30 sept. 2010

Fracaso (Rafael Cadenas)

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.

Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente, difícil de entreleer es tu letra.

Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los triunfos.

Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme.

Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles éxitos, me has quitado salidas.

Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.

De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.

Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.

Tú siempre has venido al quite.

Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.

Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.

Tu no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla, cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua que me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel, mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios, reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

Me has brindado sólo desnudez.

Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio! pero también me diste la alegría de no temerte.

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.

Gracias a ti que has privado de hinchazones.

Gracias por la riqueza a que me has obligado.

Gracias por construir con barro mi morada.

Gracias por apartarme.

Gracias.

24 sept. 2010

Lluvia


Hay libros que parecen auto construirse a sí mismos por la historia que evoca, delicado estratagema que toma el escritor para hacer ver su oficio. Este es el caso de Lluvia de Victoria de Stefano. Un texto que evoca la reflexión propia del proceso creador, de la escritura como simiente para erigir mundos posibles. Al ver el nombre Clarice inmerso en la novela –escritora y personaje principal de la historia– pensé automáticamente en los dos únicos personajes que conozco con ese nombre: el de El silencio de los inocentes (Clarice Starling) y el de Clarice Lispector, escritora brasilera de origen judío.

Avancé en la lectura y la Clarice de de Stefano terminó siendo –y me aventuro a decirlo– su propio alter ego creador, depositario de la precisión y densidad literaria con la que la autora traza su obra: “lo que hace incitante a la ficción es su atadura con las peripecias de la fantasía antes que con realidades de improbable cumplimiento” –dice en alguna parte cuando ya la aventura escritural de Lluvia toma forma de diario. Luego añade que “el embrión de un relato puede surgir de cualquier parte”, y por tanto, germinar en cualquier forma o representación literaria. Justo allí, cuando la prosa narrativa guía al lector hacia el encuentro con el estupendo diario de Clarice, pletórico de sus lecturas, citas, reflexiones y procesos creativos, la novela acelera su ritmo convirtiendo a Lluvia en un panegírico de lo que es buena literatura. Lo curioso, y reafirmado el hecho de que ese “embrión” creativo puede nacer en donde sea, el de Clarice surgió gracias a la lluvia que interrumpió su trabajo, su oficio de escritora, transfiriéndole melancolías y recuerdos mientras se asomaba a la ventana a contemplar un soberbio diluvio. Buen libro. Lectura recomendada.

Algunas citas del diario de Clarice (¿o de la autora?):

El proceso del lenguaje escrito es más reflexivo y amplio, las palabras hay que rumiarlas, decantarlas, suplantarlas, alisarlas, ubicarlas e intencionarlas adecuadamente en beneficio de la progresión del período en el que se manifiesta el pensamiento.

Una palabra llama a la otra, una idea a otras ideas, una zona clara a otra más oscura, toda la faramalla de la miseria de la vida al milagro del devenir la vida.

En el arte de la escritura es donde mejor se revela la interconexión del yo del mundo con el sujeto ampliado del conocimiento progresando sin pausa y sin centro.

22 sept. 2010

Baruca


Mis felicitaciones a Numa Frías por su primer libro publicado "en Venezuela". El encomillado no va de gratis puesto que anteriormente ya había publicado en España El ojo del vientre, Editorial Biblioteca Nueva, 2003.

Mi respeto también a la editorial FB LIBROS por este logro más allá de las carencias propias del mercado venezolano (incluyendo las del papel). La diagramación del libro es sencillamente perfecta. Sus capítulos están bien demarcados e invitan por la disposición de los mismos, amén del papel y el tipo de letra, a una lectura placentera.

Baruca es una historia de leyenda en donde las maldiciones y sus incautos protagonistas le dan fuerza a través de sus miedos. En este misterioso lugar confluyen los mitos de un pueblo y las penurias de personajes atrapados en sus propias psiquis. Pasado y presente se dan cita en Baruca para expiar culpas propias y ajenas de seres conflictivos, y por tanto, tan humanos como cualquiera, revelándonos hacia el final -sobre la prosa poética de su autor- un secreto que genera más riqueza que el oro y por el que algunos están dispuestos a morir.

Baruca estará disponible a partir del lunes 27 de septiembre en las librerías "Templo interno" y "Noctua" del Centro Plaza, Altamira, Caracas.


20 sept. 2010

Dos poetas, dos ganadoras



Mis felicitaciones a la poeta y amiga Acuarela Martínez por su primero poemario publicado. Por aquellos tiempos de espera infame con que los aeropuertos suelen torturar a sus usuarios, lo leí tres veces y con mucho gusto. Allí está la paciencia y la entrega; el fino gusto por la imagen y lo alegórico; y, claro está, el trabajo, el empeño por sacarle punta a una idea para perfilarla como poesía. Sé de la entrega de la poeta por ver en unos cuantos gramos de papel su primer hijo poético. Justo esto es lo que lo hace más que plausible en un país en donde la cultura –y más si de poesía se trata– parece estar relegada a un segundo plato. Acuarela es “tóxica” y “un bolero antiguo”. De Incluso cuando nada digo y sin la autorización de la poeta, extraigo unos de los tantos versos que fueron de mi completo agrado:

ahora cuelgo hebras de un jamás

que alimenta mis polillas

***

¿qué será de mí si ya no vibro

con el dañino sustento con que me habitas?

***

como una delgada hojilla

deja que me surquen las desdichas

***

hoy no voy a resignarme

ven a rezarme este culto impaciente por tenerte

Las felicitaciones van por partida doble porque Linsabel Noguera, también poeta, amiga y mi compañera de Librería Sónica, publicó su Poética doméstica. Tuve el privilegio de leer su trabajo en manuscrito mucho antes de su publicación. Los versos allí contenidos son el fino retrato de su “yo” como persona, mujer y madre. La delicadeza de lo que dice y cómo lo dice, es su norte; no obstante, de lo excelso con lo cual convoca sus imágenes y metáforas, puede pasar a la sencillez de la palabra, bien con rebeldía, bien con preciso desparpajo, diciendo esta soy yo tanto en la tierra como en el cielo. Su “domesticidad” no es más que un espejo mostrando lo angosto y lo ancho que puede ser su palabra. Como bien dijera la poeta venezolana Mharía Vázquez Benarroch “sus poemas son como la seda china, entibian el corazón y envuelven las pasiones”. Idem y sin permiso, algunos versos de Poética doméstica:

en medio de la helada

me cobijo en las sombras

y bebo un verso tibio de mis venas

***

mi lengua te dibuja sin decoro

y entonces

te guardo en mí

***

cuando el sueño

vence al anhelo de un abrazo

entiendo que

las almohadas son terribles sustitutas de la piel

Después de comentarles que ambas poetas fueron merecedoras del Premio Monte Ávila Editores 2009 para autores inéditos (mención poesía), no puedo dejar de manifestar mi rechazo absoluto a la terrible portada que seleccionaron para el libro de Linsabel –no así para el de Acuarela– el cual no le hace honor ni a su trabajo poético, ni a la imagen de la mujer bajo ningún concepto. No soy diseñador pero cualquiera con el menor gusto y sentido común, hubiera seleccionado una imagen distinta a una mujer decapitada, de espaldas y que pareciera insinuar con los dedos algún intento de símbolo fálico. Increíble que una editorial con el tiempo y la trayectoria de Monte Ávila Editores pase por alto –y apruebe– portadas como estas. Lo más indignante es que a la poeta nunca le consultaron sobre la portada de su primer poemario según me dijera. Nefasto, pero ya vendrán mejores portadas.

13 sept. 2010

La herencia de la tribu


La herencia de la tribu. Del mito de la independencia a la República Bolivariana es uno de los libros que más he resaltado y subrayado en mi vida. Para todo aquel que quiera indagar más allá de lo que oye o de lo que dice la prensa sobre nuestra terrible posición política-social, este libro es perfecto. No solamente por el hecho de remontarse en el tiempo para desmontar psicológicamente lo que ha sido durante muchos años el mito de Bolívar, recién fundado en la última década como el mito bolivariano, sino porque además, Ana Teresa Torres mantiene la debida y lógica distancia al analizar las situaciones vividas en nuestro “heroico” pasado independentista, como con el personaje que comanda actualmente en Miraflores, que si bien es cierto se ha valido de la coyuntura social más larga por la que ha atravesado el país en su joven democracia –provocada en gran parte por él mismo–, lo ha hecho con astucia.

Como sociedad que somos lo peor que podemos hacer es desacreditar ciegamente al rival político sin mirar a quien tenemos al lado como furibundo opositor, cosa que ya ha sucedido y los resultados ya los conocemos. Aclaratorias aparte, La herencia de la tribu es un libro que busca de algún modo dar respuestas, o llamar a la reflexión, sobre la duda que nos embarga hasta el hastío de saber “por qué estamos como estamos”, y las comillas no van de gratis, pues a cada injusticia, a cada arbitrariedad, a cada acto demagógico del Estado, eso es lo que la mayoría nos preguntamos.

Me resultó inevitable hacer el paralelismo con otro libro, que si bien es cierto se va por la tangente del tema político para encarar de lleno en nuestra psiquis como venezolanos, también nos deja en la punta de la nariz nuestra cruda verdad como incipiente nación, la misma que –en la mayoría de los casos –se vanagloria por ser más viva, más astuta que cualquiera: La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo. Algo de este libro también está en La herencia de la tribu, en donde en más de una ocasión pero con distintas palabras, su autora aclara que “la cultura venezolana siempre mira hacia el futuro a partir de un pasado que no concluye”, viendo los hechos históricos como una panacea redentora para justificar nuestros fracasos y transfigurarlo así como un tísico aliciente de todos nuestros males.

El libro se extiende con minuciosidad en el tema del héroe como mito y figura arquetipal, el cual viene a llenar esos espacios que bien define Ana Teresa Torres como “vacíos” o “caóticos” de nuestra sociedad y que a través de los mismos, busca la necesaria transformación política desde ese ensueño mitológico y fundacional que tuvo el país, sonando aún en nuestros días gracias a los discursos altisonantes del gobierno con su arenga arrolladora y beligerante. No está demás comentar que el jurado del Premio de Ensayo Debate-Casa de América 2009, recomendó la publicación de La herencia de la tribu. Del mito de la independencia a la República Bolivariana, por las luces que arroja su contenido sobre nuestra actualidad.

8 sept. 2010

Ensayo sobre la ceguera


Si hay un libro impactante, que deja colar con descaro entre sus líneas lo más crudo del ser humano tratando instintivamente de sobrevivir ya en el límite de su animalidad, ese es Ensayo sobre la ceguera. Desencantando a unos y cautivando a otros, el premio Nobel José Saramago en esta su obra más aplaudida, se vale de una terrible epidemia blanca, o como bien lo dice el texto, de “una ceguera blanca”, para destacar la vulnerabilidad humana cuando ve acortados sus sentidos.

Todo comienza cuando un hombre pierde la vista estando en su vehículo frente al semáforo, que justo cambia a verde cuando todo se le vuelve una extrema luminosidad que enceguece. Estalla el caos en la ciudad y la desesperación se apodera de todos aquellos que van sufriendo la terrible enfermedad. El gobierno no halla mayor solución que recluir “momentáneamente” a los ciegos en un lugar, que dentro de la descripción saramagueana, es más que espeluznante. En este terrible encierro comienzan las disputas entre bandos, saltando así la pérdida de la confianza a la hora de la repartición de los alimentos: “Tenía que ocurrir, el infierno prometido va a empezar”, dice la mujer del médico cuando aún no sabía el propio infierno que le tocaría vivir.


Sumado a las penurias de todos los afectados y por un quítame estas pajas, crueles militares asesinan a diestra y siniestra a cuantos ciegos les place. No obstante, el destino se encargará más temprano que tarde de hacerles padecer también la mortal ceguera blanca a los efectivos castrenses, al punto, que más de uno comienza a ver el suicidio como una salvación. La extraña epidemia, la cual poco a poco va in crescendo, es una clara alegoría del egoísmo y la avaricia de la sociedad llevada a su máxima expresión: “La ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”.


En medio de la anarquía reinante logran organizarse para salir del encierro y volver a la ciudad gracias a la única mujer que aún ve. Muerte, hambre y podredumbre se respira a cada paso. Ciegos desesperados y en completo estado de indigencia, deambulan por las calles añorando algo qué comer sin importarles ya el detritus corporal que les corroe la piel. Un perro se une al grupo de ciegos que pareciera llevar un rumbo establecido, cual si fuera una manada de animales guiada por su instinto olfativo, o como bien dice Saramago en voz de uno de los personajes: “como fantasmas, ser fantasmas debe ser algo así, tener la certeza de la que la vida existe, porque cuatro sentidos nos lo dicen, y no poder verla…cuando el cuerpo se nos desmanda en dolor y de angustias es cuando se ve el animal que somos”.


Me queda pendiente ver la adaptación al cine que se hizo del libro. Tan sólo vi los diez primeros minutos y todo iba bien hasta que la primera pareja en quedarse ciega resultó japonesa (condimento del director, supongo). En el libro no hay gentilicio de ningún tipo; el país es anónimo, o mejor aún, genérico, así como sus personajes sin nombres. Dejé de ver la película por razones propias a mi voluntad. No fue que me quedé ciego, Dios me libre.

6 sept. 2010

De pana, de blue jean y otras yerbas

El tema me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace un buen tiempo. Aclaro que no ando con falsos puritanismos por lo que voy a comentar a través de esta especie de auto-reflexión pública, la cual tiene qué ver con el habla común de los venezolanos, y en particular, de los caraqueños.

Años atrás, con delicadeza, me acercaba a mis contertulios y les decía «evita la muletilla… ». Se los decía aparte, en solitario. Nadie –para mi suerte– se molestaba por la sugerencia; por el contrario, era bien recibida. Las más comunes eran (y siguen siendo): “Bueno nada…esto; bueno nada…aquello”; el infaltable “esteee… tal cosa”, o el reiterativo, “de verdad esto… de verdad que...”.

Luego me cansé de hacerlo porque sencillamente aquello era un trabajo interminable. Además, quién era yo para andar en unas de Carreter o de falso Saussure, en una sociedad cuyo habla puede cambiar en meses, semanas o incluso días, algo muy propio de la lengua como ¿herramienta?, ¿mecanismo?, que se auto reconstruye para satisfacer el proceso de comunicación de aquel que la emplea (es decir, todo el mundo).

Un buen ejemplo de esto sería el “spanglish”, el cual día a día va en aumento en los Estados Unidos de Norteamérica. No diría que como una lengua consolidada, pero sí en proceso de llegar a serlo quién sabe en cuánto tiempo. De esto hay mucho qué decir por lo cual los remito a Ilan Stavans, quien sí sabe del tema.

Retomo el punto de las muletillas, mejor aún, de la aberrante muletilla que hoy día puede escucharse en las calles caraqueñas sin importar edad, nivel socio-cultural, económico, racial, sexual y otras especies de quien la utiliza. Ojo y ahí les va la segunda aclaratoria: esto no tiene qué ver con desviaciones sexuales, no es el punto, eso sería fruto de un árbol distinto al que toco en este instante y del cual no me interesa hablar. Y como el papel aguanta todo, meto aquí el reconocidísimo “verga” marabino que está en todas partes del Estado Zulia, que no funge como muletilla, sino más bien, como una razón de ser, como un emblema idiomático de la única región de Venezuela en donde se utiliza el voseo (son nuestros argentinos) y que sinceramente me parece menos soez que el que les plantearé a continuación.

Préstele atención a cualquier conversación que se le atraviese en el camino, no importa si está en una empresa privada o pública, en la calle o tal vez en su propio lugar de trabajo o vivienda; más aún, tal vez usted sea el protagonista y no se ha dado cuenta, porque las muletillas son así de impertinentes y salen con mercuriana fluidez, no digo ya de las bocas, sino del cerebro. La mayoría de las personas, no todos evidentemente, inician su conversación así: «marico…viste que»…«marico qué arrecho tal cosa»…«marico, ven cuando…» Honestamente prefiero el «de pana…tal cosa…de pana esto y aquello», al lerdo «marico…aquello y lo otro».

El término es utilizado para entrar en confianza, para decirle al interlocutor que se le aprecia, que es amigo, que es incluso familia, y que por tanto, no es una acusación de desviación sexual, sino por el contrario, una invitación a una amena charla. Es más, el lenguaje es tan maleable que un saludo muy normal entre nosotros, y que sin duda denota una clara cercanía entre emisor-receptor, es por ejemplo: «epa coño e madre, cómo está la vaina!» (la vaina aquí es lo de menos). Pero volviendo al excelso adjetivo, muletilla o introito tertuliano, las mujeres tampoco escapan al fenómeno mariquista, porque éstas también van de: «marica…viste qué bueno está el tipo»; y si quieren acentuar la emoción, la hipérbole conversatoria, añaden: «marica güevona, eso está… tal cosa».

Hace unos meses atrás mientras ya me revoloteaba la idea que hoy ya ven a través de estos escombros, conversaba con una persona de asuntos laborales y ante los incesantes vaivenes de “marico esto, marico aquello”, le dije: «te reto a que de ahora en adelante evites el “marico” mientras hablas». Oh sorpresa cuando la persona se vio frenada, acortada de palabra –y también de pensamiento– para seguir conversando. Hablaba, pero no con la soltura de antes. Le costó hacerlo. Luego me dijo apenado «qué mal hablo». Hoy día doy fe de que esta persona ya no utiliza el ramplón término para entablar conversación. Se llevó la sugerencia en el bolsillo y cuando eventualmente nos vemos, me lo agradece, porque hasta los hijos lo borraron de su habla –me dijo.

Cualquiera jura que ando en un proceso evangelizador, nada qué ver, y de seguro se preguntarán, “¿y en qué antro te lo pasas metido que la gente habla así?”, a lo que respondería: «señores, esto está en todas partes». En días recientes fui testigo cómo dos altos ejecutivos muy bien trajeados, maletines de cuero, tag heuers en sendas muñecas, cuarentones ya, conversaban en un consulado europeo con “maricos van…y maricos vienen”, mientras les tocaba su turno para el trámite del pasaporte; peor aún, un par de meses atrás estuve en el bautizo de un libro de una reconocida editorial, y conversando con “escritores”, unos mediando la veintena y otros que les duplicaban la edad, la palabrita iba y venía. Sí, “escritores”, buenos narradores en el papel, pero pésimos contertulios. Es como si fueran peces que no se dan cuenta que están en el agua, y que el preciado líquido es precisamente el medio que les da vida, que los identifica para hacerse llamar “escritores”: agua es a pez, como el habla es a escritor. A mi juicio esto supera el detestable “aperturar” que escuché en la voz de una reconocidísima periodista en horario prime time de la radio. Es más, fue un dos en uno: “me intriga de que la gente, no pueda aperturar…”.

Creo que fue Rousseau quien dijo que “las cabezas se forman por las lenguas”, algo así. Sin duda la pereza mental hay que combatirla, “de pana”.