24 nov. 2010

Las caras lindas

El conductor del colectivo en el que viajaba aceleró hasta donde el tráfico se lo permitió. Lo hizo cuando vio el aspecto de los dos tipos que querían abordar. No eran vendedores de golosinas, nueva modalidad que muchos utilizan para ganarse el dinero del día; ganarse la vida con dignidad; el sustento de sus familias; no, no eran simples vendedores. Corrieron con todas sus fuerzas hasta que lograron montarse:

-Ah! Chofer, burda e’ rata, no? –dijo el Tipo 1–. Pa’ que veas que hoy estamos de panas no te vamos a jodé.

El Tipo 1 empezó a ver a todos los pasajeros al detalle y el Tipo 2 se estampó en la puerta y no dejó, ni salir, ni entrar a nadie.

-Miren señores, pa’ mí es burda e fácil lanzar un atraco, pero ya! –tomó con una de sus manos el koala que llevaba en la cintura y dejó ver la culata del revolver–. Tan sólo saco a la muñeca que tengo aquí y hago mercado.

El Tipo 2 se reía con sarcasmo ante la charla de su compañero. El Tipo 1 siguió con su discurso:

-Pero hoy no vengo a robá a nadie; como notarán somos par de malandros, sí, somos malandros del Guarataro…queremos una colaboración que salga de su corazón…anoche nos mataron a un pana y no tenemos plata pa’ enterrarlo…hay que echarle tierra antes de que se pudra.

El Tipo 1 me veía y me veía, hasta que no aguantó la tentación y me dijo:

-Coño catire, ¿a ti como que te visitó el hampa antes que nosotros que no tienes ni un relojito puesto?

Tipo 2: -Bueno señores, a colaborá… a colaborá –dijo, dándole golpecitos a la puerta.

Tipo 1: -Catire, de pana que en el bolso ese llevas un BlackBerry…¿ah que sí?, tranquilo que hoy no vamos a robá.

Yo: -No, no tengo BB, ya me lo robaron.

Tipo 1: -Viste catire, te lo dije…Bueno, bájate con una colaboración ahí.

Yo: -Toma pues.

Tipo 1: -Coño catire, ¿cinco bolos nada más?

Yo: -Tú dijiste colaboración, además todo el mundo te está dando dos y yo te estoy dando más.

Tipo 1: -Es verdad, eres un diablo catire.

No hubo nadie que no “colaborara” para el entierro del pana de los tipos.

-Tipo 1: -Dios los bendiga a todos.

-Tipo 2: -Fino mi gente… Chofer en la parada.

Al instante, la radio del colectivo soltó la voz del gran Ismael Rivera con ese clásico de la Salsa: “Las caras lindas”.

18 nov. 2010

Bajo las hojas


Cuando vi la película Inception tuve la sensación de que al menor descuido me perdería del hilo conductor, dejaría de un lado la cohesión y por consiguiente la coherencia; casi ni parpadeé para seguir el ritmo de lo que se venía en la gran pantalla. Estupenda película valga decir. Esta misma sensación la tuve con la novela Bajo las hojas de Israel Centeno. El ritmo trepidante de la historia necesita que el lector esté allí, no tanto el mayor tiempo posible en la lectura, sino más bien, con una entrega y una total concentración. Obvio que esto sería lo ideal con cualquier libro, pero hay unos que lo demandan más que otros, y este es el caso.

Bajo las Hojas, cuenta la historia de un escritor que viaja a Londres para emprender un proyecto de trabajo, y en ella, la variedad de voces inserta diversos ángulos o puntos de vista sobre la trama en desarrollo, en donde la realidad se camufla con el tono misterioso, incluso gótico, que tienen algunos pasajes de la novela. La lectura, además, se ve enriquecida con una serie de referencias culturales que van desde películas, música, libros, mitología, entre otros.
La prosa de Centeno despunta en un evidente trabajo de depuración de las palabras, texto pulido y seguramente revisado hasta la saciedad, que cuando la trama lo requiere –y no hay de otra– una palabrota no viene mal si el contexto lo amerita. Esto, entre otras cosas, conlleva a un momento de distensión para continuar con la avalancha en que se viene la historia, con todos sus aspectos alucinantes ganados para la modernidad literaria, atravesando eso que Valmore Muñoz Arteaga llamó “un laberinto de voces”, según me comentara cuando charlábamos sobre el libro.
Otro aspecto a destacar de Bajo las hojas tiene qué ver con el tema psicológico de la novela. Pensamientos, ideas y frustraciones están allí como en una especie de diván público para que el lector deguste de los personajes y sus respectivas psiquis. El juego gracioso del particular nombre de un grupo de “psicólogos iconoclastas”: “Los argonautas Junguianos de los Últimos Días” (mormones aparte) y la feroz crítica que hace uno de los personajes, María Inmaculada antes de desaparecer, son un pequeño ejemplo del humor también presente en la historia: “Freud era una histérica, coprófaga, no salía del culo, el pene y la boca”.
Bajo las hojas tiene mucho de nuestra realidad: Referéndum, expropiaciones, devastación de estatuas como la de Cristóbal Colón, “Motorizados de Dios”, y quizás se me pasen otros ejemplos, que van de la mano de ciertas reflexiones de algunos personajes (¿o de Centeno?), como cuando Rubén Tenorio piensa: “una novela se lanza como un huevo a la sartén y se expande, se estrella, se hace tortilla”, sensación de expansión que da Bajo las hojas a lo largo de su historia.
Novela más que entretenida. Habrá que preguntarle a Israel Centeno si en algún momento temió en convertirse en Jack Torrence, ese personaje de Stephen King; saber si Julio, “ese importante y laborioso escultor tóxico”, escritor de la contrarrevolución, lleva algo de Centeno. Bien dice en la novela como llamando a la reflexión: “qué son las novelas, una gran mentira, un conjunto de intrigas, un despliegue de manipulaciones… Los relatos son como los ríos, se pueden salir de curso”.
No puedo dejar de mencionar que Bajo las hojas fue finalista en el III Premio Iberoamericano Planeta Casa de América Narrativa en 2009, y que hay otro texto que me gustaría leer del mismo autor: El complot, en donde cuenta el asesinato frustrado de un presidente, razón por la cual, fue amenazado por personas ligadas al oficialismo. Esta novela es del año 2002, hay que buscarla; Bajo las hojas, recomendada.

8 nov. 2010

Mientras escribo


El gran resumen de este libro sería: lee mucho, mucho, mucho… y escribe mucho, mucho, mucho… Escueto resumen, ¿no? Más aún de un texto de Stephen King, que por suerte, llegó a publicarse.
Lo sabroso de Mientras escribo, amén de lo que hace y cómo hace para escribir, hecho que ya justifica la compra del libro, es la introducción y su epílogo autobiográfico en donde cuenta pintorescos episodios de su vida, los cuales lo llevaron de una u otra forma a escribir. De su infancia, una historia bizarra con el caso de unas ortigas (la cual no pienso adelantar pero que espanta más que uno de sus libros); de su adultez, una que casi lo saca de este mundo y que fue en gran parte la que motivó a escribir On writing (en su título original); su alcoholismo, su adicción a la coca; el apoyo incasable de su esposa en todos los sentidos, amén de ser su primera e implacable lectora.
El lenguaje que emplea es más que directo, el que utilizaría un amigo sincero que te dice “eso no sirve”, o “dedícate a otra cosa”; o todo lo contrario, utilizando la evidente traducción española: “joder tío, eso está buenísimo”, para alentar al lector y al pichón de escritor que busca un estímulo para continuar la dura tarea de escribir.
Uno de sus principales consejos, aunque difícil de seguir en la actualidad tecnológica que nos envuelve a todos, es que se evite cualquier distracción. El verdadero escritor no debería tener ni siquiera una televisión en el lugar en donde escribe, y si es en la habitación, menos que menos. Concentración de la buena, escribir, reescribir, corregir, re-corregir, no rendirse. Vaya, es así. No hay de otra.
Mientras escribo es un libro entretenido por el tono de cercanía que le imprime el autor y que en mi caso, terminó con múltiples anotaciones y subrayados (claro, esto me pasa con todos los libros). Lo cierto es que aquí van algunas citas, no todas, para no extenderme y no dejarles sólo el lomito presto a ser devorado; no, desmenuce usted ad libitum, de seguro hallará otros cortes tan o más interesantes como los que aquí les dejo.

“La escritura es pensamiento depurado. El que haga una tesis y le salga igual de organizada que una redacción de instituto sobre el tema “Por qué me excita Shania Twain”, que sepa que lo tiene crudo”.
“Una vez destetada del ansia efímera de tele, la mayoría descubrirá que leer significa pasar un buen rato…la desconexión de la caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la escritura”.
“La narrativa consiste en descubrir la verdad dentro de la red de mentiras de la ficción, no incurrir en fraude intelectual por amor al vil metal”.
“Escribir un libro es pasarse varios días examinando e identificando árboles. Al acabarlo debes retroceder y mirar el bosque”.
“Escribir narrativa, sobre todo larga, puede ser un trabajo difícil y solitario. Es como cruzar el Atlántico en bañera”.
“Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo, enriquecer la tuya”.
“Estar casado, entre otras cosas, significa emitir el voto decisivo cuando el otro no sabe qué derrotero tomar”.

3 nov. 2010

Marketing para libros

Lo que no se exhibe no se vende, estoy de acuerdo. Viejo adagio aplicable a cualquier producto. Incluso desde tiempos inmemoriales, pero sin ir más atrás del año 0, puede decirse y así lo atestiguan millones de feligreses e iglesias en el mundo, que Jesús supo exponer muy bien sus ideas cristianas para que veintiún siglos después, sea una de las religiones más seguidas.

También puede hablarse de la carne, la que se come y la que se disfruta, perdón por el pleonasmo (si ven el punto): la primera, jugosa y apetitosa exhibida en los mercados desde todos los tiempos para capturar la atención de los compradores; la segunda, más allá de las –y “los”– mercaderes del placer (idem, desde todos los tiempos), también en la actualidad es aplicable al descomunal número de féminas que se entregan al bisturí para aumentar sus volúmenes. Inciso: ¿qué sentido tiene operarse y no mostrar, no enseñar un poquito? Lo que no se exhibe no se vende.

En cuanto a los libros, la cosa va más o menos en el mismo sentido. Usted llega a la librería y lo que está en el anaquel principal es lo que le llama la atención, más allá del género, más allá de lo que usted esté buscando. Lo ve por que está allí dándole la bienvenida y hasta –porque no– le echa un vistazo.

Cuestión de Marketing, sí señores, aplicado a esa cosa, a ese objeto que está allí como entretenimiento, como pasatiempo, como pasión, como delicado refinamiento y buen gusto. El libro, ese pequeño bloque de hojas que ahora puede verse exhibido en un estante mientras uno se entrega a la tediosa cola para pagar la compra en el supermercado y en cadenas de farmacias; también los hay en lugares menos tradicionales como peluquerías, restorantes y lobbies de hotel.

En este divagar, giro en sentido opuesto al monitor, hacia el lado en donde están apiñados mis libros (sería vulgar llamarla biblioteca) y veo el lomo de algunos libros; sin mucha escogencia y conservando el tema cabalístico que me lleva al trece, transcribo sus títulos y unas alocadas sugerencias de puntos de ventas. Quién sabe, tal vez a alguna editorial le pegue la luna y se decante por probar. Marketing, tedioso pero necesario Marketing.



Puntos de venta sugeridos para algunos libros:


1. El mundo según Cabrujas, compilación de Yoyiana Ahumada, en donde sea, lectura obligatoria.
2. La enfermedad de Alberto Barrera Tyska, hospitales públicos.
3. Crímenes (también del autor anterior), en el retén de la Planta.
4. Lluvia de Victoria de Stefano, en cualquier lugar de la ciudad.
5. Intriga en el Car Wash de Salvador Fleján, tiendas de autoperiquitos y en donde lavan carros por supuesto.
6. El último fantasma de Eduardo Liendo, sería perfecto en la entrada del Capitolio.
7. Puntos de sutura de Oscar Marcano, centros de salud y belleza.
8. Un vampiro en Maracaibo de Norberto José Olivar, en la Cruz Roja y en las iglesias.
9. Piedras lunares de Fedosy Santaella, como es algo difícil salir de la tierra, pudiera ser en el Planetario Humboldt (¿todavía existe?)
10. La gran guía ilustrada del Whisky de Alberto Soria, ¿hace falta decir en dónde?
11. La otra isla de Francisco Suniaga, en cuanto peñero sea posible y en las oficinas de Conferry.
12. La huella del bisonte de Héctor Torres, en liceos.
13. Bajo tierra de Gustavo Valle, en el Metro de Caracas.




1 nov. 2010

Esperando a los bárbaros


Bárbaro Coetzee, bárbaro. Y no es que sea alabancioso porque sí. No. Es que realmente sus libros lo merecen. Esperando a los bárbaros no fue la excepción a las demás lecturas que hiciera de este escritor. Si hay un elemento común en todos los libros que he leído, me atrevería a decir que es la manera tan descarnada con que se acerca a eso tan etéreo como lo es el espíritu humano, no para contarnos de sus bondades, sino todo lo opuesto, lo oscuro y tenebroso que puede llegar a ser.


Un viejo magistrado se ve en la obligación de atender un puesto fronterizo. Allí comienza a atestiguar las terribles situaciones de las cuales son víctimas los presos, hecho que se le torna más complejo y traumático al no prestar su cooperación a un oficial. En alguna parte dice: “sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero”.


Con el tiempo, el viejo magistrado cuyo objetivo principal era mantener los intereses del imperio en la frontera, comienza a desvirtuar sus funciones cuando entabla una extraña relación con una mujer de los “bárbaros”. Ésta, joven y ciega, le va contando a cuenta gotas sus penurias y la manera como quedó sin vista. El noble magistrado, en un acto de misericordia, le lava los pies para aliviar sus penas, las físicas y las espirituales; corta sus uñas; pasa de una pierna a otra con un espumoso jabón hasta que el sexo llega a ellos.


En su afán de acabar con veinte años de injusticias sobre los bárbaros, el magistrado emprende una larga y dura expedición hacia lo desconocido a través de un paisaje inhóspito, pensando que entregando la mujer a su gente, conseguiría la paz entre los dos pueblos beligerantes. Después de la traumática aventura y ya de regreso al lugar de donde no debió partir, comienza un nuevo suplicio para el magistrado al ser considerado un traidor, y en consecuencia, es puesto en prisión. Así llegó su miseria y el hambre tenaz que casi le da muerte: “Quiero volver a estar gordo, más gordo que nunca. Quiero oír el gorgoteo satisfecho de mi panza cuando cruce mis manos sobre ella, quiero sentir cómo se hunde mi barbilla en la mullida papada y cómo se me bambolea el pecho al caminar. No quiero volver a pasar hambre”.


Esperando a los bárbaros es un libro que se puede leer en cualquier momento y bajo cualquier perspectiva política, en donde el imperio y su hegemonía, es el punto de atención para el análisis de la lectura: “los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular…sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe…la inteligencia oculta de los imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir”. La lectura de este libro, como la mayoría de los libros de J. M. Coetzee, impacta por su manera implacable de contar las cosas, como si estuviera allí, como si fuese él mismo el protagonista.