30 abr. 2008

Vademécum


La algazara comenzó un poco más temprano de lo habitual. Siempre a golpe de tres de la mañana breves susurros se iban adueñando de la sala, una especie de chismorreo ininteligible pero atractivo a la vez. Aquella noche todo cambió y el barullo adelantó su jornada un poco antes de la media noche. Por momentos pensó que estaba oyendo un simple coletazo de lo que estaba soñando, en ese estado de somnolencia en donde no se está despierto pero tampoco dormido. El edificio estaba enardecido por la reunión de condominio que se celebraba a altas horas de la noche, como evitando que los demás vecinos de la zona se enteraran de lo que allí pasaba. No eran muchos los que pudieran darse cuenta del extraño encuentro: su perrita, que además de tener mejor dormir que ellos, no sería capaz de decirles lo que pasaba. Como siempre se adueñaba del sofá después de que todos se iban a la cama, patas arriba, roncando y mostrando sus diez ubres caninos, daban la prueba absoluta de un sueño profundo; su hijo, con un brazo por encima de la cabeza y el otro hacia abajo, con su ombligo pegado al colchón, boca semiabierta, almohada entre las piernas y el tetero vacío al borde del precipicio, evidenciaba un lúdico y reparador sueño; ella, que de la cama era propietaria del lado derecho, estaba con las piernas semi flexionadas como en un intento de buscar posición prenatal, con la cara hacia el espejo que vigila sus almas y que seguramente más de una vez las habrá visto escapar hacia un viaje astral, suspiraba eventualmente como dando una señal de satisfacción, de reconciliación consigo misma o quizás con la lotería de un sueño hermoso muy distinto a la realidad.

Uno de los tantos puntos que trataban y que se volvió el más importante en dicha reunión, era sobre el desorden reinante entre piso y piso. Discutían sobre la manera de organizar las cosas pero ellos eran totalmente inútiles en este sentido. Lo máximo que podían hacer era alzar la voz y quejarse, reclamar un orden justo para todos, quizás una categorización que les permitiera una mejor interacción entre los vecinos, lo que redundaría en no correr el riesgo de ser humillado o desdeñado por vecinos más preparados que otros o que fueran de países distintos y que por tanto, sus temas de conversación fueran ajenos a sus compañeros de piso. En la mayoría de los casos la arrogancia se torna en crueldad para aquellos que no forman parte de un grupo en particular. Nace con ello la envidia y luego la avaricia por tener algo que jamás estará al alcance.

Se sentó sigilosamente en el sofá en medio de la oscuridad, tratando de no hacer ruido para que no se dieran cuenta de su presencia. Hacía calor pero no se atrevió a encender el ventilador de techo porque el simple “click” del interruptor lo delataría. Las voces eran entrecortadas pero altisonantes al mismo tiempo. Algunos vecinos encabalgaban a otros en mitad de una frase buscando imponer sus motivos, sus ideas, con una pedantería que rayaba en la insensatez.

Se sintió incómodo porque el segundo punto que trataron esa noche, era que el vigilante permitía la entrada de cualquier extraño a las instalaciones del edificio sin hacerle las respectivas preguntas de rigor: «¿a dónde va?», «¿qué se le ofrece?». O indicarle tajantemente que está prohibida la entrada a vendedores ambulantes, a fervientes religiosos o a encuestadores. Pues resulta que ahora «me transformaron en vigilante, no tengo nada en contra del cargo, pero por favor, al menos me pudieron llamar lector ruin, infame o desordenado lector». Pensó. Algo que denotara una pequeña aproximación, por mínima que sea, a la esencia de ellos mismos. El desorden era obvio e inmediato a la vista. Podían verse por los pasillos muchos artículos que estaban fuera de lugar a pesar de que algunos tenían intenciones ornamentales: “Recuerdo de mi bautizo”, Tortuga con moneda en la boca (esto por asunto del feng shui), agenda electrónica, Ipod, juego de llaves, vaso con agua (con protector antiderrame), guía telefónica o páginas amarillas, porta incienso, etc. Era poco digno para un edificio tan culto, que de tener nombre, pudiera llamarse Bosque Dorado, Araguaney III, Mis encantos, Park Avenue o cualquier otro nombre de esos rimbombantes para hacer notar una nobleza inexistente. Pero, con o sin nombre, reflejar semejante desorden y un hacinamiento asfixiante era en gran parte su culpa. De hecho ha pensado seriamente en comprar otro edificio para darles una solución habitacional a todos. Es difícil, aunque parezca mentira, mantener a raya a tantos intrusos, por más que se esfuerce resulta imposible evitarlos, más aún cuando su ausencia es prolongada hasta recién entrada la noche. Quizás algún día tome cartas sobre el asunto.

PB

Clipper 5.2 conversaba afanosamente con un vecino muy excéntrico a considerar la manera tan colorida en que estaba vestido. Le decía en un español muy malo, propio de los nativos de lengua británica que con encomio se esfuerzan en dominar el español, que «no ser posible tolerante a estas cuadernos arriba», a lo que Los colores de los animales con voz infantil pero en perfecto español le corrigió: «No es posible tolerar a estos cuadernos arriba, o encima». «Thanks, ggrrracias». Contestó el gringo. Cada una de sus letras se destacaba llamativamente gracias a la tapa dura de amarillo pollito, desde la “L” en verde montaña hasta la “S” en azul rey. Su apellido era TodoLibro.

Seguían conversando sobre la situación del edificio, del hacinamiento y esas cosas, del mal estado de las áreas comunes y de la necesidad de construir un ascensor, pero llegó un momento en que no se escuchaban entre sí porque a escasos metros Sustos, Animales del bosque y En la jungla súper pop-up, tenían un relajo armado y correteaban como si fueran niños. Jungla se dio cuenta de que a Sustos le daban miedo los cocodrilos, y en lo que éste se descuidaba se abría de par en par justo en la mitad para mostrarle el lagarto despegable que levantaba la cola y abría sus fauces. A su vez Sustos le enseñaba un Drácula con cara amigable que se la caían los pantalones, lo cual les resultaba divertidísimo a todos, incluso a los señores que estaban más allá: Mister Cobol, Hardvard Graphics 3 y Don Administración. Ese último según dicen, es de linaje noble, de los McGraw Hills tan aristócratas y reconocidos por ser una especie de exclusivos sibaritas. No le gustaba que lo trataran con tanta formalidad, era astuto y muy certero en sus comentarios administrativos, sobre todo con los que tenían que ver con el pago del condominio mensual, lo cual era fundamental para cancelar deudas, mantener los servicios al día, pagarle a la conserje, entre otros compromisos. Prefería que lo llamaran Admon, lo cual lo relajaba y lo hacía sentir más humilde y cercano al grupo. Admon peleaba todos los meses con un vecino del piso 4 que se lo pasaba fingiendo demencia para no pagar –al final lo hacía- pero ponía de cabezas al pobre Admon, de mal humor. Elogio de la locura era su espina en el costado. Cuando se encontraban por los pasillos hablaban amenamente y Admon le prestaba mucha atención porque lo consideraba muy inteligente, un especie de filósofo perdido de siglos pasados y traído por los pelos a un presente cada vez más vacuo y pletórico de vanidad. Claro, estas amenas conversaciones eran siempre a mitad de mes, cuando ya se había solapado en el tiempo la persecución del mes anterior para que se pusiera al día con sus cuentas. Una vez Admon le increpaba con carácter: «Elogio, no me has pagado, déjate de vainas y no me engañes» A lo que este le refutó «“La ficción y el engaño son los que mantienen la atención de los espectadores”, claro que te pagué». Esto era todos los meses, todos los años, incluso para pagos especiales por algún evento extraordinario, que si el día del niño, el día de la madre (este día las madres trabajaban más de lo normal), día del padre y hasta misas que celebraban en honor a los muertos -irónicamente en el salón de fiestas. Una vez celebraron una misa con gran respeto, la cual la oficiaba la monja de siempre, la cual era abordada por todos los inquilinos para recibir la bendición: «Hermana Biblia, hermana Biblia, écheme la bendición». Le decían con fervor todos los recién transformados beatos. En la última misa, montada en un púlpito inexistente y después de una pequeña intervención de El evangelio de Jesucristo, la madre Biblia había recibido de la conserje el parte policial muy bien conservado por la junta de condominio, en donde tristemente aparecían algunos de los occisos que fueron víctimas de aquel terrible suceso en donde un enjambre de polillas acabó con muchas historias y miles de hojas. Recordando a los caídos todos se pusieron de pie: «Por las almas de Don Quijote (del cual sólo quedaron las tapas duras forradas de cuero), Humor y amor, Paradiso, El túnel, La Ilíada, Rajatabla, La tercera Ola, Las Flores del Mal, Los cuatro cuartetos y muchos otros más que no menciono porque el tiempo apremia», resaltó la madre Biblia. Era curioso ver la cara de sueño que tenían algunos vecinos, evidenciando una modorra incontenible bostezo tras bostezo. A Sistemas operativos y a Aritmética se les cerraban los ojos solos (a nadie les caían bien pero todos tenían que tratarlos); Cálculo e Introducción al teatro a pesar de sus diferencias, conversaron un buen rato pero luego el silencio reinó entre ellos dándole paso a una lentitud pasmosa de sus respectivas respiraciones para no parar de bostezar en todo momento.

Él continuaba sentado en el sofá, absorto gracias a las conversaciones que llegaban a sus oídos. En medio de la oscuridad vio que su hijo se dirigía al cuarto de sus padres en el típico andar para evitar que la pequeña vejiga se descargue antes de tiempo. Tuvo que prestarle la ayuda, más que física, moral, del apoyo psicológico para restarle pavor a la noche. Tiró lentamente de la palanca del inodoro pretendiendo reducir el correr del agua por la cañería, para disimular ese ruido que anuncia la descarga total de su contenido. Temía que cada ruido por mínimo que fuera alertara a los vecinos, con lo que llegaría a su final la misteriosa reunión de inquilinos y propietarios.

Piso 1

El variopinto edificio estaba habitado por los seres más extraños y disímiles que pudieran hallarse en residencia alguna. Las quejas que manifestaron en la reunión, las más cercanas entre paredes de cartón-piedra, tenían que ver con el escándalo que armaban algunos de ellos con su música a todo volumen. Era la norma ya aceptada que los viernes podían desatar sus rumbas hasta la una de la madrugada, pero después de esa hora el nivel de ruido debía bajar considerablemente. Y es que estos dos señores en más de una ocasión olvidaban la ley y les daba igual que fuera cualquier día de la semana. A Concierto Barroco le daba por colocar música de Albinoni para respirar tras sus notas, sus trecillos, síncopas y anacruzas, la majestuosidad de sonidos cada vez más olvidados en el tiempo. Por su parte, y como en un constante pique musical, que al fin de cuentas era lo que atormentaba al edificio y en especial a los del piso uno, Salsa, sabor y control quería amenizar el silencio con música -como dicen por ahí- “cabilla”. A Cien años de boleros no le importaba mucho porque sabía que él en parte era cómplice de que esa música existiera y a El vínculo es la salsa, mucho menos. Armaban el bonche sin más ni más y terminaban Bailando en la casa del trompo. Una jaqueca infernal se apoderaba de Buenas y malas palabras, (éste tenía su jujú con Sabor y saber de la lengua) no tanto por la música, sino porque a través de su ventana se colaban las temibles obscenidades que calcinaban por completo las ilegales actividades de una vecina del mismo piso. Todos hablaban mal de ella, sobre todo las mujeres. Los hombres también lo hacían hipócritamente en presencia de sus cónyuges, pero a sus espaldas, Kamasutra terminaba siendo la más deseada.

Lo cierto es que de levantar las repetitivas quejas por la música a todo volumen, terminan cuchicheando sobre los andares de la ocupada meretriz. «Y qué carajo importa. Ella puede hacer con su vida lo que quiera», terminaba increpando Harry Haller, mejor conocido en la urbanización como El lobo estepario. Claro, a pesar de que ya estaban separados, éste terminaba molesto pues fueron muchos años de amores, hasta que se atravesó en su camino Armanda, quien terminó siendo su gran amor. Y como son las cosas de la vida, quién iba a decir que entre estos dos seres tan extraños y entregados al bajo mundo, iba a nacer una niña extraordinaria, correcta, la mejor de su clase: Ana Isabel una niña decente. En las pocas veces que se reunían en casa, su madre y sus dos mejores amigos Manual ilustrado de terapia sexual y El tao del amor y el sexo, se entregaban a conversaciones muy distintas a las que pudieran demostrar sus dotes carnales, así la niña no tendría ni la más mínima posibilidad de enterarse de nada extraño. Para ello también su madre le hacía un estricto seguimiento a las páginas que visitaba por Internet.

Habían muchos más vecinos en este primer piso, pero pasaban muy bajo perfil por la naturaleza propia de sus orígenes. La culpa es de la vaca era apacible y siempre mediaba en medio de las trifulcas; Esperando a Godot no le paraba mucho a las reuniones pero cuando intervenía, terminaba divagando en frases inexplicables que los vecinos en son de broma le decían «no aclares que oscureces». También estaban un par de viejos españoles, unos verdaderos bonachones. De esos que por más de los cincuenta años en el país nunca se alejan de su ibérico acento: Mio Cid y Buen amor.

A éstos lo que más les preocupaba o les molestaba, era saber quién diablos era el pillo del edificio: «joder, nunca falta uno», decían. Su principal pasión era grafitear las blancas paredes recién pintadas, las mismas que con pintura fresca sellaban su último arte urbano. También se le culpaba de algunos robos perpetrados en el sótano del edificio sobre los vehículos allí apostados. Sin embargo, un día agarraron con las manos en la masa a Duino, que con sus elegías había terminado de incorporar a la pared del estacionamiento su último presagio: “Cristo viene en moto y viene arrecho”, así que lo de los robos seguía en el misterio, ya que no hubo más graffitis, pero lo otro persistía. En varias ocasiones la conserje, La Fanfarlo, se tenía que dar -a parte de la tarea de recoger los vidrios- a la penosa obligación de indicarle al vecino perjudicado de turno «le robaron su carro», pero no había prueba de que la joyita del edificio estuviera involucrado en el asunto. «Es que seguro que es él» decía ella. Y en las reuniones de condominio todo el mundo daba su candidato, algunos en voz baja para no involucrarse mucho y otros a todo gañote hacían rugir su nombre. Sostiene Pereira decía que «ese tipo no tiene pinta de andar en eso, dejen a ese Lobo quieto», alegaba un viejo periodista retirado al que todos le prestaban atención. «Piensa mal y acertarás» le replicaba La Fanfarlo, única conserje en la historia urbanística de ciudad alguna que vivía en un piso 4.

Volvió a postrarse en el sofá -que ya se le antojaba incómodo- después de que dejó a su hijo nuevamente en la cama. La mala costumbre de la TV encendida en un canal infantil para que los fantasmas y monstruos no acudieran a su lado, siguió presente. Sin volumen, sólo las imágenes de alguna serie entremezclada con comerciales de juguetes argentinos y colombianos, tenían la venia de saltarle a los ojitos castaños que a veces se antojaban verdosos. Acomodó tres cojines a lo largo del sofá y se puso cómodo –al menos trató. Tomó papel y lápiz (realmente fue un bolígrafo de tinta azul) y garabateó algunos versos escuetos que no culminaron en nada, ni siquiera en una estrofa con rima asonante, así que prefirió seguir a hurtadillas, silente, como participante anónimo de aquel reino de papel dicharachero y parlante.

Piso 2

El segundo piso era uno de los más hacinados. Quizás por la cercanía a la Planta Baja, obviando un primer piso más cómodo en este sentido, pero perjudicado por las farras constantes del salón de fiestas del cual era techo, era que estaba sobre poblado este nivel. Por algo los vecinos de este piso eran –en su mayoría- más gorditos a diferencia de los del quinto piso que eran atléticos. En una residencia en donde el ascensor vive en eterna reparación y mantenimiento, había que echarle pierna hasta arriba. Una de las familias más extensas de todo el conjunto residencial vivía allí, era de origen francés y si de algo podían sentirse orgullosos sus padres, es que cada uno de sus hijos había alcanzado grado universitario. Todos eran profesores, que si de inglés, que si de gramática y lexicografía; otros de español esencial y uno en particular se había especializado en antonimia y sinonimia. La familia Larousse siempre andaba arregladita y corrigiendo a todo el mundo, con lo que sumaron y restaron amigos. Bien se dijo al principio que la arrogancia se torna en crueldad en casos como este.

En plena reunión levantó la mano la señora Cecilia Valdés para intervenir, protuberante, gorda, con su piel tiznada y agradable manera de hablar, «cantaíto», decía Juan Salvador Gaviota Dijo, y luego trató de incorporar a otro vecino: «No te parece Divina Comedia?» A lo que ésta contestó «Certo». Doña Cecilia alborotó el avispero más de lo que ya estaba. El barullo iba en aumento y los niños continuaban correteando en el salón. «Señores vamos a conservar la calma, hay vecinos que aún no han intervenido y es importante que todos, o casi todos, participen» Dijo Admon. quien estaba sentado a su lado: «Lo mejol que podemo hacé, es mudarnos, eh!, pohque a este paso, caballeros, esto se volverá un infielno»

Aprovechando la repentina crecida de decibeles un señor algo rechoncho y gordo soltó una tos atronadora para camuflarla entre la bulla, pero fue tal el flemático estruendo que todos hicieron silencio y giraron sus cabezas para ver quién era. «La amigdalitis de Tarzán lo está matando hombre, a ver si se toma algo», le dijo La enfermedad, a lo que aquel le replicó: «Tú tampoco te ves muy bien que digamos». Este breve cruce de palabras bastó para que el ambiente se encrespara un poco y aumentara la tensión. Todos se habían dispersado del tema que los motivó a reunirse allí a tales horas. Los hacinados ya comenzaban exigir un poco de respecto hacia ellos, porque en todo caso, los que tendrían que mudarse eran éstos, aunque les acompañaría la fortuna de estrenar edificio. Entre ellos estaban El alquimista, El mar profundo, Después Caracas, El cuento número trece, El peregrino de Compostela; Miedo, pudor y deleite, Andariego y Pedro Páramo, Once minutos y Latidos de Caracas, Mentiras históricas comúnmente creídas, Casas muertas y Oficina Nro. 1

Admon tomó nuevamente la palabra para tratar de canalizar las malas vibraciones. Descubre a tus ángeles le había recomendado que dejara fluir las energías para que cada cual mostrara su propio yo y de esta manera hallaría el mejor camino para interpelarlos. «Vamos a conversar con el vigilante del edificio a ver qué podemos hacer, tengan un poco de paciencia». Mientras iba diciendo estas palabras ya se le había colocado a sus espaldas un viejito taciturno que nunca se metía con nadie, de mirada triste pero con una manera de expresarse superior a la de muchos allí presentes: «Yo había concebido la resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadencias de la vejez, y esta vieja loca con su cuento de ángeles, no hace más que acelerar en mí ese deseo». Le dijo quedo al oído Ramos Sucre con su obra poética a cuestas.

Piso 3

Cómo llegó la noche intervino de una manera contundente. A su coterránea Cecilia Valdés le brillaban los ojos cuando éste hablaba. En el fondo sentía una lástima inmensa por todas las cosas que había vivido en su isla querida. Para él ese hacinamiento era un paraíso, mil veces preferible al que había vivido tantos años atrás. Era tal la devoción de Ceci hacia él que quería mudarse del piso 2 al piso 3, incluso llegó a asomarle a Repertorio Poético la idea de este cambalache, pero Luís Edgardo Ramírez –que era su seudónimo- le dijo: «Qué va mi doña, yo no me calo ese aglomeramiento que tienen ustedes allá abajo». Acto seguido en su memoria afloró la frase que más veces ha entonado en su vida: «Come miehda». Éste le lanzó una mirada inquisidora como dándole a entender que le leyó el pensamiento, como si por arte de magia y en fracciones de segundos hubiera estado en las neuronas precisas en donde brillaron por su ausencia de elegancia estas dos palabras. A Cecilia Valdés no se le ocurrió mayor sandez que decirle: «Repertorio, es que Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus».

De pronto la atención de todos fue captada por un grato olor, mezcla de romero y azafrán, o quizás de jengibre y miel amortiguados con hojas de mejorana. El olor llegaba hasta el salón de fiesta en donde estaban reunidos. «Este señor tiene una sazón maravillosa, se me hace agua la boca» decía siempre desde su balcón Inventario Uno, el cual compartía el alquiler con su hermano Inventario dos. A veces cuando ya el olorcito de asado negro o de pernil navideño relleno le estimulaba al máximo los sensores olfativos, éste le gritaba: «Mi cocina, guárdame algo». A los hermanos Inventarios los tenían por viejos verdes. Algunos decían que no podían ver un palo de escoba porque al ataque se iban con sus románticos poemas para enternecer hasta el talante más árido e hirsuto. Una vez tuvieron un altercado con un vecino que entre buscando un recibo de pago que constatara que ya había liquidado su cuota correspondiente del mes, puesto que le estaban cobrando otra vez, halló un poema que leyó detenidamente. Al final de su lectura dando paso textual al primer pensamiento que en ese momento se le ocurrió, dijo en voz alta: «!¿Qué vaina es esta?!». Claro, si Modelo Macroeconómico nunca en su vida le había dedicado poema alguno a su mujer, realmente a ninguna de las que pasaron por su vida, aquello de Táctica y estrategia iba más allá de un gesto amistoso. El mundo de Sofía entró en pánico cuando su marido le reclamaba sobre aquel poema. No podía mirarle a los ojos directamente, hacerlo pudiera reflejar su estrofa favorita de aquel poema que era una herramienta infalible para dar paso al amor; proyectar aquellos versos que remataban cual flecha envenenada de frenesí: “Mi estrategia es / que un día cualquiera / no sé cómo, ni sé / con qué pretexto / por fin me necesites”. Lo suyo eran las curvas IS, deflación e inflación, oferta y demanda, PIB y recesiones. Esas palabras combinadas magistralmente le herían su honor, le pegaban en su hombría. Acto seguido salió en aquella ocasión como una tromba, le tocó a la puerta y después de los insultos pertinentes como si se trataran de un “mucho gusto”, comenzaron a discutir mientras las manos féminas como de costumbre, separaban el rabioso encuentro, una mano en el pecho de su marido y otra mano en el pecho del arriesgado poeta.

En plena reunión se cruzaban miradas retadoras y El mundo de Sofía no decía ni “Ñe”, no porque se sintiera culpable, distaba muy lejos de albergar esa emoción, sino por evitar que armaran un espectáculo delante de todo el mundo. Aquella vez fue sólo en su piso, pero de repetirse el ataja perros, serían testigos todos los vecinos allí congregados. Detrás de ellos estaban sentados La casa de la presencia y Obras Completas. Pudiera decirse que estos señores eran los más respetables de toda la urbanización. Nunca se ponían de acuerdo para visitarse, pero cuando se tropezaban en el camino por casualidad, se instalaban a charlar sobre teoría literaria, poesía y narrativa. Podían pasar horas en aquel seminario improvisado: «Jorgito, qué ondas». A lo que aquel le respondía como para dar inicio al debate: «Pibe, yo soy el único espectador de esta calle; si dejara de verla moriría, y vos sos el único con el cual me entiendo».

Continuaba allí sentado. Parecía un inmenso bocado devorado por los cojines. Hundido entre la oscuridad y los versos que nunca saltaron a la luz. En el piso, al lado del sofá, había dejado la pequeña libreta que en muchas ocasiones fue testigo de palabras bien izadas en algún sentido poético. Hubo sed, tal vez algo de gula para acompañarse en aquel breve instante que se antojó cuento. Su mirada auscultaba el edificio en toda su dimensión, desde la planta baja hasta el piso 5 -o como le llamaban arrogantemente sus propios inquilinos: “Pent House”- como tratando de hallar alguna patología, algún síntoma que pudiera remitirlo a un milagroso récipe para solventar el caos, el desorden, ese mismo del cual él era el culpable.

Piso 4

El bullicio iba y venia en la reunión de inquilinos y propietarios. Unos callaban, otros seguían hablando furtivamente del tema principal; algunos preferían hablar de los resultados del fútbol y los más solitarios, asentían o negaban lo que Admon decía: «Bueno bueno bueno…vamos a calmarnos porque si no, no nos entenderemos». A pesar de que él era el presidente de la junta de condominio, habían varios vecinos que tenían dotes de líderes y procuraban hacerse notar interrumpiéndolo sin pedir derecho a palabra: «los hacinados deberían buscar a dónde irse mientras se soluciona el problema». No se le pudo ocurrir otra cosa –pensó Admon. Ese maldito yo hizo desatar nuevamente el humor de los vecinos afectados y la vergüenza ajena de los “no” afectados. «Claro, como no eres tú el del problema». Dijo altanera y malhumorada Anatomía de la crítica, quien era una de las vecinas más afectadas dada su corpulencia. Vivía en el piso 4, pero a veces cuando la conserje intentaba mediar con algún orden improvisado, pasaba las noches en el piso 3 y a veces en el Pent House en casa de algún vecino.

«Ese viejo amargado no hace más que joder, que se vaya para la miehda de una puñetera vez». «Tranquila Cecilia, tranquila». Le decía Admon.

El viejo anacoreta no le hablaba a nadie, a penas cruzaba algunas palabras con su hermana La tentación de existir. Esto decían los vecinos del Piso 4. La única vez que se le veía y se le escuchaban algunas palabras era en esas reuniones. Lo poco que decía bastaba para alborotar el avispero, tal como acababa de hacer en su última intervención. El viejo loco, como le llamaban algunos niños, epíteto que se extendía hasta los padres para referirse a él, también ha tenido sus encontronazos: «Niños, no le digan así a Ese maldito yo, respeten». No entendían por qué era preferible llamarlo por su nombre cuando el apodo les resultaba menos pesado. Lo cierto es que terminaba siendo el “viejo loco” en las conversaciones de los adultos.

Uno de los desafortunados encuentros los tuvo con Maldo, así le decían todos a Los cantos de Maldoror. En aquella ocasión se insultaban, se gritaban, nunca se intentaron golpear eso sí. Fue como una guerra para demostrar quien era el rey de la misantropía. Los alaridos despertaron a todo el mundo, en especial a los mismos vecinos del piso 4. Asomó su cabeza por la puerta Historia mundial del teatro, también hizo lo propio el joven Harry Potter y varias Sopa de pollo, que siempre hacía el papel de apaga fuego en el lugar que le tocó vivir. Sabía que estaba fuera de lugar, pero así es el problema habitacional, hay que arroparse hasta donde llegue la sábana o alcance la cobija.

A nadie le gustaba subir por el motivo que fuera a aquel lugar. Todo el mundo le decía al piso 4 el “triángulo de las Bermudas”. Que ni puestos de acuerdo, se hubieran juntado tantos inquilinos extraños, excéntricos, medio locos o amargados, en un solo lugar. Admon suele pensar que es “Gente que necesita terapia”. A parte de los ya mencionados, también vivían allí La Fanfarlo, Pequeños poemas en prosa (su hermana Las flores del mal vivía con ella hasta el día del terrible atentado de las polillas), Los elíxires del diablo, Una temporada en el infierno, El lobo estepario (que antes de su separación vivía en el piso 1) y un señor que le va muy bien en el negocio de la bisutería, él es todo místico y espiritual: El señor de los anillos, se llama. Claro, todos pagan justos por pecadores, puesto que por este pequeño grupo de vecinos, todos los demás entran en el selecto grupo triangular, aunque sus esencias sean distintas a la de estos iracundos vecinos: Como una orilla vive en su propio mundo y le hace caso omiso a cualquier incidente que pudiera presentarse. Admon le preguntó qué opinaba de todo lo conversado y este le dijo para dejarlo alelado y sin comprensión alguna: «Palabra es aquella tórtola / Desgarradura aquel barranco»; «Definitivo, Gente que necesita terapia» pensó. Lo mismo resulta de La isla del tesoro y Los papeles de Aspern, que prefieren conversar sobre algún articulista que haya publicado algo interesante en la prensa del día.

Mientras éstos seguían analizando la prensa se oía a toda voz «para mí es El lobo, es El lobo». Algunos aprovecharon en dar como culpable al estepario considerando que no había durado mucho en la reunión, puesto que a la primera de cambio se había molestado por los comentarios que hicieran sobre Kamasutra y decidió largarse, pero antes no pudo dejar de sentenciar: «Soy una bestia descarriada en un mundo que me es extraño e incomprensible, así que me largo y sigan con su cháchara de siempre».

Ya comenzaba a hacer planes de compra. Se sentía reconfortado por el hecho de saberse capaz de adquirir un nuevo edificio, quizás de más pisos en donde todos pudieran vivir felices y para siempre. Quizás no tan “felices” pero sí eternamente o hasta que venga una mudanza o suceda una nueva arremetida de polillas que deje a su paso más occisos de papel. Se levantó, caminó un poco por la sala, se asomó a la ventana, respiró profundo y sonrió levemente como disfrutando de la soledad inerme y de un silencio que se presta para todo, en especial para oír reuniones clandestinas que pudieran terminar en lemurias.

Piso 5 (o Pent House)

Los vecinos de este piso eran todos de gran altura, a excepción de Esplendor y miserias de las cortesanas, Eugenia Grandet y La balada del bajista. De resto, todos los demás eran largos, estirados, más que por alusión a su tamaño, a su manera de ser y de concebir el mundo como un todo que cabe en varios tomos. Enciclopedia Espasa Calpe siempre le daba respuesta a todo, como si el llevarse bien entre unos y otros fuera cuestión de concepto, de significado y significante. Nunca pudo entender –a pesar de su evidente dominio de infinidad de temas- por qué no llegaban a un acuerdo que les permitiera no continuar con las reuniones de condominio, en especial esa última que se estaba celebrando mucho más temprano que las veces anteriores. Las trillizas IESA, encopetadas como de costumbre y con su eclecticismo habitual, le comentaron a Admon que «es cuestión de que nos pongamos de acuerdo». «¿Y qué sugieren?» preguntó Admon: «Hacer una redistribución de los vecinos de acuerdo a su tamaño y volumen para que todos quepan, claro eso sí, nosotras nos quedamos en el Pent House». Las trillizas captaron la atención de todos los vecinos, de los distraídos, de los que se estaban quedando dormidos y hasta de Cecilia Valdés que seguía molestísima. En pleno encuentro saltó otro vecino del piso 5 haciendo un comentario que hizo estallar en risas a todos los presentes: «Mijas, con ese tamaño que tienen en dónde más iban a caber», dijo El gran Atlas de Venezuela. Ninguna de las trillizas se inmutó ante el chiste procurando mantener su prestancia y altivez. Además, ya lo conocían de sobra dado que siempre les salía con un chistecito de gallegos, portugués o borracho para caerles en gracia. Buen amor y Mío Cid gozaban un mundo con los chistes de gallegos. «Muy simpático. Cachicamo diciéndole a morrocoy conchúo, tú precisamente que te ocupas todo el “peache” acostado de punta a punta». Y las risas continuaron entre todos, sin reconcomios, sin resabios. Si de algo sabían las trillizas, a parte de sus PHdes en mercadeo, era mantener el equilibrio ante situaciones vergonzosas en donde se pudieran ver afectadas. «Alors, qu'es ce qu'on va faire?». «Este señor tiene toda la vida en el país y nada con el español, qué báhbaro…qué dijo?», preguntó Cecilia a lo que casi todos al unísono dijeron: «que QUÉ HACEMOS AHORA». Papa Goriot era de lo más simpático y todos le tenían un gran aprecio. Antes vivía en el piso 5 con sus hijas, pero con el pasar de los años, se le hacía muy forzado subir caminando por las escaleras hasta su apartamento, se le hacían eternas en el ascenso y resbaladizas en el descenso. Por ello vendió allá arriba -en la época de bonanza que posiblemente no vuelva- y compró abajo, para precisar mejor, en Planta Baja. Se pasaba las tardes jugando ajedrez con Mister Cobol, su vecino de al lado.

La reminiscencia del chiste de El gran Atlas de Venezuela quedó impregnado en el ambiente, lo que sin duda distendió un poco las malas caras, los chismorreos mal sanos, tan corrientes cuando todos los vecinos se reúnen para buscar soluciones. Gracias al ruido de tantas voces juntas andando y la concentración que mantenía cada cual con su interlocutor, hizo pasar desapercibido el retorno al salón de fiesta de El lobo estepario. Éste los veía a todos con cara de asombro, no por lo que hablaban, sino porque él mismo antes de marcharse un par de horas antes, fue testigo de la tensión reinante y allí estaban, conversando amenamente. Se limpió la garganta para llamar la atención. Carraspeó otra vez, con mayor fuerza y todos voltearon hacía él. Hágase el silencio. Silencio mortuorio. Minutos eternizados. Bocas que empezaron a abrirse en calidad de asombro. El Lobo tomaba con fuerza por la muñeca a un perfecto desconocido y luego dijo: «Mientras ustedes charlaban nos estaban robando en nuestras propias narices». El califa ladrón fue sorprendido in fraganti mientras trataba de desvalijar uno de los tantos vehículos que prestos a enfriar motores, aguardarían a un nuevo encendido en horas de la mañana. El maleante tenía su prontuario: se había escapado de Las mil y una noche, pero nunca pensó que aquella sería la noche en que volvería a donde nunca debió escapar.

Los vítores no se hicieron esperar. El Lobo ahora era un héroe. Un problema menos por resolver pero un vigilante que desde ese momento quedaba desempleado: «Y qué carajo hace entonces el vigilante», dijo Admon perdiendo la clase. El eterno problema de deshojar la margarita a la hora de contratar a un vigilante: se contrata o no se contrata. Sólo quedaba por resolver el asunto del hacinamiento, que al paso que iban, debía ser resuelto lo antes posible, bien sea por la adquisición de un nuevo inmueble o por la vía del exilio. El estepario se sintió un paladín de la justicia por primera vez y gracias a ello, punto a parte de su voraz apetito sexual, buscó entre los vecinos a Kamasutra como para celebrar y recordar viejos tiempos en nombre de una victoria que no era solo suya, sino de todo aquel que viviera en tan particular vademécum. Algunos de ellos le daban palmaditas en la espalda y la turgencia de su pecho le resultaba incontenible. Las zalamerías vecinales hasta ahora desconocidas para él, lo motivaban a intentarlo, a decirle lo que su pensamiento soez le dictaba en aquel breve instante de gloria: «¿Echamos uno mi Kama?». Frase que en aquellos tiempos de unión era la antesala a una copulación de antología, como bien decía la propia meretriz. «Qué descaro el tuyo chico, pobre Armanda. Dame la cuota de Ana Isabel es lo que tienes que hacer…».

Y con esa sentencia se desvaneció lo que pudo haber sido un buen broche de oro para El lobo estepario que de vez en cuando sale de su cueva. El salón de fiesta se fue desalojando y cada vecino fue cerrando sus puertas, ahora transformadas algunas en tapa suave y otras en tapa dura. Volvieron a su hacinamiento, a una promiscuidad rica en palabras que retumban en la noche.

Él, que de su conciencia ya se había servido un buen sorbo en el silencio, se prometió a sí mismo ordenar aquel caos a penas despuntara el sol. Como vigilante había quedado muy mal frente a todos los vecinos y el alegato de su ausencia no era suficiente para justificarse. Estaba de pie frente al edificio contando los bombillos que de a bandadas se fueron apagando. Resopló y quedó meditabundo buscando un obvio “por qué” de aquel desastre. «Mucha gente, mucha gente…» Pensó. En eso sintió unos ligeros pasos que se acercaban hacia él; oyó el trinar de la placa de su mascota que se sacudió al levantarse, la que pende de su collar de paseo, la que garantiza la vacuna antirrábica, la misma que dice el número de teléfono en caso de extravío. Amanecía y a la distancia, muy a lo lejos, sonaba algún motor buscando su destino. Volteó y de inmediato bajó su mirada. Estaban allí su mascota meneando la cola pidiendo su paseo mañanero y su hijo con un libro en la mano. Éste extendió sus dos bracitos hacia arriba sujetando el caleidoscópico libro cargado de cálidos colores y le dijo: «Papi, ¿me lees un cuento?» A lo que respondió: «Claro que sí hijo, claro que sí».



29 abr. 2008

Contraespejismo


Para aquellos que desconocen el trabajo literario de Eduardo Liendo –y los que lo conocemos también- Contraespejismo resulta un excepcional compendio de su obra que va desde El mago de la cara de vidrio hasta Diario de un enano, sin dejar de mencionar algunos textos inéditos. Con justicia se ha hablado sobre la hipertextualidad de dicha obra, pero no quiero referirme a las correspondencias que destacan entre los textos escogidos por el propio autor, sino a la grata lectura que resulta de Contraespejismo, la misma que deja como efecto en la memoria lectora un “hay que releer al Mago; hay que releer Si yo fuera Pedro Infante, hay que leer…y hay que leer...” El lanzamiento de la Biblioteca Eduardo Liendo, partiendo de ese mundo de espejismos y contraespejismos que ejerce la palabra y más que destacado en el texto homónimo, será sin duda un abreboca para acercarse a la obra de uno de los narradores fundamentales de la literatura contemporánea venezolana.

28 abr. 2008

La huella del bisonte


La siguiente reseña del libro referido la hizo la colega y amiga Linsabel Noguera (http://pomarrosasycerezos.blogspot.com). Con su autorización transcribo la misma. A mí me pareció estupenda. Opine usted.


Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su Bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.

Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.

La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.

Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.

“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.

25 abr. 2008

Musada inútil


Quisiera ser poeta

para inventar una palabra

con cada letra de tu nombre.

Pero no lo soy.

En sueños

tal vez

tu lengua de miel

arrancó de un zarpazo

la presencia adusta y fantasmal

de lo que pudo ser una musada inútil.

23 abr. 2008

Segundo Capítulo: Islandia, Arcadia Boreal.

(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora)

Islandia es la tierra de los tulipanes y de los lagos helados. Los tulipanes en la primavera parecen allí pequeños seres rojos, bien impregnados de la mística del paisaje que presiden; sus movimientos son rítmicamente lentos como los días en que viven, como la vida de los jardineros que los cuida y como el destino de las cosas que les rodean. Sus corolas parecen cera helada; en su interior cabría toda la majestad armoniosa de u pequeño templo nocturno. Es la flor más preciada del hombre en el país más olvidado del mundo. Es su hermana y su compañera en el discurrir de la naturaleza.

Los lagos son el territorio habitual de los hombres. Lagos de nieve en el invierno sobre la tierra cubierta de hielos. Desde el patio de las viejas casas de piedra hasta los misteriosos y sordos acantilados, la nieve es el portal y el límite para la vida del islandés. Existe una gran conformidad recíproca entre el hombre y el territorio. Este no reclamará a sus pobladores que lo dejen estancado en su destino glacial; y aquél, a su vez, no demandará de su mundo que ande más presuroso. Los dos siguen amorosamente su rumbo natural. Si alguno quisiera salirse de su camino, las densas brumas nórdicas se interpondrían entre la realidad y el sueño, como un mediador familiar. Las nieves y las brumas intervienen en el destino de Islandia, como los hombres y como los tulipanes.

Así, dentro de esta perfecta armonía, sin prisa pero sin fatalismo, Dios ha dispuesto sus designios en aquella Arcadia boreal.

No tenía la más lejana idea de estas cosas, cuando después de cruzar sorprendido, geográfica y espiritualmente desconcertado, los cielos de Groenlandia, empezamos a descender en un cuatrimotor venezolano desde los diez mil pies de altura sobre el aeródromo de Reykjavik. Era el primer avión suramericano que allí llegaba. Por primera vez en las tradiciones de Islandia –la historia allí es reciente y aquel pueblo lento y pacífico la alimenta con la tradición heredada de padre a hijos por generaciones de generaciones- un contingente de venezolanos, de idioma, de gestos y color insospechados para sus pobladores, entraba en contacto con aquella lejana humanidad polar. La llegada a Reykjavik nos pareció la desembocadura de la realidad en el sueño. Hasta unos pocos miles de pies de altitud, nuestros ojos curiosos no podían ver la ciudad. Arropada por las brumas, como un templo sagrado en medio de la noche, la ciudad parecía huir de nuestra cercana perturbación. Nos guardó su secreto hasta lo imposible. Por fin, casi volando sobre los rojos techos triangulares de sus casas, descorrió el velo egoísta a nuestra voraz curiosidad tropical. Dormida sobre un archipiélago silencioso, fue dejando la bruma con la misma lentitud con que se aparte con las manos el sueño en las frías madrugadas.

-Reykjavik!- anunció sencillamente el Capitán Antonio Maldonado, Comandante del cuatrimotor, con la naturalidad de quien olvidó hace tiempo los secretos de los cielos y de las latitudes. Ni siquiera sentimos el magistral aterrizaje. Admiró a los oficiales de las Reales Fuerzas Aéreas y a los nativos el que pudiera aterrizar sobre el pequeño aeródromo de Reykjavik un cuatrimotor tan poderoso como el YV-AJI de la Línea Aeropostal Venezolana. Así, con orgullo y con dignidad, hizo su primera presentación en tierras de Islandia la Venezuela heroica, audaz y esperanzada.

No teníamos palabras para expresar nuestra emoción y nuestro desconcierto. César Camero, el simpático y diminuto funcionario de la Compañía Venezolana de Navegación, sintetizó con magistral llaneza criolla y con elocuencia no rebuscada el momento en esta expresión: “¡Quién lo creyera! El hijo de misia María en Islandia”. Cada cual tomó para sí la limpia exclamación del camarada.

*

**

Arni Arnason es el nombre del primer islandés que conocí al pisar tierra. Hablaba inglés correctamente y parecía dispuesto a agradarnos y a recibir emocionadamente el mensaje desconocido de nuestra lejana América; en retribución, descorrería ante nuestra insatisfacción viajera el velo misterioso que nos permitiese penetrar en el alma ignorada de su Islandia nativa. De modales muy distinguidos, Arni nos ha demostrado una curiosidad intelectual y una compostura humana, no muy comunes a los veinte años de edad. Como si fuéramos viejos amigos, con una efusividad y un calor nada polares, el magnífico muchacho islandés se nos ofreció como guía por la ciudad y sus curiosidades. El venezolano Massó de la Aeropostal y yo aceptamos agradecidos su ofrecimiento. Salimos del aeropuerto, donde Arni desempeñaba un cargo en un transporte de las Reales Fuerzas Aéreas. Conviene advertir que, desde la guerra, los ingleses habían mantenido bases aéreas y naval en Reykjavik, que estaban abandonando desde el 6 de julio; por esta razón, controlaban el aeródromo de la capital. En el hotel del aeropuerto nos detuvimos para almorzar. Allí tuve una agradable sorpresa. Una de las mesoneras, al informarse de que éramos venezolanos, vino hacia uno de los grupos en el que me encontraba yo, y, tomándome como interlocutor, empezó a hacer memorias de Venezuela. Hablaba francés, aunque era nativa de Dinamarca. Quizás adivinó que nos era difícil llegar hasta los secretos de su intrincada lengua germánica. Nos confesó que había estado en Caracas hacía veinte años y que, desde entonces, recordaba con agrado a Venezuela. No había olvidado entre las características de la Capital, el paseo de El Calvario, La India y el Mercado Principal. Nos emocionó su generosa recordación. Yo tampoco he olvidado su nombre: Elizabeth Sitwell.

Arni estaba nervioso. Comprendía nuestra curiosidad por conocer a Reykjavik. En un coche del aeropuerto atravesamos el estrecho brazo de tierra que divide dos poéticos lagos, situados a la entrada de la pintoresca metrópoli. Es inolvidable estah ora de las tres de la tarde del diez de julio de 1946, cuando entramos en las calles de la lejanísima y alucinante ciudad de Reykjavik, la cabecera apacible de la Arcadia boreal.

Pero, ¿qué es por fin de Islandia, de sus gentes y de Reykjavik?, estamos seguros que se preguntarán los lectores, tan apresurados por penetrar en la realidad como nosotros en el corazón de la pequeña República. Ya, desde el avión, he venido tomando apuntes. Un amabilísimo oficial de las Reales Fuerzas Aéreas me ha suministrado datos muy interesantes. Y aquí tengo a mi lado a Arni Arnason, nacido y criado en la Capital y conocedor de su pequeña Nación.

Islandia es un país antiquísimo y la más joven República del mundo. Adscrita a la Corona de Dinamarca hasta l última guerra, los islandeses se constituyeron en nación libre y soberana el 17 de junio de 1944. El fundador de la nacionalidad es Gisli Astpirsson y el primer Presidente Ion Sigurdsson. Es un régimen parlamentario. El Althing o Parlamento, según las más reciente elecciones, tiene 52 representantes, divididos así: 20 conservadores, 13 progresistas, 9 socialistas y 10 comunistas. El Gabinete se compone de una coalición de estos partidos. Si se observa que la población de la República se eleva en total a unos ciento cincuenta mis habitantes, de los cuales la sola capital tiene cincuenta mil, ¿de qué otra manera pueden organizar su Gobierno los islandeses sino sobre la base de esta repartición doméstica de posiciones? En la liliputiense nación, cada ciudadano elegible conoce el número y los nombres de sus electores. ¿Es que no puede acaso un hombre público tener conocimiento de cien mil semejantes? Da la impresión de que en Reykjavik todo el mundo se conoce. Arni me ha dicho que en la ciudad no hay barrios residenciales, lo que he confirmado objetivamente. El nivel económico de la población es similar para la mayoría de los ciudadanos. Entonces ¿cuál papel desempeñan, dentro de estas condiciones, un partido conservador, un progresista, un socialista y un comunista? Me han venido a la memoria las Repúblicas Escolares de Suramérica, en las que los niños hacen sus simulacros de gobierno con mucha circunspección. Algo así pasa con la República doméstica de Islandia: un hogar ejemplar, organizado en gobierno.

Sin embargo, no faltan encantadoras paradojas. Los rótulos políticos se toman en serio. Si en una familia existen dos hermanos, el uno conservador y el otro comunista, éste último no podrá asociarse a las reuniones del Hotel “Sialfstaendishusid”, el club de los conservadores, donde los mozos reciben vestidos de frac y los cofrades penetran en riguroso traje de etiqueta, sin que falte la consabida camarita. Una curiosa excepción la constituimos Massó, el aviador Torres y yo, quienes presentados por Arni nos sentamos a la mesa en traje de viaje a saborear el skyr, plato nacional sobre la base de leche y azúcar, y una copa de Bjork o cerveza, sin alcohol. No hay peligro de que pierdan la cabeza estos políticos, permanentemente asediados por el clima polar y con una cerveza más conservadora que ellos.

Me he divertido silenciosamente al ver penetrar en los salones del “Sialfstaendishusid” a los derechistas de Islandia, con sus indumentarias y su caminar clásico. Gran parte de ellos usa barbas largas, cuidadosamente peinadas. Nos miran discreta pero insistentemente. Somos las “rara avis” de Islandia, pero nos acompaña la satisfacción de la reciprocidad.

Del hotel nos hemos dirigido a pie hacia el Parlamento. Es una antigua casa típica, frente al Parque del Lago. Penetramos en su interior, precedidos de nuestro amable guía. Nos recibe con ejemplar cortesía uno de los hombre más humildes y más interesantes de la historia de Islandia: Arni S. Biarnason. Biarnason es el portero del Parlamento desde la fundación de la República en 1944. Patriota fervoroso, ha sido uno de los padres de la nacionalidad. Pero su labor se remonta a muchos años antes. Los islandeses siempre sostuvieron largas luchas por su independencia; en sus corazones estuvo encendido el fuego sagrado de la rebeldía. Los mismos honorables señores que hoy se reúnen en un palacio de la capital, frente a un pueblo que sigue con respeto sus deliberaciones, lo hacían hasta hace unos cuatro años en una cueva, situada en las altas montanas de la Nación, guardada en secreto, para que no llegara hasta ella la persecución de los políticos daneses. El portero y vigía en aquella cueva histórica lo era también Biarnason. Cuando sentía las proximidades del peligro enemigo, su gran corneta bíblica daba el toque de alarma, que se prolongaba en el eco de las rocas y de los glaciares. Hoy ha pasado el sueño de la libertad a la libertad del sueño. Sus sesenta y cinco años de edad se pierden en sus mansos y azules ojos. Su biografía se inscribe en la barba canosa, florecida de angustias y recuerdos. Su mirada se pierde como en un lejano mundo de nostalgias, cuando se detiene ante el famoso cuadro de Johannes Sweinsson Kjarval, el mejor pintor vivo de Islandia, que reproduce la boca de la cueva encuadrada en un trozo de abrupta montaña, escenario y testigo de la inflamada pasión de rebeldía de los padres de la nacionalidad. La cueva que oyó la resonancia de su corneta salvadora. En otro de los salones del Parlamento, tropezamos con un óleo emocionante: representa el sitio de Islandia, donde habitó el primer hombre que penetró en el territorio a mediados del siglo VIII. Era un noruego y la obra ha sido obsequiada por el Gobierno de Su Majestad Haakon de Noruega. El edificio del Parlamento es un modesto local, sobriamente decorado. Se destacan en el conjunto las hermosas alfombras nacionales.

En el piso superior está el salón donde se reúnen los Padres Conscriptos: de unos quince metros de largo por diez de ancho, cubierto con una alfombra de las mismas dimensiones. Los escaños son de madera pulida del país, sin más comodidad que los de una escuela humilde. Dentro de este ambiente sobrio y severo, comienza a inscribirse en la historia el destino de la más joven República del mundo. Yo he tomado mis notas, sentado en la silla curul del Presidente del Parlamento y confieso que es el escritorio más pobre e incómodo que he conocido. Así trabaja la pequeña y cordial familia de Islandia, constituida en gobierno.

Desde la puerta central del salón de sesiones, que mira al Parque, el Presidente de la Nación lee sus mensajes a los representantes que le rodean y al pueblo soberano, reunido en la plaza. El es solamente el vecino más notable y el ciudadano más responsable, entre todos los apacibles habitantes de Reykjavik. Me ha contado Arni Biarnasson, como la cosa es natural, que los líderes aspirantes a los cargos representativos improvisan sus tribunas en los parques, con pequeños grupos de vecinos, que se van ensanchando a medida que sus doctrinas se tornan más convincentes. En los pueblos, utilizan gigantescas piedras que les sirven de pedestal, para la conquista de las masas. Si ganan la confianza de éstas, son elegidos. Luego entran los partidos a discutirse su militancia. No se hicieron para el gusto de los islandes las pugnas terribles de güelfos y gibelinos o de capuletos y montescos. La compostura es, ante todo, el primer deber de la comunidad. ¡Mansa comunidad de pescadores y pastores! Pienso que por ellos y para ellos debieron de existir las colinas y los lagos de la Biblia.

La vida de la República en Islandia, salvo la curiosidad formal del Hotel “Sialfstaendishusid”, comienza con la permanente consulta colectiva de los buenos semejantes. La caña de los pescadores y el cayado del pastor siempre están a punto de convertirse en la vara persuasiva del conductor del rebaño humano.

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¿Cómo reacciona esta comunidad aislada, frente a los fenómenos de la cultura? En la forma en que lo han hecho secularmente las razas nórdicas. Es la definición que mi curiosidad viajera ha podido elaborar. Los géneros principales de la literatura son en Islandia la historia y la novela, con cultivadores como Kristmann Gudmunsson, Gunnar Gunnarsson y Halldor K. Laxnes (PNL 1955) habitantes admirados y queridos de Reykjavik y de toda la polar extensión. La pintura tiene en Johannes Kiarval su más alto representante actual. Él ha llevado a su paleta iluminada la vida dura y sacrificada de sus compatriotas a la orilla de los lagos helados y de las montañas nevadas; pero en sus creaciones resalta, con brochazos mágicos, la pasión del pueblo islandés por la conquista de sus libertades. En la poesía, se inscribe en el corazón de cada islandés, con caracteres de afecto y gratitud, el nombre de David Stefanson, el gran viejo de barbas exuberantes, que habita en las alturas nevadas de Akureyri, como en un castillo impoluto de mágicas resonancias olvidadas. Cuando de tarde en tarde baja a la capital, las gentes lo miran como a un imposible regresado de su frío Olimpo brumoso. De no meno admiración gozan Matías Iachumsson y Sveinbiorn Sveinbiornsson, los trovadores nacionales que grabaron el alma ignorada de Islandia en la letra y en la música del himno patrio.

He hablado de trovadores nacionales de Islandia y es interesante explicar el alcance de esta expresión. Dentro de la antigüedad de este país, que guarda el génesis de la literatura escandinava, la poesía, quizás por fidelidad a los ancestros míticos del pequeño gran pueblo, que ofrece en las sagas sus canciones de gesta, ricas y bellas como las del Kalévala, epopeya nacional de Finlandia, parece aferrarse aún a su etapa juglaresca. Los que ejercitan el arte de éste pudiéramos llamar juglarismo nómade, son conocidos en el país como los trovadores. Románticos caminantes melodiosos, recorren los territorios habitados explorando hasta las más escondidas expresiones del arte popular; las redimen de la anonimia y del olvido, las aristocratizan y las vierten en los canales de la tradición artística nacional. Los trovadores son elemento sentimental del espíritu islandés: no sólo recogen y vulgarizan la poesía recóndita del pueblo, sino que hacen lo mismo con la música. Poesía y música se desprenden de las arpas hacia el dominio de los vientos boreales en los días lentos, detenidos de aquel mundo de alucinación y de leyenda. Lejos del sol de la medianoche, al conjuro de sus notas románticas, la raza islandesa recrea en la antigua danza del Vikivaki diez siglos de la más abnegada lucha con la naturaleza y sus signos. Como en Islandia, en Suecia también encontré la huella de los trovadores nórdicos. De esta levadura hermosa, ha surgido para Islandia el pan formal y definitivo de la poesía de un David Stefanson, heredero de los antiguos escaldos, quienes, con su acento épico, impregnaron de tanta fuerza, como la aventura vikinga, el alma popular de Escandinavia.

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Pude informarme de que el teatro es una de las modalidades artísticas a las que mayor interés aportan los intelectuales islandeses de hoy. En Reykjavik hay dos suntuosos coliseos de estilo sobrio pero sugerente, en los que el pueblo –no hay analfabetismo en Islandia- gusta de un buen teatro nacional, que cada día va más hondo en la búsqueda de las expresiones típicas de sus vida y su aventura esforzadas. Hace algunos años viene creciendo un movimiento en este sentido desde los claustros de la vieja universidad.

En materia de periodismo, no existen voceros independientes. La juventud de la vida republicana de la Nación mantiene a cada órgano dentro de una tendencia determinada. Tal es el interés que hoy se presta al desarrollo de las instituciones. Los diarios existentes, de ocho a doce páginas, en su mayoría de tipo tabloide, son: Morgunbladid, el principal órgano de los conservadores; “Visir” del Partido Progresista; “Alpyubladid” del Partido Socialista; “Pjodviljinn”, vocero comunista y “Timinn”, diario más o menos oficioso. Hay dos revistas literarias semanales. Visité algunos de los diarios citados, siendo muy bien recibido por su personal.

Dentro de la limitación del tiempo y las dificultades del idioma –hube de entenderme en un infernal inglés y en un mejor francés- es este el testimonio más fehaciente que aporto al curioso lector sobre la vida cultural en aquel lejanísimo y desconocido país.

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De esta meteórica visita a Islandia, tengo un enigma que no puedo descifrar: si estuve en el día o en la noche y cuál fue el espacio de horas marcadas en el relol. Llegué a los dos y media de la tarde por la hora de Nueva York, e Islandia estaba en plena madrugada. Salí a las nueve de la noche por la hora de Islandia y el día estaba en su más esplendorosa plenitud. En el verano nunca oscurece. Anochece o amanece de acuerdo con el gusto de sus habitantes. ¿Cuál testimonio fiel podría dar al lector suramericano? ¿Al lector curioso de los trópicos?

-¿Cuáles son tus días y tus noches, Arni?- Le he preguntado al ya fraternal camarada islandés.

Vacila un instante, como si encontrara sin sentido la pregunta y me responde: -Sigo los usos de invierno. Por lo demás…eso depende…

Magníficas, inolvidables horas, las de Reykjavik. No puedo ocultar la emoción que me produjo observar el esfuerzo que realiza aquel pueblo en la alborada de la República. El interés que manifiesta por adaptarse rápidamente al ritmo de la vida universal. El trabajo ocupa casi todo el tiempo en la vida de aquella porción de la tierra. Para beber, danzar y divertirse, existe un horario oficial: desde las nueve hasta las doce de la noche. Compensa en tiempo la naturaleza lo que niega en recursos. La salida de los estudiantes de la Universidad me ofreció un espectáculo insospechado: silenciosos traspasaban el umbral del recinto con sus bonetes y batas negras, a la antigua, de acuerdo con las respectivas facultades. Un color y un sabor naturales del medioevo.

Estas notas rápidas, insubstanciales, no aspiran a ser un ensayo sobre la vida de aquel pueblo. Son una visión cinematográfica, urgida por la prisa curiosa del viaje. Tal como la impresión objetiva que conservo de Reykjavik: una ciudad pequeña, sentada sobre un archipiélago atrayente, que inspira confianza y afecto al visitante; casas de piedra enclavadas en antiguas callejas estrechas sin pretensiones de majestuosidad, pero sin ausencias del buen gusto típico, que se estira en sus muros grises y aflora en sus techos rojos, graciosos y amables como los tulipanes en los parques del verano; parques como el del Lago, el más concurrido de la ciudad, donde a falta de la flor y la verde grama, el parroquiano se recrea observando la magnífica flora acuática y el tranquilo espejo de las aguas heladas. Sobre un pequeño islote, están los geysers, grandes manantiales calientes, cuyas aguas son tomadas por tuberías artificiales para las casas de la ciudad: una compensación de la naturaleza.

Mientras el cuatrimotor venezolano, con los colores patrios al costado, se eleva sobre la ciudad, quiero sintetizar en dos recuerdos mi agradable impresión de Islandia: en el de Arni Arnasson, el joven compañero de aquellas horas, enfermo de curiosidad tropical. Y el de Erna, la hermosa nativa de mejillas de color tulipán, ágil y esbelta como un junco, quien junto al Parque del Lago me inició en el aprendizaje de las flores y los peces de Islandia, con el ruego de que le retribuyera con una idéntica lección de Venezuela. En su piel de armiño y en sus ojos azules, despedí, junto al crepúsculo rosa, su romántico territorio de nieves invioladas, de pastores armoniosos y de lagos ondulantes, como la música ancestral de sus pescadores.

Gotemburgo, julio de 1946.

22 abr. 2008

Ávila en llamas: bébeme


Bébeme

créeme agua

un sinuoso líquido de trampas


Bébeme

hazme prisionero

dame el placer de recorrer tu cuerpo

y sentir la caída libre

en el patio trasero de tu lengua


Bébeme

deglute mi alma

convéncete que sin mí

no eres nada


Bébeme

sé tierra árida y seca

yo me encargaré de humedecer tus comarcas


Bébeme

lentamente

apagaré el frío intenso

de tu fuego.

21 abr. 2008

Niebla de pasiones


Hay libros que te dejan un grato sabor en la boca y con la gula despierta más que nunca para seguir en el festín de la lectura. Así como sucede en muchas ocasiones cuando una persona va a una entrevista laboral en donde el porte o la mal llamada apariencia es lo que cuenta para ganar puntos con el entrevistador, así nos sucede con las presentaciones y los títulos de los libros. Confieso que con cierta reticencia comencé a leer Niebla de pasiones de la escritora venezolana Marisol Marrero, y debo decirles que, adelantándome a lo que pudiera ser el final de esta breve reseña, concluyo que esta hermosa y extraordinaria novela no pudiera llamarse de otra manera.

Escogí arbitrariamente tres grandes temas, aunque hay más, sobre los cuales su autora desarrolla lo pasional en su obra. El primero de ellos tiene que ver con los hechos históricos que dan el marco referencial al desarrollo de la estupenda trama, manejado con hilos de suspenso. Vemos referenciadas las constantes guerras de una nación insipiente, la Guerra Federal y los encontronazos entre un Páez y un Zamora. De éste último hallamos pasajes como este: “Fue ascendido a Comandante de Armas de la Provincia de Maracaibo. Ese mismo año es nombrado Gobernador de Barinas. Me asombró su ascendente carrera militar ya que él siempre estuvo contra el Gobierno…El hermoso pueblo sucumbió ante sus irrefrenables ímpetus de pirómano…Seguía en rápido ascenso. Aquí, cuando los alzados se pasan al gobierno suceden estas cosas. ¡No se puede creer en nadie!”. No podemos obviar la pequeña referencia al entorno político que se vivió cuando el gobierno del destituido José Tadeo Monagas, ni la importante presencia como personaje de Manuel Felipe de Tovar, el primer presidente elegido por votación en Venezuela, quien en el mundo ficcional de la novela juega un rol importante en el desencadenamiento de la historia junto al personaje principal.

El segundo tema de importancia lo focalizo en los inmigrantes fundadores de la Colonia Tovar, en todas las peripecias que llevaron acabo para poder asentarse en estas tierras, con sus éxitos y sus fracasos, en lo trágico que resultaba en aquel entonces tomar un barco para hallar nuevos horizontes en donde la lengua les era ajena y no les generaba más que temor: “¿Cómo despertar de esta pesadilla?¿Cómo librarnos de este estado de sueño en que nos encontramos? No somos de allá, de aquí tampoco. Parece que no existimos”. En este apartado debemos destacar la precisión y el dominio con que su autora desarrolla el tema botánico y el de la siembra y la cosecha de los cafetales, lo que se convertiría a posteriori en el sustento de todos los colonieros.

Por último, está el tema amoroso que va de principio a fin solapándose cuando debe hacerlo para darle paso a los subtemas de la novela y tomando la voz de mando cuando se hace incontenible lo pasional entre dos seres que se necesitan mutuamente. El personaje principal de la obra, en ocasiones, parece esconderse del lector para que éste hurgue entre la trama y logre con ello descifrar quién narra la historia. El mismo, una mujer impetuosa y luchadora, vive con los prejuicios propios de la época a cuestas, con terribles sentimientos de culpa ante lo desbocado de sus emociones y en donde el sentido de la responsabilidad y el respeto por la tierra es condición sine qua non para llevar una vida correcta. Es a través de sus recurrentes sueños que pareciera canalizar todo el torrente afectivo que va creciendo en sí misma. Vemos lo que me ha dado por llamar una estupenda imaginería del agua por medio del cual su autora, hace gala de un control fabuloso de su prosa y de un lirismo preciso para transmitir el mundo interior de los personajes: “En la noche, ya en mi lecho, vuelvo a soñar que robaba las manzanas de Hans, pero esta vez me convertí en río e inundé sus cosechas. El misterio me prende en forma de vértigo”. Esta imaginería está presente a todo lo largo de Niebla de pasiones, y en este ejemplo en particular, vemos presente una manzana como elemento perturbador, el pecado en sí, y el agua como mecanismo de liberación y purificación.

Lotte, personaje principal de la novela, es “un alma desgarrada por la dualidad”, lo que hace más intenso el relato con las respectivas cotas de misterio que atrapan al lector. Una mujer apasionada, rebelde, que por los avatares de la vida, llego a entablar amistad con Richard Wagner y a convertirse en una de sus Walkirias, así como visitar con frecuencia el taller del pintor Martín Tovar y Tovar. Elementos como estos, entre muchos otros, hacen de Niebla de pasiones un canto a la tierra, a la cultura y a la mujer. Se me hizo difícil escoger una frase para cerrar esta brevísima reseña. Al azar y sin opción a cambio, me hallé con esta: “Mi fiera salvaje cubre mi garganta con su mano tibia, aprieta como si quisiera matarme…Soñé que me convertía en tus manos para acariciarme todo el cuerpo”.

4 abr. 2008

Sigamos esperando a Godot

Dependiendo del día en que usted desconocido lector se anime a leer estas líneas, pudiera comenzar de las siguientes tres maneras este acercamiento: el próximo 13 de abril se cumplirá un día más del natalicio de Samuel Beckett; hoy 13 de abril se cumple un día más del natalicio de S.B.; o, el pasado 13 de abril se cumplió un día más del natalicio de S.B. premio nóbel de literaruta del año 1969. Esta es un pequeña aproximación a Esperando a Godot.


Ver cosas donde no las hay seguramente nos remite a un caso patológico que apunta a la paranoia, al desenfreno. Lo más curioso de ello es que se justifica día a día con las cosas que vivimos y que sin querer nos hacemos testigos de otras. Motivos pueden sobrar, pero entre ellos tenemos: el poco tiempo para compartir con los nuestros, la carrera irreversible por conseguir dinero para subsistir y toda la secuela de hechos agobiantes dentro de la sociedad: hambre, inseguridad y desconsuelo.

Todas estas situaciones han hecho que el hombre moderno se tenga que armar de valor e inteligencia para aligerar la carga, y una de las herramientas que ha empleado inconciente o concientemente para sobrellevar la vida y sobrellevarse a sí mismo ha sido la ironía, porque a través de ella, consigue refutar muy sutilmente lo que le incomoda y transgredir lo que en mucho de los casos no se puede lograr con la palabra directa. El tiempo se ha encargado de dejar pruebas, que la ironía como tal, se utilizaba como intermediario entre lo que se decía y lo que se pretendía comunicar, por ejemplo Sócrates y su Mayéutica, en donde el que sabía terminaba reconociendo su ignorancia y el que no sabía, irónicamente, era el erudito en la materia; o también las obras de Aristófanes, cargadas de sátiras políticas o literarias con una fuerte tendencia irónica.

Uno de los escritores de nuestro siglo que se ha destacado por utilizar dentro de sus obras literarias el recurso irónico fue Samuel Beckett, el cual toma de la decadencia moderna el punto de partida para su obra Esperando a Godot: aquí el absurdo se engalana de actor de principio a fin en la voz de todos sus personajes y la mejor manera que halló Beckett para conseguir su objetivo, fue utilizando la ironía como recurso para suplir el vacío que fecunda a pasos agigantados en el mundo.

Beckett Barclay Samuel, considerado por críticos y no críticos como el más o uno de los más importantes autores del vanguardismo moderno. Nace en un pueblo cercano a Dublín llamado Foxrock el 13 de abril de 1906. Realiza estudios en importantes academias irlandesas frecuentadas también por Oscar Wilde. Hacia el año 1928 viaja a París y es en la Escuela Normal Superior donde conoce a Ezra Pound y a James Joyce, con quien entabla una larga amistad haciéndose secretario del genial escritor.

Sus primeras novelas cortas o noveletas fueron publicadas en la revista Fontaine. Acto seguido publica un ensayo sobre Marcel Proust con el cual despierta cierto interés en algunos eruditos en la materia. Una vez que estalla la Segunda Guerra Mundial se adscribe a la resistencia y se refugia en Vaucluse, lugar éste donde empieza a escribir extendidamente.

Atrevimiento personal de darle un perfil psicológico a los personajes de Esperando a Godot.

Vladimir (Didi): busca conducir a la mesura a su compañero. Inseguro de las cosas que dice por ello siempre Gogo lo hace dudar. Es reflexivo con respecto a la situación que vive.

Estragón (Gogo): Sarcástico y totalmente desesperanzado. De grandes problemas existenciales, que para solventarlos, siempre busca los medios para divertirse. Es un personaje evasivo de las situaciones.

Pozzo: personaje de mala memoria, muy cruel y siempre se hace suplicar. Muchos de los diálogos de Pozzo son irónicos. Es violento y autoritario.

Lucky: de presencia animalesca. Siempre atento a los mandatos de Pozzo. Ironiza en su totalidad al ser humano y al absurdo del mundo. Representa la humanidad que muere.

El Niño: mensajero de Godot, personaje sumiso y temeroso ante todo aquel y aquello que se le presente.


La obra gira en torno a una espera inútil que nunca se concreta. Mientras Didi y Gogo se impacientan, éstos deciden divertirse, "matar el tiempo" en banalidades que refuerzan más la idea del autor, la cual se centra en afirmar lo absurdo de la vida y de la imperiosa necesidad que siente el hombre de apartarse de un mundo cada vez más hostil e inhabitable.

A lo largo de la obra Estragón siempre hace dudar a Vladimir y pone a prueba la conciencia de éste con sus constantes preguntas y actitudes; por otro lado, Vladimir procura darle un hálito de esperanza a Estragón (el cual ni él mismo posee) con su incesante: "Esperamos a Godot", como si esto solventara la angustia de éstos y su propia indigencia.

La presencia de Pozzo y Lucky reitera aún más el absurdo que engloba la obra, bien sea por la mala memoria que tiene aquel, la sumisión incondicional de Lucky ante su "amo" o porque ambos entran en el círculo pueril y vicioso que arman Didi y Gogo.

Entre todos los personajes se presenta lo que Phillippe Adrien (dramaturgo francés) llamó "variaciones de la relación amo-esclavo", e incluso se da por igual con el Niño que sirve de mensajero a Godot.

La historia total de Esperando a Godot se podría considerar como "la nada", como el reflejo mismo de la humanidad en la cuerda que lleva Lucky del cuello; la desesperanza del hombre en medio de una obra que padece el complejo de Sísifo, por ello mismo el segundo acto parece repetir el primero, y así, Didi y Gogo proponen ahorcarse una vez más para acabar no con sus vidas, sino con el tedio, pero sabemos que no lo harán porque siguen esperando a Godot.

¿Hay o no ironía? Reconstrucción de la ironía en la obra.

La mayor ironía que hay dentro de la obra se presenta en su enunciación total y se refiere a que los personajes (Didi y Gogo) esperan a alguien o a algo que no conocen y que nunca aparece. Dicho en otras palabras, la ironía como tal se construye sobre una espera tediosa que los personajes transforman en fantástica, es decir, la disfrazan para combatir el aburrimiento: pretenden ahorcarse, discuten por la zanahoria y los nabos, la escena en que entran Pozzo y Lucky, entre otras situaciones, acentúan el absurdo y la contradicción en que viven Vladimir y Estragón.

El proceso que Wayne Booth llamó "reconstrucción" de la ironía, comienza cuando el lector rechaza todos los diálogos inútiles que entablan Vladimir y Estragón, y el rechazo -creo que unánime- de que alguien espere algo o a alguien que no conoce y por consiguiente, que realice acciones ridículas e incoherentes con lo que sería el acto de "esperar".

Luego, como producto de la necesidad de descifrar por qué dos personas actúan y hablan estupideces, comenzamos a preguntar quién o qué diablos es Godot para tratar de canalizar y darle una explicación a una espera vacua y sin sentido, y a través de esta especulación de ideas poder presumir que Beckett pretende mostrar algo que está oculto en medio de la obra misma. Entonces nos decimos a nosotros mismos : -no creo que el autor piense en la posibilidad de que dos personas que esperan a alguien hagan tantas y cuales idioteces.

Por último, en este proceso de reconstrucción, existe un significado paralelo a la obra misma y es el que a priori refleja el absurdo del mundo que plasmó Samuel Beckett dentro de Esperando a Godot, además, lleva consigo (la obra) una especie de mofa contra la existencia misma.

Aferrarse a ciertas conjeturas no implica una ausencia total del error, es decir, si atribuyo a esta obra un significado como el descrito anteriormente fue porque se tracé una línea operativa que me ayudó a darle lógica a todos y a cada uno de los actos de sus personajes; dicho significado estaba basado en cierto sentido común que todos compartimos: ¿ acaso esta situación es posible en la vida real? -no, no creo.


Nodriza: ...Y ¿para quién guardáis

Devorada de angustias ese esplendor oculto

vano misterio de nuestro ser?

Herodías: para mí.

Nodriza:Triste flor solitaria, sin otras emociones

que contemplar su sombra en el agua, con pasmo.

Herodías:Guárdate tu piedad junto con tu ironía.

Stéphane Mallarmé

Juego de palabras y falta de lógica.

La obra beckettiana en lineas generales presenta dentro de su contenido un constante fluir de elementos irónicos que al lector a simple vista desconcierta, pero la importancia irónica que recubre a los "juegos de palabras" apunta hacia una aceptación superficial de lo que se está comunicando, esto es, consentir un determinado precepto en lo que podríamos llamar su "armazón" para continuar el proceso de reconstrucción de la obra, a sabiendas aún, que lo que leemos es ilógico. Así, en Esperando a Godot hay un eterno juego de palabras entre los personajes, como por ejemplo cuando se pone en duda si es de día o noche: al principio de la obra, según la acotación, está anocheciendo, pero se reitera que es de día y en determinadas ocasiones se pone en duda si es de día o de noche:

Vladimir: Aún es de día. [-Y más adelante Estragón señala]:

Estragón: Bueno... la oscuridad... la fatiga... la debilidad... la espera... confieso... creí... por un momento...

Esta "oscuridad" remite a que ya es de noche o que por lo menos ese "aún es de día" no puede ser posible, y en atención a lo que se señalé anteriormente en cuanto a aceptar el juego como parte de la reconstrucción, esa "oscuridad" vuelve a ser refutada con la luz:


Pozzo: (...) Supongamos que se vayan ahora, cuando aún es de día, pues a pesar de todo aún es de día.


Si bien resulta confusa toda esta situación -el hecho de si es de día o de noche- la aceptamos como se presenta en su fase más elemental, es decir, en su superficie, siendo este uno de los tantos puntos donde el absurdo rompe el fluir de la causalidad y niega toda razón teleológica para colocar al lector o al espectador en el vértigo del sin sentido, de la negación de un orden homogéneo y continuo donde reconocerse y guarecerse.1

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1.Bravo, Víctor: Ironía de la literatura. Dirección de cultura de la Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. 1993. p.21

Igualmente el notable absurdo que es una constante general en la enunciación total de la obra, se verá entremezclado con todos y cada uno de los elementos que pudiera llamar herramientas de la ironía, con lo cual se logra o el autor logra el efecto buscado:

Vladimir (levanta la mano): ¡Escucha! (Escuchan grotescamente inmóviles)

Estragón: No oigo nada.

Vladimir: ¡Pssst! (Escuchan. Estragón pierde el equilibrio, casi se cae. Se agarra del brazo de Vladimir, quien se tambalea...) Yo tampoco...

En esta situación en que Vladimir manda a hacer silencio a Estragón para poder escuchar algo y luego dice que él tampoco escucha nada, se ven mezclados como dije anteriormente, los elementos de la ironía, bien sea, el absurdo, lo lúdico de las palabras o la falta de lógica como verán a continuación. Lo más complicado en el tratamiento de la ironía, no es el simple hecho de reconocerla, no; sino desligar las modalidades que de ella se pueden apreciar. Por ello he insistido en la mezcla de las herramientas irónicas, con lo que quiero indicar, que en un enunciado donde se halle la ironía, puede hablarse de un juego de palabras, de un absurdo, de una falta de lógica, etc.

En primer lugar es preciso señalar que la falta de lógica como herramienta irónica es meramente intencionada, es decir, si hallamos un contradicción evidente entre lo que dice un personaje ahora con lo que dice después o el sujeto lírico después de afirmar algo se contradice posteriormente, sólo podemos pensar en dos cosas: o el autor se descuidó en el tratamiento de su obra, o intenta decirnos algo de una manera oculta:

"La falta de lógica deliberada puede ser una pista sobre los pensamientos falaces de un personaje o una invitación a unirnos al autor en la denuncia de lo absurdo de las cosas."2

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2.Booth, Wayne: Retórica de la ironía. Editorial Taurus, España. 1986. p.114

El hecho de reconocer, además, momentos en una obra donde hay una falta de lógica, también implica un proceso que por su obviedad, a veces no nos damos cuenta de ella, y es el simple hecho de lo que por convención reconocemos como cierto o falso, es decir, si por ejemplo encontráramos una frase como "¡ Qué bella está la noche, mira como brilla el sol !", resulta de inmediato el rechazo hacia este enunciado, porque todos sabemos que es imposible dicha afirmación.

Pueden verse diversos ejemplos de esta "falta de lógica" en Esperando a Godot. Insisto en el tema de "la noche" porque me resulta diáfano para la explicación: como señalé anteriormente, Vladimir se presenta como un ser vacilante e inseguro; éste se pregunta constantemente si la noche llegará pronto:

Vladimir: ¿No llegará nunca la noche?

hecho que sugiere que es de día, pero luego él mismo afirma que es de noche cuando se dirige a Pozzo aludiendo a la obediencia de Lucky:

Vladimir: sin embargo, esta noche hace lo que le pide.

Si bien aquí se nota lo contradictorio en lo que dice Vladimir, más adelante se corrobora la falta de lógica en lo que éste dijo, ya que en una de las acotaciones, después de una larga tertulia entre los personajes, se afirma la presencia de la noche, así:

(La luz se extingue bruscamente. La noche cae de pronto. Sale la luna al fondo...)

El efecto que produce este hecho contradictorio es precisamente lo que busca la ironía como objetivo final: insinuar, contraponer ideas, crear incertidumbre, dislocar, o como lo planteó Víctor Bravo, lograr una lucha contra esa ceguera (la del mundo) y el develamiento de otras vertientes de lo real, acaso abismales, acaso contradictorias, pero siempre cercanas al estremecimiento de lo bello o lo siniestro,3 con lo que se consigue exaltar esa fuerza oscura de la ironía y donde el sin sentido cobra forma para la reconstrucción de ésta.

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3.Bravo, Víctor: Op.cit. p.68

"Del azur que es eterno, la serena ironía con indolencia bella, abruma cual las flores al poeta importante que en su genio no fía a través de un desierto, estéril de dolores."

Stéphane Mallarmé

Pistas para la ironía y contraste de estilos.

Empiezo por lo más elemental ya que el título de la obra resulta una pista, porque automáticamente preguntamos quién o qué será Godot. Quizás al principio no sea tan obvia esta pista como en la Modesta proposición (...) de Swift, pero una vez leída la obra reiteramos que el título es más incitante de lo que parece. Lo que he denominado Pistas para la ironía, no aclara por completo si una obra determinada presenta como cimiento a la ironía como tal, es decir, se ha de concluir que en un enunciado particular hallamos una "pista" por el contexto mismo de la obra y porque en el transcurso mismo de la enunciación total se ha ido sumando información que apunta al reconocimiento irónico. De esta manera se van agregando significaciones al entendimiento de Esperando a Godot y la debida reconstrucción que la obra misma impone con el apoyo de esas insinuaciones que ya he denominado "pistas".

Ya diversos críticos han sembrado multiplicidad de interpretaciones con el nombre Godot por el valor lexemático que implica: God/ot (Dios en inglés). De allí la exégesis planteada sobre esta polémica obra que indica, entre otras explicaciones, el sin valor de la vida sin Dios, la indigencia del ser humano cuando pierde su fe, etc.; significaciones muy valederas cuando todos sabemos que a través del tiempo no se han alcanzado los valores de la humanidad y la utopía platónica no se ha concretado, colocando "al hombre en los años finales del siglo en la perplejidad de una pura natividad, de un puro sin sentido"4.

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4.Ibid. p.58

Otra pista puede verse en el personaje Lucky y en el significado literal que su nombre refleja: "afortunado". Se puede afirmar que esta es la pista más clara que el autor ofrece para insinuarse sobre el absurdo que quiere resaltar. Lucky es azotado implacablemente por su amo (Pozzo), hasta el punto que la presencia de Lucky con la soga al cuello evoca al animal peor tratado.

En la relación Lucky-Pozzo existe ese elemento irónico que se presenta constantemente y es el hecho de los innumerables insultos que infiere Pozzo a Lucky: "eres un cerdo" -le dice en todo momento. Pero la realidad es que el verdadero "cerdo" es Pozzo: cruel, canalla, miserable. Lucky es el reflejo perfecto de Pozzo y la humanidad destrozada, corroida por la enfermedad, atrapada en una red de donde no puede escapar:

Pozzo: En otro tiempo bailaba la farándola, la almea, el bamboleo, la giga, el fandango e incluso el Hornpipe. Saltaba. Ahora ya sólo hace eso.¿Saben cuál es su nombre?.

Estragón: La muerte del lampista.

Vladimir: El cáncer de los ancianos.

Pozzo: La danza de la red. Se cree apresado en una red.

Sin duda alguna la suerte de Lucky no es muy buena que se diga. Resulta inquietante, si se quiere, verlo obedecer incondicionalmente a Pozzo, a pesar del maltrato que éste le infiere a lo largo de toda la obra y de lo irónico de que Lucky no huya de Pozzo cuando éste se queda ciego. Beckett trastoca las cualidades de estos dos personajes para indicar lo que ellos representan verdaderamente, es decir, Lucky resulta poco afortunado ante todo lo que vive y Pozzo es presentado con ínfulas de grandeza para contraponerlo con lo que él realmente es: un miserable.

Partiendo de este punto puede hablarse del contraste de estilo que precisamente se nota en las actitudes de Pozzo, lo cual da vestigios de un tratamiento irónico en la obra. Como he dicho en varias ocasiones, Pozzo es un canalla sin misericordia, un desalmado; convención que se afirma cada vez más con las acciones repugnantes que éste realiza. ¿No resulta contradictorio que en ciertas oportunidades quiera hacerse sentir como el mártir de la obra? Efectivamente. Y es aquí donde comparo tal situación para indicar que el autor quería enseñar otros motivos distintos a los que a primera vista ofrecía: ese que apunta al absurdo de la vida misma:

Pozzo (Gime, se lleva las manos a la cabeza): ya no puedo... ya no puedo soportarlo más... lo que hace... no pueden ustedes saber... es horroroso...

Más adelante señala:

Pozzo (solloza): En otro tiempo... era amable [¿acaso ya no lo es cuando cumple todo lo que le indica?] me ayudaba a ser mejor... ahora... me ha asesinado.

Pozzo después de gemir y sollozar reconoce que él mismo no es capaz de sufrir, que todo ha sido una mentira:

Pozzo (tranquilo): Señores, no sé qué ha sucedido. Les pido perdón... ¿Parezco yo un hombre a quien se le puede hacer sufrir?. ¡Vamos!...

Aquí la voz de Pozzo da un vuelco distinto a su forma natural de hablar. Ha de notarse lo que Wayne Booth llamó "cambio de estilo" en el momento en que el personaje en cuestión se hace la víctima ante el indefenso Lucky. Sin necesidad de ser impuesto o señalado de alguna manera, se puede establecer una comparación entre lo que dijo Pozzo en determinado momento con lo que dijo después para comprobarnos a nosotros mismos que estamos frente a una acción paradójica, absurda e irónica.

"Ignoro en la medida en que sé... Es lo que llevo de desconocido en mí lo que me hace ser yo."

Paul Valéry

La alegoría como elemento irónico.

El primer efecto que produce la ironía en los lectores es el de rechazo inmediato a pesar de que el enunciado que contenga lo irónico sea coherente consigo mismo. Desde este punto de vista la alegoría como tal no es en su totalidad irónica, ya que ésta no nos arrastra hacia una negación de su significado, sino más bien, hacia la adquisición de información adicional para la reconstrucción de la ironía. Es plausible añadir que la lectura de una frase alegórica en comparación con una que sea irónica, resulta más literal por el hecho de conservar –lo digo de esta manera- su estructura formal de significado/significante, esto es, mantener literalmente lo que dice.

A grosso modo la mayor alegoría de Esperando a Godot apunta hacia la condición actual del ser humano, pues bien es sabido que hasta el siglo XIX aún se creía en el orden, en el proceso de industrialización como el eje básico para el bienestar de la sociedad, el cual sin duda alguna postulaba la paz en todo el mundo. El tiempo se ha encargado de demostrar lo contrario y es esto mismo lo Beckett con gran acierto logra plasmar en esta obra a través de sus personajes, cruzando de un punto a otro la desesperanza del hombre.

Bien es sabido que Beckett estuvo refugiado durante la Segunda Guerra Mundial en Vaucluse, quizás por ello mismo en la voz de Vladimir alude a este lugar:

Vladimir: Sin embargo, hemos estados juntos en el Vaucluse, pondría la mano en el fuego. Hicimos la vendimia, sí señor, en caso de un tal Bonelly...

Y más adelante señala:


Vladimir: ¡Pero allí todo es rojo!

Ha de suponerse que ese "rojo" no alude tan sólo al color de la uva, no a esa alegoría Dionisíaca de la vendimia, porque además, el color de la uva no es el "rojo" exactamente, sino más bien, a la sangre y al dolor humano que significó aquella guerra que aún está latente en el recuerdo de muchos y que Beckett presenció muy de cerca. Aceptar la vendimia como una imagen alegórica quizá pueda ubicarnos en un mejor entendimiento de Esperando a Godot:

"La mejor manera de descubrir la intención del escritor es aceptar ese papel de interlocutor, pronunciarse, pues, sobre la eventual precisión de los argumentos sostenidos por el escritor."5

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5.Todorov, Tzvetan: Crítica de la crítica(1984). Monte Avila Editores, Venezuela. 1991. p.134

La suma de todos y cada uno de los elementos que he mencionado, bien sea las pistas para la ironía, los contrastes de estilos, la alegoría, la falta de lógica y los juegos de palabras, será fundamental para llegar a determinar que en una obra existe ironía como estilo demarcativo en su construcción. Si se tomara sólo una de las herramientas señaladas para dilucidar si hay ironía o no, es posible que no se llegue con seguridad a reconocerla, ya que la ironía en sí, requiere del encuadre total de la enunciación para visualizar su poder connotativo. El hecho de aferrarse, por ejemplo, al contraste de estilo de un personaje solamente para afirmar que hay ironía en una obra, es ceñirse directamente a un enunciado y esto sería erróneo a la hora de querer demostrar cuál es el tratamiento que se le está dando a la obra estudiada.