30 mar. 2010

A la sombra de las muchachas en flor


Continúo con mi osadía de leer a Proust. La misma se me viene en caída libre, es decir, si ya pasé por Por el camino de Swann, lo más lógico es que continuara mi atrevimiento con A la sombra de las muchachas en flor. Hasta ahora no me he rendido ante la monumental obra. Tendré que esperar al tercer, cuarto o siguientes tomos a ver si sucumbo ante la tentación de dejarla a un lado. Dada a su complejidad, me atrevería a decir que mientras uno se lee el segundo tomo, fácilmente pudieran leerse tres o cuatros novelas de mediano o largo aliento, y esto, más allá del hecho meritorio de acumular lecturas para la historia personal de cualquiera, redunda sobre el esfuerzo que requiere enfrentarse a cada página de En busca del tiempo perdido. Ya lo decía en la minúscula reseña que hiciera de Por el camino de Swann, el texto ofrece un sublime placer en el acto de lectura que sobrepasa la dificultad del mismo.




Antes de entrar escuetamente al tomo A la sombra de las muchachas en flor, bien le comentaba a alguien que ya leyó la obra completa, que he descubierto en Proust, en su obra, el mejor ejercicio de lectura que uno pudiera hacer. Pasar por sus páginas, buscar el entendimiento, la concentración y la debida interpretación de lo que emana su narrativa, es sin duda, un logro absoluto, al punto, que después de leer a Proust, cualquier libro –al menos de narrativa – se me antoja de fácil acceso sin caer en desmérito alguno.


Swann y Odette, como era de esperarse, dan paso a la historia que continúa en A la sombra de las muchachas en flor. El narrador deja a un lado el interés por Gilberta, la hija de Swann, y se centra en una hermosa desconocida, Albertina, cuando la ve junto a otras muchachas en el balneario de Balbec. Habrá que ver en la continuación de En busca del tiempo perdido, si es tan relevante todo lo que dedica Proust en este tomo a Albertina, como a la inmediata reminiscencia de si Forcheville se acostó o no con Odette y si no son más que pequeñas historias, despliegues narrativos seguramente necesarios, para después develar el verdadero sentido de la obra. Aún me falta mucho para llegar a esto. No obstante, Proust cuela su pensamiento discretamente cuando dice: “La causa de que una obra genial difícilmente sea admirada en seguida es la de que quien la ha escrito es singular y pocos se le parecen. Su obra misma, al fecundar las pocas mentes capaces de comprenderla, es la que los hará crecer y multiplicarse”. La historia ha señalado hasta la saciedad que En busca del tiempo perdido fue rechazada en las primeras de cambio. Incluso André Gide, sí el propio Gide, lector de lujo de la editorial Gallimard, dijo al devolver el libro a su editor: “No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”.


He tomado infinitas notas de A la sombra de las muchachas en flor, no obstante, en mi obstinación por ser breve en mis reflexiones de lecturas para que los lectores blogueros no huyan despavoridos por la extensión de las mismas, me doy cuenta nuevamente de que es imposible condensar en una cuartilla, todo lo que se desprende de esta obra inconmensurable. Por ello cierro esta reseña dándole paso ya a la lectura de El mundo de Guermantes y citando menos de la cuarta parte de las interesantes ideas que anoté de A la sombra de las muchachas en flor.



Y entonces me pregunté si la originalidad prueba de verdad que los grandes escritores son dioses cada uno de los cuales impera en un reino propio y exclusivo o si no habrá un poco de fingimiento en todo eso, si no serán las diferencias entre las obras resultado del trabajo más que expresión de una diferencia radical de esencia entre las diversas personalidades.

Así ocurre con todos los grandes escritores, la belleza de sus frases es imprevisible, como lo es la de una mujer a quién aún no conocemos; es creación, ya que se aplica a un objeto exterior en el cual –y no en sí – piensan y que aún no han expresado.

Quienes producen obras geniales no son quienes viven en el medio más delicado, quienes tienen la conversación más brillante, la cultura más extensa, sino quienes han tenido la capacidad de volver su personalidad semejante a un espejo, de tal forma que su vida se refleje en ella, pues el genio consisten en la capacidad reflectante y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.

El hábito forja tanto el estilo del escritor como el carácter del hombre y el autor que se ha contentado varias veces con alcanzar en la expresión de su pensamiento cierto atractivo planta así para siempre los hitos de su talento.

Así como los sacerdotes que tienen la mayor experiencia del corazón pueden perdonar mejor los pecados que no cometen, así también el genio que tiene la mayor experiencia de la inteligencia puede comprender mejor las ideas más opuestas a las que constituyen el fondo de sus propias obras.

Una lengua que no conocemos es un palacio cerrado en el que aquella a quien amamos puede engañarnos sin que –al habernos quedado fuera y desesperadamente crispados con nuestra impotencia– podamos ver nada, impedir nada.

El tiempo de que disponemos cada día es elástico; las pasiones que sentimos lo dilatan, las que inspiramos la encogen y el hábito lo llena.

Todos sabemos, cuando hemos dejado de amar, que el olvido e incluso el recuerdo vago no causan tantos sufrimientos como el amor desdichado.

Habitualmente vivimos con nuestro ser reducido al mínimo; la mayoría de nuestras facultades permanecen adormecidas, porque descansan en la costumbre, que sabe lo que se debe hacer y no las necesita.

La fealdad es una sucesión de hipótesis que la fealdad reduce.

El interés de la especie es el que guía en el amor las preferencias de cada cual.

La diversidad de los defectos no es menos admirable que la similitud de las virtudes.

Las cosas que más procuramos rehuir son aquellas que acabamos no pudiendo evitar.

Para infundir ilusión en un primer momento, adoptamos en gran medida un aspecto y actitudes que nos son ajenos, pero que nos gustaría tener.

28 mar. 2010

La huella del bisonte


Dentro de mi lista de tareas –lecturas– pendientes estaba el libro La huella del bisonte, la primera novela del ínclito amigo Héctor Torres. El mismo que hace un par de años atrás compartía opiniones de lecturas y recomendaciones varias en una reconocida emisora de la capital. Ahora puede oírsele los días martes al mediodía en la 97.7FM haciendo lo propio, dando siempre un buen comentario y hallándole respuesta a todo –o casi todo– lo concerniente al mundo de la literatura.

Su novela asiste a la experiencia de cambio de unas jóvenes adolescentes que dan sus primeros pasos al encuentro amoroso, alma y cuerpo incluidos. Gaby y Karla, dos estudiantes de bachillerato y amigas no tan inseparables, acuden a su primera experiencia sexual con hombres ya ganados en caminos de este tipo. Surgen así sus incertidumbres, sus dudas y contradicciones morales, sin dejar de reconocer la delicia que les resultara de esa primera vez, en donde
“el sexo es un placer en tanto ofrece vértigo, riesgo”.

Ambas asumen el riesgo y comienzan a vivir sus propios dilemas tan propios de la edad, tan legítimos cuando dos cuerpos se encuentran desprovistos de toda ropa, y uno de ellos, el femenino, acude a sus primeros estallidos hormonales. Cada personaje está bien delineado en cuanto a diálogo y actitudes se refiere, y sin duda, lo más relevante de La huella del bisonte, no es tanto el tema que aborda, que de por sí siempre será interesante y puede recordarse en otras obras literarias, como en Lolita de Nabokov, sino la manera, en el evidente despliegue narrativo que Torres desarrolla en su novela dentro de un contexto moderno, juvenil, y en donde la ciudad de Caracas es testigo de las historias de Karla y Mario por una parte, y Gabriela y Álvaro por la otra:
“…esa ciudad sin estrellas ni libélulas, son ellos, junto a las ratas y los perros callejeros, los sobrevivientes de ese paisaje lunar en que se convierte el centro de Caracas cuando cae el toque de queda del instinto”.

Mario, que tiene mayor protagonismo en la obra que Álvaro, también entra en contradicción consigo mismo después de aquel extraño pero delicioso encuentro con Karla –la amiga de su hija. Comienza a atormentarse por lo que hizo, criticándose por haber cedido ante su instinto y ante la hermosa y firme desnudez de la quinceañera que se sumaba dos años de vida para sentirse más mujer.

En la novela hay sexualidad de sobra trazada con fino tacto, sin caer en la mojigatería pero sin pasar el límite superior que raye en lo obsceno. La huella del bisonte te hace tragar grueso en determinados momentos, tal como si el lector estuviera escondido tras una puerta de romanilla a través de la cual lo ve todo, o echando una mirada indiscreta por un huequito, por el ojo mágico de la puerta transfigurada en palabra precisa, en narrativa bien pensada.

Hace casi dos años mi compañera y colega Linsabel Noguera hizo también una reflexión sobre el texto, pueden leerla aquí.

25 mar. 2010

Breve manual (ampliado) para renococer minicuentos


Concisión, brevedad, y sobre todo, capacidad de síntesis, son algunos de los elementos que se necesitan para lograr un mini cuento. Cómo determinar que se está frente a esta categoría “des-generada” (concepto utilizado por la autora para demostrar su carácter proteico) y no frente a un poema en prosa, un aforismo, un chiste, una receta de cocina, entre otras categorías, que Violeta Rojo incorpora en su Breve manual (ampliado) para reconocer mini cuentos. Esta es una de las incógnitas que el libro despeja para evidenciar esa “literaturidad” –bien ganada por cierto– en los mini cuentos.


El análisis es de fácil asimilación para cualquier lector, especializado o no en la materia, lo que sin duda le agrega un valor extra en el sentido de amplitud e impacto para cualquiera que se acerque a sus páginas. El libro, que además de hacer honor a la “brevedad” y se gana con fundamento el de “sustancialidad”, tiene una muy buena selección antológica de mini cuentos de autores que han explorado este “des-género”: Anderson-Imbert, Julio Cortazar, Oswaldo Trejo, Cabrera Infante, Huidobro, entre otros.


Es innegable, y esto es uno de los elementos admirables del mini cuento, es que un buen texto de este “des-género” es contundente y no se anda con rodeos retóricos. Breve manual… fue publicado originalmente a mediados de los años noventa y esta “ampliación”, se corresponde con algunas reflexiones que Violeta Rojo hizo con el tiempo sobre su propio trabajo, para añadir más luces sobre este género despreciado por algunos y aplaudido por otros.

23 mar. 2010

Cometas en el cielo

Hace poco más de un año vi la película “Cometas en el cielo”. Recuerdo que quedé impresionado con la misma, por lo dura que resultó ser al mostrar la terrible realidad de Afganistán dentro del contexto de la trama y que irremediablemente remite en mayor o menor grado a su actualidad.

Hace un par de días terminé de leer la novela, digamos, el texto original Cometas en el cielo de Khaled Hosseini, vi nuevamente la película y debo decir ahora que la adaptación es aceptable. No obstante, el libro es superior. Más allá de la omisión en la película de un capítulo fundamental y desgarrador de la historia, el mensaje en términos generales es fiel al texto, tanto así como los personajes que te hacen padecer las penurias de un país sumamente rígido e impenetrable en su cultura.

Amir y Hassan son dos niños de etnias antagónicas que por razones del destino crecieron juntos bajo el mismo techo (Pastún y Hazara respectivamente). En ellos se centra gran parte de la historia junto a Baba, padre del primero y patrón del segundo, un hombre duro, con firmes convicciones en cuanto a lo que es el bien y el mal; un hombre orgulloso que da todo por ambos infantes y que por encima de cualquier cosa el honor es lo primero.

Llega la invasión de los rusos al pueblo afgano y Baba junto a su hijo, se ven en la necesidad de buscar refugio, de huir lo antes posible a otro país para mantenerse con vida. A través de los años terminan en California y desde allí, muchos años más tarde, Hassan siendo ya un hombre se ve en la imperiosa necesidad de volver a Afganistán para arreglar cuentas con el pasado, con la triste historia que lo atormenta y que lo lleva a buscar frenéticamente a Sohrab, un niño abandonado en un orfanato y que es víctima de las aberraciones de los talibanes.


Cometas en el cielo es un libro conmovedor, que mueve las fibras del alma de cualquiera. Contado con maestría desde la pluma de un escritor que tiene su mente y espíritu en la cultura y formación afgana. Esta novela te muestra el lado limpio de la fidelidad y la amistad, así como el lado oscuro cuando el miedo invade el corazón de todos. No hay desperdicio alguno en esta espléndida novela, que después de hacerte disfrutar en las alturas del colorido encuentro de las cometas, te baja de golpe a tierra, al blanco y negro más acentuado de las miserias humanas.

22 mar. 2010

Bébeme


El 22 de abril de 2008 publiqué esta foto con el poema adjunto. Casi dos años después, vuelve arder El Ávila.

bébeme

créeme agua

un sinuoso líquido de trampas


bébeme

hazme prisionero

dame el placer de recorrer tu cuerpo

y sentir la caída libre

en el patio trasero de tu lengua


bébeme

deglute mi alma

convéncete que sin mí

no eres nada


bébeme

sé tierra árida y seca

yo me encargaré de humedecer tus comarcas


bébeme


lentamente

apagaré el frío intenso

de tu fuego



El Ávila, domingo 21 de marzo de 2010. 7:00pm.

19 mar. 2010

Desgracia


Por alguna razón desconocida, el libro Desgracia de Coetzee se me escabullía de la compra y una vez ya con él, de la lectura. Pero por fin leí esta novela tan comentada por muchos y buenos lectores. Son tantos los análisis que se han hecho de esta dura y formidable novela, que lo que diga será llover sobre mojado –me aprovecho de la lluvia que por fin cayó sobre Caracas.


David Lurie, un hombre divorciado de edad madura y profesor universitario, pasa sus buenos tiempos de ocio disfrutando del placer del sexo gracias a los servicios bien proporcionados por Soraya, una prostituta que de un momento a otro desaparece. Lurie continúa impartiendo sus clases universitarias a un grupo de jóvenes que no muestran el mayor interés por lo que dice y muchos menos por él, salvo Melanie Isaacs, una estudiante con la cual vive una aventura, hecho que lo llevará prontamente a ser destituido de su cargo académico dada la denuncia que Melanie hace ante las autoridades de la universidad.


Esto es apenas un abrebocas de lo verdaderamente impactante dentro de la trama de la novela. Lurie se ve obligado a partir de Ciudad del Cabo y termina refugiándose en la hacienda de Lucy, su hija, y es justo allí donde comienzan las verdaderas desgracias a pulular por doquier. La novela es relativamente corta, digamos, de aliento mediano, no tan extensa. Sin embargo, son varios los aspectos filosóficos que de allí pueden comentarse a pesar de la sencillez de la trama. Como punto fundamental en este sentido, está la relación paternal de David con su hija, la cual es terrible, desagradable y conflictiva. Existe entre ellos un distanciamiento que no tiene que ver en absoluto con lo corpóreo, sino con lo emocional y afectivo.


Lurie intenta congraciarse con ella pero todo intento es inútil. Luego sucede un terrible hecho que marcará para siempre sus vidas, situación que impone un eterno desasosiego en su día a día, e incluso en el proceso de lectura. Esto a la vez da rienda suelta a otro elemento presente en la novela, enmarcado tal como comenté anteriormente dentro cierto aspecto filosófico y que tiene que ver con el racismo, con este aberrante sentimiento que sin duda aún existe más allá de la frontera ficcional de Desgracia.


Como padre David estalla ante la intransigencia de Lucy al no querer abandonar su hacienda, lo que ella considera su vida. En muchas ocasiones como lectores-espectadores estamos de acuerdo con el desesperado padre, puesto que el razonamiento que hace de la terrible situación que viven es más que acertado. Empero, Lucy discute con él y logra contra argumentarlo dándole otra visión, otro punto de vista que va más allá del machismo, de la justicia y el orgullo que aquel siente perder cada vez que discute con su hija. Esto último como añadidura a que David Lurie viene a representar a ese hombre sudafricano de piel blanca, que siempre creyó tener el poder absoluto de todo y sobre todos los que fueran distintos a él, en un país de contrastes severos en donde el apartheid quedó en un triste pasado y los negros igualados a los blancos.


Para ocupar su tiempo en algo –lo cual también le da mayor morbo al texto–, David termina ayudando a un grupo de personas en una clínica en donde le aplican la eutanasia a perros abandonados. El nudo en la garganta se apreta cada vez más ante la descripción y la narrativa que Coetzee aplica en este triste pasaje de la novela: “Como es Bev Shaw quien empuña la aguja y la clava, es él quien se ocupa de disponer de los restos. A la mañana siguiente a cada sesión de matanza, viaja con la furgoneta cargada al recinto del hospital de los Colonos, a la incineradora, y allí entrega a las llamas los cuerpos envueltos en sus negras bolsas”.


Resulta complejo hablar de esta novela en tan sólo una página. Desgracia va de muchas cosas, las cuales de una u otra manera te quitan la esperanza, te hacen vivir las complejas situaciones de los personajes como si fueran reales. Es una lectura que muestra –en parte–la maldad del ser humano en un sistema invisible pero que está allí, circulando a base de inclemencia y terror.


Hay que ver la adaptación al cine, hay que verla.

16 mar. 2010

Rubayyats


Hay muchas maneras o intentos de hacer poesía, lo que nos lleva irremediablemente a decir que hay poetas con una clara definición de estilo. Están los que se apoyan en las comas y puntos para marcar silencios e intensiones; también hay los que prefieren omitir por completo estos elementos, para que sea el espacio, la distancia entre líneas, los que determinen un silencio necesario o una firme intensión de sentido; están los poetas que se apalancan en la extensión del poema, rimbombantes de retórica y sonoridad –a veces forzada– para ganarse lo más importante que al fin de cuentas es la atención lectora y, obviamente, los hay quienes se apoyan en la brevedad, bien sea del tamaño de un haikú o de métrica perfecta tal los rubayyats.

Este es el caso del libro homónimo del poeta Eleazar León, Rubayyats, lo cual me lleva a recordar, tanto de los encuentros casuales de pasillo o dentro del propio salón de clases, su palabra en muchas ocasiones rimada (asunto ya de su propia naturaleza) y la destreza con la que recitaba de memoria versos propios y ajenos. Comprendí con el tiempo que esa es la inmanencia del poeta, característica de quien se entrega a ese sagrado oficio de hacer poesía. En este poemario vemos desde el primero hasta el último rubayyat, un trabajo, una decantación de la palabra que se evidencia madura, sin ningún tipo de arrogancia. Tal vez para algunas generaciones más jóvenes que la de Eleazar, resulte algo anacrónico leer esta poesía perfectamente rimada y enmarcada en sus cuatro versos endecasílabos. No obstante, es una lectura necesaria para quienes le interesa la poesía, más allá de los muchos o pocos años que se tengan. Este poeta pertenece al panteón mayor de nuestra poesía venezolana, y Rubayyats, es un rescate, es volver a una tradición de siglos pero desde la palabra de un poeta del siglo XXI.


Leer poesía y en especial este poemario, más allá de las imágenes, metáforas y alegorías a las cuales remite, es un ejercicio de lectura que sobrepasa el necesario entendimiento para establecerse en un nivel superior al cognoscitivo. Por ello mismo, como bien dijo el propio Eleazar en la contraportada de Rubayyats, asumiendo este ejercicio poético como un “riesgo”, señala que lo hizo “…por soñar, por abandono de novedades que han extenuado las palabras…”.


Eleazar León partió físicamente en agosto de 2009, dejando un extenso legado poético que pueden hallar en medios físicos y virtuales, razón por la cual no me extiendo en recordar su bibliografía poética. No obstante, los invito a leer Rubayyats con los oídos muy abiertos, y escucharlos con ojos atentos, parafraseando a Octavio Paz en cuando a su manera de leer poesía. Son 317 rubayyats que van desde lo más delicado hasta lo más contundente de la palabra, y para aquellos que tuvimos la suerte de conocerlo, es escucharlo nuevamente.


Un mínimo aperitivo de Rubayyats:


No te diré perdóname. Si callo

es por decirte, amor, donde me hallo

con los labios más mudos del suplicio

que ya perdí la guerra que batallo.

12 mar. 2010

Suicida ¿afortunado?

El Metro de Caracas es, y será siempre, una fuente inagotable de historias, algunas conmovedoras y otras terriblemente patéticas, dignas de un orbe decadente. Por otra parte y por razones que desconozco, yo me transformo en una especie de imán que atrapa los más pintorescos episodios que se presentan cada vez que acudo a tan necesario medio de transporte citadino. Esto sucedió ayer jueves entre las 6 y 7.30 de la noche en una de las estaciones más congestionadas de la tríada de líneas subterráneas. La cosa va más o menos así:



Estaba de segundo en la cola para abordar el próximo vagón. Delante de mí había una mujer de edad madura (clasificación de amplia edad para dar rienda suelta a la imaginación). Todos esperábamos con ansiedad a ese gusano de metal que atraviesa Caracas ahora vestido con publicidad del estado. La mujer sacudía con fuerza su abanico y alguna reminiscencia de la ventisca llegaba a mi sudoroso rostro. Llega el vagón, repleto, pero llega. Abre sus puertas de par en par y justo en la entrada hay un hombre semi acostado, sí, echadote hablando con alguien vía celular. El tsunami de gente empieza a pujar hacia adentro y la mujer le da una patada y le dice “levántate abusador”, mientras el hombre hacía las veces de policía acostado por el que pasaban muchísimas piernas de adentro hacia afuera y viceversa.


Logro instalarme en la mitad del vagón y con el desafío de pasar entre la gente para ganarme un lugar, no me doy cuenta que el sofoco es peor, que el aire acondicionado está pagado. Un individuo con cara de muchacho reparte marca libros con mensajes cristianos. De pronto, el hombre que estaba acostadote, casi en la pata de mi oreja, grita “buenas noches” dejando en el ambiente una fuerte fragancia etílica, mezcla de cuanta bebida espirituosa sea posible. Nadie responde y el hombre insiste, “buenas noches”…”Gracias”… responde, cuando todos con caras largas y agotadas entran en las normativas de buena educación. “Les voy a cantar una canción de mi propia inspiración, no se crean, no es fácil, me quedé sin empleo y me veo en la necesidad de hacer esto por primera vez”.


Tremenda voz, no puedo negarlo, lo único es que la canción de “su propia inspiración” era una ranchera de Vicente Fernández. Hubo algunos aplausos, una que otra moneda y después continuó con su repertorio: “señores, yo soy salsero, así que ahí les va ésta…y un, dos, y un dos tes…La ex señorita, no ha decidido qué hacer….en su clase de geografía…” El cantante del vagón se transformó en Rubén Blades, qué maravilla, una de las personas que más respeto y admiro por razones que no vienen al caso. Todas las personas que venían en el vagón terminaron coreando: “Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, Ave María…”


El curioso momento se esfumó cuando de pronto el parlante del tren anunciaba la frase que a tantos aterra, prefabricada sí, pero con tan sólo escucharla, ya se sabe lo que viene: “Se les informa a los señores usuarios que …” Rubén iba a interpretar otro de sus clásicos y después de escuchar el parlante dijo: “coño, mejor me bajo aquí, buenas noches mi gente…” La frase del operador concluyó así “…por motivo de arrollamiento, la estación Chacaíto no está prestando servicio comercial…”


En resumen, esperé inútilmente en el andén; luego caminé por el iluminadísimo boulevard de Sabana Grande hasta Cacaito; ríos de gente iban en ambos sentidos. Años sin hacer ese recorrido. La Santa María de las estaciones abajo, volví a esperar. No tenía caso intentar subirse a algún autobús. Mucho tiempo después dieron acceso a la estación. Allí estaban los paramédicos, el tumulto de personas intentando ver al occiso. Alcancé oír algunos aplausos en respuesta a lo que dijo algún empleado del Metro: “Está vivo…! Dios, pobre hombre –pensé. Intentó suicidarse lanzándose a los rieles y quedó vivo, disculpen la expresión, pero qué mala leche tuvo. Hacer eso y quedar vivo, maltrecho para toda la vida, defectuoso seguramente de unas cuantas habilidades motoras y ni hablar del impacto psicológico.


En el tren, alguien que estuvo más cerca de los hechos decía: “el carajo tendrá entre 25 y 30 años, parece que tiene problemas económicos”. Imagínense ustedes, la ciudad quedaría vacía si todos sucumbiéramos por esto. No se diera abasto el Metro. Supongo que ahora el desdichado tendrá más problemas económicos, porque le tocará pagar el respectivo tratamiento que le toque, y si el problema fuese por un terrible despecho, pues peor, creo que la mujer huiría despavorida después de semejante acrobacia. Sin duda un suicida ¿afortunado?.

10 mar. 2010

La otra isla


Empecé a leer La otra isla con descarada ansiedad, atendiendo a los innumerables comentarios positivos sobre esta novela de Francisco Suniaga. A medida que pasaba las páginas, me di cuenta por qué de los bien merecidos aplausos. Ya el título insinúa ese elemento alterno, esa otredad tan propia de los humanos, que en este caso, es llevada a la tierra, a un lugar que muestra su mejor cara al turista –y a los propios también– pero que sin duda el día a día evidencia otras realidades.


Todo transcurre en la Isla de Margarita, lugar que muchos venezolanos conocemos como un paraíso turístico que siempre figura como alternativa para pasar las vacaciones. No obstante, para aquellos que hemos tenido la suerte de visitarla, podemos darnos cuenta sin mayor cota de malicia, que hay mucho descuido considerando la isla como referencia para el disfrute, la contemplación y el ocio, tanto nacional como extranjero. En el texto, que es lo que atañe, esto puede verse sutilmente mezclado con la narrativa del autor, que partiendo de la muerte de un alemán que se enamoró del paradisíaco lugar (Wolfgang Kreutzer: “Gorfan” para los nativos), se desencadenan los hechos que dan forma al libro.


La inesperada muerte de “Gorfan” en playa El Agua frente a su local Nordsee, trae a estas tierras a su madre, Edeltraud Kreutzer, quien vivirá en carne propia las penurias del manejo de asuntos judiciales en el trópico, en el Caribe, en donde los policías y funcionarios no son más que ornamentos de la sociedad, que al fin de cuentas, quieren disfrutar de la vida, pasársela bien sin mayor esfuerzo, “…en una isla caribeña de clima benigno y personas amables pero, adosada a ella…, otra isla donde la violencia era una savia que alimentaba lo cotidiano y se movía oculta bajo la aparente docilidad de la naturaleza y bondad de la gente …La isla de la violencia, la isla de la lluvia que inunda…(de) muerte prematura y cotidiana, muerte joven, muerte pobre, muerte que cada sábado y domingo sigue la línea divisoria de las grotescas diferencias sociales”.


Por otra parte, el protagonista y abogado, José Alberto Benítez quien le tenderá la mano a Edeltraud a solicitud del canciller alemán, tratará de resolver la misteriosa muerte de Wolfgang, mientras en su vida personal vive a través de un sueño, un hecho curioso que tiene que ver con lo literario. Su amigo y psiquiatra, Pedro Boada, lo ayudará a descubrir de quién es el poderoso párrafo en inglés que el subconsciente le dicta a Benítez con fuertes reminiscencias de Conrad. En lo particular esto me sorprendió y me gustó mucho en su develamiento al final de la novela.


También está presente la pasión desmedida que despierta una esbelta alemana en un hombre del caribe, combinación que siempre llamará la atención de los lectores y que en el entramado de la historia, generará dudas y suspicacias en cuanto a la muerte del alemán. Richard, ese empleado de Nordsee que sucumbe ante las dotes germánicas de Renata, la esposa de Wolfgang, abre paso a esos personajes populares de la isla de Margarita para luego llegar a uno de mucha importancia en la historia: Fucho, quien se convertirá en el maestro de peleas de gallo de Wolfgang.


Este último punto, el de las peleas de gallo, merece mayor atención, no sólo por la espléndida narrativa con la que Suniaga sumerge al lector en ese mundo que para muchos nos resulta desconocido, por la descripción fotográfica y detallada cuando se enfrentan estos gladiadores de pico y espuelas, sino además, porque no recuerdo que en alguna novela venezolana se describa con tanta precisión y destreza literaria, todo lo que tiene que ver con esta actividad, que por salvaje que parezca, está fuertemente arraigada al acervo cultural de muchos lugares del país: “La sangre brotó tan abundante y violentamente que pudo haberse desangrado por completo antes de caer al suelo. Dio una vuelta sobre sí, convulsionó un par de veces y se quedó inmóvil, a mis pies. La muerte fue tan rápida (gracias a Dios) que mi zambo ni siquiera la vio venir y en los ojos se le quedó congelada la mirada de campeón…”


Wolfgang toma tal afición a las peleas de gallos, que el propio Fucho, llega a decirle que es el mejor preparador que haya conocido, y es tal su pasión, que crea un diario, una libreta de anotaciones en donde detalla todo su proceso de aprendizaje, volviéndose un adicto, afirmando con el pasar del tiempo “necesito más” de las peleas de gallos. Si me pidieran que mencionara las diez mejores novelas venezolanas de los últimos años, no dudaría en mencionar La otra isla de Francisco Suniaga, que por cierto ya va por su séptima edición. Una novela trabajada con maestría.

9 mar. 2010

Venezuela es una moto


No sé si decir que Venezuela anda en moto o decir que Venezuela es una moto. Para los efectos de lo que voy a decir la metonimia creo que le va bien. Va en moto por su imprudencia, porque va en el canal rápido sin casco y en el mejor de los casos, lo lleva de adorno en el codo, que geográficamente se me antoja en la coyuntura de la “zona en reclamación”. ¿De verdad aún estamos reclamando ese inmenso pedazo de tierra? Tamaña insensatez si es así, puesto que con la tierra legítima –la que tenemos desde antaño –no hemos logrado mayor caso: caos y desidia aflora por doquier.

Y es que no solamente lleva el casco en el codo –o se cree moto –sino que, juega al zig-zag entre los demás habitantes para ver quién frena primero para darle paso hacia un rumbo incierto, porque en ocasiones, tal como puede notarse en la autopista y en las principales avenidas (las mismas que colapsan a toda hora) a veces va en sentido contrario: sin casco, de espaldas al futuro, como decimos aquí “comiéndose la flecha” y con una o más personas de parrilleros, que haciendo la analogía, serían esos países del combo bolivariano al cual el estado les da la mano, lo cual sería loable siempre y cuando nuestras prioridades, necesidades y problemas estuvieran resueltos. Bien dice el refrán “luz para la calle y oscuridad para la casa” (valga lo textual y lo simbólico).


Es una moto porque se estaciona donde sea, como sea y porque “me da la gana”, actitud típica de la mayoría de los motociclistas que recorren la ciudad, como un enjambre de avispas culonas que pueden picar a cualquiera que se les atraviese y pobre de aquellos que se atrevan a defenderse, puesto que la colmena motorizada no conoce de leyes y menos aún de diálogo. Venezuela es una moto por eso, entre otras cosas, porque su representante, el mismo que fue elegido por mayoría, cose y descose lo que tanto trabajo se ha ganado el ciudadano con su trabajo, llevándose por el medio cuanto protocolo ha creado la democracia para el beneficio de la sociedad y lograr con ello el tan necesario consenso en el que todos caben.



Echa humo de rabia, bastante –digo, Venezuela –tal vez por la impotencia de los que la queremos. Está contaminada, tanto por las motos o porque lamentablemente la sequía nos tiene locos a toditos y el olor a incendio forestal nos da los buenos días cada mañana y por si no lo han notado, nos acompaña por las noches, llenándonos de ese betún natural que puede verse en el piso de la casa, en el techo del carro o en la repisa de adornos en donde están las fotos de la familia.


Venezuela es una moto porque nos ha expropiado la tranquilidad de ir sentado en tu vehículo sin temor a que te roben, o si se es peatón, a que no te arrebaten lo que llevas en la mano y te adjunten un disparo en cualquier parte del cuerpo. Y es que el desagradable término, al menos para mí, ese de “expropiación”, más bien suena a robo, a trampa, a que si tú te partiste el lomo por muchos años, hoy puede venir cualquiera y decir esto es mío, así de fácil, como si tan sólo el país viajara en moto y con estirar la mano y a buena velocidad, te arranquen lo que llevas contigo. Incluso, parece que la expropiación llega a los linderos ortográficos, puesto que como ven en la foto, al autor le expropiaron la “V” y echó mano de sus recursos, y si le aplican lo mismo con la “B”, con la “G” y un pote de pintura también resuelve.

3 mar. 2010

Con el ala alta


Después de leer Con el ala alta de la poeta venezolana Patricia Guzmán, hago un ligero ejercicio de reflexión sobre lo leído. Si bien es cierto que el texto se puede leer de una sentada, tanto por la disposición de los versos, sus espacios bien pensados, tanto por lo que refieren, lo que connotan, lo ideal es leerlo pausadamente, como si estuviésemos degustando –y es así– un sublime canto poético.

Estos poemas de Patricia no son para leerlos apresurados, hay que saborearlos tal como en algún momento señalara Hanni Ossott, otra de nuestras grandes poetas, en cuanto a cómo leer poesía (por cierto, recuerdo haber leído un estupendo ensayo que hiciera Patricia sobre el trabajo de Hanni, si mal no recuerdo fue en el Papel Literario), siendo uno de los principales atributos de la poesía contenida en Con el ala alta el aspecto místico que hace efervescencia a lo largo del libro, que como bien señala Luís Alberto Crespo en la introducción del mismo, “la obra de Patricia Guzmán se nos da como experiencia iniciática desde el cuerpo hasta su aura”, a lo que le añado –en extensión a esa aura– una emancipación del espíritu detrás de cada verso, tal vez buscando redimirse de un dolor tan propio como antiguo, o la sencilla escisión del yo poético de la autora regodeándose en sus versos implacables:



Estoy segura de mis miserias


(Son mías)


Lo más carne de mi corazón


Por lo bajo de esa carne aprendí a comer


Por lo bajo de esa carne aprendí a cantar


(Mis ojos están acostumbrados a guardar a guardar a guardar)


He jurado no quitarme el collar de perlas


No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo


No vaya a ser que la flor sea perfecta


No vaya a ser que se me cierren los párpados


El corazón mío me devolverá


Estoy segura de mis miserias


(Son mías)


Ave apurada


Ave de mí



Los poemas contenidos en Con el ala alta, tienen la dualidad de lo terrible y lo romántico, lo amoroso, como algo insoslayable del ser humano. Por momentos te llevan por un camino iluminado y de pronto te entregan a lo oscuro, a la muerte. Este libro incluye la poesía de Patricia Guzmán desde 1987 hasta 2003 y puede notarse con claridad, bien sea dentro del período de tiempo o dentro del libro como conjunto, un corpus poético, una evidente uniformidad de estilo más que definido, lo cual hace –entre otras cosas– que sea una de las voces de estricta referencia en nuestra poética.


Voy a colocarle una piedra en la boca a cada muerto

Para que no olviden el peso de vivir

2 mar. 2010

Sueño de vuelo raso

Creo observarte desde las alturas

en mi sueño de vuelo raso

los cierzos esgrimen

la ruta necesaria hacia tus almenas

donde escondes con descarada probidad

tu helénica belleza


giro repentinamente

con este adverbio inútil

empeñado en una victoria sin perdedores

y ya en picada

tu mirada es rayo

que de ataxia me enreda


quedo suspendido

en una burbuja de tiempo

que se niega a estallar

mientras el sol parpadea

sobre tu cuerpo de porcelana

epónimo de gloria y libertad.