30 abr. 2010

La vida vivida: Vinicius de Moraes


Llegué a la obra de Vinicius de Moraes por su música. Un buen día me quedé embelesado escuchando una de sus tantas composiciones –honestamente no recuerdo cuál fue– y luego a su poesía, que si de cultura se trata, ésta y la música se dan la mano. Este es el tipo de personaje que abordándolo por cualquiera de sus facetas artísticas, no puede más que causar una grata impresión. Está lleno de reconocimientos del lado de la industria musical –para muchos es el padre de la bossa-nova– y lo propio por el lado de la poesía.


En esta deliciosa poesía concentrada en la antología La vida vivida, lo que más destaca es ese verso extenso e incluso grandilocuente, en donde el aspecto romántico y elegíaco, aborda muchos temas, particularmente el de la mujer. Vale la pena decir que se casó nueve veces y esto sin duda no pasó de largo sobre sus versos. Allí pueden leerse versos que son fantásticas sentencias poéticas: “cargo las campanas de semen que se alegran de la carne”…”cuando mis labios tocaron tus labios / comprendí que la muerte ya estaba en tu cuerpo”…”al caminar, algo en ti rechina en do sostenido”…”llevas la cabeza enterrada en los hombros cual oscura rosa sin tallo”, y así como muchos versos que marcan un estilo muy moraesiano, los cuales nos hemos perdido tal vez por esa barrera idiomática o por simple desconocimiento.


Vale la pena pasar por esta lectura, pues el ritmo te lleva a sentir el espíritu musical del autor y un evidente desprendimiento de falsas apariencias poéticas. Sus versos son sencillos, pero llenos de humanidad y precisión, de pasión y sentimiento, tal como si lo dijera por primera vez, en medio de la euforia o la tristeza. Poemas como “Ausencia”, “Receta de mujer”, “El poeta” o “Mensaje a la poesía”, son apenas una ínfima muestra de todo su legado poético. Vinicius fue más que el compositor de la “Garota de Ipanema”.


Sólo una pequeña parte del poema “Ausencia”:


Dejaré que muera en mí el deseo de amar tus ojos

dulces,

porque nada te podré dar sino la pena de verme eternamente

exhausto…


No quiero tenerte porque en mi ser todo estará terminado.

Sólo quiero que surjas en mí como la fe en los desesperados,

para que yo pueda llevar una gota de rocío en esta tierra

maldita

que se quedó en mi carne como estigma del pasado.



y de “La ausente”:


mi desnudez es absoluta,

mis ojos son espejos para tu deseo

y mi pecho es tabla de suplicios,

ven. Áspera es mi barba y mis músculos

serán dulces a tus dientes. Ven a zambullirte en mí

como en el mar, ven a nadar en mí como en el mar,

ven a ahogarte en mí, amiga mía,

en mí como en el mar…


http://www.youtube.com/watch?v=DSJ5xZci9mI

27 abr. 2010

Homo Sapiens Litteratus


Mis felicitaciones a Ricardo, Jaime, Ignacio, Bernardo, Javier, Rodnei y a todo el grupo de trabajo que está detrás del nacimiento de la nueva revista literaria “Homo Sapiens Litteratus”. En un país como el nuestro, en donde la cultura parece estar al margen de las principales necesidades del estado, hallar una nueva vitrina cultural y literaria, parece toda una utopía: un sueño beligerante que se yergue por encima de las dificultades.


Son varias cosas las que pudiera comentar sobre este primer ejemplar, pero una de las más importantes, al menos para mí, es la grata combinación de voces consagradas en el ámbito literario con aquellas que comienzan a germinar. Esto sin duda, es un gran valor agregado que tiene la revista, pues le da la oportunidad a aquellos que se están abriendo paso.




Ricardo comentó en el bautizo de “Homo Sapiens Litteratus” –y también dentro de su participación en Librería Sónica– que quedó sorprendido con el altruismo con que los colaboradores de este primer ejemplar cedieron sus textos. Esa misma generosidad que tuvieron los autores es la que de seguro tendrá el tren editorial de esta joven y necesaria revista a la hora de seleccionar los textos a publicar, deslastrándose de favoritismos, séquitos grupales y mezquindad alguna. Así lo hizo saber Ricardo y Jaime, estoy convencido de que es y será así. Éxitos.


25 abr. 2010

Enferiados con los libros


Mi agradecimiento a todo el equipo del “Papel Literario” (El Nacional) por la publicación de mi brevísima reflexión sobre la narrativa venezolana actual en el día de ayer. En dicha edición pudo verse la opinión de otras personas ligadas al mundo del libro y la literatura nacional, y como lugar común, debo rescatar el hecho de que todos coincidimos en que se está escribiendo más y mejor en los últimos tiempos, sea por la razón que sea. Por otra parte, lo que sigue siendo necesario es promover internacionalmente nuestras letras, nuestras voces herederas de un legado que viene gestándose desde Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Guillermo Meneses, Miguel Otero Silva, Neftalí Noguera Mora, entre tantos otros, hasta los contemporáneos y consagrados en la actualidad, que de manera justa y consensuada, figuraron en una simpática lista de las obras más destacadas en la última década venezolana, trabajo hecho por el equipo del “Papel Literario”. En lo particular me hubiese gustado que figurara más de una escritora, pero ese fue el resultado y debemos aceptarlo. Confieso que de los diez títulos hay tres que no he leído, así que tarea pendiente. Esta es la lista de diez libros extraordinarios que deben leerse y luego mis cortas palabras publicadas ayer sábado 24 de abril.



1. Falke, de Federico Vegas. 100 puntos.
2. La enfermedad, de Alberto Barrera Tyska, 79 puntos.
3. La otra isla, de Francisco Suniaga, 70 puntos.
4. Lluvia, de Victoria De Stefano, 40 puntos.
5. Indio desnudo, de Antonio López Ortega, 39 puntos.
6. Puntos de sutura, Oscar Marcano, 37 puntos
7. Bajo tierra, de Gustavo Valle, 34 puntos.
8. Los invencibles, de Rodrigo Blanco Calderón, 29 puntos.
9. Mariana y los comanches, de Ednodio Quintero, 27 puntos.
10. El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, 26 puntos.





Papel Literario, sábado 24 de abril de 2010



Escoger las diez mejores canciones de todos los tiempos, las diez mejores películas o los diez mejores libros no es tarea fácil. Este último renglón aplicado sólo al capítulo venezolano, también se me antoja difícil, puesto que para nadie es un secreto que en los últimos años, por diversos factores político-económicos, la industria editorial ha tenido que hacer maromas para sobrevivir y los escritores –dada la coyuntura– han visto cómo se les abren las puertas para sacar a la luz pública sus trabajos (producto, en gran parte, por la falta de divisas para importar libros), situación que hace más complejo aún decantarse por algún libro o autor sin herir susceptibilidades, bien sea a la hora de comprar, o a la hora de lanzarse en la aventura de hacer una lista con los diez mejores libros de autores venezolanos de la última década.

El hecho es que las librerías están repletas de un sin fin de títulos para todos los gustos entre los pocos importados y la gran batería de libros hechos en casa. Están los autores ya consagrados, los cuales no mencionaré para no ganar la enemistad de los que no nombre y ganar caracteres en este breve espacio, y están los aún desconocidos que se quieren abrir paso en el duro arte de la literatura, amén de poder salir ilesos de los intríngulis propios de las editoriales. ¿Por qué y cómo se publican a unos autores noveles y a otros no? Parto del famoso beneficio de la duda creyendo que existe un comité editorial serio y responsable al momento de la toma de decisiones cuando se va a publicar, y esto mismo aplica también a la creciente cantidad de concursos literarios en cualquiera de sus géneros que hoy día existen en Venezuela: ¿el jurado es imparcial o el amiguismo suele ser un factor decisivo?, ¿cómo se puede tener la certeza de que el jurado eligió bien? Preguntas al aire para llamar a la reflexión.

Es una realidad inmensa que existe una camada de jóvenes escritores que ya suenan. A unos los he leído y he quedado asombrado con la calidad y con otros no tanto, pero para eso están los gustos. Lo curioso es que algunos libros que no me gustaron, pasaron por otros ojos, por otras lecturas y el resultado fue el mismo: tampoco gustaron. Queda así entonces la duda sobre cómo llegaron a publicarse o peor aún, ¿será que no somos buenos lectores? Se está escribiendo mucho localmente y por tanto debemos afinar el ojo lector. Los conmino a seguir leyendo y a que hagan su propio listado con los diez mejores libros de autores venezolanos de la última década.

21 abr. 2010

El rapto de la odalisca


Una de las principales joyas pictóricas del MACC (Museo de Arte Contemporáneo de Caracas), antes MACCSI (Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber), fue robada: la Odalisca con pantalón rojo de Henri Matisse. No se sabe quién lo hizo, no se sabe cómo, y lo más desconcertante, es que no se sabe con exactitud cuándo sucedió.


El escándalo estalló a finales del 2002 en pleno paro cívico-petrolero, hecho que sin duda contribuyó a que el robo pasara en cierto modo por debajo de la mesa: para la mayoría de los venezolanos era más importante llenar el tanque de gasolina tras largas horas de espera -entre otras cosas de mayor prioridad- que conocer el destino del famoso cuadro.


El rapto de la odalisca de la periodista Marianela Balbi, deja al descubierto que los tentáculos corruptos y mafiosos llegan hasta el arte, hasta el museo emblema de una ciudad. Lo planteo de esta manera porque, sin duda alguna, fue necesaria la complicidad de muchas personas para que la obra de Matisse saliera del sagrado recinto sin levantar sospechas, hasta el punto de que la misma, pasara la noche recostada a la puerta de un apartamento en Miami. Es sorprendente ver, además, según el propio relato de Balbi, la parcimonia con que las autoridades competentes reaccionaron ante semejante delito.


“Venezuela inauguró su capítulo de robos espectaculares de obras de arte con la desaparición de la Odalisca con pantalón rojo de Matisse que, al convertirse en más que un delito contra la propiedad, permitió que la INTERPOL interviniera y propagara su ficha como obra robada en más de 183 países”.


Otro grato elemento que destaca en este acucioso reporte periodístico, en donde están presentes dealers de abolengo, verdaderos y reconocidos conocedores de arte, y otros que destacan por su truculencia de alcantarilla, es el tono detectivesco –sin dejar de lado el periodístico– con el cual Balbi aborda su estudio. Con un poco de imaginación y añadiendo a un personaje tipo Robert Landon, El rapto de la odalisca, pasa perfectamente como guión cinematográfico.


Este libro amplía las inquietudes que cualquier ciudadano pudiera tener sobre las competencias de las instituciones estatales, sean del ámbito que sea. Si bien es cierto que El rapto de la odalisca parte de un elemento romántico y sublime del arte, desde el hurto de una pintura que es patrimonio de una sociedad, es justo desde ese acto delictivo, transfigurado ya en ultraje y ofensa, lo que hace pisar tierra al lector en cuanto a la realidad que lo rodea y a hacer su propia reflexión sobre la ciudad en que vive y sus gobernantes.


En mayo conversaremos con Marianela Balbi acerca de su trabajo en Librería Sónica.

16 abr. 2010

Cinceladura

No sé si por ser viernes o tal vez por la música de fondo que por razones desconocidas desde la madrugada ya sonaba en mi cabeza y justo ahora la materializo en ondas auditivas: escucho "Mother" de Pink Floyd, me he paseado por los poemas de varios amigos, y eso es literal, es un paseo leer la poesía de gente tan cercana a uno por afecto y oficio. De un tirón salió “Cinceladura”, que irónicamente, no quiero corregir ni retocar, sólo dejarla aquí como una neurona astuta que se revela contra mí mismo.

(Odalisca con pantalón rojo de Henri Matisse robado del MACC)




tu cinceladura
va dejando sobre mi cuerpo
la caparrosa que desprende la carne

no soy tu paradigma perfecto
aunque así lo creas

te esfuerzas
en escorzar mis líneas
y cada golpe aflora el capricho malva que duele



¿rezas?



pareces hacerlo
desde tu fantasmal catecismo
al cual pretendes sumarme

no soy tu esclavo
aunque de librea vista mi honra

la suavidad con que engaña tu voz
va de tersa musalina

cuelga sudoroso tu aigrette
de vanidad perpetua
y concluyes tu obra
desparramando la Apsara oculta de tu vientre

15 abr. 2010

Vida y época de Michael K


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El poeta y reconocido librero Alexis Romero me dijo que si Desgracia de J. M. Coetzee me parecía un texto impactante, duro en cuanto a su contenido, “léete Vida y época de Michael K, luego hablamos” –me dijo. Después de hacerlo, debo decir lo que ya intuía apenas en la primera página: es un texto desgarrador, un libro que deshoja las miserias humanas, las diversas penurias por las que puede pasar cualquiera, más aún si se vive en un país en guerra.

La novela narra la historia de Michael K, un hombre que llega al mundo marcado físicamente por un labio leporino que lo acompaña toda la vida. Las restricciones económicas no hicieron posible llevarlo al quirófano para borrarle la desagradable malformación, pero sí lo llevaron a deambular con la miseria a cuestas por cada calle.
Ya siendo un adulto y después de desempeñarse por un tiempo como jardinero, tiene que huir con Anna K, su anciana madre. Ésta padece una terrible enfermedad que la hunde en unos terribles dolores y Michael, para hacerle la travesía menos tormentosa, improvisa una carretilla con restos de materiales que encuentra en el camino. Pasan los días y la situación de Anna empeora, mientras Michael, aprovecha cualquier instante para dormir en donde sea y a la hora que sea, hallando en el sueño, cierto alivio y el desprendimiento momentáneo de la implacable realidad que lo agobia. “Sin nada qué hacer, dormía cada vez más. Descubrió que podría dormir en cualquier sitio, a cualquier hora, en cualquier posición: en la acera la mediodía, a pesar de la gente que tropezaba con su cuerpo; de pie contra el muro, con la maleta entre las piernas. El sueño se instaló en su cabeza como una bruma benigna…”
En ningún momento la historia afloja en intensidad. Coetzee jamás cede para dar un hito de esperanza al lector, por el contrario, todo va empeorando línea tras línea y el nudo en la garganta que desata la lectura se comprime en cada párrafo, más aún después de la muerte de Anna K. Michael, en su triste deambular, carga con las cenizas de su madre en una pequeña caja, mientras busca la vieja casa en donde ella viviera muchos años atrás para depositar allí sus restos mortales.
Michael va perdiendo peso velozmente. Se transforma en un saco de piel y huesos. Después de pasar días sin comer, prueba alimentarse con animales silvestres, con algunas calabazas que logra sembrar en una granja abandonada, hasta llegar a comer insectos. Parecía “una partícula liviana sobre la superficie de una tierra demasiado dormida como para notar el rasguño de las patas de las hormigas, el mordisqueo de las mariposas, el revoloteo del polvo”.
A través de la lectura vamos asistiendo a la degradación física de Michael K. Va perdiendo lo más tangible que tiene en su vida que es su cuerpo, al punto, que luego parece perder hasta su nombre cuando pasa a llamarse simplemente “K”, nombre –o apellido– que con un poco de imaginación si rotáramos noventa grados hacia la derecha la solitaria letra, pareciera representar visualmente ese labio leporino que lo marcó de por vida.
Después de llegar al lugar donde supuestamente vivió su madre y su abuela para enterrar las cenizas, pensó: “Quiero vivir aquí, quiero vivir aquí siempre… Qué pena que para vivir en estos tiempos una tenga que estar dispuesto a vivir como una bestia. Quien quiera vivir, no puede vivir en una casa con luz en las ventanas. Tiene que vivir en un agujero y esconderse durante el día. Uno tiene que vivir sin dejar huella de su vida. A eso hemos llegado”.
En la segunda parte de la novela entra la voz testigo de un oficial médico que intenta ayudar a K durante su estadía en un campamento para gente desamparada. Desde el punto de vista de este oficial, lo narrado tampoco es alentador y las tragedias siguen su curso en medio del caos. Michael se resiste a comer y en las pocas veces que lo intenta su cuerpo rechaza cualquier alimento. Felicity –la enfermera llamada irónicamente así– también intenta ayudarlo, pero se da cuenta que el extraño sujeto es caso perdido. Para ojos del oficial, Michael era “como un insecto palo…cuyo aspecto extraño es su única defensa en un universo de depredadores…”
Sin duda Vida y época de Michael K es un libro impactante. Muestra la vida de un hombre desgraciado por los genes torcidos, por la pobreza y los embates de la guerra. Un hombre que deambuló en las calles, vivió en matorrales y terminó en un miserable campamento que tan sólo le garantizaba la certeza de saberse humano. La búsqueda de la libertad está presente en todo el recorrido de la novela, como bien supremo que lleva a K a convertirse en un despojo humano en su afán por alcanzarla. Coetzee, y en particular este libro, no es apto para mentes impresionables, en donde el padecimiento está de principio a fin.

12 abr. 2010

Ausencias deja la noche


Vivir en un país y particularmente en una ciudad convulsa como Caracas, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Si adoptamos un tono pesimista saltan a la vista los elementos negativos que pudieran mencionarse; si por el contrario, nos decantamos por aquellos que pudieran resultar positivos, habrán también otros elementos llenos de luz. Cuestión de opinión.

Dentro de aquellos elementos que pudieran ser positivos y reconociendo que estamos dejando por fuera muchísimas cosas, está la influencia del acontecer diario que termina infiltrándose en la literatura, particularmente en la narrativa, y más allá de ver esto como algo “positivo”, lo que pudiera es estar reflejando el nivel de compromiso que los escritores revelan en sus trabajos literarios con la sociedad, aunque lo que ofrezca el texto sea mera ficción.

No sorprende que en nuestra actualidad unos cuantos libros de reciente data, estén pletóricos del acontecer político-social que tanto dilema e incordio causa a tantos. De una manera más separada de esta realidad, están, por ejemplo, los libros El último fantasma de Eduardo Liendo y Cicatriz de Juan Carlos Sosa Azpúrua, en cuanto a ese retrato de lo que hoy día se vive en el país. Está presente, pero la distancia entre el mundo ficcional de ambos libros en comparación con lo real, con lo que nos está tocando vivir, es notable (recomendables los dos libros, por cierto); intuyo también –por algunas referencias– que dentro de esta categoría pudiera estar el libro Días de rojo de la periodista María Elena Lavaud, pero no lo he leído.

Caso contrario se presenta en los libros La distorsión de J. E. Chejín y Ausencias deja la noche de Gonzalo Himiob Santomé. En ambos libros es inevitable pensar en determinados momentos, si la novela no es lo que vivimos día a día, como hecho fáctico, y la realidad es lo que está inmerso en los textos, sobre todo en Ausencias deja la noche, en donde las situaciones allí planteadas pueden enervar al más conspicuo partidario del gobierno, o al más fervoroso opositor.

La historia narrada por Himiob está repleta de situaciones y personajes, que a diario, se ven en los principales titulares de la prensa nacional. Están los que fueron elegidos en las urnas electorales para dirigir el país, así como los estudiantes, esa masa que en algún momento del tiempo estuvo dormida, cuyo despertar, está más que presente en la novela; también existen personajes que muestran sus más oscuras aberraciones en contraposición a otros que son intachables en todo proceder, que, sin embargo, por razones desconocidas –y aquí entra un elemento ficcional importante de la novela– cambiaron rotundamente de la noche a la mañana en perjuicio propio y de los demás.

Este cambio fue el que vivió Egbert Kauf, un reconocido jurista y profesor universitario, una eminencia en materia legal que “recibía ovaciones de pie y reconocimientos mundiales por la densidad y lucidez de su saber”. Un buen día, las fuerzas espirituales, los guardianes ancestrales del Guaraira Repano, decidieron hacerle una broma, una jugarreta tan propia como hacían los mitológicos dioses griegos con cuanto ser humano se les atravesaba: después de una pesada noche, sus conocimientos fueron bloqueados, llegando a vivir en la “tranquilidad de la ceguera”.

En contraposición a ese repentino bloqueo de lucidez, está Carlos Paredes, un estudiante que representa el empuje de todo un colectivo que busca recuperar la justicia y la tranquilidad perdida. Mientras la masa enardecida de estudiantes quemaba en protesta los libros de Kauf, Carlos y un grupo de líderes estudiantiles, buscaban la manera de hacerle llegar un mensaje a todo el país infiltrándose en el Tribunal Supremo de Justicia: y lo lograron, pero esto desató el caos que tanto necesitaba el régimen totalitario para dar rienda suelta a las balas.

A través de Ausencias deja la noche vivimos la realidad de la novela como si fuera la que atestiguamos día a día. Los elementos de ficción, tanto de las situaciones como la de los personajes, rozan constantemente lo cotidiano. Allí están los políticos y los militares; están los estudiantes y las madres abnegadas que dan todo por sus hijos; están los delincuentes que se aprovechan del caos para seguir con sus fechorías y los policías que intentan hacer su trabajo; está ese elemento religioso que va desde José Gregorio Hernández hasta María Lionza, enmarcando el polifacético engranaje espiritual que recorre el país; y también hay muchas y lamentables muertes, pero luego hay vida.

Esta primera novela de Gonzalo Himiob Santomé, nos hace probar el trago amargo de la injusticia y del abuso de poder, pero lo más importante es que cierra con contundencia, con la esperanza como elemento fundamental para alcanzar un objetivo común en pro de la colectividad. La pequeña Sofía, hija del valiente Carlos y de Ana, viene a encarnar esa esperanza. Ella es vida hacia el final de la novela.

Dos palabras se me vinieron a la cabeza al finalizar la lectura: ojalá… amén.

7 abr. 2010

Soledad intacta


Hay muchas maneras de hacer poesía o dicho de otro modo: diversos estilos poéticos. Están los que conservan aún la rima perfecta al final de cada verso, los que hallan en “puntos” y “comas” el complemento necesario para enmarcar su poeticidad, aunque estos elementos se presenten anacrónicos y obsoletos en estos tiempos. Esto lo suelo justificar diciendo “cada quien tiene su estilo”.


También están los que no echan mano del proceso decimonónico poético, es decir, los que dejan de lado tanta rima y se enfocan más en el contenido, en lo que se pretende decir, en donde la forma tiene qué ver más con la disposición de los versos, de la selección precisa de algún adjetivo (o su omisión), de los silencios que en algunos casos son más que evidentes hacerlos o que hay que estar bien conectados con la palabra poética para darle a la lectura ese necesario respiro enmudecido.


Así va la poesía de Patricia Guzmán, una de los voces poéticas llamadas a perdurar en el tiempo, tal como lo hace –que no “hiciera”– Eugenio Montejo y Rafael Cadenas en todo el continente. En Soledad intacta queda más que claro su oficio de poeta y es que si de contenido se trata, Guzmán llega aquí a ese punto en donde su trabajo es por antonomasia misticismo. Como bien lo señala en la introducción Reyna Rivas: “Yo siento tu poesía arriba, en la luz, en un vuelo ritual, ingrávida, sostenida por las alas de un ángel”. Leer este poemario es adentrarse a un estado elegíaco de la palabra y que necesariamente requiere reflexión y jamás apuro. Requiere, además, una necesaria y una casi natural demanda de relectura para alcanzar eso que la poeta quiso decir –o al menos intentarlo.


Por otra parte, esa aparente mansedumbre que a priori se percibe en sus versos, no es más que una travesura muy bien pensada, una manera muy descarnada de expresar con sencillez sus emociones, su experiencia real y simbólica frente al dolor, haciendo que la palabra se revele contumaz y la idea se apodere del lector como a través de un mantra (esto del “mantra” es una extraordinaria analogía que hace Sonia Chocrón en el apéndice de Soledad intacta).


Patricia me comentó que no tiene una técnica predeterminada para escribir su poesía, pero que esto “no quiere decir que sea ingenua a la hora de escribir”. Su Soledad intacta cobra vida y habla por sí misma en este sentido: no hay ingenuidad, todos los versos son trazos de su vida, padecimientos de su sentir humano y poético.



Mansa

cargo el derrumbe



Ya no me quedan huesos

estoy hecha de sed



http://palabrasyescombros.blogspot.com/2010/03/con-el-ala-alta.html

1 abr. 2010

Noveno capítulo: Francia, verano de 1946


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).


Se ha escrito tanto sobre Francia, que ya parece agotado el tema. Por otra parte, es imposible disimular la timidez que sobrecoge al escritor joven cuando se aboca a la gratísima pero difícil tarea de interpretar una vez más en la historia de la cultura el sentido universal, tentador y profundo de esta patria generosa, amada y soñada por la humanidad. Francia es la lección perdurable, más espontáneamente aprendida por los hombres de todas las razas y de todos los climas. Pienso, por esta razón, que si lo fundamental para su interpretación ha sido explorado hasta en las más profundas vetas, nos queda a lo que hemos llegado tarde en este camino, la modesta satisfacción de referirnos al simple episodio personal, cuando por él queremos dejar constancia de nuestra devoción a aquel pueblo y a su maravillosa aventura humana.

Considero innecesario, pues, advertir a los lectores, que están estas notas emocionales lejos de pretender convertirse en un ensayo afortunado sobre materia tan gastada a la que sólo el genio puede hallarle nuevas facetas, capaces de sorprender al mundo de hoy.

Fui a Francia, como han llegado hasta ello todos los hombres de buena voluntad; crucé su territorio sentimental en una de esas romerías devotas que hace infinitamente gratas la religión del amor. Y acerqué mi corazón al palpitar de sus caminos y de sus campiñas, como el creyente aproxima sus oídos al rumor de Dios, en las majestuosas liturgias de los templos antiguos. Me tocó, no sé si en suerte o desgracia, presenciar la angustia de un pueblo noble, en la doliente convalecencia de sus heridas profundas. Si la guerra de 1939 golpeó duramente al pueblo francés, allí están en pie, más señeros que nunca, sus monumentos y sus lecciones, para decirnos cómo de cada un o de sus pesares, asoma un noble rumbo para la humanidad.

En un soleado mediodía del 26 de junio de 1946, crucé la frontera franco-belga por la ruta de Valenciennes, con mis amigos venezolanos Rómulo Lander Márquez, Roberto Martínez Herrera y Victor Materán. El automóvil que nos conducía iba manejado por un veterano belga de las dos guerras, francotirador de las filas del Movimiento de Resistencia de la última. Mientras el vehículo se deslizaba suavemente por aquellas carreteras rectas y anchas, que parecían romper las entrañas de los campos sembrados de trigo y de patatas, el veterano iba relacionando el paisaje con la odisea de sus gentes en los días de la guerra y en las noches de la ocupación enemiga. Nos esforzábamos por no peder aspectos de sus relatos y del paisaje.
Dos impresiones asaltan al viajero que pisa hoy la tierra francesa: dos impresiones que se compensan. La una, de pesar, por la obra destructora que allí cumplió la guerra; la otra, de admiración, por la voluntad y la energía que aporta amorosamente el pueblo para la reconstrucción.

Nuevos hogares van sustituyendo a los destruidos por las bombas y la metralla en las campiñas inocentes; las escuelas y los templos vuelven, gozosos, a albergar bajo sus techos refaccionados la esperanza y la fe; y, al lado de los puentes volados por el enemigo, o por los patriotas de la resistencia, se reincorporan las nuevas estructuras, más modestas que las antiguas quizás, pero más solícitas al paso de la nueva vida que comienza a circular por las arterias convalecientes.

En los suburbios de Cambrai ciudad martirizada una vez más, que comienza a levantarse de los escombros polvorientos, se puede observar la más impresionante herencia de la guerra: millares de automóviles blindados, ambulancias y tanques de guerra, destruidos o abandonados, ocupan cerca de diez hectáreas de terrenos, que semejan una granja de la muerte. Es un vasto cementerio de acero herrumbroso. Nos hemos consolado pensando que, en la próxima primavera, millones de ondulantes espigas habrán reemplazado el panorama desolador. Ya, en esta primavera, las mieses circundan, como para ocultarla a los ojos de la nueva humanidad, esta horrenda perspectiva de la derrota material.

Pese a estos detalles, el conjunto es alentador. Si las aldeas se ven un poco descuidadas y solitarias y las paredes de las casas, descalabradas y sin pintura, esto indica –y lo confirma el grado de cultivo de los campos –que los franceses, fundamentalmente previsores, se ocupan, en primer lugar, en reconstruir su economía industrial y agrícola para asegurar a la nación inminentes mejoras en las formas de vida y en la situación alimenticia.

Los contornos de Aubigny son una inmensa granja, donde la variedad de los cultivos inscribe en el paisaje la más alucinante policromía. El lindo pueblecito de Saint-Quintin, a las orillas del romántico Somme, parece en el verano materialmente arropado por los trigales y los viñedos. Con todo y la posguerra, provoca ser un modesto vecino, granjero de Saint-Quintin. Igual confortador panorama ofrecen las hermosas aldeas de Pernonne, Omiecourt, Fonches, Lioncourt, Roye, Trillelloy y Creil. En este último pueblo, nos conmovió ver la ancha playa fluvial, repleta de niños franceses, deleitados con el tibio sol veraniego. Hemos visto muchos pastores alegres, cantando junto a sus rebaños en las voluptuosas colinas de Francia. Todo lo observado parece indicar que el noble pueblo galo avanza en el camino de la recuperación de su bienestar y de su alegría.

Hasta aquí han llegado nuestros apuntos, cuando vamos entrando en París por la antigua y célebre Avenida de la Chapelle.

Cuando los propios franceses hablan de su encantadora capital, establecen la diferencia de antes y después de la guerra. A diario recordarán en el teatro, en el café, en los parques o en el tren subterráneo la ciudad-luz de 1938, por ejemplo. Esto para las jóvenes generaciones, que las más antiguas cierran su frontera ilusionada a partir de 1914. De ambas actitudes, tengo observaciones y recuerdos. Sin embargo, el que no hubiera conocido la ciudad antes de la guerra, la sentiría tan igual a la que ha soñado, a no ser por la escasez de muchos artículos esenciales y una marcada ausencia de luz en sus hermosas plazas y avenidas. Hay polvo y desaliño en las mesas de los cafés y se intuye, a simple vista, que los hombres y las mujeres de Francia están muy lejos de sentirse satisfechos de su menguada elegancia actual para el comer, para el vestir, en una palabra para el vivir. Está rota la vieja armonía parisiense y augura muchas dificultades y sacrificios repararla.

El sentido de la pulcritud exterior en la mujer francesa ha sido duramente golpeado. Como le preguntase a una chica, en el paseo vespertino de los Campos Elíseos, su impresión sobre el París de hoy, la sintetizó agudamente a su manera, con un rayo de inteligencia natural en su semblante contrariado: “París está mal, no hay jabón”.

No se puede confundir la situación tolerable para el extranjero que cambia dólares y otras divisas solicitadas en el mercado negro, con la que afronta el pueblo francés, sometido a las fluctuaciones peculiares de su economía. Una comida de cuatrocientos francos en el Restaurante “La Source” o en el “Saint Michel” de la célebre avenida parisiense, clasificados en la categoría “D”, para clase media y trabajadores, sólo es apto para un paladar acostumbrado en cinco años de privaciones. De otra manera, precisa disponerse a gastar tres mil francos –aproximadamente cincuenta bolívares al cambio en el mercado negro –para poder disfrutar, sin las molestias de los cupones de racionamiento, de una buena cena de contrabando en los mejores restaurantes de los Campos Elíseos, donde no se puede entrar con cuatrocientos francos. Pero aún así, esta situación va superando rápidamente.

Todos estos detalles prometen ser sacrificios transitorios. La ciudad permanece intacta en su vieja alma clásica. Los teatros están abiertos como antes de la guerra; el movimiento intelectual surge renovado y poderoso, acicateado en la dura experiencia de los pasados sufrimientos; las galerías artísticas recobran su viejo esplendor. En resumen, cuanto constituye la herencia sentimental del pueblo galo se está levantando con energía inusitada de su doloroso lecho de postración.

Se respira ya un aire liviano, francés. La alegría ambiental, cósmica, parece disipar empeñosamente los nubarrones trágicos de los años de ocupación alemana. La Plaza de la Estrella, los Campos Elíseos, el Trocadero, las Tullerías, los jardines de El Louvre, la Cité, el Bois de Boulogne y Versalles –para citar lugares más conocidos –se presentas repletos de gentes alegres, curiosas de arte, de antigüedad y de redescubrimiento emocional. Se nota que la noble ciudad recupera su condición de “cita” de todas las gentes del universo. Resulta un desenfado agradable, elegante y familiar en todas las cosas. Estos días del verano en París se ofrecen, con su gracia antigua, como un sedante altruista para los viajeros fatigados y para las gentes remordidas o tristes.

El último domingo de julio –no litúrgico como los de Brujas, de que habla Rilke en “Turnes” –las gentes pacíficas y bondadosas de la ciudad y centenares de visitantes plenaban los caminitos, las orillas de los románticos lagos, los bancos y las partes más sombreadas del Bosque de Bolonia, como en una devoción del reposo, lejos de los recuerdos malos y de las pesadillas lúgubres de los años pasados. Un fin de semana inmejorable. Ágiles muchachas en bicicleta y románticas parejas perdidas en los frescos rincones que enmarcaban bonanza del día en aquella admirable antesala de la naturaleza gala. En la calle, en medio del mejor refinamiento de la gracias, el francés continuaba ratificando su fe y su amor hacia la vida en la natural e imprescindible liturgia del beso.

De la guerra, apenas se habla. No se acomoda a la sensibilidad de aquel pueblo el recuerdo insistente de la desgracia pasada. Sus pensamientos y sus acciones se dirigen hacia el objeto más real, más próximo y urgente del porvenir. No sé si resignados o gustosos, los franceses comparten estos primeros meses de liberación con las tropas y numerosos funcionarios norteamericanos y canadienses, quienes demoran bajos sus techos hospitalarios desde la invasión. La policía militar norteamericana se muestra bastante activa e interviene en la organización actual. No oí hablar de los alemanes, ni bien ni en mal. Prefieren los franceses no tocar el tema. Muchos prisioneros de guerra, los soldados corrientes, trabajan en las fábricas y en la obra de reconstrucción económica de la Nación, sin que se sientan asediados por la vigilancia de un cancerbero feroz. Devengan salarios humanos que les permiten atender a sus necesidades. Otros –quizás los que sobrellevan acusaciones de crueldad o de rapiña –cruzan en las mañanas y tardes las calles de París, hacinados sobre camiones descubiertos, huraños, silenciosos y como insensibles, con dos letras grandes bordadas en la espalda sobre el uniforme oscuro: W. P., abreviatura inglesa de prisionero de guerra.

En los momentos en que visitamos a Paría los salones de la Conferencia se aprestan a recibir las Delegaciones de las Naciones Unidas, para la discusión de la Paz. El señor de Gásperi, representante de la nueva Italia, ha llegado a la ciudad. Y lo que más me ha emocionado: he asistido al momento en que llegaban al Gran Hotel, en la Avenida de la Ópera, los Delegados chinos, muy elegantes y ceremoniosos, con su legión de secretarios y secretarias, de ojos oblicuos y caras relucientes.

En las redacciones de los diarios, en los cafés y en los paseos, la Conferencia de la Paz es el plato del día.

Un suceso personal es índice, de esta agitación: en Les Vignes du Seigneur, viejo restaurante de Monmartre, me han cobrado –anfitrión y tres comensales –diez mil francos por una modesta comida, en la que sólo destacan los palominos y el champaña. Un escándalo de precios. Hemos sido solícitamente atendidos, e, informados de nuestra procedencia, la orquesta típica compuesta por un violín, acordeón y piano, nos ha regalado con música suramericana, precedida de La Polonesa. En un intervalo de silencio, el mozo nos espeta respetuosamente: “¿Cómo se preparan para la Conferencia, señores delegados?” Muy poco hemos podido replicar, entre dientes, desconcertados. El muy fino servidor, de muy buena fe o con perspicacia muy francesa, adelantando posiciones para la propina, pretende, inopinadamente, anticiparse también a vernos atravesar los jardines de Versalles con los supuestos colegas chinos. Antes que los propios Delegados, nosotros, los tristemente simbólicos, hemos pagado en la fantástica noche de Monmartre el noviciado de una Conferencia, que no habremos, seguramente, de presenciar ni de escuchar. Una explosión de sabroso humorismo ha suscitado la sorpresa. Es éste el París de todos los tiempos y nosotros, los venezolanos presentes, pagamos también la entrada en la antesala del buen espíritu francés.


¿Por qué aman tan consecuentemente los hombres de todos los países a París? La respuesta sólo se elabora mirando al propio París. Tantos siglos de cita de distintas culturas en el viejo centro de la civilización occidental han permitido la sedimentación de cada uno de aspectos, las más de las veces objetivos, que encantan a los visitantes. Nuestros pueblos importaron tantas modalidades de la capital francesa, que luego olvidaron su cuna y las creyeron expresiones propias. Pero las vuelven a tropezar al correr de los años, con toda su gracia olvidada, hasta en los más humildes rincones y barrios de la ciudad. Yo no he encontrado ninguna diferencia entre los kioskos de baratijas, diseminados a todo lo largo de la Avenida de la Chapelle, o en el terminal del Boulevard Saint Michel, -el Boul Mich de los parisienses– con los desaparecidos gatos de la Playa del Mercado en Caracas. El mismo color, el mismo polvo y una idéntica técnica en la selección de los artículos. Desde las pálidas y dolientes comunes en los amoríos provincianos de la Venezuela de treinta años atrás, hasta los corbatines de lazo hecho, que se sujetaban al cuelo alto con un grueso broche de garfio. ¿Qué significan estos artículos paralizados en una venta destinada a los parroquianos? Nadie podría explicarlo, como tampoco hallaría la razón del quincallero para no legarlos al perol de la basura. Pero estos detalles tan imperceptibles como pintorescos, enlazados con otros, son el encanto de París. Es el encuentro con la otra ciudad lejana que ya olvidó su consecuencia con el modelo generoso. Viendo la cantidad de lujosos coches tirados por cabellos que trasportan en París, en Bruselas y en las viejas ciudades europeas, he recordado con nostalgia la única victoria que sobrevive en Caracas y se insinúa humildemente en la Plaza del Municipal, con el complejo de inferioridad producido por el cognomento de lechuza, otorgado por el ciudadano moderno, porque apenas quedó para las últimas estampas nocturnas de la bohemia caraqueña. Me duele pensar que, cuando Isidoro, el viejo cochero bigotudo, cargado de recuerdos y de complicidades, tome la senda anónima y niveladora del Cementerio General del Sur, habrá desaparecido el último vínculo entre el París de todos los tiempos y la Caracas afrancesada y versallesca de fines del siglo pasado.

Está intacto lo perdurable de París. Lo encontramos desde la tumba de Napoleón en Los Inválidos, hasta en la eternidad musical y divina de sus poetas y artistas en el sueño glorioso del cementerio de Pere Lachaisse. Sobre mármoles perennes, se entrelazaban las sombras de Musset, de Lamartine, y de un extraño huésped atormentado que allí buscó su asilo disolvente entre los huesos armoniosos de sus hermanos de locura: Oscar Wilde. Lejos ya del sueño de los eternos insomnes, consagré un recuerdo a Paul Verlaine, al borde de una copa de ajenjo, de su ajenjo, en la Rotonda, en su Rotonda… “¡Ah quand refleuriront les roses de semtembre!” Maestro…


Me contaba, con pena y emoción de hallazgo a la vez, mi fraternal compañero de viaje, el Teniente de Navío Cerveleón Fortoul Pineda, el curioso descubrimiento que hizo de una biografía del Libertador escrita en islandés y expuesta en la vitrina exterior de una vieja librería de Reykjavik. Fue para él una verdadera tragedia el no poderla adquirir, porque el comercio estaba cerrado y el avión a punto de partir. Un caso parecido me sucedió en París la mañana del domingo –una de estas claras mañanas en que con los hombres amanecen la esperanza y la fe– cuando la curiosidad me llevó a oir la primera misa de Notre Dame. A la salida, casi con el alba, crucé el puente de la Cité y me eché a andar como un sonámbulo por el paseo del Sena. Pasando frente a los clásicos kioskos de libros viejos, me detuve accidentalmente en uno, adornado con antiguos dibujos. En su vitrina cerrada, sobre una pasta de tela decadente, distinguí el nombre de Bolívar. Era la biografía de Marius André. Pero el mercader no aparecía. Sobre los empolvados techos de las casetas y los árboles de la avenida batía la deliciosa brisa matinal. Esperé largo tiempo, acodado en el malecón, mirando las aguas y los pescadores trasnochados entre los viejos botes, enarbolada la caña sobre el brazo pujante como una bandera fluvial. Miré a todos lados y no hallé el fruto de la madrugadora faena. Los peces no acudían a la cita mortal. La mañana parecía emerger más clara de los ojos de los curtidos hombres ribereños. Ellos y el río eran el mágico despertar de París. Quizás se sentían bien pagados con enmarcar el paisaje del Sena, luchando con sus designios, limpiamente amanecidos, sin ambición y sin desaliento, con esa bondad natural que sólo puede regalarnos la mañana sobre las aguas. Muchos siglos han repetido cotidianamente la misma historia. Bien vale París una misa, dijo el Rey, y la primera misa de Notre Dame, con el telón de fondo del apacible Sena y sus románticos exploradores, me compensó la pena de no haber obtenido el histórico recuerdo del Libertador. ¡Cuántas mañanas –pensé para resignarme– esperó, frente a la filosofía de estas aguas, trasnochado y errabundo, la aventura lejana y radiante, el atormentado caraqueñito de 1808!

El único desayuno de ese día fue el amanecer sobre el Sena. Más fuerte la emoción que el sueño, crucé frente al Hotel de Ville y me dirigí a Monparnase. Pienso que nada ha variado: allí están intactos, magníficos y elocuentes, como una lección de supervivencia amorosa, los viejos barrios, con sus parquecillos, calles y avenidas, más perdurables que el genio de todos los tiempos que los novelizó y que la poesía misma, surgida como una flor nocturna de sus viejos cafés y restaurantes; allí está el Medioevo, en su mejor expresión tangible, penetrando en los sentidos como una borrachera insensible.

Durante la noche de Monmartre siempre es Monmartre. Lo que el viejo barrio sobrevive es la decoración perdurable de la leyenda. La salida de la Estación del Metro de la Plaza Pigalle, el encuentro sorpresivo del Moulin Rouge y la perspectiva ascendente de la colina que lleva a la basílica del Sacre-Coeur, dan la impresión de un sueño iluminado. Especie de brusco despertar en un Monte Piedad caraqueño, eufórico, borracho, musical, con la natural distancia de la pátina, la historia y la novela. Al encuentro de cada morada secular, da la impresión de estar frente a una mansión impenetrable de espíritus malignos. Si llegaran a faltar los viejos apaches legendarios, como un sello clásico del barrio, no menos lucido papel representan las cantidades de tipos aventureros, de nervudos brazos tatuados, quienes invaden los cafés y se sientan en sus mesas, en una verdadera orgía de Armagnac y frases oscuras inconexas. Debo confesar que apenas es un heraldo de otra edad esa novelización macabra que acompaña a Monmartre. Al contrario, sea por la presencia de la Policía Militar Norteamericana, o porque en la natural evolución de la ciudad, la vieja realidad ha sido superada, las noches permiten hoy curiosear sin temores ni grandes complicaciones, la evocadora perspectiva del romántico barrio con su hermosa Plaza Jean Baptiste Clement y aquella Rue de Saint Eleuthere, que alberga la Comuna Libre del viejo Monmartre, como en una suave territorio del sueño. En la casa Nro. 4 de la Calle Saint Rustique descubrí toda una peña de artistas instalada en la más antigua romántica botillería: “Chez ma Cousine”. Una noche, a nuestro lado, anónimo entre los concurrentes alegres, parecía hilvanar su mundo sobre la iluminada copa de ajenjo, Eric Von Stroheim, uno de los mejores actores de la pantalla francesa.

Abandonamos a París en una madrugada, alegremente confiados en la inmortalidad del espíritu de Francia. Días antes –ya lo dije– habíamos visitado Los Inválidos y el Cementerio de Pere Lachaise. En ambas moradas de la muerte, parecía flotar para la vida de un pueblo el acicate perdurable de los héroes de la acción y del pensamiento. Inclinados sobre el hundido mármol napoleónico, se fortaleció nuestra fe en la noble pujanza francesa. Y allá lejos, en lo desconocido, desde su diabólico mundo de locura y delirio. Arthur Rimbaud continuaba “lanzando uvas ardientes sobre las bahías”. Antes de traspasar las puertas de la ciudad alucinante, el madrugador pregonero dejó caer en nuestras manos un diario cualquiera. Nuestras miradas se detuvieron en la caricatura, alusiva a la Conferencia de la Paz. En primera plana, como un editorial a tres columnas, se dibujaban la Torre Eiffel y una paloma con la rama de oliva en el pico, pugnando por entrar bajo la cúpula. Al pie, aparecía esta leyenda: “¿Logrará entrar, ahora, definitivamente?” Sin hacer caso de sus propios quebrantos, cual olvidada de sus dolorosas privaciones, Francia continuaba, como en sus grandes días de creación y de alegría, avizorando maternalmente el dramático horizonte de la humanidad.

Si esa rama de oliva se hiciera árbol inexpugnable, olivar eterno, con la paloma volando sobre sus campos dulces y sus idílicas aldeas, Francia recobraría su paz y su alegría, que hace siglos vienen siendo la paz y la alegría del mundo.

Mar Atlántico, a bordo del “Nueva Esparta”.