12 ago. 2014

Mis documentos

Nunca tuve, en todo caso, esos devaneos racionales sobre la existencia de Dios, quizás porque después empecé a creer, de manera más ingenua, intensa y absoluta, en la literatura.

Once relatos, once historias que si bien es cierto van por su cuenta cada una, usted puede leerlas como si fueran un todo, esa es parte de la estrategia literaria que envuelve Mis documentos de Alejandro Zambra. Comparando esta última lectura que hiciera con respecto a sus libros anteriores, ahora el asunto no es tanto lo concreto de lo narrado, la concisión que el autor demostró para contar y contarse, pues es el mismo Zambra quien va línea tras línea dejándose ver como protagonista algunas veces o como el clásico narrador distante que todo lo sabe, no; el asunto que veo con mayor claridad en Mis documentos es una prosa que se expande gracias y a través de lo cotidiano, lo trivial (que no lo “simple”) y es precisamente esto lo que le da un gran valor a la obra. Me extiendo un poco: el hecho de tomar cualquier detalle para armar sus historias es lo que en definitiva lo convierte en un buen narrador. Al fin de cuentas, ¿qué es la literatura? Pues eso, contar lo que pudiera ser chato y básico en el día a día y transformarlo, modificarlo, y hacerlo atractivo para el lector; que lo narrado no decaiga y te mantenga pegado a sus páginas.



En el relato homónimo al título del libro, el que abre este encuentro con el autor, parte de una supuesta intimidad como puede ser leer esa carpeta virtual en donde están los documentos más destacados o importantes para el usuario, y en este caso, para el propio escritor, pues aquí parece destacar lo autobiográfico. Imposible no tomar la siguiente frase, tal vez la más citada de este primer relato: “quizás pueda decirlo de esta manera: mi padre era un computador y mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”.

En “Camilo”, el siguiente relato, Jesús (sí, el hijo de Dios) se hace “unas pajitas pensando en María Magdalena”. Ante semejante cita, no hay más nada qué decir, salvo que sea el lector que vaya por Mis documentos, no los míos, sino los de Zambra.

Saltando el orden y sin mencionar una cuantos relatos, se vienen luego mis dos favoritos: Yo fumaba muy bien, un texto que construido bajo la fragmentación narrativa y el juego de anotaciones aparentemente sueltas, la ilación es precisa y siempre coherente; relato en el que se expone lo duro que puede llegar a ser para un fumador empedernido dejar el hábito, razón por la cual, entre otras cosas, anota sus impresiones sobre el duro proceso de desintoxicación en un cuaderno. Allí se desahoga, hace su propia terapia, su catarsis: “Lo que para un fumador es verosímil, para un no fumador es literatura”.  En resumen, un relato que demuestra la tragedia de dejar de fumar; y “Vida de familia”, con cuyo título ya se pueden inferir muchas cosas bajo ese concepto abstracto, pero tierno; complejo pero siempre anhelado: familia. Aquí, un hombre de cuarenta años queda encargado de cuidarle la casa a un “primo”, mientras éste se va de viaje con su esposa e hija a Francia y es la desaparición del gato, la mascota de los viajeros, lo que dispara todos los acontecimientos que están por venirse. Martín, el cuarentón, en plena ebullición de sus frustraciones y melancolías, dice: “Soy un drogadicto de la soledad”.

Fútbol, música, religión, amistad y otros temas, están en Mis documentos, una suerte de autorreflexión muy bien camuflada gracias a la literatura, en donde queda más que refrendado el oficio de escritor de Zambra, que como bien señala en el último relato, “Hacer memoria”, un texto encantador que juega con la verdad o la mentira de una hija que mata de un disparo a su padre,  “las palabras necesitan el barniz del silencio”. Y en honor a ello, no digo más.  


7 ago. 2014

El polvo de los muertos

Al hombre que huye del miedo no le ocurre nada, solo que no aprende nunca.

Hay polvos intergalácticos como el polvo de estrellas; está el polvo que puede causar una fuerte e irritante alergia; también está ese, el carnal, que no necesita mayores explicaciones y está El polvo de los muertos, ese que escribió Norberto José Olivar con el sello de una prosa que lo caracteriza y que puede verse, con claridad, devenir de sus obras anteriores.

Pienso en Alexander Projarov, el personaje principal de la obra, como ese extraño alterego del propio Olivar, pues más allá de ese juego de espías que es puesto sobre la mesa desde la primera página (viendo además al escritor como eso, como un espía), comparten una “curiosidad hemorográfica” que alimenta tanto al personaje y, obviamente, al propio escritor de estos polvos.

La remembranza de Projarov se remonta a su Rusia natal cuando tuvo que huir del comunismo, después de que mataran a su mujer, a Fedosia (¿la asesinaron? ¿Existió en realidad esta mujer?). El narrador, reconociendo el supuesto aburrimiento que implica para los lectores su narrativa, cede la palabra al setentón ruso para que se cuente a sí mismo y es Eduardo, el humilde mesonero que lo atiende en Café Plaza, quien tiene que escuchar toda su historia a pesar del fastidio que ello implica. Comienzan así los guiños a la ciudad, a la poesía, en este caso representada por Udón Pérez, Elías Sánchez Rubio, Enriqueta Arvelo Larriva, entre otros; a Poe, Stefan Sweig, entre tantos referentes más, y cuya narrativa y manera de presentar los hechos, coquetean con la novela de espionaje y la novela gótica.

Projarov revive su pasado y es su memoria la cartografía que se va expandiendo a lo largo de El polvo de los muertos. Cobra vida Albert Boscare, un médium aparentemente equilibrado y pulcro, quien tendrá la sencilla tarea de poner a hablar al incrédulo ruso con su difunta mujer, y como era de esperarse, éste se niega a contactarla.

Para terminar, y temiendo ser repetitivo, imposible no ver a Projarov ligado al Norberto José Olivar el narrador, el que investiga para construir cada libro, sobre todo cuando Boscare le dice “Usted parece un novelista, amigo Projarov. Sus asociaciones desquiciadas van más allá de una simple imaginación”. Y ese atrevimiento en cuanto a tales conexiones, se hace evidente en el texto pero sin incomodar al lector. Por el contrario, despertando el gusto y la curiosidad en éste por la fluidez y pertinencia con que lo logra, así como ese narrador todo poderoso, mejor conocido como omnisciente, que interpela al lector para mantenerlo alerta.

El polvo de los muertos, sin duda alguna, es un buen texto. Así como te exige atención, te hace reír; te hace partícipe del mundo de los vivos, pero también del de los muertos. El espionaje no es más que el pretexto para hacernos reflexionar sobre la libertad y lo terrible que resultaría perderla, a pesar de que la gran incógnita de la historia es descubrir si Projarov fue espía del sóviet o no. Sea usted quien lo descubra, apreciado lector, pues “nada como la muerte para sacar a flote una vida”, tavarich.