31 dic. 2015

Resumen de lecturas 2015

La anécdota para acompañar mi resumen de lecturas 2015, la tomo de una escena entre una niña de unos 7 u 8 años y su madre. Esto fue en el boulevard de Sabana Grande, Caracas, dos días después de la Navidad. Entiéndase que la niña venía llorando, no, gritando a moco suelto con espesos y pastosos lagrimones mientras la madre tiraba de su brazo con rabia mientras caminaba aceleradamente:

—Pero mamiiiiii
—¡Ya, te dije que no lo sé!
—¿Por qué el niño Jesús siempre me trae muñecas? ¡Yo quiero librooos!
—…
—¡Nunca me los traeeeeeeeeeeeeee! 

Me frené a ver el episodio. La verdad me conmovió la niña, tanto por el llanto, como por el petitorio. ¿Qué será más costoso en nuestro país: un libro o una muñeca? Claro, la respuesta tiene la típica arista del “depende” y de los bolsillos de cada Niño Jesús en particular. Ojalá que la vida le traiga todos los libros posible a esta niña. En la imagen ven el libro con el que abriré mi ciclo de lecturas 2016: El diario de Géza Csáth: el psiquiatra seductor. Por otra parte, como muchos y  buenos lectores ya han publicado sus cinco libros favoritos del año 2015, entonces yo haré todo lo contrario, no diré nada sobre mi “top five” para honrar a los 60 libros que pasaron por mis ojos, pero queda claro que leí unas verdaderas maravillas tanto locales como extranjeras. Fin del cuento, aquí lo que leí y feliz 2016 de lecturas para todos:



  1. El entierro de cortijo de Edgardo Rodríguez Julia
  2. La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo
  3. Saoco salsero de Ángel Quintero Rivera
  4. 35 relatos de Nelson Cordido Rovati
  5. La escribana del viento de Ana Teresa Torres
  6. Los encantamientos del duende de Jesús Sierra
  7. Y nos pegamos la fiesta de Víctor Alarcón
  8. La cultura del milenio de Joaquín Ortega
  9. Los tiempos cambian de Luis Ugueto
  10. La muerte tiene muchos rostros de Juan Carlos Sosa Azpúrua
  11. Lugar de tránsito de Flavia Pesci
  12. Travesías I de Rafael Castillo Zapata
  13. Fosa común de Miguel Marcotrigiano
  14. Historia de una novela de Mario Vargas Llosa
  15. El viaje vertical de Enrique Vila-Matas
  16. Los siglos imaginantes de José Balza
  17. Contigo en la distancia de Eduado Liendo
  18. Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla
  19. Amantes de Rafael Cadenas
  20. Ponzoña de paisaje de José Pulido
  21. De amores y domicilios de Arnoldo Rosas
  22. La importancia de llamarse Daniel Santos de Luis Rafael Sánchez
  23. Santiago se va de José Urriola
  24. La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth
  25. El alcohol y la nostalgia de Mathías Enard
  26. Mente en blanco de Samantha Sánchez Miralles
  27. Fragmentos naranjas de José Antonio Parra
  28. La barata de Santos López
  29. Venezolanos excepcionales de Rafael Arráiz Lucca
  30. Caracas mortal de Claudia Noguera Penso
  31. Constancia de la lluvia de Ricardo Ramírez Requena
  32. A la sombra de los destellos de Mario Amengual
  33. Identidad compartida de Rafael Baralt Lovera
  34. Desnuda inclinación de Nubia González
  35. Daño oculto de Georgina Ramírez
  36. Domingo Félez: veterano de tres guerras, de Laura S. Leret
  37. Íntimo, el espejo de Graciela Yáñez Vicentini
  38. Sin mover los labios de Alfredo Chacón
  39. La criolla principal de Inés Quintero
  40. Cuentos regresivos de   John Montañez Cortez
  41. El libro del desasosiego de Fernando Pessoa
  42. 39 grados de cielo en la tierra de Hernán Zamora
  43. Buitres en la sabana de Marisol Marrero
  44. La memoria de los trenes de Victoria Benarroch
  45. Encuentros con el silencio de Miguel Génova
  46. El tiempo recobrado de Marcel Proust
  47. Sabina y el viaje a Virtuosia de Sándor Gerendas
  48. En el jardín de Kori de Carmen Verde
  49. Los Quiénes y las ánimas de Dunfaurlin de Juan Carlos Rodríguez
  50. Bitácoras imposibles de Saúl Rojas Blonval
  51. Nube de polvo de Krina Ber
  52. Ciudad de azul y vientos de Lidia Salas
  53. Sombra de paraíso de Claudia Sierich
  54. Nido de tordos de Eleonora Requena
  55. En lugar del corazón de Silda Cordoliani
  56. Desde la orilla de Miriam Marrero
  57. Háblame, háblame…Iolanda de Francisco Arévalo
  58. El Dios de la intemperie de Armando Rojas Guardia
  59. Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka
  60. Macbeth de William Shakespeare

4 oct. 2015

El incoloro éter de los años

El primer libro que leí de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust lo hice en el año 2009, una empresa que me propuse cumplir y que llegó a buen término un 3 de octubre de 2015 con la lectura de El tiempo recobrado su séptimo y último tomo, lo que en promedio resulta a un libro exacto por año. El empeño nació del encuentro con pequeños fragmentos; de la lectura de la parte biográfica del autor y, desde luego, de la conversación sostenida con las únicas dos personas que conozco que han leído también esta obra monumental. Incluso uno de ello la ha releído en su totalidad.
“Por lo demás”, utilizando la alocución de Proust,  dejarse llevar por estas líneas -para el que quiera aventurarse- es atestiguar la genialidad literaria del autor. No obstante, debo decirlo, no todos los días se puede leer. Es necesario un reposo, no meterse en estas páginas un día cualquiera si no se está dispuesto por completo, pues su lectura es exigente, requiere de la atención absoluta para ir viendo sin pérdida alguna el entramado, la ilación sostenida y delicada de las ideas que se van formando libro tras libro, hasta que en esta última entrega, con memoria prodigiosa, vuelve a cada uno de los recuerdos de sus personajes: Swann, Albertina, Gilberta, Saint-Loup, los Guermantes (que además fue en casa de estos donde se le ocurrió la idea de escribir su obra), la abuela, Argencourt –su enemigo personal-,  entre tantos otros (son más de doscientos personajes), para contrastar con delicada prosa y melancolía la juventud de todos y la inevitable vejez y la muerte ya en tiempo presente: “Entonces la vida nos parece el cuento de hadas en el que vemos de acto en acto al niño volverse adolescente y hombre maduro y curvarse hacia la tumba…Ocurre con la vejez lo mismo que con la muerte. Algunos las afrontan con indiferencia, no porque tengan más valor que otros, sino porque tienen menos imaginación”.
Pero El tiempo recobrado cobra mayor profundidad puesto que desarrolla, entre otros temas, el relativo a la guerra contra los alemanes “la única cosa que entonces me interesaba” dice, incluyendo la tortura al Sr. de Charlus; se combina en las primeras páginas con la lectura que hace Proust del “diario inédito de los Goncourt”, manuscrito que leyera la última noche que pasara en casa de Gilberta, y del cual reflexiona y concluye: “la lectura nos enseña, al contrario, a realzar el valor de la vida, que no hemos sabido apreciar y de cuya grandeza sólo nos damos cuenta por el libro”; retoma el hoy día famoso recuerdo de  la magdalena mojada en una infusión; no deja de lado las profundas reflexiones sobre la literatura, la música y todo el arte en general; la inevitable sorpresa por el pasar de los años, la ineludible muerte y el tiempo… siempre el tiempo.
Vargas Llosa dice que “no todo el mundo puede leer a Proust”, cuya comentario casi axiomático lo refiere no por ser elitista sino como una simple realidad. Dicho por él, esto suena a una verdad infranqueable. Empero, yo no soy un gran lector, terco en la lectura sí, muy terco. Trato de terminar de leer lo que comienzo y ese fue el caso de En busca del tiempo perdido, que a mi juicio, se torna magistral del cuarto tomo en adelante. La imagen que tengo de ello para explicarme mejor es la de una montaña rusa que va subiendo poco a poco desde Por el camino de Swann hasta El mundo de Guermantes y desde el cuarto tomo Sodoma y Gomorra hasta El tiempo recuperado comienza el raudo descenso hasta el final. Curiosidad aparte, desde el cuarto libro en adelante las publicaciones se hicieron post mortem. ¿Influyó en algo esto o simple sugestión de mi parte? En fin…
Proust interpela al lector en varias ocasiones, “Recuerde el lector…” dice, para enlazar las memorias que va colocando sobre la mesa como naipes que representan sus vivencias, sus amores, sus encuentros con la alta sociedad, su enfermedad (el asma que lo torturó desde muy niño) y la diversidad de pasiones que forman parte del hombre, pues el gran leit motiv de En busca del tiempo perdido es mostrar tal como son las pasiones humanas a través de este inmenso ejercicio literario, narrativo, cuyo principal miedo de Proust era “que los ojos del lector no fuesen aquellos a los que mi libro conviniera para leer bien en sí mismo”. Como sutiles campanazos siempre manifestaba tal preocupación en  medio de su quehacer creativo, la duda de si el receptor final de su obra estaría en conexión con lo que el autor quería transmitir, inquietud natural de todo aquel que exprese sus palabras por escrito: “¿acaso se puede abrigar la esperanza de transmitir al lector un placer que no se ha sentido?”
Aunque suene poco modesto por parte de Proust, insisto en que hay que reconocer la grandeza de su obra, pues como él mismo señala “Yo sabía muy bien que mi cerebro era una rica cuenca minera, en la que había una extensión inmensa y muy diversa de yacimientos preciosos”, teniendo siempre a la vista una inminente y prematura muerte que le vendría a causa de su enfermedad (murió de 51 años), tema que siempre estuvo presente a lo largo de toda su obra y que en este último y séptimo tomo se ve potenciado por razones obvias: “la idea de la muerte me hacía una compañía tan incesante como la del yo”. Solo en algo se equivocó Proust en su obra cuando afirmó que “seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarán muriendo algún día, pero hay que resignarse a morir”. Pues está claro que ese día aún no ha llegado, y mientras haya lectores tercos que quieran afrontar el reto de leerlo, esto nunca pasará.
Como he hecho a lo largo de las siete reseñas de En busca del tiempo perdido, aquí les dejos algunas frases memorables de Marcel Proust en El tiempo recobrado:

“Es que muy pocos son los éxitos fáciles y los fracasos definitivos”.

“Las clases de mentalidad no tienen nada que ver con la cuna”.

“Leemos los periódicos como amamos: con un velo en los ojos”.

“Un general es como un escritor que quiere componer determinada obra, determinado libro, y al que el libro mismo, con los recursos inesperados que revela aquí, el atolladero que presenta allá, hace desviar extremadamente del plan preconcebido”.

“Siempre he honrado a quienes defienden la gramática o la lógica”.

“Nunca se sabe, cada uno de nosotros corre todas las noches el riesgo de ser el suceso del día siguiente”.

“Siempre es el apego al objeto lo que propicia la muerte del posesor”.

“La verdadera propaganda falsa nos la hacemos a nosotros mismos mediante la esperanza”.

“La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la mayor razón, nunca es irrefutable para quien  no está apasionado”.

“El patriotismo obra ese milagro, se está a favor del país propio como a favor de uno mismo en una disputa amorosa”.

“La mentira y la astucia no bastan para hacer caer en el prejuicio a un buen corazón”.

“Las mentes estrechas resultan aplastadas no por la belleza, sino por la enormidad de la acción”.

“En las personas a las que amamos, hay –inmanente a ellas-  cierto sueño que no siempre sabemos discernir, pero que perseguimos”.

“Es que el instinto dicta el deber y la inteligencia brinda los pretextos para eludirlo”.

“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico”.

“Solo procede de nosotros mismos lo que sacamos de la obscuridad que está en nosotros y los demás no conocen”.

“El arte verdadero nada tiene que ver con tantas proclamaciones y se plasma en silencio”.

“El gusto del café con leche matinal nos brinda esa vaga esperanza de un día hermoso”.

“Un gran escritor no debe inventar, en el sentido corriente, ese libro esencial, el único libro  verdadero, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

“Escribir es para el escritor una función sana y necesaria cuyo desempeño hace feliz, como a los hombres físicos el ejercicio, el sudor, el baño”.

“Allí donde la vida amuralla, la inteligencia perfora una salida”.

“Es que sólo la felicidad es saludable para el cuerpo, pero la pena es la que desarrolla las fuerzas espirituales”.

“Nuestras pasiones son las que esbozan nuestros libros y el descanso en intervalo el que los escribe”.

“En realidad, cada uno de los lectores es,  cuando lee, el propio  lector de sí mismo”.

“Los relojes interiores asignados a los hombres no están todos regulados con la misma hora”.

“El tiempo, que cambia a las personas, no modifica la imagen que hemos conservado de ellas”.

“Nada es más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo, cuando comprendemos que lo que ha conservado tanto frescor en nuestra memoria ya no puede tenerlo en vida”.

“Esa poesía de lo incomprensible que es un efecto del tiempo”.

“Mi libro no sería  sino como esos cristales de aumento que entregaba a un comprador el óptico de Combray y, gracias al cual yo les proporcionaría el medio de leerse a sí mismos”.

“La inteligencia tiene sus paisajes, cuya contemplación se le permite solo durante un tiempo”.

“Una condición de mi obra, tal como la había concebido un poco antes en la biblioteca, era la profundización de las impresiones que primero se debían recrear mediante la memoria”.

28 ago. 2015

El libro del desasosiego


La palabra “desasosiego” ya encierra en su propia sonoridad, lo que devela su dura, melancólica y triste acepción.  Un estado de inconformidad e intranquilidad absoluta del alma, los sentidos e incluso del cuerpo. Ahora imagínense  un libro en donde se condensan los pensamientos más intensos, profundos y discordantes de una de las voces poéticas más excelsas del siglo XX, la de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego, una lectura pendiente, como tantas otras, que no quise postergar más.


Asistimos en este libro a un conjunto de ideas, reflexiones, imágenes, razonamientos aforísticos, poesía, narrativa, prosa poética y cuantos calificativos  se puedan imaginar, de un hombre reconocido mundialmente por su heteronimia, es decir, al uso de heterónimos para separarse imaginariamente de su propio trabajo o producción literaria. En el caso de El libro del desasosiego quien escribe es Bernardo Soares y en la fragmentación de este maravilloso libro inconcluso, destacan también las divagaciones del poeta, así como una suerte de diario del propio Soares, un oficinista que lo menos que siente por su trabajo, su entorno y la vida es tedio.  
Es un libro que hay que leer con verdadera calma y paciencia, pues así como puede elevar al lector al encuentro con estupendas imágenes a través de una prosa prodigiosa, del mismo modo te puede lanzar al encuentro con el piso y más abajo, con ese estado de cansancio espiritual, de un “tedio” irremediable por la vida que se repite constantemente a lo largo del libro. Esto, además, se ve potenciado con esa doble personalidad imaginaria que recorre las páginas.
Lo fragmentario es aquí, entre otras cosas, lo que precisamente lo hace más atractivo, pues justo en esos párrafos inconclusos, en el inevitable pensamiento de “¿qué vendría allí?” que cualquier lector se pudiera plantear, saltan las suposiciones, el ejercicio mental por darle un final a esos puntos suspensivos que quedaron para la historia del mundo literario. Su complejidad no es menos que atractiva, y esa falta de “devoción” que siente el autor por el día a día que vive, por las cosas y el entorno que lo rodea, a mi juicio, no es más que una trampa en la que el lector cae irremediablemente para seguir anclado a cada una de las ideas que se van imbricando una tras otra.
Pessoa murió sin ver publicado El libro del desasosiego, y creo que precisamente por ello, el mismo está impregnado de un halo de misterio, de una sensación apócrifa de quien presintió en vida lo monumental que llegaría a ser su obra, tanto esta, como su poesía en general. Un trabajo duro para sus editores quienes tuvieron que ordenar el maremágnum de textos para darle el corpus a lo que hoy día disfrutamos.
Soares el oficinista, o su ortónimo, Fernando Pessoa, dice dentro de las primeras páginas de su libro, “Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo… La vida me disgusta como una medicina inútil”. Esto es tan solo una mínima muestra de ese extraño y ¿fingido? desapego que ronda las líneas de un texto sin duda complejo, pero fascinante.
Sería interminable traerles aquí algunas citas de El libro del desasosiego, pues cada una puede resultar mejor que otra. La intensión de estas breves palabras es que se acerquen a este maravilloso libro con la disposición de quien se encontrará con un objeto curioso, distinto, único. No obstante, y en honor al juego de heterónimos que manejó a la perfección Fernando Persona (Pessoa en portugués), cierro así: “Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí”.

17 jul. 2015

La fugitiva

Sufría de un amor que ya no existía, como a los amputados, en ciertos cambios de tiempo, les duele la pierna que han perdido.
Marcel Proust.


«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Que lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma… Así abre el sexto tomo de En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust. Cómo no comenzar con esta cita si precisamente el ¿dolor? por su partida es evidente, latente, aunque te hace dudar sobre su tristeza cuando se entera de su fuga. Se expande como de costumbre con sus ideas y más adelante te hace ver que no le importa que se haya largado, pero luego reflexiona con su potente narrativa dejando en evidencia que sí, que la extraña y le duele: “La verdad es que yo ya no tenía más valor para renunciar a ella como lo tuve con Gilberta… Quería que volviera sin demostrar yo que me interesara que volviera”. Es entonces el orgullo de ¿Proust? —o del protagonista— un sentimiento presente a lo largo de esta obra, manejado con destreza para no quedar como un patán por sus comentarios, tal vez producto de sus “innumerables y humildes yos de los que estamos hechos”, según señala, de los cuales él precisamente deslumbra por su variopinta cantidad: el protagonista orgulloso, enamorado y entregado, celoso en ocasiones e indiferente otras tantas:

Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército completo, en el que había apasionados, indiferentes, celosos —ninguno de los cuales estaba enamorado de la misma mujer—.

Empero, ese orgullo se va al traste cuando en medio de su desesperación le envía un telegrama a Albertina suplicándole que vuelva,  bajo las condiciones que sea, “que sólo pediría besarla un minuto tres veces por semana antes de acostarse”. La obsesión por ella va creciendo página a página y la distancia ignota, ese lugar desconocido al que partió, lo desespera y enloquece. Pero es capaz de cavilar sobre su desenfreno y termina por reconocer que “sea por las condiciones sociales o por las previsiones de la prudencia, no tenemos ningún poder sobre la vida de otra persona”.

Todo gira en torno a La fugitiva, es decir, Albertina, quien se las trae, pues hasta se presume de un affaire con una lavandera —entre otras—, y que tras la imaginación de Proust, aquella le respondía ante sus caricias “¡Qué gusto me das!”, pero descubrir si Albertina sigue viva o no, es la prioridad durante toda la historia más allá de sus apetencias carnales. Empero, y mientras se entrega a un constante devaneo en cuanto a sus emociones, constantemente busca en otras mujeres el reflejo de Albertina, viéndola en otros cuerpos tan disímiles como distintos.

Todo el drama posible está en La fugitiva circundando a cada personaje con sus frustraciones y penurias, pero también con lo que alegra el espíritu de cada uno de éstos a la manera de aquellos tiempos, en una época en donde la sociedad y pertenecer a esa pequeña élite acomodada era lo más importante para muchos. Por otra parte, el texto también deja claro lo significativo de mantener intacto el honor ante la vista de todos, conservarlo con dignidad y decoro como una manera de vida.

Hacia el final de La fugitiva, Proust reflexiona —entre otras cosas— sobre la mentira, en lo que ha sido para la humanidad este proceder o manera de reaccionar ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La mentira para salvarse el pellejo; la que utilizan los amantes entre sí; la mentira inmersa en la sociedad, bien para subir peldaños o para evitar una estrepitosa caída. Todo esto circundando a la desaparecida Albertina y su tendencia lésbica, sin dejar de lado, la homosexualidad de su amigo Saint-Loup quien decidió salir del closet; sobre matrimonios por conveniencia entre pares sociales para mantener el statu quo; sobre un clasismo prepotente e irritante de los aristócratas de la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial y otras tantas cosas que Marcel Proust describe a la perfección.
Aquí les dejo una muy pequeña muestra de algunas frases memorables mientras tomo aire para entregarme al séptimo y último tomo de En busca del tiempo perdido: El tiempo recobrado.

Se desea más a la persona que va a entregarse; la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

A veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que la que está frente a nosotros, palabras que nos aturden como un vértigo.

El infinito amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos  y de nuestros temores.

La fuerza que en un segundo da más vueltas en torno a la tierra no es la electricidad, es el dolor.

Desgraciadamente los reflejos morales no siempre son idénticos a lo que el buen juicio imagina.

Los elogios dedicados a lo que no amamos no encadenan el corazón.

Cuando nos vemos al borde del abismo y nos parece que Dios nos ha abandonado, no vacilamos ya en esperar  de Él un milagro.

Cada día antiguo queda depositado en nosotros como una inmensa biblioteca donde hay, entre los libros más viejos, un ejemplar que seguramente nadie pedirá.

Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de reputación.

El plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

Pues muchas veces, para que descubramos que estamos enamorados, quizá incluso para estarlo, es preciso que llegue el día de la separación.

Nuestros hábitos nos siguen incluso allí, donde no nos sirven para nada.

El dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el goce.

El futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento.

No hay idea que no lleve en sí misma su posible refutación; no hay palabra que lleve en sí la palabra contraria.

Toda mujer siente que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único medio de marcharse es huir. Fugitiva por reina, así es.


27 abr. 2015

El clan perverso

"El clan perverso", reseña de Jesús Santana D Tomado de su bloghttp://bitacoradelscriptorium.blogspot.com/




Siempre es un placer y un riesgo leer a un escritor por primera vez, ya que de eso dependerá que uno quede con ganas de buscar sus libros anteriores —si los tuviese—  o de leer lo próximo que escriba. Como todo es cuestión de gustos siempre es difícil recomendar un libro para todos, que posea la variedad de temas y personajes o que se convierta en un libro para un público específico, por eso creo que a veces puede resultar complicado hablar de un libro y de un autor al que uno va a un primer encuentro.

El venezolano Numa Frías Mileo ya tiene con la novela de la que hablaré en esta oportunidad tres editadas anteriormente El ojo del vientre -Editorial Biblioteca Nueva- (2003), Baruca -Editorial FB Libros- (2010) y su más reciente trabajo El clan perverso -Editorial Lector Cómplice- (2014), la cual me ha dejado buen sabor de boca, tenía tiempo que no me acercaba a un autor relativamente nuevo, venezolano, que me ofreciera una novela con un tema actual y que me enganchara al leerla para saber en qué terminará toda su historia. 

El clan perverso es una novela escrita en el presente. Es la Venezuela de hoy la que independientemente de la posición política que tenga cada ciudadano, todos vemos y padecemos lo que esta situación, en pocas palabras, nos lleva a sobrevivir. No muchos escritores venezolanos hablan directamente de la política de su país, algunos usan para sus novelas lo que sucede por culpa de, no de lo que puede ser en realidad la causa de los problemas. Numa Frías Mileo se atreve a escribir un thriller bastante interesante con giros y cambios de voces todas en primera persona con mucha velocidad, y en algunos momentos, se debe leer con cuidado para saber quién es el personaje que nos cuenta la historia, quién habla y quién es la víctima o los victimarios. El lugar en que se desarrolla la trama es Venezuela y su Revolución Bolivariana, los protagonistas: un secuestrado que pareciera hablar en realidad de un país hecho persona; un maestro con un conocimiento de temas en general que hará todo lo posible para que los jóvenes abran los ojos con respecto a lo que sucede a nuestro alrededor y como todo marcha camino hacia un desastre en nuestro futuro, unos malandros, policías corruptos, personas con poder dentro del gobierno y un posible rescate con una negociación digna de todo thriller o una buena novela negra. La violencia es de esperarse y Numa Frías no se para en censurarla, la usa si el momento dentro de la historia lo exige, lo que quizás pueda causar en algunos lectores sensibles cierta incomodidad.

Numa Frías hace un buen trabajo porque demuestra de manera inteligente armar un rompecabezas usando casi que como eslabones la historia, la política, la filosofía, la actualidad y la literatura para dar un orden a la trama y a sus personajes. Es así que la historia nos lleva por conversaciones imaginarias con Charles Darwin o una visión kantiana de las cosas, de la historia y de la humanidad, nos pasea por un análisis del pensamiento de Albert Camus y la siempre presente opción del suicidio para escapar. De una manera inteligente usa también la gran obra de Fiódor Dostoievski Los Demonios, como espejo referencial de lo que sucede en Venezuela y nos pasea en más de una oportunidad por el pensamiento de Karl Popper con su clásico La sociedad abierta y sus enemigos.

El clan perverso es un libro que tiene todo lo necesario para leerlo con ganas, una pesadilla política, un thriller, una novela negra venezolana y al mismo tiempo es un agradable viaje literario por las lecturas de este escritor venezolano que las sabe usar para desnudar de manera hábil e inteligente, el fracaso que ha significado el socialismo y el comunismo dentro de la historia universal, de cómo los regímenes que han tomado este camino sólo han significado hambre y miseria para sus pueblos. Mientras lo leía en algunos puntos me recordaba el trabajo de Ayn Rand, por la forma en que se construye la historia y algunos de sus personajes.

No es una novela fácil, los momentos de violencia y tortura pueden ahuyentar a algunos lectores, así como la velocidad en los cambios de voces dentro de cada capítulo hacen que uno frene un poco la lectura para no perderse. Pero esta novela vale la pena leerla por el riesgo que toma su autor en crear una historia utilizando hechos reales y cotidianos que se viven en Venezuela, jugando con la ficción de algunos personajes y la realidad del día a día venezolano.

El clan perverso es una buena muestra de que Numa Frías Mileo se encuentra abriéndose camino dentro de las letras venezolanas.

El clan perverso
Numa Frías Mileo
Editado por Lector Cómplice (2014)

220 páginas