26 abr. 2011

Cuentos IV, Obras completas de Enrique Anderson Imbert

He tenido la oportunidad de conversar con narradores, escritores de largo aliento, que tienen una, dos, tres o más novelas publicadas, y si mal no recuerdo, todos me han manifestado su respeto y admiración por aquellos que hacen cuentos. El comentario común es el siguiente: les sorprende la capacidad de síntesis, el dominio de la prosa concisa y contundente que hace llevar la lectura, ergo al lector, a un impacto inmediato con la anécdota, la cual, palabras más palabras menos, se revela y se distiende casi de inmediato, todo esto acompañado con una increíble creatividad que sorprende y atrapa de principio a fin. Si hiciera una analogía deportiva, son como corredores de cien metros planos.

Por el contrario, cuando he conversado con cuentistas, el comentario es el mismo pero en sentido inverso: les sorprende cómo estos escritores son capaces de explayarse en extensas y largas parrafadas para contar una historia. Son, haciendo la misma analogía, los corredores de fondo, los que se juegan toda la historia en 42 K de sudor y gloria expuestos en una novela. Sólo por recordar a dos de los grandes en este sentido, están Proust y Balzac, quienes de asuntos tan comunes construyeron una obra monumental que hoy día es, y per saecula saeculorum, será de obligatoria referencia si de novelas y espléndida narrativa se refiere.

Bien. Esta breve introducción se me vino a la cabeza mientras trataba de decir algo sobre este libro que llegó a mis manos: Cuentos IV, Obras completas de Enrique Anderson Imbert, uno de los más destacados cuentistas de habla hispana. Y valga decir, que después de haber leído esta pequeña joya literaria, entro en ese grupo que lo considera de los mejores. El cuento como género literario tal como comenté al principio, debe tener la destreza de tomarte por la pechera y jamaquearte, de impactarte lo antes posible para conmoverte. Esto es lo que precisamente hace Imbert Anderson, siembra el caos de una manera sorprendente y, como es lógico imaginar, lo resuelve hacia el final de la manera más inimaginable e inverosímil posible. Sorprende esa capacidad de ebullición de ideas, unas veces tiernas y otras no tanto, para atraparte en la lectura.

El cruce de los tiempos, la técnica en el oficio cuentístico y la imaginación, son algunas de las herramientas que se ponen al descubierto una vez que comienzas la lectura. También está esa interpelación al lector en más de una ocasión para que éste infiera, dé un paso más allá del que seguro ya está dando, dentro del proceso escrutador de ese universo fantástico que recrea. Cuentos IV, Obras completas está compuesto por más de setenta cuentos con variopintos temas que pueden abordar lo más cotidiano de un ser humano, de la vida misma, hasta a aquellos que coquetean con lo irreal. No está de más recordar que Anderson Imbert fue uno de los precursores de la llamada “escuela argentina de literatura fantástica”, lo cual ya nos da una idea del escritor que fue.

Son muchos los cuentos que señalé dentro de mis favoritos y como el tiempo, esa valiente invención del hombre con la cual nos beneficiamos o perjudicamos de vez en cuando es tan implacable e importante para todos, hago una pequeña cita del cuento “Al rompe cabeza le falta una pieza” para finalizar:

Los problemas de la vida real, aún los que no se resuelven, son iguales a los que la literatura sí resuelve, los hombres nos repetimos desde Caín y Abel. Todas las situaciones ya se han dado, en la vida y en la literatura. Y esto nos deja más que claro que el asunto no es “el qué”, sino el “cómo se cuenta”, lo que el autor hace con inteligencia e indudable genialidad para atraparnos en su imaginario.

Aquí van algunos de los cuentos que más me gustaron:

“Ojos (los míos espiando desde el sótano)”

“Les estoy hablando de Helena la griega”

“Murciélagos”

“Un defecto más y no existiría”

“La foto”

“La rosa”

14 abr. 2011

Leviatán

El FBI consiguió un número telefónico en el bolsillo de un occiso que estalló en múltiples pedazos cuando manipulaba una bomba. El festival de carne humano se dispersó en todas las direcciones. Harrys y Worthy, serán los agentes que intentarán resolver el caso, pero no pasarán de ser un par de personajes secundarios ante la historia que Peter Aaron, un escritor con más sueños por cumplir que con éxitos y único vínculo hacia la verdad, está por contar.

Paul Auter siembra la semilla, la intriga, y luego se va en un larga retrospectiva en donde Peter cuenta en primera persona el día en que conoció a Benjamin Sachs, el desafortunado muerto -y también escritor- en una tarde tapizada de nieve. Ambos eran las dos voces invitadas a una lectura que fue cancelada y que iba a desarrollarse en una modesta taberna neoyorquina. Como dijo el camarero: “Con toda esa nieve ahí afuera no tendría mucho sentido. La poesía es algo hermoso, pero no vale la pena que se te congele el culo por ella”.

La nieve y la falta de público hicieron posible que Peter y Ben establecieran rápida amistad gracias a la literatura, y es a partir de ese encuentro que comienza Leviatán a expandir sus ramificaciones por medio de las variopintas historias y personajes que están envueltos en la trama, con sus traumas y frustraciones, sus penas y alegrías. También están las reflexiones de Peter como creador, como novelista, a través de las cuales pudiéramos ver el espejo de alguna reflexión de Auster: “Yo siempre he sido lento, una persona que se angustia y lucha con cada frase, e incluso en mis mejores días no hago más que avanzar centímetro a centímetro”.

En Leviatán los personajes tienen un corpus completo en cuanto a su interioridad, a su forma de llevar a cabo sus acciones y hacerse verosímiles en el turbulento escenario que Paul Auster plantea. Impresiona, además, cómo el autor va hilvanando todas las historias que a primera instancia parecen desligadas las unas de las otras, pero que a la postre, terminan siendo necesarias para llegar al desenlace.

Las relaciones amorosas también tienen su rol protagónico en Leviatán. Hombres y mujeres en la eterna lucha del entendimiento como parejas; encuentros extraños entre personajes que tan sólo quieren la inmediata satisfacción sexual, pero que terminan casi en tragedia y en un drama que se extiende a lo largo de la novela: “Así es como funciona el mundo. Todos los hombres son prisioneros de su polla y no hay nada que podamos hacer para evitarlo”.

En el juego de vueltas al pasado y previo a la impactante muerte de Ben, se da otro deceso no menos violento dentro de la historia con sus consecuencias colaterales; de un accidente que casi le cobra la vida y que sin duda fue el principio del fin para él. Nada de lo escrito en Leviatán sobra. Hasta el más ínfimo detalle cuenta para llegar al desenlace. Esa es una de las características que hacen de Paul Auster un referente de la narrativa mundial contemporánea, pues de las pequeñas cosas, logra construir estupendos relatos. Catorce ediciones son más que elocuentes para convertir a Leviatán en una de las obras más importantes de Auster.

1 abr. 2011

La elegancia del erizo

El suicidio como una opción para sanarse; como una alternativa de no ver más nunca a tus familiares, por demás imbéciles todos; como una vía para trascender por encima de una vida fatua y aburrida. Así piensa Paloma, una niña de doce años, inteligente al extremo, que decide de un día para otro acabar con su existencia. Ella es el típico caso de que el dinero no hace la felicidad (pero como ayuda, dirán algunos) y en su mundo particular, de familia adinerada y elitesca, nada compensa su necesidad de cariño ni sus fervorosas ganas de conocer gente culta e inteligente con la que valga la pena conversar.

Paloma, solitaria y aburrida, no logra ningún tipo de empatía con nadie, salvo con Renée, la conserje del prestigioso inmueble parisino en donde vive, que para su sorpresa, resulta ser una mujer brillante camuflada bajo la humilde vestimenta y su oficio de portera y mandadera de los demás. Su manera tosca y huraña al tratar a los exquisitos inquilinos, contrasta con la nobleza de sus sentimientos y la capacidad de análisis que tiene para cualquier forma del arte, hechos que no son más que un triste aliciente para contrarrestar su soledad y la inesperada viudez.

Previo a que se dé ese fantástico encuentro entre Paloma y Renée, suceden dos hechos importantes que conllevan al mismo. El primero tiene que ver con la muerte del crítico gastronómico Pierre Arthens (que viene de la novela anterior Rapsodia gourmet, un detalle estupendo de la intertextualidad manejada por la autora). Dice Paloma en uno de los capítulos presentados como “Ideas profundas”: “¡Alto es el precio cuando se lleva una doble vida! Cuando caen las máscaras, porque sobreviene una crisis –y, entre los mortales siempre hay momentos de crisis– ¡la verdad es terrible! Mirad por ejemplo a Pierre Arthens, el crítico gastronómico del sexto, que se está muriendo… es un malvado de los grandes”; el segundo hecho que en definitiva las pone frente a frente, es cuando un nuevo y misterioso hombre se muda al prestigioso condominio, siendo éste quien con su amplia cultura, descubre las sendas joyas que Paloma y Renée llevan por dentro.

Muriel Barbery endilga a sus personajes características únicas, siendo unas de las principales, una mente prodigiosa y una cultura avasallante. No obstante, la niña y la portera, esconden sus virtudes, tal como si protegieran el mejor de los tesoros. No alardean de sus capacidades sino para sí mismas: Paloma, por la fuerza propia de la incipiente adolescencia, que en momentos pudiera confundirse con arrogancia, simplemente se esconde, y Renée, tras su máscara de conserje, calla o se hace la tarada.

Los referentes culturales de ambas a lo largo de La elegancia del erizo, pasan por artistas como Vermeer, y filósofos y escritores como Propp, Kant, Tolstói y Proust. Días antes de que falleciera Pierre Arthens, éste llama a la puerta para pedirle un favor a Renée y mientras le va dictando las instrucciones, la conserje le encuentra parecido a un personaje de “En busca del tiempo perdido, obra de un tal Marcel”, piensa.

La elegancia del erizo va desarrollándose con frescura a través de una apasionada reflexión sobre la vida y la muerte; la soledad y la amistad, y los placeres más sencillos que pueden hallarse en cualquier detalle por ínfimo que sea. Para Paloma, pasar desapercibida como una niña normal es complicado: “Hay quien podría pensar que resulta fácil hacerse pasar por alguien con una inteligencia normal, como yo, a los doce años se tiene el nivel de una universitaria de una facultad de dificultad superior. Pero no, en absoluto. Hay que esforzarse mucho por parecer más tonto de lo que se es”, y para Renée no es menos cierto la misma situación: “Ser pobre, fea y, por añadidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorias sombrías y desengañadas a las que más vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad. La inteligencia ya no se ve como una justa compensación de las cosas...”

Así se va hacia el final esta estupenda novela, con situaciones y momentos que llaman a la reflexión y con un desenlace no menos triste, inesperado y cautivador, justo cuando las cosas se estaban encaminando hacia lo que siempre habían deseado conseguir en aquel condominio frívolo e impersonal Paloma y Renée. La elegancia del erizo es divertida, inteligente y un canto a la buena narrativa. Ojalá que la adaptación cinematográfica le haga honor al texto.