21 dic. 2013

Encomiendas en Verde que me muero

La noche comenzaba a extender sus sombras…
y los ojos verdes brillaban en la oscuridad.
Gustavo Adolfo Bécquer


Desde la portada, Verde que me muero, novela de Jason Maldonado, advierte que la soledad es un punto fundamental en la trama. La hermosa chica sola, sentada sobre la valija, hace pensar en el abandono, en la espera por alguien que nunca llegó, pero también remite al exilio y al recuerdo de todo aquello que se dejó tras la partida. La chica se encuentra frente un puente, no obstante, la perspectiva lo hace ver como una especie valla sólida en su intrincada estructura de metal, como un vaticinio de que no hay salida. Ella mira hacia lo alto con los ojos verdes que encadenaron a Tony, y tal vez recuerda con Leopoldo Marechal que, de todo laberinto se sale por arriba.

Foto: Mónica Guevara @monikabella

Jason Maldonado combina con soltura dos épocas: la década de los años setenta con toda su historia de libertad, sexo, drogas y rock and roll, que seguía el pacto con la libertad invocado por la diosa del rock Janis Joplin, y el segundo período del año dos mil con sus calamidades y la seriedad instalada en los protagonistas, antes jóvenes, convertidos por el paso del tiempo en señores con más de medio siglo de vida. El autor utiliza varios registros de un lenguaje vital y desenfadado para condimentar la historia con coloquialismos y modismos intercalados en el discurso formal. Los visajes experimentales que subyacen en la obra contienen su dosis de denuncia y crítica, pero ambos temas están subordinados a un segundo plano.

Verde que me muero articula sentimientos, tanto femeninos como masculinos, que a veces se contraponen y otras fluyen como correlatos perfectos de pasiones envueltas en la locura y los deseos. Esta suerte de desdoblamiento emocional de los personajes se aprecia con fuerza en la complicidad y desacuerdos entre madre e hija, y entre padre e hijo. El entrecruzamiento de planos va desde la euforia producida por las drogas hasta la depresión por los desencuentros. El punto cardinal de estos cruces está marcado por el absurdo que representa la partida de la Auristela, arrastrada por un motivo que en una primera lectura parece irracional. Sin embargo, al tomar en cuenta el marco histórico e ideológico de los años setenta signado por la toma de conciencia sobre el rol de lo femenino, que retomó las premisas de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, y el existencialismo de Sartre resumido en la frase: La vida es una pasión inútil, se comprende la situación y la posición  asumida por Auristela.


Jason Maldonado inserta imágenes atormentadas, pero también imbrica el humor que se mantiene en toda la trama. La narración transcurre entre varios ritmos que van desde el rock, hasta la cadencia de los boleros y entrevera, brevemente, música caribeña. Verde que me muero está contextualiza entre Maracaibo y Caracas, dos ciudades tan importantes como las dos mujeres que dejaron huellas transcendentales en la vida de Antonio: un fantasma de ojos verdes como un mar, que encuentra su doble en Mariana La Rocca, la vecina que también tiene ojos verdes y brillantes como estrellas furtivas, dispuesta a compartir sus caricias en la solitaria cama de Antonio, porque para ella la libertad no está supeditada a la soltería ni a la negación de la maternidad. Para Mariana los delirios de la soledad son un combate de esgrima a los que jamás se les debe permitir que penetren en el corazón, y se refugia en su imagen, en la piel como metáfora que la une con el mundo y con el cuerpo de Antonio con su verde simbolizando las pasiones vivas y latentes aun en la vida como un estornudo.

20 dic. 2013

Resumen de lecturas 2013

La palabra clave es “agradecer”; agradecer a tu todo o a tu nada; a tu vocación, al entendimiento y —también— a la suerte. A los amigos de siempre, a los viejos y a los nuevos; a los que entraron en tu vida para instalarse y a los que se tomaron un café y de manera inexplicable se largaron; a las fuerzas poderosas que hacen que siempre te muevas, tal vez a un punto incierto, pero con ánimo efervescente; a los dioses de uno, los de otros o a la ausencia de éstos, pues la importancia de hacer el bien en este plano, no es cuestión de demiurgos, sino de ser buen ciudadano, nieto, hijo, padre, hermano, compañero y amigo.



Agradecer como símbolo de humildad, porque hay hilos invisibles que mueven las cosas, no sé cómo, pero la intuición me dice que es así, y si estoy equivocado, qué demonios, estoy en mi derecho a equivocarme, a errar, a un hundir la suela de mi zapato en el fango que algún día será piso firme. Agradecer por las bendiciones recibidas en forma de niño, salud, trabajo, esperanza, radio, libros, metas, música, gente, sonrisas y también —debo decirlo— a la incertidumbre, al fracaso, la rabia, la impaciencia, la frustración y al miedo, porque de ellos se aprende tanto o más que de las victorias.

Agradecer a Lesbia Quintero por publicar Lunar de viento y a Roger Michelena por publicar Verde que me muero, mis dos primeros libros. Como lo dije en la presentación de L.D.V. “hay gente extraña  en el mundo”. Agradecer al 2013 que me recibió en la orilla del mar, embalsamando todo lo que hice y lo que aún está por hacerse. A los tres gatos que leen este blog, por obsequiarme parte de su tiempo para leerme. En fin, aquí les dejo mi resumen de lecturas 2013. No pude reseñar todo lo que leí. Múltiples y variopintas ocupaciones, como buen venezolano que se precia, me lo impidieron. Tampoco voy hacer trampa colocando lecturas en curso que terminaré en enero 2014, ni lo haré con libros de teoría a los cuales vuelvo por una u otra razón. Gracias queridos libros, amigos silentes que no se quejan por nada, que me permiten resaltarlos, marcarlos y provocarles sutiles esguinces en las esquinas; también le agradezco a Scarlett Johansson por la invitación a su boda (me pidió que no revelara la fecha todavía); a Woody Allen por el privilegio de invitarme a la función privada de “Blue Jasmine”; a Lars Von Trier por su insistencia para que fuera al rodaje de algunas escenas de "Nymphomaniac" y a todos los poetas y narradores venezolanos —vivos o trascendidos— por el legado literario. Sumar lectores es restar balas.  A todos ustedes, namasté.
(¡Bueno, ya!).


1. Chulapos Mambo,  Juan Carlos Méndez Guédez

2. Juventud, J. M. Coetzee

3. Pequeños mandamientos,  Beatriz Calcaño

4. Respiración artificial,  Ricardo Piglia

5. Bonsái, Alejandro Zambra

6. Trilogía de Nueva York, Paul Auster

7. Los ídolos a nado, Carlos Monsiváis

8. El arte de la fuga, Sergio Pitol

9. El mago de Viena, Sergio Pitol

10. Poesía y suicidio en Venezuela, Miguel Marcotrigiano

11. El animal moribundo, Philip Roth

12. Nunca más Lili Marleen, David Alizo

13. Todos vuelven,  Ángel Gustavo Infante

14. Catalina de Miranda, Xiomary Urbáez

15. La segunda y sagrada familia, Inés Muñoz Aguirre

16. El palacio del llano, Juan Carlos Zapata

17. Hojas de romero, Miriam Marrero

18. Cartas para Floria, Joaquín Marta Sosa

19. Breviario del ocio, Carmen Rosa Gómez

20. Cubagua, Enrique Bernardo Núñez

21. La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra

22. Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

23. Estar solos, Andrés Neuman

24. Nosotros todos, Manuel Acedo

25. Las mujeres de Houdini, Sonia Chocrón

26. Trilogía de la memoria, Sergio Pitol

27. París no se acaba nunca, Enrique Vila-Matas

28. Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, Michèle Petit

29. Sobre la lectura, Marcel Proust

30. Rating, Alberto Barrera Tyzka

31. La maravillosa y breve vida de Oscar Wao, Junot Díaz

32. El contador de arena, Ignacio Yepes Beltrán

33. Zombis, rinocerontes y la verdad en psicoanálisis, Carlos Márquez

34. Perdidos en Frog,  Jesús Miguel Soto

35. Procedencia desconocida, Antonieta Benítez

36. Las topias de la invocación,  Leoner Ramos

37. Polvo de hormiga hembra, Yoyiana Ahumada

38. Blandos, Gabriela Rosas

39. Historias de mujeres perversas, Marianne Díaz

40. Al fijo del reloj, Richard Sabogal

41. Ajuar funerario, Fernando Iwasaki

42. La biografía difusa de Sombra Castañeda, Marcio Veloz Maggiolo

43. Fuera de tiesto, Armando Rojas Guardia

44. El contador de arena, Ignacio Yepes Beltrán 

45. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante

46. Herida o la claridad del deseo, Francisco Arévalo

47. Desde el balcón, Carmelo Chillida

48. Verde que me muero, J. Maldonado

11 dic. 2013

Verde que me muero: un cepillado de papel

Tres días después que llegara a mis manos la novela Verde que me muero, escrita por Jason Maldonado, decidí que este libro merecía más que mi sonrisa al terminar su lectura.



Confieso que al principio el título me pareció muy osado. La portada, bastante colorida, le hace justicia a una historia envolvente que rinde homenaje a la particular idiosincracia zuliana.
Una frase se repite a lo largo del libro, como un estribillo:
“La vida es una especie de estornudo en el universo”

Y como los estornudos, las vidas de los personajes se estremecen con más o menor fuerza, que me recuerda el efecto mariposa. Vida y muerte van de la mano en saltos temporales que abarcan tres décadas de angustia, y más allá.  De la mano del narrador, viajamos a la década de los setenta para mezclarnos con un grupo de amigos y sus idilios, o nos encontramos en el presente inmersos en la mente aguda de una divorciada que le hizo la guerra al tiempo.  Esta mujer es una heroína, que tiene bien afinadas las cuerdas entre el cerebro y el corazón, y cual felina en la sabana africana, avanza con paciencia hacia su presa. La picardía en su dosis correcta.

Por tiempos, hay un coqueteo con la novela negra que se agradece. Un acontecimiento definitivo en la historia invita a la reflexión. Se nos coloca de jurado en una sociedad cada vez más violenta, donde la necesidad mella los valores.

Al llegar al final de la novela, comprendí que no había mejor forma de llamarla. Verde que me muero es un libro bien estructurado, que se presenta con un lenguaje fresco sin caer en lo superfluo. Recomendado.


 “I want more...yeah”

Publicado originalmente en http://cafebombon20.blogspot.com/ 

6 dic. 2013

Un lunar que es una lámpara. Por Gabriela Rosas.

Uno se levanta para tropezar con la memoria, con el ruido que somos y dejamos de ser. Uno se levanta para tropezar, porque vivir es sobre todo eso. Este mes de noviembre la moneda cayó del lado de la suerte y tropecé con Lunar de viento.



Lunar de viento, de Jason Maldonado (2013), es una publicación editada por la Fundación de Estudios Literarios Lector Cómplice que se agradece desde la portada hasta el último verso.

Este libro es como entrar en una morgue, ver un cadáver y tratar de identificar de quién es el cuerpo, para darse cuenta de que es inútil, el cuerpo que yace tendido es el de cada lector, ese cuerpo es de uno y es el de Jason Maldonado, y aún respira.

Uno abandona a dios, no viceversa. El posible ahorcado en estas páginas se bebió todo el veneno disponible en algunos de los rincones de su cama, que es la más íntima de nuestras casas, y logró salvarse. Luego anudó con cuidado y respeto la soga, pero la dejó abandonada por “un brillo último que se niega a morir”.

“Soy un veneno punzante”, “un simple copular en el silencio”, nos dice. Durante la lectura, la soga es el silencio que nos toca celebrar.

En este poemario hay lecciones que lo increpan a uno, como llaves; uno no sabe si va a salir o va de entrada para siempre en este libro, y eso es maravilloso. Lo es también darse cuenta de que este poemario es un espejo donde nadie se reflejará con el mismo rostro dos veces. Uno lee y las pestañas se aferran a la vida, es imposible cerrar los ojos, no leer hasta el último verso. Uno quiere mecerse en su cadencia hasta el final.

Desde el comienzo la ciudad ocupa los pasos del poeta, que se asume en tránsito. Y, como todo iniciado, el poeta ofrenda sus versos a los cuatro elementos de la naturaleza y rinde tributo a sus ancestros, porque somos ellos, la sangre se nombra en presente, y esto lo sabe todo aquel que transita por el camino del medio.

Hay que decir muchas veces algo para lograr nombrarlo. Así ocurre con el dolor, este libro duele, te levanta, tiembla en las córneas; así es como se logra, así es como se hila este poemario. Así se sobrevive. En Lunar de viento toda reiteración es existencia.

Jason Maldonado dice lo que duele, lo que da frío, lo que pasa de largo y lo que se queda, y uno recuerda a Lope de Vega, a Cavafis, a Pizarnik, entre otros, mientras avanza en su lectura. Se agradece el plus, lo leído, lo que trae consigo el poeta, todo lo subterráneo y la fineza del lenguaje.

El libro es también el de un cazador, presa a voluntad de las pasiones, y otras por azar, como todo lo ciertamente humano. Es el álbum de fotografías de un sobreviviente, como lo somos todos.

En este primer poemario publicado de Jason Maldonado, ocurre todo lo antes dicho, ocurren la vida y sus estallidos, ocurre también el poema como una llama, se funda el hambre y el asombro ante un verbo que se atreve a encenderse.

Este libro es una lámpara. Paso el testigo.

23 nov. 2013

LDV

LDV por Joaquín Ortega:

Una clasificación no es un descanso, es un sumario de fallos emocionales y decisiones conscientes que afectan al nombre, a las imágenes, a los epígrafes, al papel, al tipo de letra. Es decir, el mundo libro se abre un instante para permitirnos ser, por un día, una ración de su menú, una porción de su método cruzado. 
En Lunar de Viento de Jason Maldonado vemos a un fisgón sorprendido y aterrizado: el deseo en alusiones, el dolor en cuadros, la página en blanco como parte del compás.  Todo está sacudido por lo físico, tras el bastidor reptante de una ciudad inhóspita. Lunar de Viento construye un  lugar, en donde el final -por mano propia- rebasa a las voluntades sensibles... a los vecinos intoxicados de alarma, y que van y vienen, entre las fronteras de una creación que los punza y los sofoca.
Estas páginas vivas, en reconocimiento a los idos, nos recuerda que hay poetas a los cuales se les desbanda una luz gris por el balcón, y por eso la persiguen, y la luz gris los arrastra hacia una caída que jamás cesa, ni en el sigilo de los comentarios ni en la rancia olla de grillos de las calumnias. 
En estos poemas hay vida y ausencia y rabia y tristeza y lujuria y reposo…
En Vudú, Jason Maldonado, plena el presente con realidad y buen despecho: 
“tus golosinas, tus frases melindrosas, tentáculos de la trampa…eres un triste remake de una película de espanto y miseria, el cine en tu boca suena a mentira”
Lunar de viento también es un arbotante sutil a la intervención de los que pudieran irse: no los dejemos solos… 
Así que, no nos queda sino leer abiertos a la tormenta interior, a los muertos vivientes que no zombis, si no a estos espectros intermedios que roban la inercia a tantas certitudes, y que nos recuerdan que el acontecer poético es un éxodo subterráneo entre mundos, que hacen -más de una vez con buen tino- solo algunos hombres y mujeres que germinan para el sueño.   

22 nov. 2013

Hoy bautizamos lunares





Entrevista en La hora verde con Joaquín Ortega

3 oct. 2013

Lunar de viento

El cariño siempre se agradece. Es esa muestra sincera de la gente que está ahí, en físico, palpable. Pero también están los virtuales, los que se protegen más allá del muro de las redes sociales. Algunos siempre de  incógnitos y otros que dan el paso al contacto, a la piel. Gente que te consigues en las librerías y cuando menos te lo esperas te dicen "yo soy @tal..." . Me ha pasado muchas veces, no por lo que escribo, sino por esa pequeña ventana en la radio que se llama Librería Sónica: "la voz es tu tarjeta de presentación" me dijo la vez que conocí a una tuitera. 
Hoy ya existe mi primera publicación gracias al empeño de Lesbia y Alberto. Ese tipo de gente extraña que aún apuesta a la poesía, cuyo riesgo se multiplica aún más cuando se trata de un desconocido. Las muy pocas veces que comparto lo que escribo si de poesía se trata, lo hago con mucho celo, porque no hay nada más difícil, sublime y complejo que lograr unos versos que le saquen chispas a los ojos del lector. A esto le sumo la incertidumbre eterna de hacerlo en un país donde hay muchísimos y grandes poetas (incluso más que moto-taxistas). Recuerdo que el día uno le envié el manuscrito a Lesbia dada su insistencia y el día dos me estaba llamando para decirme "hay que publicarlo, pero ya". Pensé, "qué exagerada", en esa reacción natural que me define como eterno inconforme con lo que escribo. El gancho real, lo que me convenció a la publicación, fue que captó el leitmotiv principal de estos lunares a primera vista, como si se tratara de un dictado musical en el que descubrió la clave y la melodía de cada nota. Me dije entonces que el trabajo estaba hecho y el largo proceso de maceración después de un poco más de tres años, había culminado. 
Mi agradecimiento a este Lector Cómplice por semejante osadía. Entro en una fuerte contradicción conmigo mismo, en un dilema, al pensar entre presentar o no el poemario: no hacerlo es lo que quiero, pero la parte terrenal, fría y mercadotécnica, me dice que sí debo. Como le dije a Lesbia: Jasón lleva ventaja porque él es quien escribe y no le interesa; pero yo, Yeison, es el que tiene que dar la cara y hacer lo propio tal como si estuviera frente al micrófono de su programa de radio. En todo caso, ella dirá (me desentiendo lo más que puedo) cuándo será la cosa, sí, la cosa, para tomarnos un vinito y develar estos lunares. 

Namasté.

Lunar de viento es un despliegue de imágenes que aviva el Fuego, como una tierna cornisa de azufre elevando sus llamas hasta calcinar la bisutería que adorna la superficie. La imagen del calor esencial se presiente intensa, como una fragua donde se talla cada poema, a veces con dolor. Jason Maldonado nos muestra al poeta como intermediario entre la imagen poética –realidad psíquica insondable– y el lenguaje, atanor donde se consume la alquimia de la palabra. En este poemario, de profunda resonancia filosófica, nos adentramos en un universo de correspondencias (algunas estremecedoras) que se desprenden como estalactitas de cada poema.

Hay un pulso complejo en la estructura funcional y en la cadencia poética, una invitación y al mismo tiempo, una lucha soterrada contra el signo fatalista que sella la palabra. No obstante, el ritmo y la armonía envuelven y conducen hacia otros visajes de matiz ontológico implícitos en los versos: Dios, lo otro que se oculta en nosotros, los simulacros, el desencanto, la forma de soñar el mundo, y sobre todo, en la dimensión honda, erótica, vital que se intuye en la fenomenología de la imagen.

En Lunar de viento, la indagación que late en cada poema muestra la potencia y las visiones sobre cauces oscuros de la contingencia que permanecen larvados en la incertidumbre. Jason Maldonado transmuta imágenes que remiten a estadios profundos donde las reflexiones se remontan y dejan en su vuelo fulgores, destellos del latido esencial de la poesía que, a veces en su fugacidad, se puede entrever como un Lunar de viento.

Tomado de 

16 sept. 2013

Carril 8

La pista estaba sola para mí, fui el primero en llegar hoy. El agradable clima era producto del fuerte aguacero de la noche previa y el azul del cielo comenzó a imponerse apenas despuntaron las saetas doradas del sol. Los charcos que bordean la pista son inmensos, lagunas en las que beben unos diminutos pajaritos amarillos, que en su vuelo, parecen más un enjambre de abejas que una bandada de aves. Decir que “fui el primero” es todo un éxito, lo que no resulta nada fácil, sobre todo cuando uno es el menor de la partida en un lugar en que la mayoría de la gente —da la impresión— es de la cuarta edad (no de la tercera): ochenta y cinco por aquí, ochenta y dele por allá, uno que otro muchacho de setenta, y así. La verdad es como sentirse un bebé que gatea.




Voy por mi carril 8 de lo más inspirado, “Wherever I may roam” sobre todo cuando apenas llevas tres vueltas a la pista. Sé que es en la quinta cuando empiezo a sudar y a sentir los efectos, pero apenas inicio la cuarta. Comienza a llegar la parranda de simpáticos y atléticos abuelitos. Muchos de ellos me levantan la mano en señal de saludo y yo hago lo propio como si mi gesto les pidiera la bendición (como es tradición en Venezuela a pesar de que me dejé de eso hace más de veinte años). Una de las Joyner ochentosa me dice algo, supongamos que “buenos días mijo”, pero “Gimme fuel, gimme fire, gimme that which I desire” no me dejó escucharla. Así que respondí “Buenos días, ¿cómo está?” y seguí de largo.


Veo que un nutrido grupo ya invade la cancha, que en su mayoría, va por los carriles 5, 6 y 7, caminandito de lo más chévere. El carril 8 ya está ocupado por cuatro bebés (incluyéndome), dos de ellos que siempre me dejan el pelero (siempre, insisto), claros profesionales de la carrera y una bebé con unas piernas de piedra que siempre me humilla pasándome por el lado al doble de mi velocidad y me saca una y hasta dos vueltas (siempre, insisto otra vez). Ella le hace señas a una joven de unos sesenta y pico de años, y me figuro que le dice que se pase al otro carril que es para caminata. La respuesta gestual es de rechazo e indiferencia.  Ya el sudor acusa el esfuerzo de mi cuerpo, “I can't remember anything, can't tell if this is true or dream”, sólo quería mantener mi ritmo y a medida que lo hacía, me acercaba a la protagonista que caminaba por el 8. Justo la canción va terminando y el fade out deja un breve silencio que me permite escuchar. Osadía de mi parte: Señora, la pista 8 es para trotar. Respuesta: camino por donde me da la gana. 


Quedé perplejo ante semejante respuesta. Noté que el grupo de personas que iba por el 7 reaccionó también por el comentario. Por esas sincronías inexplicables de la vida arranca “The unforgiven” con ese maravilloso arpegio de Kirk Hammett, a la par que se multiplican mis pensamientos con el episodio de hace segundos, mezclándose con ese pastiche personal de lecturas, correcciones, escrituras, responsabilidades laborales y proyectos que están por concretarse. La palabra “civismo” se me atornilla con cada paso que doy al ritmo de la batería de Lars Ulrich. Los tres carteles gigantes que bordean la pista con las normas de uso, se me antojan una broma pesada, como una pancarta dentro de una comedia bufa, una tomadura de pelo para hacernos sentir a los usuarios dentro de un marco de orden y organización.  


Así el país, grosso modo. Lo que es un hecho minúsculo lo termino proyectando a sus variopintas posibilidades y semejanzas: se puede comprobar en el canal “rápido” de la autopista en donde cualquier conductor “porque se le da la gana”, va a velocidad de hombrillo; cualquier situación de irrespeto en el Metro de Caracas (si ejemplifico no termino nunca) y ni hablar de comentarios y acciones que emanan del gobierno, que como paradigma de nuestra sociedad, debería ser integrante y conciliador. Sabemos que aún estamos lejos de que esto sea así (entra “Master of puppets” siguiéndome el juego). 


La meta está cerca, me esfuerzo un poco más en la última sprintada y marco la duodécima vuelta que pone fin a mi rutina matutina (me disculpan la rima). 5k logrados con esfuerzo (pariendo, a decir verdad), pero lo logro y me siento bien. El sedentarismo propio de la oficina hay que combatirlo. He comprobado que las veces que escucho Metallica mientras troto, bajo de tiempo, y en ocasiones, hasta me hace recorrer más distancia. Cada vez que llego a la meta pienso en Murakami (¿por qué será?). Camino, me relajo, estoy hiperventilando. A la distancia veo que el vigilante habla con la “señora” que me soltó de cuajo semejante respuesta, ambos detenidos en mitad del carril 8. Acelero el paso  y escucho esto:
—Señora, el carril 8 es sólo para trotar, ¿pudiera pasarse al otro?
—Pues me disculpa, el carril 8 es de todos, que se pasen ellos...



“Ellos” éramos ya unas seis personas que estábamos en la misma línea de trote. Pensé que la señora tenía una severa confusión entre el canal del Estado y la pista de trote, que mientras más se presume “de todos”, más se evidencia la mentira. Las normas en el país parecen un adorno de bisutería barata.  La sincronía del universo sigue su curso, así como cuando un nombre que hasta hace poco te era desconocido y ahora lo hallas en cada página y lo escuchas a cada rato, Metallica hizo lo propio con su “Sad but true”, triste pero cierto: el civismo, ser ciudadano en estos días, parece una excentricidad de una banda de rock.

5 sept. 2013

Hoy

(La misma fecha, 5 de septiembre, pero hace cinco años, publiqué este intento de poema):



Tus labios
tan sólo me dejan el apócope de un beso
lo desmenuzo
lo administro
lo estiro
me arropo con él a lo largo de la semana

ya van
meses
años
y sigo esperando el resto que no llega
el aféresis lacerante
que complete tu nombre

sigo esperando
mientras aquella reminiscencia de piel
aún abraza mi boca.

23 ago. 2013

Ajuar funerario

Cuando era niño mi monstruo favorito era Drácula. Más allá del masoquismo que la frase implica, lo que obviamente quiero decir es que nada me aterrorizaba más que el vampiro, pero no me perdía una de sus películas en sus diversas versiones. Al terminar de leer este espeluznante libro, Ajuar funerario de Fernando Iwasaki, reviví justo el tema de mi miedo al vampiro de Transilvania y recordé el ritual de mi abuela colocándole dos velas todos los lunes a las siete de la noche a las “ánimas benditas” (no a Drácula) tal como ella las llamaba. Lo que nunca entendí fue el hecho de que las colocara en el baño (¿será que eran estíticas y aquello las ayudaba en algo?). Pero el cuento viene al punto porque si había algo que también me asustaba, eran las sombras danzantes que salían alargadas desde el baño quedando justo en mi ángulo visual desde mi cama. No les quitaba la vista, como si con aquello hubiera evitado que alguna sombra se metiera en el cuarto.


Todos tenemos cuentos de terror y misterio que contar. Unos más que otros. En las fiestas de adolescente lo más importante era coronar con una chica o chico (dependiendo de las apetencias) en medio del baile y si no se era diestro en materia de cortejo, para eso estaban las fábulas de ultratumba: para llamar la atención. A mí lo único extraño que me sucedió, tendría unos 14 o 15 años, fue una madrugada en que la sed me obligó a levantarme por un vaso de agua y estando en la cocina, se prendió la licuadora. Así mismo, solita. Vi cómo el potenciómetro giró a ON. Desde entonces me acostumbré a dormir con mi vaso de agua al lado.

Hoy mi hijo tomó el Ajuar funerario y empezó a leer en voz alta. Fue increíble ver cómo su rostro cambiaba de expresión a medida que avanzaba en su perfecta lectura. Su cara de asombro me hablaba de la sorpresa que aquellos textos producían en él. Al finalizar cada uno correspondió la necesaria aclaratoria de todo ese mundo literario y fantasmal que Iwasaki domina a la perfección. Luego vino la frase «Papi, hoy no voy a dormir» y mi consecuente respuesta «Sí dormirás. Deja explicarte». Prefirió entonces que fuera yo el lector después de su petición: «Lee tú y pon esa voz que pones, la de misterio». Disfruté cómo se metía en la historia, mérito absoluto de Iwasaki en esa brevedad alucinante que te atrapa. Posterior a ello vino una frase que solté vía tuiter: «Papi, qué aterrador ese cuento. Léeme otro».


Cada uno de los relatos de este libro te asombra, te impacta. Sabes que estás dentro de un juego literario repleto de terror y misterio, y aún así, precavido como se supone que debes estar, te conmocionan por igual desde el principio. Los finales también te mueven el piso y resultan tan inesperados como escalofriantes. Ajuar funerario ya va por su sexta edición (por algo será), así que si tienen la ocasión de leer este libro, háganlo. Ahora bien, cierro y justifico  la divagación sobre el cuento de mi infancia, empalmando con el epílogo que el propio Fernando Iwasaki hace sobre su libro. Si los relatos resultan terroríficos, más creepy es lo que cuenta de su infancia y el entorno que propició en el niño, que muchos años después, escribiría Ajuar funerario. Todo tiene sentido y al terminar de leerlo, uno se dice: “con razón”.

21 ago. 2013

Un país a los coñazos

La ventaja de escribir en un blog es que publicas lo que se te venga en gana sin un editor que te diga “Hey, quita esa palabra”. No obstante, hay dos tabloides que pudieran publicar un título como ese sin mayor vergüenza (no los mencionaré), lastimando el lenguaje, y peor aún, “hablándoles” a ese público objetivo o potenciales lectores, como si no fueran capaces de poder entender en un idioma, no digo exquisito, pero sí menos ramplón. Así que “un país a los coñazos” sería el sinónimo soez a lo que dijera en su momento el maestro Cabrujas (salvando la obvia distancia) y si me permiten hacer la clara metonimia de la parte por el todo, de una Caracas-País de “mientras tanto y por si acaso”.

La frase se me estampó impertinente desde el amanecer cuando leyendo las noticias, quedo asombrado (vulgar tautología en Venezuela, la de asombrarse) por el caso de la enfermera que murió a causa de la golpiza que le dieran dos mujeres días antes. Una de veinte y otra de veintidós años, que no conformes con agredirla brutalmente, perforarla con una jeringa por varias partes del cuerpo como si le inyectaran jugo de naranja a un pernil, la lanzaron escaleras abajo. ¿Por qué? Porque les llamó la atención ya que estaban haciendo mal uso de un ascensor. Esto sucedió en la maternidad Concepción Palacios (lugar en donde nací, valga la cuña). Pero esta brevísima crónica estalla cuando a final de la tarde, usé el Metro en plena hora pico (otro concepto absurdo si consideramos el perenne abarrotamiento de los vagones a la hora que sea).

La imagen de la enfermera apaleada volvió a mi memoria en medio de versos que por períodos del año, me atacan inclementes para que los vierta sobre el papel en plena madrugada. Pensaba en ello cuando dos voces masculinas conversaban lo de la enfermera, nunca les vi las caras, yo estaba de espalda. Veníamos tan apretujados que pensé «si este carajo se mueve un poquito más, me preña». Afortunadamente eso no pasó. Como puedo tomo la foto que ven aquí y luego el cosmos hace lo suyo: coinciden las palabras, se sincronizan con el pensamiento y van a dar con la patética escena que ahora les refiero entre un mar de gente tratando de salir y un mar de gente tratando de entrar:

Ella1: Coño deja salir, no me empujes.
Ella2: Te empujo porque (Hoy) se me da la gana.
Ella1: Si eres animal.
Ella2: Animal será tu madre pedazo e …

Y acto seguido Ella2 le lanza un gancho de izquierda que va a parar directo al mentón de Ella1.  Le calculo a la agresora más de cincuenta años y a la agredida un promedio similar. Así que ambas están en su ring.  Ella2 se le abalanza encima y se aferra a la cabellera de la mujer. Por un instante pienso que forma parte de la nueva secta (no se le puede llamar de otra manera) que ahora aterroriza a cuanta melenuda anda por ahí. El cuadrilátero improvisado se formó entre la raya amarilla (“el límite de su seguridad”) y la entrada al vagón. Ella2 con la misma mano que ahora tiene un largo mechón de su agresora, le arranca la blusa a Ella1 dejando al descubierto dos senos depauperados y lánguidos. Al fondo veo a Bolívar —mal llevado por Valero, según comentan algunos— promocionando su propia película (tengo que verla) en una pancarta andante que cuelga de un muchacho que ve el espectáculo. La señal del cierre de puerta se activa pero el par de fieras se revuelca en el piso mientras algunos hombres intentan separarlas. No pueden. El parlante chilla por la policía en el andén “dirección Propatria” y yo aprovecho el maremágnum para escapar por los espacios vacíos que dejan los curiosos.

Reflexión: en un país en donde los diputados —me disculpan que insista con el término— se caen a coñazos (es que suena sabroso y duele cuando es contigo); se insultan a diestra y siniestra sin importar que te vean por televisión a nivel nacional, qué puede pedírsele al ciudadano común que ve en sus “elegidos” por voto popular semejante ejemplo.  Es como el padre que le dice al niño que no pelee en el colegio, pero le cae a palos al pobre carajito por un quítame esas pajas. A esto debo sumarle que ahora estallan algunas refinerías en el oriente y el occidente del país, lo cual no es poca cosa; se inundan las avenidas porque revientan las tuberías de agua o porque la lluvia inclemente hace lo suyo (en esta ciudad mea un zancudo y todo colapsa), entre otros avatares que ya conocemos de sobra y que vienen a redondear la suma de nuestros problemas.

Inquieta que después de tanto petróleo —una suerte de maldición—, el país se caiga a pedazos (que rima además con el término en cuestión). Duele, este caos duele. No hay partidismo que justifique esta debacle. No hay que ser de un bando o del otro para darse cuenta que el camino transitado hasta ahora estaba errado. “Hoy da” indignación vernos en una titánica lucha de unos contra otros; “Hoy da” rabia ver que la corrupción cabalga a rienda suelta y en la asamblea se pelotean el sustantivo como papa caliente; “Hoy da” pánico ver como el periodismo es arrinconado por un contrincante que es tan venezolano como uno. El país está tan golpeado como las dos mujeres del metro y se parece mucho a aquel mítico combate narrado por Miguel Thoddé entre el venezolano Betulio González y el mexicano Miguel Canto  (ojo, cultura popular, yo no había nacido): “—¡Pega Betulio! ¡Vuelve a pegar Betulio! ¡Sigue pegando Betulio! ¡De nuevo pega Betulio! (...) Señores, se cayó Betulio”.
Así está Venezuela.

15 ago. 2013

El síndrome de la escalera mecánica

Estimado y curioso lector (y lectora), la pregunta de rigor que usted se está haciendo es lógica y pertinente. En las siguientes líneas osaré en explicarle en qué consiste esta suerte de “demencia tropical”. En días recientes me la diagnosticaron, pero no por la escalera sino por otras razones que a nadie le interesa (sólo a mí y a... bueno, y a...). Esta patología se puede detectar con frecuencia en las principales ciudades del país, aunque tal vez tenga ribetes internacionales pero ello no me importa. Vivo aquí. Como posiblemente está leyendo en la comodidad de su casa u oficina, a través de su móvil (teléfono inteligente, pues)  o pc, dudo que esté ingresando en una escalera mecánica en este momento mientras lee (aunque se han visto casos, muchos). Y aclaro que la escalera es válida para todo género, no hay  “escalero” para el uso exclusivo de los machos, no; es “es-ca-le-ra” para tutti li mundacci.

Decíale pues y le propongo, cerrar sus ojos, párpados abajo y hacer una profunda exhalación: vacíe su cerebro (cero instinto suicida, es simbólica la cosa), libérese de esos pensamientos que lo atormenta, de los productos que tiene apresados en la aduana, de las carpetas cadivi, de si le aprueban o no la visa gringa; del marido que se fue y del que está por venir (no “porvenir”); de la que no te para ni medio aunque le hagas malabares sin pedir propinas; relájese y olvídese de que ahora se le hará más pelúo vender su carrito usado para comprarse uno de agencia (menos todavía); no piense en la lista de útiles escolares ni en los uniformes, como tampoco debe hacerlo sobre cambiar a su prole de institución (suerte de tormento); elimine por un momento del lóbulo frontal al abusivo del piso de arriba (o de abajo) que coloca reguetón y vallenato todos los días y a cualquier hora, o que repite hasta el hartazgo la cancioncita de Mark Anthony cuyo coro dice “Vivir mi vida, y la-la-la-laaa (la-la-la hostia). En fin, la lista es infinita. Suelte las taras como si estuviera haciendo un ejercicio zen (zen-tado).

¿Sí? ¿Listo, lista? Bueno, así queda la gente cuando ingresa a una escalera mecánica: vacía. Se le borra la memoria, se pierden en el limbo, quedan en otra dimensión y no saben qué hacer, pa’ dónde van. Fíjese en ese detalle, no es mentira. Apenas salen de las escaleras mecánicas se frenan sin importarles la gente que viene detrás —también alelados, obviamente—, creando el efecto bowling en donde los recién salidos son arrollados por los hipnotizados usuarios que vienen escalones arriba, que por razones aún no determinadas en términos científicos, es en ese momento que empiezan a “pensar”, a preguntarse qué hago, a dónde voy, dónde estoy, si me quedo en ese nivel o voy al otro; si es a la feria de comida o a otro local comercial. Un buen consejo es no decirles nada si usted no es afectado por este síndrome y se tropieza con ellos al salir de la escalera, puesto que despertar de sopetón a un alelado es peligroso —como dicen que sucede con los sonámbulos—, ya que puede ser víctima de mentadas de madre, o el clásico “ese no es tu peo”, o “me paro donde me dé la gana”. El curioso y fugaz proceso de contaminación tiene la ventaja que dura poco, tan sólo el trayecto que los lleva de un piso a otro. Algunos especialistas afirman que el contacto con los polímeros con los que fabrican los pasamanos, son los causantes del “Síndrome de la escalera mecánica”, el cual genera un vaciado o lapsus mentis que genera el breve olvido. Tal vez la fugaz contaminación incluya alucinaciones, aún no comprobadas, de ondulantes brazos que salen de los costados de la escalera que pretenden arrancarle a los usuarios partes de su cuerpo o en su defecto —cosa que parece que sí sucede—, los recuerdos,  la memoria inmediata y hasta la motricidad, imagen similar a la que se ve en la película de Polanski, “Repulsion”,  que intentan atrapar a la espantosa actriz Caterine Deneuve en un angosto pasillo de la casa (la ironía se entiende, supongo).


El “Síndrome de la escalera mecánica” es una afección que nos puede tocar a todos. Cada vez que se suba a una, no se relaje, no; piense, piense mucho, ya que es la única manera de que cuando se baje de ella, tenga claro qué va hacer en su vida y con toda esa caterva de problemas que lleva en sus millonas, sorry, millones de neuronas. Con ello también podrá evitar los improvisados círculos sociales que no consiguen mejor lugar para reunirse que a la salida de la escalera, incomodando y entorpeciendo la libre circulación de las demás personas, estén desconectadas o no. No se detenga inútilmente, no perturbe el libre tránsito de los cuerpos ya que más temprano que tarde, usted podrá ser contagiado por esta rarísima y extraña pandemia, quedando muy mal ante los ojos de los demás y ser arrollado por alguien que sí sabe a dónde va. 

12 ago. 2013

Ciudad santuario

Hay ojos que emanan ternura
y hay ojos de inmenso dolor,
ojos que en noches oscuras,
viven de amarguras
y desolación.
Rubén Blades

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…», dijo el cura y mientras mi abuela bajaba a su fosa eterna, dos bandas se empezaron a caer a plomo; plomo cerrado, del bueno… Sonidos secos y repetidos: “pac-pac-pac”. Muchos se lanzaron a la tierra humedecida por la lluvia en medio del entierro; yo, absorto viendo cómo bajaba la caja de madera, ni me movía. Un primo se me abalanzó encima para que también mordiera el polvo. Pero no pudo conmigo. Lancé una rosa a la par que los sepultureros la tierra al hoyo. Miré a la distancia los chispazos, los “pac-pac-pac” se hacían más lejanos y por más que quería soltar las lágrimas, no pude (lo hice tres días después que muriera la abuela, mi abuela).


Hace veinte años de aquello. Caminar por el Cementerio del Sur no es fácil. No sólo porque en ese tiempo ya se tenía que lidiar con los malandros, sino porque también debíamos pisar lápidas ajenas para llegar hasta los nuestros (curiosa manera de llamarlos cuando ya no están). Hermosas imágenes de ángeles, vírgenes y santos estaban allí decorando el silencio; el catálogo de cruces era el pertinente canto apologético dedicado a Jesús; el santuario colectivo en donde cada quien recuerda a los suyos, le reza a los suyos o le reclama a los suyos (¿por qué no?), parece haberse expandido más allá de sus límites sacros.

“Con los santos no se juega” dice Lavoe en la canción; con los muertos tampoco, esto lo aprendí desde chiquito, por intuición —y miedo, por supuesto—. Sin tocar el tema religioso, siempre etéreo, complejo, subjetivo y pare usted de contar, la muerte, esa ineludible parte de la vida, nos llegará a todos. Hay quienes la lloran, pero otros la bailan; otros rezan y otros se caen a curda (o  "ambas dos" en el caso venezolano). La variopinta cantidad de “reconocerla” o aceptarla da para mucho.

Pero, ¿por qué la cháchara sobre el cementerio y la muerte? Porque Caracas toda, toda Caracas, mi ciudad, se me antoja un santuario, ergo, “Ciudad santuario”. No hay calle, avenida, pared, muro, adoquines, balaustres, dinteles, ventanas, cornisas, etc., que no tengan  la imagen de su entrecejo, de sus ojos. No lo voy a mencionar, ustedes saben de quién les hablo.  Al menos los lugares que frecuento o recorro en mi día a día, sirven de lienzo para mantener presente su imagen. Y si así es aquí, supongo que será la misma historia en el resto del país. Aclaro que estas palabras no van con intenciones políticas, la verdad que el tema por antonomasia ya termina en náusea, pero es inevitable tocarlo aunque sea de pasada y que las arcadas hagan acto de presencia.

A donde quiera que uno mire está él, viéndote y no precisamente con ternura o con expresión conciliadora. No. Me gustaría ver las paredes, abandonadas o no, pero las paredes, sus colores y los grafitis de los chamos que andan en esa onda (unos aceptables y otros deplorables en términos estéticos); o una frase de amor aunque tenga errores ortográficos. Uno se siente perseguido por un espectro del más allá o como el Big Brother de Orwell que a donde menos te lo esperas aparece, o como aquel perrito, Drupi, con capacidad de apariciones interplanetarias. Insisto, lo que realmente quiero reclamar, mejor dicho, exigir o implorar para mi ciudad, es la limpieza de sus calles, avenidas y fachadas; limpiar este impresionante ataque de acné que tiene Caracas con tanta propaganda política. Y esto es de bando y bando, del oficial y el opositor, no es excluyente, los involucra e implica a todos: a los amarillitos que tiene tomados cada poste de luz y a los rojitos que se apoderaron de cuanta edificación existe. Que la gente use sus franelas con los ojos, que peguen sus calcomanías en sus carros, están en su legítimo derecho. Pero una cosa es la decisión individual de transformarse en una valla publicitaria andante, y otra muy distinta, a que los lugares comunes a todos, los espacios públicos, sean tomados a discreción para venderte una u otra tendencia.  Más de uno dirá, “es que estamos en campaña” a lo que respondería, “tenemos quince años en campaña” y la propaganda política no desaparece, se queda ahí insistente como si fueran luces estroboscópicas empecinadas en alelarte. 

Esto no es nuevo, antiguos presidentes ya en su último año de gobierno aún tenían afiches por doquier ofreciendo sus bondades y promesas electorales. Es así. ¿Cuesta mucho limpiar? Uno va a otros países de Latinoamérica (habrá sus excepciones, obviamente) y no ve ni un sólo afiche del gobernante en pleno ejercicio ni de sus oponentes. Ves las respectivas banderas en donde obviamente tienen que estar, pero no aquel afán publicitario por eternizarse pegado a una pared. Por favor limpiemos la ciudad. Se me ocurre que es más importante esto que cambiar el himno de Caracas o de darle asilo a Snowden. El cuentico aquel de que somos la “sucursal del cielo”, con el cual me soplo la nariz —por no ponerme escatológico—, se quedó corto, porque ahora somos “Ciudad santuario”.

P.D.
Los invito a ver este video de los maestros Les luthiers

7 ago. 2013

Que inporta!

"La incoherencia del discurso depende de quien lo escuche".
Paul Valéry, en Monsieur Teste.

Que inporta heste istante de fugas felisida o lo inverosímil del mundo. Hestamos haqui herrando a plaser sin inportar nada mas. Se que te tengo i no te tengo. Que respiro i no respiro. Heres el hensueño del bervo kantando hen la forma y sin hembargo nada inporta. Para ser onesto cual zeria el provlema de todo hesto. Cual hes la diferencia si de higual forma hentiendo, o mejor haun no hentiendo. Los controles que controlan. Las halmas ha donde van. La istoria es real mente is toria. Inporta lo que no importa. Lo que nada muebe. Lo que no existe. Aveses inporta la teknolojia por zobre el onvre: entonces para ke preocuparnos. Detayes presiozos para el zer hamado: ai gratitu. Inporta leer i hescrivir vien. La helocuensia es hinprecindivle en siertos momentos para zurjir. Ke inportante hes lo ke hinporta. Konprar havarca un gran zektor de nuestros pensamientos porke heyos lla son la konpra hen zi. Bender rresulta desconosido porke somos la benta misma. ¿Hel corason inporta a cazo? Bamos a donarlo hen huna zacristía he horopel para vriyar sin vriyar. Hel yanto zera mi dulse. La zal zera miel y la miel zera zal. Kada hojo mirara por zu cuenta dentro de huna turvia liverta y komo si fuera poko lo ke importa zeguira sin hinportar.

6 ago. 2013

Hablar solos

Ella es Elena, una perra.
Él es Mario, su esposo convaleciente.
Lito, es el hijo de ambos. 


No es ningún juicio de valor personal puesto que Elena se reconoce así misma como una “perra” (en alguna parte lo dice, ¿o me lo inventé?), “soberbia y puta”, una “deshabitada” —calificativos textuales— que no necesita amor. Es, de estos tres personajes, el que más me gustó, por descarnado, por sincero, por humano. La voz de una mujer que sufre el estado terminal de su esposo, pero que aún necesita pasión, sexo; es una mujer que habla de sus orgasmos con una franqueza deliciosa y para complacer esta necesidad instintiva, animal, está Ezequiel, el médico tratante de su esposo, ese que le hace ver en sí misma lo que más nadie ve: “Eso es fundamental en la cama con un hombre. No lo que yo vea en su cuerpo: lo que él logre que yo vea en el mío”.

Hablar solos de Andrés Neuman es una estupenda novela que llama a la reflexión, a pensar en el tema eterno de la vida y la muerte; a la enfermedad como el boleto inevitable —anticipado o no— a otra instancia inaprensible. Mario es el portador de ese ticket inesperado y por ello trata de aprovechar al máximo su relación con Lito, su hijo de diez años con el que viaja a bordo de Pedro (el camión), sorteando carreteras en medio de las fantasías del infante que se aproxima a la adolescencia y de la cruda realidad de su padre cada vez más enfermo; un hombre que ya postrado en una cama de hospital, siente mancillada su dignidad: Entran, salen, te cambian esto, lo otro, no sé ni qué me ponen, ya ni les pregunto, es humillante, sólo me faltan los pañales... Desde el día en que te dan el diagnóstico, el mundo se divide inmediatamente en dos, el grupo de los vivos y el grupo de los que van a morirse pronto. 

Una de las partes más sublimes de la novela es cuando Mario aconseja a Lito sobre qué hacer y qué no hacer en la vida para que sea medianamente feliz (una página entera que no voy a transcribir), de lo que cualquier padre le diría a su hijo en esa situación tan próxima a la muerte: Diviértete, ¿me oyes?, cuesta mucho trabajo divertirse, y ten paciencia, no demasiada, y cuídate como si supieras que no siempre vas a ser joven, aunque no vas a saberlo y está bien...

Crisis y miserias humanas retratadas en una novela breve pero profunda, narrada en un tono que sólo se logra gracias a la voz confidencial que genera el monólogo de cada uno de los personajes: desde sus perspectivas, desde el dolor y el miedo de cada uno.  Elena, una gran lectora, va reconociendo sus dilemas y contradicciones en muchos libros que pasan por sus manos, entrando en un conflicto moral con lo que fue y ahora es, teniendo muy de cerca la inminente muerte de su esposo; Mario, se entrega a su destino fatal pero en ese devastador proceso hay espacio para reconstruir en sus pensamientos lo que fue su vida, aprovechando, además, hacer un último viaje por carretera con su hijo de copiloto. 

Algunas frases célebres de Elena:

A veces tengo la sensación de que la maternidad es un agujero negro... 

Pero un hijo es también una alcancía. Por muy interesado que pueda sonar, una deposita en él su tiempo, sus sacrificios, sus esperanzas, confiando en que en el futuro produzcan gratitud... 

Entonces tengo unos orgasmos que me estiran los límites de la vida. Como si la vida fuese un músculo vaginal... 

Cuando se muere alguien con quien te has acostado, las caricias que hiciste sobre su piel cambian de dirección, pasan de presencia revivida a experiencia póstuma... 

La familia es un animal carroñero...

17 jul. 2013

París no se acaba nunca

Muchos autores lo han hecho, utilizar a su favor el nombre de grandes escritores o artistas para enriquecer sus líneas. Pero en el caso particular de Enrique Vila-Matas, hacer confluir en un mismo libro a Sollers, a Kristeva, a Barthes, a Pleynet, entre otros escritores para abreviar la referencia, es sencillamente magistral. Es algo a lo que ya nos ha acostumbrado, así que es imposible no mencionar la imaginaria trilogía de la literatura como objeto que se da entre El mal de montanoParís no se acaba nunca y Doctor Pasavento. Con mi habitual atrevimiento, yo transformaría esto a tetralogía incorporando de primero en el orden anterior a Bartebly y compañía.


Más allá de la opinión particular y agregándole más combustible a la incorporación de memorables escritores a la obra, en París no se acaba nunca el personaje principal, tal vez un Vila-Matas desdoblado, o un alter ego ficticio, tiene por casera a Marguerite Duras, quien en una cuartilla contentiva de trece puntos fundamentales le dice qué se necesita para escribir novelas, y además de esto, sueña con ser el doble, tanto en lo físico como en lo literario, de su ídolo Ernest Hemingway. Por eso la obra comienza con el concurso de dobles del laureado autor en el que el protagonista se anota (barba postiza incluida), y juega con los títulos  París era una fiesta del Nobel, y París no se acaba nunca de este otro Vila-Matas que no pierde ocasión en mencionar (¿o promocionar?) una de sus primeras novelas: La asesina ilustrada. La reconstrucción de la historia, de París... se da a través de una conferencia que el protagonista da a razón de dos horas diarias durante tres días continuos versando sobre el tema de la ironía.

Pero, qué hace tan atractiva a París no se acaba nunca. Después de unos cuantos libros leídos de Vila-Matas, el tópico resaltante es esa mezcla de novela, autobiografía novelada y ensayo, que precisamente envuelve al lector en la duda —la placentera duda— de saber qué es verdad y qué es mera ficción, más todavía si se tiene claro desde el principio, que las antípodas entre realidad y subterfugio, no importan. Creemos en lo que leemos y ya, tal como aceptamos como verosímil o increíble que Marguerite Duras le hubiera rentado una simple y fría buhardilla en París. Amén de esto, lo cinematográfico también está presente en el libro, recordemos que Duras fue guionista de cine y en la obra en cuestión, el personaje principal queda deslumbrado por una —para entonces— desconocida Isabelle Adjani; se dan situaciones al mejor estilo de Boris Yellnikoff, el personaje principal de la película de Woody Allen “Si la cosa funciona”, que en lo primeros minutos interactúa —o intenta hacerlo— con los asistentes a la sala de cine. Aquí sucede algo similar cuando el narrador hace lo propio con una mujer que asiste a la conferencia.

Haciendo un osado paralelismo, París no se acaba nunca se parece mucho —aunque el orden sería inverso— a “Midnight París” de Allen (a quien también se menciona en el libro), donde van apareciendo grandes poetas, narradores, pintores, entre otras personalidades, que hacen de la historia un grato coctel de imágenes que hacen fantasear al más impertérrito de los lectores. Pero es que el personaje principal —un poeta frustrado, valga decir—  está indeciso entre ser Hemingway o Thomas Mann, pero en lo que no cabe duda es que apuntaba muy alto en sus aspiraciones de simetría literaria, sin dejar de titubear y reflexionar sobre el quehacer literario, por ello uno de los temas que también lo obsesiona es el de la verosimilitud, “algo que a los verdaderos novelistas les hace sudar la tinta más oscura”.


Ese escritor principiante inmerso en la novela, reconoce al final que fue a París sólo por dos cosas: una, para aprender a escribir a máquina, y dos, para recibir “el criminal consejo de Queneau”, un tip fundamental para hacerse escritor. Obviamente, no se los diré. El personaje piensa, reflexiona, elucubra situaciones en la que consigue su propia grandeza literaria, aunque a cada instante sienta el fracaso besando sus mejillas. No obstante, se defiende ante los lectores cuando dice que “la ficción siempre ha sido ficción y hay que creer en ella cuando aparece con gracia”.  La realidad y la ficción, como dije líneas atrás, es lo de menos. Nos dejamos llevar por esa “gracia” disfrutando de la palabra. París no se acaba nunca pero esta reseña, sí.

10 jul. 2013



Para todos los que somos de una y otra manera promotores culturales, y sobre todo promotores de lectura, este libro se me antoja fundamental para ir en aras de hallar más luces sobre ese divino, extraño y subjetivo proceso con el cual nos acercamos a —más bien, nos metemos "en"— un libro. Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, recoge las conferencias dictadas por Michèle Petit en Argentina —tanto en el marco de la Feria del Libro de Buenos Aires (2000) como fuera de ésta—, en las cuales expone sus investigaciones sobre el proceso de lectura. Si bien es cierto que la autora reconoce su etnocentrismo por estar sus estudios focalizados en Francia, la lectura como proceso cognoscitivo e intelectual rompe cualquier frontera que se le ponga en frente. Así que aquellos sentimientos de alegría, tedio o terror de un niño francés por acercarse a un libro, no dista mucho de uno que esté en Buenos Aires, en Caracas o en cualquier lugar del mundo.

La autora defiende el gusto por la lectura, lo cual resulta obvio, pero no deja de admitir que este hecho que a muchos fascina y les demanda buena parte de su tiempo, no es la panacea para hacer de la sociedad, de la vida misma, algo mejor. Esto siempre ha sido  punto de discusión en los círculos académicos y fuera de éstos, y por ello se pregunta cuál es la utilidad de la lectura, y sobre todo de la lectura literaria. Esto se corresponde también con un libro que reseñé por aquí, La literatura como exploración de Louise Rosenblatt, en donde el tema del acto de lectura siempre llama a la reflexión y se destaca el valor y la importancia que cobran todos aquellos que fungen como “iniciadores” al momento de incentivar o recomendar libros.

En Lecturas: del espacio íntimo al espacio público el centro de atención es el lector, independientemente de su cultura, raza o credo; cómo llegan hasta él los libros, quiénes son los mediadores y cuáles son los intereses particulares de quienes leen. Petit insiste que la lectura es una “experiencia irremplazable” y que uno de los factores primordiales —y difíciles— es que dicho lector o lectora, se gane el respeto por su gusto particular hacia los libros y la lectura, sobre todo si vive en medios hostiles, de bajo interés por la cultura y en donde el acto de leer puede ser visto como algo inútil, débil y tonto. Bien dice que “la lectura no es conciliable con el gregarismo viril ni con las formas de vínculo social en las que el grupo tiene siempre primacía sobre el individuo” (p.37), lo cual contribuye precisamente a que el acto de lectura sea considerado por algunos como un hecho transgresor; lugar en donde cada quien evoca, consigue y se adueña de su propio espacio, pasando por encima de cualquier interés colectivo.  Virginia Woolf, citada por Petit, dice que la lectura es “una habitación para uno mismo”. Mejor imagen, imposible.

Hasta qué punto la lectura modifica el pensamiento del lector; cuáles son aquellos libros que pueden generar mayor impacto en los lectores... Las respuestas a estas inquietudes como a tantas otras, consiguen en el libro no un respuesta definitiva, pero sí una aproximación muy acertada en cuanto al acto de leer, sin dejar de lado y parafraseando a Petit, a los lectores que nunca llegan vírgenes a un texto, pues existe siempre un precedente ineludible que tiene que ver con la experiencia de vida, personal, de cada quien. Se da ese famoso pacto de lectura, pero en donde “el lector no consume pasivamente un texto; se lo apropia, lo interpreta, modifica su sentido, desliza su fantasía, su deseo y sus angustias entre líneas y los entremezcla con los del autor” (p.28), es precisamente el lugar en el que nace la reflexión, el pensamiento, la abstracción, y por tanto, la apropiación de lo que leen.

La brevedad de Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, no dice todo a lo que puede invitar este libro en cuanto a la reflexión del acto de lectura. Petit señala que “la cultura se hurta; pero ¿qué robamos exactamente cuando leemos?” y la respuesta a dicha interrogante queda definida, aclarada, a lo largo del libro, pasando por lo sociológico, el psicoanálisis, hasta llegar a la misma literatura per se.