25 dic. 2012

El silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo


Alguna razón habrá para que el pernil de la noche buena tenga mejor gusto al día siguiente. Tal vez los condimentos asentados o cualquier razón culinaria que desconozco sea el motivo para que al pasar por las papilas gustativas, el delicioso chanchito sepa a gloria. Vinos van y vienen y la “magia”, la “alegría” contagiante de los días navideños, sigue su inexplicable recorrido por las venas del vecino más huraño, de ese que no suelta ni los buenos días en el ascensor, te abrace y te invite a echarte unos palos en su casa. He leído a más de un tuitero escribir algo así como “ya basta de ese exceso de optimismo y felicidad”. Y yo reflexiono diciendo que cada cual a su estilo se hace o se cree feliz; cada quien a su manera se hace infeliz a pesar de que las luces siempre le acompañen el camino.

Una de las cosas más sabrosas de estos días, particularmente al día siguiente del nacimiento del niño Dios, es el silencio que reina en las calles, en las avenidas. Nace un extraño eco que reverbera en todo el ambiente y en donde por costumbre lo que hay es un corneteo y un cruce brutal de mentadas de madres, lo que se oye son los pajaritos con su trinar olvidado detrás de cortinas de smog y caos. Paraulatas, Cristofue, Arrendajos, algunos periquitos portugueses en fuga y las soberanas guacamayas, hacen de las suyas en un cielo limpio, atravesando restos de pólvora como prueba del extraño desenfreno de la medianoche previa.

Me entrego a la lectura para aprovechar que muchos aún duermen. No hay mejor música de fondo que el vacío pretérito, ese que deja después la multitud de gente que celebró con paroxismo la navidad. Sólo el silvido de la greca me saca del libro para que juntos libemos la deliciosa infusión. Pero, como siempre hay un pero, llegó el momento para ponerme soez: desde el popular Parque Naciones Unidas comienza el escándalo de un kareoke mal llevado a tempranas horas para ser un día festivo. De hecho, al momento de escribir esto, son las tres de la tarde y el escándalo continúa. Los vecinos de esta zona NO TENEMOS DERECHO a pasar un día en santa paz, no. Extraño a los Cocodrilos de Caracas y a sus cinco mil fanáticos -malandros o no- haciendo bulla, pues la misma es programada. Tomas el calendario de juego y sabes qué día te la tienes que calar o si te vas pal coño si no quieres ser atormentado.

En el reconocido complejo deportivo inaugurado para celebrar los juegos Panamericanos de 1983, vive un número importante de familias damnificadas por diversas catástrofes naturales y mientras esperan solución o alguna respuesta concreta de las entidades encargadas de esto, pues se divierten -con algo hay que divertirse- con los parlantes y poderosos equipos de sonido. Y más allá del patético kareoke del 25 de diciembre, ya es común despertarnos los sábados, tipo cinco de la mañana, con un fantástico vallenato que se prolonga por dos horitas en la mayoría de las veces, reguetones y los impepinables religiosos (evangélicos, mormones, testigos de Jehová o cualquier pare de sufrir de turno) que son los peores, ¿por qué? Porque comienzan los viernes en la noche y entregan el recinto los domingos después de las diez de la noche.

En fin, el silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo, en su centro efímero que se desvanece en una ciudad que parece tenerle alergia a la tranquilidad, sobre todo a los desgraciados y jodedores que lanzan un cohetón a las seis de la mañana un día como hoy (CDSM, dije que sería soez). Qué importa la mujer recién parida hace un par de días y su bebé del apartamento de al lado; qué importa la tristeza de los vecinos de dos pisos más arriba por la muerte del abuelo hace una semana. Viva la indolencia, que mientras, yo sigo armando los legos que le dejó el Niño Jesús a mi hijo y disfrutando de su regalo favorito junto a él: un libro.

Feliz Navidad.

20 dic. 2012

Resumen de lecturas 2012


Pues finalizó un año más (o está por finalizar —depende de Los mayas—) entre libros y lecturas. Algunos de ustedes pasan de visita y saludan desde la puerta en medio del apuro diario; otros, entran se toman un café y dejan sus comentarios entre los escombros.  El año pasado —según veo— leí cuarenta y seis libros y ahora el total para el 2012 subió a cuarenta y ocho. No subí mucho. Me pudiera excusar diciéndoles que no estoy incorporando a la lista unos cuantos libros de teoría literaria, de esos que tienen camisa de fuerza pero que siempre dejan algo bueno; textos nuevos para mí y otros a los cuales siempre vuelvo porque son imprescindibles para degustar y tratar de entender un poquito más la pandemia literaria que tanto nos apasiona. Ah, y unos cuantos libros infantiles que antes de llegar a manos de mi hijo, pasan por la alcabala. En todo caso, sigamos leyendo y promoviendo la lectura, pues como suelo decir, sumar lectores es restar balas. Feliz 2013, námaste.


1. El ojo del vientre de Numa Frías.

2. La puerta de los tres cerrojos  de Sonia Fernández-Vidal.

3. Bitácoras ignotas de Lesbia Quintero.

4. Fábulas de carne y hueso, de Manuel Felipe Sierra.

5. Sin destino de Imre Kertész.

6. Luminoso y amarillo de Mempo Giardinelli

7. Televisión, ver o no ver. ¿Será este el dilema? de Fernando Mariño.

8. Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero.

9. El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses.

10. De cara al río de Joaquín Ortega.

11. Cuentos sin plumas  de Woody Allen

12. Cuentos en el espejo de Marianne Díaz Hernández.

13. Todas las lunas de Gisela Kozak

14. El arte de ser humano (en la empresa), de Raúl Baltar.

15. Los diez mandamientos en el siglo XXI de Fernando Savater.

16. Rosas y duraznos de Marisol Marrero.

17. Portugal y Venezuela: 20 testimonios de Yoyiana Ahumada.

18. Suite francesa de Irène Némirovsky.

19. Aura de Carlos Fuentes.

20. Confesiones de una máscara de Yukio Mishima.

21. Caracas muerde de Héctor Torres.

22. El mal de Montano de Enrique Vila-Matas.

23. Al azar del viento de Ana María Velázquez.

24. Si yo fuera Pedro Infante de Eduardo Liendo.

25. La literatura como exploración Louis Rosenblatt

26. Entre el oro y la carne de José Napoleón Oropeza.

27. Sodoma y Gomorra (En busca del tiempo perdido) de Marcel Proust.

28. Juego cerebral de José Miguel Vásquez

29. Manuel para el más allá de Enzo Pittari.

30. Cuentos para gnomos de Deyanira Díaz.

31. Ocurre a diario de Miguel Marcotrigiano.

32. Eso lo sé de César Segovia.

33. Del diario de la señora Mao de María Teresa Ogliastri.

34. VIII Concurso nacional de cuentos SACVEN (varios autores)

35. Juegos florales de la poesía tradicional, II Concurso de poesía tradicional SACVEN (varios autores).

36. Sauce de versos de Olivia Villoria.

37. Escuela de demonios Jesús Sierra Acosta.

38. Santo oficio de la memoria de Mempo Giardinelli.

39. Hotel de Gabriel Payares.

40. Massaua de Arnoldo Rosas.

41. El amante de Janis Joplin de Elmer Ramírez.

42. La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo.

43. Plata quemada de Ricardo Piglia.

44. Guiones solitarios Carmen Vincenti.

45. Liubliana de Eduardo Sánchez Rugeles.

46. El lenguaje del juego de Daniel Sada.

47. El palacio del llano cumple cien años de Juan Carlos Zapata

48. Los living de Martín Caparrós.

10 dic. 2012

De la libertad


Huele a molienda
en la vieja greca que destila abandono

ya coló la mezcla
de pretéritos granos
tostados en el fogón de los recuerdos

danza como una cobra
la hipnótica filigrana de humo
al ritmo de hastío
y  sirenas lujuriosas

el sabor inigualable
de la libertad sin brújula
también es una prisión.

26 nov. 2012

VEREDICTO V CONCURSO DE POESÍA LIBRERÍA SÓNICA






El jurado conformado por los poetas Miguel Marcotrigiano, Carmen Verde Arocha y Kira Kariakin, quienes amablemente aceptaron leer los trabajos recibidos para el V CONCURSO DE POESÍA LIBRERÍA SÓNICA, cuya temática se centraba en la CIUDAD como objeto poético, decidió otorgar el primer premio al poema titulado AVENENCIAS, cuyo autor resultó ser Héctor Luis Baz Reyes, Pasaporte: 04.230.725-2 natural de Montevideo, Uruguay, y que reside en la ciudad de Lorena (São Paulo) Brasil.
Carmen Verde Arocha dice al respecto: hay en él una limpieza del lenguaje, un excelente uso del lenguaje metafórico y esa necesidad de reconocerse en el otro. Es como si la vida fuera un espejo, en la que nos vemos constantemente reflejados. Por su parte, Miguel Marcotrigiano dice que en Avenencias: La temática es, quizás, más existencial y, por tanto, universal. Permite el vuelo del lector por los lugares mencionados a la vez que se aferra al hombre y su desamparo. Y Kira Kariakin, señala que: es un poema escrito con corrección formal, que apela a imágenes sencillas para expresar la añoranza de lo que las ciudades a veces nos roban, la sensación de pertenencia a la naturaleza. Manifiesta que recuperar esos breves espacios de verde por pequeños que sean y la humanidad que ello representa no depende sino de sus habitantes… En forma y fondo es un poema contemporáneo.

De igual modo, el jurado decidió incorporar como finalista al poema titulado “Av. 20”, cuyo autor resultó ser Marcos Castillo, C.I.: 19.244.554 y es de Venezuela, específicamente de Barquisimeto, Estado Lara.  Del poema “Av. 20”, Marcotrigiano dice que: aborda con  sencillez el tema amoroso (aunque suene a lugar común); son acertados los anclajes en sitios identificables que evitan la dispersión en lo general… tiene un final que habría que ajustar, sobre todo el último verso, por lo predecible o fácil. No obstante, lo siento sincero. Kira Kariakin dice sobre “Av. 20” que: es un poema que se apoya en la descripción de un entorno urbano para enmarcar la nostalgia de un amor y la ensoñación íntima que convoca durante la rutina diaria. Logra su objetivo porque el lector se sumerge en esa ensoñación. El tema y el uso ocasional de la rima lo hacen algo más clásico en su aproximación al tema.

Ambos poetas recibirán una estupenda selección de libros de diversas editoriales venezolanas, tanto de poesía como de narrativa; verán publicados sus poemas en los blogs literarios afines al programa: libreriasonica.blogspot.com y palabrasyescombros.blogspot.com; así como la rotación de sus poemas en el “Módulo literario” de la revista Homo Sapiens Litteratus ubicado en el centro comercial Millenium Mall de Caracas.

Felicitaciones a ambos ganadores y a todos los poetas que participaron enviando sus trabajos desde distintos países, gracias a la magia de la radio, y por supuesto, de las redes sociales en Internet.

Sumar lectores es restar balas.




Héctor Luis Baz Reyes

Profesor de Lengua y Literatura, poeta, narrador y ensayista. Nació en Montevideo (Uruguay) en 1978 y actualmente está radicado en São Paulo (Brasil). Ha publicado “Error en la memoria” su primer poemario, donde algunos de sus textos han sido musicalizados, además de publicaciones en concursos literarios y menciones especiales: “Durazno, corazón cultural de los Orientales”, “A palabra limpia” antologías uruguayas y “Mundo literario” antología argentina. Su último libro: “Las cosas por su nombre y otros cuentos”, fue publicado por la Editorial Pelícano (Colombia). Como ensayista participa en revistas científicas literarias de su actual ciudad, incursionando en las temáticas vinculadas a la narrativa hispanoamericana y a los estudios de género “Circe” o el encanto de la viuda negra. Un cuento de Julio Cortázar”, “Umbrales y congruencias modernas de los géneros literarios” en coautoría y traducción, entre otros artículos. Estudiante de Letras portugués-español en la Universidad Metodista de São Paulo y Estudiante de la maestría en Ciencias Sociales, Universidad Arcis, Santiago de Chile. También realiza traducciones literarias y es docente de Español como lengua extranjera.  


Avenencias

En Beijing un hombre limpia sus zapatos
y descansa sus dedos híbridos
en el césped que un día,
será verde otra vez.

En Estocolmo, en París, en Quito,
la argamasa es el paisaje que ruge el viento,
polvo gris que una vez fue aire, árbol, tierra negra.

En Londres un anciano recuerda que una vez…
alguna especie de pájaro nocturno,
ave de plaza
selvas, cetáceos y monos
respiraban algo más que la tinta colorida de una enciclopedia.

Ya no hay superhéroes capaces de ir hacia atrás en el tiempo,
no existen las hadas, las calabazas mágicas, los Dioses omnipotentes.
Beijing es Estocolmo, Estocolmo París y París es Quito.

Londres no existe.

A pesar de un aparente equilibrio, de un cielo amarillo,
de agua, y más agua en todas las esquinas,
el césped crece en la única tierra potable que existe,
un pedazo de nosotros en el abismo de los humanos.

En Beijing, un hombre descansa sus pies en el cemento.
El césped, tímidamente descubre el sol
y se sacude el pasado.

Llega un caminante y lo riega, son dos y lo cubren.
Llegan más y lo abonan,

otros…
…desmontan la calzada.


Marcos Castillo Zambrano

Novel escritor y poeta aún inédito con numerosos poemarios que conjugan las causas políticas y la poética, la literatura comprometida por citar a Jean-Paul Sartre. Finalista del V Premio de Ortografía Andrés Bello(Barinas 2006). Finalista del I Premio de Ensayo Arturo Uslar Pietri de EL NACIONAL (Caracas 2008). Influencia Literaria: Rafael Cadenas, José Pepe Barroeta, Eugenio Montejo, Mario Benedetti, Octavio Paz, Cesar Vallejo, Rimbaud, William Faulkner, Dos Passos, Sartre, Albert Camus.  Fue secretario de Cultura Centro de Estudiantes Pedro Rincón Gutiérrez (ULA-MÉRIDA 2007-2008) y Vice-Presidente Centro de Estudiantes Pedro Rincón Gutiérrez (ULA-MÉRIDA 2009-2010). Actualmente (Noviembre 2012) es pasante en la Gobernación del Estado Lara de la Carrera de Ciencias Políticas para obtener el título de Politólogo (Universidad de Los Andes ULA-Mérida).


Av. 20

Déjame dos besos en la Avenida 20
de Barquisimeto,
uno para olvidarme
otro para malgastarlo
en las noches impares
de La Cibeles; en Mérida sobran.
Aquellas veces en que eras
el ábaco del mundo
descontando los lunares de tu espalda
en manos mías a contraluz del cristal
de esta oficina, mientras allá afuera el mundo
cabe en la Ruta Nro. 7
que pasa por el aeropuerto Jacinto Lara.
Tenía la nariz arqueada la mujer
que me enseñó a completar
soledades detrás de la barricada.
No es casualidad que te enumere
en el álgebra de los días
cuando camino por la Av. Vargas
y la ciudad me mira con
buhoneros y sucursales,
quizás sea así en otra ciudad
sin embargo en Barquisimeto la vida,
al menos la mía, es igual a dos besos de ella.

8 nov. 2012

Guiones solitarios


Tres relatos, tres formas narrativas que van más allá del vano deseo de figurar. Simplemente escribir, entregarse al oficio que se reconstruye en sí mismo para alcanzar elegancia y maestría en la palabra. En cada página se ve el dominio del proceso narrativo. Cada imagen, cada oración, están allí muy bien escogidas tras un proceso de exquisita selección que da forma a una coherencia absoluta del texto. Esto es lo que hace Carmen Vincenti en sus Guiones solitarios.

El libro abre con Diálogos en el agua, un relato que se destaca por estar la gran parte de sus líneas en modo condicional: las acciones parecen que nunca han sucedido y esa incertidumbre te envuelve de principio a fin.  La voz narrativa pone en duda lo que está escribiendo, tal como si el ejercicio escritural mostrara las costuras por donde se va hilando, incluyendo la duda sobre el nombre del personaje principal, Claudio, que también pudiera ser Claudio/Carlos (o Eduardo). Este relato es lo que el maestro José Balza pudiera llamar un “ejercicio narrativo”. Por algo la duda y la muestra sobre el papel en cuanto a lo que la autora busca: “Es necesario que Claudio/Carlos tenga un pasado (oculto). De cuando se llamaba Eduardo...” También es menester agregar  que el  gran misterio del relato está centrado en la imagen casi fantasmal de la mujer de blanco y en determinar si Claudio es un demente o no, aderezado con los atisbos de humor que le imprimen los peces que dialogan entre sí, quienes además terminan siendo la única compañía de Claudio.

El segundo relato es Monólogo para un crimen. Aquí asistiremos a la historia de una mujer desesperada por cometer un crimen perfecto. Imagina que mata a su jefe (¿quién no lo ha hecho?), pero son unos vecinos los candidatos perfectos para hacer apología del crimen. Uno de los detonantes para llevar a cabo su malévolo plan, ha sido la lectura de El asesinato como una de las bellas artes de De Quincey, en donde halló la motivación para llevar a cabo el asesinato.  Pensó en la ingesta de “fugu”, pero se decantó por utilizar un par de escorpiones amaestrados para concretar el crimen. La particular descripción que hace la autora de los escorpiones es fisiológicamente magistral y mientras la piel se te eriza en la lectura, la asesina, una destacada orfebre, se encomienda a los santos como todo buen sicario que se precie: “San Eligio, patrono de los orfebres, protege mis pasos”, dice.

El tercer y último relato se titula Solo a varias voces en donde lo más destacado en sus páginas es el proceso de humanización de todas y cada una de las cosas que participan en él.  El espejo, el piano, las paredes, el escaparate, el reloj de pared, las cajas de libros y muchas cosas más, atestiguan la historia de una hermosa, solitaria y triste escritora que despertaba envidia en las demás mujeres y a quien le llegó tarde la gloria, y su hija, la cual no se sentía para nada contenta con el oficio de su progenitora. Cada objeto presenta su propia perspectiva de la situación pero no hay interacción alguna entre ellos, y mientras se desarrolla la historia, aparecen algunos misteriosos manuscritos como un inesperado testamento que dará cuenta de quiénes serán los favorecidos en una hipotética herencia.

Guiones solitarios ofrece a sus lectores la esencia misma de lo que es escribir, narrar para el deleite de quien no se conforma con menos. Aquí puede verse perfectamente una pluma depurada, que incluso, halla de manera sutil, la incorporación de la denuncia y la crítica a la situación política tan en boga hoy día en nuestro país, sin que ello se transforme en el asunto primordial de lo que se cuenta. Un simple guiño para tomar postura ante una realidad latente.  Una lectura más que recomendable.

1 nov. 2012

Violencia en la literatura


Yo por él no siento compasión,
nunca en vida él hizo algo por mí.
Si es entre él y yo la selección,
no me dolerá verlo morir.
Sicarios, Rubén Blades.

El fin de semana pasado lo único disponible para ver en el cine era “El cartel de los sapos” —al menos en el horario en que yo llegué—, una adaptación del libro homónimo de Andrés López López. No lo he leído y en mi oficina ya tengo la segunda parte del mismo libro (que tampoco he leído). Lo cierto es que entré con cierta aprehensión a la sala, porque para ver una película violenta, me basta con caminar por Caracas (que cerró el mes de octubre con 532 muertes violentas), y estar atento, o leer la prensa, o escuchar el cuento de cualquier vecino. Pero en fin, cotufas en mano, me dispuse a pasar el rato. Buena producción, buenos efectos, buenas actuaciones...

Pero no voy a hablarles de cine y de la película en cuestión, voy hacerlo sobre un tema que me rondaba la cabeza después de tres lecturas que hice, todas con un elemento en común: la violencia. Digamos que la película me dio el último impulso para hacerlo. En todo caso y para entrar en materia, la violencia existe desde que el ser humano hizo su aparición triunfal sobre la tierra, por las razones que sea, y no me extiendo aquí pues desde esta perspectiva, es más un asunto antropológico que literario. Pensemos pues en los grandes clásicos griegos, en La Odisea, en La Ilíada, y un largo abanico de buenos ejemplos en donde la violencia forma parte sustancial del mundo narrado (vaya violencia la de los dioses griegos). Es una suerte de germen, de código genético que acompaña a nuestra raza.

Me arriesgo entonces, y sin intención de ser axiomático, a comentarles sobre la violencia en la literatura, y particularmente, en las novelas La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo; Plata quemada (1997) de Ricardo Piglia y El amante de Janis Joplin (2008) de Élmer Mendoza. La novela del oriundo de Medellín, también fue llevada al cine alcanzando premios importantes y la historia se desarrolla en su pueblo natal, en donde la mafia, las drogas, el sicariato y la homosexualidad son los temas principales. La rudeza del lenguaje utilizado, enmarca a la perfección todo el entorno hostil y decadente de sus personajes, empezando por Fernando, que siendo ya un adulto, intelectual él, quien exclama molesto: “¿Yo un presunto sicario? ¡Desgraciados! ¡Yo soy un presunto gramático!”, termina envuelto en ese mundo maltrecho de la mano de su amante, Alexis, un analfabeta y joven sicario.

Plata quemada, por su parte, no deja ser menos violenta que la anterior, más aún si tomamos en cuenta que está basada en un famoso asalto que se dio en Buenos Aires a mediados de la década de los sesenta. Al margen del tiempo que el autor tardó en escribir la novela y del proceso de investigación que le imprimió a su trabajo, el perfil de los personajes y la manera en que está presentada la historia, dejan muy en claro que la violencia se repotencia en sí misma, justificándose para lograr su objetivo, sea cual sea, matar a alguien por encargo, o hacerse del botín del banco a toda costa. Hay algunos elementos dentro de la novela que te arrancan una sonrisa, particularmente cuando los delincuentes conversan entre ellos o enfrentan a los policías. Esto también se puede ver en mayor grado en La virgen de los sicarios, cuando Fernando con toda su cultura a cuestas, tiene que bajar los escalones del saber para interactuar con su entorno. Estos pequeños atisbos de humor están allí para paliar un poco, el arsenal de situaciones de extremo dolor y violencia que ambos textos salpican la lectura de principio a fin.

El caso de El amante de Janis Joplin, no es cuento de hadas en comparación a los anteriores, pero tal vez eso que mencioné en el párrafo anterior como “atisbos de humor”, están más exaltados aquí pues su personaje principal David Valenzuela (el tonto del pueblo, alias el “Sandy”), después de cobrar su primera víctima fatal de manera fortuita al meterle un peñonazo fulminante a uno de los Castro (no tiene que ver con los de la isla), su otro yo, su parte “reencarnable” como dice el texto, habla con él, lo incita a delinquir, lo acosa mentalmente a que se vuelva un chico malo (que de hecho no es, pero tampoco es normal), en una ciudad como Sinaloa que al menor parpadeo la violencia te arrastra contigo.

Estas novelas tienen tres puntos en común: la violencia como motor principal de todas las acciones: dice Dorda (en Plata quemada): “La maldad —muy acelerado con la mezcla de la anfeta y la coca— no es algo que se haga con la voluntad, es una luz que viene y que te lleva”.  Alexis en La virgen de los sicarios: “corrió hacia el hippie, se le adelantó, dio media vuelta, sacó el revólver y a pocos palmos le chantó un tiro en la frente, en el puro centro, donde el miércoles de ceniza te ponen la santa cruz”.

Como segundo punto, esa extraña voz que los acompaña en sus fechorías, ese otro yo hablante que los instiga y atormenta en sus pensamientos: David dice: “traigo el diablo en la cabeza”, la misma que le decía que “se dejara de pendejadas, que se acostumbrara a su presencia, que sus miedos le importaban un carajo”. En Plata quemada: “Los que matan por matar es porque escuchan voces, oyen hablar a la gente, están comunicados con la central, con la voz de los muertos, de los ausentes, de las mujeres perdidas, es como un zumbido, decía Dorda, una cosa eléctrica que hace cric, cric adentro del mate y no te deja dormir”.

El tercer punto tiene que ver con el profundo sentido religioso que acompaña a sus personajes: “El Nene se tocó la medallita de la Virgen para darse suerte y se largó a la calle. Era tan flaco y tan frágil y estaba tan drogado que parecía un enfermo...” (en Plata quemada);  dice el Cholo, tocándose (en La amante de Janis Joplin) “la estampita de los santos patronos de los narcos: si todo sale bien, Malverde bendito —se dirigió al ánima que cada vez ganaba más terreno como santo de la raza—, cuenta con tus veladoras y una lana en tu capilla”. Y en La virgen de los sicarios, “Virgencita niña, María Auxiliadora que te conozco desde mi infancia, desde el colegio de los salesianos donde estudié; que eres más mía que de esta multitud novelera, hazme un favor: que este niño que ves rezándote, ante ti, a mi lado, que sea mi último y definitivo amor, que no lo traicione, que no me traicione, amén”, dice Fernando, mientras Alexis, lleva “tres escapularios, que son lo que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen”. Y no puedo dejar de mencionar al Sandy (David, en El amante de Janis Joplin), que a pesar de su deficiencia mental, usaba “sus dos cadenas: una con la virgen de Guadalupe y otra con San Judas Tadeo”.

Son infinitos los ejemplos y paralelismos existentes entre estas novelas, que de por sí, merecen cada una por separado, una aproximación más detallada. Esta escueta reseña que utiliza el tema de la violencia en la literatura como eje principal, puede ampliarse mucho más con otros textos que van en el mismo orden de ideas, tales como Rosario Tijeras de Jorge Franco; Animal tropical de Pedro Juan Gutiérrez, textos que no he leído pero que entiendo llevan el tema de la violencia en cada una de sus páginas, o el mismo libro testimonial de Roberto Saviano: Gomorra (que sí leí), pueden funcionar perfectamente para ampliar el tema. Ahora, me pregunto y especulo un tanto: ¿se podrá hablar de una estética de la violencia? Aún no tengo una respuesta, pero lo que sí es cierto, es que cada autor y sus textos, utiliza la violencia como ¿herramienta? discursiva, tal vez para denunciar o simplemente contar lo que la realidad coloca en sus narices, la cual trasciende hasta convertirse en literatura.  Hago otra pregunta: ¿pudiéramos llamarlas novelas de reconstrucción social? No lo sé, pero como bien dice Vallejo en su novela: “Cuando a una sociedad la empiezan a analizar los sociólogos, ay mi Dios, se jodió, como el que cae en manos del psiquiatra”.


Infimo glosario:

La tartamuda: la metralleta
María muñeca: ¿hace falta decir qué es?
Un cana: policía
La finada: la muerte
Gonorrea: el insulto más fuerte en cualquier barrio de Medellín.
El muñeco: el muerto
Un camello: un encargo, un trabajo.
Hijoeputa y malparido: “las infaltables delicadezas sin las cuales esta raza fina y sutil no puede abrir la boca”, dice Vallejo.

25 oct. 2012

Massaua


Massaua es una historia que convence, no tanto por estar basada en hechos reales, lo cual ya le da un cariz de verosimilitud importante, sino porque dentro de su mundo ficcional y narrativo, se mezclan elementos que atrapan la lectura de principio a fin. Podemos hablar de Massaua como una novela histórica, pero también como un texto de aventura, de viaje o de crónica. Me resultó imposible no hacer el paralelismo entre Ismael, el entrañable personaje de la novela  de Melville, Moby Dick, con el personaje principal que lleva el hilo conductor de Massaua, “el roblero”: ambos inexpertos, ambos un tanto timoratos pero deseosos ante la idea de un primer viaje en barco y sus nulos conocimientos al respecto, el primero como pescador de ballenas, y el segundo, como buzo pescador de ostras.

La novela ofrece de entrada un enigma y es el hecho de querer descubrir a quién le habla el roblero a medida que comienza la aventura de dieciocho hombres que, embaucados, no van a su destino final que es en la India, buscando las perlas más hermosas del planeta, sino a Massaua, un pueblo costero de Eritrea en la costa oriental de África, en donde todo es aridez, penurias y está por estallar la primera bomba en la guerra Italo-Abisinia. Allí comienzan a vivir un prolongado y desesperante Vía crucis por sobrevivir, mientras el sueño latente de hacerse ricos los mantiene en pie a pesar del hambre y la miseria.

El elemento religioso no puede faltar en una novela en donde sus personajes son todos devotos de la Virgen del Valle. La fe ciega en la patrona los mantiene de buen ánimo, a ella se encomiendan ante el fracaso y el extravío para que con su gracia divina los saque del atolladero.  El roblero también cree en ella, pero también le reza a una foto maltrecha con la figura de su madre, muerta de manera terrible y accidental bajo una cruenta tormenta en la isla de margarita. Habla con ella, discute y en más de una ocasión, la imagen lo intimida tal como lo hacía cuando estaba viva.

Massaua lleva en sus páginas también, el típico humor que caracteriza al gentilicio margariteño. Aquí están las palabras, los modismos, la manera de hablar tan particular de su gente, con la ventaja de que por escrito, se entiende perfectamente. Las chanzas no cesan entre los aventureros de Pampatar, Juan Griego y Porlamar, en contra del único representante de Los Robles. Lo tildan de tramposo y malamañoso, pero irónicamente -estrategia del autor-, no hay personaje más noble e ingenuo que el roblero.

Arnoldo Rosas emplea en su obra, además, un léxico dentro de los personajes que nace de la pasión por el beisbol: el estás ponchao, el te tienen en tres y dos, por nombrar unos pocos, o la comparación de la fuerza del ciclón del 33 con un poderoso pitcher; enriquece el contexto narrativo con una ingente cantidad de refranes para generar ese ambiente desenfadado en medio de la debacle:  “El que bebe agua en tapara y se casa en tierra ajena, no sabe si el agua es clara o si la mujer es buena”; “Más caliente que plancha de chino”; “todos los días nace un venado y consigue quien lo cace” o “Más vale un diablo de oro, que un Cristo de plata”.

Las referencias literarias que acompañan la lectura y el recorrido de estos aventureros, también forman parte de esta travesía. No puedo dejar de mencionar a Manuel Díaz Rodríguez, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva y a Julio Garmendia, quien tiene un rol importante dentro de la trama gracias a su Tienda de muñecos, libro que es casi un personaje más dentro de la historia, texto que mimetiza el estado físico del roblero: así como está de destruido, casi en harapos, así está el texto: amarrillento, sucio, maltratado.  No obstante, en muchas ocasiones, son los cuentos de Garmendia lo que levanta el ánimo de los dieciocho y despedazados marineros, atentos a la anécdota, que en voz del roblero, cobra vida.

Por último y no menos importante, la música, la gastronomía (incluyendo un listado de los pescados más comunes en la mesa margariteña), los paisajes, la naturaleza, y otros aspectos más, están destacados en Massaua. Sorprende, además, la ferviente admiración que el roblero le profesa a Juan Vicente Gómez, pero esto es otro de los guiños que Arnoldo Rosas coloca en el texto para que sea el lector quien descifre el por qué de semejante adoración (si es que la hay). Massaua está pletórica de anécdotas e incógnitas, en donde todas cierran con su respuesta o desenlace, excepto una que por misteriosa, te deja con ganas de seguir leyendo más. La intención de generar entusiasmo en el lector está sembrada desde la primera página. Es un texto de quinientas páginas que jamás decae en el ritmo, aunque con unas cuantas hojas menos creo que el resultado hubiera sido igual de bueno. Les invito a sumarse a la lectura, no se arrepentirán.

4 oct. 2012

Hotel


Sin duda alguna la escritura es esfuerzo y empeño. En este oficio silencioso y solitario, el encuentro del escritor es consigo mismo. Es hallarse frente a frente con sus avatares, viéndose en un espejo imaginario que deviene en historias y lo que la memoria le tenga reservado como caldo de cultivo para sus letras. No puedo decir mejores cosas que las que ya están dichas en el prólogo que le hace el maestro Ednodio Quintero a Hotel de Gabriel Payares. Mi atrevimiento no llegaría a tanto. Pero sí puedo añadir, pues lo recuerdo claramente, que hace tres años Gabriel y yo conversamos sobre Cuando bajaron las aguas y le comentaba sobre lo mucho que me había gustado y lo bien que estaba escrito.

Unos años después leo Hotel y no es que solamente siento lo mismo, sino que evidentemente hay ya entre sus páginas, el claro perfil de alguien que escribe, alguien a quien se le siente el empeño por hacer literatura, tal como dice Ednodio, alguien “que está llegando a un punto de madurez” y que a mi juicio, tiene muy claro hacia donde va su trabajo creativo.

Llegando a la treintena de vida (meses más meses menos), Payares habla dentro del texto de hijos y divorcios; de desventuras y extravíos con la soltura y la experiencia —digamos— de alguien de cincuenta y es capaz de ver lo pueril que pueden llegar a ser los alumnos que aún están “en la llama estéril que caracteriza la veintena”. Etapa que apenas ha cruzado, pero que dentro de lo que nos compete, la literatura, ha ido sumando méritos con su trabajo para proyectarse más allá del común de los noveles escritores.  

Hotel entonces seduce más allá de la solitaria palabra, ese inmueble efímero e impersonal por el cual todos hemos pasado alguna vez en la vida, y allí, desde adentro, desde cualquiera de sus siete habitaciones que son los siete relatos contenidos en el texto (más el lobby de Quintero), somos envueltos por una fuerza centrípeta narrativa que nos lleva a un punto inevitable que no te suelta, en donde nos encontramos con una voz clara y definida que relata desde su intimidad ficcional, sus pensamientos, temores y fracasos. Además, el narrador muta y se expande, dando cabida a la proyección de la propia voz de Payares, claramente identificable y que se cuestiona a sí mismo cuando dice: “¿No intenté yo mismo construirme un refugio en las historias que contar, en los inventos pulidos con el insomnio y tendidos en bandeja de papel?”

El truco de lo literario está muy bien servido en Hotel, que desde un principio, saca de la chistera el tema del desarraigo como estratagema e hilo conductor, en ocasiones agazapado tras la anécdota, y otras tantas, más a flor de piel. “Ninguna ciudad nos pertenece mientras no tengamos relatos que la compongan”, dice Payares, pero con Hotel se da una suerte de apropiación de cada uno de los entornos que relata y “nos” relata, bien como espectadores de sus páginas o como habitantes reales y caóticos de cualquier ciudad. Lo que nos falta ahora es leer alguna novela de su autoría. ¿Estará en proceso o será que ciertamente “todo lo sólido se desvanece en el aire”? Habrá que esperar, pero mientras el tiempo pasa, The Payares´s Hotel es una lectura ineludible de nuestras letras locales. 

1 oct. 2012

Intemperie

Estar solo es una orgía
con lo infinito
piensa el mundano en su intemperie
que aunque lacayo de encierro
las tunantes antípodas
tristeza y alegría
se yerguen amancebadas
sobre el negro estribo del universo


cada minúsculo brillo
cada ilusión de estrellas
conspiran desde un remoto pasado
lanzando la estentórea voz de los dioses


rabia
dolor
son las paredes de este cuarto
suspendido en el quinto piso
de un pájaro en vuelo

26 sept. 2012

Santo oficio de la memoria


A más de uno le habrá sucedido que se encuentra con un libro y se dice: «¿Por qué no la había leído antes?». Esto me pasó con Santo oficio de la memoria de Mempo Giardinelli. Desde la primera página saltan las plurivalentes voces que narran, que cuentan desde su yo interno muy particular, la historia de la familia Domeniconelle y desde ésta, la argentinidad y su gentilicio con todas sus taras y grandezas.
La novela comienza relatando el asesinato del Nono Antonio y en torno a ese triste hecho, se va enarbolando el árbol histórico de un país formado por inmigrantes, especialmente por italianos, que llegaron con los sueños de grandeza en una maleta. Desde esta perspectiva, Santo oficio de la memoria, tiene mucho de novela histórica, pero sin ninguna pretensión académica, valiéndose de la ficción para que el lector sea quien compare, reflexione, investigue. Son los personajes los encargados de contar todo con una desenvoltura admirable, y muy especialmente, Ángela Stracciattivaglini (la Nona), que es centro de poder en la familia y timón de vida para muchas cosas. Es sarcástica, insoportable, brillante, impredecible  y nada se le escapa; habla con propiedad envidiable de literatura, de música, de historia y hasta de los ciclos hormonales de la mujer. Este personaje, la Nona, como muchas que conozco en la vida real, no tiene pelos en la lengua. Te la tenés que bancar sí o sí con todo lo que se le ocurre. Como hecho curioso, uno de sus libros favoritos es el Manual de urbanidad y buenas costumbres del venezolano Manuel Carreño, texto con el cual tortura psicológicamente a sus hijas y nietas citándolo en cada oportunidad que se le presente, con poca sutileza y mano dura.
Si bien es cierto que la novela es compleja, no deja de ser entretenida, llena de humor y pletórica de descollantes parrafadas que atraviesan todo el siglo XX con tres generaciones de Domeniconelle dando el parte de vida con sus ambiciones, sus fracasos, sus temores, los amores vencidos, los inconclusos y los imposibles. Inmigración y exilio son puntos de anclaje para desarrollar el contexto que abarca toda la obra, y Mempo Giardinelli, los traza con maestría literaria, incluso con picardía y sensualidad gracias a estos personajes densos, profundos e inolvidables, que en su mayoría, son mujeres, pues los hombres de este clan no son muchos: no me gusta recordar la desgracia de los hombres de esta familia: encima que son pocos, los matan jóvenes…hombres nada ilustres, todos signados por muertes trágicas…y por una vieja loca, admirable pero loca, que no se cansa de jodernos la vida cada vez que puede…
Lo rico de ver a esta saga de italianos inmigrantes en Argentina, es que son extrapolables perfectamente a cualquier país de Latinoamérica, que al menos en el caso venezolano, tienen mucho en común. Ver cómo interactúan entre ellos (en la novela) es ver a cuanta familia italiana vive en Venezuela, y valga decir, para beneplácito de nuestra cultura. No obstante, dentro del texto existe también una clara presencia de ese machismo italiano tan recalcitrante, sin dejar de lado elementos racistas e incluso clasistas, que están allí atestiguando todo un proceso de formación histórico y social.
La memoria es ese encuentro al cual el autor nos invita a ejercitarnos, y parte de esa lúdica propuesta, está presente en un personaje que sin nombre, se llama “El tonto de la buena memoria”, pues lo único que hace es escuchar y escribir todo, no olvida nada y por ello se le torna insoportable a su propia familia. Con este personaje se añade un elemento oral a la novela para el disfrute de todos, y como diría el slogan de un banco ya inexistente en Venezuela, “no tiene ni un pelo de tonto”. Como bien dijo: lo que no saben es que no escribo para matar el tiempo, sino para revivirlo. Yo hago la memoria, la construyo escribiendo porque olvidar es matar. Es quien reconstruye la historia gracias a los cuadernos que le sirven de terapeuta, y a través de éstos, abulta el haber de la memoria colectiva de los Domeniconelle.
Santo oficio de la memoria, novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos en 1993, sencillamente una obra maestra fascinante.
Un trío de magníficas frases:
El silencio es como un chocolate hirviente que nadie quiere beber porque está envenenado.
La culpa es la ira sutil de Dios.
El amor, esa dulce obstinación que tenemos por encarcelar nuestra libertad.

21 sept. 2012

Eso lo sé: ocurre a diario un sauce de versos


La poesía está allí. Indefectiblemente coquetea con todo aquel que disfruta de las palabras y su multiplicidad infinita de significados. Cualquier lector, por avezado o primerizo que sea, sabe que en ella –en la poesía–, hay algo inaprensible, algo que se escapa entre las manos y el pensamiento que no logra definir, pero que al oído del pecho y la conciencia, con brío y contundencia, no pasa desapercibida con esa sonoridad que invoca emociones inmemoriales que se repiten hasta el presente de cada quien. Esto mismo lo dijo Octavio Paz a la perfección hace más de dos décadas: “La poesía es la memoria de los pueblos y una de sus funciones, quizá la primordial, es precisamente la transfiguración del pasado en presencia viva”. Es tenerla aquí y en el ahora, con sus estratagemas envolventes, hablando de las cosas más sencillas de la vida pero sublimando al máximo cada verbo, cada sustantivo; predicando lo más elemental del día a día, lo que está al alcance de todos, pero que sólo el poeta sabe pintar con colores distintos al ocre común de los mortales.

Entonces por el camino de la poesía, que muchas ocasiones se torna tan esquivo para algunos, y tan certero, preciso e insuperable para otros al momento de andar sobre él para construirla, amasarla y pulirla para el disfrute de todos, llego a tres voces poéticas distintas pero que seguramente guardan entre sí el deseo entrañable de conquistarla y poseerla: un norte si se quiere absurdo, pues es ella quien –y repito el inciso: la poesía– termina poseyendo al poeta. La primera de ella es la de Miguel Marcotrigiano y su Ocurre a diario, una antología poética que da fe de una palabra fecunda y madura, que hace de los versos un acantilado de imágenes sugerentes, recurriendo a la memoria para lograr su propia “poiesis”, su constructo y su savia, en donde Una palabra atascada/ puede ser más peligrosa/ que una ciudad/ cercada por la jauría.

Luego llegué a Eso lo sé del poeta César Segovia, en donde nos damos cuenta que lo lúdico de la palabra está ahí, en cualquier parte, pero hay que abrir los ojos muy bien para darse cuenta. Este libro construido a fuerza de palíndromos, deja muy en claro la puesta en oficio de Segovia: horas de sillas, horas de lecturas, de escritura, de divertimento –y seguramente–, de cansancio y desesperación por llegar a un nuevo palin dromein en su forma griega. Y aunque “Orar no da paz, agazapa: don raro”, según canta el poeta, es innegable que tiene la virtud, el don, de ver palíndromos en muchas partes, aunque en ocasiones le cueste.

Por último y no menos importante, Olivia Viloria debuta con su Sauce de versos, un poemario que cautiva por su lirismo, su evocación sonora a través de los cuales expone alma, sentimiento y reflexión. Su poesía, aunque lleva consigo una fuerte carga romántica y en ocasiones erótica, no deja de ser profunda y con un dejo de tristeza que pone al alcance de todos la palabra sincera de alguien que siente y padece; que construye y sabe decantar con precisión qué decir y cómo decirlo: Me gustan las caricias de tus sustantivos.

Tres maneras distintas de hacer poesía, pero que miran a la misma meta: la pasión por la palabra poética. Debo comentar que tanto Eso lo sé como Sauce de versos, pertenecen a dos editoriales, Lugar Común y Lector Cómplice respectivamente, quienes están apostando fuerte a nuestras voces y ese esfuerzo merece el reconocimiento de todos los que de una u otra forma estamos vinculados a la literatura, sobre todo en un país catapultado en crisis de todo tipo y un largo tabú sobre si se lee o no poesía. Mi opinión: sí se lee, claro que sí.

6 sept. 2012

Sodoma y Gomorra


Continúo con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Finalizada mi lectura del cuarto libro de la heptología, Sodoma y Gomorra, quedo impregnado de esta resaca literaria antes de entrarle al quinto volumen. Como dije en la primera reseña que hiciera sobre Proust, el texto ofrece un sublime placer en el acto de lectura que sobrepasa la dificultad del mismo. Y esto se mantiene en Sodoma y Gomorra, donde el aspecto de la vida social parisina sigue siendo el plato fuerte de esta inconmensurable obra, a través de la cual, el autor incorpora los pequeños detalles del día a día: el amor, los celos, la envidia, los placeres, las perturbaciones, entre tantos otros tópicos, para construir el reflejo de ese mundo del cual fue parte.



Los personajes más destacados en esta cuarta entrega, son Palamedes y Albertina, y la extraña relación que se forja entre éstos. No obstante, la presencia de Albertina comienza a destacarse y a cobrar fuerza más allá de la mitad del libro,  y desde el punto de vista de su sexualidad, de los deseos que despierta en el narrador (¿Proust?), que en determinado momento se confunde por las emociones que le despierta a pesar de “los celos que le causaban las mujeres que acaso amaba Albertina”. El lector es interpelado, en ocasiones, para que reflexione sobre las ideas que van recorriendo las páginas, mientras las escenas se prolongan e imbrican una tras otra, incluyendo hasta el tema de la homosexualidad (seguro que por esto el título) enfocado particularmente en el barón de Charlus (Palamedes) y su affaire con Morel (y también con Jupien), a quien  le gustaban “las mujeres y los hombres lo bastante para satisfacer a cada sexo con ayuda de lo que había experimentado en el otro”.

En Sodoma y Gomorra hay espacio hasta para la etimología botánica, así que entregarse a una lectura como esta, es entregarse a una cantidad ingente de situaciones, ideas e historias que están en todas partes, pero que Proust las contó de manera única e irrepetible, tal como se refiere a Albertina en determinado momento: La conversación de una mujer amada es como un suelo que cubre un agua subterránea y peligrosa. Siempre se siente detrás de las palabras la presencia, el frío penetrante de un charco invisible; se percibe acá y allá su pérfido goteo, pero el agua permanece oculta.  

Esta obra es una de las más abandonadas por los lectores, pero una vez que te entregas a ella, el vicio proustiano te atrapa y no te suelta. Algunas frases memorables para el disfrute de todos:


El más peligroso de todos los recelos es el de la culpa misma en el ánimo del culpable.

Cuando se espera, la ausencia de lo que se desea hace sufrir tanto que no se puede soportar ninguna otra presencia.

Nos curaríamos de todo romanticismo si, para pensar en la persona que amamos, nos pusiéramos en el que seremos cuando hayamos dejado de amarla.

La enfermedad es el médico más escuchado: a la bondad, al saber, no se sabe más que prometer; al sufrimiento se le obedece.

Las perturbaciones de la memoria están ligadas a las intermitencias del corazón.

Las personas, a medida que las vamos conociendo, son como un metal sumergido en un líquido que  le ataca: se ve cómo pierden poco a poco sus cualidades (y a veces sus defectos).

En todo clan, sea mundano, político, literario, se adquiere una facilidad perversa para descubrir en una conversación, en un discurso oficial, en una noticia, en un soneto, todo lo que al honrado lector no se le hubiera ocurrido jamás ver en ello.

Cuando se tiene necesidad de los demás,  hay que procurar no ser tan idiota.

El enamorado, como un nadador,  pierde pronto de vista la tierra.

El amor causa verdaderos levantamientos geológicos del pensamiento.