1 sept. 2011

Blanco nocturno


Lo primero que me dijo Ricardo Piglia antes de la entrevista, fue: “Me encanta tu camiseta de la Vinotinto. Hablemos de fútbol…y de literatura también (risas)”. No es fácil que dentro de la apretada agenda del reciente Premio Internacional Rómulo Gallegos 2011, te den veinte minutos para charlar In the record –and Out the record, too.

En todo caso y yéndome de pleno a Blanco nocturno, confieso que es mi primer acercamiento literario a este autor. Unos cuantos “piglistas o piglianos” (¿se dirá así?), me han comentado que no es lo mejor que ha escrito. Bien. Para eso están los gustos. Yo no puedo opinar en este sentido, pues tal como ya comenté, es la primera vez que lo leo. Otros lectores me han dicho que quedaron enganchados desde la primera página, y aquí sí opino, ya que en mi caso no fue así. El proceso fue como el carrito de la montaña rusa que va con lenta parsimonia en subida hasta alcanzar la cima para luego caer al vacío arrancando entrañas y gritos. Esto fue lo que me sucedió una vez que llegué a la mitad del libro. De ahí en adelante sí vino mi enganche.

La historia arranca con el asesinato del puertorriqueño Tony Duran, aunque su gentilicio es más norteamericano que otra cosa por la educación recibida. Formó un trío digno de sueño erótico con las gemelas Belladona (y gemelas además), pero cuando Sofía se cansó, Ada continuó en la juerga hasta que se vino a Argentina. Sin pensarlo mucho, Tony, una suerte de dandy chulo enredado por las buenas dotes físicas y argucias de la sureña, termina en las pampas con su último viaje y el final de su vida. Aquí comienza el misterio policial, lo intrigante por descubrir la verdad.

No obstante, si bien en cierto que esto es fundamental en Blanco nocturno, lleva una importancia más que destacada, me atrevería a decir que a la par del asesinato, el tema y el mundo recreado sobre ese pueblo sin nombre que atestigua todo lo que allí pasa, y especialmente, lo que le sucede a la familia fundadora de la fábrica más importante del lugar. Esta factoría, la cual está a un paso de caerse sobre sus propios escombros ya que de abandono lo sabe todo, está habitada –decir cuidada sería una exageración– por Luca Belladona quien ve cómo se desmoronó el sueño de tantos años de sacrificio hasta que también la muerte se lo lleva.

Hay un asesinato por resolver y mientras esto sucede, no podía faltar el preso al cual apuntan todas las culpas. ¿Chivo expiatorio? ¿Verdadero culpable de la muerte de Durán? Hay que leer y mientras avanzamos a través de una prosa clara, sencilla, el periodista de La Plata Emilio Renzi, ese meta personaje de Piglia que viene de textos anteriores según comentan los entendidos, hace lo que le corresponde: indaga, pregunta, intenta descifrar el misterio, mientras nace el litigio más importante de la región por la empresa de Luca Belladona y el ya famoso caso de homicidio.

Blanco nocturno juega con esa ambivalencia a la cual el título se presta. Por una parte, lo prístino que refiere el color en la nocturnidad, y por la otra, eso que pudiera interpretarse también como un objetivo de caza. El texto lleva consigo además unas cuantas referencias literarias y filosóficas traídas por el autor a través de esa placentera máscara que ofrece la ficción, los personajes y particularmente Renzi, quien pudiera verse como el alter-ego de Piglia. Allí está el duro capitán Ahab de Moby Dick; está Swann de Marcel Proust; Lukács y Kierkegaard; y qué decir de los autores que leía la madre de las gemelas Belladona: Jane Austen, Henry James, Wharton, Huxley, Thomas Mann; eso sí, como bien dijo la propia Sofía mientras conversaba con Emilio: nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce. Pero esta en particular, la de Blanco nocturno, vale la pena leer. Esto es literatura de la buena.

2 comentarios:

Icíar dijo...

Es tentador lo que cuentas y cómo lo cuentas. Agradezco conocer al ganador del premio Romulo Gallegos 2011.

Roberto dijo...

estoy de acuerdo contigo...literatura de la buena

lo terminé de leer hace un par de semanas. ME gustó la aventura de perderme por sus páginas.