25 jun. 2010

La noche llama a la noche


Mientras me di a la tarea de buscar la novela Lluvia, para completar mis lecturas de un listado de las diez novelas venezolanas más destacadas en la última década publicada por el Papel Literario, lista que causó alegría en algunos e inconformidad en otros tantos, me conseguí primero con La noche llama a la noche, ambos textos de Victoria de Stefano.

Comienzo a leer esta novela y la primera reacción que tuve al pasar de un capítulo a otro fue de desconcierto. Claramente se notaba una fragmentación de lo que la autora narraba, y no por ello dejaba de ser exquisita la prosa utilizada en la historia. De hecho, y después de terminar la lectura, al menos desde mi punto de vista, lo más importante en La noche llama la noche, es la escritura como elemento auto referente, que se mira a sí misma para ofrecer un nivel estético distinto.

La novela en determinadas ocasiones se torna sesuda por la manera en que está planteado el relato. En el mismo también hay referencias culturales y literarias de primer orden como Lord Byron, Joyce, Musil, Daniel Defoe, Proust, que vienen a amoldar la historia, entre muchos elementos más, de Matías y de su hermano Ramón, un pintor que termina yéndose a París y que se convierte es espejo de la historia de Matías.

En medio de la intriga de un supuesto suicidio, el cual, dice la autora “es como un elefante, no hay manera de deshacerse de su peso”, conseguimos momentos en la historia que llevan a la reflexión del arte de la escritura, bien del lado de la narrativa, bien del lado de la poética, hecho que viene a confirmar ese aspecto autorreferencial, que se representa a sí mismo como acto escritural.

“Por tanto, una buena novela, una novela (ardua, imposible, ingobernable) supone talento más genio, más ingenio, más dones –imaginación, fantasía, inteligencia, rigor, astucia, pensamiento– el todo añadido a la voluntad inapelable de escribir, al hecho físico de sentarse frente a la mesa, inclinar la cabeza sobre la hoja en blanco, tomar la pluma y escribir: penar de cara al papel”.

Con respecto a la poesía dice hacia el final de la novela: “Sólo quienes habían nacido con una venda en los ojos podían estar sordos al ritmo del alma. Un poema es un corazón vivo y henchido de vida, fluctuante, porque en él alternan pena y alegría, tal como alternan dolores atroces y sublimes transportes en el corazón de los hombres”.

La noche llama a la noche es una novela que exige del lector toda su atención. Cualquier descuido se paga caro y tal hecho pudiera dejarlo en total desamparo en medio de la historia. El texto es multidireccional en cuanto a los tiempos narrados, en cuanto a la mirada particular de cada personaje, que además, añade la particular tesitura de incluir elementos reflexivos ¿de de Stefano? como autora, como ente creador: “un novelista escribe la crónica de una vida, lo que viene antes y después de esos momentos, la gestación, el discurrir, el proceso. Un bueno novelista tendría que saber amalgamar las cimas y las depresiones. Después de haber alcanzado la cumbre, seguir cuesta abajo, caminando y no de carrera. Eso es lo que todavía no he aprendido. Pero aprenderé”.

La noche llama a la noche fue editada por primera vez en 1985 y para el 2008 Literatura Mondadori viene al rescate de la misma. No estaría de más que hicieran lo propio con Lluvia, novela que no se consigue en ninguna librería. Sigue pendiente esta lectura y la que me recomendara el narrador venezolano Ednodio Quintero: Historias de la marcha a pie.

Cierro con esta breve cita que dice mucho sobre la novela en cuestión y sobre su autora: “Con las grandes obsesiones se escriben libros, se componen poemas, se construye un camino de perfección, una obra de envergadura. En el fondo, ¿qué es una novela? Una única línea temática haciendo ganchillo…”

22 jun. 2010

El ser de la concha


Se movía en sus adentros con su carne aprisionada en la concha. Sus antenas encorvadas en el espacio reducido hacían espirales para sentirse más a gusto. De vez en cuando echaba una mirada a ver en dónde estaba, porque a la marea a veces le daba por ajustarlo a una piedra en algas peinadas. Se arrastraba pausadamente sin ánimos de moverse, como si el poco movimiento que hacía laceraba la frágil arena testigo del tiempo. Su presencia era casi imperceptible como el atrevimiento fantasmal de los muertos. La luz que deja ver una pequeña porción de su cuerpo se adhiere sin medida a su savia pegajosa.

De pronto vino otra ola que de un tajo lo sumió en la corriente. El instinto innato de su ser lo redujo al tamaño mismo de su concha, pareciendo no lo que era, sino una insignificante piedria devastada, brillosa. Los espirales casi marmóreos se multiplicaron en su revuelta formando un remolino sobre sí mismo. El agua salobre que ansiaba sus adentros, los adentros de aquella piedrita, horadó fallidamente lo que no pudo conocer en semejante oportunidad. Sólo este privilegio le compete al oceánico eco que se apodera del pasado mismo de la carne que un día reinó en sus entrañas. Si tienes corazón y cerebro, ¿por qué te entregaste tan fácilmente? Debiste usar tu invertebrado cuerpo para zafarte de los vidrios que ahora te sirven de soporte y el ligero vaivén que sientes en tu armadura -que te extraña tanto por su débil embestida- viene del agua mansa desconocida de tu vientre. Ahora obsérvate a ti mismo en la absurda tranquilidad de esta pecera. Todos te admiran por limpiarla en su interior con la paciencia de un desahuciado. Pasas todo el día en ir y venir de un borde a otro. Los peces ni te huelen ya... Eres un caracol igual a todos: inmensamente aburrido.

Gripe



Vergüenza debería darme hacer este soneto

extrayendo palabras al azar de una tómbola

por más que lo intento no logro más que un panfleto

qué deshonra habría de darle al pobrecito de Góngora


Lo peor de todo es el motivo incierto

que me lleva así a escribir de golpe

los ojos me palpitan, con fiebre me despierto

de sorpresa una vez más, ¡Oh Señor tengo gripe!


La tos es un serrucho que corta mi garganta

y no hay limón ni jarabe que venga en mi auxilio

¿será que mis anticuerpos están en el exilio?


La nariz sigue llorando y trae un río que espanta

después de diez estornudos todo viene en un alud

y la ironía dice «presente» cuando te dicen salud.

18 jun. 2010

Los materiales humanos


Si tuviera que definir la poesía de Leonardo Padrón con una sola palabra, no dudaría en utilizar el término “celebración”. No obstante, hay otras palabras con la cual podemos identificar su trabajo, al menos con el que está recogido en esta antología poética titulada Los materiales humanos. Una de éstas pudiera ser “urbanidad”, esa que recrea sus versos aunque peque de redundante en decirlo, de la fotografía constante que hace el yo poeta, el que se desdobla y se aleja del propio Leonardo pero que paradójicamente es el mismo.

Digo “celebración” porque de aquel objeto muerto, de la cosa inerte que está en la calle, en un centro comercial, en un edificio, en sus múltiples ventanas, entre otros elementos, también nace la poesía, que amén de llevarnos a una beligerante reflexión sobre lo que nos rodea a diario y le pasamos de largo, también nos lleva a ese elemento vital que Leonardo Padrón utiliza con frecuencia en sus telenovelas y que para mi sorpresa, también está en su poesía: el humor inteligente.

En esta poética con la que me encuentro por primera vez, parece no haber secreto alguno, truculencia de forma o estilo con pretensiones de grandeza, lo cual de por sí ya es un logro. Por el contrario, es de la sencillez de donde brota la mayor luminiscencia de estos versos, flotando como salvavidas en un mar de tragedias tan propio de la ciudad. La grandilocuencia no es su cometido, sino por el contrario, la palabra descarnada, directa, que es capaz de nombrarlo todo con sutileza y desgarramiento.

Los materiales humanos también lleva de por medio el amor, ese que el poeta siente por la ciudad, esa misma que te atrapa en un tráfico inamovible, pero que te dora la píldora con el vuelo rasante de las coloridas guacamayas y las escandalosas guacharacas que le cantan a la lluvia, como acompañándote en tu desdicha moderna mientras vas en tu burbuja de aire acondicionado con cuatro ruedas; también al amor nostálgico de las mujeres del pasado, sublime y carnal que despierta las del presente y del amor eufórico que se proyecta seguramente hacia la mujer del futuro.

“Caracas se derrama como un lento blues de cemento”, dice en alguna parte. Y es que no habría mejor música que acompañara a esta imagen –y a todo el poemario– que ofrenda el poeta, a pesar de que lo que pulula a diario es el infame reguetón, ese ritmo lacerante del buen sentido auditivo. Padrón construye su propia pinacoteca de versos citadinos para recrear la poesía que lo caracteriza, como cualquier mortal que va por un mercado popular o por un boulevard repleto de buhoneros. Da igual, al poeta de estas calles, de estos versos, le da igual. Mire lo que mire en el descalabro evidente de la ciudad, su poética irá con precisión, sencillez que no simpleza, “tomando lo simple por el tallo” como dice el hermoso título y poemario de Edda Armas.

La antología poética Los materiales humanos se lee de una sentada, y además te alimenta la vista con las estupendas pinturas de Alirio Palacios. Una manera distinta de ver a Leonardo Padrón más allá del show televisivo en el cual también ha sembrado triunfos. La editorial bogotana Común Presencia Editores, debo decirlo, apostó muy bien con este trabajo.

15 jun. 2010

Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española


En el día de ayer fue presentado en el Palacio de las Academias, la edición en Venezuela del Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española, bajo el sello Espasa del Grupo Planeta.

Desde la adolescencia no entraba a este lugar, que valga decir, está bien conservado y mantenido por los que allí trabajan. Imposible no mencionar los hermosos árboles frutales que dan centro a la inmensa casa, que después de una copiosa lluvia, ofrendaron mangos tanto para los humanos, como para las incontables ardillas que armaron su festín.

Inmejorable el recinto que escogió la editorial Planeta para presentar tan importante trabajo. El Doctor Blas Bruni Celli, Presidente de la Academia Venezolana de la Lengua, previo a dar inicio al acto, conminó a todos a hacer un minuto de silencio por el lamentable fallecimiento del poeta José Ramón Medina.

En breves palabras el señor José Galvis, representante del Grupo Planeta, agradeció a todas las personas allí presentes, como a todos los integrantes de la Academia que de una u otra forma contribuyeron con el encomiable trabajo en cuestión. Luego el Doctor Alexis Márquez Coordinador de la Comisión de Gramática de la Academia, se encargó de presentar el Manual de la Nueva Gramática…

Una obra imprescindible para los especialistas en el tema. Luego de las letras, el vino.

13 jun. 2010

Las ciudades del poema


Quiero agradecer a través de mis escombros al poeta venezolano Alexis Romero su gentileza y osadía por haberme invitado a “Noche de poesía”, ciclo “Las ciudades del poema”. Un espacio que por su afán y empeño, ya está presente en la mente de todas aquellas personas ligadas de una u otra forma al medio literario venezolano, el cual se celebra en el Centro Cultural Chacao.

Fue apenas el segundo recital poético en el que he participado. Llegué de lo más ingenuo presto a abrir el mismo, algo así como en los tantos conciertos de rock que he asistido, en donde la banda telonera da paso a los músicos ya consagrados, o en todo caso, al plato fuerte que se presentara en términos musicales.

En esta analogía, el telonero, el inédito, es decir, yo, pensó que por ser un perfecto desconocido abriría las puertas de la noche a la poesía. No, el asunto fue al revés y por tanto el compromiso mucho mayor. Después de escuchar a los demás poetas, con libros ya publicados y demás, tenía la tarea de cerrar dichas puertas, tratando de al menos rasgar sus niveles poéticos. Creo que no estuvo mal mi participación a juzgar los comentarios que me hicieran varias personas, incluso de los poetas con los cuales tuve la suerte de compartir. Pero más allá de esto, la pasé muy bien y me divertí en pleno, lo cual para mí es fundamental.

Lamentablemente no pude huir de las cámaras. Alexis Romero, amén de ser sparring literario, librero y poeta en sí, algo sabe de boxeo así que ni modo, me peló los ojos y me dijo: “no chico, tú sales en la foto porque sí”. Santa palabra y sonó el campanazo que no me salvó del lente de mi propia cámara.

Allí estamos de derecha a izquierda Alejandro Suárez, Ophir Alviárez, Julieta León, Manuel Llores y Jason Maldonado.

11 jun. 2010

Condena de versos tras las rejas

sigo en este antro

de corcheas y paréntesis

afiladas notas mancilladas de tresillos

lupanar de letras que me da el abecedario



escribo un yo iracundo

con manos desgarradas

construyo esta condena de versos

que se erigen en barrotes


esta celda de hojas blancas

siempre lleva uniforme de reo

me espera a toda hora

para tatuarle una historia

9 jun. 2010

Qué leche!


Esta breve crónica antecede a las dos últimas publicadas. Por razones de impacto, se colaron (o se colearon) en la redacción de los escombros.


Hace dos domingos fui al súper mercado del señor Suárez. “Uy qué aburrido” –se dirán. Sí, ciertamente, no me levanto temprano para ir a la playa pero sí para ir al mercado: nevera con agua y luz no llena barriga. Bueno, pensé que llegar a las 8:00am era temprano. No…no…y no. A esa hora ya no había ni un solo carrito disponible para llevar la compra.


Canto primero: comienzo la cacería mortal. Mujeres y niños utilizan sus mejores caras y argucias para conseguir uno. Quería leer mi periódico, tomar una de mis lecturas para despegar un tanto del mundo, pero qué va, hay que ir al mercado. Ni modo. Me coloco detrás de un cliente a punto de vaciar su carrito y una tierna viejecita, tipo la abuela del perro Pulgoso, lo toma aún cuando realmente me tocaba a mí. Con una cortesía empalagadora se lo cedo. Sigo esperando… Al fondo, en la caja veintitrés se arma un rebulú, un tumulto. Voy hacia allá de chismoso: dos hombres, bien grandotes por cierto, se pelean por el carrito que había quedado libre. Mientras se manotean y lanzan golpes, en serio, qué vergüenza, un blackberry sale volando y se estrella en el piso, la pila hacia un lado y la carcasa hacia otro. La manzana de la discordia queda libre y viene rodando lentamente hacia mí. Todos viendo el espectáculo y yo, como hecho el loco, tomo el carrito y comienzo la faena. Qué leche.


Canto segundo: pasillo X, no hay aceite; pasillo Y, sólo maníes y pistachos importados, divinos pero muy caros; pasillo Z, ninguna de las leches descremadas que habitualmente compro, Karla, Mi vaca o La Campesina. La lucha por no engordar cada vez se hace más difícil: a comer carbohidratos porque proteínas….umm, difícil. Segundo barullo, corren, todos corren hacia unos paquetes que el montacargas acaba de dejar en mitad de un pasillo…Se oye a lo lejos, “llegó la leche”. Dejo que la gente se mate. Si queda algún litro de leche vivo, lo tomo. Para mi sorpresa de cada diez desesperados, uno se llevaba el lujoso producto y los demás no. Qué raro. Me acerco: el empaque lo desconozco, la dirección de la productora también. Oh!, Made in Ecuador. En este proyecto de país que nunca se concreta, se pierden toneladas de alimentos en los puertos y debemos tomar leche importada. Flotan sobre las ciudades miles de mariposas amarillas producto de no sé qué, supongo que de una migración. Algunos se lo atribuyen jocosamente a la putrefacción de los alimentos perdidos. Yo recuerdo a ese personaje que vivía en Macondo, Mauricio Babilonia, al que lo perseguían mariposas de dicho color. Me llevo unos cuantos litros, ni modo. Qué leche.


Canto tercero y último: llego con el carrito repleto a la caja registradora. El pánico va dentro de mí pero lo disimulo. Sale uno, dos, tres productos… y así sucesivamente se acuestan en la correa que los desplaza hasta la chica que los toma con cierto desprecio, los registra y los lanza como si no valieran nada hacia el “empaquetador”. Veo la máquina registradora. El número va en aumento vertiginosamente, imagino que la cifra alude a nuestra inflación o las vidas que en ese instante van pasando a otro plano en las calles caraqueñas. Vuelvo a la realidad. “¿Papi, puedo agarrar un chocolate?” –claro que sí, le digo a mi hijo. Trago grueso esperando el golpe, el trancazo de la cuenta total, cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir me digo a mí mismo: “¡YESSS, si me alcanza!” Qué leche.


PD.

Para que el simpático señor Suárez te exonere el pago de estacionamiento, debes hacer un mercado mínimo de BsF 500 Qué leche!.


PD 2.

Para los amigos hispanohablantes de otras latidudes, la expresión "qué leche" es como decir "qué suerte".


8 jun. 2010

Dios es bloguero (segunda parte)

No siempre es en el Metro, ¡qué maravilla! Puede ser en cualquier parte, en lugares más que imaginables pero, como suele suceder, te toman desprevenido. Lástima que no tenía la cámara a mano. Insisto, Dios es bloguero.

Después del día laboral, algo cansando en pensamiento y por el inevitable sedentarismo al que te somete la silla y el escritorio, me dirijo raudo hacia el vehículo para entregarme orondo a la impepinable cola caraqueña, que por lo general, me da algo menos de dos horas para llegar a casa. Escucho la radio. En horas de la tarde la mayoría de los espacios radiales son de opinión, algunos me aburren, otros son profundamente estúpidos y uno que otro llama la atención por el tema y la combinación musical que hacen.

Decido entonces apelar por la música, mejor aún, de escuchar nuevamente la “Colección Letra que Suena”, editado por Monte Ávila, número correspondiente al poeta William Osuna. Valga decir, qué estupendo trabajo, tanto por su poética, como por la presentación del CD. Ojalá todos los poetas consagrados, empezando por Rafael Cadenas, tuvieran una presentación de esta calidad. Me enteré que Eugenio Montejo, uno de los más grandes poetas venezolanos de todos los tiempos, también hizo algo semejante en México (¿y por qué no aquí en su país?). Habrá que buscar esta joya y darle respuesta a esta pregunta.

Salgo del estacionamiento lentamente, sin apuro, total, en menos de cinco minutos entraré a la autopista, sempiterna congestionada. Aire acondicionado, ductos directos hacia mi cara y comienza el poeta Osuna, caraqueño de nacimiento, a hacer su “Epopeya del Guaire”. Aquí entra el de pronto, la cosa extraña: la lujosa camioneta plateada que va delante de mí, comienza a dar violentos zigs-zags; pasa el rayado a toda velocidad, cosa que no es rara en Caracas, pero golpea al carrito de helados el cual bota sus grandes cubos de hielo seco, y la poca mercancía que le quedaba; casi atropella a unas cinco personas, ancianos y niños incluidos. La corneta del vehículo no cesa en su histeria pidiéndole paso a dos motorizados, que dueños de la ciudad, no se quitan y manotean groseramente al conductor del desesperado vehículo. Vengo detrás, viendo las terribles maniobras que hace cual “Cirque du soleil”. La puerta del copiloto se abre y también la puerta de pasajeros que va detrás del conductor. Me imaginé el vuelo torpe de las abejas cuando desde mi perspectiva, aún continuaba el zig-zag del carro con sus puertas abiertas, ya transformadas en alas metálicas.

Uno de los motorizados se da cuenta de lo que sucede y se aparta. El otro no y en su terquedad por no ceder el paso, la camioneta lo cedió a él, es decir, lo golpeó y se le montó encima. Vaya que uno se queja de los motorizados, pero ver aquel hombre pegar gritos debajo del automóvil, ya detenido, no fue grato. Veinte metros atrás ya me había frenado y puesto las luces de emergencia. Veo por el retrovisor y el vehículo más cercano al mío estaría a unos cien metros de distancia, bloqueado por unas luces rojas y azules que giraban en contrasentido. Voy nuevamente a la escena, y del lado del piloto sale corriendo un hombre con braga amarilla en dirección a la autopista. Alguien grita “¡Párate!”. En el acto veo el reflejo de una glock en el retrovisor de mi lado. El arma escupe su bala y veo el chispazo como una invitación a la muerte. El policía se ocultó tras de mi carro cuando el delincuente, atravesado en el distribuidor en el que finaliza la autopista, arremete contra él con dos atronadores disparos mientras los vehículos a alta velocidad tratan de no arrollarlo.

La puerta del copiloto se abre y de allí se baja el segundo delincuente. Se va caminando sin prisa, como si no pasara nada, y un perro se afana en ladrarle e intenta morderlo un par de veces. Sigue caminando buscando una ruta de escape. Le hago señas al policía para indicarle que el otro huye por la derecha, pero éste ya se internaba en la autopista tras el ¿ladrón? ¿secuestrador?, delincuente al fin. Un perro callejero le ladra con una rabia incontenible al que se escapaba sigilosamente. Sigue ladrando. En su idioma es como si dijera: “Hey, aquí va otro, coño se escapa, ¡¿no lo ven?!”. Fue justo eso lo que yo también pensé.

Luego pasaron veloces las patrullas por mi lado y me detuve breves segundos frente a la camioneta plateada. Pude ver a un hombre totalmente ensangrentado en la cara mientras la mujer de al lado le tomaba el rostro y lloraba con evidente conmoción. ¿Un robo o secuestro frustrado? No lo sé, pero frustrado que es lo importante. Para los que hemos tenido esa mala experiencia (pincha en el tag “crónicas” y ve) ver cómo al menos uno de tantos actos delictivos de la ciudad es arruinado es un aliciente.

El ánimo ya no era el mismo para seguir escuchando poesía. Lo intenté, pero al final de cada verso, volvía el chispazo y la detonación en el recién tallado recuerdo. Apago el radio. Silencio. Cola. Ya han pasado unos 45 minutos desde el suceso anterior. Veo por el retrovisor cómo un motorizado choca violentamente contra un vehículo que se cruza de canal sin ver primero hacia el lado. El conductor se baja a enfrentar su error y el motorizado arremete con furia, dándole fuertes cascazos al retrovisor del vehículo hasta que lo rompe. En segundos un enjambre de motorizados rodea el lugar. Enciendo la radio y el ambiente me regala la típica coincidencia que también me persigue: suena
Bad Boys de Inner Circle.
Subo el volumen, la poesía me espera en casa.

Slogan turístico del vecino país:
“Colombia, el riesgo es que te quieras quedar”.

Slogan turístico de nosotros:
“Venezuela, el riesgo es que no puedas salir”.

2 jun. 2010

Dios es bloguero


Dios es bloguero. Sí, definitivamente lo es. A él le gusta ponerme en bandeja de plata, ahí en mi nariz, curiosas situaciones y bochornosos espectáculos para que yo se las cuente con mis palabras: perversión mitológica, supongo. No veo otra explicación:


Desde un poquito antes de la independencia de Venezuela que no me montaba en el Metro un día domingo. Ya alguien me había dicho hace tiempo que hasta ese día el abarrotamiento era inaguantable. No obstante iba dispuesto a todo pero con la mayor calma posible. Me detuve frente al Obelisco para admirar la montaña. Su nubosidad ocultaba el eterno verdor que envuelve a la ciudad, pero hallé en el neblinoso ambiente algo de cordialidad. Tomo una foto y me sorprende ver que la fuente funciona. Me restriego los ojos y sí, funciona! A unos diez metros cerca de mí, se detiene un muchacho de unos quince años, reclina sus brazos en la baranda y comienza a arrancar de su garganta, como pasando por ella un rastrillo oxidado, esputos que salen de su boca transformados en fuertes escupitajos lanzados al aire en asquerosa exhibición olímpica: van en tirabuzones hasta llegar a la fuente.


Le lanzo una mirada aterradora, no le digo nada. No hizo falta. El muchacho bajó la mirada y dijo algo a regañadientes. No sé qué dijo pero nada bonito, me imagino. Entro al subterráneo y dos niños corren por un piso recién coleteado. La humedad era evidente y la madre le gritó a ambos “niños cuidado”, mientras uno resbalaba y se daba un fuerte golpe. El letrero amarrillo que en su inglés imperialista rezaba “Slippery when wet” (sarcasmo incluido, gracias) no ayudó a contener la caída.


Sigo bajando. Un hombre con armónica buscaba ganarse unas monedas con una paupérrima interpretación. Realmente malo con el pequeño instrumento. Debería escuchar algo de John Mayall para coger dato. Llega el tren vestido con su indumentaria revolucionaria. Se abren las puertas y para mi beneplácito, no estaba lleno, al contrario, había disponibilidad de asientos pero decidí ir de pie. Dos estaciones no eran nada.


Huele a comida, sí, a empaná de carne mechá. Me equivoqué: era arepa de carne mechada. Se veía deliciosa. Y más con el gusto con la que se la comía el niño de unos diez años. Él era el mayor de los cinco hermanos. Todos unas paraparas, negritos y todos sin medias (cero racismo, me resulta peor cuando dicen “gente de color”). La madre, mofletúa ella, se empinaba una botella de “gueitorei”. El olor a fritanga comienza a colarse por los ductos del aire acondicionado y todos ven con desprecio a la humilde familia. Un señor le insinúa algo a la mujer y ésta responde “mi amor… pues que coma porque hay hambre”. Insisto: se veía más buena esa arepa…


La gente acelera sus quejas mientras el olorcito en realidad ya se torna desagradable. En aquel encierro no era para menos. El niño termina y en una onda premundialista, hace una pequeña pelota con el papel aluminio que envolvía su alimento. Comienza a jugar en pleno vagón. Saltan a la cancha Samuel Eto’o, Drogba, Henry y compañía. La madre trata de controlar a sus crías, nada. No le obedecen…”Ah, sí? No me hacen caso…?” La astuta mujer transformada de pronto en la entrenadora del mortal quinteto, saca su largo paraguas multicolor y le da un buen porrazo al mayor (al que se comió la arepa). Éste se va directo a la banca muy molesto, ahora es que quedaba partido. Los otros cuatro continúan y ¡paff! Paraguazo al que le sigue en edad. De pronto, después de un magistral regate, la más pequeña, una niña de unos cinco años, le da en la batata a un militar de la marina que iba de pie dándole la espalda al juego. El oficial se gira y decentemente le dice a la madre, “por favor señora, controle a sus hijos…”, mientras intenta limpiarse el negro tizne que le dejaron en el impecable uniforme, la mujer responde…”pues mi amor, ellos tienen derecho a jugar…”


Cierto, tienen derecho, ¿pero ahí? ¿sin el mínimo respecto a los demás? ¿comiendo y tomando lo que se le antoje en un lugar que por acciones como estas, pierde poco a poco lo que nos queda de civilización?... “Pues ese es tu asunto si te arrechas Popeye”…concluyó la infame y desagradable mujer. Cierro los ojos y respiro profundo para no meterme en problema ajeno, aunque, me digo después, si el Metro es de todos es problema de todos.


Dejo de filosofar. Me bajo en la próxima estación. Bingo, los cinco niños junto a la madre también se bajan. Me quedo detrás, me freno, dejo que el tumulto avance. Una vez que están por montarse en las escaleras mecánicas, la tipa (ya no es mujer o madre) le da un paraguazo a la niña que ensució al militar. Varias personas le reclaman mientas ascienden en las escaleras… A lo lejos escucho varios insultos.


Dios es bloguero, sí, tiene que serlo. Tal vez sea él quien firmando como “anónimo”, me deja uno que otro comentario. Por qué tengo que presenciar estos espectáculos. Me persiguen, se pierden en Caracas y yo me los encuentro a todos. Si esto fue en dos estaciones, no me imagino si hubiera seguido de largo. Salí de la estación. Borré de momento las escenas hasta que las recordé de nuevo frente al monitor para contarlas. Iba presto al cine, al “infinito y más allá”. Llovía, a la distancia las cinco crías abrazaban a su madre bajo el paraguas.