25 abr. 2014

La prisionera (En busca del tiempo perdido).

Esta es la quinta y breve reseña que hago sobre En busca del tiempo perdido, correspondiente ahora a La prisionera. Lo mejor no es aventurarse a decir algo, sobre todo de esta monumental obra de la que se ha dicho tanto. Lo mejor es leerla y no formar parte de la infinita fila de quienes no han pasado de su primer tomo, incluso de sus primeras páginas (intimida, sí; intimida). Quizás esto les suene pedante, pero después del cuarto tomo es que se pone mejor. No hay libro referencial que en su intento canonizante, no lo mencione como lectura obligada: los cien o los mil libros que hay que leer antes de morir, etc.



Lo cierto es que esta aventura no es nada sencilla, cosa que ya he dicho, pero por una razón que aún no termino de hallar, fluyen más las palabras, las ideas y las tensiones que Proust imprimió en esta parte de su obra, publicada de manera póstuma a partir del cuarto ejemplar. Como dato, y ofrezco una disculpa si ya lo dije en las reseñas previas, cuando usted se encuentra con un largo inciso o algún inmenso párrafo que parece más una digresión que el complemento directo de la oración previa, es cuando más aún se nota la maestría de Proust en su oficio narrativo, impactando por la estilística y obligándolo a volver líneas atrás para que pueda seguirle los pasos, en medio del entorno social del cual Monsieur Marcel fue testigo y protagonista; y otras veces, camuflando de manera intachable su inclusión como sujeto que narra, dándole vida a todo esa élite francesa de principios del siglo  XX.

Albertina continúa siendo el motivo de sus alegrías, pero también de sus pesares, y sobre todo, la causante de los celos a la par que reflexiona sobre el sempiterno tema del amor, el deseo, la mentira y sus variantes, junto a otros tópicos más: “el amor no es quizá otra cosa que la propagación de esos oleajes con que una emoción sacude el alma”.  En La prisionera el protagonista nos hace dudar sobre su amor con respecto a Albertina, pero si bien es cierto que esto es fundamental dentro de la obra, no todo gira en torno a ello y justo a partir de allí, construye los escenarios posibles que surgen en medio de una sociedad elitesca, arrogante unas tantas veces y acomplejada otras tantas. Hay una búsqueda constante del placer por las cosas gratificantes de la vida y el temor al compromiso se hace latente cuando éste puede llegar a interrumpir “los goces de la soledad” (Proust dixit).

Existe un juego de contraste entre lo que pudiera verse con cierto aspecto misógino hacia Albertina, por un lado; y por otro, todo lo opuesto cuando se exalta sus bondades espirituales y corporales: en ocasiones afirma que de ella no le quedaba nada qué aprender, que “cada día le parecía menos bonita”, y otras tantas, “solamente en ti encuentro la indefinible gracia -que siempre me embelesa y jamás me cansa”. Pero todo este antagonismo forma parte del gran aparato discursivo al cual se está expuesto como lector, a través de la reflexión, el pensamiento y los recuerdos del protagonista. Albertina parece una gran contradicción y es que en cosas del amor, ¿no es así acaso?

La prisionera pone en escena un gran mecanismo discursivo sobre el tema amoroso flanqueado por los avatares propios de la vida, por ejemplo, la muerte de la abuela de Proust, entre otros. Como lectores firmamos desde el principio un pacto para dejarnos llevar por las vicisitudes de los personajes, mientras el autor-narrador-protagonista, nos va alertando sobre lo que viene en el tomo siguiente, el sexto, e incluso en el último, el séptimo. Tal como he comentado en otras reflexiones, una vez que uno se deja atrapar por esta magistral narrativa, queremos más de ella.

Aquí les dejo algunas de las infinitas, y casi aforísticas frases, del genio Marcel Proust:

“Los celos no son más que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a las cosas del amor”.

“Sólo se ama lo que no se posee por entero”.

“Queremos sacar de una mujer  una estatua completamente diferente de la que ella nos ha presentado”.

“La mentira es tan poco exigente, necesita tan poca cosa para manifestarse”.


“La verosimilitud, a pesar de la idea que se hace el mentiroso, no es enteramente la verdad”.

23 abr. 2014

Verde que me muero, por Carlos Sandoval

Esta es la historia de un amor o, más bien, de la imposibilidad amorosa. También, de las variadas estaciones del enamoramiento y de sus alocadas resoluciones. Podría señalarse, incluso, que Verde que me muero constituye el cierre de un demorado bildunsgroman donde su protagonista, Antonio Guerra –Tony–, alcanza a comprender que su vida es justamente la cotidianidad y no el recuerdo de una pasión juvenil, remota e inútil por inconclusa.
Ofrezco una tercera versión: esta es la novela de tres amigos músicos a quienes los años pusieron en su lugar, como siempre ocurre, arrebatando sueños y presencias.
            Sin duda, habrá otras interpretaciones (en literatura no existen verdades absolutas; corrijo: no existen verdades, sino hipótesis o perspectivas –apunto un lugar común, qué más da, pero a veces hay que recordarlo–); habrá quizá distintas interpretaciones, decía, que cada lector cifrará con base en su experiencia, en su conocimiento del mundo y en sus anhelos. Por lo pronto, en esta auroral pieza narrativa de Jason Maldonado nos topamos con la historia de un sujeto a quien el amor le juega sucio, pues estando en su pleno disfrute la súbita e inexplicable desaparición del objeto amado enrarece las prevenciones al uso de las relaciones de pareja. Este hecho, la partida de Auristela hacia Maracaibo (talismán o fetiche que desencadena las acciones) disloca el sistema amoroso del joven Tony: en adelante, el muchacho se precipita en un torbellino de frágiles enlaces sentimentales cuyas consecuencias son la desazón, la inmadurez y dos hijos de madres distintas. Y es que Antonio nunca logra desprenderse del recuerdo de Auristela, de su extraño alejamiento y de la imposibilidad de cerrar el capítulo más importante de su lábil existencia.
            Por eso, la misteriosa carta con la cual se inicia la obra será el punto de partida de un lento reconocimiento de sus malas jugadas afectivas y, al mismo tiempo, le brindará la posibilidad de alcanzar cierta comprensión (tal vez eso que llaman experiencia) cuando decide, en las escenas finales de la novela, enfrentar los requiebros de una vecina tan agostada y perdida en cosas del arte amatorio como él.
Este reconocimiento pulsional, sea el caso de decirlo, ocurre apenas en tres días y bajo los efectos de una terrible muerte: la del amigo de juventud asesinado por unos delincuentes en Maracaibo. (Qué raro, Auristela huye a la capital del estado Zulia treinta años atrás sin despedirse de Tony; en el tiempo actual que recrea la composición, el protagonista va a Maracaibo al sepelio de Anselmo y es justo en ese lapso cuando descubre, al volver a Caracas, el destino de su único amor. ¿Se habrá dado cuenta Maldonado –no la voz que relata los hechos– de esta enigmática coincidencia? Dejo al futuro lector todas las especulaciones.) Así pues, la muerte simbólica de la mujer amada y el deceso real del amigo ocurren en esas luctuosos y lumínicas setenta y dos horas, una brusca revelación que deviene sosiego y plena entrega a las circunstancias, pero de una manera consciente y vivaz, al contrario de la ceguera anterior que trazó buena parte de su camino afectivo.
Sobre la base de esta trama principal, en la novela se recrean otros aspectos: el impacto de la música como hilo que teje las historias de los protagonistas y que marca ciertas situaciones, la inevitable polarización política que ya resulta un rasgo (¿temporal?) del país, el uso del humor como elemento cohesivo de personajes y gentilicios y el manejo de algunos referentes de la cultura institucionalizada y de la cultura popular.
Aun cuando pudiera pensarse que, tratándose de una anécdota sobre el desencanto amoroso con pasajes que, al mismo tiempo, muestran realidades dolorosas, la pieza se halla incardinada de un tono festivo y de un fluido lenguaje que atenúan –porque ese no es su interés– cualquier desvarío melodramático o proclive a la denuncia de malestares sociales. Por el contrario, tenemos aquí la entrada de un novelista que nos trae una historia fresca y divertida que, sin embargo, obliga a reflexionar sobre nuestro destino nacional e íntimo. Un acierto de debutante.

Bienvenido.

2 abr. 2014

Inicia la homilía

ven
                        entrégate



haré de ti un verbo intransitivo

conjugaré en tu pizarra
el hastío de no tenerte

seré la tiza erguida
en tu salón de clases


tu borrador de anatemas

el imprescindible pupitre

la campana de salida