23 nov. 2013

LDV

LDV por Joaquín Ortega:

Una clasificación no es un descanso, es un sumario de fallos emocionales y decisiones conscientes que afectan al nombre, a las imágenes, a los epígrafes, al papel, al tipo de letra. Es decir, el mundo libro se abre un instante para permitirnos ser, por un día, una ración de su menú, una porción de su método cruzado. 
En Lunar de Viento de Jason Maldonado vemos a un fisgón sorprendido y aterrizado: el deseo en alusiones, el dolor en cuadros, la página en blanco como parte del compás.  Todo está sacudido por lo físico, tras el bastidor reptante de una ciudad inhóspita. Lunar de Viento construye un  lugar, en donde el final -por mano propia- rebasa a las voluntades sensibles... a los vecinos intoxicados de alarma, y que van y vienen, entre las fronteras de una creación que los punza y los sofoca.
Estas páginas vivas, en reconocimiento a los idos, nos recuerda que hay poetas a los cuales se les desbanda una luz gris por el balcón, y por eso la persiguen, y la luz gris los arrastra hacia una caída que jamás cesa, ni en el sigilo de los comentarios ni en la rancia olla de grillos de las calumnias. 
En estos poemas hay vida y ausencia y rabia y tristeza y lujuria y reposo…
En Vudú, Jason Maldonado, plena el presente con realidad y buen despecho: 
“tus golosinas, tus frases melindrosas, tentáculos de la trampa…eres un triste remake de una película de espanto y miseria, el cine en tu boca suena a mentira”
Lunar de viento también es un arbotante sutil a la intervención de los que pudieran irse: no los dejemos solos… 
Así que, no nos queda sino leer abiertos a la tormenta interior, a los muertos vivientes que no zombis, si no a estos espectros intermedios que roban la inercia a tantas certitudes, y que nos recuerdan que el acontecer poético es un éxodo subterráneo entre mundos, que hacen -más de una vez con buen tino- solo algunos hombres y mujeres que germinan para el sueño.   

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