28 feb. 2013

Infancia

La infancia es como un rostro borroso
en una moneda de oro que suena
limpiamente.
Tadeusz Rózewick

Cuando estamos niños los días se nos pasan lentos. Deseamos ser grandes, adultos. Y cuando ya lo somos, nos preguntamos en qué momento se nos fue la infancia. Desde allí, desde esa etapa de la vida, J. M. Coetzee cuenta su propia historia, una suerte de autobiografía novelada de un momento no precisamente fácil de su vida. En el texto está el inevitable apartheid sudafricano haciendo de las suyas en todo el territorio, y la familia Coetzee en medio de aquel conflicto socio-político en donde la polarización era absoluta entre los afrikaners y los ingleses que aún querían mantener el dominio sobre la población negra, así que el segregacionismo y la discriminación racial están en su esplendor.

La obra transcurre a finales de los cuarenta e inicios de los cincuenta (en plena infancia de Coetzee), momento en que el Partido Nacional refrenda todas las políticas del país fortaleciendo el apartheid. El miedo está allí presente en la mirada de un niño que quiere pasar desapercibido, que cuando no está enfermo de verdad, finge estarlo para no tener que ir al colegio. Paradójicamente quiere sacar las mejores notas, lo que de por sí llamaría la atención, pero su mayor preocupación no es esto, sino los terribles azotes que los profesores aplicaban a sus estudiantes. Por otro lado, terminar por castigo en un salón de afrikaners sería la muerte, pues para aquel niño, éstos eran terribles, bárbaros, casi unos salvajes.

En ese proceso de crecimiento y aprendizaje surgen las dudas y las confusiones, no sólo por saber si identificarse con los ingleses o con la raza africana, sino también con la religión, porque de ello también depende su estatus en el colegio (y en la vida), su evolución y por tanto, un mejor futuro. Infancia, como muchos de los libros de Coetzee, es un texto duro, contado con una crudeza y una maestría evidentes. Allí se reflejan los intríngulis familiares desde una intimidad que sofoca por las diversas presiones que los aqueja. Está la madre a quien el niño adora, pero que a ratos también odia y un padre del cual puede prescindir por su falta de cariño y respeto hacia él. El niño Coetzee de la historia trata de ser un ejemplo en el colegio, pero en casa deja mucho que desear.

La manera que tiene el autor de evocar su infancia, nos coloca en una situación de desconcierto al ver las diversas calamidades que pueden sufrir una nación y una familia en medio de sus crisis. La inocencia está allí, pero siempre despertando de bruces ante una realidad inexorable y violenta.  Se lee a Coetzee con la predisposición de que cada frase es una joya narrativa, pero que en cualquier momento te golpea y te hace tocar suelo. Tal como le dijo su tía Annie: “Tan joven  y sin embargo sabes tanto. ¿Cómo vas a poder guardarlo todo en tu cabeza?”. Obviamente este Premio Nobel de Literatura lo hizo: lo guardó todo y lo contó con destreza. 

25 feb. 2013

Hojas de romero

Las hojas de romero se escogen con la tesitura propia de hechicera para dar magia que alegre y conforte a todos los sentidos, dos tazas como medida mínima para un cuerpo necesitado de su milagroso hacer, la almendra —que compite en aroma con el romero— se agrega en forma de una taza de tibio aceite, la sal marina se equilibra por cucharadas y son tres las requeridas, añádesele a esto la mirada, única de cada mujer, que encierra el petitorio a cumplir por el ancestral baño. Una tina no podría faltar, ni ducha ni jofaina harían la labor, la ceremonia de hundirse lentamente en la tina forma parte inseparable del ritual, saborear el vaporoso aroma que limpia los recuerdos y energiza el espíritu, he ahí la magia, delicados dedos que se entremezclan con las flotantes hojas de romero en un íntimo abrazo…

15 feb. 2013

Qué Hermosillo: 6.3



Así nos recibía el país el viernes pasado. Para la fortuna de muchos, el número no era en la escala de Richter, no; mientras esperaba que las maletas hicieran su acto de aparición en la correa, alguien que estaba a mi lado, reconocido en el ámbito deportivo, dijo “coño qué bolas”. Le pregunté que qué pasaba y me dijo, “mira”, y me enseñó el fatídico tweet que anunciaba el ajuste cambiario a BsF. 6,3 por dólar. El temblor no fue físico, insisto, para nuestra dicha; pero sí lo fue psicológico y también moral, sobre todo después de tantas mentiras, engaños y supuestos avances en nuestra economía, que cuando entra en comparación con la de otros países, da pena.

Para nada iba a comenzar esta brevísima crónica hablando de ajustes cambiarios y devaluaciones, no; aún venía pensando en beisbol con sabor a bacanara; en desiertos y cactus que por hostil que parezcan, siempre son una caricia a la mirada y al pensamiento (al tacto, lo dudo); y en ese “mande” con el cual todos los sonorenses -y supongo que los mexicanos en general- inician su conversación con propios y extranjeros. El sabor del triunfo por el título alcanzado en nuestra pelota, más allá del rol en Hermosillo con un equipo totalmente distinto al que alzó la copa el pasado 30 de enero, aún estaba allí, sobre todo cuando en mi caso particular, estás involucrado con los intríngulis que implica armar un equipo.

Superando los escollos del primer día entre ajuste climático (4 grados en la noche y 30 al mediodía) y algunos detalles de la organización del evento que se escapaba de nuestras manos, el contraste-país entre lo que tenemos y lo que no tenemos, afecta, y mucho. Te dices a ti mismo y constantemente, por qué tu ciudad no está así; por qué la gente no es cortés o educada como ésta; por qué en las calles no hay ni un papelito y allá en Caracas, ni hablar (basta caminar cualquier avenida para darse cuenta de que no exagero); por qué los colegas de una emisora mexicana se sorprendieron cuando después del primer día de transmisión nos ven recoger los cables y equipos por si acaso no nos fueran a robar. Respuesta: “¿Qué? ¿Robar? ¿Quiénes? Nosotros nos vamos y miren la caseta, ahí dejamos todos...” Sí, qué vergüenza.

En medio de la zafra deportiva, agotadora por una parte pero gratificante por saber que lo estás haciendo bien, por la otra, siempre queda el tiempo para visitar, conocer, y en mi caso, buscar con un placer casi infantil una librería. En las dos primeras que encontré admito que mi frustración fue grande, pues no hallé en ellas nada particular, distinto a lo que puede encontrarse por aquí, además que el par de libreros quedaron ponchadísimos con dos autores universales por los cuales pregunté (allá también pasa), pero como a la tercera va la vencida, así fue cuando abrí las puertas de la librería Unison (Universidad de Sonora): una suerte de Scrat entrando al cielo repleto de bellotas, pero cambiándolo todo por libros. A la fuerza me sacaron mis compañeros que nada tienen qué ver con literatura y libros, sólo beisbol, beisbol y más beisbol... Así que sólo me llevé ocho libros y presto partí al Venezuela-México en el cual los dejamos en el terreno, valga recordar.
 Los chitilpineros se ofrecían para el menudo y el pozole; los tacos resultaron una delicia en el mercado municipal acompañados con chiles güeritos; los jalapeños rellenos una exquisitez; las coyotas un sabroso dulce (no picaba, en serio); la carne seca del estadio un volcán sólo apto para los mero machos; la horchata, un agua fresca exquisita. Así que la gastronomía fue aprovechada en pleno mientras pensaba que al día siguiente volvería a la librería a hacer de las mías, pero no fue así: almuerzo, tecates, molcajetes, música en vivo y bacanoras, nos anclaron a las sillas hasta tener que salir corriendo directo al aeropuerto en horas de la noche, con una “visteada” de la chingada y un país esperándonos con una devaluación telúrica de 6,3, haciendo temblar al más guapo de los bolsillos.