14 mar. 2012

Todas las lunas

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

Federico García Lorca


He leído algunos libros de Gisela Kozak Rovero. Mi gusto particular por lo que escribe la autora, data –y esto va a sonar lejos– de finales del siglo pasado; sí, por allá a mediados y finales de los ‘90 cuando en la Escuela de Letras de la U.C.V., nos transábamos en gratas y –a veces ácidas– conversaciones.

Ese calificativo de “ácido”, va en el mejor de los sentidos, es decir, desde la perspectiva de quien tiene argumentos y la evidente preparación para debatir, opinar y por tanto, disentir –si es el caso–. Primero degusté los Latidos de Caracas; luego fue Venezuela: el país que siempre nace; le siguió En rojo y ahora le tocó el turno a Todas las lunas.

En todos los textos, debo decirlo, la voz de la autora está más que definida, sea desde la perspectiva del relato corto, del ensayo o desde una novelística de mayor aliento. Ya la simiente ha echado el fruto hacia un discurso y una línea mordaz, que en el caso de Todas las lunas, está representada en la polifonía de voces que ofrece cada uno de sus personajes: la enigmática Constanza Brentano; la atractiva Verónica con su cabellera pelirroja y cautivadores ojos verdes quien inicia la aventura de lo narrado; el capitán y mago Jozef Yukio; el terrible Guillermillo de una personalidad “catastrófica y abortada”, entre otros personajes bien delineados, sin dejar de lado a Loren, ese extraño héroe que desaparece y en torno a su búsqueda se desatan fantásticas acciones.

Cuánto de Caracas no habrá en esas ciudades fabuladas dentro de la historia, en “la feroz Tecla”; en Estefanía, cuya “lejana inmigrante fundadora” fue Sor Juana Inés de La Cruz; en Fumancha o en Diomira; lugares que de por sí cobran vida y son otros personajes con alma y fuelle. En Todas las lunas se viaja de principio a fin, bien desde la memoria y el aspecto epistolar que enriquece la obra; bien por los viajes per se que hacen sobre “La luna”.

También el tema erótico, que particularmente domina muy bien Gisela Kozak Rovero, está presente, junto a una serie de referencias musicales, culturales y literarias (Bocaccio, Rabelais, Cervantes, entre otros), que sin duda alguna enaltecen este viaje que coquetea con lo artístico, transformando el texto en un experimento lúdico desde una narrativa bien fundada y con unas cuantas pinceladas de humor. Un libro sin duda alguna para degustar.

2 comentarios:

Icíar dijo...

Sí parece una delicatessen, con tanto personaje tan variado y escrito a modo de cartas. Lo ácido cuando el que escribe es inteligente, es un placer que te hace saltar de la silla, y si encima está escrito con arte y con ese toque de erotismo cuando toca .... pinta bien, pinta bien, sr. Maldonado :D

Ophir Alviárez dijo...

Habrá que ir también tras este libro...

Un abrazo,

Ophir