30 jun. 2011

Novela de ajedrez

La medida más segura de toda fuerza

es la resistencia que vence.

Stefan Zweig

Era el año 1942 cuando Stefan Zweig, estando en Río de Janeiro, decide suicidarse junto a su esposa Lotte. La conmovedora y patética foto la pueden ver en Internet. Pero no es de muerte de lo que quiero hablar, sino de la considerada su novela más destacada: Novela de ajedrez. Para señalar ese grado de importancia que muchos especialistas refieren, necesariamente tendría que haber leído toda su obra y no es el caso. De hecho, es mi primera lectura sobre uno de los autores austríacos más importantes del siglo pasado.

Durante un viaje en barco desde Nueva York a Buenos Aires, se dan las acciones de esta brevísima novela que también pudiera leerse en tónica de cuento largo. Allí viaja el campeón mundial de ajedrez Mirko Czentovicz, que llevando semejante impronta, deja mucho que desear en cuanto a su metodología de juego. En el mismo barco también viaja McConnor, quien junto a su grupo de amigos, retan al campeón a un juego previamente pagado para que aquel acepte el inocuo desafío; el resultado pueden imaginárselo: el campeón hace de las suyas.

En una segunda partida, surge entre el público un desconocido que sugiere con cierto tacto y timidez algunas jugadas, que como corolario, trae un “Tablas” humillante al campeón. Quién es ese hombre, quién pudo lograr semejante hazaña: el Señor B, un perseguido de los Nazis que de espectador pasa a ser el contrincante de Czentovicz. Y es la historia de ese noble vienés lo que desata un impactante relato –no podía ser de otra manera. La prosa de Zweig sorprende, llega hasta los demonios más profundos del Señor B quien pasa meses de encierro y cuya implacable tortura no es más que la soledad y el reclusión.

En su infierno personal y como única herramienta para no dar el paso final hacia la locura, recuerda canciones y textos, amén de hacer cálculos como paliativo a ese aislamiento intelectual. Si hay una escena dura pero hermosa, en donde un personaje de ficción o no, desea un libro, es esta: Me acerque más y creí adivinar en el rectángulo de la deformación lo que contenía aquel bolsillo ensanchado: ¡un libro! Se me aflojaron las rodillas. Empecé a temblar. ¡Un libro! Durante cuatro meses no había tenido un libro en mis manos… Hechizados, mis ojos quedaron fijos en el pequeño abultamiento que aquel libro formaba en ese bolsillo.

Ese libro le salvó la vida, y sobre todo, la salud mental a Czentovicz. Esperaba otra cosa del texto, pero en medio de aquella implacable soledad un libro con cientos de jugadas de ajedrez, es mejor que nada. El Señor B aprende, deduce y juega consigo mismo; improvisa el tablero con la única sábana que tiene; se memoriza cada una de las jugadas al punto del aburrimiento en su claustro.

Llega así el tan esperado momento para que se vean las caras el campeón y su contendiente, el otrora víctima de la Gestapo. La condición fue hacer una sola partida y sin derecho a revancha, pero suceden cosas memorables en aquel enfrentamiento, que usted como buen lector, de seguro irá con sus torres, caballos, alfiles y demás piezas en mano, presto a descubrir con su lectura.

Jaque…mate!

23 jun. 2011

Rueda Martínez

La brisa copulaba con el viento a través del cruce blandengue de las nubes con vulgar estridencia y desparpajo. Lo que debió ser el crujir de la madera añejada en forma de cama, fue sustituido por el crepitar de los cómplices truenos que fotografiaban el momento cumbre del encuentro…

De pronto le faltó el aire, Rueda Martínez, fue sacado violentamente del sueño gracias a una fuerte patada en el estómago. Cómo se atrevía a quedarse dormido justo allí, justo la primera noche de su breve estadía en el infierno por treinta y cinco días. Cuando traspasó el umbral que divide la realidad en dos, el policía le dio un ligero empujón y dijo: «¡Carne fresca!». Los cuarenta presos allí hacinados entraron en una estremecedora algarabía, como si el apelativo de “carne fresca” aludiera a un buen solomo de cuerito, o a una punta trasera servida en el mejor término de cocción. Saltaron silbidos y todo tipo de improperios, pero la frase más trillada fue: «Pásamelo pa’ ca!».

Tal como lo sacaron del barrio, de su casa, después de radiarlo y corroborar que estaba solicitado, llegó a la celda que lo vejó como ser humano, pero no tanto como a otros. Rueda Martínez era el nuevo inquilino y venía muy bien vestido considerando su nueva residencia: bluyín, franela y zapatos de goma (y a escondidas medias e interiores), todo un lujo. No había pasado treinta minutos cuando tuvo que defenderse para conservar su ropa y seguramente su vida. Fueron tres los que lo intentaron dejar como Dios lo trajo al mundo, pero nunca imaginaron la fuerza brutal que aquel hombre de mediana estatura poseía y que después de darle una paliza a cada uno de ellos –incluyendo una fractura en el brazo para el menos afortunado- se convertiría en el religioso del pabellón de transición. La patada nocturna le fue dada en venganza por uno de los tres que recibió su buena golpiza (aclaro que el término golpiza es para hacer de esta crónica ajena, algo más digerible a la lectura, puesto que Rueda Martínez, mientras me contaba, utilizó el término “coñaza”). También fue el último golpe que le diera después de recibir su segundo escarmiento.

Rueda Martínez ya había fotografiado el lugar y a sus habitantes. Una esquina al fondo era el mejor lugar para procurarse cierta seguridad, al menos para hacerse la idea, pero ambas estaban ocupadas. Pasaron días hasta que pudo ganarse ese lugar por mérito propio, por demostrar su dureza, gracias a no dejarse joder por nadie, y sobre todo, por no meterse con nadie. Las esquinas delanteras que hacían juego con los barrotes, terminaban siendo el peor lugar puesto que se estaba a merced de los golpes, tanto de los presos, como de los policías.

Dentro del terrible cuadrilátero estaban algunos hombres descalzos, vestidos, pero descalzos; otros solamente con un pantalón raído más que por el tiempo, por un altercado reciente, con el torso desnudo; otros solamente en interiores en posición prenatal y pegados a la pared, protegiendo su dignidad, temblorosos y amoratados; y estaba “la cachifa” con un exótico lingerie rojo: presto -¿o presta?- a satisfacer las necesidades carnales de los más perversos.

Avanzaban los días en la misma proporción en que Rueda Martínez disminuía su peso corporal. Quién podía comer aquellos restos de comida, camuflados en la parte superior de una olla inmensa, con la única sección comestible de un putrefacto paté de arroz y trozos de salchichas a punto de descomponerse. Los más afortunados, como él, recibían visitas a diario, lo que le permitía ingerir comida sana. Una buena arepa rellena dentro de la celda era todo un lujo, a escondidas claro, como también era un lujo tener acceso a un celular conseguido dos semanas después gracias a una buena comisión ofrecida a un policía. A través del teléfono estaba al tanto de su caso y conversaba escasos cinco minutos al día con una de las secretarias de la empresa en la cual trabaja. Por ella fue que entendió por qué había sido detenido, si él –como alegaba- no había hecho nada, pero igual aparecía en la lista de los solicitados. Esta fue la causa:

Hace quince años Rueda Martínez se fue de parranda con sus tres mejores amigos, uno de ellos incluso “era” su compadre. Estaban en una reconocida discoteca de Las Mercedes disfrutando de la música, las chicas y el alcohol. Súbitamente sus tres amigos se fueron al baño dejándolo solo, mientras él suponía que iban a darse unos toques técnicos en las fosas nasales. Mayor sorpresa cuando irrumpen en la pista de baile tres encapuchados fuertemente armados. Él los reconoció por los zapatos, eran sus amigos. Por gracia o desgracia, estaban de civil en el mismo lugar varios policías armados. (Pues si Rueda Martínez no lo sabe yo menos: cómo era posible que en un lugar así hubieran pasado las armas, se justifica la de los policías, pero la de los tres bándalos…?) Lo cierto y en resumen, este episodio terminó así: sujeto uno, se batió a tiros y murió; sujeto dos: se entregó, depuso el arma; sujeto tres, el compadre, se suicidó en el acto, por ello el “era” de líneas atrás. El error, la ingenuidad de Rueda Martínez, fue acercarse a preguntarle al sujeto dos que “por qué habían hecho eso”. «Caramba señor Martínez, qué ingenuo». Fue detenido por averiguación hasta que se demostró que no tenía nada qué ver con el hecho. ¿Dónde estuvo su error, motivo por el cual estuvo treinta y cinco días en una de las sucursales del infierno? En aquel entonces, no se presentó en los tribunales y no siguió el curso legal para el cierre definitivo del expediente, ergo, quedó abierto y por tanto solicitado. En fin, en más de una ocasión la secretaria se había quedado hablando sola, porque Rueda Martínez había apretado la tecla “end” ante la presencia de un policía ajeno a la componenda.

También le llamó la atención un muchacho de diecinueve años, el “intocable” le decían. Enclenque, más bien con cara de pendejo, famélico y hasta pequeño –según me contó. El muchacho era un vendedor de perico en un barrio X de Caracas. Un policía lo tenía extorsionado, le cobraba comisiones altísimas para no llevárselo preso. Un buen día el “intocable” se apareció con una moto nuevecita (la cual compró legalmente con su dinero) y pasó a manos del policía porque ese día no tenía efectivo para pagarle: «No me la calé más», le contó a Rueda Martínez. Dos días después cuando el policía venía a cobrar su vacuna, su comisión, el “intocable” le descargó un -¿o una?- nueve milímetros en el pecho. Era un héroe en la celda y nadie se metía con él. Tanto así que un sábado en la madrugada los policías, después de argumentar un falso traslado del muchacho a esas horas, se consiguieron con un rotundo “no”, con un grupo de hombres que en ese momento se unieron para impedirle en definitiva otra paliza brutal al “mata policía”, como le llamaban los castrenses. Hubo incluso hasta un colchón en llamas para hacerlo salir tras una asfixia segura, pero ni así lo lograron.

Conoció también a un hombre que no paraba de caminar de un lado a otro… de un lado a otro… de un lado a otro… Rueda Martínez me lo contó así, moviendo su brazo hacia donde se dirigía el preso. Le preguntó cómo se llamaba, pero no le respondió. Luego a la pregunta que por qué estaba allí, le respondió que por suicidio. Rueda Martínez, extrañado, le corrigió, será por asesinato... no, por suicidio… Llámalo como quieras, puedes llamarlo también suicinato: estaba en el hipódromo jugando unos caballitos, lo aposté todo y me arruiné. Cómo uno puede seguir viviendo pelando bolas. Así que me pegué un tiro y ya ves, preso por suicidio. Nadie me ve, sólo tú que estás dormido.

Las arañas en el techo también eran testigos de lo que allí sucedía. Estos nobles insectos eran protegidos por el “fumarola”, quien después de recolectar sus telas, sus filigranas arácnidas ennegrecidas, las juntaba con las uñas que se cortaban los presos, sí, las uñas, las envolvía en un trozo de papel y se las fumaba: «Aquí todo se fuma, caballo…», solía decir.

Rueda Martínez también contó que una noche, a cinco minutos antes de que apagaran la luz para que sufrieran los embates del sueño –a penas durmió dos horas al día durante su permanencia en aquel lugar- llegó el policía de turno con un nuevo preso: «Aquí está este pajarito que le gusta cogerse a carajitas de ocho años». Se hizo la oscuridad con algunos matices grisáceos formados por los pírricos rayos de luz que quedaban a la distancia, se oyeron gritos y lo demás es inenarrable. Al otro día el jefe de la celda llamó a la “cachifa” y le dijo que le devolviera “las juanas”, así le llamaban a la pantaleta y al sostén –eso de brasier no pega aquí– rojo que vestía. Le entregó un pantalón corto y una franela para que no estuviera desnudo y desde ese día cambió de “cachifa”.

¿Ir al baño, delante de todo el mundo, fuera por la necesidad fisiológica que fuera? ¿Bañarse?, Tarea titánica. Rueda Martínez consiguió después de dos semanas cómo hacerlo sin que lo molestaran: se bañaba en “Cone Ciervo”, el mismo que usan los santeros y huele malísimo, como a mofeta concentrada: «pa’ espantá los malos espíritus», según decía a todo gañote, reafirmando su rango de religioso a través de sus rezos y de sus escapularios que le colgaban del pecho, juntando fuerzas paganas y cristianas con Jesucristo, Yemayá, la Virgen María y todo el panteón Orisha posible. «Ta’ loco…ta’ loco», decían los demás presos, pero lo dejaban bañarse en paz.

«¿Quién carajo es Rueda Martínez?», preguntó uno de los policías, «Tiene visita» El policía trasladó al reo hacia el lugar dispuesto para ello. Había una cola de veinte personas aproximadamente, personas que venían a visitar a un ser querido que por justa o injusta razón había caído preso. El policía gritó a todo pulmón: «¿Quién viene a visitar al señor Martínez?», todas, absolutamente todas las personas de la cola, alzaron la mano: «Coño alcalde, tiene visita», le dijo el policía. Ambos se cruzaron una mueca de sonrisa cómplice.

Así llegó la tan deseada boleta de excarcelación. Rueda Martínez, el motorizado de la empresa, contó esto y mucho más en el agasajo que le hicimos para celebrar su libertad. «El infierno existe, y está aquí», dijo.

La brisa copulaba con el viento a través del cruce blandengue de las nubes con vulgar estridencia y desparpajo. Lo que debió ser el crujir de la madera añejada en forma de cama, fue sustituido por el crepitar de los cómplices truenos que fotografiaban el momento cumbre del encuentro…

Despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio el techo de su habitación, dos lágrimas rodaron por su rostro la primera noche fuera del infierno.

21 jun. 2011

INDIGNACIÓN

Si hay un autor que hurga con destreza en las angustias humanas, ese es Philip Roth. La vida sin pinceladas fantásticas, sin máscaras, en donde la felicidad está supeditada, no a la utopía de la perfección, sino a los pequeños momentos que te pueden granjear algo de satisfacción para hacerla más llevadera. De eso va Indignación, en donde su protagonista, el joven judío Marcus Messner, quiere salir como sea de casa para librarse de la sobre protección que le ofrece su padre, un carnicero de barrio que lo quiere bien pero hasta el asedio.

Marcus logra entrar, después de duras negociaciones con la familia, a una conservadora universidad que lo pone en contacto con una realidad que hasta el momento de resultaba ajena, incluyendo el amor por una extraña chica. La dura situación económica que rodea a su familia y el encomiable sacrificio que hacen para que el joven Messner estudie y no termine muerto en una guerra como algunos de sus primos, lo transforma en un extraordinario estudiante, pero sus compañeros de habitación le hacen perder la compostura.

Flusser, el primero de ellos, escuchaba música a todo volumen a altas horas de la noche, impidiéndole a Marcus estudiar o dormir, hasta que entre gritos e improperios, tomó el long-play del Cuarteto de Beethoven en Fa mayor haciéndolo añicos contra la pared. Tuvo que mudarse en la residencia estudiantil consiguiendo compartir habitación con Elwyn, que era como vivir solo ya que no le dirigía la palabra salvo para casos estrictamente necesarios o para alardear sobre su potente LaSalle 1940. Pero al tiempo y tras una discusión, el puño de Elwyn se estrelló contra la cara de Marcus.

Luego se enamora de Olivia, que en palabras del propio Marcus, dice: “Me había enamorado de una ex alcohólica adolescente e interna de un sanatorio psiquiátrico que había fracasado en su intento de suicidarse con una cuchilla de afeitar, una chica que era hija de padres divorciados, y gentil para más INRI”.

Todas estas situaciones llevan a Marcus ante el despacho de Hawes Caudwell, el decano universitario de lo varones, en donde se inicia una fantástica discusión entre ambos y cuyo referente en la conversación –que se va subiendo de tono– es el ensayo Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, el autor favorito de Marcus. La “indignación” va creciendo en Marcus ante los argumentos del decano y la escena termina en un asqueroso desastre.

Philip Roth enmarca esta historia en 1951, segundo año de la guerra de Corea, situación que cobra vital importancia en el transcurrir de la trama. Este elemento histórico muestra con crudeza el fuerte impacto que dejó en la población estadounidense y desencadena en un inesperado, impactante y bien elaborado final que el autor dejó en Indignación, un libro breve, compacto y sin desperdicio; un texto que demuestra “la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado”.

16 jun. 2011

El regalo de Pandora

Si algo se agradece a un libro, es que nos entretenga, nos divierta; y si aprendemos algo magnífico. Ese agradecimiento no puede verse de manera aislada, puesto que, más allá de la “cosidad” del libro como ente ya independiente, con vida propia cada vez que lo leemos, va de la mano de su creador, de su autor. Héctor Torres logra esto a través de diez relatos; logra mantener el interés por la lectura y por lo que vendrá en cada una de sus historias. Dijo Adolfo Bioy Casares: El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí. Frase que se me antoja ideal para El regalo de Pandora, puesto que al finalizar la lectura, uno queda con un grato sabor, ergo, con un buen recuerdo.

Los dos temas más resaltantes –que no los únicos– desarrollados por el autor y que están en cada una de las hojas con el buen descaro de quien domina el tema, son: la imagen interiorizada de lo femenino y la presencia de la ciudad. De lo primero, sería llover sobre mojado lo que pudiera decir, cuando voces que ya tienen un nombre en el panorama crítico literario nacional, lo toman como la punta de lanza torresiana: ese intento del autor por descifrar el mundo interno de las mujeres –con ellas siempre será un intento–, sus temores y sus pensamientos a mil revoluciones por segundo.

El otro tema de importancia es el de la presencia de la ciudad cual si fuera un personaje adicional, testigo silente que todo lo ve pero que calla, epicentro en donde pasan acciones y situaciones que en ella se desarrollan. Allí están las calles, la mismas que ya conocemos y por ello tan afines a nuestro degustar como lectores: las de la ciudad atroz y violenta; las que dan un respiro a cuentagotas en ese intento de modernidad; las mismas que son caos y hedor entre mendigos, vendedores ambulantes y fragancias de moda tras emperifollados ejecutivos.

El regalo de Pandora es una ofrenda plurivalente que lleva en su interior un compendio de buenas imágenes narrativas, las mismas que Héctor Torres en ese solitario oficio que se llama escribir, ha venido desarrollando y puliendo sobre los temas ya descritos, tal vez como obsesión, tal vez como catarsis. Héctor dejó sus huellas de bisonte y ahora de la mano de la Editorial Ficción Breve abre esta caja para el disfrute de todos, con la esperanza siempre en el fondo para seguir escribiendo.

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Superando todas mis fantasías al respecto, Fabiola ardía. Como su risa mojada, así de profusa entendía la pasión. Si su risa era una regadera, yo olvidé, en mi felicidad, cerrarla, por lo que terminé empapado.

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Las termitas del tiempo ajan las carnes en silencio, las vuelven trémulas, y la gente, sin entender intenta esconder horrorizada su marchitez.

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Marlenys nunca se sueña en Caracas. A lo sumo, se soñaba en un espacio impreciso que tenía algo de la avenida, con sus restos de esplendor, con sus sobras humanas, su basura, sus graffitis invocando la guerra, mezclada con el paisaje de sus sueños.

15 jun. 2011

Memorias de una librería: EL BUSCÓN

Tal vez cabían más almas, pero cuerpos… no; ni uno solo. Ayer fue presentando Las palabras de El Buscón, texto en donde se compilan experiencias, lecturas y presentaciones en un período de seis años, llevadas a cabo en una librería que se ha vuelto referencia para aquellos que buscan títulos novedosos y buena literatura.

Katyna, como siempre, atenta con todos y feliz por esa meta alcanzada, fue el centro de atención y llegar a ella no fue fácil, aunque lo logré, ahí la ven firmando su obra y empeño. Mis felicitaciones y un fuerte abrazo.

14 jun. 2011

Antología poética de Ramón Palomares


Ternura, no te escondas, despierta en el pájaro oculto, en el asombro de la flor, en el golpear sin fin de ese astro que huye. Toca el cristal desconocido y llega a lo profundo, hasta el niño que fui, hasta el niño que habito.
Ramón Palomares.

Cada quien tiene su ritmo, su método de lectura; cada quien escoge su lugar y la hora precisa en donde encajan todas las piezas para el disfrute de dicho proceso, y si de poesía se trata, mucho más. En la mayoría de los casos, la lectura de poesía se me va bien en silencio, degustando de la resonancia que producen las imágenes, los versos y el sonido en la interioridad. No obstante, y recordando a la gran poeta Hanni Ossott, sé que en alguna parte de su libro Cómo leer la poesía, recomienda leerla en voz alta, justo para que se dé el encuentro entre ese sonido que rebota en la resonancia del yo interno, con lo que la voz en pleno manifiesta.

Llego así a la poesía de Ramón Palomares a través de esta antología poética con la intención de saldar deudas de lecturas pendientes, las cuales afortunadamente, nunca se acaban. Rememoro a Ossott puesto que emprendido el viaje sobre los versos del poeta trujillano, se me hizo imprescindible, necesario, alzar la voz, darle sonido a lo que leía, tal como si los propios versos lo exigieran. Justo cuando empecé a hacerlo, algo se desveló entre las letras como un bucólico secreto. Y es que tras cada poema que leía, los paisajes y el mundo propio y entrañable de los Andes venezolanos, estaban allí, utilizando mi voz como un medium, como un vehículo que daba vida al sentir del poeta.
Una de las características más destacables de esta poesía antologada -debo ir por más- es la transparencia, lo prístino en todas y cada una de sus formas, que seguramente son reflejo de ese universo sencillo que rodeó al poeta, en donde lo popular es exaltado a lo poético sin dejar su raigambre y humildad. Hay luz y oscuridad; hay verde por doquier y ríos, ese que es el pasaje donde se han desvanecido todos los muertos; hay pájaros salpicando vida y piedras inertes; alegrías que despiertan con el alba y nostalgias sobre el ocaso.
En el mismo orden de ideas con respecto a la necesidad de leer la poesía en voz alta, Octavio Paz dice que “el poema es creación original y única, pero también es lectura y recitación: participación. El poeta lo crea; el pueblo, al recitarlo, lo recrea. Poeta y lector son dos momentos de una misma realidad”. Y es que la poesía de Palomares, lo pide, necesita de la voz para revelarse desde la raíz, desde el lugar de donde nace, justo en lo entrañable de la naturaleza y del sentir del poeta. Sus versos abarcan todo un universo sensorial que huele a yerba, que suena a manantial y que se fundamenta en una realidad que a ratos vivencia, y que en otros tanto, añora.
Ramón Palomares forma parte de los imprescindibles de la poesía venezolana en una tierra en donde hay más poetas que taxistas, comentario al margen y que no es en broma, tan sólo para dar a entender que aquí, desde tiempos lejanos, la poesía forma parte del día-día venezolano. Palomares, maestro y profesor de literatura, lleva con justicia el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de los Andes, lo cual no es poca cosa. Hay que leerlo, es fundamental, su obra es poesía honesta que se siente.
Qué terrible es tu boca que me ha dejado huérfana de
fuego
Y no cabe tener más frío porque ya no puedo ser más y
más yelo
y al dejarme corres desde adentro y desde allí
me hieres...

13 jun. 2011

Largo haiku para un viaje

“EL PRIMER ERROR QUE COMETÍ FUE DEJAR DE LLAMARME JARUKO, CUANDO LA GENTE SE ENAMORA ES CAPAZ DE PERDER HASTA EL NOMBRE”. ASÍ COMIENZA LARGO HAIKU PARA UN VIAJE LA NOVELA DE SUSY CALCINA NAGAI. UNA TRAMA QUE DESDE SU INICIO MARCA UNA TRAVESÍA CONMOVEDORA, FASCINANTE Y TRÁGICA PERO ABSOLUTAMENTE COMPROMETIDA CON LA VIDA.

SUSY NARRA UNA SAGA FAMILIAR, QUE ES A LA VEZ UNA LARGA NAVEGACIÓN GEOGRÁFICA, UN CERTERO REGISTRO FAMILIAR, Y UN ACERTADO MANEJO DE FABULACIÓN. JARUKO Ó ANA ROSSO PROTAGONIZA UNA HISTORIA QUE ALGUNAS VECES PARECE INSÓLITA PERO QUE SE CORRESPONDE CON EXACTAS VIVENCIAS PERSONALES. NAGASAKY, SIRACUSA, SHANGHAI, PEKIN, HONG KONG, INDONESIA, SINGAPUR, BOMBAY, KARACHI, CRETA, VENECIA Y ROMA SON ESTANCIAS O LUGARES DE UN INTERMINABLE ITINERARIO, DE APREMIOS Y DE SUEÑOS QUE HABRIAN DE CONCLUIR 21 DE SEPTIEMBRE DE 1951 EN EL PUERTO DE LA GUAIRA. ALLÍ JARUKO Ó ANA ROSSO JUNTO A SUS CINCO HIJAS CONOCE “LA APOLOGÍA DEL MEJOR LIENZO TRATADO POR INFINITOS PINTORES”. EN ESE LUGAR HABRÍA DE COMENZAR OTRO CICLO DE UNA VIDA DE RUMBOS QUE PARECIAN SIN TÉRMINO. EL DESTINO FINAL HABRÍA DE SER EL DEL INMIGRANTE QUE DESCUBRE UN NUEVO MUNDO. EN ESTE CASO BARQUISIMETO LA CIUDAD VENEZOLANA DE LOS CREPÚSCULOS.

EN SU BAGAJE ESTABA NÍTIDA LA REPRESIÓN DE UNA CHINA BAJO LA BOTA DE MAO TSE TUN. LOS FALLIDOS ESFUERZOS EMPRESARIALES EN PRECARIOS NEGOCIO: LA FABRICA “SAPONNE DE FIORI”, “LA PANADERÍA SAN ANTONIO”, “SHIAU-SUNHUI” EL PEQUEÑO CLUB QUE PARA JARUKO ERA SÓLO UN ANTRO “DE DESAGRADABLE OLOR A DESENFRENO NOCTURNO” Ó COMO DIRÍA MARIA GABRIELA MARQUEZ, MI ESPOSA Y LECTORA EMPEDERNIDA DE LA NOVELA “UNA BARRA IMPERSONAL DE CLAUSTROS ALCÓHOLICOS”.

BARQUISIMETO SERÁ DESDE ENTONCES EL NÚCLEO DE LA FAMILIA ROSSO –NAKAYAMA, EL PUNTO DE ENCUENTRO CON UNA NUEVA CULTURA, CON NUEVAS COSTUMBRES Y REALIDADES DESLUMBRANTES.

LARGO HAIKU PARA UN VIAJE (AIKU NOMBRE QUE SE ATRIBUYE A LA POESÍA CORTA JAPONESA Y PALABRA DERIVADA DEL IDIOMA CHINO, DONDE HAI SIGNIFICA AMOR, KU SIGNIFICA DOLOR. Y CUYA CONJUNCIÓN EN MANDARIN DEVIENE EN AMOR Y DOLOR), ES LA PRIMERA NOVELA DE SUSY CALCINA NAGAI, DE ORIGEN ITALO-JAPONES Y NACIDA EN CHINA, VIVIÓ SU INFANCIA EN SIRACUSA Y DESDE LOS AÑOS 50 SE HIZO VENEZOLANA Y MAS QUE VENEZOLANA BARQUISIMETANA. ES ADMINISTRADORA DE EMPRESAS, HA SIDO ASESORA DE LA CONTRALORÍA GENERAL DE REPÚBLICA, HA PARTICIPADO INTENSAMENTE EN LAS ARTES PLÁSTICAS Y ES ADEMAS FILÓSOFA EGRESADA DE LA UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR.

TODOS ELLOS ELEMENTOS MAS QUE SUFICIENTES PARA QUE EMPRENDA SU PROPUESTA LITERARIA. SE HA DICHO Y CIERTAMENTE ES ASÍ, QUE LA NOVELA ES EL GÉNERO DOMINANTE DE LA LITERATURA. EL GÉNERO TOTAL. LA SÍNTESIS DE LA ESCRITURA COMO DISCIPLINA O TEMPRANA VOCACIÓN. AHORA SE SABE QUE LA NOVELA SE HA CONTAMINADO CON OTROS GÉNEROS. Y QUE LA VIEJA NOVELA ES PERMISIVA, CON LA CRÓNICA, LOS TRAZOS POÉTICOS, EL PERIODISMO E INCLUSO LOS DIARIOS PERSONALES. PERO POR ENCIMA DE TODO LA NOVELA SE DEFINE POR LA VALIDEZ Y TRASCENDENCIA DE UNA HISTORIA Y EL USO ASERTIVO DE LA ESCRITURA. EN LARGO JAIKU PARA UN VIAJE ESTÁ CONTENIDA UNA HISTORIA CON TODOS LOS ELEMENTOS PARA QUE INTERESE E IMPACTE AL LECTOR. UNA HISTORIA QUE ADEMÁS PARTE DE EXPERIENCIAS, VICISITUDES Y ALEGRÍAS EN BUENA MEDIDA VIVIDAS POR LA AUTORA, PERO ES ADEMÁS UN REFRESCANTE ITINERARIO GEOGRÁFICO, UN GUIÓN DEL MEJOR ALIENTO CINEMATOGRÁFICO, Y SOBRE TODO UNA HISTORIA DE AMOR QUE SE EMPARENTA CON LA MEJOR TRADICIÓN DE LA NOVELA ROMÁNTICA.

RICARDO PIGLIA, EL ESCRITOR ARGENTINO GANADOR DEL PREMIO NOVELA ROMULO GALLEGOS 2011, CONSIDERADO COMO EL GALARDÓN NOBEL DE LATINOAMÉRICA, REFLEXIONA SOBRE EL RIGOR Y EL PLACER DE LA ESCRITURA, DICE PIGLIA: “NARRAR ES JUGAR AL POCKER CON UN RIVAL QUE PUEDE MIRARTE LAS CARTAS”. EN ESTA PRIMERA JUGADA LITERARIA SUSY HA RESULTADO GANADORA.

ENHORABUENA!

Kill Horn


Una reconocida empresa transnacional dedicada al sector automotriz y que además tiene una prolongada trayectoria en Venezuela, ha decidido utilizar el parque automotor caraqueño como conejillo de indias para evaluar y corregir un novedoso sistema anti-cola que será la envidia de todo conductor. Países del primer, segundo y tercer mundo tienen los ojos puestos sobre este adminículo, que según palabras del propio Kill Horn, presidente de la reconocida empresa: “El futuro ha llegado. Nadie podrá tener un vehículo sin nuestro sistema”. Mister Horn agregó también, que incluso países que sobrepasan la décima posición dentro del ranking mundial, han manifestado un rotundo interés por adquirir la última tecnología patentada por su empresa. Ciudades como Sao Paulo, Nueva York y Ciudad de México, están a la espera de los resultados del mercado piloto establecido en las calles caraqueñas.

El primer problema que han tenido que enfrentar los ingenieros de la automotriz, es el inexplicable accionar de las cornetas de los vehículos poseedores del sistema -bautizado con el nombre homónimo de su Chairman: “Kill Horn”- con la luz de los semáforos, particularmente cuando cambia de rojo a verde. Dicho inconveniente técnico está en su etapa de ajuste, ya que han sido innumerables los enfrentamientos que se han suscitado entre los conductores que aguardan su tiempo prudencial para emprender la marcha y los ansiosos conductores que al llegar la luz verde del semáforo revolucionan sus vehículos como en una “pole position”.

El segundo problema del ingenioso sistema “Kill Horn”, está directamente ligado al acelerador del vehículo, ya que éste, en vez de disminuir la velocidad, aumenta significativamente cuando el semáforo hace el cambio de la luz verde a la luz amarilla. Lo curioso de este desperfecto es que en los municipios de la agitada capital caraqueña en donde hay mayor presencia de fiscales y autoridades del tránsito, los “chips” que activan este proceso misteriosamente funcionan a la perfección disminuyendo la velocidad en los cambios de luces antes expuestos.

Una vez ajustados estos detalles técnicos el poderoso sistema “Kill Horn” aliviará el pesado tráfico citadino, al punto, que en un lapso menor a un año de implementación en el mercado, todos los vehículos que aún puedan verse rodando por las principales capitales del mundo, es porque poseen esta poderosa herramienta automotora. El sistema es muy sencillo y de fácil uso, lo que le garantizará a los conductores, un manejo más placentero, menos estresante y sobre todo, le ahorrará tiempo de traslado. El conductor tan sólo deberá accionar su corneta con cierta iracundia y por más de cinco segundos continuos, para que el vehículo que se encuentra delante del suyo desaparezca como por arte de magia. Sí, aunque usted no lo crea, el fantástico “Kill Horn” hará desaparecer ante sus ojos todos los vehículos que estén delante del suyo para que la cola se desvanezca con tan sólo apretar su corneta. Además, posee un dispositivo de seguridad que garantiza su buen desempeño, permitiendo que se active únicamente cuando su vehículo y el que le antecede están totalmente estáticos, es decir, a cero kilómetros por hora, lo cual redundará en que ningún conductor astuto –los cuales abundan en todas partes del mundo- pueda activar el sistema en plena marcha.

La mala noticia es que aún no se vende por separado. Los consumidores deberán adquirir el vehículo de la empresa automotriz que no pienso mencionar, para poder disfrutar de tan funcional herramienta. Aproveche ahora que las colas de compra para adquirir los vehículos con esta nueva tecnología es de a penas quince meses de espera, nada despreciable para el tiempo que le ahorrará en colas, tal como el mismo Mister Horn declaró para Palabras y Escombros: “Ya se acabó la hora pico. Ahora llego en quince minutos desde el centro hasta La California yendo por la autopista Francisco Fajardo”. Kill Horn, el futuro ha llegado.

2 jun. 2011

La invención de la soledad

El infierno está todo en esta palabra: soledad.

Victor Hugo

Tengo la sensación de que intento llegar
a algún sitio, como si supiera lo que
quiero decir; pero cuanto más avanzo,
más me doy cuenta de que el camino hacia
mi objetivo no existe.

Paul Auster

Paul Auster no inventó la soledad, eso lo sabe cualquiera. Esa entidad, o mejor aún, esa “no entidad”, pues de ella “la nada” pudiera ser un pariente cercano, algunos se atormentan, y otros, son capaces de transformarla en el punto desde el cual la reflexión halla su mejor aliado. La invención de la soledad es un libro que está dividido en dos partes. La primera, intitulada “Retrato de un hombre invisible”, en la cual Paul Auster hurga en la intimidad de su familia y particularmente en la relación con su padre recién fallecido, despliega una sentida y conmovedora retrospectiva que da cuenta de sus tristezas y frustraciones, que como hijo, padeció. Comienza así un proceso en donde a través de la experiencia del dolor, de una u otra forma, pretende eternizar la imagen de ese padre distante vinculado a los objetos dejados en este plano; también por medio de las fotos y los recuerdos que inevitablemente se le vienen a la memoria al protagonista/autor.

En la segunda parte, “El libro de la memoria”, Auster deshilvana por completo la historia con su certera, y para nada rimbombante, narrativa. La invención de la soledad, por ese carácter autobiográfico, en donde no sabemos qué es ficción (si es que la hay) y qué es tomado de la vida real, está alejada del sensacionalismo que la mayoría de las editoriales buscan. Obviamente que más de una quisiera tenerlo en su alineación de escritores y que por ello tal vez Auster ya puede publicar lo que se le venga en gana, pero aquí, ese ejercicio narrativo –como diría el maestro José Balza- va más allá de la anécdota, se aferra a una grata y descarada introspección que sorprende. Va al pasado, vuelve al presente, imagina el futuro, sufre, y ese padecimiento llega sin edulcorantes al lector. Entra en juego la literatura como artificio de la cual se vale con maestría para cautivar, desde lo intrínseco de lo que cuenta, hasta los enlaces y referentes bien conectados con Jonás, Mallarmè, Pinocho, Proust, entre otros. También se destaca en esta parte del libro la voz omnisciente que narra, que todo lo sabe, que es la misma del autor, pero desde un desdoblamiento, tal como si se viera a lo largo de su propia historia como un espectador, el mismo que cuenta y se deja ser contado. Es el yo viéndose a sí mismo desde una posición demiúrgica.

En La invención de la soledad no hay enigma distinto del que la vida misma puede darle a cualquiera, lo cual no es poca cosa, partiendo de los temores propios de la infancia, hasta la inevitable muerte del padre, malo o bueno, pero padre al fin. Como dije al principio, si bien es cierto que Paul Auter no inventó la soledad, se las apaña muy bien en este libro para darnos una idea de la misma. Dice: “Cada libro es una imagen de la soledad. Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de la soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad y compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”.