22 sept. 2011

8.8: El miedo en el espejo



Un país a fin de cuentas, no es otra cosa que una legendaria fuerza emotiva, una abuela trascendental que de pronto nos recuerda quién manda en la casa, y rompe los platos.
Juan Villoro.

En mi transferencia de la infancia a la adolescencia me creí un hereje. Fui monaguillo y el Monseñor Porras -Dios lo tenga en la gloria- me botó de la iglesia porque, después de la misa, agarré a trompadas al otro monaguillo oficiante apenas entramos a la sacristía (no recuerdo por qué). Adiós a las tardes de los miércoles cuando el rosario salía con perfección de diácono desde mi boca frente a un nutrido grupo de abuelitas. En aquellos días estrenaron la serie televisiva “La Profecía” y en más de una ocasión me busqué el triple seis en el cráneo, pero nada, yo no era el bicho. Luego, unos años después cuando sentí el primer temblor de la tierra en mi vida, me dije, “definitivamente lo soy”. Era la hora del almuerzo y rechacé la comida con un gesto de incordio, soberbia y retrechería adolescente. Mi abuela me dijo, textualmente, “Dios te va a castigar”, y acto seguido las paredes comenzaron a bailar lambada, los adornos de porcelana y cristal a zambullirse contra el suelo, y el edificio a soltar un extraño eructo volcánico que subía a través de las columnas.
Esa fue la primera experiencia, entre otras. Las más reciente, ya medio encaminado en la vida, fue de madrugada. Le pregunté a mi esposa “qué te pasa”; “nada, por qué”, “deja la movedera”; “yo no me estoy moviendo”. Y como dando respuesta a lo que estaba sucediendo, las ventanas panorámicas de la habitación comenzaron a batirse en una suerte de ensayo de película de terror. En fin, así van las anécdotas, pero contadas con maestría, gracias a la pluma de Juan Villoro en 8.8: El miedo en el espejo. La odisea de un selecto grupo de personas ligadas a la literatura, entrelazadas gracias al pavor que les generó el devastador terremoto en Chile.
Villoro rememora y cuenta, mientras hace de esa terrible experiencia, una entretenida crónica, que a ratos te arranca una medio sonrisa, y otras tantas, tragar grueso, a la par que la reflexión se hace inmediata. No obstante, por más pensamiento que se le dedique a esto, qué se puede hacer ante un impredecible fenómeno como éste. ¿Correr, rezar, resignarse? Todo esto y nada. La suerte termina siendo un factor definitivo para conservar la vida o no. Tal como le sucedió a este grupo de amantes de la literatura que vivió para contarlo.
Ya había leído la experiencia de estos hechos desde la perspectiva de la ilustradora Rosana Faría en la revista Libreros. Cualquier cosa que pudiera contarse, bien por Faría, bien por Villoro, queda corta ante la certeza de nuestra pequeñez delante de la naturaleza. Así dice con precisión: Las réplicas más fuertes de un sismo son psicológicas... Lo que el miedo destruye no se recupera en forma integral. Y esto que dice Villoro, amén de aplicable a esa dura experiencia, tan bien funciona para esos momentos de tensión extrema en donde la vida está jugando cara o sello.
En 8.8: El miedo en el espejo, la incertidumbre y la fragilidad ante la vida están ahí, en cada línea; el desespero por no poder llegar a casa; la ineficiencia de algunos países para rescatar a sus ciudadanos y la pericia de otros ante la emergencia; el sentido de unidad que brota en algunos para ayudar y la fría mezquindad de quien no mira para los lados. Sin duda, esta es una crónica que sobrepasa lo emocionante, que toca la fibra más humana del hombre cuando ve su vida amenazada. Este libro se lee de una sola sentada: el ritmo que Villoro le da a la historia te lo pide.
Aquí unas breves frases que son de antología:
Los terremotos son inspectores de la honestidad arquitectónica.
Los terremotos representan un striptease moral.
El vértigo ha dejado de estar en las profundidades. Hay que tomar lecciones de abismo para habitar la superficie de la tierra.

Cadáver exquisito


Era octubre de 2009 cuando entrevisté a Norberto José Olivar a propósito de Un vampiro en Maracaibo. Nos citamos en el restorante del hotel en donde me hospedaba, y con la consabida premisa de puntualidad inglesa (yo no sé si esto es cierto), allí estaba a la hora acordada, con una parquedad tremenda que se fue disolviendo con la ingente cantidad de café que tomamos. Hubo chistes, risas y hasta una caricatura hecha al mejor estilo de Zapata, como ofrenda y dedicatoria a mi ejemplar vampiresco.

Este encuentro fue posible gracias a mi amigo poeta, profesor universitario y magallanero furibundo, Valmore Muñoz Arteaga, quien me dijo “ahora tenéis que leer Cadáver exquisito”. Luego añadió el clásico sustantivo, a veces adverbio y otras tantas adjetivo marabino que no pienso reproducir en estas escuetas y cortas líneas, pero que es fácil imaginarse por sus cualidades multiuso, las cuales sirven hasta para darle nombre a un teléfono celular.

Terminé de leer Cadáver exquisito en la tierra del poeta Francisco Arévalo, Ciudad Guayana, y me saltaron a la memoria algunos versos de su autoría e irremediablemente la breve sinopsis que del poeta Hesnor Rivera me hiciera Valmore. De su Silvia, salté a la Silvia de Hesnor y de ésta al matizado homenaje entre crónica e historia, realidad y ficción, poesía y narrativa que hace Norberto José Olivar en su Cadáver exquisito.

Uno de los elementos que destaca en el trabajo literario de Norberto, para mí fundamental y que lleva en su entraña una firme raíz de intelectualidad, es el humor. No hablemos ya de Un vampiro en Maracaibo, título a través del cual ya se puede intuir su presencia; Cadáver exquisito también goza de esta herramienta mientras el autor va mezclando las voces allí presentes. Nace la duda, la inquietud por saber si lo allí narrado fue cierto, si es una artimaña del narrador (¿o el autor?) por hacer del texto una crónica, un texto de ficción o un prolongado flashback a una historia verdadera, comprobable.

Con esa magia que sólo la literatura puede ofrecer (bueno, también el cine), Norberto le da vida, sentido y voz al gran surrealista Hernor Rivera; ese, quien en pleno proceso de parto trajo a la luz al grupo Apocalipsis, dijo:

sepan que la poesía es una forma de entendernos con la muerte, es una sinfonía de cuervos; si no les gusta, si no entienden, es mejor que se vayan ahora porque no estoy hablando en metáforas ni floreando la vaina. Para ser poetas hay que bajar al infierno, hay que pagarlo con la vida, si no, confórmense con ser juglares playeros.

¿Ficción?, sí; pero el compromiso de lector me dice que es el mismo Hesnor Rivera quien habla, arengando a los demás poetas, Miyó Vestrini, César David Rincón, Néstor Leal, entre otros, a continuar la dura senda de la poesía.

El narrador de Cadáver exquisito está comprometido hasta los tuétanos con el personaje principal de su historia. Con el transcurrir de las páginas y a medida que nos presenta hechos curiosos, como por ejemplo el referido a platillos voladores sobre el Lago de Maracaibo o a las apocalípticas revelaciones del predicador evangélico Arturo Terán, llega también el momento para la reflexión en donde el autor reconoce ese proceso necesario de mímesis para alcanzar la imagen justa que de Hesnor Rivera quiso dar: ¡Quién iba a decirlo! Tengo que disfrazarme de Hesnor para mirar, con honestidad, en mi particular abismo, pero haciéndolo, descubro sus entrañas también. ¡Qué misterio! He llegado a Hesnor no por casualidad, sino porque es mi propia búsqueda, mi propia biografía, porque soy Hesnor Rivera desde antes de aquella vez que fui a dejar en su casa de Tierra Negra un ejemplar de Balada para una ciudad maldita.

Otro elemento importante que destaca dentro de la obra, es el referido a la intertextualidad que Norberto José Olivar maneja con una soltura envidiable, muy a lo Vila-Matas –que también aparece en la novela–, seguramente ganada con la pericia desde su grado de historiador y demás embates literarios. El autor camufla su voz, es Hesnor y otras veces, es el propio Norberto, el mismo que se atreve a confesar: Pienso en Hesnor y recuerdo que una vez quise ser poeta, pero me faltó talento, entonces me hice narrador. Y, por ese azar diabólico que tanto evocó mi personaje, el día de su muerte salió a la calle mi primer libro de relatos.

Sea poesía o narrativa, lo ganamos para las letras venezolanas con resonancias internacionales, no en balde Cadáver exquisito estuvo entre las diez obras finalistas del importante Premio de Novela Rómulo Gallegos 2011.

Alto, no respire !


Aunque en el mundo hospitalario cada
cabeza era un mundo, todas teníamos algo en común:
el dolor de la anormalidad.
Merlin.


Hay libros que te conmueven por la historia que relatan; otros que te impactan por sus imágenes, por sus relatos atrevidos y multiplicidad de voces protagonistas; algunos juegan con su estructura y la manera osada de presentar y reconstruir sus mundos; y hay otros que son la suma de todo esto: Alto, no respire, es uno de ellos. Es un libro que desde el principio te obliga a preguntarte por qué no lo habías leído antes. Me atrevería a decir que debería ser lectura obligatoria en los liceos, pero como lo “obligado” siempre despierta el repudio que no el apego, dejémoslo fuera de las lides académicas y del pensum. Mejor sería decirle a los adolescentes (y a los adultos) “no lo leas”, para que a toda velocidad salgan a leerlo.
Merlin (no Merlín como el mago), es una adolescente que desciende a su propio infierno cuando por razones de salud, es internada en un sanatorio para tuberculosos. Allí comienza ese viaje que la lleva a interactuar con los más pintorescos personajes que hacen de su estadía un tormento, y algunas veces, la vía más expedita para soportar las miserias humanas. Esto es apenas el inicio de esa inmensa retrospectiva del personaje, cuando veinte años después, vuelve al lugar en donde le salvaron la vida para visitar a su amigo Ignacio. Le van llegando en cascadas todos los recuerdos y entabla un delicioso monólogo teniendo a la vista a su amiga Arabia quien ya ha fallecido.
Iliana Gómez Berbesí va llevando la narración al punto preciso en que el lector, ya desesperado por saber qué sucede, no puede soltar el libro, bien por desvelar la intriga, bien por seguir disfrutando del humor negro y la picardía de Merlin, quien a pesar de la dura situación por la que atraviesa, siempre halla el momento justo para distraer, para distender a sus contertulios y -por supuesto- a nosotros los lectores. Su ingenuidad para algunos asuntos contrasta con su afilado razonamiento a la hora de debatir con sus enfermizos compañeros de pabellón, con quienes termina siempre reafirmando su inexorable ateísmo.
-El mundo anda mal por eso. La gente es muy descreída. Un día, Dios bajará y se hará justicia...
-Le confieso que me priva usted del susto. Permítame desmayarme... ¡Oh, cielos! Pues no, prefiero pensar que todo es cuestión mental. Que estamos solos y que debemos quitarnos ese complejo de Cenicienta, esperando a que nos vengan a salvar.
-Usted por lo que veo es atea...
-Digamos que me parece divertido eso de invocar el auxilio de un viejo barbudo, que hace temblar la tierra o que permite que crucifiquen a su hijo...
-¡Virgen santa! Es una blasfemia...No quiero oír más... ¡Márchese!
-No me diga que me va a llamar al cura para que me exorcise. Mejor me tomo esta pastillita mágica y olvidado el asunto, que ya fastidia.
¡Alto, no respire! es una novela que también lleva consigo una cantidad ingente de referencias literarias, que vienen a acompañar ese espíritu rebelde de Merlin en su viaje iniciático a las cavernas de la enfermedad y el dolor. Por allí está Harry Hallers, entrañable personaje de El lobo estepario; Gregorio Samsa de La metamorfosis; Castorp de La montaña mágica, entre otras referencias más que pasan por Erasmo de Rotterdam y llegan hasta Maquiavelo.
Esta novela fue publicada por primera vez en 1999 y da la buenaventura que vuelve al ruedo diez años después en 2009. Iliana Gómez Berbesí juega con la estructura de su obra y nos la presenta como los segmentos del diario de Merlin, en donde el tema principal es la enfermedad como epicentro de angustias y reflexiones. La portada no le hace honor a esta extraordinaria novela, no obstante, haberla rescatada del olvido es suficiente mérito. Hay que leerla, deben leerla, es sencillamente genial. Después de una década de literatura venezolana publicada, me atrevo a decir que merece estar entre las mejores novelas.
Cierro con estas palabras de Merlin:
Me horroriza entonces ver que una se ha ido acostumbrando a todo este desperdicio. Que a veces contemplamos a seres padeciendo condiciones infrahumanas y que, en medio de todo, tenemos que adecuarnos a la situación, volviéndonos impasibles e insensibles, solamente para no enloquecer.

9 sept. 2011

Cocoon

Mi país rumia en secreto

el agua de los desastres

desencaja los dientes de las alas y rumia

los dientes que desangran

mucho más

que los remos

de un náufrago.

Hesnor Rivera


El impertinente sonido del teléfono celular haciendo las veces de despertador, no pudo cumplir con su función esa mañana. Cuatro detonaciones entraron en la habitación con la violencia de un enjambre de zancudos zumbándome al oído buscando alimento o interrumpir por capricho u ocio animal, mi sueño profundo. Eran las cinco de la mañana, para qué esperar treinta minutos, así me rendiría más el día. Me puse mi atuendo deportivo, audífonos listos y a trotar mis respectivos 5K para combatir el sedentarismo que toda oficina obliga.

Aún todo estaba oscuro; la avenida parecía estar dormida todavía, su flujo vehicular era casi nulo; pocos aventureros caminaban por ahí rumbo a sus destinos; en la esquina de enfrente un borracho tirado en una extraña posición, dos perros estaban cerca de él pero mantenían una distancia prudencial, tal como si una barrera invisible se los impidiera. Olisqueaban algo que no logré ver qué era.

Llegué a la pista de atletismo con más energía de lo normal. Aunque me haya levantado media hora antes, el hecho de que no sonara el ring tone X, estridente y bullicioso, es un alivio. Uno le toma idea incluso a los sonidos, forman parte de tu día a día. Y ese en particular, el que te dice, “fulanito, levántate y anda”, no es precisamente un canto de ángeles cuando estás de lo más sabroso en la cama. Lo cierto es que después de hacer mis respectivos estiramientos comienzo el jogging y justo en ese instante, la emisora que por lo general escucho, suelta esa maravilla que se llama I still haven’t found what i’m looking for. Una de esas canciones que en lo particular me resulta estimulante, tanto por su música como por su letra.

La pista comienza a recibir a sus asiduos visitantes de la hora. Es como si se convocara a un casting para una segunda entrega de Cocoon, ¿recuerdan aquella película? Me siento como un niño delante de todos estos abuelos que ya me saludan con la confianza que le han de tener a un nieto. Sudo. Siento mi respiración pero no la oigo, los audífonos con su efecto aislante es genial en este caso. Termina la música y comienzan las noticias: un individuó mató a su vecino porque se estaban disputando un puesto de estacionamiento en un edificio; un cliente insatisfecho hizo lo propio con el sastre de confianza porque el traje no le quedó perfecto. Joder, qué descomposición social tan arrecha. Cambio de emisora y salta un reguetón (zape); pincho de nuevo el radio y me quedo con una música dance, de esas que están hechas para poner a brincar a la gente.

Sigo trotando y entra a la pista el Comando Regional Número X de la Guardia Nacional, son como cien carajos (chicas incluidas). Veintiañeros todos en promedio, salvo los superiores, que en su mayoría están en condiciones aceptables menos dos de ellos que, válgame Dios, tienen unas panzas de alambique feroz. Si vamos a la guerra con ellos estamos fritos. Termina la música y entran “las gloriosas notas del Himno Nacional de Venezuela Gloria al Bravo Pueblo, letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Cambio, himno...cambio, himno... Apago, a nadie le gusta las cosas obligadas. Me quedo con el sonido de mi respiración, el canto de los soldados y mis zapatos al contacto con el desgastado tartán. 6AM.

Termino mis 5k y hago un par de vueltas más caminando para distender los músculos. Otra sesión de estiramiento y chao... Hasta mañana. Vuelvo a pasar por la misma esquina y el borracho continúa allí en la misma posición de contorsionista. Ya no son los perros quienes los circundan sino algunas pocas personas. Parecía un muñeco de ventrílocuo lanzado al azar dentro del baúl que lo resguarda, asumiendo una postura inadmisible para un humano. La barrera invisible que no dejaba acercar a los perros, y ahora a los curiosos, era un inmenso charco de sangre. Los cuatros detonaciones que me despertaron son las que están dentro del occiso: dos en la cabeza y dos en la caja torácica. Ya estaba un fotógrafo y una periodista de sucesos. Él era una versión masculina de Lisbeth Salander, tanto por la moderna cámara fotográfica que se gastaba, como por los nutridos piercings de su cara y los vistosos tatuajes; ella, de lo más normal.

Comienza el tráfico a frenarse para ver el triste espectáculo al que día a día estamos sometidos en este país. Recuerdo las palabras de aquella infame que dijo “lo que hay es una sensación de inseguridad”. El dueño de la fuente de soda que hace esquina y que tiene justo al frente al cadáver, quita un mantel de su docena de mesas y lo tapa. Llega alguien. Un familiar de la víctima. La hija. Se hace un extraño silencio y su llanto doloroso recorre todo el lugar. Se frena un bus, una camionetica como le decimos por acá, y apaga el potente reproductor que traía puesto ese clásico de la salsa “Calle luna, calle sol”. Cínico soundtrack para el momento, pero con una precisión insuperable por su contenido.

Al mediodía ya todo transcurría de lo más normal. Aumentan las estadísticas en ese patético rubro de la ciudad que habla de muertes a mano de la delincuencia. Pasa una señora con una niña de unos siete años justo por el lugar de los hechos. La mujer le dice “cuidado con ese charco de grasa”. Cierto, la oscuridad del color semeja al de la grasa que bota un motor, pero la realidad, es otro charco de sangre. Son las cinco y media de la mañana mientras termino de escribir. Suena el ring tone X y dudo en salir a trotar.


6 sept. 2011

Diarios 1984-1989, Sándor Márai

En más de una ocasión mientras iba leyendo Diarios (1984-1989) de Sándor Márai, recordé a Emil Cioran, ese que tanto menciono, que he leído y releído, y que también he soltado como quien tiene una papa caliente en la mano. Hay que saber cuándo leerlo. Nada fácil, pero siempre revelador. Establezco esta comparación por esa estructura fragmentada en su bitácora diaria, con sus saltos de fechas, reflexiones, lecturas y el centro que le da forma a todo lo que cuenta: la enfermedad de su esposa, la vejez y la muerte.

Nacer no es una experiencia, porque es accidenta: nos pasa sin más, involuntariamente. La muerte sí constituye una experiencia, puesto que nos sobrevive contra nuestra voluntad.

Resulta inevitable no imaginarse de esa edad, ponerse en el rol del autor quien superó la barrera de los ochenta años de vida y no sufrir con cada una de las descripciones con las que refiere la decrepitud, el dolor del exilio, otra vez la muerte, y por último, la terrible soledad. Afortunadamente mientras increpa a la dura vejez, siempre da un respiro con sus reflexiones literarias; contextualiza la fecha de su diario con algún suceso particular del momento en cualquier área, bien sea política, cultural, científica, deportiva, entre otros temas. Pero esto no es más que un parpadeo, un leve respiro para retomar su centro de dolor.

Quien sigue en este mundo después de cumplir los ochenta se limita a llevar una existencia vegetativa, no una auténtica vida; a estas edades no se vive por algo, simplemente se vive.

Sándor se esfuerza, quiere terminar de escribir una novela policial que nunca terminó (datos interesantes del libro), pero considera que ya no tiene edad para eso e incluso le parece ridículo intentarlo cuando L. (Ilona, su esposa) está en un delicado estado de salud: sería más decente callarme para siempre, pero callarse es tan aburrido, dice. Por otra parte, critica duramente a la “medicina deshumanizada”, a los médicos que considera unos “mata perros” con título, pero esto más por desesperación que por realidad, porque si hay dos personas que estuvieron bien atendidas antes de pasar al otro plano, fueron él y su esposa.

El gran fracaso de la vida no es que uno al final se dé cuenta de que se ha equivocado. Es mucho más desmoralizador pensar que no hay otra manera de actuar más que equivocándose.

A medida que se avanza en la lectura, el suicidio comienza a insinuarse casi como una consecuencia natural de tanto dolor y tristeza vivida. Después de perder a un hijo, a su esposa, a un hijo adoptivo, a todos sus hermanos, a todos los escritores coterráneos y contemporáneos a quienes leía con pasión, la vida pierde para él todo sentido. Camina dando tumbos, ve prácticamente por un solo ojo y demás avatares de la vejez.

Sería tranquilizador saber que todavía puedo disponer de mi propia muerte y que no estoy obligado a someterme al proceso de la impotencia y la descomposición. Pero me da vergüenza acogerme a este descanso mientras Lola siga viva.

Todas las noches, mientras veía a su esposa agonizante a la espera del sueño profundo, siempre hallaba el momento de la lectura y la reflexión; espacio que se fue reduciendo hasta llegar a cero. Hacia el final del libro detesta la literatura, pero hay momentos de absoluta brillantez cuando escribe ya en términos aforísticos sobre ésta, los libros y la poesía.

Un escritor joven afirma con entusiasmo que ha encontrado el “gran tema”, asegura que sabe sobre qué escribirá. Aún no ha descubierto que ese “gran tema” no existe. Lo realmente arduo no es saber sobre qué escribir, sino saber, de una vez y para siempre, cómo escribir.

Después de haber comentado todo la anterior sobre Diarios (1984-1989), es natural pensar que este libro es un canto a la tristeza y a la muerte. Sí, va de eso. Pero el verdadero trasfondo está allí línea tras línea, camuflado algunas veces y evidente una cuantas otras: el eterno y profundo amor por su esposa, la misma que ya ciega y muda, sólo abría la boca para decirle “qué lento muero”. Ilona, su mujer, su amiga, la misma con la cual compartió y vivió más de sesenta años, también escribió su diario, el mismo que Sándor utilizó como acompañante y como vía expresa para revivir su recuerdo una vez muerta.

No pienso transcribirles lo último que escribió en su diario el 15 de enero de 1989. Unas breves palabras pero contundentes. Como dato curioso, nunca dejó de escribir en su lengua natal, en húngaro, cosa que sí hicieron otros novelistas que al no captar la atención de las editoriales y los lectores, se mudaron al inglés para poder retomar su mundo literario. Esto repercutió, sin duda alguna, en su total desconocimiento hacia finales del Siglo XX, pero luego fue redescubierto y rescatado del olvido. Sándor Márai se suicidó dándose un disparo en la cabeza el 21 de febrero, un mes y unos cuantos días después de lo último que escribió en su vida, algo que en nuestra era moderna, cabría perfectamente en un solo twitt.

Un verdadero maestro de la narrativa mundial.

1 sept. 2011

Blanco nocturno


Lo primero que me dijo Ricardo Piglia antes de la entrevista, fue: “Me encanta tu camiseta de la Vinotinto. Hablemos de fútbol…y de literatura también (risas)”. No es fácil que dentro de la apretada agenda del reciente Premio Internacional Rómulo Gallegos 2011, te den veinte minutos para charlar In the record –and Out the record, too.

En todo caso y yéndome de pleno a Blanco nocturno, confieso que es mi primer acercamiento literario a este autor. Unos cuantos “piglistas o piglianos” (¿se dirá así?), me han comentado que no es lo mejor que ha escrito. Bien. Para eso están los gustos. Yo no puedo opinar en este sentido, pues tal como ya comenté, es la primera vez que lo leo. Otros lectores me han dicho que quedaron enganchados desde la primera página, y aquí sí opino, ya que en mi caso no fue así. El proceso fue como el carrito de la montaña rusa que va con lenta parsimonia en subida hasta alcanzar la cima para luego caer al vacío arrancando entrañas y gritos. Esto fue lo que me sucedió una vez que llegué a la mitad del libro. De ahí en adelante sí vino mi enganche.

La historia arranca con el asesinato del puertorriqueño Tony Duran, aunque su gentilicio es más norteamericano que otra cosa por la educación recibida. Formó un trío digno de sueño erótico con las gemelas Belladona (y gemelas además), pero cuando Sofía se cansó, Ada continuó en la juerga hasta que se vino a Argentina. Sin pensarlo mucho, Tony, una suerte de dandy chulo enredado por las buenas dotes físicas y argucias de la sureña, termina en las pampas con su último viaje y el final de su vida. Aquí comienza el misterio policial, lo intrigante por descubrir la verdad.

No obstante, si bien en cierto que esto es fundamental en Blanco nocturno, lleva una importancia más que destacada, me atrevería a decir que a la par del asesinato, el tema y el mundo recreado sobre ese pueblo sin nombre que atestigua todo lo que allí pasa, y especialmente, lo que le sucede a la familia fundadora de la fábrica más importante del lugar. Esta factoría, la cual está a un paso de caerse sobre sus propios escombros ya que de abandono lo sabe todo, está habitada –decir cuidada sería una exageración– por Luca Belladona quien ve cómo se desmoronó el sueño de tantos años de sacrificio hasta que también la muerte se lo lleva.

Hay un asesinato por resolver y mientras esto sucede, no podía faltar el preso al cual apuntan todas las culpas. ¿Chivo expiatorio? ¿Verdadero culpable de la muerte de Durán? Hay que leer y mientras avanzamos a través de una prosa clara, sencilla, el periodista de La Plata Emilio Renzi, ese meta personaje de Piglia que viene de textos anteriores según comentan los entendidos, hace lo que le corresponde: indaga, pregunta, intenta descifrar el misterio, mientras nace el litigio más importante de la región por la empresa de Luca Belladona y el ya famoso caso de homicidio.

Blanco nocturno juega con esa ambivalencia a la cual el título se presta. Por una parte, lo prístino que refiere el color en la nocturnidad, y por la otra, eso que pudiera interpretarse también como un objetivo de caza. El texto lleva consigo además unas cuantas referencias literarias y filosóficas traídas por el autor a través de esa placentera máscara que ofrece la ficción, los personajes y particularmente Renzi, quien pudiera verse como el alter-ego de Piglia. Allí está el duro capitán Ahab de Moby Dick; está Swann de Marcel Proust; Lukács y Kierkegaard; y qué decir de los autores que leía la madre de las gemelas Belladona: Jane Austen, Henry James, Wharton, Huxley, Thomas Mann; eso sí, como bien dijo la propia Sofía mientras conversaba con Emilio: nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce. Pero esta en particular, la de Blanco nocturno, vale la pena leer. Esto es literatura de la buena.