23 jul. 2012

La literatura como exploración


No hay literatura sin una moral del lenguaje.
Roland Barthes.


            El tema de la educación en una sociedad siempre abrirá su abanico ecléctico de loas y quejas en cuanto a su funcionalidad, bien por lo que se esté enseñando o por los sistemas aplicados con dicho fin. Desde el punto de vista de lo palpable y cuantificable, el lado de las ciencias siempre tendrá sus puntos garantizados a favor en este sentido, pero del lado humanístico, y particularmente desde la literatura, siempre habrá reticencia en cuanto a su efectividad, y sobre todo, en verle su aplicabilidad en el día a día, de manera tal que responda al trillado y despectivo “para qué sirve”. Más allá del hecho placentero que ofrece la literatura, en más de una ocasión lo más escépticos siempre se preguntarán en qué beneficia la literatura a un colectivo, a la sociedad. La literatura como exploración de Rosenblatt (2002), es un libro esclarecedor en ese sentido; una suerte de oasis con respuestas a inquietudes que siempre han rondado por la memoria de estudiantes y docentes; de padres y representantes en cuanto a su función en términos didácticos, cognitivos y emocionales. El texto responde a esa pregunta peyorativa que mencionamos líneas atrás.

            Antes de desarrollar brevemente las ideas sobre su contenido, hay que mencionar que el texto fue escrito a final de los años treinta del siglo pasado, reeditado y revisado en 1995, y publicado por primera vez en español empezando ya el siglo XXI. El punto en cuestión y por ello la remembranza de las fechas, es que el libro mantiene una vigencia increíble y demuestra la lucidez de su autora por encima de épocas, debacles sociales y avances tecnológicos.  Esto denota claramente la vigencia de un tema, que por irresuelto, despierta suspicacia en cuanto al valor intrínseco que posee, pues de qué otra manera entonces puede entenderse que la literatura forme parte del valor cultural de una sociedad; del espejo humano que representa a través de las historias, las evocaciones  –ficticias o no– que provocan los escritores con su talento. Y por qué de ese extraño reconocimiento, valor o respeto, del que gozan los autores una vez que se ven consagrados por su talento y anunciados, palabras más palabras menos, por los diversos medios de comunicación.

            El enfoque general de La literatura como exploración, aborda la enseñanza de la literatura desde la perspectiva de las Ciencias Sociales entre otros aspectos. En este sentido y siendo incluyente, sugiere que todo docente de literatura debería tener un mínimo conocimiento de todas esas ramas que nacen del árbol principal que las ampara, las cuales van desde la psicología, la sociología, la antropología y todas aquellas áreas cuyo centro de estudio sea el accionar, el pensamiento y el espíritu del hombre. Es más que entendible, a juicio de la autora,  que los maestros de literatura posean algunas nociones  básicas de estas áreas del saber humano, pues amén de que en los libros se conseguirán con mundos tan complejos como el real, los alumnos o aprendices de literatura no son menos en este sentido. Todo lo contrario, cada pensamiento de éstos divagará en su propio mundo de conflictos y temas psicológicos no resueltos cada vez que la lectura los lleve de paseo por distintos universos. Tal como señala ese personaje que es un crítico literario en la obra El mal de Montano de Vila-Matas (2002), que previamente a conseguir la armonía en el mundo gracias a la literatura, recordaba que cuando ésta no existía para él “no encontraba un lugar en el mundo, me sentía profundamente perdido y desolado... No contaba con los recursos felices e imaginativos que nos regalan las lecturas permitiéndonos escapar de las angustias que nos tienen a veces atrapados”.  

            La primera inquietud del profesor ante sus alumnos es saber qué libros y autores recomendar, bien porque vayan en línea con la parte formal de la academia y el pensum de estudio, o porque en su criterio, proponga textos que a su juicio puedan ser más atractivos para el grupo de estudio y procurarse lo que la autora llama “dieta literaria” (como le sucediera al personaje anteriormente referido, sólo que aquí, hablamos de alumnos de carne y hueso). Aquí es importante señalar que el docente de literatura se enfrenta a otra gran barrera inexpugnable para él, y tiene que ver con el perfil socio-económico de la institución educativa en la que se encuentre. Esto es algo que no se expresa de tal manera en el texto, pero haciendo la semblanza a las condiciones actuales de los colegios venezolanos, sobre todo sin son públicos o del Estado, tal situación afectará en las posibilidades de adquirir un libro cuando la verdadera prioridad del estudiante y su familia es alimentarse, por decir lo poco y sin entrar en mayores detalles. Caso distinto aplica en los colegios privados en donde la mayoría tiene fácil acceso a los textos, bien sea en papel o en digital, en un grupo de estudiantes, que además, manipula a la perfección lectores digitales y las tan modernas tabletas y teléfonos inteligentes para acceder a un mundo infinito de información que no es ajeno a la literatura. No es temerario añadir a estas alturas de la humanidad, que lo que importa al final de cuentas es que los estudiantes, y la gente en general, se aproxime a la lectura –y mejor aún si es literatura– sin importar el soporte, es decir, sea en papel o través de una moderna computadora o avanzada tableta tan de moda en la actualidad.

            Volviendo al punto y obviando las condiciones antes mencionadas, el profesor de literatura debe llevar al máximo su creatividad para despertar el interés sobre los textos literarios, hacer la veces de psicólogo para poder discernir entre un alumno y otro los posibles intereses de lectura; darle el incentivo necesario que despierte esa chispa de la curiosidad, más aún en el caso de los adolescentes que siempre la tienen a flor de piel. Durante este proceso, lo quiera o no, el docente de literatura siempre apuntalará lo ético a través de los textos, desde las diversas situaciones que planteen las historias y vivan los personajes, lo cual no es más que una de las infinitas proyecciones que la ficción puede hacer sobre la realidad. La vida del texto literario, lo que presente cualquiera de sus anécdotas o situaciones posibles, no será más que el reflejo de la vida misma, y por tanto, puede demostrarse a través de éstas, valores literarios que no son más que el reflejo de lo que pudiera tocarle vivir a cualquiera. En este sentido, ¿quién puede decir lo contrario si tomamos como referencia a ese entrañable personaje de Salinger (2008) en El guardián entre el centeno, Houlden Caulfield, o yéndonos más lejos en el tiempo y dentro de la literatura latinoamericana, a Silvio Astier, personaje principal en El juguete rabioso de Arlt (2004), en cuanto al factible paralelismo que cualquier adolescente puede hallar en estos personajes de ficción? Creemos que sería absurdo que alguien abogue por lo contrario. Los personajes referidos atraviesan conflictos emocionales típicos de cualquier adolescente en el mundo real.

            La enseñanza de la literatura, volviendo de nuevo al caso venezolano, y particularmente al contexto capitalino, es vista por la mayoría como algo inútil, incluso algo que en términos machistas, no va con la idiosincrasia de los hombres. Dicho en palabras más crudas, algunas personas piensan que el asunto de la literatura en los hombres es poco varonil, por decir lo poco. En el caso de las mujeres, por el contrario, es visto como algo natural y propio de sus condiciones, pero siempre tratado con distancia y poco práctico e inservible. No obstante y paradójicamente, es común escuchar en voz de muchos actores de la sociedad, quejarse en cuanto al decaimiento actual de la educación, y desde este ángulo, esto implica también la enseñanza de la literatura, lo que de manera contradictoria evoca un reconocimiento de su valor, más allá del absurdo que raya con los salarios poco dignos de los profesores cualquier sea su especialidad. Querer una buena educación sin lectura, más allá del tema literario, es como querer broncearse a media noche.

            Rosenblatt también destaca en su texto el carácter emocional que despierta el acercamiento a la lectura literaria, cuyo proceso generará la sensibilización de los lectores hacia las historias leídas, proyectando a través de éstas, sus propias realidades, canalizando y comparando situaciones que por semejantes en mayor o menor grado, les procurarán una reflexión y un camino factible que los guíen hacia una respuesta; una opción o una salida a un determinado conflicto; una alternativa que antes no habían visto y que el entorno que los rodea no les había dado. El docente, más allá del canon literario o lo que anteriormente llamamos “dieta literaria”, nunca debería ver en esto una camisa de fuerza para vestir la multiplicidad de pensamientos y conflictos que alberga el heterogéneo espíritu humano. Por el contrario, el profesor de literatura deberá tener la suficiente astucia y flexibilidad para saber qué texto ofrecer a los lectores más renuentes. En palabras de la autora, “la personalidad total tiende a involucrarse en la experiencia literaria”[1], y considerando esto, es inevitable que algún texto sugerido con buen tino, le brindará el mejor provecho al lector cuyas letras lo aluda en su yo interno.

            Parafraseando a Harold Bloom, quien en algún momento dijo que estar a solas con un libro da la oportunidad de comprenderse a sí mismo, va en el mismo sentido considerar el proceso de lectura por encima del gozo que pueda provocar en los lectores, como un acto reflexivo que los lleve al encuentro con sus pensamientos, con los infinitos aspectos de los cuales está hecha la vida y que forman parte de la experiencia individual de cada quien. Por ello mismo, Rosenblatt hace hincapié en una característica fundamental que va más allá del “conocer sobre” literatura, lo cual no deja de tener su importancia y valor, y es lo que ella llama “vivir a través de”, con lo cual alude a la necesidad de ver a la literatura como un medio que ofrece más que conceptos. Aquí los estudiantes (y lectores en general) pueden hallar el mecanismo ideal para lograr una suerte de “liberación emocional” que los catapulte al disfrute que todo arte debe generar y por consiguiente, a ejercitar los sentidos, a hacerse más humanos y con ello aumentar la experiencia individual de cada quien. El proceso de lectura procurará entonces una catarsis que tal vez la vida real –y esto no es taxativo– no pudiera ofrecer. Como bien señala a la perfección Blanchot (1992): “La literatura no es un simple engaño, es el peligroso poder de ir hacia lo que es por la infinita multiplicidad de lo imaginario”[2].

            El libro La literatura como exploración deviene en un luminoso camino dentro del proceso pedagógico de la literatura.  Más allá del nivel de los estudiantes, principiantes o aventajados, el fin principal de todo lo que emana y produce la literatura en éstos, va en sentido de procurar la tolerancia entre unos y otros, que en palabras de Rosenblatt es aprender a colocarse “imaginativamente en el lugar del otro”, dentro de un mundo –el  real– que en ocasiones no permite segundas oportunidades. Esto conlleva a una evidente mirada sobre la consolidación de la democracia en el entorno que nos compete, en donde el respeto y la dignidad, son elementos que siempre deben estar por encima de cualquier estamento. Ese efecto reflexivo y de razonamiento  (obviamos ya el efecto placentero) que nos produce la lectura de un libro, tal como comentáramos líneas atrás recordando a Bloom, termina siendo de un valor incalculable dentro de una sociedad que vive en un estado perenne de aceleramiento, caos y poco tolerante.

            Todo el texto nos lleva hacia un final, que por lógico, tal vez no se vea con claridad desde el principio. El mismo apunta hacia el tema de la “democracia” desde cualquier perspectiva que se le vea, y sobre todo desde la literatura que es lo que nos compete.  Aquí puede resumirse en su totalidad lo dicho anteriormente. Es el punto desde el cual reflexionamos y toleramos al otro o a lo otro; es desde donde asumimos posiciones éticas, conciente o inconcientemente; el lugar en donde aprendemos de la vida partiendo de los valores literarios y en donde el docente halla el punto de apoyo para motivar la lectura, con lo cual se pretende lo que la autora llama “lectura “eferente”, la que se quiere “llevar afuera” y hacerla aplicable, práctica y que en el diario vivir pueda ofrecer la toma de conciencia sobre algo particular. “Ninguna literatura es eficaz si no provoca en quien la lee ese efecto de eco, si no repercute de algún modo en quien la lee. Sabemos que lo importante de la literatura es lo que desata y no lo que denota”[3]. En este sentido, tenemos entonces un elemento motivador como producto del encuentro con la literatura, lo cual generará una mayor “sensibilidad social” dentro de un entorno global cada vez más complejo y convulso, en  donde aspectos como éste sumarán ventajas en aquellos lectores con una visión del mundo más heterogénea.
            Lo dicho hasta ahora, debería entonces fungir de una u otra forma, como estímulo al momento de enfrentar al joven lector con el texto literario. No se trata de arrojarle una cartelera de panegíricos a seguir, puesto que de esta manera el efecto que produciría seguramente sería el contrario al que queremos. El acercamiento que el docente ofrezca hacia la literatura, por sutil que sea, siempre llevará un inmenso potencial que se abrirá en múltiples vertientes que sólo el lector reconocerá en su fuero interno. Merece particular atención en este sentido, la enseñanza de la poesía o el ofrecimiento de ésta, a lectores sin distingo de edad que se acerquen a este importante género literario. En este sentido, el tino del profesor de literatura es vital para no espantar sobre todo a los más jóvenes, que por su naturaleza inquieta propia de la edad, tenderá más temprano que tarde a buscar otra forma literaria, o digámoslo de esta manera, otra vía para entretenerse o el abandono total del texto.
            Buscando una analogía de la poesía con algo que forma parte del entorno cultural de los más jóvenes, es sorprendente ver en la actualidad el auge que han tenido algunos géneros musicales cuya raíz primaria se desprende del rap o el hip-hop tan propio de las calles más humildes de la ciudad de Nueva York, por dar el ejemplo más clásico. Allí puede notarse con perfecta claridad y salvando las distancias, una suerte de poesía trivial, urbana o callejera, que viene a representar una expresión cultural que ha cobrado fuerza y se ha transmutado en Latinoamérica en algo que se llama reguetón. Aunque parezca desproporcionada la comparación, qué hacen los cantantes o raperos de dicho género (obviemos el contenido de las letras, que ciertamente en la mayoría de los casos no tienen mayor valor poético) al momento de expresarse, de cantar: rimar, conjugar formas sintácticas que devienen en poesía, buena o mala, pero poesía al fin.

            En este orden de ideas, es curioso ver cómo en la actualidad existe preferencia por el llamado verso libre, aquel que se libra de las ataduras métricas que conforman las normas decimonónicas de la poesía rimada, trátese de sonetos, décimas, églogas y un sin fin de estilos más, pero que en términos musicales, los más jóvenes manejan a la perfección o disfrutan a plenitud de quienes sí poseen ese extraño don de “rimar”. Entonces, resulta curioso y contradictorio, que ese género musical nacido en la dureza de las calles en las grandes ciudades –incorporemos ahora a Venezuela–, tenga mucho de poesía en la construcción métrica de lo que se canta. Salvemos la distancia académica que de por sí existe entre la poesía escrita (sobre todo en lo simbólico, desde lo metafórico hasta lo alegórico) y lo que pudiera llamarse poesía cantada, pero lo que sí es indudable, es que a través de la musicalidad de las canciones, los más jóvenes se acercan a un canto que ancestralmente remite a la poesía: “La cultura de masas es la cultura de la mayoría; la música rap ha introducido en la práctica de la poesía a miles de personas”[4].
            Retomando entonces la principal línea de lo que hasta ahora se ha expuesto, la enseñanza de la literatura en general, y en especial de la poesía, debe ser aplicada en un primer acercamiento desde un panorama más lúdico que estrictamente formal. Con el tiempo y gracias a los pasos seguros del docente, a través de su emotividad, interacción e integración con los alumnos, terminarán por llevar al grupo hacia sendas más intrincadas dentro de la literatura misma. Éstos pedirán otras cosas, querrán conocer otros mundos posibles a través de los libros, puesto que el nivel de exigencias sobre sí mismos –que es lo ideal– irá aumentando. El respeto entonces que el docente de literatura demuestre hacia la nueva camada de lectores (pensemos sobre todo en el caso de jóvenes en bachillerato), es de vital importancia. No olvidemos además, que la cultura como gran abanico de enriquecimiento humano, no es excluyente en cuanto a sus formas o expresiones, dicho de otra manera, aquí entra la literatura, sí, pero también lo hace la música y el arte en general. Desde esta perspectiva e insistiendo con el tema del respeto y la tolerancia, el docente podrá con mayor facilidad, darle las herramientas, la “dieta literaria” que aludía Louise Rosenblatt, el estímulo necesario, a aquellos que están prestos a seguirle los pasos a la literatura. 



[1] . Rosenblatt (2002): La literatura como exploración. Fondo de Cultura Económica. México. Página 206
[2]. Blanchot (1992): El libro que vendrá. Monte Ávila Editores. Página 111

[3] . Palacios (1987): Sabor y saber de la lengua. Monte Ávila Editores. Página. 31
[4]. Kozak (2001): ¿A dónde va la literatura? en Revista Iberoamericana, Vol. LXVII, número 197. Página 16.