30 ene. 2012

Sin destino

Es muy difícil ver la sabiduría del Padre Eterno, entre tanta calamidad y sufrimiento…
Imre Kertész

Hay heridas que no sanan nunca, aquellas que ni haciendo el mayor de los esfuerzos logran borrarse del pensamiento. Es como si el alma fuera un jarrón chino que una vez roto y remendado, siempre sabrás por dónde fue pegado. Así la infamia, así la mayor atrocidad cometida en la historia de la humanidad: el holocausto.
Ese abominable hecho representado hasta la saciedad tanto en el cine como en la literatura, siempre nos recuerda la fragilidad humana y su terrible perversión; la luz y la oscuridad como elementos que inevitablemente se corresponden. Este libro es así, duro, conmovedor: está la luz de ese adolescente protagonista cuyo número (y nombre) es el 64.921, quien ironiza todo lo malo que lo rodea hasta el punto de la ingenuidad; y está la sombra, lo oscuro, la nada: la barbarie del hombre, el hambre inaguantable, las torturas, la cámara de gas y otras atrocidades.
Sorprende cómo el personaje a medida que se va hundiendo en las penumbras de los campos de concentración, pasando por Auschwitz-Birkenau hasta llegar a Buchenwald, mantiene la esperanza de vida y una sonrisa en el rostro, lo cual se invierte hacia el final –lo cual es más que obvio–, pero de una manera inesperada. No podía ser de otra manera y aquí el tema de la libertad y el destino cobran el justo valor.
La presencia de las chimeneas como símbolo irrenunciable a la muerte, marca la lectura de angustia y desesperación: “Dos de ellas desprendían humo como la nuestra”, dice el personaje principal. No obstante, aquello era algo que estaba mimetizado con el paisaje que rodeaba el campo de exterminio, y si estaban en funcionamiento, era por acabar con una extraña epidemia que azotaba aquel “bosquecillo”. Luego la realidad llegó con fuerza ineludible y el 64.921, tuvo que aprender sobre la marcha que estaba en un “vernichtungslager”, un campo de exterminio, y “así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse”, dice. Pero también comenta que “a veces me bastaba incluso con ver comer a los otros” para paliar el hambre inagotable y enfrentar el estrago al que el cuerpo se sumía: “Si en una situación normal hacen falta cincuenta o sesenta años para envejecer, en el campo bastaron tres meses para que mi cuerpo me abandonara”.
Sin destino es un texto que narra la historia de un adolescente que ve truncado su porvenir ante la maldad y desmesura de los nazis. No hay tregua para la tranquilidad a medida que se avanza en la lectura, salvo en aquellas reflexiones que el personaje hace camufladas bajo la propia experiencia de kertész. Momentos duros en el texto abren esa herida que la humanidad lleva consigo y que más allá de la religión a la cual se pertenezca, no tuvo ni tendrá ninguna justificación.
Imre Kertész tardó trece años en escribir Sin destino, y como era de esperarse a considerar los duros episodios de los cuales fue protagonista (la persecución nazi y luego la estalinista), el libro fue rechazado en su primer intento de publicación. Sin duda un texto que deja huella en el lector, aquellos editores negados a imprimirlo, ya lo presentían.
“En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza –porque aún siendo absurdo, era muy persistente–, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso”.

26 ene. 2012

Fábulas de carne y huesos


Contar historias tiene su gracia, su encanto; conmover, atrapar o entretener al oyente o a los lectores, tiene su ciencia, la cual va más allá de fórmulas mágicas, ya que si es innata, mucho mejor. Se pueden aprender técnicas para mejorar en muchos sentidos ese ancestral oficio de “contar”, pero insisto, si se da de manera natural se disfruta más aún.

Manuel Felipe Sierra logra precisamente eso, cuenta, narra, y lo que es más difícil aún, lo hace desde la embestidura de un periodista aventajado en experiencia (tanto laboral como de vida propia), partiendo de escenarios complejos, duros y bizarros que ofrece cada uno de los personajes que forman sus Fábulas de carne y hueso, título que de por sí es un coqueteo con lo que pudiera apuntarse una contradicción desde la perspectiva de lo imaginario y lo real, pero que en este caso, no la es.

Son fábulas porque rayan en lo fantástico, en lo increíble, en aquel lugar común de que si se cuenta no se cree; pero llevan sangre, sudor y lágrimas, y por tanto, son humanas porque llevan piel y el tuétano óseo de los personajes. El libro comienza con la historia compactada de “El Chacal”, tan en boca de los venezolanos más aún después de aquella interpretación que hiciera el actor Edgar Ramírez, y cierra, hay que decirlo, con el capítulo “Chávez II”, personaje y presidente de la república quien ha dado mucha tela para cortar (y contar).

Cada fábula está contada sin mayor ambición que la de dar a conocer parte de esas vidas, sin la arrogancia del que sabe mucho, sino con la humildad del que quiere hacerte partícipe de los hechos. Son sesenta historias correspondientes a cincuenta y nueve personajes (sólo uno repite: “Chávez I”), que van desde los políticos autóctonos, hasta los foráneos más demócratas y tiranos; pasando también por literatos, humoristas, músicos y otros más.

Fábulas de carne y hueso te sorprende con retazos de la historia que más de uno desconoce, y deja muy en claro, el evidente trabajo de investigación que Manuel Felipe Sierra abordó desde la inquietud propia de su yo periodístico, aderezado seguramente con lo que ya conocía en el transcurrir de su vida. Este libro te lleva de la mano por vidas interesantes, más allá de sus bondades o miserias.

25 ene. 2012

Desde la inmovilidad de Bartleby hasta la desaparición de Iván Ilich

La condición humana es tal, que no se hallará nadie, sin excluir a los hombres de buen entendimiento, que deje de tener sus flaquezas.

Erasmo de Rotterdam

En la literatura existe una vasta cantidad de personajes deslumbrantes y cautivadores. Desde la mitología griega y su ya conocido repertorio de nombres que seguirá impresionando a nuevos lectores, hasta los creados en la época actual, esa entidad inasible como objeto pero verosímil por lo que sufre, vive y padece, son los personajes que nacen y se perpetúan en los buenos libros. Un buen ejemplo de ellos y ya en términos cronológicos, Hermann Melville escribió Bartleby, el escribiente en 1853, mientras que León Tolstoi escribió La muerte de Iván Ilich en 1886, en épocas que respectivamente el primero ya había publicado una joya de la literatura universal como es Moby Dick, aunque al principio no tuvo mayor éxito, y el segundo, ya había publicado también sendas obras maestras como Guerra y paz y Anna Karenina. Estos dos personajes, aunque separados por escasos treinta años de creación, que en literatura son apenas segundos, llevan algo en común que los une: la negación, el nihilismo de su propia entidad.

No resulta fortuito que el escritor español Enrique Vila-Matas haya escrito un libro cuyo principal leit motiv, sea abordar la renuncia de aquellos que decidieron no volver a escribir en Bartleby y compañía. Y es que precisamente esa renuncia, ese deseo de inamovilidad, tanto física como espiritual, es la que refleja, proyecta y reitera el Bartleby de Melville. Un personaje que por ser franco en su deseo de no hacer nada o resistirse sutilmente a las peticiones de su jefe, un abogado con domicilio laboral en Wall Street, anula la decadencia, la desaparece, que en términos absolutos, es la nada. En cierto modo se emparenta desde el lado del absurdo con Esperando a Godot de Samuel Beckett, que haciendo la respectiva analogía, mientras los personajes de esta obra no hacen sino esperarlo (a Godot, ¿God? ¿Dios?), Bartleby no hace otra cosa que preferir no actuar, no hacer nada, entregarse a una espera vacía y sin sentido. Tal como lo caracteriza su propio jefe cuando solicitó un empleado más y aunque esto implique cierta contradicción: En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina...Vuelvo a ver esa figura: pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada. Era Bartleby...

Melville de una manera sencilla en su prosa, expone un tema duro como el de la deshumanización, la terquedad del hombre, el vacío de lo humano, un tema sin duda atroz, que en ocasiones genera cierta gracia precisamente por lo absurdo. El personaje siempre está en el extremo de su abandono, transgrediendo al entorno que lo rodea y, claro está, al lector, que en determinado momento puede llegar a decirse, como una suerte de arenga al personaje, reacciona,haz algo,di otra cosa. Es lo que Phillip Sollers señala comoel paso de lo discontinuo (del mundo significativo formado de individuos y cosas) a lo continuo (manifestado por la muerte, la violencia) encubre el juego fundamental de lo prohibido y la transgresión.[1]

La inmovilidad de Bartleby y aunque suene contradictorio, ataca, transgrede la buena fe y la paciencia de su jefe al punto de la desesperación y de creerlo no humano cuando dice:Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras, si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Esta instancia emocional desesperante acompaña todo el relato y a pesar de su brevedad, no da respiro en este sentido. Bartleby resuelve todo con un parco y desesperantepreferiría no hacerlo, no en balde lo llega a comparar con un fantasma. Pero lo más cierto de todas estas palabras, es que Bartleby, amén del evidente nihilismo, encarna la otredad, ese aspecto tan propio del ser humano que resulta ineludible,lo impensadoque en palabras de Foucault, no está alojado en el hombre como una naturaleza retorcida...(está) en relación con el hombre, lo Otro: lo Otro fraternal y gemelo, nacido no de él ni en él, sino a su lado y al mismo tiempo, en una novedad idéntica, en una dualidad sin recurso.[2] Ese Otro, que señala Foucault, Octavio Paz lo expone de manera axiomática cuando dice que es algo que no es como nosotros, un ser que es también un no ser, justo lo que es (o no es) Bartleby, un personaje que inquieta y está un paso más allá del límite de lo aceptable. Terminemos la idea con el propio Paz: En su forma más pura y original la experiencia de la otredad es extrañeza, estupefacción, parálisis del ánimo: asombro.[3] Características que calzan a la perfección con Bartleby: suparálisis, la inamovilidad, su no ser.

Ahora bien. Pasemos de ese encierro espiritual, incluso físico de Bartleby, de esa claustrofobia que lo deja casi inanimado en un rincón de la oficina, frente a una “ventanita...(que) aunque daba luz no tenía vista alguna”, con la penosa función de asistir a su jefe “en caso de cualquier tarea insignificante”, a la desaparición de Iván Ilich.

Al contrario de Bartleby, el personaje de León Tolstoi, Iván Ilich, es en principio todo lo opuesto al primero: “capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”. Iván tiene un futuro prometedor y mientras Bartleby es el no futuro y su labor se supedita a la oficina de “Cartas muertas” (recordemos además que él mismo dice “no soy exigente”, antítesis de Ilich), aquél tiene una senda llena de éxitos a conquistar. El punto de intersección de ambos personajes se da con el paso de los años; abstracción que en Bartleby, el escribiente, es casi nula, pero que En la muerte de Iván Ilich, sí es notoria y progresiva: hay una evolución del personaje, su juventud, su casamiento, esposa, hijos, hasta la enfermedad que lo lleva a la muerte.

Ilich ingenuamente pensó que el matrimonio no cambiaría su estilo de vida, que por el contrario, mantendría su “carácter cómodo y placentero” ante la sociedad. Luego vino el embarazo de su mujer y allí fue cuando empezó a sentirse coartado en su felicidad y libertad. Haciendo la comparación entre ambos personajes, en Bartleby no hubo ningún atisbo de alegría, mientras que en Ilich, sí hubo felicidad pero la fue perdiendo con el tiempo. Y es la enfermedad lo que lo transforma, debilita y hace de su vida un mar de incertidumbres que pasan el límite de la hipocondría.

León Tolstoi presenta un personaje que “en la vida social se mostraba a menudo festivo e ingenioso”, pero que paulatinamente lo va acercando a la mayor incertidumbre de la humanidad: la muerte y la progresiva transformación del cuerpo mientras se deteriora y expele su último aliento. El espanto por dejar de existir, también contrasta con Bartleby, que si bien es cierto a lo largo del texto no se habla de la muerte (su dejadez pareciera ya la muerte por antonomasia), en La muerte de Iván Ilich y haciendo honor al título, es lo que trata de evitar con sus constantes visitas a múltiples médicos, al consumo desesperado de medicinas y la constante elucubración sobre el tema que lo atormenta: «Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es esto morirse? No, no quiero.» Ilich de una u otra manera quiere domesticar la muerte, controlarla, pero sabe de lo absurdo de su cometido mientras reflexiona. Incluso llega a despreciar a cualquier persona que a su alrededor manifieste salud y bienestar, excepto con Gerasim, el joven que lo ayudaba en casa.

La otredad en La muerte de Iván Ilich, está presente desde un aspecto intangible y universal como es la muerte. Dejar de existir es lo otro a lo cual se teme; es el enfrentamiento a lo desconocido; la incertidumbre por saber si hay algo más allá. Ambos textos concluyen con un final que por tangenciales, se corresponden y son los dos lados de una moneda. En Bartleby, el escribiente, una notable pesadumbre y resignación ante la vida cuando dice; “¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”, mientras que en La muerte de Iván Ilich, hay un atisbo esperanzador: Buscaba su anterior y habitual temor a la muerte y no lo encontraba. «¿Dónde está? ¿Qué muerte?» No había temor alguno porque tampoco había muerte. En lugar de la muerte había luz.

-¡Con que es eso! -dijo de pronto en voz alta-. ¡Qué alegría!

Ambos textos conducen a la reflexión. Bartleby se anula con su inmovilidad e Iván Ilich desaparece con la muerte, ambas condiciones apuntando al reflejo propio de la humanidad y sus temores, incluso denunciando muy particularmente en la obra de Tolstoi, a la sociedad de la cual fue testigo y que se avizoraba con grandilocuentes señales de progreso. Iván es un Bartleby, y éste una suerte de Iván, como bien comenta Vila-Matas en su libro ya referido: “Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo.”


[1] . Sollers, Phillipe: La escritura y la experiencia de los límites. Monte Ávila Editores, 2da. Edición, 1992. Pág. 122

[2] . Foucault, Michel: Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Cap. 9El hombre y sus dobles. Editorial Siglo XXI. Pág. 317

[3] . Paz, Octavio: La casa de la presencia, poesía e historia. Obras completas edición del autor. Fondo de Cultura Económica. 1998. Pág. 141