30 sept. 2008

El lider samurai


Así como el papel el blog aguanta todo -supongo. Me gustaría decir que ando de malas pulgas y es que ni eso, ni pulgas tengo carajo! Dejaré que sea el propio libro que hable por sí solo ya que las inexistentes musas andan de sabático o extendieron sus vaciones en Mallorca -como dice la canción de Serrat: "andarán de vacaciones". Me gustó el libro, sí...me gustó. Me hace falta meterme más en esa onda zen para contrarrestarme a mí mismo que no es tarea fácil. En fin, dejo el cesped de lado y cito:


"Es una estupidez enojarse por aquellas cosas que no podemos controlar... La filosofía zen considera que esta falta de control es el estado constante de la existencia. En vez de luchar contra esas olas gigantescas de la vida, predica la forma en que podemos practicar
surf sobre ellas. Buda, en su repentino momento de perfecta comprensión, no descubrió cómo cambiar la reacción que éstas nos provocaban, para terminar con el sufrimiento que, tan a menudo, producián... El desafío es renunciar al control, pero mantener la dirección".

24 sept. 2008

El abrazo de un libro


En varias ocasiones y en diversas épocas he escuchado frases como estas: “uno no busca las carreras, las carreras lo buscan a uno”, o “uno no busca el instrumento, el instrumento lo busca a uno”; y la más reciente ha sido: “uno no busca los libros, los libros lo buscan a uno”. Se me antoja divertido imaginar, hacerme la idea, de llegar a una librería y sentir el particular asedio de los libros queriendo irse con uno como si fueran mascotas; verlos mover la cola, retozar de alegría ante la factible posibilidad de que sean seleccionados, y luego con alguna de las solapas a manera de lengua, agradezcan la consideración que tuviste con ellos. Cuán de cierto hay en esto, usted amable lector que tomó parte de su tiempo para leerme entre miles, millones de opciones virtuales y físicas, considera que el criterio de selección ha sido suyo o por el contrario, han sido los silentes libros adoquinados en algún estante los que de manera secreta y misteriosa quienes lo han seleccionado a usted.

No estoy en contra de la simpática fantasía, pero piénselo en frío, todo este tiempo mientras usted juraba tener un criterio particular de lectura, en donde invirtió muchos minutos en una librería para seleccionar tal o cual libro, fue todo un enmascaramiento, una farsa, una burla, dado que ese libro que escogió aguardaba por usted. Sencillamente estaba esperando el momento a que lo tomara por el lomo y le hiciera la graciosa cosquilla con el lector de código de barras en la espalda para adentrarse en su biblioteca particular. Si esto fuera así, entonces seríamos lectores de diversas calañas y características, con atributos otorgados por ese cúmulo de hojas que se hacen llamar libros. Dirían: -este tiene pinta de ser un lector clásico; o un lector de ocasión, lector cursi, lector culto y un sin fin de variedades.

Estos entrañables amigos que nos acompañan en silencio con sus dádivas intelectuales, bien sea en la privacidad del hogar o en cualquier lugar que se nos antoje para leerlos, nos evaluarían de cabo a rabo para determinar si seríamos dignos de ellos, si tendríamos la capacidad suficiente para abordarlos y sacar de ellos el provecho que se suponen nos develan. ¿Se imagina siendo usted escogido por cualquier libro de Ciorán; o tal vez por un libro de Rómulo Gallegos, Borges, Octavio Paz o el propio Cervantes? Acerquémonos más a nuestro tiempo y a la maquinaria “bestselleriana” que implica muchos autores, ¿se imaginaría usted siendo seleccionado por Isabel Allende, la Mastreta o Paulo Coelho? ¿Qué cara pondría usted si en ese proceso de búsqueda que a muchos nos lleva a una dimensión desconocida hasta dar con lo que buscamos, pasamos de largo el anaquel en donde está lo que se quiere, digamos por ejemplo, un Fernando Paz Castillo o un Mariano Picón Salas y terminamos en (no “con”) un libro para Dummies o de algún libro -bien o mal llamado- de autoayuda?

No pretendo comparar ni desacreditar autores ni libros y mucho menos categorías, simplemente hago el terrible ejercicio de verme a mí mismo asediado por libros que no quiero, que no leo, que no leería jamás, en atención a la utópica idea de que no somos nosotros los seleccionadores sino por el contrario, los seleccionados. Valga decir entonces que he sido bien seleccionado últimamente por textos estupendos, y que en otras ocasiones, vilipendiado por libros que jamás me hubiera imaginado que me escogerían de entre tantos incautos lectores. Esto último sin duda, habla muy mal de mí. Pero, qué se le hace. Si los libros disfrutan de tan interesante autonomía es justo que nos sometan por el tiempo que dura la lectura, a esa silla eléctrica ficticia a la cual nunca imaginamos caer. Dicho de otra manera, hay que leer de todo, disfrazando con esta frase el incordio que implica ser electo por algún título -¿o un autor?- que no hubiéramos seleccionado ni por casualidad.

Cuando esto sucede, cuando el libro te atrapa –siguiendo con la onda fantástica- como si un par de brazos imaginarios te tomaran de espalda, o mejor aún, de frente como si el abrazo fuera consulto y aceptado por nosotros, dejamos entonces correr esa imaginería que nos lleva a creer que el libro nos escoge, como si dijera «Hey, tú, léeme», hecho que despierta la intimidad sublime entre el texto y el lector, como si nos estuvieran entregando un secreto místico, honrándonos por ser los dignos elegidos para descubrir lo que las líneas llevan oculto, tal vez en meses, en años o en siglos.

Somos cómplices entonces de esa ilusión, de la cual –insisto- no estoy en contra. Pero si nos pusiéramos mercantilistas, ¿sería un error imaginar que los libros nos escogerían en medida de nuestro bolsillo, de nuestro poder adquisitivo? Qué infamia decir semejante barbaridad sobre un objeto, sobre una cosa, sobre una entidad que está por encima de una simple transacción comercial, prestos a ofrecer todos los conocimientos que pudieran transmitirnos como corolario de un esfuerzo de selección de quienes pudieran ser sus lectores. Vaya insensatez. Pero nosotros tomamos venganza de ellos, sean buenos o sean malos libros, todos, absolutamente todos, terminan en una pequeña biblioteca particular, en un estante o armario de nuestras casas, sembrados allí quién sabe hasta cuándo para ser nuevamente re-leídos. Aquí nace otra pregunta: ¿releemos algún libro o somos nuevamente reelegidos por éstos? Piénselo, aquí la relación se hace más estrecha porque supone de por sí una selección previa de los libros que ya son de su propiedad. La única manera factible en que un libro no lo escoja usted, es que el mismo tenga un intermediario, como por ejemplo cuando alguien le obsequia uno. Allí muere esa fantasía, él no lo escogió a usted, fue esa persona quien lo hizo. Esto también supondría el engaño que implica para ese libro que cae en manos de un intermediario, que al fin de cuentas, no será su lector. Piénselo. Tal vez es por esta razón –y pasa con frecuencia- que le regalan libros que no se parecen en nada a usted sino a su comprador, pero por norma termina agradeciendo hipócritamente por ese texto que jamás hubiera comprado y que seguramente nunca leerá.

Sin embargo, nada más placentero –en mi caso- que recibir un libro como regalo, haciendo la salvedad de que se parezca a lo que leo. Me evita las insoslayables horas que pudiera perder en una librería discerniendo qué comprar o cuál de los libros allí expuestos como caimanes al sol, me elegiría. En todo caso, lo importante es dejarse abrazar por el libro, dejarse llevar palabra a palabra por cada paisaje, por cada historia, por cada reflexión que vinieran a ser las manos de esos brazos llenos de letras muy bien concatenadas. Déjese abrazar y abrácelo a él con su memoria, aunque decidan por usted.

23 sept. 2008

El abrazo del tamarindo


Como lector consecuente que soy de su columna dominical en el diario El Nacional, en donde su mirada crítica deshilacha aún más la desidia actual del entorno político de nuestro país, me fue imposible desligar esa narrativa periodística avasallante de Milagros Socorro de El abrazo del tamarindo. A pesar de que la propia autora ha comentado en varios ocasiones que su reciente novela es de vieja data, es decir, escrita hace un buen tiempo atrás y que recibió una serie de auto-revisiones, es innegable que la vocación literaria de Socorro viene añejándose en una barrica literaria. No quiero que esta mínima reseña suene complaciente, pero mérito a quien mérito merece.

Esta breve novela, a la cual se puede llegar de una sola sentada a su final, está llena de personajes pintorescos, de situaciones propias del entorno fronterizo entre Colombia y Venezuela que delata nuestras similitudes. La joven protagonista de la novela, que curiosamente es el único personaje que no tiene nombre, cuenta su historia desde la mayor interioridad posible, desde los miedos propios de la infancia hasta su primera menstruación, hecho natural que en ninguna parte –al menos que yo conozca- ha sido sublimado como lo hace aquí la narradora: “Desde la primera vez amé la menstruación. Me hacía sentir que todos mis músculos y piel estaban allí para amurallar una fábrica de jugos…Mi primera sensación al andar con una toalla sanitaria entre las piernas era la de estar encaramada en un potro de algodón”.

El abrazo del tamarindo, está repleta de imágenes del calibre anterior y tiene la cota de dejar al lector con ganas de leer más, de desempolvar más la historia del grupo improvisado de vallenato que buscaba abrirse paso a través de las propias vicisitudes de la vida. Es una lectura más que entretenida, trabajada con mesura desde la óptica narrativa y no apta para pacatos que tropezarían entre líneas con el “murciélago enano” de su protagonista, hasta con desagradables roedores rondando la muerte. Tal como dice la propia autora, tal vez transmutada en persona principal: “la verdad no se cuenta entre las virtudes que deben acompañar a las historias”. Quieren averiguar qué es ese “murciélago enano” entre otras cosas, pues lea El abrazo del tamarindo.

19 sept. 2008

100 años después


Últimamente me dado por leer textos de historia y previo a toparme con la imagen aquí presente, había estado leyendo sobre Cipriano Castro. ¡Oh casualidad! Me llegó a la mente la frase, “las modas suelen volver”. Dicho esto, la graciosa caricatura la tomé de la revista “El desafío de la historia”, página 14, número 4, excelente revista la cual recomiendo.
No es una moda pero cien años después la historia pareciera repetirse. La caricatura tiene una vigencia aplastante, claro, no sería el Ex Presidente Cipriano Castro quien cuelga de la palmera.

18 sept. 2008

Tamarindos de papel


En el día de ayer fue presentada la más reciente novela de Milagros Socorro –aunque escrita hace mucho tiempo según indicara su propia autora-: El abrazo del tamarindo. Notables escritores y periodistas estuvieron presentes para compartir el grato momento en la sede del diario El Nacional, la cual quedó corta ante la gran cantidad de personas que asistieron. Pablo Doberti, Director General del Grupo Santillana Venezuela, dio inicio a la tertulia dando sus impresiones sobre la novela y su escritora, así como del álgido tema editorial por el cual atraviesa el país. Luego, la escritora Elisa Lerner, con su sensible palabra, hizo lo propio, dejando en claro por qué es una de las grandes letras contemporáneas de Venezuela e Hispanoamérica. Por último, la propia Milagros Socorro, materializando el estilo de su palabra en voz, la misma que utiliza en su columna dominical del diario antes mencionado, agradeció a los presentes y enalteció la encomiable labor de todos los periodistas que día a día dan lo mejor de sí para que la noticia llegue a cada uno de nosotros. Escritores y poetas como Eduardo Liendo, Rafael Cadenas, Judit Gerendas, Manuel Caballero, Rafael Castillo Zapata, entre otros, estuvieron en la presentación de El abrazo del tamarindo. Para mediados de octubre Milagros Socorro compartirá su experiencia literaria con los oyentes de Librería Sónica, transmitido todos los domingos a las 11:00AM por RCR 750 AM. Para los amigos de otras latitudes, pueden escuchar los programas anteriores por estos escombros o a través de libreriasonica.wordpress.com

15 sept. 2008

Ronin



Richard Wright se despide y se une con otro inmortal de los Floyd: «Syd, allá voy!»


Con su impertinencia de siempre
se aparece en mis horas de sueño

me hago reflejo

espejo de su huso oriental

debo ser noche y no me deja
él es día y trafica su luz a través de la inquieta luna
me saluda con su cortesía de isla
con su hermoso loto marchito
:
«Kon-nichi-wa»

me reduzco ante su dominio sobre mis manos

no respondo

soy yo mismo
un simple y diminuto bonsái en celo

aguijón de nieve en pensamiento
sable conspicuo sin historias
sin muertes
sin glorias

Los seres felices


Avasallante, es lo primero que se me ocurre decir sobre la narrativa inmersa en Los seres felices de Marcos Giralt Torrente. Cualquier descuido que uno pudiera cometer en el proceso de la lectura, es pagado duramente con el abandono del entendimiento, con el no saber en dónde se está parado. La profundidad despeñada por la voz en primera persona nos hace caer en el juego de la palabra autobiográfica, tal vez del autor, tal vez del personaje principal, que se afana en desarrollar de una simple idea, el más mínimo detalle posible.

Esta novela narra los hechos previos y posteriores al último encuentro que tendrá el protagonista con su padre, llegando a profundas reflexiones con evidentes atisbos filosóficos que van desde el tema amoroso hasta la muerte: Tenemos miedo del amor porque conduce a la verdad, y lo que necesitamos para seguir viviendo es la ficción; las debilidades humanas, tanto propias, vistas desde las frustraciones y complejos que lo llevan a amar y a odiar a los suyos, como ajenas, vistas desde el fracaso y los errores de sus padres: Para corromperse y envilecerse no faltan espejos en los que mirarse…lo peor que cabe reprochar a los padres es que, aunque nos rebelemos, es imposible desembarazarse de la semilla que siembran. Nos determinan incluso en nuestra forma de rebelarnos.

El texto nos va llevando paradójicamente por un camino más empinado en cuanto al pensamiento humano, pero que a medida que se avanza en la lectura nos obliga a acelerar el paso para hallar el desenlace en esa cuesta, a pesar de que nos falte el aire en el transitar ficticio de la obra. El personaje principal de la novela no tiene nombre, es simplemente el hijo de una madre y de un padre que tampoco tienen nombre, tal vez con el firme propósito de que cada lector se amolde al personaje sin mayores complicaciones a través de los intensos monólogos del mismo. Justifica incluso su manera de pensar para librarse un poco de la carga que implica contar su historia: contamos para comprender y para que nos comprendan, contamos para imponer y para someternos, contamos por diferentes motivos cada vez, pero siempre se persigue un propósito aunque no sea más que el de descargar el peso.

Marta, sólo Marta tiene nombre, su pareja. Ella, que tal vez algún día lea sus reflexiones, su novela, también ha sido evaluada, analizada en la misma. Sin embargo, es gracias a este único personaje con nombre que el narrador principal halla su centro, su motivo de vida o al menos de contar su historia. Desdeñados su padre, su madre y su hermano muerto en un terrible accidente del cual él fue testigo, ella termina siendo el objetivo de lo narrado, el necesario lector a futuro, a pesar de incurrir en reflexiones que pudieran comprometerlo con ésta: tapa muchos malos asuntos el sexo, sustituye muchas carencias. Admito que, estando con Marta, he deseado a otras mujeres, pero, ¿es que eso es malo? Nunca dejamos de desear a otros además de a quien más tiempo nos ocupa. Al principio el sexo lo invade todo porque suple el vacío de lo que aún no se ha construido…La curiosidad erótica disminuye, pero no me parece determinante para deshacer una pareja entre otras cosas porque hay fuerzas más poderosas, a veces insospechadas, que la mantienen unida.

Los seres felices nos lleva por caminos de enmascaramientos memorísticos, de nostalgias, de una extrema sinceridad de lo narrado por este personaje principal, un joven arquitecto, que vive en zozobra por su pasado y por lo que le tocará vivir. Profundas indagaciones y una fina ironía es dejada como flor abierta por Marcos Giralt Torrente, que valga decir, fue ganador del Premio Herralde por su novela París. Cuanto de engaño y de verdad hay en Los seres felices, no lo sé, pero si algo es cierto es que esta lectura embeleza por lo finamente detallado del pensamiento allí reflejado: la seducción, aunque sea sincera, lleva implícito un engaño y no hay camino más fiable para mentir con poco riesgo que administrar la mentira junto a una verdad.


PD. La recomendación de la lectura, así como el propio libro, me llegó de las manos del reconocido y amigo librero Don Roger Michelena.

11 sept. 2008

Allá en la plaza

Allá lejos, allá en la plaza
en medio de una mágica penumbra puesta por el sol
sobre el banquito cagado por un pajarito
al lado del bote de la basura que no tiene basura
casi al frente de la efigie de un héroe a caballo
por donde pasa casi siempre el vendedor de helados a golpe de las cuatro y media
lateral al gran árbol que alberga roedores
justo donde la baldosa no aguanta sus fuertes raíces
detrás del muro vestido con la campaña presidencial de hace diez años
diagonal a aquella pareja que moja sus labios
frente al obelisco que imita a otros obeliscos
después del limpiabotas
llegando a la casita de las palomas
al extremo de aquel anciano que lee la prensa
cerquita a esos niños que juegan pelota
a medio lado del limosnero
lejos de la muerte, el hambre y el odio
dentro de la vida, la paz y la alegría
subiendo por el pedregal que adorna la plaza
dándole la espalda al burdel de la esquina
¡exactamente, donde está el policía cobrando comisiones ilegales a los turistas por llevar pantalones cortos!
un poco más allá del poste de luz
Allá lejos, allá en la plaza están los recuerdos.

9 sept. 2008

Venezuela: el país que siempre nace.


Con gusto y detenimiento leí el libro Venezuela: el país que siempre nace de Gisela Kozak. Con gusto porque el acto de la lectura lleva un placer implícito donde el encuentro con la palabra escrita se torna un vicio, más si el autor leído lo conozco, tal como es el caso de Gisela, de quien recibí clases en la Escuela de Letras de nuestra Universidad Central de Venezuela en un par de semestres; y detenimiento, puesto que el pensamiento y la palabra aguda de su autora está allí con entera efervescencia a través de cinco ensayos (la introducción al libro ya es un ensayo) que evidencian por qué es una de nuestras mejores ensayistas.

La introducción: ¿Lee usted literatura venezolana? Pregunta que más allá de buscar una respuesta, entabla una reflexión del entorno literario contemporáneo, que así como otros sectores –mejor dicho, todos los sectores-, han sido influenciados por el difícil contexto político por el cual atraviesa el país. En palabras de la propia Kozak, la idea es “que la literatura sea vista como una posibilidad otra de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo y no, por lo menos exclusivamente, como una obligación, una suerte de paradigma educativo nacional o una ruta de salvación individual o colectiva frente a la industria cultural y el ciberespacio”. Lo interesante de esta reflexión, que a la postre termina siendo alentador para uno como lector y como venezolano, es que la propia autora reconoce que la “voluntad” de la gente (palabra que abarca voluntad literaria, social, civil, etc.) ha venido en ascenso para dejar atrás “la queja y la abulia” que tanto daño nos ha hecho.

Memoria, subjetividad y nación en El round del olvido, de Eduardo Liendo. En este ensayo la autora coloca su mirada acuciosa sobre la obra de uno de los maestros insigne de nuestra narrativa. Dictaduras, revoluciones, historias colectivas e individuales, son desmontadas del mundo ficcional de esta novela para dejar en evidencia el carácter literario de la misma.

De Eisenstein a Fassbinder, de la revolución a la desesperación: Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, de Ana Teresa Torres. Como era de esperarse en este libro de ensayos no hay cabida para textos y autores que no sean de raigambre. Así, la mencionada obra pasa por la lectura detallada de la autora, en donde el esteticismo o el carácter estético de la novela queda demostrado a través del análisis planteado, considerando las diversas visiones que forman parte del entramado de Los últimos espectadores…: histórico, político, social, psicológico, entre otros. Valiéndose de estos elementos, Kozak afirma que “la novela de Torres conecta con el presente nacional”.

Los últimos dos ensayos y no por ello menos importantes: ¿Nostalgia, frustración o percepción?: novelística, poder y revolución; y Nuestra herencia intelectual y el triunfo de la revolución bolivariana, van de la mano en esa búsqueda planteada por la autora que intenta equilibrar el tema de la educación, el pensamiento intelectual y la literatura, teniendo a la vista las complejas relaciones políticas que han mejorado o devastado a la nación -dependiendo desde la óptica con que se mire- para dar un paso al frente en cuanto a su visión crítica dentro de la generación de intelectuales en donde sin duda ya tiene un puesto asegurado. Ella afirma que “por desgracia para el pensamiento venezolano, el debate de la izquierda internacional y nacional…está dedicado a cómo hacerle frente a la globalización…y no cómo hacerle frente al Estado, el gran problema de la sociedad venezolana en este momento…” No puedo pasar por alto mencionar que el texto recibió la mención de honor en la Bienal de Ensayo Enrique Bernardo Núñez, Ateneo de Valencia (2006), y que el título del libro: Venezuela, el país que siempre nace, me hace recordar unos versos de Cabrujas aludiendo a Caracas y por extensión a Venezuela: “Así esta historia/ siempre al norte, mientras tanto y por si acaso”. Dicho de otra manera, siempre naciendo.

3 sept. 2008

Sexto capítulo: Crepúsculo en el Canal de Kiel



(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).

21 de julio de 1946. Las tres de la tarde. El Nueva Esparta se aproxima a la boca del Canal de Kiel. Ya, a la distancia, hemos querido sorprender de un solo vistazo, con el binóculo, el panorama de una tierra que, en los últimos años, se nos ha presentado más como una extraña y trágica leyenda que como un hecho real. Todos estamos sobrecogidos por la curiosidad. Desde el marinero de cubierta hasta el curtido capitán margariteño Pedro Evaristo Guerra, se preguntan qué será de la otrora arrogante y fiera Alemania.

-La gran Alemania –murmura con un dejo retrospectivo el Ingeniero Naval Nieves Navarro, -la Alemania de Bismarck de Heine, de Goethe, de Rilke –completo yo, con un sentido de reconstrucción histórica.

Tienen un acento dramático todas estas expresiones. Pareciera como si fuesen a estrellarse contra el silencio cómplice de los acantilados, contra la paz difunta de las colinas y los valles que nuestros ojos van identificando. Tenemos ante nuestras miradas, ante nuestra imaginación y ante nuestros juicios la tierra, la propia tierra alemana. Pero nada delata en sus contornos el tránsito de una fuerza destructora que de allí surgía hasta proyectarse hacia un mundo atemorizado. Silencio y soledad. Parece como si apenas hablasen los muertos en este atardecer alemán.

A las cuatro y diez minutos de la tardes, vemos venir en nuestra dirección un viejo bote de motor. Con precisión militar se detiene a un costado del barco. Por la escalerilla de popa, asciende un hombre de uniforme oscuro. Saluda militarmente, pero su saludo es casi automático. El kepis y el traje se ven sucios y raídos. Sube hasta el puente donde le espera el capitán. Tres de sus compañeros se empinan sobre la lancha para pedir a los tripulantes del “Nueva Esparta” cigarrillos y chocolate. El pelo y la barba descuidados, las ropas sucias y envejecidas, la mirada acentuadamente triste mezcla de dolor y de vergüenza, ofrecen el mismo espectáculo del compañero que ha venido a bordo. El práctico se queda con nosotros y sus camaradas enfilan el motor a la costa, después de verse complacidos. Son estos restos de hombres humildes y hasta amables los antiguos superhombres de la Europa de Hitler. Son estos marinos, envejecidos prematuramente en dos años de ocupación, los arrogantes y fieros lobos de mar de la Escuadra Alemana. Cuando los veo alejarse, me parece leer en su curvada humanidad la sensación de terror que les produce el retorno forzado a sus ruinas habitadas aún por el maldito fantasma de la destrucción. Al advertir la soledad circundante, el margariteño Nieves Navarro apunta lapidariamente: “Debiera escribirse sobre estos campos un inmenso anuncia que dijera al viajero: “Cementerio Alemán”.

Las cinco de la tarde. Estamos frente a la playa de la vieja ciudad de Kiel. Una inmensa columna blanca se empina hacia el cielo gris desde una colina que le sirve de pedestal: es el monumento levantado a los marinos de la escuadra Alemana, muertos en La Primera Guerra Mundial. Después de esta guerra, sirve para indicar a los alemanes de Kiel que es más trágica la perspectiva cuando un pueblo ve en estos monumentos la apoteosis de la muerte y la derrota. ¿Se prestará otra verde colina germana para pedestal de otro monumento que indique a las generaciones presentes y futuras que los sembradores de la muerte en el mar consiguieron también la tumba bajo las olas que quisieron hacer cómplices? Quizás la propia piedra no se resigne ahora a soportar el destino que la convierta en un trágico símbolo de barbarie.

Cuando nos hacemos estas reflexiones, la lancha del control inglés pasa casi rozando el costado izquierdo del barco. El piloto alemán que nos sirve de práctico empuña la enorme bocina del “Nueva Esparta” y hace irrupción sordamente: “Solvesburgo Antwerpen”. Desde el puente, no podemos menos de emocionarnos al observar la cara desconcertada que pone el oficial inglés, cuando lee en alta voz el nombre de La Guaira, inscrito en la popa y reconoce la bandera venezolana sobre el altivo mástil. Por la primera vez, sobre las aguas verde-oscuras del Mar del Norte, arcoirizan contra el crepúsculo el tricolor glorioso y las siete estrellas amadas. Y por la vez primera también, surca las aguas apacibles del Canal de Kiel y bate sus majestuosos costados sobre la tierra germana un navío de Venezuela, comandado y tripulado por hijos de la poética y marinera Margarita.

Kiel se nos presenta en este atardecer como un centinela avanzado de la vieja Alemania sobre el Mar del Norte. Testigo y escenario de cruentas luchas, de encuentros de razas y de pueblos, contra sus murallas se abatieron muchos de los esfuerzos recíprocos de absorcionismo de los estados nórdicos. La historia recuerda la llamada Paz de Kiel en 1814, cuando Bernardotte obligó a Dinamarca a ceder la nación noruega a la Corona de Suecia. Pero quizás el monumento más vivo y el testimonio más trágico del destino fatal de Kiel, que se ofrecen a las miradas del transeúnte adolorido, lo constituye el macabro hacinamiento de barcos y aviones destruidos a la entrada de la ciudad. ¡Cuántas agonías anónimas bajo las montañas de acero herrumbroso! Si se les pudiera prender fuego a la medianoche, la gigantesca pira infernal iluminaría con caracteres apocalípticos la terrible verdad de la Europa de posguerra. Miseria, desolación, desaliento, orfandad. Allá al frente de Kiel, como otra fortaleza de la muerte, se consume entre las ruinas Oldenau, con el sesenta por ciento de sus casas y edificios destruidos por las bombas. Las ciudades se miran y se comprenden, frente a frente, sin hablarse. La silueta de una mujer alemana, trajeada de verde, quien desde la playa nos persigue con su binóculo y los niños que juegan sobre las arenas de la ciudad destruida, entre risas y coloquios inconscientes, constituyen el desconcertante marco del crepúsculo sobre las puertas de la nación cencida. ¿Quién tiene la culpa de todo este panorama de miseria y desolación? Es la pregunta que todos nos hacemos. Alemania podría contestarla, si regresase desde el Anticristo a Cristo. De Nietzsche hasta Goethe. De Prusia a Weimar. Podrá contestarla cuando se eche a andar de nuevo el reloj de la torre roja de Kiel, detenido a las cuatro y media de un día de horror. Anduvo quinientos años; marcó el siglo de la civilización y el minuto de la barbarie. Y pudo más que la pátina, un pedazo de bomba extraviada hacia el rumbo de sus grandes agujas antiguas.

Nos hemos detenido una media hora en la primera esclusa del Canal. Tres niños rubios, menores de diez años, quienes sintieron el advenimiento de la razón entre la sinrazón de la metralla, miran hacia el puente y tienden las manos ansiosa hacia nosotros. Les hemos dado pan, chocolates, manzanas, peras. Observo que uno de ellos apenas sí acaricia la dorada envoltura del chocolate, como si se tratase de un terrón de oro. Preferiría, en su inocencia, guardarlo, para no llorar al día siguiente la ausencia indefinida del maravilloso hallazgo. ¿Cuándo volverá a probar chocolates, peras y manzanas? Es trágico el solo pensar que un niño deba, por la fuerza, formularse estas preguntas a su edad. Sus compañeros devoran ferozmente las provisiones, sentados sobre las piedras de la vía, porque la desnutrición no les permite estar largo tiempo de pies. El médico venezolano Roberto Martínez Herrera se hace tomar una fotografía al lado de un pequeñuelo; éste se coloca gustoso junto a su fugaz salvador. No han tenido tiempo los niños para sonreír, ni para jugar. El destino dramático los aprisiona y los absorbe en su fatal verdad. ¡Maldito Hitler! Es nuestro grito tremendo de reprobación.

El inmenso puente de Levensau, monstruosa estructura de acero de veintidós kilómetros de longitud, construido para el paso de los trenes por el quebrado territorio, nos sorprende momentáneamente y corre a perderse en el horizonte hacia el corazón Germania; él es –se nos antoja- una descomunal maqueta del espíritu alemán que primaba en los días del Tercer Reich.

En la escuela hemos tomado dos timoneles alemanes. Su apariencia exterior no supera a la de los otros teutones que hemos visto. Apenas logran establecer contacto con la oficialidad, inician un sondeo de confianza. No es difícil adivinar los fines de esta actitud. El capitán de guerra la despeja con una cajetilla de cigarrillos americanos que obsequia a cada uno. Al cabo de un rato, el mesonero nos informa que han saciado el hambre en el comedor de pasajeros y en el de popa. Yo les he visto apurar vorazmente la última miga de pan y la última gota de café. Todos se han reservado el trozo de carne frita de su ración, envuelto en un pedazo de periódico. Cuando les miramos sorprendidos, nos confiesan sin dificultad la verdad: es el presente extraordinario que llevan a sus hijos, quienes no prueban bocado de carne desde hace meses enteros. Todos piden frutas, para complemento y uno, el más viejo, un pantalón para sustituir el que carga encima.

El último práctico que sube a bordo del “Nueva Esparta” es el más alemán de todos los que he visto. Se llama Heinke Siemers y supera en juventud a los demás. Arrogante y fiero, conserva todos los rasgos característicos de los soldados nazis. Presa de gran nerviosidad, atraviesa el puente de lado a lado con mal disimulados pasos de ganso. A veces se detiene rígidamente, encoge y suelta los hombros y levanta la cerviz como con ira. Yo trato de insinuármele cordialmente para ver si modifica insensiblemente su actitud. Cuando le pregunto por Alemania, el rostro se le demuda y agarrándose las mejillas flácidas con ambas manos, mira a sus compañeros, mientras agrega: “¿Qué quiere que le diga? Que todos estamos flacos y sin fuerzas para hablar. Fíjese usted en mis compañeros. Esta es la Alemania de hoy. Maldito…!

Heinke es más orgulloso que sus camaradas. Si come, es porque le han traído los alimentos. Si fuma es porque le han obsequiado los cigarrillos. Pero no pide nada. Conserva aún intacta su fiereza. Durante la guerra hizo servicio oficial en la Escuadra Alemana en Noruega y Dinamarca. Mira con mal disimulado disgusto a sus compatriotas, cuando nos preguntan si hay mucha comida en América, si los niños están gordos y si la gente es feliz. Definitivamente Heinke es apenas un resignado, minado por odios y rencores profundos. ¿Habrá un Heinke Siemers en cada alemán?, es lo que me pregunto. Sería, no obstante, brutal, extender la interrogación a los niños, quienes musicalizan con sus voces y sus risas la tristeza vesperal, sentados sobre los estrechos muellecitos domésticos de las orillas del canal. O a los que nos extienden sus brazos delgados, entre mensajeros y suplicantes, al borde de la angosta vía marítima, para pedirnos tiernamente peras y manzanas.

Se aproximan las ocho de la noche. Hemos vivido en estas tres horas frías, impresionantes, todo un ciclo de dolorosa y cruda expectación. Al panorama simple de los hombres, al brusco choque con la brutal realidad del ambiente, sucede la ciudad: estamos entrando en Rensburg, antigua villa germana, dormida entre frondas rumorosas y tenues neblinas. Del lado izquierdo del canal, yendo desde Kiel, es espectáculo no puede ser más impresionante: viejas casas señoriales y musgosos castillos, hacia el cielo ni siquiera el humo de las chimeneas. No se perciben sobre los árboles de la interminable avenida de la ciudad a la orilla del Canal ni del ruido de un ala ni el canto de los pájaros. Arriba, contra el muro que mira al Este, sólo observo, con largos espacios, pequeños grupos de personas, silenciosas, graves, enlutadas, como las distinguiera en las calles de Flissingen la ciudad holandesa, que sirvió en la última guerra de tumba a setenta y cinco mil ingleses. Abajo, a lo largo de la Avenida de pinos, Rensburg apenas parece suspirar en las parejas solitarias, que, sentadas sobre las piedras enormes, miran alejarse las aguas del Canal con la misma desesperanza que erigen para despedir sus sueños de dicha hacia lo imposible. Rensburg parece meditar sobre el Canal y las aguas mansas son un libro abierto para las meditaciones cuando la tarde recorta sobre su cristalina superficie la silueta moribunda de sus palacios y de sus castillos, minados por la soledad espectral.

Son las nueve de la noche y apenas la luz diurna se va despidiendo. Heinke me señala la capilla de un cementerio aldeano, lejos de Rensburg, como una curiosidad del camino. Tiene tres siglos de existencia y su reloj continúa marcando el minuto fatal de los mortales. Me gustaría demorar parte de esta noche bajo su torre patinada, cubierta de finos musgos y de suaves enredaderas. Pero la sombra contra la visión. La última flecha roja del crepúsculo hace irradiar el grueso minutero, mientras que sobre los túmulos y las cruces descienden sombras tan densas y pesadas como las que parecen envolver el destino de la vieja Alemania.

RENSBURG (Alemania), FLISSINGEN (Holanda), Julio de 1946 a bordo del “Nueva Esparta”.

2 sept. 2008

El libro de los cinco anillos


No estuve ni estoy preparado para este libro. Creo que es la mejor manera de decir que no me enganchó, que me esperaba otra cosa, sobre todo cuando la persona que me lo recomendó, a quien respeto y considero con buen criterio, me habló maravillas de él. Por ello mi insistencia en confesar mi falta de preparación para enfrentarme a El libro de los cinco anillos de Miyamoto Misashi. Sin embargo, también debo decir que el libro se lee con comodidad, tanto por sus dimensiones como por la diafanidad en la palabra utilizada por su traductor Thomas Cleary. No abandoné la lectura porque siempre estaba a la expectativa de que algún vuelco rotundo en la lectura llegaría, de que algo me desconcertaría y me haría pensar en que estas o tales líneas compensarían el ejercicio lector. En mi terrible ignorancia esas líneas no llegaron. Insisto: no estaba preparado para este libro.

Ahora bien, no por lo dicho anteriormente dejo de reconocer que, considerando la época en que el imbatible samurai escribió el texto, existe en él un inmenso halo de sabiduría beligerante la cual sintetizó en sus palabras con mucho tino, certeza y convicción. Sería interesante pensar o imaginar cuán útil en la guerra fueron sus palabras haciendo eco en sus discípulos (y) guerreros. Les transcribo lo que dice la contraportada del libro, sin duda con palabras atractivas que incitan a la lectura.

Miyamoto Musáis fue el ronin –samurai libre- más famoso de toda la historia de Japón y su libro, fechado en 1643, es uno de los textos más importantes sobre lucha y estrategia nunca escritos, además de ser la obra clásica del bushido- literalmente La vía de los nobles armados.

Son valores del honor y la conducta impecable que conviven con el bushido, los que justifican que el Libro de los cinco anillos, aunque escrito para hombres de armas, sea demás una expresión magistral de todos los factores éticos y psicológicos que rodean cualquier proceso de lucha y competencia.

Perseverancia, intuición, comprensión de uno mismo y del entorno, serenidad incluso en medio del caos, acción rápida pero no precipitada, saber esperar, son algunas de las enseñanzas que despiertan hoy una fundada atracción en el mundo de los negocios y la gestión y son, pues, elementos claves para explicar el interés que el liderazgo japonés tiene en el ámbito empresarial de Occidente.