30 may. 2008

Más allá de las sombras

He vestido mi cuerpo

con tu ausencia

y sé que no soy más que falacia

la ajusto con premura

me queda grande

pero huele a ti

cuándo fue que te hiciste tan mía

que callaste para siempre

¿libé en tu silencio?

callas sobre mí

tu soberbia ha encallado en mi pecho

nunca nos amamos

más allá de las sombras

29 may. 2008

from El Salvador


Pues agradecido a los amigos salvadoreños de http://escuento.blogspot.com por este simpático reconocimiento. Hago lo propio y aquí va este quinteto:


http://navidadamigosycostumbres.blogspot.com/

http://recomenzar.blogspot.com/

http://aspasialahetaira.blogspot.com/

http://homininocturnos.blogspot.com

http://libreriamichelena.blogspot.com

Piedra de mar

Hermoso texto el de Francisco Massiani en donde la voz adolescente es puesta en escena sin ambages, tal como es, tal como suena. Estaba en deuda con esta lectura desde que supe de ella hace muchos años y fue más que curioso, volver a degustar las emociones, las indecisiones, los temores, los amores y las terribles incertidumbres por las cuales pasa todo adolescente, emociones que están muy bien retratadas en Piedra de mar. Con un hablar natural y auténtico de la juventud, con un lenguaje inherente que viene de las entrañas, su personaje principal “Care Corcho” da rienda suelta a sus pensamientos a través de la narrativa más que elocuente de Massiani. El desencanto y los intríngulis tan propios de la edad, producto de una pretendida madurez pero que aún no termina de llegar, están aquí presentes sin ningún tipo espejismo, descaradamente pero con su magia única e irrepetible.

28 may. 2008

Morfología y lingüística sexual


Del ensayo “Las lenguas de Eros”, el cual pertenece al libro My Unwritten books de George Steiner, libro que próximamente estará editado en español, extraigo lo que más me gustó y que no necesariamente es lo más importante:


La retórica del deseo es una categoría del discurso en la cual la generación neurofisiológica del habla y del acto sexual se comprometen entre sí. Los sonidos que acompañan al orgasmo, situados con frecuencia en el umbral de la verbalización, en ocasiones como si hicieran reverberar la prehistoria del lenguaje, pueden ser mendaces a voluntad.


Uno intuye que durante la masturbación, palabra e imagen están más vinculadas, más “dialécticamente” potenciadas que en ningún otro proceso comunicativo humano. En consecuencia, la masturbación tiene su gramática muda.


En el mundo desarrollado, con su pornografía corrosiva, innumerables amantes, sobre todo jóvenes, “programan” sus relaciones sexuales, conciente o inconcientemente, conforme a las líneas semióticas prefabricadas. Lo que debería ser el encuentro humano más espontáneo y anárquico, más individualmente exploratorio e inventivo, sigue un guión en una proporción mucho más amplia de lo que se piensa. La última libertad, la autenticidad final puede muy bien ser la del sordomudo. No lo sabemos.


Cada lenguaje explota y transmite distintos aspectos, diferentes potencialidades de la circunstancia humana. Cada lenguaje posee sus propias estrategias de negación e imaginación.


La verdadera catástrofe de Babel no es la fragmentación de las lenguas, sino la reducción del habla humana a un puñado de lenguas planetarias, “multinacionales”.


Mientras más generoso sea nuestro inventario de palabras y gramatical, más inventiva será nuestra orquestación íntima. El amante le pedirá a la amada que diga estas palabras para alimentar la excitación.

26 may. 2008

La competencia


Maradona se pelea con un reportero frente a las cámaras porque le hace una pregunta impertinente. El Pelusa lo ofende terriblemente llamándole “boludo” mientras forcejea desde su metro y medio con uno de metro ochenta. A mí no me da ni cosquillas la palabrota, por al contrario, aquí en Venezuela pudiera ser hasta un sutil cumplido masculino, claro, aquello fue en Buenos Aires.

Hace minutos terminé de ver una película en donde la protagonista ofende y humilla a su coprotagonista diciéndole “kiss my ass” muy a lo Bart Simpson. Si por alguna casualidad alguien en Venezuela y me late que muy particularmente en Caracas, se le ocurriera llevar a la jerga ofensiva dicha frase, lo mínimo que pudiera denotar es una clara homosexualidad, o si una chica le increpara a un hombre de tal manera, estoy seguro que la soez frase sería una invitación a un ósculo placentero.

Todo se remite a la competencia, todo. Los días modernos nos llevan a estar en constante reto con el entorno y hasta con uno mismo. Arango quiere ser el pichichi; el pobre de Federer no ve luz con Nadal sobre arcilla; Vizquel con más de cuarenta se siente “de veinticinco” –él lo dijo, no es cuento; La Clinton se pelea con el Obama; el Chávez con medio continente; las colegialas de doce ya compiten entre ellas para ver quién las lleva mejor, quién tiene mayor talla o a quien se le nota menos el ombligo por donde les pasaron los injertos o las soluciones salinas; yo compito conmigo mismo para superar mi prosa tan elemental, tan básica; el planeta tierra compite con los humanos para que le dejemos un rato en paz; los blancos se tienden al sol para subir la tonalidad de la piel, mientras Maicol –aunque sea cuento viejo y todos lo sepan- se transforma en un no sé qué: cada vez que lo veo me recuerda a la simpática fémina del planeta de los simios que se arriesgó a cruzar el agua sobre los hombros de un humano; las FARC se meten donde les da la gana y suben al ring junto a tres países; el vecino de al lado se muerde el codo porque el del piso de arriba se compró la camionetota primero que él; cuatro perros que van por la avenida sacan a relucir sus colmillos careados para ver quién se lleva a la perrita en celo; alguien dice que no tiene amigos porque no está en el “feis buk”: “métete pana” -oigo que uno le dice a otro en un vagón del metro- “y tendrás burda de amigos”. La terrible sentencia me hizo caer en cuenta que “¡¿entonces yo tampoco tengo amigos?!” Presumo que estarán compitiendo para ver quién tiene más amigos que quién… Todos estos y muchos más, son ejemplos de competencia y más competencia.

La luz en amarillo me hace disminuir la velocidad. No freno justo encima del rayado, ni acelero para aprovechar el último segundo para seguir mi rumbo. Para los lectores de otros países hispanohablantes esta acción tan normal como el respirar, es todo un síntoma de imbecilidad. Sí, así mismo, dicho con palabras más criollas, de pendejo. Siento el frenazo detrás y veo por el retrovisor un Jeep verde y al conductor manotear su rabia dentro del habitáculo, tal vez estaba espantando una plaga voladora. La trompa del rústico casi le da un besito a la maleta de mi carro. Pensé en Gardfield, en el pedante gato de las tiras cómicas porque en muchos de los vehículos caraqueños puede verse en los parabrisas traseros, diciendo a pesar de una extraña posición casi de yoga, “no te pegues”. Yo no tengo ni ese, ni ningún “estíquer”, no me gusta ¿hay algo de malo que no quiera troquelar los vidrios del carro como catálogo de Disney?. Ahora que lo pienso, estas calcomanías son como el “feis buk”, todo el mundo las tiene o todo el mundo está o muchos están en vías de…

Por el retrovisor leo en unos de los guardafango del Jeep: “Guardia Nacional”. El chamo de “Clamor en el Barrio”, ya me saluda con la confianza que da verme todos los días a la misma hora. Estoy pensando seriamente en montar una librería o algo así para vender al mayor los bolígrafos que me ofrece. Él compite con su compañero para ver quién llega primero a la ventana a ofrecerme sus productos. Sigo a cero kilómetros por hora, la luz del semáforo en rojo, ocho de la mañana o seis de la tarde, ya ni recuerdo pero aún era día, cuando de pronto oigo con voz atronadora la siguiente frase espetada por el conductor del Jeep: “Cómete la luz… @%&¿?*!¡L…”

Muy bien, como esta breve crónica tiene que ver con la competencia, el ejercicio es muy sencillo: coloque usted y de acuerdo a su idiosincrasia la(s) palabrota(s) que considere de peor ralea para sustituir los símbolos que terminan la frase. Sinceramente no quiero hacer la transcripción completa porque es humillante pensar que esos son nuestros “Guardias Nacionales”. Así que anímense y den rienda suelta a las obscenidades más elocuentes de nuestra hermosa lengua española.

PD:
Caracas no tiene competencia si de huecos en las calles hablamos. Sería el adversario a vencer si en los juegos olímpicos existiera alguna disciplina que pusiera a competir las protuberancias, relieves o cráteres de las principales vías de tránsito del planeta entero. Tendríamos el oro garantizado.

19 may. 2008

Cómo llegó la noche



Este es el libro que yo le recomendaría a todas las personas que enceguecidamente creen en las chácharas del gobierno actual. Me refiero a las del gobierno venezolano, aunque Cómo llegó la noche, se adapta con indiscreta holgura y descaro, a todos los regímenes mundiales y en especial a los latinoamericanos, que aún ven en el socialismo el camino a seguir con un expectante futuro de brazos abiertos.
Aún la libertad con una de sus alas cercenadas está volando en Venezuela. Va con su tricolor manchado desde su franja inferior, la cual se expande hacia el azul pletórico de mar con una estrella adicional, hasta llegar al amarillo cada vez más opaco. La riqueza que detenta cada vez se va reduciendo a su mínima expresión, gracias en gran parte e irónicamente, a la opulencia y la miseria que nos ha dejado el petróleo.
No es de mi gusto meterme en política porque realmente no me va, pero joder –aunque suene muy español– qué hipocresía tan grande, qué premura tienen por terminar de arrancarnos la dignidad que nos sobra a borbotones. Desde aquí sólo puedo decir, y retomo el libro, léanselo, sobre todos los afectos al régimen, para que se den cuenta del recién estrenado infierno a finales de los cincuentas y comienzos de los sesentas, y que aún se vive en la hermosa isla caribeña preñada por Castro y abortada por él mismo.

16 may. 2008

Bautizando bisontes...


En un ambiente de camaradería literaria se llevó a cabo el bautizo del libro La huella del bisonte del escritor venezolano Héctor Torres. Las palabras iniciales estuvieron a cargo de Vladimir Mujica, representante de la Editorial Norma; seguidamente el narrador Oscar Marcano, a quien tendremos de invitado en Librería Sónica para el mes de junio, hizo gala de su prosa con un magnífico reconocimiento a la obra presentada y a su autor; y para el cierre -previo al habitual vino que siempre está presente- el propio Héctor Torres agradeció con breves y emotivas palabras, a todas las personas que de una u otra forma hicieron posible la edición de su libro, incluyendo a mi compañera de programa Linsabel Noguera, por la extraordinaria reseña que hiciera sobre La huella del bisonte. Mis felicitaciones nuevamente a Héctor.

14 may. 2008

Tercer capítulo: El paisaje de Selma Lagerlof


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora)

He dejado a Suecia en una mañana de verano, tan clara como aquella en que viese, por vez primera, su paisaje deslumbrante desde la ventanilla de un avión venezolano. Llegué por el aire y ahora he de alejarme desde la misma greda suave y acogedora del camino que conduce a la playa. Si al arribo, estuviera aún envuelto en el aire de Venezuela, ahora regreso, gozosamente prisionero, entre el color, el olor y el sabor de la tierra escandinava. El glorioso pabellón de las tres franjas y las siete estrellas, concebido en la mente de Miranda en estas tierras siempre viejas y siempre nuevas, tremola a las brisas frías del Báltico sobre la hermosa estructura de acero forjada en tierra sueca por las manos encallecidas de los rubios obreros del Golfo de Botnia. ¿Por qué no recordar en esta agua, propicias para la romántica alucinación, que sólo una vez antes las cruzó nuestra bandera, confundida entre los papeles de la chaqueta del Precursor Miranda, al regreso de Moscovia, cuando sus sueños apuntaban en crisálida sobre toda esa imponente y embriagante marejada de aventuras?

Quizás viajó también en los colores de la corbata y un poco en los del pelo, los ojos y la piel del poeta pálido y errante de Venezuela: Juan Antonio Pérez Bonalde. No sé cómo ni por qué lo hemos sentido tanto y tan cerca en este Escandinavia veraniega; pero allí en estos fresnos, arces, hayas, olmos y abedules, en las modulaciones del viento vagabundo y en la adorable sobriedad del color, están sus pasos y su poesía y la melodiosa soledad de su estro.

El barco es una forma de no irse. En sus pulidas maderas, olorosas aún a resinas de los bosques de Jamtlandia y Esmalandia se recoge la más penetrante esencia del maravilloso paisaje sueco. Lo he dejado en la mañana de ayer y todavía lo estoy viendo. Con el binóculo, distinguimos en una amable lejanía las verdes costas de Escania y de las islas de Gotlandia y Olandia. Sobre el verde veraniego, una suave bruma nórdica. Es el paisaje de Selma Lagerlof. Ahora, quiero describirlo, un poco a la distancia.

Cuando leímos en la adolescencia los libros de Selma, nuestra calenturienta imaginación tropical alcanzó a reconstruir románticas estampas de los lagos y praderas de Escania, de sencillos campesinos de Dalercarlia, de la vida de los pequeños burgueses y de las andanzas de la nobleza. La admirable penetración de la escritora, sumergida en el humus de su tierra, no defraudó nuestras lejanas recreaciones. Con diferencias, ligeras o profundas, que el tiempo y los cambios sociales han ido afinando, Suecia aún se mueve y palpita en aquellas páginas frescas y emocionantes.

Hombre y tierra conjugan un destino paralelo. A través de las hermosas campiñas de valles y praderas que recorren los trenes eléctricos Estocolmo-Malmo-Copenhague, Cristiandstad-Gotemburgo y Cristiandstad-Solvesburgo, el viajero puede admirar el paisaje más atractivo y alucinante que pueda imaginarse. En general, la Suecia meridional es poco quebrada. Llanuras inmersas, en las que cada cultivo pone en la primavera o el verano una variada nota de color, desde el verde intenso del heno hasta el amarillo oro de la mostaza. Praderas suaves, en cuya superficie aterciopelada resalta la geometría amorosa de la mano del hombre, quien ha edificado la fisonomía y el color de su mundo, con el mismo desvelo con que vio alzarse su casa a la orilla de los caminos florecidos.

El campo suramericano es hermoso, pero duro; la campiña escandinava, al par que sana y hermosa, es elementalmente dulce. Sobre las parcelas dispuestas para la siembra, o sobre el campo pleno de madurez que espera a las cosechadoras, la alegría toda del paisaje frutal parece desbordarse por las rosadas mejillas y la ancha sonrisa satisfecha y feliz de las muchachas campesinas. La tierra y los hombres han hecho de la sonrisa una gozosa liturgia irrenunciable. No vi hombre o mujer –anciano, adultos y niños- que regatearan su sonreír vegetal a los viajeros que pasábamos cortando los vientos campestres, acodados sobre las ventanas del tren. La más de las veces acompañaban la sonrisa con una alzar de brazos abiertos, como deseando bienestar recíproco.

Suecia logró, merced a su perfecta organización político-social y a su condición de país agrícola e industrial, en gran escala, liberarse del último conflicto europeo. Las grandes potencias beligerantes se abstuvieron de presionar fuertemente su entrada en la órbita de la guerra; la consideraron, primordialmente, como una zona de abastecimiento, que convenía conservar tranquila para granero de los pueblos combatientes. Fue una medida de unidad tácita ante la necesidad común. El pueblo sueco organizó su tiempo en tiempo de guerra, duplicó su poder de creatividad y su producción hasta conquistar el elevado tipo de vida que hoy tiene. No hay escasez ni hambre. El hombre de la ciudad y del campo dispone de todo lo inherente a sus necesidades y de recursos para satisfacerlas. Varones y hembras trabajan y los salarios son halagadoramente remunerados. La mujer goza de iguales derechos que el hombre y ejercita su vida en condiciones idénticas. Me interrogó una chica sueca, con gran curiosidad, sobre el ideal máximo que tenía una muchacha a su edad en Latinoamérica. Yo, sin mentirle, le aseguré que el amor, un amor. “No puede ser” –me interpeló- “Aquí es el trabajo”. Como me observase un tanto desconcertado, agregó: “El amor es lo natural y corriente. El trabajo es lo fundamental”. Tenía razón. Amor diario es la hidalga hospitalidad de aquel pueblo. Amor es su obsesión del diálogo con el extranjero. Amor es la hondura infinita del azul en los ojos ingenuos de los niños. Y amor, amor natural, inalterable, es la llama suave que prende en los ojos de sus mujeres cuando descubren al habitante de un lejano territorio cualquiera.

Un campo plácido y amoroso moldea a los hombres de la misma manera y, con mayor razón, en el caso del habitante sueco, artífice de la fisonomía de su tierra. Es obra, solamente, de la reciprocidad. Si se exceptúan los lagos, inalterables, que de igual manera presenciaron mudos las correrías de los vikingos, como la grandeza de Gustavo Vasa y las notables transformaciones actuales, debemos convenir en que ese maravilloso ropaje exterior del mundo escandinavo ha sido concebido por la mano del hombre. Elemento decorativo, insuperable, lo ha constituido el árbol. Un excelente compañero de tren, Adolfous Goldbeck, finlandés, enamorado de Suecia como de su patria original, observaba que en esa tierra los árboles son los mejores guardianes de la seguridad. Señalando, como quien corta el horizonte con la mano, hacia un promisorio bosque de hayas, añadía: “Son los mejores soldados de Suecia; verticales, guardan el porvenir de la patria en el día y en la noche y, cuando alguno cae derribado para levantar un hogar sueco, otro lo releva más decidido y hermoso”. Como la madera es la mayor fuente natural de explotación para el hombre, el árbol tiene un límite de vida. Un día aparece sobre el territorio pelado; va creciendo solícitamente cuidado. Otro día preside las ceremonias del viento y de las estaciones y la liturgia volandera de los pájaros. Al lado de uno, crecen otros más. La mano, que es árbitro de su destino, ordena la forma de la rumorosa comunidad. Jamás ha sacrificado en el decurso de varios siglos la armonía estética al interés económico. Las estrellas, círculos, triángulos, hileras o las líneas paralelas de pinos y epiceas son la más viva y primorosa decoración del paisaje. Elegantemente erguidas bajo los cielos claros o brumosos, las coníferas despiden los lentos días nórdicos y saludan la madrugada cargada de rocía y de brisas musicales. Provoca saludar de viva voz a los árboles, con el mismo respeto que a los hombres, en una tierra en la que ambos cumplen su destino con tanta precisión y responsabilidad. Robles, fresnos, arces, olmos hayas y abedules. Cada nombre es un poema antiguo y perfumado. El hombre sabe que son sus más nobles consecuentes compañeros en la armoniosa formación de la Europa septentrional.

Cuando rehago estas notas de unas ligeras pinceladas de mi cartera de viajero, estoy frente al espectáculo de otra tierra. Vamos atravesando el canal de Kiel, que corta la península de Jutlandia en el norte de Alemania. Sobre la impresionante perspectiva de estas campiñas soledosas y tristes, en las que se destacan a la orilla del canal las viejas ciudades de Kiel, Levensau, Oldenau, Rensburgo y Brunswik, aún sacudidas por el fantasma de la destrucción; ciudades que retratan en el espejo de las aguas su tristeza incurable; sobre todo este panorama de miseria y desolación, voy erigiendo mentalmente una comparación con la naturaleza sueca. Aquí ya no sonríen desprevenidamente los adultos, las mujeres y los niños. La naturaleza adquiere el contorno triste de los rostros. El viento frío de la tarde germana abate indiferentemente las recogidas frondas de la gran avenida de Rengsburg y las cabelleras de las parejas meditabundas que recorren la playa o se sientan, casi espectrales, en las sórdidas piedras, frente al mudo crepúsculo rojizo. Aquí el árbol y el hombre se alejan hacia su oscuro destino, en opuestas direcciones. No inspiran en esta gris tarde veraniega la suave melancolía poética de Heiene ni la plenitud vital y diáfana de Goethe. Quizás hablaría mejor por este silencio de la piedra la iglesia de un antiguo cementerio aldeano, cuyas campanas herrumbrosas aún recuerdan a los hombres la hora decisiva de su destino terrestre. La hemos dejado a nuestras espaldas, a la orilla del camino solitario, en medio del desolado campo germano. Estas tierras fueron dulces, románticas y armoniosas. También tiene el hombre la culpa de su nuevo destino tenebroso.

Para reconocer, a vuelo de gaviota, la tierra escandinava, continuó guiándonos como en la adolescencia la sombra de Selma Lagerlof. Un arbolillo menudo, delgado y frágil, el asp o vide, nos hizo la impresión del preferido en el paisaje de la escritora. Crece en la orilla de los lagos, de los riachuelos y de los territorios húmedos. El viento de julio doblega sus tallos, como la ágil cintura de una campesina, al paso del viajero por los caminos suecos. Es una verde resonancia musical del saludo que envían desde las parcelas las exuberantes labriegas rosadas. ¿Y el ronn? Es el árbol amando de los pájaros de copas planas, hechas para la danza gorjeadora de las aves nórdicas. Madura con entrañable generosidad sus rojas frutas ácidas en el otoño para vida y goce de los policromos cantores del paisaje. En el otoño, los bosques de ronn improvisan con sus delicados visitantes las alboradas musicales del sur de Escandinavia. Yo he visto en una mañana de verano en los alrededores de Cristiandstand jugar a los niños entre un bosque de ronns, mientras arriba hacia el cielo de añil, los pájaros hacían el dúo matinal. En estas tierras, el hombre renace cada día por su armonía entre la vida y la naturaleza. La naturaleza ha influido profundamente al hombre en Suecia, como en los otros países escandinavos. Las estaciones hacen de él, más que en alguna otra parte de Europa, su dócil instrumento. El otoño elabora la somnolencia y la meditación. La primavera y el verano, la antesala conmovida del invierno. Este es para el escandinavo la plenitud del año.

Ambicionan, como una meta irreal, los días del sky, de la nieve y del frío. Y se preparan ritualmente para recibirlos. En el verano desconcierta la voracidad con que se lanzan hacia las playas, los muchachos, las chicas, los niños, los adultos y los ancianos suecos. El desfile de las bicicletas en las mañanas y tardes casi marca la extensión de las rutas entre las ciudades y la playa. Es espectáculo grandioso el paso de las madres jóvenes, con uno o dos niñitos rubios colocados en primorosas cestas de mimbres sobre la parte posterior de los rápidos vehículos, a quienes el viento hace flamear la cabellera al unísono con el ondular de los trigales de las vecinas sementeras. O el de centenares de encantadoras chicas, ligeramente cubiertas con sus cotas de tul y pantalones cortos de variados colores, quienes traspasan el aire como una flecha, con sus sencillos equipajes de sol y de mar. No les mueve otra prisa ni otra ambición además de la de llegar pronto a hundirse en el tibio lecho de las menudas arenas escandinavas. Es un hambre voraz de sol la que subyuga a estas gentes en los días de verano. Su piel se abre como una esponja para absorber los rayos purificadores con los que han de acompañarse hasta las entradas del invierno. Si el llanero, como aseguran en Venezuela, nace a caballo, el sueco nace en bicicleta. En este país el deporte es un hábito colectivo que ha formado un pueblo fuerte, hermoso y optimista, con una desbordada embriaguez de vida. Lo demuestra el hecho de que las playas, los parques y los restaurantes son el lugar preferido de cita para los suecos.

El llamado permanente de la naturaleza al hombre se advierte hasta en las ciudades. En éstas, el bosque llega al patio de las casas. La suma de características se advierte en su admirable composición en Estocolmo. La parte central de la ciudad y los barrios alternan en el paisaje con los lagos, los canales y las arboledas. Vista desde el avión, la “Venecia del Norte” produce la sensación de una campiña idílica en la que pugnan por sobresalir el agua, la fronda y los rojos techos triangulares. Sería imposible determinar si se trata de una ciudad en el bosque o de un bosque hundido en el mar o de unos escuadrones de azules aguas mansas en marcha hacia los jardines esplendorosos de la primavera o el verano. El espectáculo se repite, igualmente, en casi todos los pueblos de Suecia, la tierra amada por la naturaleza. Guardando la belleza de los pequeños lagos, como una vanguardia del paisaje –verdes soldados rumorosos- el viajero no se cansa de admirar las simétricas formaciones de claros abedules. Sobre los techos de las mansiones señoriales o de las casa obreras, las brisas y los vientos nórdicos siempre mantendrán el ritmo de una vida que toma sus mejores notas de los más subidos tonos de la naturaleza.

Hay más antiguos testigos de la vida y pasión, dulce pasión de Suecia. Uno de ellos es la piedra que allá tiene todo su valor, en cuanto constituye materia de inmortalidad. Piedra sembrada en las calles de las viejas ciudades, clavada por el hombre, quien siembre en cada martillazo un recuerdo y una edad. Por ella y para ella, se alzan sobre las tímidas colinas escandinavas los viejos castillos sabios, habitados por aquellas primorosas consejas, que recogiera de la tradición sueca el genio de Selma Lagerlof. Por la piedra, puede decir su signo y su sino a los habitantes de Vestrogocia la torre de la iglesia de Skorstorp, que, sin sentir el paso de los siglos, señala con la misma abnegación del principio el minuto de la oración, del deber, del sueño y de la vigilia.

Hemos llegado y estoma de regreso del paisaje de Selma. Para separar las antiguas heredades y ponerles linderos a los recuerdos, allá encontramos, como en la campiña andina de Venezuela, los cercados de piedra, llamados gardsgards. Pareciera como si sólo tuviese derecho al sueño el que nació en su heredad cercada de piedras, que es como un mundo dentro del mundo corriente. Entre los gardsgards, bajo el conjuro misterioso de las brumas y las nieves, nacieron los personajes de los cuentos infantiles de Andersen y el adorable Papá Noel, precursor de ese otro buen viejo amigo de los niños nuestros, que responde al nombre de Tío Nicolás. Nuestros niños cuentan más de una generación encariñada con el mundo de Andersen. A nuestros mayores llegaba ya hondamente el arte extraordinario de Ibsen. A Selma Lagerlof la amamos como escritora y, si nos fuera posible tenerla en su ancianidad, los desheredados se la discutirían como la más adorable de las abuelitas. Nuestra tierra y la suya, tan lejanas y tan diferentes, son, en verdad, tan próximas y tan similares como si apenas se hubiera tendido entre las dos heredades uno de esos bucólicos y misteriosos gardsgards.

Mar del Norte, verano de 1946

(A bordo del “Nueva Esparta”).

13 may. 2008

Cortos pero buenos


La maleta de mi padre

El discurso que dio Pamuk al recibir el premio Nobel de Literatura 2006, lo sacó de La maleta de mi padre. No sabía que escribía también, digo, mi viejo. Hora de arreglar cuentas con él… En fin y en serio, haga como yo, léaselo en horas del mediodía, después del almuerzo; piérdale la pista a la telenovela que le acompaña o cuando usted prefiera, vale la pena. Le llevará –si acaso- un poquito más de una hora.

La extensa y divina respuesta que da a la pregunta “¿Por qué escribe?” es fantástica. He aquí sólo una minúscula selección: “Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier cosa creo en la literatura y en la novela…Escribo porque me da miedo ser olvidado”. No dudo que de la extensa respuesta que da a la sempiterna pregunta haya mejores opciones. Escoja usted su alternativa y haga su maleta.

Cartas a un joven poeta

Releer a Rilke es realmente volver a leerlo. Por mínima que sea la reseña que pudiera hacer a Cartas a un joven poeta, no me acercaría en lo más mínimo a todo lo que de allí se desprende. En otros términos, sería una locura de mi parte, una sandez enorme, darle otras palabras al “arte poético” del autor, reflejado a través de unas hermosas y elocuentes cartas. Por ello, traigo aquí un breve destello de la gran luminosidad de su texto.

“Lea usted los versos como si no fueran suyos, y sentirá en lo más íntimo hasta qué punto le pertenecen”


“Si nos fuese posible ver más allá de lo que alcanza nuestro saber... tal vez aceptaríamos las tristezas con más esperanza que nuestras alegrías”.


“No tenemos motivo alguno para desconfiar de nuestro mundo, porque no está en contra de nosotros. Si en él hay fantasmas, son nuestros fantasmas; si tiene confusiones, esas confusiones son nuestras; si en él encuentra el peligro, debemos tratar de amarlo”.

“Deje que la vida fluya, porque la vida, créame, siempre tiene la razón”.

7 may. 2008

Puntos de sutura


A título personal, siempre me ha parecido grato leer textos -del género que sea- que inicien con alguna remembranza mitológica. La evocación necesariamente nos anuncia que habrá drama y que los arquetipos fundacionales del ser humano estarán allí presentes haciendo de las suyas como de costumbre. En Puntos de sutura no hay excepción a este respecto, ya que de principio a fin la figura del padre, su imagen arquetipal, su entidad protectora y paradigmática, es desmontada de su entelequia para ser humanizada.

Así comienza la novela de Oscar Marcano, con un largo epígrafe introductorio, en donde su hijo decepcionado y frustrado ve en su padre las transferencia erráticas de un Ayax que se desploma, que por encima de sus deberes como padre, su egoísmo y mezquindad fueron más poderosos que él mismo. Sus miserias y penurias, así como su dejadez, comienzan a verterse en la novela desde los temas más triviales hasta los más profundos, pero que en la prosa del autor cobra matices superiores.

El hijo que va con su padre en el vehículo echa “un vistazo al asiento de atrás. En medio del reguero divisa potes del solventes, cloro, latas de cerveza vacías apretujadas con la mano, un zapato de goma, un short, media botella de agua mineral caliente, un sombrero de palma, un envase de comida china con residuos de lo que parecía chop suey y una red semejante que se usan para atrapar mariposas” .

El desorden de su vida, como hombre y como padre, es el mismo que está expuesto a través de las cosas, en la popa del vehículo, en la parte de atrás, de último. Su vida terminó siendo esa lata de cerveza apretujada. Antenore, su hijo, no puede más que vivir resentido con su padre, que aunque pocas veces exterioriza su crueldad, internamente en su soliloquio es despiadado: “«¿Y para eso me traes hasta acá?» Pensé, «Ahora que estás viejo y jodido, ahora que no tienes quien te escuche, que apenas te acompaña tu sombra y te ves solo en el espejo mientras cepillas tu dentadura postiza, me buscas?»”; irónico y sarcástico: “«¿Y qué querías?» Pensé, «que fuera a Puerto La Cruz diciendo: Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo».

El padre, tal vez en son de víctima y resignado a sus fracasos, se aproxima a su hijo por medio de múltiples historias como si con ellas pudiera redimir sus faltas. Capítulo a capítulo entabla una lucha secreta para recobrar el cariño de su hijo, cariño que éste sintió por última vez a sus cuatro o cinco años, marcando un triste “paréntesis de diez años”, como le llama el propio Antenore.

Los hechos anecdóticos poco a poco van enganchando a su hijo, conectándolo con su padre, así como presumiblemente hace con los lectores desde el primer capítulo –al menos a mí me sucedió: pasa por los avatares con su amante, Ruth, a quien amó por su tersura marmórea; por las aventuras aéreas de su abuelo que se volvieron tan suyas, el célebre recuerdo del caso “Los aguiluchos”; su intenso encuentro con Janis Joplin que lo deslumbró por lo aplanado de su vientre, entre otras cosas; los amigos de la infancia y muchas historias más. Mientras su hijo oye, no hace más que extrañar “horrores” su guitarra y decirse a sí mismo que “los recuerdos sólo sirven para edulcorar el pasado”.

Puntos de sutura tiene la particular magia de que cada capítulo presenta su propio sub mundo dentro del marco referencial de la obra pero sin perder su cohesión. Las historias logran empalmarse haciendo honor al título de la novela, suturando su trama a través de la miseria, la decadencia y el fracaso. Ese padre arruinado anímicamente, cuyo legado para su hijo no son más que sus cuentos, va dejando en pequeñas sentencias lapidarias, su propio aprendizaje como un aforista de la derrota: “El que se acostumbra a perder, no reconoce provecho”, apotegma que se va transfiriendo en su hijo que lo escucha y que inconcientemente se va interesando en los relatos de Alfonso aunque con reticencia, reconociendo ese lado humano y sensible de su padre dado su “costumbre de ver magia en todo. Preferiblemente en lo que no la tiene”.

Los desmanes internos de su hijo, que en apariencia escucha con atención, van difuminándose. Analiza a su padre, se analiza a él mismo. Piensa en qué cosa puede agradecerle ante una sugerencia, ante un consejo, si en su autorreflexión se sabe cruel, un “hijo talidomídico”, con “epidermis de amianto” y “espíritu de teflón”.

Son múltiples las suturas que pueden degustarse en esta novela, tan sólo me referí a unas pocas para que sea usted quien se decante por otros de esos puntos, narrados con destreza y sorprendiendo siempre con su apego a la cruda realidad, dejando muy en claro que la vida no es fácil y que “peor que el fracaso es la sensación de fracaso”.

6 may. 2008

Cuitas de la palabra


En días recientes, conversando con un amigo muy ligado al mundo editorial y de los libros, me comentaba que «para qué iba a escribir», que sería algo no tanto como inútil pero sí muy cerca de serlo. Su comentario vino a cuenta de las lecturas que cada quien estaba y estamos realizando, y hablábamos con un beneplácito casi infantil de las mismas. La lectura para mí siempre está en gerundio. Más que verla como un ejercicio natural de los sesos por demás necesario, es una fantasía, un placer. Para qué escribir cuando nos conseguimos obras maestras de aquí y de más allá, ejecutadas con la delicadeza de fino escultor. A él le vino a la mente un Pamuk, un Coetze, luego vino un Phillip Roth y muchos más. A mí se me vinieron a la cabeza más temprano que tarde nuestros nombres: Adriano, Oscar Marcano, Marisol Marrero, Eduardo Liendo, Massiani, Ana Teresa Torres, Miguel Otero y una lista que se hizo interminable. Los mencionados obedecen en orden estricta a mis recientes y últimas (re)lecturas.

Mientras leía los textos correspondientes a los autores mencionados, no salía de mi propio asombro al ver la maestría con que cada uno dominaba la palabra como si fuera una especie de lorito amaestrado que cumple órdenes. Por ello mismo es que este amigo insistía en que sería infructuoso intentar remedar a cualquiera de estos maestros de la palabra, que «era mejor no perder el tiempo». He de suponer que ese mismo sentimiento tendrían consigo mismo los narradores que cité anteriormente, por qué no. Supongo que ellos, así como nosotros, idealizaron e imaginaron llegar a tener una proximidad a plumas mucho más antiguas, a esas palabras y versos delineados con precisión y así sucesivamente a través de los tiempos.

Pasa en la música cuando nos deleitamos con ritmos, compases y melodías que juramos perfectas, en muchos casos combinadas con una lírica extraordinaria. Recordemos a un Serrat, a un Sabina o a un Silvio, por tan sólo mencionar a lo que me dio por llamar el trío de las “S” algún tiempo; pasa también en el papel, en el libro de turno, resumido al silencio y a la complicidad de ese monstruo que cobra vida en las manos, y sonido en nuestro interior a través de la vista. El deber único que cada quien, amantes de las palabras, tiene consigo mismo, es intentarlo: parir frases que cobren forma, que medianamente lleguen al punto de tranquilidad que no de satisfacción. Como decía Flaubert, este “oficio de perros” que resulta escribir, a mi juicio, no tiene fin y por más que uno lo intente –lo digo por mí- siempre le veo fisuras, grietas, las costuras de un cíngulo literario que pudo quedar mucho mejor.

La terquedad resulta ser el mejor aliado en esta lid escritural, que acompasada con el tiempo, puede germinar una palabra madura, bien cultivada, amarrada a la punta del lápiz o del teclado más avanzado. Como decía Pamuk en su breve libro La maleta de mi padre: “El secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino en la obstinación y la paciencia”. Tal vez sería más sencillo si todas las palabras juntas pudiéramos envolverlas en papel periódico como si fuera un tierno aguacate para que, en un par de días, nos deleite con su delicado sabor. Pero no, no es así, la cosecha de esta fruta que embeleza a tantos en el mundo, que dejó constancia de sus efectos adictivos, que quedó demostrado en los hallazgos de la escritura cuneiforme, en los jeroglíficos, en las tablas de Moisés y muchas otras hasta nuestros días, requiere del cultivo diario hasta dar con el fruto deseado, que insisto, siempre pudiera quedar mejor.

La narradora venezolana Marisol Marrero me dijo, que por cierto de su puño y letra produjo una hermosa obra llamada Niebla de pasiones la cual les recomiendo, que los mejores escritores y poetas del planeta están aquí, en Venezuela, y creo que esta es la actitud que si bien es cierto ha venido in crescendo, es la que nos ha faltado por décadas para lograr que nuestros autores, y mejor aún, sus obras, sean reconocidas más allá de nuestras fronteras. Cómo no mencionar a Cadenas, a Montejo, que por cierto fue citado en la película 21 gramos con uno de sus poemas, Elizabeth Schon, Luis Alberto Crespo y un sin fin de poetas añejados con la palabra exacta y embalsamados por los jóvenes poetas siempre rebeldes y motivados.

En comparación con otros países en donde los escritores, más allá de ser escritores de oficio, logran vivir de su actividad; de la faena entregada a producir ideas y que consiguen el reconocimiento público, avalado y soportado por las grandes editoriales y que por ende generan una ganancia más que necesaria para pagar las deudas, alimentarse y vivir dignamente, en nuestro país, salvo contadas excepciones -confieso que no se me viene a la memoria algún autor que pudiera decir que disfruta de una gran holgura económica gracias a tus textos- absolutamente todos tienen más de una actividad para procurarse el sustento y pagar con ello el alquiler, el condominio, los servicios básicos, alimentarse y darse uno que otro gusto. Recuerdo el primer día de clases en la universidad cuando un profesor desconocido para mí, que a la postre terminó siendo mi tutor de tesis, dijo que aquellos que querían hacer dinero estudiando Letras podían agarrar sus cachachás y largarse. La remembranza citada no es textual pero sí lo es el simpático término que utilizó.

Los extraordinarios escritores contemporáneos que nacieron y aún viven por estos lares, conjugan las más variopintas faenas para procurarse el pan, para complementar el dinero generado gracias a tus trabajos literarios. En la gran mayoría de los casos, todos han sido destacados profesores universitarios que con placer comparten sus conocimientos con los ávidos estudiantes, amortiguando los compromisos adquiridos con sueldos y salarios que no superan en mucho a si trabajaran sólo ad honorem; están los afines a la parte comercial, que según reza la máxima y tal vez esto sea así en todo el planeta, “en la calle es que está el dinero”: los hay desde los que tienen pequeños comercios, modestas librerías, hasta los que se han dedicado a cultivar la tierra, criar ganado y hasta tener fábricas de cocina (no olvidemos a los que tienen dos, tres o más carreras universitarias). Hay de todo. Seguramente usted desconocido lector tenga algunos ejemplos más curiosos que los anteriores.

Recientemente se llevó a cabo el II Salón del Libro y en él, me conseguí a un escritor que ya lleva editadas tres excelentes novelas que de las cuales, una será llevada al cine. Mantengo su anonimato por respeto y sobre todo discreción en cuanto a su actividad paralela. Después del apretón de manos y del saludo de rigor, le pregunté que si estaba escribiendo algo nuevo, una nueva novela, y me comentó que no, que estaba trabajando más que nunca en su empresa para ver si podía generar el suficiente dinero, retirarse pronto y dedicarse al fin a la literatura. Casos como estos y sobre todo en Venezuela son más que comunes, son necesariamente una condición.

Lo cierto es que desarrollar la palabra, lograr la madurez necesaria para llegar a las combinaciones literarias que resulten de un trabajo pensado y no pasen como un simple golpe de suerte, requiere del empeño contumaz de su creador para vencer las cuitas que ofrece el mágico ejercicio de escribir. Tal vez todas las personas que llevan consigo ese gusto por la escritura, profesionales graduados o no, comerciantes o sencilla y noblemente escritores de oficio, escriben para huir, para escapar de la aprehensión que el mundo produce sobre el ser humano desde tiempos inmemoriales. Concluyo citando nuevamente a Pamuk haciendo honor a la palabra madura y no con la mía que aún está en su fase embrionaria: “Lo mejor de escribir, de la escritura creativa, es poder olvidar el mundo como un niño, sentirse sin responsabilidades al tiempo que nos divertimos como más no apetece, jugar con las reglas y las leyes del mundo conocido como si fueran juguetes…”