25 dic. 2012

El silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo


Alguna razón habrá para que el pernil de la noche buena tenga mejor gusto al día siguiente. Tal vez los condimentos asentados o cualquier razón culinaria que desconozco sea el motivo para que al pasar por las papilas gustativas, el delicioso chanchito sepa a gloria. Vinos van y vienen y la “magia”, la “alegría” contagiante de los días navideños, sigue su inexplicable recorrido por las venas del vecino más huraño, de ese que no suelta ni los buenos días en el ascensor, te abrace y te invite a echarte unos palos en su casa. He leído a más de un tuitero escribir algo así como “ya basta de ese exceso de optimismo y felicidad”. Y yo reflexiono diciendo que cada cual a su estilo se hace o se cree feliz; cada quien a su manera se hace infeliz a pesar de que las luces siempre le acompañen el camino.

Una de las cosas más sabrosas de estos días, particularmente al día siguiente del nacimiento del niño Dios, es el silencio que reina en las calles, en las avenidas. Nace un extraño eco que reverbera en todo el ambiente y en donde por costumbre lo que hay es un corneteo y un cruce brutal de mentadas de madres, lo que se oye son los pajaritos con su trinar olvidado detrás de cortinas de smog y caos. Paraulatas, Cristofue, Arrendajos, algunos periquitos portugueses en fuga y las soberanas guacamayas, hacen de las suyas en un cielo limpio, atravesando restos de pólvora como prueba del extraño desenfreno de la medianoche previa.

Me entrego a la lectura para aprovechar que muchos aún duermen. No hay mejor música de fondo que el vacío pretérito, ese que deja después la multitud de gente que celebró con paroxismo la navidad. Sólo el silvido de la greca me saca del libro para que juntos libemos la deliciosa infusión. Pero, como siempre hay un pero, llegó el momento para ponerme soez: desde el popular Parque Naciones Unidas comienza el escándalo de un kareoke mal llevado a tempranas horas para ser un día festivo. De hecho, al momento de escribir esto, son las tres de la tarde y el escándalo continúa. Los vecinos de esta zona NO TENEMOS DERECHO a pasar un día en santa paz, no. Extraño a los Cocodrilos de Caracas y a sus cinco mil fanáticos -malandros o no- haciendo bulla, pues la misma es programada. Tomas el calendario de juego y sabes qué día te la tienes que calar o si te vas pal coño si no quieres ser atormentado.

En el reconocido complejo deportivo inaugurado para celebrar los juegos Panamericanos de 1983, vive un número importante de familias damnificadas por diversas catástrofes naturales y mientras esperan solución o alguna respuesta concreta de las entidades encargadas de esto, pues se divierten -con algo hay que divertirse- con los parlantes y poderosos equipos de sonido. Y más allá del patético kareoke del 25 de diciembre, ya es común despertarnos los sábados, tipo cinco de la mañana, con un fantástico vallenato que se prolonga por dos horitas en la mayoría de las veces, reguetones y los impepinables religiosos (evangélicos, mormones, testigos de Jehová o cualquier pare de sufrir de turno) que son los peores, ¿por qué? Porque comienzan los viernes en la noche y entregan el recinto los domingos después de las diez de la noche.

En fin, el silencio es un privilegio que hay que aprovecharlo en su chispazo, en su centro efímero que se desvanece en una ciudad que parece tenerle alergia a la tranquilidad, sobre todo a los desgraciados y jodedores que lanzan un cohetón a las seis de la mañana un día como hoy (CDSM, dije que sería soez). Qué importa la mujer recién parida hace un par de días y su bebé del apartamento de al lado; qué importa la tristeza de los vecinos de dos pisos más arriba por la muerte del abuelo hace una semana. Viva la indolencia, que mientras, yo sigo armando los legos que le dejó el Niño Jesús a mi hijo y disfrutando de su regalo favorito junto a él: un libro.

Feliz Navidad.