24 may. 2012

Coincidencias literarias


Iba en el metro cuando terminé de leer Confesiones de una máscara de Yukio Mishima. Una joya literaria que les recomiendo. El vagón iba atestado de gente, lo cual resulta innecesario decirlo, pues ya es una condición sine qua non de ese medio de transporte en la ciudad. A mi lado iba un chino (así les decimos a todos los que tienen rasgos asiáticos, sin importar si es japonés, chino, coreano o tailandés). Olía mal; no, muy mal. Una hediondez exacerbada entre sudor y alcohol. Vagón de los nuevos, de los que aún tiene aire acondicionado, iluminación y buen sonido; de esos que las agarraderas no te agarran, de las que se desplazan a lo largo del tubo cromado horizontal cada vez que frena o arranca. El chino perdió el equilibrio y con generosidad, vació su contenido estomacal sobre los que iban sentados…

Esperaba a que me atendiera el médico. Segunda sesión de fisioterapia. Mi kindle tiene tanto lomito literario que no sé por dónde empezar a echarle diente. Días previos había comenzado a leer Aura de Carlos Fuentes. Tenía meses queriendo leer algo de este prolijo autor, pero entre una lectura y otra, lo fui relegando. Fuentes murió en días recientes. Vamos, ya es hora que lo leas –me dije. Así lo hice. Mientras terminaba de leer la última página con una degustación absoluta –vaya que me encantó este texto–, los gritos de una madre desesperada colmaron el ambiente del consultorio. –Coño Aura, quédate quieta carajo. Aura, que tendría entre ocho y diez años, siguió brincando. Se me acercó y me preguntó: –Señor, ¿qué está leyendo?

El banco parecía la estación Plaza Venezuela a las seis de la tarde (bueno, a cualquier hora a decir verdad). A pesar de los avances tecnológicos y transacciones digitales, hay cosas que deben hacerse directamente en las instituciones financieras. Va otro adverbio: lamentablemente. Estaba de pie en la cola leyendo Suite francesa de Irène Némirovsky, autora que no corrió con la misma suerte que Imre Kertész, quien sí se salvo de los campos de concentración nazi. No quería que la cola avanzara rápido porque ya estaba en la recta final del libro. A dos cuerpos de la taquilla, terminé de leer esta obra monumental que relata parte de lo que fue la invasión alemana a Francia. En la taquilla de al lado, la destinada a la tercera edad, se prendió la trifulca entre dos carajitos: uno de ochenta años aproximadamente y otro de sesenta y dele. El primero le reclamó que era un tipo joven, que hiciera su cola normal. El segundo le respondió: –Viejo abusador, te coleaste, por eso es que estamos jodidos. Cuando Irene mandaba en este municipio, estas vainas no sucedían.

Fin de las coincidencias (por ahora).

PD.
Por cierto, terminé de leer Portugal y Venezuela: 20 testimonios de Yoyiana Ahumada, en una panadería cercana a mi domicilio, tomandito café. Y como mandado hacer, el ambiente musical soltó “Balada boa” de Gusttavo Lima, esa que dice en el coro Tchê tcherere tchê tchê, y que yo humildemente rebauticé como Chi chi ri vi che – chi chi ri vi che – che che en honor a esas fantásticas playas de Venezuela. En fin, coincidencias…

11 may. 2012

Ganadores y finalistas de SACVEN

Todo un éxito el evento de anoche organizado por SACVEN. Un placer compartir con tantos amigos afines a la literatura. Aquí mis breves palabras.

Llevarle el pulso a la literatura en nuestros días, no es tarea fácil. Más allá del ámbito mundial, de la cantidad ingente de libros que se publican y de la tecnología tomando cada vez más terreno, en nuestro país ese proceso se ha incrementado, bien por las nacientes editoriales que se han arriesgado lanzándose al mercado o por los sellos reconocidos que apuestan al talento local. Es innegable que el ambiente de lectura se huele, se siente, se palpa, cada vez que hay un festival del libro o un encuentro en donde se presenta o se bautiza un nuevo trabajo.

En este sentido, SACVEN convocó a sus concursos literarios cuyo centro de interés son dos categorías fundamentales dentro de las letras venezolanas, la poesía (II Concurso Nacional de Poesía Tradicional) y el cuento (VIII Concurso Nacional de Cuentos), en donde quedó demostrado el quehacer, el talento y la rebosante vida que tienen dichos géneros en nuestra cultura.

A través de las palabras, del oficio de la escritura poética y narrativa, el resultado que conllevó a un veredicto final, logró juntar voces que se diferencian por sus estilos particulares y que se distancian significativamente en edades puesto que son de generaciones distintas. Así tenemos a los poetas que habrán visto correr más de un río, y a los cuentistas, que en su mayoría, llegaron al mundo en los años ochenta. Este encuentro propiciado por las letras, deja en claro que nuestra herencia literaria siempre conseguirá nuevas y valiosas voces.

En el orden estricto de mi lectura, primero llegó a mí la poesía de Camilo Balza Donatti, que en uno de sus hermosos sonetos con embriagadora nostalgia dice:  La sombra de mi voz es como un traje/ de mar en la distancia que se apaga; Ángel Segundo Castillo hace fiesta con parte de la historia del país y canta despreocupado: En el corazón del cielo/ se formó la sampablera/ porque ahora está el Gordo Páez/ con su par Alí Primera; César Enrique Acosta hace de las décimas  un deleite para los oídos y la lectura:

La décima y el soneto
se fueron a platicar
a un remoto lugar
del grandioso pensamiento
y en ese razonamiento
literato e iracundo
al no entender por qué el mundo
los ve como pacotilla
delante de la cuartilla
con su léxico profundo.

y Yorman de Jesús Tovar con sus coplas y “Soleadas soledades”, nos recuerda la ineludible presencia del llano en nuestro país, cuando dice: Y como nadie se pierde/ tras la huella del baquiano/ el baquiano es el joropo/ himno nuestro...soberano.

No quiero dejar de mencionar mi sorpresa cuando vi el perfil y la trayectoria literaria de estos poetas, una suerte de guerreros que se dieron a la tarea de rescatar la poesía tradicional, esa que para algunos es fácil de lograr y a quienes les respondería que no es nada sencillo, puesto que más allá de la sonoridad, del ritmo y la cadencia, la imagen lograda debe acompasarse con lo formal de la estructura. En este libro se conseguirán con fantásticas coplas con olor mastranto; con décimas que enaltecen el llano y nuestra historia, y también con la semblanza de una poesía que es música y raíz de la palabra poética.

Octavio Paz dijo: “El poeta no es un hombre rico en palabras muertas, sino en voces vivas”. Y este libro, Juegos Florales de la Poesía Tradicional da fe de ello, como un canto que retumba con voces de antaño que siempre vuelven.

De la poesía paso a los cuentos, a estos narradores herederos de los Garmendia, de Meneses, de Masianni y de tantos otros que harían inagotable esta lista. Si la poesía tradicional tiene que vérselas frente a frente con los versos, la métrica y los sonidos para lograr cautivar al lector, el narrador de cuentos debe hacerlo con esa extraña entelequia que es el tiempo, y mientras menos requiera de él para cautivar al lector, más difícil será su trabajo. Por ello mismo manifiesto mi admiración por aquellos escritores que en pocas páginas nos atrapa con una historia, nos toma por el cuello y no nos suelta, dejándonos simbólicamente sin aire hasta el desenlace final.

De los diez narradores ganadores y finalistas del VIII Concurso Nacional de Cuentos, he tenido la suerte de conocer a algunos de ellos y a otros al menos por referencia literaria. El punto exacto al que me quiero referir, es que todos coinciden en un lugar en donde la palabra se transforma en calle, en día a día, en eso que le puede suceder a cualquiera. La capacidad del narrador de cuentos es sacarle el mayor provecho posible a la cotidianidad, que por repetitiva, no vemos que en nuestras propias narices nos está hablando, es decir, nos está echando un cuento.

Eloi Yagüe Jarque nos regala una “Crisálida”, en donde se da la típica conversación entre hermanos cuando uno de los padres está hospitalizado. Aquí, y citando al autor, “no pensar es lo más importante”; Mario Morenza nos cuenta “La verdad de las gacelas”, que si bien es cierto no caben en un ascensor, es aquí donde comienza la historia de Sandiego, una suerte de súper investigador; Miguel Hidalgo Prince se va con “Mi padre el veterano”, en donde una relación tormentosa padre-hijo se pone los guantes de boxeo; Martha Durán nos cuenta los efectos primarios y secundarios cuando un pintor es asmático en “Un nombre para mi salud”; John Manuel Silva salta al futuro y  monta su propio negocio con “Afrodita, C.A.” un avanzado lupanar a domicilio que ofrece androides sexuales; Eduardo Febres demuestra en “Final del play”, que los juegos de video pueden resultar peligrosos sobre todo si sales de casa y si te vuelves un experto con el joystick... Y así sucesivamente transitamos por los textos de Giussepe Pastrán, Raymond Nedeljkovic, Carmen Luisa Ugueto y Carlos Colmenares Gil a quienes también recomiendo leer en esta estupenda selección de cuentos ganadores.

Haciendo honor a la brevedad posible, sobre todo cuando no es uno, sino catorce escritores entre poetas y cuentistas a quienes rendimos este humilde pero merecido agasajo, no me queda más que invitarlos a entregarse a la lectura, al placer que nos produce el acercarnos a la literatura, sin mayores pretensiones que disfrutarla, degustarla, bien sea a través de un verso tallado casi en música o de una historia que trasciende el pequeño espacio de un cuento. Tal como dice María Fernanda Palacios en ese libro casi culinario de la palabra “Sabor y saber de la lengua”, “se necesita algo más para saber emplear el lenguaje... Para recuperar el cuerpo de la lengua hay que irse a esos suburbios del decir, irse a la frontera de lo verbal, donde la costumbre no ha logrado instalarse”.

9 may. 2012

Psicosis post de sembrina

(Este texto fue publicado originalmente en www.lacasaazulada.com )

No cuándo saldrá publicado esto, pero supongo que será mucho después de las fiestasde sembrinas. Y vaya sorpresa, hasta que conseguí la ocasión para rememorar esta garrafal metida de pata, muy similar a la de una mujer del ámbito social, y ahora político, que habló de la importancia de tomarHache Veinte, sí, H2O, y de las bellezas de los médanos en el estado Coro... Cristo redentor.

Voy en orden. La palabra psicosis según vi en whiskeypedia (Laureano Márquez dixit), es un estado mental descrito como una pérdida de contacto con la realidad. Esta brevísima acepción me lleva irremediablemente a pensar en los políticos de nuestro país. Vuelvo a citar y sea usted quien compare y haga la analogía con respecto a uno de los síntomas de la psicosis: Hablar a solas (soliloquio) creyendo tener un interlocutor.  Pero no ahondaré en detalles, porque ustedes, amables lectores, de seguro saben a quién me refiero.

En términos de la psicología, aquí hay delirio, desenfreno y pérdida de las perspectivas reales. Algo similar a esto se puede notar en la mayoría de las personas en el mes de diciembre, y a medida que se acercan las fechas cumbres, navidad y fin de año, esto se agudiza.  Es como si se acabara el mundo y necesariamente hay que comprar, comprar y comprar, lo que para muchos ya con efectos de antonomasia, es felicidad. Ni hablar de las cadenitas vía celular (por sms o pin), que si bien es cierto llevan muy poco de psicosis, tienen mucho de posesión espiritual: ama a tu prójimo....Buuhhh, pero después de la navidad, jode al que puedas, Buuhhh!

Mientras esto sucede y los celulares revientan con mensajes en cadenas al mejor estilo del Voldemort venezolano, cual psicóticos muchas familias se entregan a la tradición de las doce uvas, las cuales hay que engullir a la par de las doce campanadas de la catedral de Caracas, con semillas y todo. Por razones inexplicables, son las uvas más grandes y con más semillas de la reciente vendimia, y las campanadas van más rápido de lo normal. Cual malabaristas tragan, alzan las copas y evitan que los carajitos hagan algún desastre con los fuegos artificiales. En fin, qué felicidad.

Quedaron atrás aquellos 31 de diciembre que recibí en el Pico Naiguatá un par de veces. Ahora es casita y el confort junto a la familia, y cuando hay  niños, la magia brota por doquier, pues la navidad es de ellos y para ellos.  Ahora me enfrento en las calles a los impertinentes comerciantes que te restriegan en la cara los cochinitos (alcancías) para que les des suaguinaldo. Más de uno se ha arrechado ante mi negativa, pero es que uno se lo da a quien se lo gana, a esos que se esmeran por atenderte bien y no a aquellos, que sin ton ni son, representan la clásica escena de la película Psicosis, cerdito en mano y música de Bernard Herrmann, para que les gratifiques su mala praxis comercial.

Pero vuelvo al punto de interés en términos azulados. El lenguaje en ocasiones lleva mucho de psicosis, o para ser más específico, la disfunción no está en éste per se, sino en quien lo usa. Aquí me incluyo, pues no hay nada más duro que intentar defender la lengua. Deja su satisfacción cuando al menos una de cada diez personas, te agradece o reconoce que es importante darle buen uso. Y no hablo de los fancywords comoaperturarorecepcionarque muchos usan con vacua elegancia, sino a escribir o hablar lo mejor posible. En varias ocasiones he comentado vía twitter que chatear con alguien con errores ortográficos, es como hablar con alguien que tiene mal aliento. Y esto es cierto, pues tanto en los chats como en twitter, la halitosis es muy frecuente.

La ciencia y la tecnología del futuro harán su mejor esfuerzo y crearán un dentífrico para combatir esto. La psicosis es prima de la locura y media hermana de la estulticia. Erasmo de Rotterdam, creador de esa joya de la literatura universal que les recomiendo, Elogio de la locura, dice:Yo (la estulticia), en cambio, devuelvo a los hombres lo mejor y más feliz de su existencia misma, y si se abstuvieran absolutamente del trato con la sabiduría, y en todas las edades se guiaran por mis máximas, no se harían viejos y gozarían dichosos de una juventud perpetua. Emparentadas pues estas tres señoras, la psicosis pareciera algo temporalmente necesario para vivir, sobrevivir o subsistir. Luego, habría que lanzarse un cable a tierra al mejor estilo de Charly García después de la gozadera, para volver paradójicamente al caos de la verdad. No estoy ordenando a que se vuelvan locos ya que no hace falta, porque aplicando la del refrán, de poetas y psicóticos todos tenemos un poco.