29 dic. 2008

Japi niu yiar tu dousan nain


Feliz 2009 hasta el hastío…
Hasta que duela el bienestar
y la tristeza sea anhelada.
Feliz 2009 por allá en octubre,
por los abrazos de falsa sorpresa.
Tal vez no tan lejos, digamos en abril,
ese mismo que le robaron a Sabina.
«Feliz año» a Voz Pópuli –con equis o zeta-
y todo el mundo mire su reloj de pulsera buscando la fecha.
Feliz año con dietas, tristezas y promesas
que se cumplirán hasta la mitad.
Feliz año con recuerdos que matan,
con tus errores a cuestas haciendo de las suyas aún
en este año a pañales.
Feliz año a los amigos –y a los enemigos, quizás los tienes y no lo sabes.
Feliz año con café incluido y endulzado con splenda,
con kilos de más y con anaqueles vacíos.
Feliz año con hambre, miseria y corrupción.
Feliz año, porque somos fuertes –como la moneda absurda.
Fuertes como la esperanza que no muere.

Feliz año.

23 dic. 2008

10 maneras de pedir la parada -en Caracas.


Viajando en buseta, bus, por puesto, camionetica, guagua y demás calificativos que pueda tener la unidad de transporte terrestre, expongo las diversas maneras en que los usuarios le indican al conductor que han llegado a su destino:


1. Déjeme ahí mismito: esto quiere decir que, más allá de la parada reglamentaria, el usuario le dice al conductor déjame donde te dé la gana pero no muy lejos. El diminutivo es este caso aplica como una especie de buen trato y cordialidad. Incluso algunos conductores optaron por imprimir el costo del pasaje mínimo junto a la referida frase “de ahí mismito”.
2. Déjame en la esquina: algunos osados después de hacer su solicitud le añaden “por favor”, en un acto casi de reflexión en donde se reconoce que no es lugar para pararse, pero qué más da, Venezuela es Venezuela, en la esquina estoy más cerca de mi destino que si me dejan en la parada –dirán.
3. Por donde pueda: aquí siempre me pregunto, por donde pueda qué cosa. Por donde pueda, escupe por la ventana?; por donde pueda se rasca la nariz o nos aturde más con la música? (con respecto a la música parece que todos están sindicalizados con el reguetón o el vallenato). Como el “por donde pueda” le resulta más cómodo al conductor, éste determina dejar al pasajero donde se le dé la real gana, motivo por el cual el impaciente usuario termina diciendo “llévame pa’ tu casa” y la transacción del costo por el pasaje termina a regañadientes.
4. Déjeme aquí: a diferencia del punto tres, este resulta todo lo contrario. Este destaca por su carácter impositivo. Es aquí y ahora, en donde se esté, en mitad de la avenida, delante de los fiscales –que nunca hacen nada o cuando mucho lo que hacen es entorpecer mucho más el tráfico. Algunos conductores se arriesgan a omitir la petición, dicho en criollo, a hacerse los locos y a dejarlos en un lugar cerca de la parada (nunca en ella, claro).
5. Me deja en la puerta de…: esta solicitud puede variar de acuerdo al lugar y al usuario. Por lo general suele ser utilizada por personas de la tercera edad o jóvenes flojos que les da ladilla hasta caminar, razón por la cual piden que lo dejen en la puerta del edificio tal, o un poco más allá del árbol X.
6. Me deja en el rayado: quién carajo le dijo a la gente que esas rayas blancas sobre las avenidas son para descargar pasajeros. No señor, esas tiras blancuzcas, por lo general bastante gruesas, forman parte del adorno citadino, del complejo arte urbano que tiñe el asfalto. En otros países suelen ser utilizados para que los peatones crucen las calles y avenidas.
7. Me deja al pasar o al cruzar: algunos usuarios con las condiciones físicas para hacerlo, se lanzan a su destino a penas sienten que la unidad de transporte baja la velocidad y han cruzado la calle.
8. En la próxima parada: otra solicitud abierta. ¿La parada que viene, en la esquina, en el edificio...? Dónde, se preguntará el conductor. Esa cosa con dos palos y un travesaño que por lo general soporta un par de campañas publicitarias en los laterales de cualquier producto y que en algunos casos posen un pequeño banco para que los usuarios tomen asiento cómodamente, conocidas como parada o terminales, aquí cumplen cuatro funciones menos para la cual fueron hechas: uno, dormitorio de indigentes (también de meadero); dos, lienzo futurista para los grafiteros que no pelan una para plasmar sus coloridas y gigantes firmas; tres, diana gigante en donde van a parar los conductores ebrios después de media noche y cuatro, paraguas colectivo.
9. Me deja por la parada: es decir, literalmente el conductor dejaría al usuario en ese lugar imaginario (porque en Caracas parece serlo) y lo sustituiría, lo canjearía, “por” la parada, adentrando ese mamotreto inútil dentro del trasporte llevándose por el medio a quien fuera.
10. Me deja “en” la parada: esta sería la frase más precisa con la cual los usuarios del transporte público anunciarían que han llegado al llegadero, pero –siempre hay un pero- la “parada”, esa especie de entelequia citadina en donde los usuarios de a pie deberían tomar o bajarse del autobús, está en el imaginario de cada conductor. Es por ello que deberíamos decirles a los “profesionales del volante” (las comillas van un breve halo de sarcasmo) déjeme en “su” parada.

Están son las diez maneras básicas de cómo los venezolanos (al menos los caraqueños) solicitamos que nos dejen “en” la parada. Un punto no tan simpático que no quiero pasar por alto y que es común a las diez enumeraciones anteriores, es que cuando algún usuario se baja en su destino y el transporte a penas lleva veinte metros andando, siempre –o casi siempre- salta alguien diciendo “ay señor, déjeme por aquí”.

Si usted tiene otra manera de pedir "la parada", pues dígalo por aquí.

19 dic. 2008

Tiranía del lápiz

He mordido el rabioso codo de la noche

cual pez alado de imposibles



hinco allí la dura cornea de las flores

y el agrio esmalte de un verbo

sangrar

reír


luego se hace un ovillo entre mis ojos de marfil

y es carnada mustia de la palabra


soy gusano estéril de verdes

perro fiel sin ladridos ni pezuñas


engullo


exhalo


y alguna estrella constrictora

me guiñe el ojo a la distancia


parpadea

titila

y no me convence


sigo allí

aferrado a esta coyuntura divina

con la tirana mandíbula de las letras


en esta hora solitaria

los segundos huelen a lápices.

18 dic. 2008

Rodriguez 1 - Ocariz 0

Me pregunto cómo hacen los periodistas, articulistas, columnistas y demás profesionales de la palabra cuando no tienen nada qué decir, o mejor dicho, cuando no se les ocurre nada para la edición que les corresponde escribir. Alberto Barrera Tyska me comentaban que es duro, durísimo cuando la mente se queda en blanco, pero hay que cumplir. Ese es mi caso, claro, salvando la enorme distancia que existe entre el maestro Barrera Tyska y este escombrero.

No se me ocurre nada de na’…incluso estoy temerosamente asombrado porque en el transporte Justificar a ambos ladospúblico en cual ando, no me pasado nada de na’ (a Dios gracias) como para tener algo qué contar. No he visto ni una sola coñacita para ocupar un puesto en el transporte público; en el metro la gente se ha estado empujado decentemente para abordar el vagón: “disculpe usted” –dice uno; el otro responde “no, más bien disculpe usted”. No recuerdo en las últimas dos semanas una mentada de madre por el motivo que sea. Esta extraña tranquilidad me inquieta y me hace pensar en que es que la gente ya está metida de lleno en su navidad, con sus bolitas (las ornamentales), luces y demás artilugios de la época.

Dentro de las pocas ocurrencias que pudiera nacer de los últimos días, está la representada por la señora al volante: “muy buenos días”, me dice ella y yo le respondo igual. “Qué maravilla”, pienso. Y así se va de buenos días en buenos días a medida que entran los pasajeros, hasta que un conductor se le atraviesa en su camino: “Mueve esa mi…”, dice ella y se acabó la magia. Fin.







Aposté a que el árbol que ven en la foto llegaría al mes de su derribo causado por las intensas lluvias y que así consecutivamente llegaríamos hasta el 20 de noviembre del 2009 para cantarle cumpleaños. Acostumbrado como siempre a que las cosas en este país se hacen tarde y mal, perdí la apuesta. Sólo pasaron veinte días para que una comitiva del nuevo alcalde del Municipio Libertador, cortaran en trocitos ese viejo jabillo. Yo que vivo en el Municipio Sucre doy fe que un semáforo que está ubicado en una importantísima avenida que tiene cuatro entrecruces, ya pasó del año sin funcionar. Claro, reconozco que esta avería es una de las tantas malas herencias que le dejó el alcalde anterior a Ocariz, pero el efecto es el mismo y la cuenta da Rodríguez 1 – Ocariz 0. ¿Será que reaccionará algún día, que marcará gol y se irá en ventaja? Fin.

Excelsior Gama, pasillo X, charcutería, galleticas pal chamo (y que) y un etcétera de productos. Este súper mercado se pudiera decir que es el icono de la modernidad y del consumismo y de la democracia y de los súper mercados bien dotados del país, entre otras características que muchos pudieran añadir. Me imaginé por un momento, dado el fondo musical que acompañaba mi compra, a Silvio Rodríguez de “chopin” en este mismo establecimiento pero en Cuba, tal vez en la 5ta avenida o en algún lugar cercano al famoso malecón de La Habana. Pero no, todos sabemos que eso no existe y que el comentario pudiera verse como un gran cinismo de mi parte. Lo cierto es que mientras incorporaba a mi carrito un exquisito queso amarillo, el trovador con su voz partida de siempre decía “la era está pariendo un corazón / no puede más, se muere de dolor”…y yo me pegué a corearlo cuando oí a mis espaldas: “mira al chavista este en el excelsior”. Pensé en la intolerancia de estos días y aclaro que ni de vaina soy chavista. Y si lo fuera: ¿no tendría derecho a comprar en donde me diera la gana? Ahí les dejo eso y reconozco el delicioso anatema que es comprar en este súper mercado (o en cualquiera) y tener de fondo musical una canción de Silvio, como la última que alcance a escuchar justo cuando ya me iba: “Vivo en un país libre / cual solamente puede ser libre / en esta tierra en este instante…” Fin.

16 dic. 2008

Los días de la sombra


Yo confieso, sí, la flojera me está pegando duro en estos días. Leo como siempre, pero me da una pereza hacer mis brevísimas y escuetas reflexiones sobre lo leído. De hecho, esto que van a leer da vergüenza, sinceramente…

Continué con la lectura de "La saga de los confines" que me ha dejado un grato sabor en la boca (¿en la boca o en el cerebro o en los ojos o en todo junto? Ya ven, divago). En Los días de la sombra continúan las aventuras de los husihuilkes, lulus, astrónomos, clanes y demás seres antiguos en su lucha contra el malévolo Misáianes y sus esclavos sideresios. Entran nuevos personajes que mantienen la tensión épica de su predecesor Los días del venado, confirmando al menos desde mi punto de vista, que Liliana Bodoc ha hecho una trilogía admirable y exquisita. Thungür, heredero de Dunkancelin, pelea a muerte contra las tropas del mal tal como lo hace en su mismo bando el jefe máximo: Minché; el amor encuentra lugar gracias a la historia naciente que se da entre el guerrero Thungür y una princesa que perdió su trono: Nanahuatli; el encuentro entre la muerte y la inocencia personificados por La sombra –madre de Misáianes- y Wilkilén, momento espeluznante como tierno a la vez, entre otras historias, están presentes en este libro que junto a la saga, tienen olor a clásico. Una lectura sin desperdicio alguno.

9 dic. 2008

Libación

Esta polvareda de recuerdos
de arremolinada angustia sabática
espanta mis horas irrelevantes de hielo

entra tu mano en mi vientre
y huye con un trozo de mí

que aún gotea

que aún palpita



va dejando un rastro purpúreo de tiempo
que sigo con promiscua convalecencia

piso mi propia mácula
resbalando entre dudas sanguinolentas
pero alcanzo a verte

trinas con tu risa de hiena
con la carne entre tus dedos
libando mis dulces penurias

sigo tus huellas hechas de mí
perdidas en el tierno lago de tu partida
donde aún revolotean tus besos
como peces atormentados fuera del agua.

3 dic. 2008

La virgen del baño turco


El primer relato de La virgen del baño turco y otros cuentos falaces, me golpeó, me anunció todo lo que venía, lo que estaba por leer. Dicho relato o cuento, Margarita y los bárbaros, le arrancó la vida a un hombre en medio de una balacera justo cuando le pedía perdón a su mujer. Sucesivamente los cuentos “falaces” están enmarcados en una serie de eventos de reciente data en Venezuela –no tan falaces- y que no deja de lado a una Caracas que se regodea en sus miserias, reflejando a través de los personajes –monjas, proxenetas, doctores, etc.- las penurias que están tan cerca de nosotros, que a veces no las vemos y que de seguro en más de una ocasión hemos protagonizado.

Con una inteligencia desbordante y un humor finamente trabajado, nos dejamos llevar cuento tras cuento para ver qué otra ocurrencia nos trae la voz narrativa de Sonia Chocrón, que tal vez oculte tras algunas líneas reflexiones como: “…era madre por sobre todo y ama de casa, mercenaria de la televisión, esposa amante, hermana consuelo, amiga leal, rival del gobierno e hija melancólica. No podía con más responsabilidades… mi propósito era insistir…hasta quedar libre de los fantasmas que se antojaban acosarme”.

Situaciones al límite, historias tamizadas entre violencias y fracasos, están entremezcladas en La Virgen del baño turco con firme descaro literario.

28 nov. 2008

Terquedad




Fecunda piel de cujíes

aún oculta en el horizonte

de ponzoña algodonada

y dócil tacto de lija


atraes

seduces

imán de carne


me crees sudor de tus poros sonrientes

porque deseas

porque ardes


necesitas mi huella de plata


hilos viscosos y delgados

que se abren paso entre tus vellos de bronce


soy alud en tu deseo

el colono fantasmal de tus espasmos

el sólido vapor de tu mentira

El venezolano feo


Presumo que por aspectos mercadotécnicos la portada de este libro le hace honor al título. Dicho en seco: la portada me parece espantosa. Sin embargo y tomando camino hacia lo que me interesa, el contenido es muy bueno, tan bueno que después de recibir la primera bofetada por lo que Adriana Pedroza argumenta, capítulo tras capítulo la sensación es la misma, es decir, recibir muchas de nuestras verdades como venezolanos cual bofetadas en cada mejilla.

Cruel, pero realista, Adriana se involucra como una compatriota más en ese caos que resulta de nuestro día a día, reconociendo ese “Chávez que lleva –y que llevamos- dentro”, lo cual no resulta tan grato como el lema de aquel cereal que decía “despierta el tigre que hay en ti”.


El venezolano feo, tal como el título, es aquel que critica, juzga, reconoce las fallas –de los demás y nunca las propias- pero no hace nada por mejorarlo. En este libro queda en entredicho muchos de los mitos tan propios como aquel que reza que somos “el país más feliz del mundo”, y que, bajo de una serie de argumentos indiscutibles, la propia autora se pregunta cómo es posible esto en un país en donde la economía está por el piso y la inseguridad por las nubes, por mencionar sólo esto; o el mito aquel de que somos “chévere”, como si con eso nos salváramos de la debacle y de nuestras propias ineptitudes.


En este libro Adriana Pedroza hace una especie de catálogo de nuestras flaquezas, de nuestra “viveza criolla”, que, Oh! Por Dios, no es corrupción, es no ser pendejo y dejarse joder por los demás. En El venezolano feo hay un recuento perfecto de lo que nos ha sucedido como nación incipiente en la última década: militares volteados, presos políticos, medios televisivos clausurados, medios censurados, marchas y “recontra marchas” convertidas en “un evento social”, muertes sin presos y delincuentes redimidos. Sin ambages, la autora deja muy en claro “por qué es que estamos jodidos”, y lo coloco entre comillas porque sé que en alguna parte lo dijo, y si no fue así, lo digo yo.


El único gazapo que pudiera decir que tiene el libro, lo cual no le quita mérito al trabajo, en absoluto, es haber colocado al dúo “Sin Banderas” dentro del catálogo de artistas venezolanos con proyección internacional. Esto es un simple detalle. El venezolano feo nos restriega en la cara nuestros defectos, nuestras penurias aún prestas a ser derrotadas. Salvando algunas excepciones contadas con las dos manos, Pedroza señala que “por desgracia, el único venezolano que es famoso en todo el mundo, es precisamente ése que refleja lo peor del venezolano: Hugo Chávez”. Suena duro y exagerado, pero algo de razón tendrá.

26 nov. 2008

Con los codos en la mesa


En este año pronto a finalizar he disfrutado muchas lecturas y me he reído gustosamente –a veces a carcajadas- con dos libros, uno de ellos ha sido este: Con los codos en la mesa. Leyendo este libro he descubierto, no para mi asombro, sino más bien para mi propia satisfacción, que soy un completo ignorante en el tema gastronómico y en el especial si de vinos se trata. Con fimo humor e ironía de la buena, Alberto Soria nos adentra con gracia en un tema que visto de otra manera pudiera resultar aburrido. El tema de las buenas costumbres en la mesa, los modales y el buen gusto, son el plato fuerte de este libro; qué comer, cuándo y hasta cómo, también forma parte de él. Todo esto tratado con la delicadeza de un experto que nos lleva a reflexionar sobre la urbanidad, sobre la necesidad de recuperar tradiciones culinarias perdidas en el tiempo; sobre la pulcritud, ah!, la pulcritud de los restaurantes bañados en mármoles importados; la terminología a veces arrogante y respingada que hacen de un simple tequeño, un “dedito crujiente relleno de queso”, muy propio de la era “fusionista”.

Con los codos en la mesa no deja de lado, además, algunas remembranzas literarias reflejadas en epígrafes o pequeñas notas al pié de página, que enmarcan con fino tacto, algunos de sus pasajes los cuales van desde Baudelaire hasta Eugenio Montejo; de Sor Juana Inés de La Cruz a Umberto Eco; de Antonio Skármeta a Mario Puzzo, todos enmarcados en la referencia gastronómica, culinaria, y por supuesto, del buen gusto. Desde la primera hasta la última página usted se querrá comer el libro –con los ojos.

25 nov. 2008

Noche sin fortuna


Mantuve una lucha intensa con este libro, amagué una vez, luego otra, y otra... Insistí por llegar al final con el entusiasmo de hallarme con algo que me sedujera en última instancia, que justificara una lectura que rechacé desde la primera cuarta parte del libro.

No abandoné, pero lamentablemente no di con él –con ese algo. De hecho no acostumbro a dejar libros a mitad de camino, es como un compromiso que asumo con total resignación sin saber qué me depararán las hojas. El último libro que me ganó la batalla fue uno de Kawabata, y no quise que el de Caicedo emulara al japonés. Una lectura abandonada por año es suficiente. Mañas de uno.


Debo decirlo: no me gustó Noche sin fortuna. No hallé ese “no sé qué”, no encontré ese hilo encantador que se enreda en la sien y que uno como cómplice-lector se deja atrapar con placer. Es una novela ciertamente trágica, juvenil, descarnada en la mayoría de sus pasajes en donde ya se evidencian los coqueteos con la muerte que llevarían a Andrés Caicedo al suicidio. Tal vez algún amable lector tenga una opinión distinta, siempre respetable y que me gustaría conocer.

21 nov. 2008

Al árbol debemos solícito amor...

Al árbol debemos solícito amor…así decía una canción que cantábamos en el colegio. No sé si las nuevas generaciones de chavales la cantan. Ya ni recuerdo el autor. En todo caso… Las imágenes parecen de aquella escena de El señor de los anillos en donde feroces y oscuras criaturas desmembraban los árboles de raíz. Todo en exceso es malo, dicen por ahí. El agua no escapa a este viejo adagio, que con furia, produjo derrumbes y deslizamientos en muchos estados de Venezuela incluyendo la capital y lamentablemente causó unas cuantas muertes. Ya sé, ya sé… me estoy saliendo de la línea de trabajo de este mi humilde blog, pero no puedo evitar de manifestar la indignación que sentimos muchos venezolanos cuando vimos que con el mayor caradurismo y en mitad de una emergencia casi nacional, al presidente de la República le dio por encadenar a todos los medios de comunicación. ¿Cuál era la idea de semejante disparate? Agasajar a su amigote y homólogo de Vietnam, que como títere, dijo en su idioma “Patria, socialismo o muerte”. Cada vez somos unos hobbits en una tierra en donde el mal y la indolencia parecieran asentarse cada día. Fin de la perorata.



20 nov. 2008

Mozart para perros


“RECUERDE CAMINAR POR LA DERECHA Y CEDA EL PASO”. El can de la gráfica se montó en la escalera mecánica en descenso y después del recordatorio del parlante, como si hubiera entendido, se acomodó a la derecha y cedió el paso de los usuarios más apurados. Algunos se quedaron paradotes del lado izquierdo y alguien dijo «qué vergüenza, hasta el perro es mejor ciudadano».
Con la paranoia que me cargo desde hace un año exactamente después de enfrentarme a las hordas del mal, las cuales salieron victoriosas al robarme todo lo que llevaba conmigo y empotrarte una pistola en el cráneo como regalito de navidad, trato de esconder lo que llevo encima y que supuestamente represente algo de “valor”, así que me costó sacar del súper escondite el celular de primerísima generación para tomarle la foto al simpático usuario (en el caso de los celulares decir que un equipo es de primerísma generación es como remontarse al precámbrico. ¿2 megapixel? Por Dios, qué obsoleto).
“SE LES RECUERDA A LOS SEÑORES USUARIOS NO PASAR LA RAYA AMARILLA, YA QUE LA MISMA ES EL LÍMITE DE SU SEGURIDAD”. Por favor que alguien me explique las negritas. Me disculpan pero yo no lo entiendo. Este alzheimer precoz me trae de cabeza.
Lo cierto es que obedeciendo al mandato del operador escondido tras el parlante, todos obedecieron, incluso el amigo pulgoso, que en plena pose para la foto, no soportó la mordedura de sus minúsculos habitantes. Me lo imaginé pensando «¡Coño, pica pica pica…pica pica pica» y luego rematar con un reconfortante «aaahhhh». Como en Venezuela somos tan solidarios, todas las personas que vieron que iba a tomarle una foto se apartaron, excepto el despistado de la derecha (bueno, estaba en su derecho de quedarse, no?)
Se abre el vagón, el ser de cuatro patas entra, echa un vistazo a su derecha y nada; luego a su izquierda, y nada. Los gestos fueron como si estuviera buscando a alguien. Sonó el cierre de puertas y salió como un rayo del tren. Mozart iba con todos los hierros en mis oídos y en la próxima estación, el caos: entra una inmensa manada de personas desaforadas por conseguir un puesto, lanzan codazos, improperios, carajazos, como digo yo: “patá y kunfú”…
La que se sentó a mi lado venía con uno de esos celulares con parlantes. Me pregunto si es que se dañan si le conectan unos audífonos. Qué extraña necesidad de muchos el querer ambientar musicalmente los vagones del metro. Es como si el silencio, como si el roce metálico con los rieles les afectara el cerebro, razón por la cual someten a todos con sus exquisitos gustos musicales: esta venía –para variar- con un reguetón. Qué calificativo se le puede dar a esta música, escoja usted amable lector.
De Mozart salté a Vivaldi, así que decidí subir el nivel de volumen. Seguramente se dirán ustedes, con toda la ironía y sarcasmo del mundo «Oh, qué ser tal culto y tal….qué clásico» Aclaro, sí, me gusta y para leer mucho más, pero así como disfruto de esta música, me paso con total desparpajo a la salsa cabilla, por ejemplo.
Luego, la que venía al frente competía con una exquisitez antioqueña, lo cual hizo clic y ambiente automático con el libro que me cargo de Andrés Caicedo, qué berraco hermano, y el suicidio insinuándose a mitad del texto.
Decido levantarme y quedar ensardinado en la mitad del vagón, falta poco. El Verano –presto- de Vivaldi va con todo y se da el respectivo intercambio de tropeles humanos en la estación de turno. Concluyó la lectura, así que cambio de música clásica a algo más anglo, me tropiezo con Alicia Keys, del carajo. Arranca el tren y en seguida se activa la alarma insistentemente y tras el agudo sonido se oye un desgarrador «mamiiiiii…mamiiiiii». La pobre y desesperada madre mientras buscaba a su hijo de unos ¿cinco añitos? en el andén, éste se alejaba de una estación a otra con un montón de extraños a su lado. No quiero emitir ningún comentario sobre esto ya que –creo- esto pudiera pasarle a cualquiera, pero hay qué ver, no? En fin…estaba más concentrado en esquivar las esquirlas putrefactas que salían del lusitano que venía a mi lado con su mano derecha pegada al techo y de cuya axila se desprendían guacales de cebollas pasadas de fecha. Una señora –valiente ella- le ruega que baje el brazo. Lanzo la mirada al techo no sé si para contener un ligero intento de sonrisa o para hallar algunos centímetros cúbicos de aire respirable. La publicidad en el techo –muy moderna ahora- dice algo como “Ariel, tu mejor aroma” o algo así…«el usuario de al lado sería perfecto para la cuña» -pienso.
Se abren las puertas del vagón y todos huimos; la bocanada de aire no tan fresco pero inodoro acaricia mis adenoides; el niño pasa a manos de un operador del metro a la espera de la descuidada madre; luego el parlante continúa con su labor:
“SE LES RECUERDA A LOS SEÑORES USUARIOS TOMAR A SUS NIÑOS DE LAS MANOS”, a lo cual yo le añadí: “Y ASEARSE ANTES DE SALIR DE CASA”.

19 nov. 2008

La fascinación de la víctima


Por aquellas casualidades de la vida terminé de leer La fascinación de la víctima, justo en el lugar en donde se desarrolla una de las escenas de dicha novela: en los alrededores del Cine Trasnocho. Ambiente cultural, la librería de siempre, café, y el olor a cotufa reciente me hicieron compañía hasta llegar hasta el final.

La doctora Madigan, una psicóloga canadiense con excelente dominio del español, asume un rol de detective que nunca se buscó. Su principal paciente, Adriana Budenbrook, impenetrable al principio y hermana de una joven asesinada, le da las primeras claves para comenzar con el proceso de investigación, proceso que capítulo a capítulo va integrando otros sospechosos y otras historias que aumentan la expectativa, tanto de Elvira Madigan como la de los lectores por hallar al culpable, ya no con la intención de apresarlo, sino simplemente por saber la verdad.

La voz narrativa que va deshilvanando los hechos planteados en la novela, aprovecha la ocasión para rememorar la literatura venezolana, incluso para comentar (¿denunciar?) “que era poco lo que se encontraba en las librerías europeas, a excepción de Uslar Pietri”, esto en voz de un reconocido escritor venezolano, firme candidato al premio Nobel de literatura, que después de tantos años alejado de su tierra, regresó para morir a manos de un misterioso asesino en plena sala de conferencia y a la vista de todos.

Elvira Madigan, se empeña, se va metiendo en todas las aristas que saltan de su investigación, dialoga consigo misma, se interpela a través de Mc Leod, un personaje que está en su psiquis haciendo las veces de asesor profesional. Todo girando en torno a un ambiente de sordidez recreado por la autora Ana Teresa Torrres, en donde no faltan asesinos a sueldo, chivos expiatorios, drogadicción, violencia, familias poderosas que todo lo tienen y que todo pretenden comprarlo, en un país en donde el silencio pareciera ser la norma: “todos estaban de acuerdo en que lo mejor era que el incidente se olvidara, y, efectivamente, los medios cubrieron la noticia apenas una semana. Después, el silencio”.

Paso a paso la psicóloga ya transmutada en detective, se vuelve más insidiosa, paga el dinero que hay qué pagar en el largo trayecto investigativo. Para eso Adriana –su paciente- tiene suficiente dinero, y ésta quiere conocer la verdad al precio que sea, saber quién mató a Sofía, su “hermanita”. Quién sino una mujer con su estatus, su apellido y su posición económica pudiera pagar las altas sumas de dinero que fueron necesarias para escarbarle el pensamiento a varios informantes. Sin embargo, más allá del sólido piso financiero que generan los dólares para poder llevar a cabo las experticias, Elvira Madigan tenía la necesidad de ayudar, de sentirse útil ejerciendo su profesión: “quiero sentir de nuevo el entusiasmo de ayudar a otra persona”.

La fascinación de la víctima trae adjunto dos asesinatos que deben ser develados, el de Sofía Budenbrook y el del escritor Pablo Narval. El texto pudiera pasar por novela policial. Totalmente cierto. Empero, hay elementos que lo elevan más allá de lo que pudiera ser esta categorización. Existe una clara recreación de los mundos expuestos, de sus personajes -principales y secundarios- que poco a poco van soltando empalmes, es decir, datos importantes para el esclarecimiento de los hechos bajo una ambientación minuciosa de la ciudad -de Caracas para ser exactos. Voy al punto: es una novela muy bien hecha. La autora va dosificando la tensión, soltando pequeñas pistas para engancharnos con la lectura hasta el final, de a poquito. Cediendo cuando hay que hacerlo y postergando cuando la trama lo exige. Existe una clara “fascinación” desde el primero hasta el último capítulo por descubrir a los culpables, más allá de las víctimas.

11 nov. 2008

Demolición de los días


Después de tanto pensarlo y no hallar más que un contraste de género, conseguí una respuesta sencilla pero eficaz engranada en el pensamiento y la palabra del poeta Alexis Romero, para dar con la diferencia entre un poeta y una poeta:

La diferencia entre un poeta y una poeta es la cantidad de sangre presente en el poema

El ejercicio de la palabra, del entramado poético que se forja sentándose durante minutos, tal vez durante horas en una silla para dar con la imagen buscada, es lo que podemos notar en Demolición de los días, poemario en donde el poeta busca el equilibrio de las imágenes expresadas a través de la cotidianidad, de casas, de árboles, de edificios, de las cosas que por sencillas pasan de largo, siendo justamente en tales cosas donde brilla el verso.
Quizás por ello hay un poema titulado “Tasco” (la marca de un binocular), en el que la imagen del poeta frente a su pc va ejercitando la palabra mientras interactúa con su hijo; u otro poema llamado “Hospital Domingo Luciani”, donde tantos han sobrevivido y otros tantos muerto, “en una ciudad cuya oración celebra el crimen”.

La poesía como ejercicio aeróbico de la palabra, en donde se necesita todo el oxígeno posible -digno de un buen maratonista- para llegar a una meta que se disfraza sencilla, que tal vez se resuma en un extenso poema, en un simple verso o en una sentencia contundente como “el poeta es una cloaca / en equilibrio”; poeta que necesariamente debe regodearse en su propio lodazal, exhumar su paciencia hasta alcanzar “los muros construidos por la prisa / tocando lo poco pero sólido que aún le conforma”.

Demolición de los días es un poemario trabajado, pensado y macerado con tiempo, que pone en evidencia el “oficio”, palabra que dentro de los avatares poéticos se me antoja perfecta para lograr una aproximación al acto creativo del poeta, el mismo que dice: “nombrar es el oficio que me enferma”, verso que se halla complementado en “Oficio”, el cual comparto con ustedes a través de mis escombros:

Oficio

el hombre del poema
tiene la boca cosida de silencios

no está aquí
para llamar
ni ser llamado

sólo es un vaso
esa chorrera de agua maloliente
que asusta a los padres y deleita a los ingenuos

el hombre del poema
tiene la boca cosida de silencios

6 nov. 2008

Creo que soy tú




Tu mirada de lobo hambriento te delata

el reflejo de mi cuerpo gime en tu pupila láctea

reboto en la sed de tu hormona añeja

en estos tus barriles de carne

aferrándote a ellos para izarme de gloria

mientras goteas uno a uno

tu golpeteo de huesos


salivan

tus dedos salivan

como pulpa de fruta abierta

y arrancas de mí la semilla roja del vértigo

que engulles de un tiro y sin pensarlo

dejándome suspendida en el tiempo

con esta disnea que lleva tu nombre

mientras tu robustez se extingue

entre mis húmedos y oscuros secretos




quedamos fundidos

empacados al vacío en esta infinidad de poros

pero vuelves

despiertas nuevamente con erguida arrogancia

soliviantando el perfume recio de mis entrañas

que se desliza gota a gota en este vaivén sincopado de pieles

tan tuyo

tan mío

que me hace pensar que soy tú

en medio de un espasmo infinito.


3 nov. 2008

El juego del ángel


Barcelona es el escenario, el misterio, los personajes. El juego del ángel es el tipo de libro que no te deja en paz hasta que no lo terminas, que te envicia de tal manera que es irremediable dejarse llevar por la adicción que crea cada línea, cada historia. Es el tipo de texto que te roba los entretiempos y los pocos minutos libres que te deja la cotidianidad.

Al principio de su obra y particularmente dentro de los primeros seis y angustiosos capítulos, Carlos Ruiz Zafón detalla las miserias de un niño abandonado por su madre y maltratado por su padre analfabeta. David Martín, es ese niño que con el paso del tiempo y gracias a sus dotes literarias, pronto se deja atrapar por “el dulce veneno de la vanidad”, gracias a la imperiosa necesidad de ver su nombre estampado en la portada de un libro. Conoce a un extraño y adinerado editor y más temprano que tarde se ve envuelto en una serie de hechos misteriosos que apuntan a seres casi fantasmales y turbulentos.

David, ya independizado del viejo periódico en el cual trabajó y desde donde cobró fama enmascarándose detrás de un seudónimo, cae en la dependencia emocional y monetaria que lo enlaza con el misterioso editor Andreas Corelli, transándose en profundas discusiones literarias, religiosas y filosóficas con él. Sobre literatura Corelli señala: “lo que le confiere efectividad es la forma y no el contenido… todo es cuento Martín. Lo que creemos, lo que conocemos, lo que recordamos e incluso lo que soñamos. Todo es cuento, una narración, una secuencia de sucesos y personajes que comunican un contenido emocional. Un acto de fe es un acto de aceptación, aceptación de una historia que se nos cuenta. Sólo aceptamos como verdadero aquello que puede ser narrado.”

Posiblemente la voz de Corellli sean los pensamientos no ficcionales del propio Zafón camuflados magistralmente en su trabajo. A lo largo de El juego del ángel, en ese intenso dialogar entre David Martín y el editor, conseguimos incontables líneas que van en este orden: “El silencio hace que hasta los necios parezcan sabios durante un minuto”; o “toda oportunidad de negocio parte de una incapacidad ajena de resolver un problema simple e inevitable”; o “Un intelectual es habitualmente alguien que no se distingue precisamente por su intelecto. Se atribuye a sí mismo ese calificativo para compensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades”; o esta fantástica joya que deja muy claro que la escritura es trabajo y sacrificio: “La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso es inspiración”. Paro aquí con las citas puestos que tendría que reescribir la obra completa.

Esta espléndida novela que es continuación de La sombra del viento según me indicara uno de los gerentes de tan importante casa editora, puede leerse independientemente de ésta, hecho que sin duda le añade valor, dado que demuestra el trabajo y la maestría con que Zafón creó sus mundos de ficción, literarios, capaces de valerse por sí mismos en dos libros por separados y que juntos hallan perfecta uniformidad –ya lo corroboraré una vez que lea La sombra del viento.

David Martín, el brillante escritor, pierde las esperanzas y pronto ve amenazada su vida en situaciones espeluznantes que ponen los pelos de punta y que consiguen su desenlace en las dos últimas páginas, la penúltima, más que sugestiva: 666

Aventuras, intrigas, romance, están presentes en El juego del ángel de principio a fin para atrapar la atención del lector con premeditado descaro por parte de su autor.

31 oct. 2008

Harar y la rodilla rota


Comenzando a hacer la brevísima reseña de Harar y la rodilla rota, vino a mi mente la frase “apuntes de lectura”, que es lo que gustosa y agudamente termina siendo este breve pero sabroso libro. No me había dado cuenta que dentro de las primeras hojas del mismo, entre paréntesis, decía “notas de lectura”. Dichas notas de Rafael Castillo Zapata a sus incontables reflexiones, son un abanico de ideas a cada lectura, son otro libro.
Así, la mirada atenta y aguda de este poeta, narrador y ensayista venezolano, pasa por las obras de Thèodore Banville hasta Sergio Pitol; va desde Alfredo Silva Estrada hasta Vila- Matas, cubriendo y re-descubriendo textos que han pasado por sus manos –y también por las mías- y dándome a conocer textos y autores que desconocía. En un breve pero delicioso mini-ensayo (el calificativo va por lo corto) que se llama “Revelación de la cerveza”, dice hacia el final: “hace falta sacar partido de la propia carencia, trabajarla con tacto y con paciencia”, enunciado que evidentemente no va con Castillo Zapata pero que me viene como anillo al dedo a mí. Por ello escribo, por ello hago el intento de esta ínfima aproximación a Harar y la rodilla rota, título que a priori causa suspicacia y desde el principio te das cuenta del truco, develándote de entrada de que todos “nos hemos convertido en comentaristas de Rimbaud”.

Me hallé con la grata sorpresa de ver dentro de sus ensayos uno dedicado al joven poeta Angel Galindo, con quien compartí los salones de la Escuela de Letras y largas y amenas conversaciones entre pasillos, en donde el propio Castillo Zapata lo compara con algún personaje de Robert Walser. También están las notas no menos importantes sobre textos de Bolaños y Ricardo Piglia –entre muchos otros- y sobre un texto ya de cabecera e imprescindible dentro de nuestra literatura: el ensayo “Leer a la vuelta” sobre el libro de María Fernanda Palacios: Sabor y saber de la lengua.

Los análisis que hace Castillo Zapata a cada una de sus lecturas, deja en evidencia que es uno de los más notables ensayistas en Venezuela, y no lo digo desde una tónica complaciente por el hecho de conocerlo personalmente y por haber sido su alumno (amén de mi tutor de tesis), sino por su capacidad de deshilvanar los temas que nacen de los libros que pasan por sus manos, de desmenuzar tópicos, personajes y temas –de ficción o no- que están dentro de la literatura. Por ello nos hallamos con frases, casi aforísticas, que sólo pueden nacer de un extraordinario lector, como por ejemplo cuando alude al texto La expulsión del paraíso de Virginia Wolf, y sobre todo a la literatura desde su “literaturidad” (término que de seguro usaría el propio Castillo Zapata): “…la literatura: una incansable máquina de reciclaje, una trituradora de textos cuya pasta es pasto de otros textos, reduplicados infinitamente en la basta rumia de los tiempos”.

28 oct. 2008

Polo Sur


La poesía da para mucho, tal vez para todo. Quién sabe. La poesía como acto de redención, como autopista al desencadenamiento de emociones, drenaje oculto que deja pulular lo más oscuro y lo más sublime. Quizás una simple manera de mirar al mundo, de vivirlo y sacar de él lo que no se ve a simple vista o que está allí, pero que no todos tienen la gracia de ver la obviedad que nos rodea.

Pero también la poesía como homenaje a quienes nos dan vida; como homenaje a quienes por los intríngulis de la vida asumen inconcientemente –y a veces con premeditación- roles protagónicos en el quehacer poético de quienes labran la tierra imaginaria en una hoja en blanco: este es el caso de Polo Sur de María Teresa Ogliastri.

La remembranza y agradecimiento explícito sobre poetas insignes como Montejo y Cadenas forman parte de este viaje poético, mitológico, a través de la palabra transformada en embarcación presta a llevarnos por una imaginería repleta de agua, a veces sólida como el hielo y en ocasiones inasible en su estado más líquido. Ulises y Telémaco son testigos de ello: dice Odiseo -¿o tal vez la poeta?-: “¿podré algún día hallar sosiego?”, justamente después de salir victorioso de terribles encuentros con cíclopes y brujas.

Polo Sur es un “viaje al perdón”, una bitácora de viaje a la nostalgia que halla además reminiscencias de un Dante: no es casualidad que este delicado poemario esté armado en tres capítulos como la Divina comedia y “Epístola a Beatrice” sea uno de sus excelsos poemas:


Me marcho sin el sol

a merced de los beduinos del agua


sólo me falta una hoguera

sellar la lápida


de todo esto

sólo la mirada salvaje

y el hacha


de todo esto

una advertencia


María Teresa Ogliastri admite y agradece profundamente el ojo crítico y tutorial del poeta y librero Alexis Romero, a quien dedica también un poema que hace acopio no de la anécdota, sino de la palabra necesaria para enarbolar la poesía desde su carácter más ontológico.


Lecciones del lobo (a Alexis Romero)


Sé que debo quedarme quieto

y no chocar contra el iceberg


mi doble surge del alba

viene tras las hojas


la enfermedad siempre estuvo ahí

en la memoria


los lirios causaron el desequilibrio


sobre esta roca granítica

ya nada puede restaurar el orden


fallas en el oxígeno

traen el eclipse

pero la niña no puede verlo


cuando alguien no ama no podemos irnos


imposibilitado

aprendo del lobo

que se entierra en la nieve y espera el día


Como bien señala el propio Alexis Romero prologando Polo Sur: “En todo viaje se gana y se pierde”, y este es el caso en donde no hay desperdicio de ningún tipo, ninguna pérdida, es palabra ganada, es triunfo.