24 ene. 2013

El palacio del llano cumple cien años


Juan Carlos Zapata nació en el llano, así que desde la infancia supo lo que era un amanecer en aquellas largas extensiones de tierra; cuál era la fauna que recibía al sol naciente, como al poniente, frente a los ojos curiosos de un niño que de seguro todo lo preguntaba. Pero amén de esto, aquel futuro escritor bebió del discurso propio del llano, ese que asusta y espanta, y que construye una imaginería que pasa de boca en boca a través de los cuentos narrados por los más viejos, los mismos que de seguro alimentaron sus miedos y emociones desde la inocencia.

Esa es la voz que hallamos en El palacio del llano cumple cien años. Una voz que suena a cuento, a grata tertulia con un amigo que quiere entretenerte con sus ocurrencias, pero con la destreza de un periodista que sabe por dónde escudriñar para envolverte. Así hace Zapata desde una narrativa pulida, con la clara ambición de mantener su nombre dentro de la producción literaria nacional. Salvando la diferencia temática que representa esta reciente producción con respecto a Doña Bárbara con Kalashnikov, también de su autoría, está más que claro que desde hace tiempo el autor venía macerando una suerte de homenaje a Rómulo Gallegos y especialmente a su obra más celebrada: Doña Bárbara.

Aquí la voz en primera persona nos acerca a una historia que retrocede en el tiempo, 1921 para ser exacto, cuando San Fernando de Apure era  “el segundo puerto fluvial de país”. En más de una ocasión nos preguntamos quién narra, esa voz implícita o el propio autor. Allí el borderline del que tanto se habla en literatura, ese que delimita la ficción y la realidad para beneplácito y sana inquietud en los lectores. La investidura periodística de Zapata se evidencia, y deja en claro, que tras toda la historia hubo mucha investigación: “En las fuentes que revisé, destacan las expectativas en torno al viaje”, dice.

El tema de la locura también está presente en la obra y podemos asistir a una amena conversación entre madre e hijo que en más de una ocasión te saca una sonrisa; seremos testigos del lucrativo negocio de las plumas de garza (“el oro blanco de Apure”); del viaje de Gallegos y la ruta seguida hacia el llano, ese “prodigio” que dio origen a Doña Bárbara. También a las anécdotas y a los misterios de pueblo; a la monumental construcción de un palacio imponente en medio del llano y al ejemplo perfecto de la oralidad como fuente y recurso discursivo que hace de  El palacio del llano cumple cien años, un texto memorable, cuya estructura, además, cuarenta y tres capítulos que parecen pequeños relatos, hacen de la lectura un trayecto placentero.

Juan Carlos Zapata distribuye muy bien el anecdotario y las vivencias de personajes como los Barbarito (“Los amos de Apure”) a lo largo de la obra; hace una breve mirada  a hombres que forman parte de la historia venezolana como lo son Juan Vicente Gómez, Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, así como a la mujer que inspiró a Gallegos para crear a Doña Bárbara, entre otros. Abarca décadas de historia como depositaria de toda una tradición que se empalma con lo literario. En El palacio del llano cumple cien años, todo es descrito con delicada minuciosidad.

18 ene. 2013

2013

pic by me


María Guevara, que yacía con sus dotes naturales exentas de bisturí mientras el sol besaba su bajo vientre, obsequiaba el último atardecer del 2012, un fin de año y el inicio del nuevo que pudo ser perfectamente la versión venezolana de la película “Qué pasó ayer” (Hangover) en El Yaque. Nalgas por aquí, tetas por allá, alcohol, yerba y pólvora, mucha pólvora. Esa hermosa playa en donde de día se viste de colores naturales y también de los artificiales gracias a las tablas y las velas de windsurf y el kitesurf, se transformó en la sede de un bacanal sincronizado con el conteo regresivo que disparó la llegada del 2013. Aquello fue la depredación absoluta (aunque un tanto de depravación también). Los fuegos artificiales y algunos “globos del deseo”, en un par de ocasiones estuvieron a punto de prender en llamas algunas palmeras, pero por suerte no sucedió. Abrazos iban y venían, primero con la familia, luego con cualquier turista que se te atravesara. Incluso las más atrevidas (y atrevidos también) repetían el abrazo quince minutos después sin importarles nada. A un brasilero fue necesario decirle “vá pro inferno”, entre broma y en serio.

La disco a orilla de playa no paraba con su cadencia repetitiva y tediosa que te inyecta en el cerebro un bombo atronador, mientras que una desatada mostraba el alma desde un pequeño balcón, haciendo movimientos sugestivos e insinuantes (en realidad posturas porno). Gritos, muchos gritos y a medida que pasaban las horas, el hielo se fue transformando en el bien más preciado. Una agarrada de mano, un abrazo de una desconocida, un apretujón ahí (sí, ahí)  no se hizo esperar; un matrimonio peleando y mandándose “a la mierda” en mutuo acuerdo, de igual  modo hizo acto de presencia, mientras los familiares de ella decían: “mándalo pal carajo, mándalo pal carajo”, y un trago profundo de algún escoses cinta roja barría sus gargantas y alimentaba la cizaña; dos mujeres espectaculares se besaban rico, profundo, húmedo y el agua tibia del mar las envolvía en un manto protector; contraste, mezcla y hecatombe entre whiskey, cerveza, anís, vino y lo que pecara en asomar su pico. Todo era arrasado por un desenfreno inútil, efímero, careta de tantos fracasos y frustraciones.

Pero el entusiasmo vale para subirse el ánimo, más si sabes que puedes, que algo te dice que será tu año; un algo que siempre es plural pues todos apuntan a lo mismo, a trazarse retos —unos más alcanzables que otros— para que funjan como motor de arranque en un año, que en términos venezolanos, pinta rudo, muy rudo, más cuando retornas a la realidad y te hallas con que escasean los productos más fundamentales de la dieta diaria venezolana: atestiguas cómo en un reconocido súper mercado lanzan al aire los paquetes de Harina PAN y la gente se medio mata por hacerse de uno, entre codazos, golpes e improperios varios, digamos, como si fuera una piñata para adultos pero sin jugueticos sexuales. Luego le sumas el circo eterno que se presenta en la Asamblea Nacional, y allí, como en un salón de bachillerato, se insultan, se lanzan constituciones y se chiflan entre los dos bandos, jugando a ser unos eternos adolescentes pletóricos de irreverencia y falsa gallardía.
pic by me

Las consabidas frases VAMOS PA’ LA PLAYA y “venimos de la playa” (así, en chiquito) se refrendan por los buenos momentos vividos y la situación que te abre los brazos para darte la más cordial bienvenida a tu día a día. En un país como el nuestro, en donde el sol es capaz regalarnos un amanecer limpio en oriente y mil kilómetros más allá otro en occidente bajo el mismo manto de esperanza, puede pasar cualquier cosa, desde el más elemental irrespeto a las leyes de tránsito, pasando por la intolerancia al que disiente, hasta la múltiple reencarnación colectiva del primer mandatario a juzgar por el “CH somos todos”. La verdad, esa cosa intangible pero que suena con fuerza, nunca la sabremos en su totalidad, pero nos corresponde vaciar las maletas y seguir adelante desde nuestra minúscula participación ciudadana, que multiplicada, pudiera hacerse grande. El maestro Cabrujas dijo que esta tierra parece que no es capaz de reflejar su prosperidad, que es “una aldea provisional” de “mientras tanto y por si acaso”, y a nosotros nos toca tratar de revertir la vigencia de esa verdad. 
Foto @monikabella

17 ene. 2013

Catalina de Miranda


Todos nos imaginamos cómo serían aquellas ciudades en que no existía el asfalto ni las grandes edificaciones que hoy día forman parte del caos de diversas capitales venezolanas. Cómo sería su gente, el día a día y la manera de entretenerse ante la ausencia de una computadora, televisión o cualquier artefacto electrónico; cómo vestían, qué comían y una larga lista de inquietudes ante la distancia temporal que impone el texto. Catalina de Miranda va de esto y mucho más. Nos invita a hacer un viaje en el tiempo en el que asistimos a las aventuras de una joven y humilde sevillana que partió al nuevo mundo en busca de aventuras; a un lugar inhóspito en donde aún abundaban temibles etnias guerreras que desataban cruentas batallas, mientras la rivalidad entre los propios conquistadores iba en aumento en una época en que prevalecía el poderío español sobre el francés.

Xiomary Urbáez cuenta esta fascinante historia desde la intimidad de una voz amiga que narra sin pretensiones grandilocuentes. Sencillamente expone los hechos y ellos mismos son los encargados de llamar al asombro, al impacto que producen los acontecimientos a través de ese acuerdo natural entre la ficción y lo que ésta pretende: cautivarnos, hipnotizarnos, hacernos creer que todo lo que cuenta es verdad. El narrador, ese que todo la sabe, no se va con el léxico propio de alguien que perteneció al siglo XVI, no; nos habla desde un argot actual pero con la certeza de que atestiguó todos y cada uno de los hechos relatados.

Catalina de Miranda arranca con una gran retrospectiva —aparte del propio hecho histórico que se narra—, pues el mismo personaje principal, Catalina, ya octogenaria, cansada y sentada en su mecedora, hace memoria de lo vivido consciente de que ya es abuela y bisabuela a inicios del siglo XVII,  “instalada de cara a El Ávila en un corredor de su enorme caserón, en Caracas”. Desde de allí, desde la tranquilidad que le da el pertenecer a la más elevada aristocracia caraqueña después de tantos años de luchas, fundaciones y conquistas, la historia retrocede hasta sus quince años cuando atraviesa un océano Atlántico azotado por despiadados piratas.

El texto se ofrece desde el principio como una novela histórica, pero también sale al paso el tema amoroso y romántico, pues si hubo una mujer que despertó pasiones, fue Catalina. Tan solo su presencia era suficiente para que los incautos hombres cayeran rendidos a sus pies, tanto por su beldad, como por una personalidad avasallante. Así nace el romance entre Catalina y Jean Françoise Roberval; Catalina y Juan de Carvajal, cuyas escenas pasionales fueron capaces de generar un nuevo espanto al tañir de las campanas en Maracaibo; Catalina y su amor imposible por el indio Yeyibel; Catalina y don Rodrigo.

En esta novela, merecedora de ser finalista en el premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2012, reviviremos la fundación de El Tocuyo, de Maracaibo, de Nueva Trujillo, de Mérida y Variquisimeto, como su nombre autóctono indica; le daremos un vistazo a Patanemo, Borburata y Valencia junto a los pioneros que recorrieron estas tierras al lado de una mujer de armas tomar y de un pensamiento muy avanzado para su época, la misma que deseaba una sociedad igualitaria y tolerante. Pero además de este profundo sentido de libertad, Catalina, al mejor estilo de María Lionza, invocaba los poderes de la naturaleza, “como las hechiceras antiguas, como las ninfas de las aguas” y que además, “tenía su propia y particular manera de hacer magia”; tenía dotes de cirujana y hasta diseñaba su propia vestimenta.

Catalina de Miranda tiene todos los elementos antes mencionados para atrapar la atención lectora de principio a fin, pasando incluso por la fauna, la gastronomía, ritos de iniciación y pare usted de contar. Xiomary Urbáez apuntó alto con este texto que va más allá de las aventuras por el Caribe y los hechos históricos; ofrece un personaje profundamente humano y que es capaz de ganarse la simpatía de los lectores por esa irreverencia que la hace tan única e irrepetible.


10 ene. 2013

La soledad del náufrago


Anoche (miércoles 9 de enero de 2013) terminé de leer La soledad del náufrago, aunque el verbo “leer” me resulta insuficiente, casi injusto, en este caso. Más bien pudiera emplear la palabra “degustar”, pues a eso es a lo que gratamente somete al lector este poemario de Miguel Marcotrigiano. Cuanto uno lee hace trampa, que en mi caso, consiste en saltar páginas —siempre y cuando el libro lo permita— o saltar de un libro a otro (en esto soy un tanto desordenado). Pero también la trampa obedece en esta ocasión, a saltarme un par de libros a los cuales les debo su respectiva reseña.

La resonancia que causó en mí el empleo de las sombras, de los espejos, de restos de la infancia, de silencios, me conminan a no dejar que ese eco tan propio de la buena poesía, la que se queda rebotando en tus pensamientos, se difumine con el ruido del día a día por el quehacer laboral y la multiplicidad de lecturas que siempre están en proceso. Por ello mi trampa, esta necesidad de hacerle un guiño sencillo, pero honesto a La soledad del náufrago, en donde asistiremos a la comprobación de que la poesía es oficio, duro oficio, en donde los meses o años de inamovilidad creativa terminan consolidando una obra clara, definida y depurada.

Algunas de las incógnitas que Marcotrigiano plantea en su trabajo, seguramente en algunos casos de manera conciente y en otras oportunidades sin tal pretensión, como por ejemplo la simbología y la presencia del “hermano”, son descubiertas hacia el final del libro, en el apartado “La palabra y su sombra. En torno al hecho poético”, lo cual no impide que una vez develada alguna duda, sigamos reflexionando sobre cada metáfora o cada imagen que los versos despiertan. De hecho, la tonalidad de este poemario, invita a la constante reflexión, por ello mismo hablé al principio de degustación. Como bien dice el propio poeta: Cada poema es una llama temblorosa que ilumina a medias lo que nos rodea en este reino de oscuridad.

Entregados a la lectura, podremos ver cómo cada uno de los poemas va formando un todo concreto, coherente, y en donde el proceso de identidad que cada cual pueda hacer con lo leído —supeditado irremediablemente a lo singular—, dejará siempre un grato sabor a través de una construcción poética sin duda alguna bien pensada, a pesar de que el “miedo” como proceso creativo, esté siempre agazapado en cada palabra y cada verso. Esta reflexión ya se me viene desde Ocurre a diario (http://bit.ly/VN3oga) del propio Marcotrigiano, y tanto en éste como en La soledad del náufrago, el ejercicio recurrente de la “memoria” está presente como gota de agua silente pero incansable.

Una vez que los libros ya están publicados pertenecen a los lectores y no a sus autores. Alguien dijo algo como esto pero no recuerdo quién y valiéndome de ello, me apodero de estos versos para finalizar: Se acerca el final de la lectura / y ya no soy terreno propicio / para unos ojos cansados.  Para los lectores de poesía aquí mi primera recomendación del año.

8 ene. 2013

La segunda y sagrada familia


Una piedra con una nota atraviesa el cristal de una ventana; un misterioso sobre se desliza debajo de la puerta; un parabrisas aparece con una nota amenazadora. Estas son algunas de las pistas que la detective Carolina Larotta deberá seguir para desenmascarar al culpable del ataque psicológico hacia Cecilia Medina de Castellanos, esposa del candidato presidencial Emiro Castellanos.  Pero hay algo en él que a muchos no les agrada: tiene dos familias y prole en ambas partes.

La segunda y sagrada familia, se desarrolla en una Caracas consumida por el caos, tanto vehicular como delictivo. Recorreremos calles, autopistas, urbanizaciones y avenidas que muchos conocemos. En medio de este entorno, Kathia Santeliz, la otra mujer de Emiro Castellano y la periodista más importante del país, también será sospechosa por los duros ataques a la futura primera dama, así como Mirna, la asistente cincuentona de Cecilia.

En el clásico tono de la novela negra, aquí comienzan a suceder los hechos desde las primeras páginas, haciendo que el ritmo de la novela nunca decaiga. Sus personajes hablan tal como lo puede hacer cualquier caraqueño, haciendo que la afinidad en este sentido sea completa. La detective Larotta se gana el aprecio del lector, no así el detective Arichuna, un hombre repulsivo y desagradable por su falta de modales. 

Inés Muñoz Aguirre nos lleva de la mano hasta el décimo y definitivo día en que la amenaza debe concretarse, mientras la ciudad en plena efervescencia sufre de racionamientos eléctricos, tráfico infernal, jubilados furiosos y secuestradores haciendo de las suyas y el candidato Emiro Castellano sigue recorriendo el país en su empeño por convertirse en presidente, manteniendo su amplia sonrisa y un postura de optimismo irrefutable, pero que a oídos de sus más allegados se atreve a decir: “¡Estamos jodidos! Este país está quedando en la ruina  con el desastre que ha hecho esta gente”.

Extraños asesores políticos, extorsiones y muertes, hacen de La segunda y sagrada familia de Inés Muñoz Aguirre, una novela trepidante dentro del género policial. Acompaña a la atractiva Carolina Larotta a descifrar el enigma y a descubrir cuál de las dos familias es más sagrada que la otra.