17 ene. 2013

Catalina de Miranda


Todos nos imaginamos cómo serían aquellas ciudades en que no existía el asfalto ni las grandes edificaciones que hoy día forman parte del caos de diversas capitales venezolanas. Cómo sería su gente, el día a día y la manera de entretenerse ante la ausencia de una computadora, televisión o cualquier artefacto electrónico; cómo vestían, qué comían y una larga lista de inquietudes ante la distancia temporal que impone el texto. Catalina de Miranda va de esto y mucho más. Nos invita a hacer un viaje en el tiempo en el que asistimos a las aventuras de una joven y humilde sevillana que partió al nuevo mundo en busca de aventuras; a un lugar inhóspito en donde aún abundaban temibles etnias guerreras que desataban cruentas batallas, mientras la rivalidad entre los propios conquistadores iba en aumento en una época en que prevalecía el poderío español sobre el francés.

Xiomary Urbáez cuenta esta fascinante historia desde la intimidad de una voz amiga que narra sin pretensiones grandilocuentes. Sencillamente expone los hechos y ellos mismos son los encargados de llamar al asombro, al impacto que producen los acontecimientos a través de ese acuerdo natural entre la ficción y lo que ésta pretende: cautivarnos, hipnotizarnos, hacernos creer que todo lo que cuenta es verdad. El narrador, ese que todo la sabe, no se va con el léxico propio de alguien que perteneció al siglo XVI, no; nos habla desde un argot actual pero con la certeza de que atestiguó todos y cada uno de los hechos relatados.

Catalina de Miranda arranca con una gran retrospectiva —aparte del propio hecho histórico que se narra—, pues el mismo personaje principal, Catalina, ya octogenaria, cansada y sentada en su mecedora, hace memoria de lo vivido consciente de que ya es abuela y bisabuela a inicios del siglo XVII,  “instalada de cara a El Ávila en un corredor de su enorme caserón, en Caracas”. Desde de allí, desde la tranquilidad que le da el pertenecer a la más elevada aristocracia caraqueña después de tantos años de luchas, fundaciones y conquistas, la historia retrocede hasta sus quince años cuando atraviesa un océano Atlántico azotado por despiadados piratas.

El texto se ofrece desde el principio como una novela histórica, pero también sale al paso el tema amoroso y romántico, pues si hubo una mujer que despertó pasiones, fue Catalina. Tan solo su presencia era suficiente para que los incautos hombres cayeran rendidos a sus pies, tanto por su beldad, como por una personalidad avasallante. Así nace el romance entre Catalina y Jean Françoise Roberval; Catalina y Juan de Carvajal, cuyas escenas pasionales fueron capaces de generar un nuevo espanto al tañir de las campanas en Maracaibo; Catalina y su amor imposible por el indio Yeyibel; Catalina y don Rodrigo.

En esta novela, merecedora de ser finalista en el premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2012, reviviremos la fundación de El Tocuyo, de Maracaibo, de Nueva Trujillo, de Mérida y Variquisimeto, como su nombre autóctono indica; le daremos un vistazo a Patanemo, Borburata y Valencia junto a los pioneros que recorrieron estas tierras al lado de una mujer de armas tomar y de un pensamiento muy avanzado para su época, la misma que deseaba una sociedad igualitaria y tolerante. Pero además de este profundo sentido de libertad, Catalina, al mejor estilo de María Lionza, invocaba los poderes de la naturaleza, “como las hechiceras antiguas, como las ninfas de las aguas” y que además, “tenía su propia y particular manera de hacer magia”; tenía dotes de cirujana y hasta diseñaba su propia vestimenta.

Catalina de Miranda tiene todos los elementos antes mencionados para atrapar la atención lectora de principio a fin, pasando incluso por la fauna, la gastronomía, ritos de iniciación y pare usted de contar. Xiomary Urbáez apuntó alto con este texto que va más allá de las aventuras por el Caribe y los hechos históricos; ofrece un personaje profundamente humano y que es capaz de ganarse la simpatía de los lectores por esa irreverencia que la hace tan única e irrepetible.