30 jun. 2008

El último encuentro


Si hay algún texto, alguna novela, que me haya impactado por su profunda y descarada humanidad, es esta: El último encuentro. Esta recomendación de lectura me fue dada por el bloguero Francisco Pereira a través de su blog telardepalabras.blogspot.com, cosa que agradezco. Como lector desordenado que soy, este tipo de trabajo narrativo es el que te hace ver tus lecturas anteriores como bagatelas, sencillos y agradables divertimentos. Sándor Márai, autor Húngaro hasta ahora desconocido para mí, llega por medio de la palabra precisa a las emociones humanas de sus personajes y de nosotros los lectores que nos volvemos cómplices de “El General” (personaje principal), el cual está entregado en una desesperada búsqueda de la verdad. La intensa melancolía traspasa la barrera física del papel para que sintamos esa desesperante paciencia que lo hizo aguardar tanto tiempo hasta ese último encuentro con su mejor amigo: Konrád. Tal como señala la voz omnipresente de la obra: “uno se pasa toda la vida preparándose para algo” y el General Henrik se preparó para ese momento, en donde “el enfado y el deseo de venganza habían dado paso a la espera”.

En pocas obras he visto el desarrollo del tema de la amistad como está expuesto en esta preciosa novela. Amistad que sus dos protagonistas en tiempos de adolescentes juraron mantener en una pretendida pureza: “Al erotismo de la amistad no le hace falta cuerpo…no le es atractivo. Resulta incluso inútil”. La sapiencia que dejan los años consigue una voz sensata en ese “general” físicamente cansado, pero inalterable en su deseo por ver aunque sea por última vez a su amigo de toda la vida: “has vuelto, porque no has podido hacer otra cosa. Y yo te he estado esperando porque no he podido hacer otra cosa. Los dos sabíamos que nos volveríamos a ver, y que con ello se acabaría todo”.

Esa melancolía que mencioné líneas atrás, va de la mano con la implacable soledad que se ve pausada por el encuentro de dos hombres en el fervor de su decadencia, en su vejez. La última conversación, ese dialogo tan esperado que a no ser por las breves y contadas intervenciones de Konrád, pareció más bien un rico, inigualable y fantástico soliloquio, en donde Henrik le da una contundente lección de vida, de humanidad a su entrañable amigo: “Uno no peca por lo que hace, sino por la intención con que lo hace”; “Todas las grandes pasiones son desesperadas”; “La naturaleza humana siempre necesita algún pretexto material en el momento de cometer un acto excepcional”; y así un sin fin de ideas, de imágenes, de comentarios y opiniones propias de un gran sabio, hasta el punto en que le dice: “tengo que darte una sorpresa terrible, tengo que hacerte una revelación: tú y yo seguimos siendo amigos”.

Tal vez esté exagerando pero para mí El último encuentro es una excelsa novela, en donde las emociones y los sentimientos de sus personajes están reflejados allí sin ninguna truculencia, sin espejismos, tal como son en sus grandezas y miserias. Un extraordinario descubrimiento literario que espero también lo sea para los pocos lectores que pasan por estos escombros.

25 jun. 2008

Cuarto capítulo: Marineros venezolanos en Solvesburgo


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora)

Hay un aire viajero de Venezuela en estos días plácidos del pequeño puerto meridional de Suecia, cuando sobre el altivo mástil de popa de dos naves vemos ondear al viento veraniego los colores de las estrellas de nuestra lejana patria. El paisaje alucinante del verano propicia estas horas cálidas, como las palabras con las que un grupo de muchachas suecas recibieran a los curtidos habitantes del mar venezolano: “¡Bienvenidos seáis a Suecia!” Fueron las primeras voces que aprendieron del español como para estrenarlas en la fiesta exótica del arribo de los hombres tropicales.

Solvesburgo parece que hubiera nacido para construir navíos. Los obreros del Golfo de Botnia, los carboneros de Dalecarlia y los ebanistas de esa tierra de resinas y bosques antiguos se han dado cita por varias generaciones en los febriles astilleros del puerto para animar el acero, el hierro y las maderas, que le dan forma a los hijos del mar. Se hacen los barcos con el mismo amor que los hijos. Cuando sientas la agilidad adolescente, levan sus anclas hacia lejanas tierras y no vuelven. Toman nombres ignorados en la genealogía de sus hacedores, quienes miran bifurcarse su destino bajo el signo de otra bandera impresentida.

Cuando llegamos a Solvesburgo, los nombres de Nueva Esparta y Táchira, pronunciados por la hermosa humanidad que se cobija bajo aquel encantador retazo de cielo escandinavo, con indefinible dejo de cosa ausente, intangible y misteriosa, parecían ya el comienzo de una heredad sentimental para los anales de la añoranza del pueblo. Los hallamos inscritos a los costados de popa de los barcos. Al paso de los marinos margariteños, las muchachas de color de rosa de Solvesburgo, articulaban cariñosamente entre la jerigonza de su lengua germánica: Venezuela, Nueva Esparta, Táchira. La patria lejana ya se había apoderado de la Suecia meridional. Sienten los suecos, como ginábamos en la remota intuición de su sicología un cerrado panorama de contrastes, se nos ofreció desde el primer momento como un canal de luz verde-esmeralda del mar venezolano. Desde ese burgo, el “Nueva Esparta” y el “Táchira”, con la bandera de Miranda abrasada por la luz del verano, fueron la decoración y el centinela de la ciudad recostada sobre el mar. Los primeros exploradores del paisaje han sido los margariteños. Deambulan por las calles, por las carreteras, por los muelles y por las playas, con la misma naturalidad que en sus lejanos pueblos de Punta de Piedras, El Tirano, Juan Griego o Porlamar. Tienen el sello de todos los marinos del mundo, abiertos insensiblemente a todos los horizontes. Para ellos, el puerto es un denominador común, cuya entraña saben penetrar, lejos del rebuscamiento mental de los que adelantan petulancias sociológicas, fallidas e ineficaces las más de las veces. Viéndolos en las playas de Miami y en las de Esmalandia, llego a explicarme cómo para ellos su aventura del Mar Rojo fue un inadvertido extravío de las costas de Paraguachoa y sus faenas en Abisinia una dilatación fugaz de su mundo marinero.

La segunda noche de la agradábale permanencia en Solvesburgo es una noche sueco-venezolana. Desde tempranas horas de la tarde, encantadoras chivas han llegado en sus bicicletas hasta el muellecito donde permanecen amarrados los barcos bautizados bajo el signo de esa tierra de Venezuela, amablemente descubierta para su curiosidad inofensiva. Han rodeado a los venezolanos como un espectáculo grato. Cada marinero tiene su grupo que lo escruta y le observa infantil y bondadosamente. Los que hablan inglés, pronto comienzan a penetrar en el área amistosa de los entusiasmados visitantes. Los demás inician su intrincada metáfora de signos. Una entretenida función de dibujos al aire que terminará a la postre por crear el idioma del perfecto entendimiento, quizás, malhadadamente, el día de soltar las amarras de las motonaves viajeras.

Me hizo gracia el sencillo marinero, que me preguntó en una noche como la cosa más natural del mundo: “¿Dónde está su novia?” Él ya tenía la suya. Para mí, apenas residía en las dóciles gracias de la naturaleza circundante. En los días siguientes, los idilios han ido en aumento. Un compañero ha pedido la mano de una graciosa rubia de ojos azules. Los dos se han prendado de sus respectivos exotismos. Pero ella, la pobre, apenas cuenta con dieciséis años, edad en la que las tradiciones suecas no autorizan el matrimonio. Cuando el amigo esperanzado va a recibir la respuesta de los progenitores de la chica, se tropieza con un abismo: es preciso pedir la autorización del Rey, en un proceso que dura tres meses. Sólo faltan ocho días para el regreso. Suecia y Venezuela, en las calenturientas mentes de estos enamorados, se encontrarán en el recuerdo triste, sobre las estaciones y los climas.

Entretanto, al calor del idílico paisaje veraniego, bajo la sombra de los claros abedules, se extiende el diálogo de dos pueblos y dos razas, unidos por la dulce fatalidad del afecto.

Hemos tropezado con un estupendo intérprete, especie de puente emocional, en este brusco encuentro de las sangres. Es el único habitante del pueblo que habla español. Lo aprendió en Argentina, en una infancia ya lejana, cuando sus padres, seguían las corrientes inmigratorias de Europa hacia aquel país. Regresó a Suecia, después de cinco años de andanza por las tierras de Martín Fierro y aún no ha perdido su español con acento rioplatense. Buen amigo, Rolland Peterson, el esposo de la dulce May-Britt, dulce como las cerezas de Suecia, rosa en su imagen como la rosa de su jardín solvesburgués, que me entregara en recuerdo de la taza de café venezolano que tomamos con todos los ritos domésticos suecos en su jardinera casita de Bredgatan, con Olga, la madre y Siv, la imponderable flor de la morada. Role –así le llamamos- se ha transformado hasta el nombre para hacernos más fácil el acceso hasta su abierta humanidad. El y May-Britt se han declarado en vacaciones para atendernos. Role, intérprete público de los venezolanos. May-Britt, madrina solícita de la bulliciosa colonia transeúnte. Los dos hacen las creaciones de sombrereros que, en las distintas estaciones, decoran las cabelleras blondas de las muchachas del pueblo. ¿Les recriminarán éstas su abandono? Seguramente que no. Son tan amables que, por la salud de los venezolanos, habrán de ponerse en vacaciones de sombrerero también. Es más hermoso que sus cabelleras, al ondular, como los trigales a los vientos del verano, acompañen el tremolar del pabellón venezolano en estos alborotados días que no se presentan siempre.

Si se le preguntase a una de estas muchachas, cuál es su predilección personal entre la abigarrada y bulliciosa población flotante, responderá sencillamente de acuerdo con la verdad: “Soy del Táchira”. O “de Nueva Esparta”, según esté localizado el marinero. Les cuesta aprenderse los nombres o, por lo menos, decirlos. Pero si supiesen que, al hacer estas afirmaciones, trasladan su cuna a Porlamar, Juan Griego o El Valle; o a Mérida, Capacho o San Cristóbal, reirían hermosamente con esa risa de bosque perfumado, sin estridencias, que tienen las muchachas escandinavas. Bien por Pipan, Biby, Ingrid, Selma, Barbro, Terstin, Siv, que tan solícitamente van asimilando su lección de geografía emocional de Venezuela. ¿Qué será de la animada vida nocturna del romántico muellecillo cuando Táchira y Nueva Esparta, las casas flotantes de la familia sueco-venezolana enfilen la proa hacia la patria definitiva? Responderá la soledad de los claros abedules y el retorno de los bosquecillos de fresnos hacia su habitual monotonía. Pronto el invierno descargará sus copas. Pero el próximo verano renacerá el recuerdo frente a otra agradable realidad: los barcos venezolanos “Anzoátegui” y “Falcón”, dos tramos nuevos en el aprendizaje objetivo de la geografía, aflorarán como la estación sobre los muelles abandonados.

Entre los compatriotas ha surgido un grupo de trovadores. Lo estiliza el joven médico del “Nueva Esparta”, Roberto Martínez Herrera, quien integra el conjunto con César Camero, Materán, Cartaya, Soriano, Cerveleón y Mario Gómez, el más apuesto y solicitado galán de la canción. A dos voces, el eco se pierde en las frescas noches porteñas, como una lejana serenata tocada frente a la ventana rumorosa del mar, bajo el sueño de las Sílfides y Ondinas. No hay muchacha sueca, devota del música, que no conozca, aún sin saber el significado, las canciones: “Adiós muchachos, compañeros de mi vida” y “Bésame mucho”. Junto a cada una de estas Ingrid Bergman provincianas, la voz de los compañeros se reconcilia con los cigarrones de los bosques de Esmalandia. El mejor dúo lo hicieron Roberto y Biby Nilson en una islita idílica del cinturón que ciñe a Gotemburgo, en la medianoche maravillosa, con brisa musical sobre los acantilados y luminosa decoración de estrellas. El campo deportivo de la villa se convierte en las noches sabatinas en pista de baile. Allí los marineros de la Venezuela viajera evocan al compás de los ritmos extraños, el movimiento y la armonía de la patria lejana. ¿Verdad, May-Britt, que un alucinante paisaje impresentido se te insinúa detrás de estas blusas marineras que hace mucho tiempo danzan al compás de las olas y los vientos nocturnos? Yo he sentido cómo se te pierden los ojos azules en esta búsqueda inquietante.

Días y noches de Solvesburgo. Cabelleras blondas, como las espigas; azules ojos, como los cielos y los mares de Suecia. Tímidos bosquecillos de fresnos y abedules que besan las arenas hasta el límite justo en que la ola baña la playa. En la retina llevaremos durante muchas días este amoroso paisaje de la vida, como para poder mirar el mal con piedad, la desesperanza con optimismo y la vanidad con sencillez.

¿Quién enseñó tan pronto a los buenos músicos del Tívoli las notas del “Gloria al Bravo Pueblo”, con las que saludaban complacidos nuestra presencia? Se las enseñó la sed de acercamiento, de amorosa proximidad y de diálogo fraterno, que hacia Suramérica inclina el alma romántica del país de Selma Lagerlof y del Príncipe Eugenio.

En estas breves notas, queda un poco de la esencia de ese pueblo que produce una sensación de amor, digna de ser correspondida en la medida en que se da. “Bienvenidos seáis a Suecia”, fue el saludo de bienvenida en nuestro idioma. Y nunca olvidarán los marineros de Venezuela, la despedida prolongada que, al borde de los acantilados, anticipaban nostálgicamente las encantadoras hijas de Suecia a las notas de “Adiós muchachos, compañeros de mi vida”, en las últimas noches blancas del verano.

Mar Báltico, a bordo del “Nueva Esparta”.

20 jun. 2008

Rodajas


Rodajas de muslos que exudan

pastosos humores de piel

qué viscosidad

qué fragancia


espasmos a ritmo de bossa nova

y el triángulo marcando el compás de tus labios


ese perfil fileteado

cual escalopinas

va cayendo ante mi luna de asombros


duele el priapismo en la mirada

el resuelle de las lágrimas en descenso

tras su rastro coagulado y lactoso


rodajas

te has vuelto un desmán en rodajas

rodaja sebácea

rodaja cutánea

rodaja caníbal


curva suntuosa de clímax que desvanece en las rodajas del viento.

18 jun. 2008

Apetezco de ti

Apetezco de ti

con las papilas yertas de mis ojos

las mismas que se clavan

en las tenues pupilas de tu lengua

padezco esta dérmica sed

mis kilométricos brazos no te alcanzan

y soy Tántalo sobre tu metálica piel inalcanzable


coquetean las violentas fibras asoleadas de tu cima

caen

incitan

pestañean

tus bordes exactos ofenden

y encienden las glándulas del tiempo

son mustios volcanes de risas

estertores de tu inquieta boca

dragones que muerden con su fuego

Apetezco de ti

y te acercas alejándote

sobre la grisácea nube del deseo

Cry Baby - janis joplin

17 jun. 2008

Chiquita


Un congregado Trasnocho Lounge en el Paseo Las Mercedes sirvió de escenario para presentar al público la obra ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2008: Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez.

Mariana Marczuk, Directora de Ediciones Generales de Santillana, dio inicio al evento con unas breves y concisas palabras ante un ansioso público que quería oír en la voz del propio autor, la gigantesca historia de Chiquita.
Seguidamente la reconocida actriz Beatriz Valdés manifestó su satisfacción y gusto por la novela homenajeada invitando al público presente a través de sus palabras a descubrir al pequeño personaje de una gran novela.

Por último, Antonio Orlando Rodríguez agradeció a la editorial todo el apoyo brindado y a las emotivas palabras de Valdés y Marczuk.

Las altas paredes del Trasnocho Lounge sirvieron de pantalla a todos los Liliputienses –llamados así por el escritor- que se iban proyectando ante la mirada curiosa de un público absorto en estos pequeños humanos, imágenes que además, iban acompañadas del relato acucioso e investigativo que hiciera Antonio Orlando Rodríguez para llegar hasta Chiquita. Lectura pendiente.

13 jun. 2008

Cicatriz


En el día de ayer tuve el gusto de asistir a la presentación del libro Cicatriz de Juan Carlos Sosa Aspúrua, quien en sus propias palabras, debuta como escritor ya de manera oficial con su primer libro. Las palabras iniciales del evento estuvieron a cargo de María Elena Rodríguez, Directora Editorial del Grupo Planeta, las cuales estuvieron cargadas de un especial afecto por un hijo más que nace bajo su responsabilidad y criterio editorial; seguidamente el poeta Alexis Romero, desbordó con su buena letra y fino humor para contar a los presentes los inicios de Cicatriz desde el propio embrión creativo de Sosa, quien con entusiasmo, confió en el poeta su manuscrito; por último, el autor dio su agradecimiento a cada una de las personas que de algún modo colaboraron e hicieron posible su ópera prima. Sosa, desde una ligera timidez provocada por lo concurrido lugar, recordó lo importante que ha sido la publicación de su libro tras el intenso proceso que sólo las grandes editoriales exigen para sus trabajos.

Sosa en plena conversación.

La presentación, además, se llevó a cabo en un lugar inigualable: la Casa Arturo Uslar Pietri, en donde actualmente, la fundación homónima ha desarrollado varios eventos ligados a la cultura. Su presidente, Antonio Ecarri, se dirigió al público con unas emotivas palabras para dar inicio al agradable evento literario. Cicatriz, habrá que leerla.

12 jun. 2008

José Antonio Ramos Sucre


Ramos Sucre nació un 9 de junio de1890 y murió con sus recién cumplidos 40 años un 13 de junio de 1930. Ese eterno atormentado se suicidó tomando una dosis letal de veronal. Aquí va una mínima aproximación a su obra.

La belleza o la estética de lo feo.


Resulta complicado establecer hasta qué punto la obra de Ramos Sucre nos acerca hacia la belleza de la palabra o hacia el repudio de las diversas circunstancias de la vida. Se puede percibir a simple vista mientras leemos sus eruditos poemas, que se nos cierra el paso de la comprensión de los mismos, y hasta paradójico en cierto modo, hallar esa “belleza” que desde principio a fin, se oculta, se camufla entre su extraordinaria prosa, la misma que despierta una irremediable resistencia a ser descubierta. Dicho de otra manera, el peculiar hermetismo en su prosa nos lleva a retomar enunciados e incluso poemas completos para poder darle forma a una idea central que siempre está oculta y que en muchas ocasiones se hace difícil conseguir. Esto no quiere decir que haya incoherencia dentro de los ejes temáticos de sus poemas, por el contrario, es precisamente la claridad del lenguaje el punto en que se imbrican los significados, que se hacen objeto de sí mismos, de su propia comprensión, pues "las palabras tienen la vocación de extraer de las cosas el centro invisible de su verdadera significación."
(Tomado de BLANCHOT, Maurice: El libro que vendrá) Los poemas de Ramos Sucre son una especie de reflejo entre ellos mismos que se abstraen de la realidad o interpretación que puedan atribuírseles, quizás por ello, la belleza que les acompaña se hace diáfana para unos e incontrable para otros.

Otra perspectiva en relación a la belleza dentro de los poemas de Ramos Sucre, lo pudiera tratar con el siguiente enunciado: la estética de los feo. Relaciono esto con las diversas problemáticas que ha generado el intento por definir el estilo particular del autor y por el incesante empeño en otorgarle a sus poemas características particulares que la distingan. El nivel de abstracción que alcancemos los lectores será fundamental para decidir si hay belleza como tal o un manejo bien tratado de lo "feo" o grotesco dentro de los poemas. Recuérdese, además, que en la época que se dio a conocer la obra de Ramos Sucre, el impacto que provocó ésta, no fue muy favorable, ya que dicha obra rompió por completo con los estereotipos literarios del momento, ganando con ello un rechazo general a priori. De allí el primer motivo para etiquetar con "la estética de lo feo" la sagacidad del autor en sus composiciones.

En "La muerte de un héroe", poema de su libro La torre del timón (1925), Ramos Sucre se va a los polos opuestos del significado cuando define el término "valor", pues así como afirma que "el valor es en su alma desterrada y superior, un artístico anhelo de morir" reconoce también que "...es timbre de las castas egregias, criadas para el torneo decoroso y gallardo"; luego refuta lo dicho anteriormente utilizando una frase que encierra tanto gloria como dolor: "El valor es una de las tantas dotes hermosas y funestas. LLeva al sacrificio y a la muerte , apareja el desastroso escarmiento." En principio el autor remite sólo a la importancia del término "valor" para los hombres, pero luego gracias a la lectura y a esa abstracción involuntaria de los significados, logramos contraponer sus "dotes hermosas y funestas", viendo cómo conserva el tema principal dentro de su obra: la muerte. Se aprecia también cómo Ramos Sucre de ese desconcierto que le produce la era industrializada, logra sacar la fuerza necesaria para equiparar la belleza de la palabra con la vacuidad avasallante de la época:

"Sueño que sopla una violenta ráfaga de invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero llegar, para verte pasar."

El autor sabe que es inevitable la presencia de la "urbe monstruosa" por eso presenta una vía de escape a través de un sueño que ofrece tal oportunidad, y en donde le promete a la "ñiña" la salvación: "unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo, cada día más bárbaro y avaro". De estos ejemplos se perciben características constantes a lo largo de toda la obra de Ramos Sucre, una de ellas es la sonoridad que producen los enunciados, que extraídos del poema en sí, conservan o mantienen su carácter independiente, es decir, que aún aislados del todo, generan una gran coherencia al cual referirse.

Otra característica presente es la que alude al malestar irremediable que produce la época sobre el autor, lo cual se exalta con la truculencia de las palabras que éste le imprime. La visión del "yo" ramosucrense se ve sumergida en un estado de angustia que da paso a un sin número de construcciones literarias que más que dolorosas, muestran desesperación.

La belleza o la estética de lo feo no son puntos diferentes dentro de la obra de Ramos Sucre, son más bien una moneda vista por ambas caras que se corresponden mutuamente, en donde la diferencia entre estas dos maneras de bellezas -por llamarlo de algún modo- dependen de las especulaciones propias de nosotros los lectores y del nivel de abstracción que logremos para enfrentar la profundidad de su obra.


La muerte: puerta a la felicidad.


El tema principal sobre el cual giran los poemas de Ramos Sucre es la muerte, ya lo había señalado. Tema que se insinúa sobre una prosa desesperada e inquietante en donde las sobras de ingenuidad -si es que las hay- se transforman en apologías del dolor. Toda aquella decadencia física que desde temprana edad agobió al espíritu del poeta, fue plasmada con destreza en sus poemas, los cuales encierran un "yo" que vive renegando de sí mismo y al mundo que pertenece. Por ello mismo prefiere mantenerse al margen de todo y de todos, evitando con esto el contacto con lo que lo hiere y lastima., consiguiendo en la soledad el "único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso." Al autor parece que le afectara más ese alud de futilidad que percibía de este "progreso" que la poca salud que siempre lo acosó, pues así como la muerte fue en sus poemas una alternativa tentadora, la modernidad o la nueva época fue el motivo que movió al poeta a refugiarse en la palabra "dura" que halló en la soledad: "yo soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el riesgo de la última batalla larga y desgraciada".

Posiblemente para muchas personas la "puerta a la felicidad" está en la vida misma, pues en ésta, es donde pueden vanagloriarse de esa suntuosidad que tanto necesitan para cubrir su ego decadente. Conseguir en esta pequeña brecha que es la vida toda la riqueza posible que la muerte les robará. Ramos Sucre, por el contrario, evoca en todo momento ese estado trascendental del alma que sólo se alcanza con la muerte, con esa terrible señora que tanta incertidumbre provoca hasta en el más fuerte. Por ello mismo el poeta anhela esa "nada" que le abrirá una puerta en el medio de la tormenta que lo sofoca:


"Yo quisiera estar entre vacías tinieblas , porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras".

La muerte es una obsesión ineludible para Ramos Sucre con la cual busca, hasta cierto punto, establecer un margen de conciencia sobre ella en sus poemas, es decir, la sublima para provocar en los lectores un estado de tensión que conlleve a la reflexión del irreversible caos que hay en el mundo. De una u otra forma todo lo que encierra la prosa del poeta compromete la conciencia del lector, con lo que además, se exalta la particularidad de cómo el autor realiza dicho cometido. Incluso en los poemas en que parece zafarse de la marca distintiva ramosucrense, siempre existe un punto que emerge de donde menos se espera para recodificar un posible enunciado que no aluda a la angustia. Los propios significados de los poemas buscan por sí mismos reconstruirse sobre un eje temático central cuando se ven alejados de éste, como si estuvieran atados a él y no pudieran liberarse por más que lo intentaran.

Elementos ligados a la muerte tales como el dolor, la angustia, el desamparo, etc., en cierto modo cumplieron funciones catárticas en el autor y la siguen cumpliendo en nosotros los lectores cada vez que enfrentamos -por ejemplo- a un "Preludio" tan condensado en sus entrañas. El poeta se adentra en estos temas precisamente porque quiere liberarse de sus efectos, y la mejor manera para hacerlo es manipulando los extremos positivos y negativos que pueden producir éstos en la conciencia humana. Apoyándome en la teoría “la mejor defensa es el ataque”, doy por comprobado que fue esto lo que Ramos Sucre hizo justamente en su trabajo literario. Sería un poco ingenuo pensar que el poeta escogió temas tan comprometedores por simple placer. Lo que sería más sensato imaginar es que hubo una absoluta premeditación por su parte en abordarlos, para sacar de ellos, provechos que pudieran ir desde lo espiritual a lo social. Nos vemos involucrados en este proceso catártico, ya que por el simple hecho de establecer contacto con temas que en la mayoría de los casos provocan temor y descontento, se produce ese efecto reflexivo que impulsa a la toma de conciencia sobre situaciones que ningún hombre puede evadir.

"Se nota en los tiempos que corren un desmedido entusiasmo por los intereses materiales inmediatos, muy hostil, en cambio, al culto de los ideales que han exaltado en todo tiempo la dignidad humana."

La muerte quizás no sea una puerta a la felicidad pero seguramente sí es el final de tanto sufrimiento y hedor que se inhala del mundo, ese que Ramos Sucre en su época ya le notaba el "entusiasmo por los intereses materiales" que en lo envolvía y que a través del tiempo se aferra cada vez más al aire que respiramos.


Ramos Sucre: ¿un poeta maldito o un maldito poeta?


Aquí pretendo establecer analogías entre la prosa de Ramos Sucre y la de ese poeta que muchos etiquetaron como "maldito": Baudelaire.

Sin duda alguna el primer punto que pudiera abordar para comenzar a establecer las similitudes entre las obras de estos dos poetas, es el carácter fragmentario de éstas, es decir, si extraemos un párrafo de un determinado poema tanto de Ramos Sucre como de Baudelaire para analizarlos por separados, se conseguiría la sensación de estar en presencia de una unidad completa dentro de su estructura, la cual se podría considerar como un poema.

"El sol agobia a la ciudad con su luz recta y terrible; deslumbra la arena y espejea al mar. El mundo estupefacto cobardemente se rinde y duerme la siesta, siesta que es a manera de la muerte sabrosa en que el durmiente, despierto a medias, gusta las voluptuosidades de su aniquilamiento"2.

En la imagen presentada anteriormente se observa que los enunciados cuadran como un todo que no le sobra y falta nada, remitiéndose a sí mismos en un marco de significación que construye su propio espacio. El mismo efecto de puede notar en el siguiente ejemplo:

"Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica."

De los ejemplos citados de Baudelaire y Ramos Sucre respectivamente se puede extraer un segundo punto análogo entre ambos: la intensidad poética proveniente de la tristeza y el dolor que produce la vida misma. Ambos poetas consiguen en el caos reinante que los rodea, la base precisa para proyectar la fuerza espiritual que los agobia, exteriorizan -por llamarlo de algún modo- la perenne angustia de sus sentidos a un punto tal que lo subjetivo se trastoca hacia lo objetivo y viceversa.

Una característica propia del movimiento simbolista, teoría en donde muchos estudiosos han incluido a Baudelaire, consiste en el uso de la decadencia social como fuente poética. ¿Sería un error ubicar a Ramos Sucre dentro del movimiento simbolista?. Lo cierto del caso es que entre estos dos poetas existe una afinidad intrínseca que va más allá del hecho de ubicarlos en un movimiento literario.

Un tercer punto característico en donde existe otra relación entre la prosa de Baudelaire y Ramos Sucre, es esa sensación de haber leido todo y de no haber comprendido nada, pues la ambigüedad en que se envuelven los temas de sus obras no permite sacar una idea diáfana para su cabal entendimiento. José Antonio Ramos Sucre, un poeta muy particular que aún da mucho de qué hablar.

9 jun. 2008

El clan del oso cavernario


Extraordinaria imaginación la de la autora para hacernos transitar una época tan lejana, en donde esa lontananza, sólo puede ser remembrada y traída a nuestro presente a través de una exhaustiva investigación propia de los escritores que quieren llegar al mínimo detalle de lo narrado, llegando a ser científicos -y en el caso de Jean Auel- casi antropólogos.

El texto está repleto de extensas descripciones que sorprenden por la minuciosidad de lo relatado, como si la autora hubiera sido un testigo, miembro de El clan del oso cavernario. Este afán descriptivo, a mi parecer, crea un efecto de lentitud en la lectura el cual va disminuyendo a medida que la trama va cobrando fuerza en el desarrollo de la historia. Una vez que se llega a la mitad del libro se da esa caída libre de la cual sentimos la intensa premura por querer desenlazar la trama.

Las historias de nuestro presente siguen siendo las mismas después de tantos años de humanidad: el odio, el rencor, el miedo, la ira, el amor, entre muchos otros temas. El mundo de la superstición tiene un particular significado –tal vez el más nutrido- dentro de la obra, y le da cuerpo a la historia que viene a encarnar su personaje principal: Ayla. Todas nuestras necesidades humanas, las que vivimos día a día en nuestro siglo XXI, están reflejadas en esta historia de manera elocuente con el grato sabor de lo evocado. Es ver en cierto modo de dónde venimos, sentirnos y reconocernos.

Por otra parte, debo comentar que tengo mis reservas en cuanto al tema de la traducción de esta obra publicada originalmente en inglés. Apartando el tema de si es español mejicano o el de la tierra de Cervantes, hay partes que noto muy forzadas en cuanto a su construcción sintáctica, que sin duda, pudieron estar mejor logradas en nuestra lengua. Sin embargo, esto no le resta belleza a esta obra que me está guiñando el ojo para leer su segunda entrega: El valle de los caballos, la cual está contenida en la colección “Los hijos de la tierra”. Una amena lectura que vale la pena para conocer nuestros orígenes.

6 jun. 2008

Eugenio Montejo: eterno Chamario.


Imposible pasar de largo esta mala noticia.

Tomado de El Universal:

En 1998 fue honrado con el Premio Nacional de Literatura

Falleció el poeta venezolano Eugenio Montejo, uno de los más admirados e importantes poetas contemporáneos. Su deceso se produjo a la medianoche luego de un padecimiento de cáncer en el estómago.

Este diplomático, poeta y ensayista nació en Caracas en 1938. Su lenguaje poético se ha caracterizado por la rica gama textual y el gran dominio de las formas.

Entre sus libros se encuentran Elegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982) y Alfabeto del mundo (1986).

Es autor también de importantes ensayos, tales como La ventana oblicua (1974), El taller blanco (1983) y El cuaderno de Blas Coll (1981).

Como diplomático fue embajador de Venezuela en Portugal durante varios años, ese contacto con el país de Fernando Pessoa lo hizo un especialista del bardo lisboeta.

En cuanto a sus actividades divulgativas, Montejo fue fundador de la revista Azar Rey y cofundador de la revista Poesía, de la Universidad de Carabobo. También fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y en 1998 fue honrado con el Premio Nacional de Literatura.

Como dato interesante, uno de sus poemas fue citado en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu.

De Pessoa tomó la afición por los heterónimos, y con el de Eduardo Polo desarrolló una importante creación en el campo de la poesía infantil: Chamario (2004), editado por Ekaré e ilustrado por Arnal Ballester. Esa poesía para chamos, y de allí el título, se caracteriza por la ruptura con las convenciones, como por ejemplo la rima, que respeta y destruye al mismo tiempo: "Un niño tonto y retonto / sobre un gran árbol se montó. / Con su pelo largo y rubio / hasta la copa se subió"; el juego con las palabras: "La bici sigue la cleta / por una ave siempre nida / y una trom suena su peta... / ¡Qué canción tan perseguida!".

A los 70 años, murió. Con gran prestigio internacional.


5 jun. 2008

Romance de la pena negra. El desconsuelo en esencia

Amapola De Un Trigal - Jose Merce

Hoy 5 de junio se cumple un día más del natalicio de un poeta extraordinario y uno de mis favoritos. Por ello tomé el riesgo y me aventuré en soltar unas breves palabras sobre la relectura que hiciera de Romance de la pena negra de Federico García LorcaVeamos cómo queda:

Como todo intento de interpretación, de acercamiento a la poesía, éste goza de todos los deslizamientos de la palabra en su afán de entender un poco más -o por lo menos de lograr una mayor claridad- la poesía de Federico García Lorca. Cuando hablo de deslizamientos me refiero al deseo de asir los versos, que de una u otra manera, me agradan; y es precisamente en ese intento donde percibo la multiplicidad de sentidos que puede dársele a una palabra, a un verso, o a un poema en su totalidad.

Ya el título del poema da el primer vestigio de lo que he llamado “el desconsuelo en esencia”, pues ¿de qué otro color puede ser la pena? No es una pena amarilla, verde o azul, no; es una pena que se acentúa con énfasis sobre el color negro. Además, no es cualquier pena, ni más grande ni más pequeña, es una pena muy singular que se humaniza en Soledad Montoya. Esos “…gallos que cavan buscando la aurora” parecen desesperados por huir de esa negrura que se avecina como un alud. La aurora paradójicamente no se halla en las alturas, por el contrario, está enterrada en un lugar profundo donde nadie puede verla. Lorca logra expresar con los colores y los metales imágenes desposeídas de rasgos alegres: “Cobre amarillo su carne / huela a caballo y a sombra”.

Siempre puede hallarse un elemento perturbador que se apodera de los versos del poeta, elementos que a la vez son sugerentes, pues la atmósfera que crean a su paso tales versos va dejando suponer continuas ideas que se imbrican sobre otras. Esta “pena” es única, casi virginal, ajena a cualquier otro tipo de pena. Es ella y más nadie. Parece que Soledad Montoya no quiere salir del abismo, de la pena misma que la embarga, pues no se deja consolar por esa voz que le habla:

“-Soledad ¿por quién preguntas

sin compaña y a estas horas?

-Pregunte por quien pregunte,

dime: ¿a ti qué se te importa?

vengo a buscar lo que busco,

mi alegría y mi persona.

Soledad Montoya no se deja compadecer. Prefiere seguir sumida en esa terrible pena a pesar de que busca su “alegría” en medio del “monte oscuro”. Lorca va sembrando verso a verso semillas que germinan en continuos desconsuelos y estados de insatisfacción, eso que la cultura española ha llamado “desengaño”. Soledad, que “al fin encuentra a la mar”, termina incluso hundida entre las olas, abrazada por la sal. El poeta no busca construir formas equilibradas dentro de un margen de belleza, es decir, que sean estéticamente hermosas, sino más bien, configurar cada una de las imágenes entre sí como para lograr una aleación entre la forma y lo que representa, para ser más exacto, entre el signo y la forma. El mismo Lorca dijo que esa pena “es un ansia sin objetivo, es un amor agudo a nada”, y esa nada se hace evidente cuando Soledad Montoya busca su “alegría” sin saber en dónde y para qué.

Esa pena es amarga, por algo “brota en las tierras de aceitunas” perfilándose bajo la mirada del mar que bordea Andalucía. El dolor, la pena misma que lleva como si fuera la “pena negra”, el mismo tuétano andaluz. Hay que suponer de dónde viene tal pena, pues el autor no dice claramente por qué sufre Soledad Montoya, y mucho menos que la pena sea sólo andaluza. No. Aquí la reticencia realiza una importante función para crear ese ambiente de insatisfacción que el autor proyecta en el poema:

“-¡Soledad, qué pena tienes!

¡Qué pena tan lastimosa!

Lloras zumo de limón

agrio de espera y de boca”

¿Qué espera Soledad? ¿Acaso aquella alegría incierta? ¿Una especie de redención? En realidad no lo sé. Lo que sí puedo afirmar es que en cada verso acecha la muerte esperando su turno, está siempre agazapada en cualquier palabra para salir a flote. Es esa “oscura raíz del grito” que se proyecta con fuerza, pero que a la vez sigue inmóvil de los versos.

Lo divino de este poema y de todos en general, es que no podemos ceñirnos a un método de análisis, es decir, no hay teoría o poética alguna que ayude a explicar de dónde nace ese grito trágico en la poesía lorquiana. Quizás por ello esté resaltado el carácter dionisíaco dentro del poema, lo cual a su vez, es factor que contribuye a mantener un tono que va de lo lírico a lo trágico.

Soledad Montoya no halla una manera de huir de su propia desesperación, corre dentro de su casa “como una loca”, y sin embargo, esto es inútil, pues si la pena es propia de “las tierras de aceitunas”, de nada le vale correr “de la cocina a la alcoba”, y a su vez la pena es ella misma, la lleva dentro como si fuera el motor que mueve sus acciones.

El poeta utiliza el color para reflejar la pena misma. A través de los colores las imágenes cobran más fuerza, pero una fuerza que refleja, como un espejo, la pena negra, el desconsuelo:

“¡Qué pena me estoy poniendo

De azabache carne y ropa”

Ya la piel de Soledad Montoya no es de color carne, sino negra como el azabache. No hay otro color en su indumentaria, pues hasta su ropa es negra. Es como si viéramos a una reina negra del ajedrez acorralada por los peones en una de las esquinas del tablero: sin escapatoria sin poder dar un paso. El lamento de su voz nos recuerda el “ayeo” del canto gitano, de esa “queja” que hurga en lo más profundo, en donde posiblemente nace “el cante jondo” y el lugar que resguarda el “desconsuelo” y la “oscura raíz del grito”:

“¡Ay, mis camisas de hilo!

¡Ay, mis muslos de amapola”

Este “Ay” no es corto, por el contrario, es largo y prolongado. Arrastra consigo toda la pena que viene de las entrañas. Bien se sabe que Lorca siente gran devoción por el mundo y la cultura gitana y esto permite verlo como un poeta trágico. La poesía del autor se mantiene, o por lo menos pasa en algún momento por estados de tensión líricos y trágicos.

También está presente la imaginería de la soledad, así como la del desconsuelo, pero en este caso, y quizás en muchos otros, uno conlleva a otro, o mejor aún, van de la mano dentro de la estructura del “Romance de la pena negra”. Esta imaginería es inevitable, pues la pena que lleva dentro Soledad Montoya la acorrala dentro de su “yo” para no dar cabida a más nada:

“¡Oh, pena de los gitanos!

pena limpia y siempre sola.

¡Oh, pena de cauce oculto

y madrugada remota”

Más evidente no puede ser el interés de Lorca por el mundo gitano. Aquí se concreta ese sentimiento que lo acompañó durante toda su vida y se puede observar que la imaginería de la soledad a la cual me he referido, aflora con cada una de las palabras que el poeta utilizó, así como el “desconsuelo en esencia” dentro del universo gitano y del propio Federico García Lorca.

4 jun. 2008

Mi marido es un cornudo


Rápida, agradable y divertida lectura la que podemos hacer de Mi marido es un cornudo, de la periodista Elizabeth Fuentes. Con apenas leer las tres primeras líneas sentirá la incontrolable necesidad de seguir leyendo, ver por dónde va, ver cómo hizo y se atrevió a indagar en un tema –y después de leer el libro, pregunto:- ¿tabú?

Cruelmente realista y tomando como base científica muchos estudios en materia de infidelidad femenina, el texto nos hace reír y reflexionar sobre este tema, dejando en la incógnita el hecho de saber qué tanto de lo relatado lleva el sello autobiográfico –a juzgar por lo dicho en la propia contraportada- de la autora.

De los diez libros que conforman la colección “Llámalo amor, si quieres”, tuve la suerte de leer sólo la mitad, y todos me parecieron formidables por la manera en que sus autores se aproximaron al tema amoroso. Sin embargo, destaco a título personal los dos libros que más me gustaron y que enmarcan este esfuerzo literario en un todo más que uniforme, que aborda el tema perenne y universal del amor dándole un comienzo y un final sencillamente hilarante a esta colección dirigida por Leonardo Padrón: Amorcito corazón, de Laureano Márquez; y Mi marido es un cornudo, de Elizabeth Fuentes.

Los invito a divertirse, ergo, a leer en este caso. Entre gustos, colores y amores…sólo pintan los autores.

3 jun. 2008

Kill Horn

Una reconocida empresa transnacional dedicada al sector automotriz y que además tiene una prolongada trayectoria en Venezuela, ha decidido utilizar el parque automotor caraqueño como conejillo de indias para evaluar y corregir un novedoso sistema anti-cola que será la envidia de todo conductor. Países del primer, segundo y tercer mundo tienen los ojos puestos sobre este adminículo, que según palabras del propio Kill Horn, presidente de la reconocida empresa: “El futuro ha llegado. Nadie podrá tener un vehículo sin nuestro sistema”. Mister Horn agregó también, que incluso países que sobrepasan la décima posición dentro del ranking mundial, han manifestado un rotundo interés por adquirir la última tecnología patentada por su empresa. Ciudades como Sao Paulo, Nueva York y Ciudad de México, están a la espera de los resultados del mercado piloto establecido en las calles caraqueñas.

El primer problema que han tenido que enfrentar los ingenieros de la automotriz, es el inexplicable accionar de las cornetas de los vehículos poseedores del sistema -bautizado con el nombre homónimo de su Chairman: “Kill Horn”- con la luz de los semáforos, particularmente cuando cambia de rojo a verde. Dicho inconveniente técnico está en su etapa de ajuste, ya que han sido innumerables los enfrentamientos que se han suscitado entre los conductores que aguardan su tiempo prudencial para emprender la marcha y los ansiosos conductores que al llegar la luz verde del semáforo revolucionan sus vehículos como en una “pole position”.

El segundo problema del ingenioso sistema “Kill Horn”, está directamente ligado al acelerador del vehículo, ya que éste, en vez de disminuir la velocidad, aumenta significativamente cuando el semáforo hace el cambio de la luz verde a la luz amarilla. Lo curioso de este desperfecto es que en los municipios de la agitada capital caraqueña en donde hay mayor presencia de fiscales y autoridades del tránsito, los “chips” que activan este proceso misteriosamente funcionan a la perfección disminuyendo la velocidad en los cambios de luces antes expuestos.

Una vez ajustados estos detalles técnicos el poderoso sistema “Kill Horn” aliviará el pesado tráfico citadino, al punto, que en un lapso menor a un año de implementación en el mercado, todos los vehículos que aún puedan verse rodando por las principales capitales del mundo, es porque poseen esta poderosa herramienta automotora. El sistema es muy sencillo y de fácil uso, lo que le garantizará a los conductores, un manejo más placentero, menos estresante y sobre todo, le ahorrará tiempo de traslado. El conductor tan sólo deberá accionar su corneta con cierta iracundia y por más de cinco segundos continuos, para que el vehículo que se encuentra delante del suyo desaparezca como por arte de magia. Sí, aunque usted no lo crea, el fantástico “Kill Horn” hará desaparecer ante sus ojos todos los vehículos que estén delante del suyo para que la cola se desvanezca con tan sólo apretar su corneta. Además, posee un dispositivo de seguridad que garantiza su buen desempeño, permitiendo que se active únicamente cuando su vehículo y el que le antecede están totalmente estáticos, es decir, a cero kilómetros por hora, lo cual redundará en que ningún conductor astuto –los cuales abundan en todas partes del mundo- pueda activar el sistema en plena marcha.

La mala noticia es que aún no se vende por separado. Los consumidores deberán adquirir el vehículo de la empresa automotriz que no pienso mencionar, para poder disfrutar de tan funcional herramienta. Aproveche ahora que las colas de compra para adquirir los vehículos con esta nueva tecnología es de a penas quince meses de espera, nada despreciable para el tiempo que le ahorrará en colas, tal como el mismo Mister Horn declaró para Palabras y Escombros: “Ya se acabó la hora pico. Ahora llego en quince minutos desde el centro hasta La California yendo por la autopista Francisco Fajardo”. Kill Horn, el futuro ha llegado.