogares. Tal vez en Italia eso haya cambiado un poco, no lo sé, puedo presumir que no considerado que Roberto Saviano sigue siendo amenazado y vive itinerante dentro de su propio país y el mundo, al mejor estilo de Salman Rusdie. Allá es la mafia, la Camorra, aquí le llamamos hampa organizada y común; allá son los “killers” quienes llevan la muerte por encargo, aquí hemos adoptado a los “sicarios”, que en Colombia y ahora en Venezuela, forman parte de un negocio rentable junto al secuestro Express o el de modalidad prolongada; allá son los “boss” aquí son los “cabecillas”…


Hablo de similitudes porque la impunidad sale a toda hora a las calles y no hay nadie que haga nada, a menos que sean los mismos mafiosos que acaben con sus adversarios, los cuales pugnan tanto como aquellos por el poder absoluto: en el tráfico de drogas; en el tráfico de armas, cuyo tentáculo abraza hasta la propia milicia del estado italiano; en la manufactura ilegal de las mejores prendas de vestir coronadas con las marcas más prestigiosas de la moda italiana y mundial; extorsión y explotación laboral; despeje ilegal de desechos tóxicos de importantísimas empresas. En fin, toda esta problemática está explícita y de buena fuente en Gomorra, en donde el propio autor es el testigo de las atrocidades allí expuestas, asumiendo el riesgo que implica “la inútil batalla en la que estás seguro de desempeñar el papel del derrotado”, en donde “hay algo que debes preservar y saber. Debes estar seguro de que se reforzará gracias al derroche de tu compromiso, que tiene el sabor de la locura y de la obsesión”.


En este libro se entabla la guerra contra un monstruo omnipotente que compra bolsillos y conciencias, que paradójicamente desaparece cuando la ley quiere apresarlo: “Camorra es una palabra inexistente (para la) policíaes una palabra que hace sonreír a los afiliados…un término elocuente, un mecanismo más que una estructura”. Los adeptos y suscritos al macabro club se refieren al mismo como al “Sistema”, dejando a los estudiosos la utilización del término camorrista. Gomorra en un libro sumamente crudo, en donde página a página los trazos de crueldad son inimaginables. Nápoles, una ciudad atravesada por la mafia, epicentro de una industria violenta que se expande a muchísimos países más allá del continente europeo, que según el propio Saviano es “el lugar con más muertes por asesinato de Europa” (así como Caracas lo es en Latinoamérica), ve morir a sus jóvenes con pasmosa indolencia y conversar de un tema que antaño era menester de ancianos. El autor atestigua la siguiente conversación:


-Yo quiero morir como esta señora. En la cabeza, pam pam…y se acaba todo.

-Pero le han dado en la cara, y en la cara es peor

(…)

-Es mejor que te den en el pecho, no?

(…)

-No, en el pecho hace daño, mucho daño, y tardas diez minutos en morir. Tienen que llenarse los pulmones de sangre, y además, el impacto es como si te clavaran un alfiler de fuego y te lo removieran dentro. Hace daño hasta en los brazos y en las piernas. Ahí es como un mordisco fortísimo de serpiente…En la cabeza es mejor; así no te meas encima y no se te escapa la mierda. No te pasa media hora agitándote en el suelo…


Este libro es como una versión escrita de alguna película de Tarantino pero sin actores, con personas de verdad, curtidas en la mafia y la muerte, que impacta porque lo contado se escapa de un guión cinematográfico para reiterarse como verídico, como cierto. Estas situaciones retumban en la mente del lector más aún si se vive en una ciudad tan violenta como Nápoles. Lamentablemente Caracas y muchas otras se dan la mano en este triste sentido. Gomorra estresa y preocupa, no es una lectura para el relax.


Si quieren leer algo “venecamorrista” visiten:

http://www.eluniversal.com/2009/06/12/sucgc_art_la-psicologa-recorri_1428269.shtml

11 jun. 2009

Octavo capítulo: El poeta del Mar de las Perlas

(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).

Se entiende y arquea la cúpula del cielo, sentimos el ondulante puente debajo de nuestros pies...los acentos de misterio invisible, las vagas y vastas sugestiones del mundo oceánico, las sílabas líquidas que se derramen.

Walt Whitman.




Desde Amberes tengo a un poeta de poetas como insustituible vecino de noches y alboradas marineras: es Pedro Rivero, huésped del buque “Nueva Esparta”, en el camarote número 2. Después de salvar la corriente plomiza del Escalda, entramos en la zona portuense de la ciudad de Rubens, en una mañana excepcionalmente clara y fresca. Son lluviosos, húmedos y oscuros los días en las ciudades flamencas de Bélgica; pero este de nuestro arribo -24 de julio- es un día integralmente venezolano, de cielos claros, de sol envolvente y de luz profunda, de esa luz enigmática que sólo se da en los trópicos y nos mantiene en lucha con la naturaleza, mientras el párpado herido se contrae y la pupila pugna por derramarse como la misma luz sobre el imperio de todas las cosas. Me hace recordar, con nostalgia, el poema “Enigma de la luz tropical” de Pablo Rojas Guardia. No hemos olvidado que es una fecha de amor patriótico.

Encima del “ondulante puente” del Escalda y del sobrepuente del navío viajero, nuestros ojos tratan de sorprender difícilmente entre aquella monstruosa estructura de concreto y de hierro, que es el gran puerto, la figura amiga que se nos ha anunciado para recibirnos al arribo. Y allí está, por fin. Pedro Rivero en el muelle 186, con la mañana creciendo en su bondad y una rosa solitaria agonizando en el ojal de su americana.

Enfermo y cansado, más en el espíritu que en la materia, que no es siempre el pan cotidiano el que alimenta a los poetas verdaderos, el artista de “El mar de las perlas”, hijo de marinero y de una isla marinera como ninguna –marino él también– llega hasta el barco de su pueblo como quien escapa de un naufragio hacia su vieja tabla salvadora. ¡Ah, Pedro Rivero, hondo poeta y hombre, buscando la nave de su Margarita, que “el corazón abisma en lo profundo”, para transportar la carga de sueños hacia la costa nutricia de su noble sensibilidad! Ha comprendido su mal Pedro Evaristo, el Capitán, tan marinero y tan margariteño como el poeta de su barco y de su tierra. Por eso, desde un día de verano sobre el puente del barco que lleva el nombre de la isla, empezaron a acomodar los vientos y los sueños, cual navegantes de altura, un capitán y un poeta de La Margarita, encontrados como la ola y la playa sobre los muelles del flamenco puerto mercader.

Pedro Rivero vivía en Europa por la piedra y por el mundo de la piedra. De él recibí la lección del tiempo, de la densidad y la realiza del tiempo, en la admiración nocturna de las viejas catedrales, que tanto apasionara a Rodin. Costaría olvidar la de Sainte Gudule, en Bruselas, cuando la vimos sobre la medianoche, como el ánima en gracia de pretéritas edades. En su pátina impresionante, nacía para el poeta otra catedral: la del sueño. Vivíamos su obsesión del diálogo solitario con la piedra en el encanto antiguo de Brujas, de Lieja, de Malinas y de Amberes, el solar de Rubens y de su arte. ¿Cuál otra constancia viva queda, en efecto, de viejas civilizaciones, en aquellas tierras, escogidas por el destino para escenario de los más contradictorios hechos de la historia? Ninguna otra que no sean, a mi modo de ver, las huertas de Malinas, que parecen haber nacido con la ciudad y los encajes de Brujas, que emulan la eterna telaraña de la niebla tejida finamente para adorno clásico de la ciudad, por los días fundamentales del invierno. Todos estos pequeños y grandes primores tienen ya un largo camino andado en el mundo del poeta. A su lado, la penumbra obsesionante de la Gran Plaza, en la capital belga, con la casa del Rey y del Duque de Alba y el Hotel de Ville, me pareció más lejana y más embrujadora. La gravedad del tiempo que allí se mide nos saturó como a las esponjas los vinos añejos.

Hay en realidad mucho de fantasmas sombríos en el arte circundante de la majestuosa morada, desde donde Felipe II erigiera su torvo imperio de fanatismo e intolerancia. De aquella pira inquisitorial parecen levantarse acusadoras las sombras de los Condes D’Egmont y D’Hornes. Pero el tiempo y su medida son inagotables en la popa de la carabela de los tercios de Flandes, que corona la noble arquitectura de una de la nobles moradas de la Gran Plaza. Civilización y barbarie afloran al recuerdo en estos monumentos. Bajo la obra limpia del artista, se elabora el designio turbio del inquisidor. Sobre la elocuencia muda de la piedra, se perpetúa la acusación doliente contra la crueldad. Sobre la misma piedra que unió con argamasa el vasallaje.

Si para hablar de Rivero, me acojo a estos recuerdos, se debe a la razón de haberle penetrado más profunda y emotivamente en este arrobamiento de lo secular, en ésta su recogida meditación ante la pátina. En aquella Europa sufrida, engañada, incrédula e insegura de su porvenir que dejó la guerra, el poeta quizás vería en la discreta luz de la pátina, que producen las catedrales del Viejo Mundo, el camino iluminado hacia el amor, la justicia y la bondad del credo cristiano, con el que se siente tan reconciliado en esta apacible ensenada de su vida.

Hemos reanudado el diálogo en los días largos y esperanzados del mar. Lo siento ahora más poeta y más profundo que lo conociera antes. Ama cierta poesía activa del sacrificio y de la abnegada aventura. Tal, por un lado, la titánica lucha con lo temporal en Charles Foucauld y la victoriosa refriega de Arthur Rimbaud contra la frustración. El apóstol del desierto africano realiza, como santo, una de las conquistas básicas del arte: la perfección del espíritu por el desprendimiento. Y Rimbaud, prematuro renegado de la belleza, también la realiza en el misterio de su diabólica transfiguración.

Alguna noche, acodado sobre la baranda del puente, con sordo acompañamiento de olas, me ha hablado del poeta como de “la fantástica criatura, sabia a la par que loca”, exaltada de Emerson. Pero ha sido en el mar, solamente en su mar y junto al trepidante corazón de las islas donde me he hecho comprender la razón poética de Rimbaud “lanzando uvas ardientes sobre las bahías”.

Pedro Rivero es –habrá de ser por siempre –el poeta del mar y las ciudades. Si “El mar de perlas” define su gran mundo nativo de belleza, ya danzan en la marea de su espíritu yodado y salitroso “Las islas en flor” y “Las ciudades”. Islas que sólo florecen para sus ojos y ciudades, oh! Las ciudades que sólo responden al llamado de su infatigable alma viajera.

Como en Europa me inició en el idioma de la piedra y de la pátina, sobre el mar, el lúcido habitante del camarote número dos me ha venido enseñando la geografía sentimental de los cielos estrellados, merced a la vieja herencia noble del navegante que fue su padre, el Capitán de Navío. Para estas noches en las que sólo la profundidad de una estrella sobre el cielo o bajo el mar ennoblece el hastío, ha escrito el encanecido navegante esta oración:

Asciende así la voz a la luz bella
como al santuario de impasible amante:
-Estrella azul, pizca de sol: diamante;
diamante azul, celeste lis: estrella…

Y lírica en los ámbitos destella
La dulce maravilla fascinante,
suspiro del poniente y del levante,
deidad remota de irisada huella.

En alas del silencio voló el grito.
La voz ferviente alcanza lo infinito.
Y los cielos responden la querella

en lo inaudible de su voz distante:
-Estrella azul, pizca de sol: diamante;
diamante azul, celeste lis: estrella…”


Quizás, por primera vez en la historia de esta publicación, la “Guía de Bruselas”, compilada y organizada por buenos poetas belgas, trae la colaboración de un venezolano. En la edición de este año, aparece un delicado poema de Rivero al “Manneken Pis”, uno de los más pequeños pero originales monumentos que la ciudad ofrece a la curiosidad viajera y que, por lo conocido, huelga describirlo. En detalles, tan imperceptibles como éste, se traduce el sibaritismo del artista en la interpretación de su mundo circundante.

En el mar he logrado convencerme cómo Pedro es un verdadero poeta del mar. Llega insomne hasta el país de la madrugada, de pies junto al puente de la nave, como acechando el más leve movimiento de la ola y el pestañear lejano de una estrella. Viejo timonel de la armonía, sostenido en pie por embrujo de la noche y por la antigua ración de fortaleza de la brisa. Ahora es cuando parece que estuviera caminando su invocación:

Dame la plenitud de mi destino.
Nací del mar. Sucumbiré marino.
Devuélvame la gracia de tus dones.
Aparta las sirenas de tu mundo.
Y déjame luchar con los tritones
en tu misterio de zafir profundo.

Menos enfermo y cansado que al comienzo del viaje –quizás con el contacto de sus gentes –regresa Don Pedro Rivero a su tierra, archipiélago florecido de cantos, desandando el camino por donde llegaran a la tierra firme las noticias de la cruz, hace tiempo enraizada en su espíritu, como un coral de luz en el fondo del mar.

Mar Atlántico, agosto de 1946,
a bordo del “Nueva Esparta”


9 jun. 2009

Talleristas arrasan en los inéditos de Monte Avila 2009



A parte de ser ganadora de la vida, por madre y profesional, mi compañera Linsabel Noguera (pomarrosasycerezos.blogspot.com) ganó el Concurso para Autores Inéditos 2009 de Monte Avila Editores en la mención poesía. Es un honor compartir los micrófonos de Librería Sónica con Lin y ahora más que nunca cuando ha recibido tan merecido premio por su trabajo. El jurado comentó sobre su poemario que con un “tono íntimo, de confidencia, se conforma la propuesta escritural de Linsabel Noguera en Poética doméstica, en la que lo femenino, la evocación de la infancia, de los afectos, se entrelazan con un presente donde lo cotidiano lacera o construye un universo nuevo. Y en este corpus, no están ajenos los lugares en los que se transita, haciendo así una simbiosis de lo amoroso en la que participa el sujeto amado pero también la ciudad y sus avatares.”

A parte de esta gratísima noticia, amasa más, tenemos que la otra ganadora en la misma categoría poética fue Acuarela Martínez (acuaspace.blogspot.com), que según el jurado el poemario Incluso cuando nada digo “aborda lo amoroso sin cortapisas, la sensualidad se expresa en una voz donde lo femenino se hace cuerpo de una poética. El verbo se alza desde la contundencia, con imágenes limpias, despojadas de ripios y retórica.” Ambas poetas, más allá del evidente trabajo y compromiso con la palabra que las une, del oficio necesario para concretar la imaginería que se busca con ahínco, a veces con un esfuerzo inimaginable en tiempo y pensamiento, comparten actualmente el taller de poesía “Imago Mundi 2009” dictado por la poeta venezolana Mharía Vázquez Benarroch, que al parecer, le ha dado por tallar poetas, untando quién sabe qué néctar sobre sus lápices para producir ganadores, y es que en la edición pasada de los premios inéditos de la reconocida editorial las ganadoras Beatriz Calcaño y Dayana Fraile, también formaron parte del exigente y productivo taller. Tuve la suerte y el honor de participar como invitado en el taller “Imago Mundi”, allí conocí a Acuarela y a su poética y corroboré por mí mismo, que allí se trabaja, que allí se labra el verso esquilmando palabra tras palabra. Siguen en aumento mis lecturas pendientes, mis felicitaciones poetas.

Para mayor información sobre los ganadores en las demás categorías visita www.monteavila.gob.ve

4 jun. 2009

William Ospina, ganador del Premio Rómulo Gallegos XVI


Entre polémicas generadas en la opinión pública, bien sea por los miembros del jurado o por el irrefrenable tema político que forma parte de los ingredientes culinarios venezolanos, tan fundamentales como el pimentón porque nunca falta en cuanta sopa y consomé se prepare, se dio a conocer el ganador del prestigioso premio Rómulo Gallegos en su XVI edición. William Ospina, periodista, poeta y ensayista colombiano, que también obtuviera en 1992 el primer Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura, se llevó los laureles del éxito por su novela El país de la canela. Es curiosa la variopinta opinión de muchas personas ligadas a la literatura sobre el veredicto: algunos reconocen que su trabajo es excelente y que se merece el premio más allá de que simpatice con el mandatario venezolano; otros, dejan de lado el aspecto literario para enfocarse en el machacado tema político, de donde se supone, hubo alguna preferencia para la deliberación final del jurado.
Más allá de esto, es una lectura pendiente y si es por trayectoria y trabajo, supongo que el autor ganó merecidamente y en buena lid el premio.

Rajadura

Soy rajadura porque así lo quieres

ese palpitar que ahora es mío

así lo reza

reverberando en mi ausencia

que te duele


ya tus ojos estreñidos

no ven la luz

en este cabaret de lenguas

que en el fondo resguarda

tus papilas infinitas de tundra ardiente


va un golpe de cuero

que hincha la piel

y del latigazo la batahola


su onomatopeya perfecta


espoleando el terciopelo desgarrador

de tus entrañas.

3 jun. 2009

Bisexual


Calor, mucho calor, por decir lo poco, produce la lectura de la novela erótica Bisexual, de la autora cubana radicada en Venezuela Vivian Stusser. El texto, inmerso en dicha categoría logra su objetivo: mover el morbo y la imaginación sexual.
Elena, tras superar el trauma que le supuso el divorcio, da rienda suelta a los fueros de la pasión, de la carne por la carne sin mayores pretensiones sentimentales. No obstante, el destino se empeña en llevarla nuevamente a vivir –y a revivir– lo que sucedió con su esposo, pero en otros cuerpos que descubre en el transcurso de la novela. Más allá de que su yo conciente le reproche su lujuria, termina viéndose envuelta en una tripartita que al principio se le antoja grotesca y que como era de esperarse disfruta al máximo. Marcos y Enrique serán los encargados de explorarla y de hacerla llegar a límites desconocidos por ella. Con un lenguaje directo, propio de la sexualidad humana cuando se entrega en la intimidad, la autora detalla cada momento de intensidad con precisión.
Vivian Stusser nos acompañará muy pronto en Librería Sónica para hablar de
Bisexual.

1 jun. 2009

Poetas ex-inéditas


Ironías de la vida: después de hacer la dura lectura en digital de los poemarios Expediciones e Imposible de lugar, recibí los libros por cortesía de la Editorial Monte Avila. Y digo dura porque se me hace insoportable estar encallado al monitor para leer. En todo caso, mi agradecimiento a la editorial por hacerme llegar el material literario.

Beatriz Calcaño gana en la mención poesía en la VI Edición del Concurso para Autores Inéditos 2008 Monte Ávila Editores Latinoamericana con Expediciones, un poemario en el cual se nota el trabajo, el paso seguro por talleres –yo no diría de poesía– sino de trabajo, de oficio, en donde la palabra ha de ser esquilmada para mostrar su mejor sentido. Una muestra de ello es el poema epigrafiado (si vale el término) por unos versos de la poeta Mharía Vázquez Benarroch en evidente homenaje a ésta en el poema “Cien dagas”, poeta que ofrenda uno de los mejores talleres de poesía en Venezuela.

Amén de esto, el poemario está embalsamado por fantásticas voces poéticas que abren las puertas a varios de los poemas de Calcaño: Márgara Russotto, Vázquez Benarroch, Patricia Guzmán, Gerbasi, entre otros.

Expediciones, en su poema homónimo, habla de un arrepentimiento que viene de la sabiduría, de la verdad que siempre inoportuna, golpea, hace despertar: “regreso siempre / más sabia / a veces arrepentida”. La poeta va en su propia expedición interna a través de la cual hace reconstrucción de la memoria, de sensaciones y momentos: “encontrar la belleza / aún en la aridez”. Estos poemas son el regalo de encontrarse a sí misma en su propia expedición, como bien dice hacia el final del poema “Regalo”.

Claudia Sierich también recibió honores en la mención poesía por su trabajo Imposible de lugar, del cual el reconocido crítico literario, profesor y poeta Rafael Castillo Zapata me hizo saber que para él es “un verdadero hallazgo y la presencia de una voz muy particular”. La autora, reconocida por sus traducciones de varios autores venezolanos al alemán, entre ellos Rafael Cadenas y Leonardo Padrón, pone en ejercicio su propia palabra poética. Ambas poetas estarán visitándonos en Librería Sónica próximamente.