17 jun. 2014

Se ven los tuits pero nunca el corazón

En días recientes, una persona muy metida en el medio literario local, me comentaba sobre su molestia con respecto a algunas cuentas tuiteras —también literarias, obviamente— que han sido incapaces de apoyar sus tuits con algún RT o mención, más aún “tratándose de asuntos de interés literario nacional”, dijo, y claro está, otros más personales pero siempre apuntando a la literatura. Lo escuchaba con suma atención, pues si bien es cierto que hace tiempo pasé de largo sobre este tema, no dejaba de tener algo de razón. Me hablaba de “los grupos” que sólo mencionan o retuitean a sus amigos y que esto lo que denota es una gran falta de compromiso real por apoyar lo que se está haciendo en las letras nacionales (esto no es así, pensé).  Entre los varios temas que le comenté, le decía que sólo un porcentaje mínimo de la población venezolana posee una cuenta en tuiter, que “no te martirices por eso”, le dije, a fin de cuentas, lo más importante es que sigas haciendo tu trabajo, creer en él y olvidarte del “divismo” que se da en las redes sociales. La vanidad es algo que siempre ha existido en el ser humano y esto se ha trasladado a los medios virtuales, en donde importa más que te sigan miles (o millones), sin importar que lo que escribas en pocos caracteres valga la pena. Y no hablemos de los tuit-divos, aquellos que son seguidos por cientos, miles de personas, pero que son incapaces de seguir a las cuentas de sus madres.



En todo caso, le decía,  toda persona es libre de hacer o decir lo que quiera, al menos esa es la premisa fundamental en cualquier sociedad democrática, también aplicable a las redes sociales. Tuiter se ha convertido en una suerte de diván virtual público donde se ve —se lee— de todo. Allí la gente avisa que va saliendo de un lugar a otro; que anoche tuvo un encontronazo con la pareja; que está comiendo tal cosa… En fin, da para todo tipo de comentario, incluyendo a los que sí le han sacado provecho a la herramienta y han sabido segmentar bien su información por el tipo de tema abordado.

En cuanto a lo que me compete en esta red de microblogging, como le llaman los expertos, lo que me interesa por razones personales y profesionales, tiene que ver con la literatura, los libros y todo lo que gira en torno a este tema. Asociada a lo que es mi programa de radio Librería Sónica, la cuenta tuiter homónima promueve el espacio y trata dentro de lo posible, de promocionar lo que están haciendo las editoriales venezolanas, ergo, lo que están escribiendo nuestros autores, sea en narrativa, poesía, ensayo o cualquier otro género, estén fuera o dentro del país. De hecho, si hay algo por lo que me siento satisfecho, es que sin miramientos políticos, hemos invitado a autores y editoriales del estado, llámese Monte Ávila, El perro y la rana, etc., así como a editoriales privadas y a sus correspondientes autores. Añado también como un punto a favor, haber invitado a jóvenes (y no tan jóvenes) autores desconocidos que apenas comienzan a dar sus primeros pasos en la escritura, e incluso a aquellos que sin tener aún nada publicado, han sido reconocidos con los diversos premios literarios que se dan en el país, como por ejemplo, los inéditos de Monte Ávila o los del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana.  Le decía a la persona que ya hice cuero sobre el tema que tanto le incomoda y por el cual me abordó, pues desde esta vitrina radiofónica, hemos apoyado a muchísima gente, que incluso viéndose beneficiada de la promoción virtual (y de la radio), no han tenido la gentileza de hacer lo propio hacia nosotros (en plural, para incluir a @ranaencantada). Así son las cosas, punto, “sigue haciendo lo tuyo”, le recalqué.


La cariacontecida persona y Blogger@ literari@ asentía ante cada una de mis palabras, a lo que fue —y es— mi opinión sobre el tema que tratamos; tal vez por cortesía, cosa que se agradece, me demostró que estaba de acuerdo con mi planteamiento. Ya sabrá si sigue haciendo su trabajo como le sugerí o se enfrasca en esa obsesión de andar pendiente de si los demás lo mencionan o no. Hay mucha “gente” valiosa en este medio. Y las comillas van porque en el mejor de los casos, uno termina conociendo a la persona real, a la de carne y hueso que está detrás de un @ (justo lo que dio inicio a la conversación y a este texto), pero no es menos cierto que también están los que van por un camino distinto al tuyo, que insisto, se entiende y se respeta, aunque haya ocasiones que provoque bloquearlos por soeces, invasivos, mezquinos o porque no aporten nada valioso.  Así como el papel, tuiter lo aguanta todo, a qué darle mayor importancia a un elemento virtual en donde sobran los figurines de Internet. Parafraseando la canción, se ven los tuits  pero nunca el corazón. 

13 jun. 2014

¿Todo por un huevo o huevonadas?

Estimado y sagaz lector, sobre todo si es venezolano, no piense que el título va por la vía de lo soez, no; del juego de palabras tan típico de nosotros y que se puede asegurar sin temor a exageraciones, de que forma parte de nuestro gentilicio, no. El hecho es que viendo al súper mercado cercano a casa “vacío” (el calificativo quiere decir que las cajeras estaban hablando entre ellas, riéndose del cuento del novio de una de éstas y, claro, muchos anaqueles exhibiendo “aire” en el tan pregonado “hecho en socialismo”), entré a ver qué me llevaba. Soy uno de los pocos privilegiados que puede darse el lujo de no hacer horas de colas para comprar “equis” producto, y digo privilegiado, porque ante la necesidad de adquirir productos para bebés o niños pequeños; alimentos especiales (y ni tan especiales) para gente de la tercera edad, que necesita tal o cual medicina y un largo etcétera, se entiende y lamento el vía crucis diario de tantos venezolanos que deben pasar por esto. Pero me siento así, bendecido, tocado por el aura que aún me permite decir “no hago colas”: ¿no hay harina precocida?, compro pan; ¿no hay pan?, compro cazabe; ¿no hay cazabe?, compro galleta de soda; ¿no hay galleta de soda?, no compro un carajo. Y así repito la fórmula con el producto de turno. A otro con ese cuento burlesco de “el pueblo hace colas para cuidar los alimentos", vaya disparate la del ministro. Yo quisiera verlo a él cuidándolos también. ¿No debería dar el ejemplo con tan sabio apotegma?



Un producto, dos productos, tres productos… Vegetales, frutas y por ahí me fui hasta que llegué al espacio en donde están los huevos. Dígame usted, estimado y golpista consumidor (golpista porque recibe golpes para conseguir lo que busca y luego un par de carajazos más al momento de pagar): ¿usted no abre su cartón de huevos y los revisa para certificar que las doce posturas de gallina estén bien? Claro que lo hace, ¿o no? De no hacerlo corre el riesgo de: 1) conseguirse con huevitos de codorniz; 2) hallarlos untados en restos fecales; 3) toparse con algunos rotos y 4) que le falten huevos (y no me refiero a la valentía). Pues mientras hacía mi experticia, se me instaló al lado el dependiente lusitano del local. No es un aditamento narrativo el llamarlo así; es portugués como el que más y muy ambientado en el mundial de fútbol, portaba su camiseta con el nombre en mayúsculas de RONALDO:

—Mirei, ¡não podes fazer isso!
—¡Cómo que no! Mira, este huevo está roto.
—…
—Además, mire el tamaño de estos huevitos…Se necesitan como seis para hacer un revoltillo…
—Pues así lo compramos nosotros y así los vendemos —es lo que logré traducir.
—Sí, pero yo también estoy pagando por ellos…

Y cuando ya la situación comenzaba a subirse de tono e imaginaba la cara de Claudio Nazoa diciendo “¡Coman huevos!”, un círculo de amas de casa nos rodeó (casi que la vuelta al pescao) y comenzaron las arengas: “Usted tiene razón, señor, cambie sus huevos”; “abusador, mire que tiene el huevo roto”; “a verle el huevo, señor”… Y como el venezolano posee la virtud —o la desgracia— de sacarle el chiste a todo, las mujeres comenzaron a reírse entre tantos huevos y una de ellas dijo “señor, no pague esa huevonada”. El Cristiano Ronaldo devaluado y sin los chocolaticos que enloquece a tantas, se dio la media vuelta y refunfuñado dijo: “Vai para o caralho”.

Ahora sí, ¡qué güevonada! 

11 jun. 2014

Reproche venezolanista de mi otro yo

El autor de estas líneas, el de carne y hueso, el que sufre y padece como cualquier humano, no es el mismo al que les está hablando en este momento, quien escribe. Este “yo” de letras se escabulle de él por un instante para hablarles de la venezolanidad, a sabiendas aún, que aquél no cree mucho en los nacionalismos y en el fervor que esto produce en miles de personas. Pidió que les comentara sobre una frase que se le quedó prendada en la memoria, extraída de la lectura de Simone de Eduardo Lalo, Premio de Novela Rómulo Gallegos 2013: “una cosa es ser patriota y otra muy distinta ser patriotero”. Él está de acuerdo con esta frase, pues la tergiversación, la mentira y el engaño —dice— a los cuales son sometidas tantas personas cobran niveles asombrosos cuando de defender un supuesto ideal se trata, aunque sea a ciegas, aunque implique colocarse una venda en los ojos para no ver la realidad circundante. Cree que a un argentino o a un colombiano, le importa un bledo lo que pase en Venezuela, tal como a un italiano, francés o alemán, le importa muy poco lo que pudiera estar sucediendo en España. Él, el autor, cree más en el civismo que en nacionalismos, en actuar conforme a las leyes sin llevarse por el medio a los demás; en respetar las normas más básicas que son las que intentan hacernos mejores ciudadanos más que en ondear la bandera con fervor, pero que a la vuelta de la esquina, ya se comete una infracción, un irrespeto a cualquiera o se juega a ser más vivo que los demás.


Dicho esto, retomo mi palabra etérea y convengo con él en que el tema a tratar tiene que ver con la venezolanidad en Mariano Picón-Salas y acepta con gusto la misiva, pues considera —y yo también— que este es uno de los autores fundamentales a leer por cualquier venezolano y que pudiera ser de provecho para cualquiera que haya nacido por estas tierras latinoamericanas. En este insigne venezolano, oriundo de Mérida para mayor hidalguía, tierra de caballeros, de gente aguerrida, firme y educada, se nota en cada una de sus palabras, ensayos y obra en general, ese sentido hermoso y utópico de lo que es la “venezolanidad”. El calificativo no va por mero eufemismo, el de utópico, no; va en el sentido estricto de lo que emana, sobre todo en una tierra en donde la mayoría de sus habitantes son producto de cientos de inmigrantes que pisaron esta tierra para quedarse por siempre, dejando la simiente de las nuevas generaciones de venezolanos que formarían su raigambre por saberse de estas tierras.  Esta misma emoción es la que don Mariano deja ver a cada instante a través de su refinada prosa, marcando postura y su orgullo de saberse hijo de Venezuela.
No obstante, y esto es importante recordarlo, don Mariano tuvo un fuerte conflicto interno consigo mismo al ver que su avanzado pensamiento iba más allá de las posibilidades que su propio país le ofrecía, al que veía anclado aún en la era de la colonia cuando el mundo moderno aceleraba sus pasos hacia el futuro. Así lo dice en “Pequeña confesión a la Sordina”, texto que sirve de introducción a sus Obras selectas: “En el tiempo de mi infancia aún se vivía en un sosiego como de nuestro colonial siglo XVIII. Esto —lo confieso— siempre produjo en mi espíritu un pequeño conflicto entre mis ideas y  mis emociones, porque si la inteligencia aspiraba a ser libérrima, el corazón permanecía atado a esa como añoranza de un paraíso perdido” (Picón-Salas, 2008: 19)  Esto sin lugar a dudas, marca un profundo sentimiento de nostalgia y de respeto por su tierra, como esa madre única y devota que le da todo a su hijo primigenio. Este cúmulo de emociones terminará por convertirse en una suerte de biografía novelada llamada Viaje al amanecer, a la cual don Mariano con una humildad desbordada llama un “librito”.

Más allá de la nostalgia referida en donde Picón-Salas deja en evidencia un honesto y verdadero sentido patriótico, que no patriotero, también está presente un indiscutible sentimiento de rebeldía, lo cual resulta inherente a la juventud, y sobre todo, si el entorno político circundante es opresivo, abyecto y dictatorial, pues la tierra que lo vio nacer era dominada por una de las tiranías más largas que ha conocido Venezuela, la de Juan Vicente Gómez, situación que, amén de las capacidades innatas de don Mariano y la cultura heredada a través de la figura casi mítica de su abuelo, generó un deseo incontenible por aprender constantemente; beber de otras culturas y posibilidades que ampliaran su horizonte intelectual y que de manera inmediata, terminó por lograr el florecimiento de una sensibilidad social  que lo llevó a creer en sus ideales más allá de las fronteras de su propio país.
El autor de estas líneas me pide que vuelva sobre lo referido a eso que llamé como “humildad” en Mariano Picón-Salas, para esclarecer de manera sucinta la evolución de su propio trabajo en este sentido. Cumplo y explico: don Mariano evalúa su propia obra y reconoce que  sus primeros ensayos estaban cargados de un incesante “yo”, tan típico de la juventud, en donde se hace incontenible las ganas de figurar, pero que con el tiempo, devinieron en textos profundamente reflexivos que marcaron su madurez como uno de los pensadores, docentes e intelectuales más notables de todos los tiempos en Venezuela: “si nuestras formas habituales de vida no ocultaran la persona en el conflicto y complicidad de los intereses e impusieran por eso, una continua reticencia y censura, quizá advertiríamos que la soledad e incomunicabilidad de cada ser no es tan desgarrada e irremediable” (Ibíd. 24), cita que calza con una perfección aplastante con la realidad que vive nuestro país hoy día.
La venezolanidad en Mariano Picón-Salas se reviste de fuerza y un verdadero sentido de profundidad, es decir, de aquel hombre comprometido con lo que creía y que se tomó en serio su profesión para lograr a través de ella, la propuesta de ideas y cambiar el rumbo del país hacia un mejor destino. Es la postura del verdadero líder cuyo ejemplo no se toma tanto por lo que dice, sino por lo que hace. Fue un erudito, un visionario que siempre tuvo claro cuáles fueron —y siguen siendo— las debilidades de su tierra y de su gente, y precisamente por ello, no dejó de insistir en lo que siempre creyó por medio de la educación. Tal era su visión de mundo, su clarividencia ante lo que estaba por venir, que hace más de medio siglo dijo cosas como esta: “Nos acercamos a una vida cibernética en que la máquina que calcula y reduce a cifras o combinaciones todo lo humano sustituye a la acción y el impulso espontáneo. Si en los últimos cien años la máquina fue como un brazo o una mano multiplicadora del trabajo del hombre, ahora ya aspira, también, a reemplazar su cerebro” (Ibíd.25).
Dicho todo esto, no puedo dejar de reconocer —y aquí coincidimos autor y esta voz desprendida—, que el sentido de pertenencia en la obra de Mariano Picón-Salas es único,  y sobre todo, alentador, más aún para aquellos que no creen en identidades y gentilicios (el autor me ve con mala cara). Hoy más que nunca, ser venezolano, duele, y es la nostalgia un elemento constante en la obra del noble merideño, algo más que notable y evidente. Teniendo en la mira la difícil situación político-social que atraviesa el país, me preguntó qué diría don Mariano si aún estuviera entre nosotros, si estos hubieran sido los tiempos que le tocara vivir, pues reiterando lo que dijo hace tanto tiempo como si nos viera a través de un ojo mágico, sentenció: “llamarse venezolano, es decir, actuar y pensar en un país en un tormentoso y contradictorio proceso de crecimiento” (Ibíd.26).
Ahora bien, siempre resulta muy ambicioso concentrar en una o dos cuartillas, tal como si fuera una sinopsis temeraria, todo lo que el maestro Mariano Picón-Salas expuso en algunos de sus libros. En este caso particular y abordando un tema por demás complejo como la cultura en nuestro país, es poco más que ingenuo pretender sintetizar lo que con magia y elegancia aparece en su libro Comprensión de Venezuela. Ya el maestro intuía, argumentaba y demostraba para aquel año de 1948, lo compleja que era nuestra nación, su gentilicio y todo lo que la envolviera.  
No obstante, desde el primer capítulo del libro hasta el último, sobresale un tema que fue uno de los que más destacó, fue punto de honor y apasionó a nuestro insigne ensayista: la educación. En ella, o la falta de ella, es donde nacen todas las desventuras y grandezas de un país, y sobre todo en el nuestro, que de manera metafórica al inicio del libro, dice don Mariano que Venezuela se asemeja “A un cuero de los Llanos, bastante bien secado al sol de la Zona tórrida” (Ibíd.137), donde el verdadero acto revolucionario no está en el absurdo enfrascamiento sobre viejas teorías y obsoletos dogmas, sino por el contrario, en educarnos, deslindándonos de un pasado retrógrado en donde el caudillo de turno nos somete a lo arcaico en todo sentido.
Dentro del libro referido, resulta fundamental entonces hacer mayor énfasis en el capítulo “Notas sobre el problema de nuestra cultura”, donde de entrada manifiesta su rechazo por dicho término, “problema”. Si para aquel entonces a Picón Salas ya le llamaba la atención el constante uso de la palabra, ¿qué no diría en nuestros tiempos? Se hablaba del problema demográfico, del problema sanitario, pero siempre tuvo muy claro que el verdadero y más importante problema por resolver, era el problema educacional, del cual destaca que, “éste sí que es un problema y uno de los más serios y delicados que debe afrontar un país en trance de recuperarse, como el nuestro (Ibíd.241)”.  Y hablaba de trance y recuperación, pues apenas Venezuela estaba saliendo de la mano dura y nefasta del dictador Juan Vicente Gómez, que por casi tres décadas, sepultó al país en una oscurana absoluta mientras otros países latinoamericanos ya daban pasos agigantados en este sentido, el que tanto preocupó a Picón-Salas: la educación. Y es que a su juicio, nunca existió un proceso integral, constante, que la envolviera en un marco filosófico que despertara el interés de todos para darle su merecido valor, tanto de manera abstracta y casi sublime, como de modo sistemático, práctico y funcional. ¿Parte de las causas de todo esto?, pues “el propio sistema federal con su caciquismo aldeano” (Ibíd.243), nos llevó a un adormecimiento en cuanto a buscar las mejoras en el sistema educativo, viviendo siempre de un pasado patriótico (las negritas son mías), con la mirada en reversa apuntando hacia los héroes fundadores, y que por tanto, nos impedía (y creemos que aún nos impide) mirar hacia el futuro, convirtiendo a los venezolanos en “los narcisos de su tradición histórica” y evitando con ello que nos alejemos o no logremos “la noción de lo concreto”.
Reduciendo el espectro, más que el problema de nuestra cultura, es el problema de la Educación. Salvando las distancias temporales de cuando Picón-Salas escribió el libro hasta el día de hoy, las variaciones son mínimas. Desde su presente, el maestro arroja su mirada ochenta años atrás y asegura que “los únicos asuntos que preparó y combinó sutilmente la política autóctona fueron las reformas constitucionales que permitían prolongar el mando de los caudillos y satisfacer sus intereses privados o los de su círculo” (Ibíd.245). Sacando cuentas y si le sumamos casi setenta años a la fecha de publicación del libro (1948), llegamos hasta nuestros días y la cita antes referida cobra una abominable vigencia que nos alerta.
Al margen del comentario anterior, Picón-Salas hace una dura pero acertada comparación, entre lo que era la educación venezolana con relación a la de Chile, Argentina y Bolivia, dejando en claro esa tarea pendiente por culminar en cuanto al proceso, mecanismos, fundamentos y estructuras para crecer en este sentido, el educativo, pues una vez afianzados en él, todo lo demás evolucionaría por añadidura, como un efecto directo y positivo por haber atendido el problema de raíz.
Si bien es cierto que el hilo conductor, algunas veces solapado y otras tantas más evidente, gira en torno a la educación, no es menos importante a otras reflexiones presentes en Comprensión de Venezuela, que van desde el homenaje a tres grandes pensadores como lo fueron Simón Rodríguez, Andrés Bellos y Cecilio Acosta, pasando por las cartas de Teresa de la Parra, reminiscencias de Caracas y los Andes, hasta una curiosa y brillante “Pequeña historia de la arepa”, entre tantos temas más sobre lo que escribió con una maestría indiscutible.
Como colofón, Mariano Picón Salas, por encima de su rol político, el cual ejerció de manera intachable a ojos de lo que la historia refiere, su principal motivación fue la docencia, la cultura y la educación. Apostaba a ello como la vía expedita para la evolución del hombre y de la sociedad. Pero dicho proceso de adiestramiento, en donde el Estado ofrece todas las herramientas posibles a sus ciudadanos, necesariamente debe ir de la mano de una estructura teórica que llame a la reflexión y al impulso del pensamiento, pues “no puede existir una auténtica Educación sin base filosófica ni fin político” (Ibíd.254), pues el fin social termina siendo el objetivo principal por alcanzar en todo país organizado y pujante con miras de grandeza.

Picón-Salas, Mariano (2008): Obras completas. Caracas: UCAB

5 jun. 2014

La Europa de Mariano Picón-Salas

Europa, tierra de un sinfín de historias que dieron vuelta al mundo; lugar en donde nacieron míticos héroes pero también despiadados tiranos y rufianes; espacio en donde a pesar de la ingente cantidad de guerras, ha logrado levantarse cual ave fénix de sus propias cenizas. Esto es Europa y muchos más, pero sobre todo, un mundo rico en arte y cultura en cualquiera de sus variopintas maneras de expresión.



Este  brevísimo párrafo a manera de introducción, nos coloca frente al objeto de disfrute —y también de estudio— de Mariano Picón-Salas. Todo lo que el gran pensador venezolano conoció a través de las letras y de las lecturas, lo tuvo frente a la mirada y el pensamiento preciso que lo caracterizó. En Meditación de Europa, el autor deja clara su postura y preferencia con respecto a los diversos países europeos que tuvo la oportunidad de conocer. En este sentido, Francia se convierte en esa tierra que llena todas sus expectativas, tanto espirituales como intelectuales. Ha de suponer, y es lógico pensarlo, la fuerte influencia que ejerció sobre él su maestro monsieur Machy.

En este libro marca su postura con respecto a lo que en términos de evolución humana, considera lo ideal para que una sociedad se encamine hacia un mejor futuro: “el camino espiritual de Francia es un gran camino ordenador” (Picón-Salas, 2008: p.1141), dice, y en estos términos y con el fundamento propio de quien recorrió tierras europeas, amén de su clarividencia crítica, contrasta y compara la nación gala con otros países, que en su momento, también pintaron como los grandes estandartes para la evolución política-social del hombre. Así, increpa el “puritarismo inglés”, pacatos en su proceder ante los conflictos propios del estado y los hombres; deja clara su visión negativa en contra de la “americanización” de las sociedades, pendencieras y siempre apuntando hacia el automatismo, y en sus propias palabras, en absoluto desacuerdo con “El mesianismo social que venía de Rusia; el vitalismo e irracionalismo alemán, el materialismo técnico de los yanquis” (Ibíd.1138).

Es importante contextualizar el entorno del cual fue testigo Mariano Picón-Salas al pisar Europa: apenas había finalizado la Segunda Guerra Mundial. Como es lógico esperarse, pudo ser testigo de ciudades que apenas se comenzaban a levantar después del asedio y la brutalidad nazi, por tanto, sus reflexiones en “Meditación alemana”, son profundamente críticas ante el megalómano que acabó con millones de vidas inocentes. Alemania es un país, según sus palabras, que se envuelve en “un mundo demoníaco” para continuar diciendo “es un país problema y cargado de peligrosa inflamabilidad” (Ibíd.1150),  y que al cotejarlo con el racionalismo francés, señala que para éstos “el derecho es una relación de libertades”, mientras que para los alemanes, es una relación de “subordinación, fuerza y función” (Ibíd.1154). Hay que dejar claro —y no podía ser de otra manera—, que la posición de Mariano Picón-Salas frente al holocausto, fue de absoluto rechazo. Y si bien es cierto que el gran culpable fue Hitler, por una simple metonimia de la parte por el todo, Alemania paga por igual.

Por otra parte, también pasa por la cultura checoslovaca, española, italiana y hace una hermosa apología musical en el apartado “Música y muerte de Viena”, y particularmente en la obra y el genio de Wolfgang Amadeus Mozart en “Imagen de Mozart”, a quien exalta y califica como “semejante hechicero”, “Caronte encantado”, “joven y frágil titán”,  “genio”, y lo coloca en su parnaso personal junto a Goya, a quien también admiraba.  Es más que elocuente su predilección por la música del vienés por encima de otros grandes como Bach o Beethoven (a Wagner le llama “soberbio y demoníaco”, y no olvidemos que era el preferido del Führer, pues algunas de sus obras tenían fuertes cargas antisemitas), pero es la obra Mozart, según dice, “el más consumado deleite que jamás se inventara para los sentidos del hombre, sino también un camino y una aspiración de la conciencia occidental” (Ibíd.1174).


En resumen, Meditación de Europa es un libro en donde Mariano Picón-Salas fija su punto de vista, dejando en claro su talante moral frente a lo aberrante de la guerra, sin perder el norte de donde viene (habla del “desorden sudamericano”), teniendo conciencia de ello y  con una humildad que pareciera superar su intelecto.  Ese notable merideño y venezolano que fue allende los mares, siempre comparaba y quería todo lo bueno que le ofrecía Europa para su tierra, sobre todo teniendo en mente “el genio de Francia, de su triple esfuerzo por el razonamiento claro, la forma estética y la dignidad moral” (Ibíd.1140), aspectos por los cuales luchó desde su pensamiento y la palabra toda su prolífica vida. Como bien lo señaló en las primeras páginas del libro “nos era necesario el contacto de Europa” (Ibíd.1124). 

Picón-Salas, Mariano (2008): Obras completas. Caracas: UCAB

2 jun. 2014

Jinete a pie

Hay un momento, el final, antes de terminar de perderlo todo, ése es el momento para el que se vive.
Israel Centeno

Una ciudad sumida en el caos; un grupo de gente que huye y otro que atropella sin piedad alguna, con impunidad y descaro. La anarquía reina y no hay nadie que ponga coto a tal situación, por el contrario, los motociclistas se han adueñado de todos los espacios, se han formado diversos cantones y lo que otrora fuera un hábito, una tradición, un vínculo para compartir en familia o entre amigos, es un lujo y un privilegio ahora exclusivo de quienes tienen el poder: tomarse un café. Desde este pequeño detalle se refleja la pérdida de libertad; la cotidianidad se ve quebrantada y quienes no pertenecen a esos guetos violentos y poseen motocicletas quedan al margen. Los peatones entonces deben huir, y en el mejor de los casos, el estado de ánimo que destaca es la melancolía y el desconsuelo. Deben salvar sus vidas y el sonido del vapor saliendo de una máquina de café a la distancia despierta la nostalgia.

Jinete a pie de Israel Centeno va de esto y mucho más. Sorprende la visión tan acertada del escritor al narrar los hechos funestos de una sociedad en crisis y una ciudad venida a menos (la contada, la ficticia), en contraposición con la Caracas real, la que nos duele a muchos teniendo a la vista meses convulsos, violentos, desde mediados de febrero (2014). ¿Premonición del autor? ¿Sigue día a día las noticias de su país más aún por estar viviendo fuera de él? Tal vez las respuestas a ambas interrogantes sean afirmativas.
                                  
Roberto Morel, el protagonista, es un profesor de arte resignado ante el paso ineludible de los años. Todo le duele, sobre todo los tobillos, tiene una terrible erosión en el esófago y ni hablar de las úlceras en el estómago: “Adriana, estoy viejo y un día más es una concesión”, dice. Debe lidiar con su mal estado de salud, con una ciudad que se cae a pedazos  y con una manada de motorizados que lo persigue —a él y a su grupo—, pues en un arranque natural de su instinto de supervivencia,  se defiende en contra de uno de ellos. Huyen, deben bajar simbólicamente a los infiernos —el sótano de una iglesia—, lidiar con las ratas, el hambre y el miedo. Todo esto sucede mientras aparentemente se va mezclando entre la historia, las notas del diario de Roberto, su verdadera obsesión y del cual perdió la última página. Él sufre el vía crucis de Jesucristo, el martirio físico que poco a poco le impide caminar para poder escapar de los motorizados que cada vez están más cerca, los mismos que —contradicción e ironía en pleno— lo golpearon con las hebillas de sus correas reconocibles por llevar el símbolo de la paz.

Imposible no ver en Jinete a pie guiños a situaciones tan parecidas a la realidad política actual del país: “Unos militares toman la plaza Altamira, exigen la renuncia del Presidente, la gente sale a la calle y decretan el final del gobierno…”. Empero, esto no es el foco principal de la historia pero ineludiblemente se toca de manera tangencial. También hay algunos pasajes cargados de erotismo y el tema del amor no puede quedarse de lado, donde tres mujeres son fundamentales en este aspecto: Adriana, Alexandra y Ludmila, pero es la libertad y la pérdida de la ciudadanía, los elementos principales que están en juego entre “Los motorizados (que) perdieron todo sentido de misericordia” y la gente común, los jinetes a pie que, como dice Roberto “somos ratas fuera y dentro”.

Amén de todo el simbolismo que puede hallarse en el texto, destaca la calidad narrativa del autor, en donde combina con maestría, diversidad de voces que van desde el omnisciente y demiúrgico relator, hasta el protagonista y el narrador testigo, todo un trabajo literario que le pide al espectador el necesario pacto de lectura para el pleno entendimiento y disfrute, a pesar de que sea llamado a ver cómo se derrumba la ciudad. En días recientes el escritor y académico Luis Barrera Linares me comentaba que el sueño —entre otros— de todo escritor, es hacer que su ficción se vuelva realidad y no que la realidad una ficción. Después de esta lectura, me inquieta ver que Jinete a pie parece cumplir con esta premisa, un acierto literario publicado por la Editorial Lector Cómplice.