25 oct. 2012

Massaua


Massaua es una historia que convence, no tanto por estar basada en hechos reales, lo cual ya le da un cariz de verosimilitud importante, sino porque dentro de su mundo ficcional y narrativo, se mezclan elementos que atrapan la lectura de principio a fin. Podemos hablar de Massaua como una novela histórica, pero también como un texto de aventura, de viaje o de crónica. Me resultó imposible no hacer el paralelismo entre Ismael, el entrañable personaje de la novela  de Melville, Moby Dick, con el personaje principal que lleva el hilo conductor de Massaua, “el roblero”: ambos inexpertos, ambos un tanto timoratos pero deseosos ante la idea de un primer viaje en barco y sus nulos conocimientos al respecto, el primero como pescador de ballenas, y el segundo, como buzo pescador de ostras.

La novela ofrece de entrada un enigma y es el hecho de querer descubrir a quién le habla el roblero a medida que comienza la aventura de dieciocho hombres que, embaucados, no van a su destino final que es en la India, buscando las perlas más hermosas del planeta, sino a Massaua, un pueblo costero de Eritrea en la costa oriental de África, en donde todo es aridez, penurias y está por estallar la primera bomba en la guerra Italo-Abisinia. Allí comienzan a vivir un prolongado y desesperante Vía crucis por sobrevivir, mientras el sueño latente de hacerse ricos los mantiene en pie a pesar del hambre y la miseria.

El elemento religioso no puede faltar en una novela en donde sus personajes son todos devotos de la Virgen del Valle. La fe ciega en la patrona los mantiene de buen ánimo, a ella se encomiendan ante el fracaso y el extravío para que con su gracia divina los saque del atolladero.  El roblero también cree en ella, pero también le reza a una foto maltrecha con la figura de su madre, muerta de manera terrible y accidental bajo una cruenta tormenta en la isla de margarita. Habla con ella, discute y en más de una ocasión, la imagen lo intimida tal como lo hacía cuando estaba viva.

Massaua lleva en sus páginas también, el típico humor que caracteriza al gentilicio margariteño. Aquí están las palabras, los modismos, la manera de hablar tan particular de su gente, con la ventaja de que por escrito, se entiende perfectamente. Las chanzas no cesan entre los aventureros de Pampatar, Juan Griego y Porlamar, en contra del único representante de Los Robles. Lo tildan de tramposo y malamañoso, pero irónicamente -estrategia del autor-, no hay personaje más noble e ingenuo que el roblero.

Arnoldo Rosas emplea en su obra, además, un léxico dentro de los personajes que nace de la pasión por el beisbol: el estás ponchao, el te tienen en tres y dos, por nombrar unos pocos, o la comparación de la fuerza del ciclón del 33 con un poderoso pitcher; enriquece el contexto narrativo con una ingente cantidad de refranes para generar ese ambiente desenfadado en medio de la debacle:  “El que bebe agua en tapara y se casa en tierra ajena, no sabe si el agua es clara o si la mujer es buena”; “Más caliente que plancha de chino”; “todos los días nace un venado y consigue quien lo cace” o “Más vale un diablo de oro, que un Cristo de plata”.

Las referencias literarias que acompañan la lectura y el recorrido de estos aventureros, también forman parte de esta travesía. No puedo dejar de mencionar a Manuel Díaz Rodríguez, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva y a Julio Garmendia, quien tiene un rol importante dentro de la trama gracias a su Tienda de muñecos, libro que es casi un personaje más dentro de la historia, texto que mimetiza el estado físico del roblero: así como está de destruido, casi en harapos, así está el texto: amarrillento, sucio, maltratado.  No obstante, en muchas ocasiones, son los cuentos de Garmendia lo que levanta el ánimo de los dieciocho y despedazados marineros, atentos a la anécdota, que en voz del roblero, cobra vida.

Por último y no menos importante, la música, la gastronomía (incluyendo un listado de los pescados más comunes en la mesa margariteña), los paisajes, la naturaleza, y otros aspectos más, están destacados en Massaua. Sorprende, además, la ferviente admiración que el roblero le profesa a Juan Vicente Gómez, pero esto es otro de los guiños que Arnoldo Rosas coloca en el texto para que sea el lector quien descifre el por qué de semejante adoración (si es que la hay). Massaua está pletórica de anécdotas e incógnitas, en donde todas cierran con su respuesta o desenlace, excepto una que por misteriosa, te deja con ganas de seguir leyendo más. La intención de generar entusiasmo en el lector está sembrada desde la primera página. Es un texto de quinientas páginas que jamás decae en el ritmo, aunque con unas cuantas hojas menos creo que el resultado hubiera sido igual de bueno. Les invito a sumarse a la lectura, no se arrepentirán.

4 oct. 2012

Hotel


Sin duda alguna la escritura es esfuerzo y empeño. En este oficio silencioso y solitario, el encuentro del escritor es consigo mismo. Es hallarse frente a frente con sus avatares, viéndose en un espejo imaginario que deviene en historias y lo que la memoria le tenga reservado como caldo de cultivo para sus letras. No puedo decir mejores cosas que las que ya están dichas en el prólogo que le hace el maestro Ednodio Quintero a Hotel de Gabriel Payares. Mi atrevimiento no llegaría a tanto. Pero sí puedo añadir, pues lo recuerdo claramente, que hace tres años Gabriel y yo conversamos sobre Cuando bajaron las aguas y le comentaba sobre lo mucho que me había gustado y lo bien que estaba escrito.

Unos años después leo Hotel y no es que solamente siento lo mismo, sino que evidentemente hay ya entre sus páginas, el claro perfil de alguien que escribe, alguien a quien se le siente el empeño por hacer literatura, tal como dice Ednodio, alguien “que está llegando a un punto de madurez” y que a mi juicio, tiene muy claro hacia donde va su trabajo creativo.

Llegando a la treintena de vida (meses más meses menos), Payares habla dentro del texto de hijos y divorcios; de desventuras y extravíos con la soltura y la experiencia —digamos— de alguien de cincuenta y es capaz de ver lo pueril que pueden llegar a ser los alumnos que aún están “en la llama estéril que caracteriza la veintena”. Etapa que apenas ha cruzado, pero que dentro de lo que nos compete, la literatura, ha ido sumando méritos con su trabajo para proyectarse más allá del común de los noveles escritores.  

Hotel entonces seduce más allá de la solitaria palabra, ese inmueble efímero e impersonal por el cual todos hemos pasado alguna vez en la vida, y allí, desde adentro, desde cualquiera de sus siete habitaciones que son los siete relatos contenidos en el texto (más el lobby de Quintero), somos envueltos por una fuerza centrípeta narrativa que nos lleva a un punto inevitable que no te suelta, en donde nos encontramos con una voz clara y definida que relata desde su intimidad ficcional, sus pensamientos, temores y fracasos. Además, el narrador muta y se expande, dando cabida a la proyección de la propia voz de Payares, claramente identificable y que se cuestiona a sí mismo cuando dice: “¿No intenté yo mismo construirme un refugio en las historias que contar, en los inventos pulidos con el insomnio y tendidos en bandeja de papel?”

El truco de lo literario está muy bien servido en Hotel, que desde un principio, saca de la chistera el tema del desarraigo como estratagema e hilo conductor, en ocasiones agazapado tras la anécdota, y otras tantas, más a flor de piel. “Ninguna ciudad nos pertenece mientras no tengamos relatos que la compongan”, dice Payares, pero con Hotel se da una suerte de apropiación de cada uno de los entornos que relata y “nos” relata, bien como espectadores de sus páginas o como habitantes reales y caóticos de cualquier ciudad. Lo que nos falta ahora es leer alguna novela de su autoría. ¿Estará en proceso o será que ciertamente “todo lo sólido se desvanece en el aire”? Habrá que esperar, pero mientras el tiempo pasa, The Payares´s Hotel es una lectura ineludible de nuestras letras locales. 

1 oct. 2012

Intemperie

Estar solo es una orgía
con lo infinito
piensa el mundano en su intemperie
que aunque lacayo de encierro
las tunantes antípodas
tristeza y alegría
se yerguen amancebadas
sobre el negro estribo del universo


cada minúsculo brillo
cada ilusión de estrellas
conspiran desde un remoto pasado
lanzando la estentórea voz de los dioses


rabia
dolor
son las paredes de este cuarto
suspendido en el quinto piso
de un pájaro en vuelo