19 jun. 2012

Caracas muerde


Así es la vida,
así, así de ilógica,
de irónica, de drástica.
Luis Enrique

Y no sólo muerde. También blasfema y escupe; engaña y aturde; y como si fuera poco, al mejor estilo venezolano y particularmente caraqueño, “menta la madre”. Así es Caracas, una ciudad que puede ser el escenario perfecto para cualquier película violenta, de esas en la que participan tipos duros como Chuck Norris, Steven Seagal o Jean-Claude Van Damme, pero con un reparto de actores que sin costo alguno para la producción, te hace el trabajo gratis en las calles.  Caracas muerde es un libro de crónicas o retratos citadinos que difícilmente funcione como estímulo turístico a cuanto foráneo quiera venir a la ciudad que vio nacer a Bolívar, pero que sin duda alguna, sí funciona como el espejo perfecto para ver lo que somos en la actualidad: un maremágnum de crudas situaciones, que por dantescas, a más de uno le puede resultar mera ficción, incluso para aquellos que aún viviendo aquí han pasado ilesos ante tanto atropello, tropelía y un sin fin de penurias que nos regala la capital. Que lo diga el cantante de salsa Luis Enrique que bajando las maletas del taxi frente al hotel Eurobuilding, lo asaltaron –a él y a su manager– un par de malandros en moto.

Héctor Torres nos cuenta, narra, está ahí, tal vez como testigo, narrador omnisciente o protagonista, pero esto es lo de menos, lo demás es saber y reconocer que todas y cada una de las treinta historias que trae libro, son factibles, reales y aplicables a más de un lector que de seguro se verá identificado en cualquiera de éstas. El autor, con pluma afilada, recrea entre vagones del Metro, en un colectivo destartalado o cruzando cualquier avenida, los cuentos que a diario son el pan nuestro de cada día. Yo soy uno de esos lectores –primera persona incluida– que halló un espejo perfecto en estas páginas, puesto que en Caracas si el hampa te besa el ombligo y quedas vivo, debes dar gracias a Dios y a todas las vírgenes juntas. Tal como dice el autor: “A Caracas no se la habita, se la padece”. (Para que vean que no les miento lean luego aquí http://palabrasyescombros.blogspot.com/2009/04/se-va-robar-mis-juguetes.html ).

Lo cierto es que Caracas muerde es un texto que usted puede abrir al azar para entregarse a la lectura desde cualquiera de sus páginas sin que esto afecte la coherencia total del mismo. La ciudad que nos relata el autor, si bien es cierto que resulta áspera y temeraria, llama sin duda a la reflexión de lo que somos y cómo somos. No hay intención alguna a través de lo narrado, hacer un canto panfletario de superación o autoayuda, no; hay un simple deseo de contar lo que está a la mano de quien narra, con un lenguaje preciso y en términos estéticos, depurado, característica que se destaca sobre todo si se está contando episodios que de gratos no tienen absolutamente nada, más en una ciudad en donde al parecer, sólo las guacamayas disfrutan de plena libertad cuando atraviesan Caracas sin miedo alguno y cuyo escándalo, se transforma en una suerte de burla para quienes las vemos pasar en colorido y franco vuelo. El clásico cliché de “cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, aplica a la perfección en Caracas muerde, y con Serrat de fondo mientras escribo estas breves palabras, me doy cuenta que entre el catalán y Torres hay sólo una vocal de diferencia: Serrot. Anagrama aparte, lo invito a la lectura, eso sí, póngase algunos dedales para que le duela menos la mordida.
PD. Así es la vida Luis Enrique.

6 jun. 2012

Desde Perucho Infante hasta Pedro Contreras


Toda historia tiene un comienzo, algo que da pie al desencadenamiento de las acciones. Por trivial que parezca, hay hechos que por simples resultan ser el detonante de una historia. En Si yo fuera Pedro Infante, ese elemento es un ruido molesto, una alarma de un vehículo que no para de sonar. Así comienza esta obra en donde Eduardo Liendo, coloca como protagonista a un personaje que por simple, termina transformándose en uno de los ídolos musicales más trascendentes de todos los tiempos: Pedro Infante.
 
Perucho Contreras es ese hombre que más allá del brazo roto producto de alguna desventura desconocida, se siente y se piensa como “el ser más desamparado del planeta”  y lo único que se le ocurrió para consolar sus miserias, fue imaginarse como ese ícono de la música ranchera y posteriormente latinoamericana: “Dios mío, si yo fuera Pedro Infante”. Entonces salta la pregunta obligada: y si lograra serlo, ¿pararía el estruendoso sonido de la aguda alarma del automóvil? No, obviamente que no.

La imaginación de Perucho Contreras comienza así a explorar la infinita cantidad de posibilidades que es estar en los pantalones de un ídolo que se mantiene en el tiempo. En este sentido, todo le resultaba fácil, pues con guitarra, alguna botella de alcohol y una noche despejada y repleta de estrellas, le sería suficiente para emprender ese largo camino ocurrente e imaginario.

Liendo drena de una manera magistral la voz de Perucho con una sutileza tal, que de ser ese Contreras anónimo (como lo sería cualquier Pérez o Rodríguez), pasa a ser Pedro Infante y ni cuenta nos damos.  Revive sus inicios musicales cuando su nombre no decía nada en la conciencia del colectivo y cuando afirmaba que “el silencio es la mayor humillación para el artista”. Liendo pone a soñar a Perucho, pero éste a la vez sueña lo que Pedro Infante anhelaba ser antes de consolidarse como artista popular destacado en México y más allá de sus fronteras.  No obstante, vivir esta fantasía no le impide recordar cada cierto tiempo quién es en realidad: “Porque esta maldita corneta nunca va a parar y ni siquiera puedo entretejer ociosamente una historia de insomnio”. Y se da esa simbiosis Contreras-Infante con claro pero agradable desparpajo: “Todavía ahora, apartando el ruido, puedo ver sus piernas fulminantes”, dice Infante, mientras recuerda a la muchacha más bonita del barrio. Así que dentro del texto, ambos personajes se fusionan y llegan a ser uno solo.

Si yo fuera Pedro Infante, es un texto que está lleno de musicalidad. Las rancheras que en los tiempos de gloria entonó el recordado cantante, se pasean por la obra en un claro acto evocativo que trasciende las fantasías de Perucho para convertirse en un homenaje a una época y evidentemente a la imagen de Infante, a pesar que en determinado momento de la novela y casi en un tono peyorativo, éste dice: “Mi repertorio era el de un romántico trasnochado, cantaba valses y boleros dulzones que los turistas bailaban a medio dormir  entre el piso y la cama”. Pero más allá de esto, las dos voces que Liendo transforma en una, siempre hallan el momento para recordar el tiempo real de la ficción en que se está relatando: “...esta infame corneta no puede impedir que esta noche me transmute en el mito de Pedro Infante (mi opuesto), mediante una alquimia de los sentimientos, e inventar una existencia que, por momentos, parece la suya pero que me pertenece cabalmente, puesto que soy yo quien la sueña, yo quien la nombra”.

Es importante destacar que la historia revela una idolatría que trasciende lo individual. Perucho Contreras es el conductor de un sentimiento que se transforma colectivo; se torna en la voz que se multiplica a través de la gente común y silvestre, la misma que madruga día tras día para ir a cumplir con sus oficios o empleos. Recordemos que el mismo Perucho es una suerte de empleado público que cataliza sus pesares a través de la noche, la misma noche de su insomnio repercutiendo en la nocturnidad de Pedro Infante, esa en donde la mayoría de los cantantes construyeron su imaginario de ídolos, unos rotundamente exitosos y otros sin pena ni gloria.


El cine tiene también su cuota de valor dentro de la estructura ficcional de la novela. “Escuela de vagabundos”, “El inocente”, “Tizoc”, entre otros clásicos del cine mexicano, también están allí presentes como un elemento aspiracional más dentro del imaginario de Perucho que ya es colectivo. Como bien dice Pedro Infante: “Los otros, aunque nos quieran, siempre nos miden por sus aspiraciones, y a casi nadie le gusta marchar cuesta arriba”. Luego más adelante dice: “...cuando luego han dicho que mis películas son fantasía, pienso que la mayor fantasía fue mi propia vida”, y es la que Perucho Contreras toma prestada para soñar e imaginarse otro, desdoblarse  a través de una historia que considera exitosa, para paliar la ingente cantidad de fracasos que cualquier humano pueda tener en su historia de vida, desde el fracaso amoroso hasta el profesional. Tal como lo dice textualmente Perucho: “Sustituir al héroe en una noche de insomnio, mientras una corneta real nos devora la cordura”, para luego complementar tajantemente: “Inventar nuestra propia ficción”.

Perucho Contreras se transforma en un ídolo; un personaje que desde el más crudo pragmatismo nadie conocerá con las dotes de un cantante famoso como lo fue Pedro Infante, pero que en su fantasía cobra una voz distinta y se desdobla, llegando a unir su factible penuria económica con la de Infante: “Uno quiere torcerle el cuello a la miseria para no ser esclavo de los cien pesos de alquiler de un cuarto”. Pero el texto va más allá de los símiles que a la vista saltan con evidencia. También hay un melodrama intrínseco a la vida de la gente más humilde; la misma que día a día vive con la esperanza de un mejor mañana, esa que representa Perucho con su fantasía nocturna de charro famoso, donde “ese desdoblarse en la vida de su ídolo, convierte a la noche y al hastío, en la saudade de una alteridad que prolifera en la medida en que ella sirve para afrontar la suerte de la verdadera realidad”[1].

Sorprende que un texto como Si yo fuera Pedro Infante, fuera escrito por un autor venezolano, más aún en un país como México en donde sobran plumas de alto calibre literario y cultural. Ahí la grandeza del escritor, en este caso, del maestro Eduardo Liendo, que seguramente transfirió su pasión por la música ranchera, y particularmente por la de Pedro Infante, a un Perucho Contreras que como se dijo al principio, pudiera ser cualquiera. Es así como lo popular, y en este caso la música popular, trasciende esa barrera imaginaria que limita con lo académico y la música culta; barreras que siempre estarán supeditadas a los gustos particulares de quienes tienen el poder de catalogar dentro de un canon cultural, bien por el poder que les da un estatus social o un estatus económico. Empero, dichas barreras poco a poco se han ido limando con el tiempo, aunque siempre dejando un remanente que raya más con la necedad de quienes ostentan el poder dentro del mundo “cultural”, que con argumentos contundentes para no hallar elementos educativos y culturales en lo popular: “No se trata de una incorporación de lo popular en la llamada música culta, sino también de unas elaboraciones desde lo popular que posibilitaron el desdibujo de las fronteras... El surgimiento de las categorías “culto” y “popular”, y su compleja interrelación, constituyen objetos centrales del análisis cultural de la relación entre música y sociedad en la modernidad”[2].

Dentro del imaginario del texto, también se da el espacio pertinente para que Perucho Contreras (más cercano aquí a la voz de Liendo que a la de Infante), recorra lugares que años atrás eran de su habitual visita. Así aparece el  cine Royal, el cine Jardines, la Plaza Miranda, el Coney Island o la sempiterna Iglesia Santa Teresa en pleno centro de Caracas; o recuerde nombres como los de Alfredo Sadel, Susana Duijm o Chelique Sarabia. Si yo fuera Pedro Infante es una novela que a pesar de su brevedad, presenta de principio a fin un personaje que se camufla, que se esconde imaginariamente en medio de una noche ruidosa y cuyo postura camaleónica, nos lleva de paseo hacia el pasado para descubrir en la ficción, la vida de un ídolo que no podía morir de otra manera: trágicamente.

El intercambio de apellidos que intitula estas breves palabras, no es más que el juego propio que se da a lo largo del texto, “porque Perucho Contreras es el gran artífice de los mimetismos, de las imposturas, de la invisibilidad”, se dice a sí mismo en pleno soliloquio mientras la interminable madrugada extiende sus horas; Perucho disfruta de su “insatisfecha mitomanía”, porque además, “...el verdadero ídolo de Perucho Contreras, no es otro que Perucho Contreras. Todo lo demás, no es más que un pretexto para pensarse a sí mismo”. La construcción de la ficción va desde ese yo interno del personaje hasta el viaje virtual de una vida llena de música, cine, y que va construyendo el mito que hoy día conocemos como Pedro Infante. No obstante, hacia el final de la obra, el anónimo personaje salva su honor cuando tajante sentencia: “Después de todo, tampoco está mal ser Perucho Contreras”, alguien que puede llegar a ser en tan solo una noche, un ídolo, un cantante famoso o sencillamente, Pedro Infante.


[1] González Silva, Pausides: La música popular del Caribe hispano en su literatura. XI Edición Premio Fernando Paz Castillo, Fundación CELARG, 1996. Página 25
[2] Quintero Rivera, Ángel: Salsa, sabor y control. Siglo XXI Editores. 1998. Página 350

1 jun. 2012

Que de ti quede el verbo preñado



Que de ti quede el verbo preñado
Mustiamente entre sus vocales azules
irán naciendo palabras de acero
las mismas que ríen
las mismas que lloran
No serás más que un amasijo de implacables segundos
¡Oh, Cannabis Sativa, a dónde le has llevado!

Descepa de su paladar cualquier rastro divino

Descorcha las estrellas y sírvele sus luces
para que iluminen su vientre

No sois más que humo raído
Lagrimeas
Gimes
Pero sigo aquí
palpando su rostro olvidado
su ficción
su estela nublada de labios
su risa endeble colgada de andamios
Esperándole
taciturno
casi fingido
con dos muros disfrazados de párpados
con dos serpientes transformadas en piernas
y un pecho cosido con arena de mar
Que de ti quede el verbo preñado