31 jul. 2012

10 maneras de pedir "la parada" en Caracas


Viajando en buseta, bus, por puesto, camionetica, guagua y demás calificativos que pueda tener la unidad de transporte terrestre, expongo las diversas maneras en que los usuarios le indican al conductor que han llegado a su destino:


1. Déjeme ahí mismito: esto quiere decir que, más allá de la parada reglamentaria, el usuario le dice al conductor déjame donde te dé la gana pero no muy lejos. El diminutivo es este caso aplica como una especie de buen trato y cordialidad. Incluso algunos conductores optaron por imprimir el costo del pasaje mínimo junto a la referida frase “de ahí mismito”.

2. Déjame en la esquina: algunos osados después de hacer su solicitud le añaden “por favor”, en un acto casi de reflexión en donde se reconoce que no es lugar para pararse, pero qué más da, Venezuela es Venezuela, en la esquina estoy más cerca de mi destino que si me dejan en la parada –dirán.

3. Por donde pueda: aquí siempre me pregunto, por donde pueda qué cosa. Por donde pueda, escupe por la ventana?; por donde pueda se rasca la nariz o nos aturde más con la música? (con respecto a la música parece que todos están sindicalizados con el reguetón o el vallenato). Como el “por donde pueda” le resulta más cómodo al conductor, éste determina dejar al pasajero donde se le dé la real gana, motivo por el cual el impaciente usuario termina diciendo “llévame pa’ tu casa” y la transacción del costo por el pasaje termina a regañadientes.

4. Déjeme aquí: a diferencia del punto tres, este resulta todo lo contrario. Este destaca por su carácter impositivo. Es aquí y ahora, en donde se esté, en mitad de la avenida, delante de los fiscales –que nunca hacen nada o cuando mucho lo que hacen es entorpecer mucho más el tráfico. Algunos conductores se arriesgan a omitir la petición, dicho en criollo, a hacerse los locos y a dejarlos en un lugar cerca de la parada (nunca en ella, claro).

5. Me deja en la puerta de…: esta solicitud puede variar de acuerdo al lugar y al usuario. Por lo general suele ser utilizada por personas de la tercera edad o jóvenes flojos que les da ladilla hasta caminar, razón por la cual piden que lo dejen en la puerta del edificio tal, o un poco más allá del árbol X.

6. Me deja en el rayado: quién carajo le dijo a la gente que esas rayas blancas sobre las avenidas son para descargar pasajeros. No señor, esas tiras blancuzcas, por lo general bastante gruesas, forman parte del adorno citadino, del complejo arte urbano que tiñe el asfalto. En otros países suelen ser utilizados para que los peatones crucen las calles y avenidas.

7. Me deja al pasar o al cruzar: algunos usuarios con las condiciones físicas para hacerlo, se lanzan a su destino apenas sienten que la unidad de transporte baja la velocidad y han cruzado la calle.

8. En la próxima parada: otra solicitud abierta. ¿La parada que viene, en la esquina, en el edificio...? Dónde, se preguntará el conductor. Esa cosa con dos palos y un travesaño que por lo general soporta un par de campañas publicitarias en los laterales de cualquier producto y que en algunos casos posen un pequeño banco para que los usuarios tomen asiento cómodamente, conocidas como parada o terminales, aquí cumplen cuatro funciones menos para la cual fueron hechas: uno, dormitorio de indigentes (también de meadero); dos, lienzo futurista para los grafiteros que no pelan una para plasmar sus coloridas y gigantes firmas; tres, diana gigante en donde van a parar los conductores ebrios después de media noche y cuatro, paraguas colectivo.

9. Me deja por la parada: es decir, literalmente el conductor dejaría al usuario en ese lugar imaginario (porque en Caracas parece serlo) y lo sustituiría, lo canjearía, “por” la parada, adentrando ese mamotreto inútil dentro del trasporte llevándose por el medio a quien fuera.

10. Me deja “en” la parada: esta sería la frase más precisa con la cual los usuarios del transporte público anunciarían que han llegado al llegadero, pero –siempre hay un pero– la “parada”, esa especie de entelequia citadina en donde los usuarios de a pie deberían tomar o bajarse del autobús, está en el imaginario de cada conductor. Es por ello que deberíamos decirles a los “profesionales del volante” (las comillas van un breve halo de sarcasmo) déjeme en “su” parada.


Están son las diez maneras básicas de cómo los venezolanos (al menos los caraqueños) solicitamos que nos dejen “en” la parada. Un punto no tan simpático que no quiero pasar por alto y que es común a las diez enumeraciones anteriores, es que cuando algún usuario se baja en su destino y el transporte apenas lleva veinte metros andando, siempre –o casi siempre- salta alguien diciendo “ay señor, déjeme por aquí”.


Si usted tiene otra manera de pedir "la parada", pues dígalo por aquí.

23 jul. 2012

La literatura como exploración


No hay literatura sin una moral del lenguaje.
Roland Barthes.


            El tema de la educación en una sociedad siempre abrirá su abanico ecléctico de loas y quejas en cuanto a su funcionalidad, bien por lo que se esté enseñando o por los sistemas aplicados con dicho fin. Desde el punto de vista de lo palpable y cuantificable, el lado de las ciencias siempre tendrá sus puntos garantizados a favor en este sentido, pero del lado humanístico, y particularmente desde la literatura, siempre habrá reticencia en cuanto a su efectividad, y sobre todo, en verle su aplicabilidad en el día a día, de manera tal que responda al trillado y despectivo “para qué sirve”. Más allá del hecho placentero que ofrece la literatura, en más de una ocasión lo más escépticos siempre se preguntarán en qué beneficia la literatura a un colectivo, a la sociedad. La literatura como exploración de Rosenblatt (2002), es un libro esclarecedor en ese sentido; una suerte de oasis con respuestas a inquietudes que siempre han rondado por la memoria de estudiantes y docentes; de padres y representantes en cuanto a su función en términos didácticos, cognitivos y emocionales. El texto responde a esa pregunta peyorativa que mencionamos líneas atrás.

            Antes de desarrollar brevemente las ideas sobre su contenido, hay que mencionar que el texto fue escrito a final de los años treinta del siglo pasado, reeditado y revisado en 1995, y publicado por primera vez en español empezando ya el siglo XXI. El punto en cuestión y por ello la remembranza de las fechas, es que el libro mantiene una vigencia increíble y demuestra la lucidez de su autora por encima de épocas, debacles sociales y avances tecnológicos.  Esto denota claramente la vigencia de un tema, que por irresuelto, despierta suspicacia en cuanto al valor intrínseco que posee, pues de qué otra manera entonces puede entenderse que la literatura forme parte del valor cultural de una sociedad; del espejo humano que representa a través de las historias, las evocaciones  –ficticias o no– que provocan los escritores con su talento. Y por qué de ese extraño reconocimiento, valor o respeto, del que gozan los autores una vez que se ven consagrados por su talento y anunciados, palabras más palabras menos, por los diversos medios de comunicación.

            El enfoque general de La literatura como exploración, aborda la enseñanza de la literatura desde la perspectiva de las Ciencias Sociales entre otros aspectos. En este sentido y siendo incluyente, sugiere que todo docente de literatura debería tener un mínimo conocimiento de todas esas ramas que nacen del árbol principal que las ampara, las cuales van desde la psicología, la sociología, la antropología y todas aquellas áreas cuyo centro de estudio sea el accionar, el pensamiento y el espíritu del hombre. Es más que entendible, a juicio de la autora,  que los maestros de literatura posean algunas nociones  básicas de estas áreas del saber humano, pues amén de que en los libros se conseguirán con mundos tan complejos como el real, los alumnos o aprendices de literatura no son menos en este sentido. Todo lo contrario, cada pensamiento de éstos divagará en su propio mundo de conflictos y temas psicológicos no resueltos cada vez que la lectura los lleve de paseo por distintos universos. Tal como señala ese personaje que es un crítico literario en la obra El mal de Montano de Vila-Matas (2002), que previamente a conseguir la armonía en el mundo gracias a la literatura, recordaba que cuando ésta no existía para él “no encontraba un lugar en el mundo, me sentía profundamente perdido y desolado... No contaba con los recursos felices e imaginativos que nos regalan las lecturas permitiéndonos escapar de las angustias que nos tienen a veces atrapados”.  

            La primera inquietud del profesor ante sus alumnos es saber qué libros y autores recomendar, bien porque vayan en línea con la parte formal de la academia y el pensum de estudio, o porque en su criterio, proponga textos que a su juicio puedan ser más atractivos para el grupo de estudio y procurarse lo que la autora llama “dieta literaria” (como le sucediera al personaje anteriormente referido, sólo que aquí, hablamos de alumnos de carne y hueso). Aquí es importante señalar que el docente de literatura se enfrenta a otra gran barrera inexpugnable para él, y tiene que ver con el perfil socio-económico de la institución educativa en la que se encuentre. Esto es algo que no se expresa de tal manera en el texto, pero haciendo la semblanza a las condiciones actuales de los colegios venezolanos, sobre todo sin son públicos o del Estado, tal situación afectará en las posibilidades de adquirir un libro cuando la verdadera prioridad del estudiante y su familia es alimentarse, por decir lo poco y sin entrar en mayores detalles. Caso distinto aplica en los colegios privados en donde la mayoría tiene fácil acceso a los textos, bien sea en papel o en digital, en un grupo de estudiantes, que además, manipula a la perfección lectores digitales y las tan modernas tabletas y teléfonos inteligentes para acceder a un mundo infinito de información que no es ajeno a la literatura. No es temerario añadir a estas alturas de la humanidad, que lo que importa al final de cuentas es que los estudiantes, y la gente en general, se aproxime a la lectura –y mejor aún si es literatura– sin importar el soporte, es decir, sea en papel o través de una moderna computadora o avanzada tableta tan de moda en la actualidad.

            Volviendo al punto y obviando las condiciones antes mencionadas, el profesor de literatura debe llevar al máximo su creatividad para despertar el interés sobre los textos literarios, hacer la veces de psicólogo para poder discernir entre un alumno y otro los posibles intereses de lectura; darle el incentivo necesario que despierte esa chispa de la curiosidad, más aún en el caso de los adolescentes que siempre la tienen a flor de piel. Durante este proceso, lo quiera o no, el docente de literatura siempre apuntalará lo ético a través de los textos, desde las diversas situaciones que planteen las historias y vivan los personajes, lo cual no es más que una de las infinitas proyecciones que la ficción puede hacer sobre la realidad. La vida del texto literario, lo que presente cualquiera de sus anécdotas o situaciones posibles, no será más que el reflejo de la vida misma, y por tanto, puede demostrarse a través de éstas, valores literarios que no son más que el reflejo de lo que pudiera tocarle vivir a cualquiera. En este sentido, ¿quién puede decir lo contrario si tomamos como referencia a ese entrañable personaje de Salinger (2008) en El guardián entre el centeno, Houlden Caulfield, o yéndonos más lejos en el tiempo y dentro de la literatura latinoamericana, a Silvio Astier, personaje principal en El juguete rabioso de Arlt (2004), en cuanto al factible paralelismo que cualquier adolescente puede hallar en estos personajes de ficción? Creemos que sería absurdo que alguien abogue por lo contrario. Los personajes referidos atraviesan conflictos emocionales típicos de cualquier adolescente en el mundo real.

            La enseñanza de la literatura, volviendo de nuevo al caso venezolano, y particularmente al contexto capitalino, es vista por la mayoría como algo inútil, incluso algo que en términos machistas, no va con la idiosincrasia de los hombres. Dicho en palabras más crudas, algunas personas piensan que el asunto de la literatura en los hombres es poco varonil, por decir lo poco. En el caso de las mujeres, por el contrario, es visto como algo natural y propio de sus condiciones, pero siempre tratado con distancia y poco práctico e inservible. No obstante y paradójicamente, es común escuchar en voz de muchos actores de la sociedad, quejarse en cuanto al decaimiento actual de la educación, y desde este ángulo, esto implica también la enseñanza de la literatura, lo que de manera contradictoria evoca un reconocimiento de su valor, más allá del absurdo que raya con los salarios poco dignos de los profesores cualquier sea su especialidad. Querer una buena educación sin lectura, más allá del tema literario, es como querer broncearse a media noche.

            Rosenblatt también destaca en su texto el carácter emocional que despierta el acercamiento a la lectura literaria, cuyo proceso generará la sensibilización de los lectores hacia las historias leídas, proyectando a través de éstas, sus propias realidades, canalizando y comparando situaciones que por semejantes en mayor o menor grado, les procurarán una reflexión y un camino factible que los guíen hacia una respuesta; una opción o una salida a un determinado conflicto; una alternativa que antes no habían visto y que el entorno que los rodea no les había dado. El docente, más allá del canon literario o lo que anteriormente llamamos “dieta literaria”, nunca debería ver en esto una camisa de fuerza para vestir la multiplicidad de pensamientos y conflictos que alberga el heterogéneo espíritu humano. Por el contrario, el profesor de literatura deberá tener la suficiente astucia y flexibilidad para saber qué texto ofrecer a los lectores más renuentes. En palabras de la autora, “la personalidad total tiende a involucrarse en la experiencia literaria”[1], y considerando esto, es inevitable que algún texto sugerido con buen tino, le brindará el mejor provecho al lector cuyas letras lo aluda en su yo interno.

            Parafraseando a Harold Bloom, quien en algún momento dijo que estar a solas con un libro da la oportunidad de comprenderse a sí mismo, va en el mismo sentido considerar el proceso de lectura por encima del gozo que pueda provocar en los lectores, como un acto reflexivo que los lleve al encuentro con sus pensamientos, con los infinitos aspectos de los cuales está hecha la vida y que forman parte de la experiencia individual de cada quien. Por ello mismo, Rosenblatt hace hincapié en una característica fundamental que va más allá del “conocer sobre” literatura, lo cual no deja de tener su importancia y valor, y es lo que ella llama “vivir a través de”, con lo cual alude a la necesidad de ver a la literatura como un medio que ofrece más que conceptos. Aquí los estudiantes (y lectores en general) pueden hallar el mecanismo ideal para lograr una suerte de “liberación emocional” que los catapulte al disfrute que todo arte debe generar y por consiguiente, a ejercitar los sentidos, a hacerse más humanos y con ello aumentar la experiencia individual de cada quien. El proceso de lectura procurará entonces una catarsis que tal vez la vida real –y esto no es taxativo– no pudiera ofrecer. Como bien señala a la perfección Blanchot (1992): “La literatura no es un simple engaño, es el peligroso poder de ir hacia lo que es por la infinita multiplicidad de lo imaginario”[2].

            El libro La literatura como exploración deviene en un luminoso camino dentro del proceso pedagógico de la literatura.  Más allá del nivel de los estudiantes, principiantes o aventajados, el fin principal de todo lo que emana y produce la literatura en éstos, va en sentido de procurar la tolerancia entre unos y otros, que en palabras de Rosenblatt es aprender a colocarse “imaginativamente en el lugar del otro”, dentro de un mundo –el  real– que en ocasiones no permite segundas oportunidades. Esto conlleva a una evidente mirada sobre la consolidación de la democracia en el entorno que nos compete, en donde el respeto y la dignidad, son elementos que siempre deben estar por encima de cualquier estamento. Ese efecto reflexivo y de razonamiento  (obviamos ya el efecto placentero) que nos produce la lectura de un libro, tal como comentáramos líneas atrás recordando a Bloom, termina siendo de un valor incalculable dentro de una sociedad que vive en un estado perenne de aceleramiento, caos y poco tolerante.

            Todo el texto nos lleva hacia un final, que por lógico, tal vez no se vea con claridad desde el principio. El mismo apunta hacia el tema de la “democracia” desde cualquier perspectiva que se le vea, y sobre todo desde la literatura que es lo que nos compete.  Aquí puede resumirse en su totalidad lo dicho anteriormente. Es el punto desde el cual reflexionamos y toleramos al otro o a lo otro; es desde donde asumimos posiciones éticas, conciente o inconcientemente; el lugar en donde aprendemos de la vida partiendo de los valores literarios y en donde el docente halla el punto de apoyo para motivar la lectura, con lo cual se pretende lo que la autora llama “lectura “eferente”, la que se quiere “llevar afuera” y hacerla aplicable, práctica y que en el diario vivir pueda ofrecer la toma de conciencia sobre algo particular. “Ninguna literatura es eficaz si no provoca en quien la lee ese efecto de eco, si no repercute de algún modo en quien la lee. Sabemos que lo importante de la literatura es lo que desata y no lo que denota”[3]. En este sentido, tenemos entonces un elemento motivador como producto del encuentro con la literatura, lo cual generará una mayor “sensibilidad social” dentro de un entorno global cada vez más complejo y convulso, en  donde aspectos como éste sumarán ventajas en aquellos lectores con una visión del mundo más heterogénea.
            Lo dicho hasta ahora, debería entonces fungir de una u otra forma, como estímulo al momento de enfrentar al joven lector con el texto literario. No se trata de arrojarle una cartelera de panegíricos a seguir, puesto que de esta manera el efecto que produciría seguramente sería el contrario al que queremos. El acercamiento que el docente ofrezca hacia la literatura, por sutil que sea, siempre llevará un inmenso potencial que se abrirá en múltiples vertientes que sólo el lector reconocerá en su fuero interno. Merece particular atención en este sentido, la enseñanza de la poesía o el ofrecimiento de ésta, a lectores sin distingo de edad que se acerquen a este importante género literario. En este sentido, el tino del profesor de literatura es vital para no espantar sobre todo a los más jóvenes, que por su naturaleza inquieta propia de la edad, tenderá más temprano que tarde a buscar otra forma literaria, o digámoslo de esta manera, otra vía para entretenerse o el abandono total del texto.
            Buscando una analogía de la poesía con algo que forma parte del entorno cultural de los más jóvenes, es sorprendente ver en la actualidad el auge que han tenido algunos géneros musicales cuya raíz primaria se desprende del rap o el hip-hop tan propio de las calles más humildes de la ciudad de Nueva York, por dar el ejemplo más clásico. Allí puede notarse con perfecta claridad y salvando las distancias, una suerte de poesía trivial, urbana o callejera, que viene a representar una expresión cultural que ha cobrado fuerza y se ha transmutado en Latinoamérica en algo que se llama reguetón. Aunque parezca desproporcionada la comparación, qué hacen los cantantes o raperos de dicho género (obviemos el contenido de las letras, que ciertamente en la mayoría de los casos no tienen mayor valor poético) al momento de expresarse, de cantar: rimar, conjugar formas sintácticas que devienen en poesía, buena o mala, pero poesía al fin.

            En este orden de ideas, es curioso ver cómo en la actualidad existe preferencia por el llamado verso libre, aquel que se libra de las ataduras métricas que conforman las normas decimonónicas de la poesía rimada, trátese de sonetos, décimas, églogas y un sin fin de estilos más, pero que en términos musicales, los más jóvenes manejan a la perfección o disfrutan a plenitud de quienes sí poseen ese extraño don de “rimar”. Entonces, resulta curioso y contradictorio, que ese género musical nacido en la dureza de las calles en las grandes ciudades –incorporemos ahora a Venezuela–, tenga mucho de poesía en la construcción métrica de lo que se canta. Salvemos la distancia académica que de por sí existe entre la poesía escrita (sobre todo en lo simbólico, desde lo metafórico hasta lo alegórico) y lo que pudiera llamarse poesía cantada, pero lo que sí es indudable, es que a través de la musicalidad de las canciones, los más jóvenes se acercan a un canto que ancestralmente remite a la poesía: “La cultura de masas es la cultura de la mayoría; la música rap ha introducido en la práctica de la poesía a miles de personas”[4].
            Retomando entonces la principal línea de lo que hasta ahora se ha expuesto, la enseñanza de la literatura en general, y en especial de la poesía, debe ser aplicada en un primer acercamiento desde un panorama más lúdico que estrictamente formal. Con el tiempo y gracias a los pasos seguros del docente, a través de su emotividad, interacción e integración con los alumnos, terminarán por llevar al grupo hacia sendas más intrincadas dentro de la literatura misma. Éstos pedirán otras cosas, querrán conocer otros mundos posibles a través de los libros, puesto que el nivel de exigencias sobre sí mismos –que es lo ideal– irá aumentando. El respeto entonces que el docente de literatura demuestre hacia la nueva camada de lectores (pensemos sobre todo en el caso de jóvenes en bachillerato), es de vital importancia. No olvidemos además, que la cultura como gran abanico de enriquecimiento humano, no es excluyente en cuanto a sus formas o expresiones, dicho de otra manera, aquí entra la literatura, sí, pero también lo hace la música y el arte en general. Desde esta perspectiva e insistiendo con el tema del respeto y la tolerancia, el docente podrá con mayor facilidad, darle las herramientas, la “dieta literaria” que aludía Louise Rosenblatt, el estímulo necesario, a aquellos que están prestos a seguirle los pasos a la literatura. 



[1] . Rosenblatt (2002): La literatura como exploración. Fondo de Cultura Económica. México. Página 206
[2]. Blanchot (1992): El libro que vendrá. Monte Ávila Editores. Página 111

[3] . Palacios (1987): Sabor y saber de la lengua. Monte Ávila Editores. Página. 31
[4]. Kozak (2001): ¿A dónde va la literatura? en Revista Iberoamericana, Vol. LXVII, número 197. Página 16.

17 jul. 2012

Entre el oro y la carne


Hay voces de la música popular que trascienden los tiempos para estar siempre presentes en el recuerdo de la mayoría. Incluso los más jóvenes pueden intuir o saber que determinado nombre, remite a algún cantante que en su momento arrastró masas de seguidores. El referente musical en este sentido, está marcado por ciertos géneros que por variadas razones,  forman parte de una herencia cultural latinoamericana en donde el colectivo, no deja de asirse a esos iconos representativos tanto por lo que evocan, como por lo que hacen sentir. Si de música se trata, la ranchera y el tango son dos grandes ejemplos en este sentido, y sobrarían los referentes para demostrar que ambos estilos o corrientes musicales, son pilares fundamentales dentro de nuestro mundo hispanohablante. Hablar de Carlos Gardel, Pedro Infante, entre tantos otros, sería un claro pleonasmo de este punto.

No obstante, hay un género musical que así como los anteriores, permanece en el tiempo y nunca termina de agotar la imaginería que ofrece sus letras, ni el cruel desamparo y evidente melancolía tan propia de su triste pentagrama: el bolero. Este género, que según los grandes estudiosos de la música nació en Cuba, se propagó por todo el Caribe de manera asombrosa, creando con ello tanto en su momento como muchos años después, una legión de seguidores inextinguible, que amén de pasar de una generación a otra, nuevos cantantes de la era moderna y en pleno siglo XXI, se han dado a la tarea de rescatar y reafirmar ese acervo musical y cultural que el género ofrece. Es cierto que pueda pensarse que como estrategia de negocios se utilice para atraer un número mayor de público, pero no deja de ser cierto, que son canciones con un alto valor emotivo que toca lo más sensible del ser humano, sobre todo si se está sufriendo por amor.

El género bolerístico fue cultivado entonces por una serie de músicos y compositores, que sin pretensiones de grandeza, hicieron historia con sus canciones y salvo algunas excepciones, tales como Agustín Lara, Pedro Flores y tal vez uno que otro, el anonimato es la constante cada vez que entonamos un bolero. Somos capaces de cantar un tema por completo pero ni idea de quién es el compositor. Son entonces los cantantes quienes cobran fama y trascienden la barrera del tiempo para llevarse todos los laureles, aunque este éxito abrumador, más temprano que tarde, los lleve a una prematura derrota que los termina convirtiendo en iconos de la música popular, pero siempre acompañados por alguna tragedia.

Esta breve introducción obedece a la necesidad de recrear un tanto el contexto musical que envolvió a una voz fundamental del bolero como lo fue Felipe Pirela, y particularmente, este libro ecléctico en cuanto a la forma de narrar que tuvo José Napoleón Oropeza con su Entre el oro y la carne.  Un texto que enaltece una figura popular a través de intrincados mecanismos narrativos que hacen de la lectura, un proceso nada sencillo y que en todo momento requiere la atención absoluta de quien se pasea por sus páginas. Desde el punto de vista artístico, lo popular siempre ha dado mucha tela por cortar y esto no es más que la clara respuesta de un colectivo que se apropió, en el buen sentido, de la imagen, de las canciones e incluso de las penurias de un ídolo -caso notorio y destacado-, como hasta hoy día despierta el “Bolerista de América”.

Entrando de lleno en el libro, la historia arranca desde el asesinato de Felipe Pirela en Puerto Rico, desde una carta que envió desde borinquen dejando ver su soledad y desde allí la prolongada remembranza de esa voz omnisciente que narra desde una evidente melancolía, hasta darle paso a los protagonistas, principalmente a su mejor amigo y periodista, Javier, quien iba acumulando notas de prensa y diversos papeles con la idea de escribir una novela sobre aquél; también a su madre, doña Lidia, que desde el inmenso afecto y amor eterno por Felipe, cuenta parte de la historia de su propio hijo, en donde es notoria la ausencia del marido a través de la historia, dejando en claro que la devoción por sus hijos y los amigos de éstos, estaba por encima del deseo absurdo de que el padre volviera. Y por supuesto, también narra el propio Felipe, entre otras voces, desde una clara nostalgia en algunas ocasiones, y otras tantas, desde la tristeza por todo lo que estaba viviendo. Incluso, producto de los avatares amorosos que vivió con su esposa, la postura de Felipe siempre marca un nivel de ingenuidad descollante.

La multiplicidad de voces en Entre el oro y la carne, convierte al texto en un caleidoscopio literario que en ocasiones puede despistar hasta al lector más preparado. Ese juego de personajes con identidades bien definidas e individualidades muy particulares, en cuanto a actitudes y maneras de pensar, hacen de la obra un complejo espejo donde se reflejan diversas formas de abordar una misma historia. El centro siempre será Felipe Pirela, pero la necesidad de recordarlo y mantenerlo vivo en la memoria, pasa por distintos puntos de vistas que al fin de cuentas convergen en la humildad de un icono musical inolvidable pero siempre con la tragedia llevada de la mano. Es así como entonces el texto se concentra en un objetivo común más allá de la diversidad de sus actores, hombres o mujeres, amigos o no, familiares o fríos empresarios: la construcción del mito de Pirela, o como también le llamaban, “La estatua que canta” (en el mundo ficcional de la novela se le atribuye a Phidias Danilo Escalona haberlo llamado de esa manera, lo cual no es cierto. Pero lo que sí es real,  es que el recordado locutor utilizó el término “Salsa” para designar a ese género de música tropical bailable).

La novela entonces va rescatando una serie de hechos y situaciones que coquetean con lo verídico, es decir, con aspectos de la vida del cantante seguramente reales, pero que tras la máscara que ofrece la narrativa y el juego que Oropeza imprimió en sus líneas, pasan esa delicada frontera entre lo real y lo ficticio, más cuando nos encontramos con un texto que tiene mucho de crónica y de ensayo periodístico. Ese camuflaje, muy bien llevado por Javier, nos hace creer en todo momento en la veracidad de los hechos. Y no sólo él, cada personaje hace lo propio desde su perspectiva. No deja de ser menos creíble cuando habla Javier que Felipe, sobre todo si tomamos en cuenta esa prueba fiel que dan las cintas magnetofónicas con la voz de Felipe como parte del material que enriquecerá la futura novela que narrará su vida; o cuando lo hace doña Lidia o el mismo Orlando, quien en algún momento dice: “Creía que pensaba en su padre. Lo abandonó cuando él tenía cinco años.  Pensaba en ríos y en barcos...”. La verosimilitud de la novela entonces, está marcada entre otras cosas, por el juego fraternal de esos dos amigos inseparables, el que queda vivo para contar las penurias de quien parte de manera trágica, tal como si Javier Díaz se complementara con Felipe y viceversa. Así le dice Felipe: “Por cierto, amigo mío, yo no sé lo que es una novela, pero me parece que esa idea tuya de que yo te comenté mi parecer es algo original...”.

Es importante destacar, más aún tratándose de un libro que aborda la imagen mítica de “El bolerista de América” y la música que lo catapultó a la fama, que el texto se transforma también en una suerte de cancionero, específicamente de algunos boleros que permanecen intactos a través de los tiempos en la memoria colectiva de la gente. Más allá de mencionar las figuras de Daniel Santos, Benny Moré, Alfredo Sadel, Lucho Gatica, entre otros, la narrativa incorpora boleros inmortales como “Rosa” de Agustín Lara; “Frenesí”, del mexicano Alberto Domínguez Borras; “Vanidad” del chileno Armando González Malbrán; “La barca” y “Reloj”, temas compuestos por el mexicano Roberto Cantoral; “Injusto despecho”, un bolero que supuestamente compuso doña Lidia, según dijera: “Como lo escribí cuando compuse, presa como ahora del dolor...Injusto Despecho. Su vida fue una batalla por el logro de mi felicidad”, pero que en la vida real fue el primer bolero que el propio Felipe compuso a propósito de los terribles episodios y declaraciones a la prensa de su ex esposa. Toda esta imaginería que ofrece el bolero como género musical, acompañada por la remembranza de los programas en donde Felipe tomó fama, “Puerta de la fama” y “Estrella de la fama”, forman parte de ese conjunto de aspectos reales que mitificaron al bolerista y que el autor tomó de la realidad para hacer de su novela una suerte de homenaje que siempre está coqueteando entre ficción y realidad.


Otro elemento importante a lo largo de la novela tiene que ver con el aspecto religioso. Para nadie es un secreto la religiosidad y el fervor de los zulianos por la virgen de la Chiquinquirá, conocida también como La Chinita. Tal como dice el propio Felipe: “Recordé el pasaje que mamá había leído e imaginé a la Virgen sobre las aguas. Las lavanderas rescatarían la tabla “. Y ese aspecto espiritual, en donde el ser humano se encomienda a fuerzas mayores, está presente a lo largo del texto como un elemento que identifica al gentilicio venezolano, y particularmente, al marabino. Felipe reza, ora, le pide a los santos para que lo ayuden a salir del atolladero, tal como lo hace su madre procurándole protección divina. También su amiga Panchita, en Puerto Rico, le pide a la Virgen del Cobre y a su corte para que lo salvara, o como bien dijo “me conformaba si quedaba paralítico”.  La suegra de Felipe, Jacinta, por su parte, jugaba con brujería para hacerle daño y con esta actividad se presentan los dos lados de la moneda religiosa: lo limpio y lo sucio; lo cristiano y lo pagano. Dice Felipe: “Las cosas no marchaban como antes. No me importaba si Marina tenía el pelo largo o corto. Hubo de obedecer a Jacinta; practicó conmigo la brujería de que siempre se ufanaba. Enfrenté sus afrentas en privado. Pero nunca pensé que en medio de mi dolor, debía vivir la furia de una mujer que siempre me odió”.

Entre el oro y la carne, tiene además dentro de su construcción narrativa y ficcional, muy marcado el aspecto matriarcal. En base a éste se mueven algunos de los hilos que van determinando ciertas acciones que dan vida al texto. Felipe, más allá del fracaso con su esposa, apenas una niña entrando a la adolescencia con trece años; más allá del éxito que llegó pronto y sin aviso a la vida del cantante “negrito de El Empedrado que sólo tenía catorce años y cantaba como Lucho Gatica y Alfredo Sadel”, su mundo siempre giró en torno a su madre, a la que quiso satisfacer, hacerla feliz y procurarle una vida mejor. El otro yo distinto a esa buena madre, está encarnado en Jacinta, quien hizo de las suyas tanto de Felipe como con su propia hija Marina. Y valga decir que de manera sutil, la vuelta a la patria -esa inmensa madre que a todos pertenece-, también está allí en medio de la tragedia que vio regresar a un hijo sin vida desde la isla de Puerto Rico.

Tal como comenté al principio, el bolero como género de música popular, ofrece un sin número de interpretaciones desde el punto de vista de los estudios culturales, y en este sentido,  es poco sensato verlo disociado de la cantidad de aspectos que enriquecen sus letras y el contenido de éstas, que si bien es cierto su centro fundamental es el amor, y más concretamente el desamor y el despecho, también está el entorno que ofrece la sociedad para armar el corpus que lo rodea. Y si de musicalidad se refiere, entraríamos ya en un tema que por prolijo sería eterno abordar, sobre todo si consideramos que la mayoría de los compositores del género son verdaderos maestros de la música y la cultura latinoamericana, la misma que “jamás se podrá entender a través del divorcio entre lo culto y lo popular”[1] , sino como todo lo contrario, como el resultado de una simbiosis que vino a enriquecer el acervo cultural de todos los que nacieron en el Caribe y Latinoamérica, borrando ese trillado borde que siempre ha pretendido remarcarse entre ambas posturas. Tal ha sido la presencia del bolero entonces como género, que el mismo “pasó a los cantantes norteamericanos Bing Crosby, Nat King Cole (el de “cachita cachita, cachita mía”, de Rafael Hernández), Edye Gorme, Frank Sinatra, “The voice”[2], lo cual no es poca cosa tratándose de la talla de estos artistas.  Dicho esto, Entre el oro y la carne es un merecido homenaje a Felipe Pirela y al género musical que representó, el cual permanece aún en el tiempo: el bolero.



[1] Tedesco, Italo: El reflejo del hombre latinoamericano en la novela contemporánea. Síntesis de la Conferencia dictada en Panamá, en la recepción del Premio de Crítica Literaria Samuel Lewis Arango. Revista Lotería, Número 360, mayo-junio 1986. Página 214
[2] Zavala, Iris: El bolero: historia de un amor. Editorial Alianza. Página 46

13 jul. 2012

Al azar del viento


El tiempo del perdón no es el tiempo de la persecución ni el de la cueva mitológica.
                                                     Julia Kristeva

(Sucede que comencé a hacer la habitual reseña de mi lectura y después del primer párrafo, no sé por qué, me dio por abrir el blog http://lectorcomplice.blogspot.com/ Así que la torta: se me quitaron las ganas de seguir. Me conseguí con estas líneas de Lesbia Quintero, justas y precisas, para referirse Al azar del viento. No inventaré nada, no volveré a mis notas para echarles el cuento y entusiasmarlos con este libro. Les ya lo hizo y muy bien. Sólo le añadiría el fantástico ambiente musical que recorre la novela, como un soundtrack del pasado, que por exquisito, añade una magia casi cinematográfica a cada uno de los episodios que envolvió la vida de Helena y Roberto. C'est fini).

Al azar del viento, primera novela de Ana María Velázquez, es una historia de amor basada en una experiencia real de Pedro Estrada, un hombre recordado en Venezuela como uno de los esbirros más crueles que conocieron los innumerables presos políticos de aquella época terrible. En esta novela, la autora muestra a los protagonistas, Helena y Roberto Yánez, desde una perspectiva inédita que nos permite adentrarnos en la dimensión amorosa de estos personajes cuestionados y perseguidos por una sociedad que no podía perdonarle a Helena semejante afrenta, y por un pueblo que deseaba vengarse de quien había sido su mayor torturador.

Al azar del viento constituye una historia tan hermosa como turbulenta, que empuja a sus protagonistas hacia un destino incierto, hacia el exilio signado por las vicisitudes de la persecución política que se desencadena contra Roberto Yánez, un ser oscuro, jefe de la Policía Política, y por la reprobación de la sociedad caraqueña que persigue a Helena hasta convertir sus sueños en pesadillas.

Ana María Velázquez hilvana el itinerario azaroso que la pareja se ve obligada a transitar, siempre con temor a ser encontrados y separados, quizá para siempre. Las voces de los personajes confluyen para hablar de sus miedos, de la nostalgia y la soledad, del amor, y de un profundo erotismo que se mantiene vivo en la pareja, a pesar del tiempo y las distancias que, muchas veces, se ven forzados a resistir.

Al azar del viento, mediante una trama fascinante, introduce al lector en la Venezuela que vivió el régimen perezjimenista, específicamente en Caracas, una ciudad entregada a una transformación urbanística, donde la alta clase social obviaba la vileza del gobierno, para mantener una buena relación y asegurarse las mejores concesiones, como afirma el narrador:


“Los cocktails parties de las petroleras, de las embajadas, las cenas en las casas de los nuevos jerarcas del país, de los militares, sus bailes, las fiestas de matrimonios de sus hijas en el Círculo Militar con algún miembro de la, cada vez más decadente oligarquía criolla, ansiosa de obtener los dólares que entraban por montones… Había escuchado que algunos hombres de la alta sociedad hacían esa clase de deferencias a los jerarcas de la Junta Militar de Gobierno ofreciéndoles a sus propias esposas, a sus hijas, a cambio de favores.”

En estas líneas queda explícita la denuncia al enorme tejido que conforma la hipocresía, a los intereses personales que subordinan cualquier principio en aras del poder. La trama de Al azar del viento nos muestra las pasiones entretejidas con el deseo de poder, sus aristas, la contradicción de los seres humanos, sus debilidades, y las ambiciones que lo arrastran, como una brizna, en los reflujos caprichosos de torbellinos inciertos.

11 jul. 2012

El mal de Montano


Como por aquel entonces apenas leía, no contaba con los recursos felices e imaginativos que nos regalan las lecturas permitiéndonos escapar de las angustias que nos tienen a veces atrapados.
Enrique Vila-Matas en El mal de Montano.

No es nada descartable que muchos escritores quisieran estar enfermos de literatura al mejor estilo de Enrique Vila-Matas, porque precisamente de eso se trata El mal de montano, de un crítico literario que está padeciendo de esa extraña dolencia del espíritu como resultado final del encuentro con grandes historias y mejores autores.

El tema del doble está presente a lo largo de la novela dando cuenta de una suerte de canon literario que el autor, transfigurado en ese crítico enfermo y desesperado, quiere evadir, pero que mientras más lo intenta, más se interna en el mundo de la literatura. Este personaje, como buen padre, sale en auxilio de su hijo que también es escritor, para ayudarlo a sobrellevar una terrible parálisis literaria tratando de “divertirle contándole todas estas historias de dobles y de dobles de dobles”.

El espejo del texto, o en todo caso, el aspecto lúdico que ofrece el desesperado crítico está camuflado a través de una suerte de diario en donde va contando su historia y construyendo el universo literario que lo domina (y que domina), del cual se quiere desprender hasta lograr pensar las cosas más triviales de la vida sin tener que aludir de una u otra manera a un libro, es decir, a la literatura. Pero como es de esperarse, esto no sucede. El vicio, la adicción por lo que dice cada texto, es ineludible.

Mientras su hijo, Miguel de Abriles, quiere volver a la literatura a como dé lugar, puesto que sufre de un silencio absoluto que no le permite escribir una sola línea, el padre quiere huir de ella. Trata de no pensarla, pero es inútil; viaja por diversos países en el mundo, pero cada experiencia o anécdota lo lleva a recordar una ingente cantidad de autores y libros, cual si fueran virus enfermizos que no lo dejan en paz. A cada paso halla relaciones por doquier con lo literario, no en balde, considera que su madre tiene cierto parecido con Alejandra Pizarnik, pues así como la poeta argentina, “anduvo siempre entre barbitúricos y con claras tendencias al suicidio”.  Y más adelante dice: “Este diario que se me está convirtiendo en novela”.

Por otra parte, el humor también está presente en El mal de Montano, encarnado en buena parte del libro por la presencia de Tongoy, un amigo del desesperado crítico con un inmenso parecido a Nosferatu. Las chanzas entre éstos van y vienen, aunque el renovado vampiro no pierde la ocasión para recordarle lo enfermo que está de literatura, sobre todo cuando su desesperado compañero quiere disfrazarse en determinadas ocasiones de “literatura” con la idea de transformarse en su redentor y salvarla de su inminente extinción en pleno siglo XXI: “encarnarme pues en ella e intentar preservarla de su posible desaparición reviviéndola, por si acaso, en mi propia persona, en mi triste figura”.

El mal de Montano, así como también lo es Bartebly y compañía (http://palabrasyescombros.blogspot.com/2009/06/bartleby-y-compania.html), es un libro de literatura sobre literatura y cualquier aproximación o reseña que se haga de éste, queda infinitamente corta por la cantidad de puntos que se pueden desarrollar del mismo y que quedan fueran por razón de tiempo (no de espacio). Parafraseando al propio Vila-Matas, quien hizo lo propio citando a Onetti, este libro es perfecto para los que sufren de Literatosis, esa extraña “obsesión por los libros” que más de uno padece.